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Símbolos del pasado – Paco Rabadán Aroca

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Esta actitud sólo conseguía estimular la tozudez de Víctor que con-traatacaba una y otra vez con insinuaciones sarcásticas. Estaba convencido de que algún día derribaría
la puerta de aquel castillo, o si no, insistiría con el asedio.
—Para tu información te diré que estoy tomando un café, arre-glado y aseado en la plaza de la Catedral. Pero no me costaría nada meterme de nuevo en la cama siempre
y cuando sea por una buena razón.
—¡Ja! Tú no necesitas ninguna razón ni buena ni mala para pa-sarte el día en la cama —Raquel solía reprocharle constantemente lo tarde que se levantaba por las
mañanas.
—Pues hoy he madrugado, me he levantado cerca de las diez y aquí estoy, teniendo una profunda reflexión acerca de mi vida y de mi próxima reencarnación en paloma
que tú has interrumpido, y por eso en la otra vida no pienso dejar que pises mi nido.
Se dio cuenta de que estaba alzando la voz y de que las mesas de alrededor se estaban percatando de sus estúpidos comentarios. Le dio el último sorbo al café y se colgó
la carpeta al hombro mientras caminaba cruzando la plaza con el teléfono pegado a la oreja.
13
Símbolos del pasado
—Pues yo te veo más como una urraca que como paloma, ya ves, será porque no me dejas que te diga el motivo de mi llamada.
¿Hacia dónde vas?
—A la biblioteca de la universidad —concretó Víctor cambiándose con dificultad el teléfono de mano.
—Pues entonces nos vemos allí en una hora y te lo digo en persona. Ciao.
La universidad de la Merced era un continuo ir y venir de estudiantes por esas fechas. Abrían todas las puertas para facilitar el paso sin apreturas y Víctor entró por la
gran puerta de madera que estaba situada en la calle Santo Cristo. Fue directamente hacia la biblioteca y enseñó su carné al ordenanza que estaba en la puerta para
contro-lar el acceso.
Había mucha gente ocupada en sus lecturas, pero pudo divisar un hueco en un rincón de una mesa que estaba junto a un enorme ventanal. Sacó un pequeño papel de su
carpeta y la dejó sobre la mesa para dejar constancia de que aquel sitio estaba ocupado.
Abriendo el pequeño papel se dirigió hacia el mostrador de peticio-nes. La gruesa empleada de la biblioteca estaba ocupada bajo la repisa y levantó la cabeza con gesto
indiferente cuando Víctor carraspeó educadamente para hacer notar su presencia. Permaneció unos minutos más esperando hasta que la empleada decidió aten-derle.
— Termas y baños romanos en el levante por Heraclion Tarmona, Arqueología —leyó en voz alta la empleada en el arrugado papel—, no va a resultar sencillo ¿Para
cuándo lo quiere?
—Para esta misma mañana, no puedo continuar mi trabajo sin consultar antes el libro —informó Víctor, señalando con su dedo índice el pequeño trozo de papel.
Permaneció mirando el rosado rostro de la empleada a la espera de alguna reacción, pero todo lo que vio fue cómo se volvía airada y desaparecía por la puerta que tenía
justo a su espalda.
Regresó al rincón de su mesa y sacó su libreta de notas y un lápiz de la carpeta. Extrajo un puñado de folios manuscritos y buscó el 14

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Paco Rabadán Aroca
último dispuesto a proseguir por donde lo había dejado la noche antes en su casa. Había terminado pasadas las tres de la mañana. Le gustaba escribir aprovechando la
tranquilidad de la noche. Cayó en la cuenta que eso era algo que Raquel desconocía. Quizás si se lo contara alguna vez dejaría de hacer críticas sobre la hora a la que se
levantaba por las mañanas. Pero no estaba dispuesto a contarle todas sus intimidades. Por lo menos no se las contaría hasta que tuviera claro que su relación se alejaba
de la mera amistad para ascender al siguiente nivel. Posiblemente no se lo contaría nunca, pensó mientras lanzaba un suspiro de resignación.
Raquel apareció por la puerta mientras él repasaba las notas. Vio la cabeza pelirroja alzándose sobre su propio cuello buscando por la gran sala a su socio. Víctor
levantó la mano para facilitar su loca-lización. Raquel lo vio y se dirigió hacia él con una gran sonrisa que mostraba una perfecta y blanca dentadura.
Vestía unos tejanos de marca y un fino suéter de lana gris. Estaba esplendida, radiante como siempre. Víctor no quiso apartar la mirada mientras cruzaba la sala, se
regocijó observando su alegre forma de caminar y su cara ligeramente maquillada.
Raquel apartó de un manotazo todos los papeles que tan cuida-dosa y ordenadamente había extendido Víctor

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