---------------

Sin enamorarnos – Laimie Scott

Sin enamorarnos – Laimie Scott

Sin enamorarnos – Laimie Scott

Descargar libro En PDF estaba cabreada con ella dada la forma en la que se había dirigido a ella por el móvil. Le había dejado claro que no admitiría un no por respuesta. Y de no verla allí mismo
aquel día, dejaría de ser su amiga. Así que le había faltado tiempo a Melina después de colgar para dirigirse a la editorial. Conocía el motivo del cabreo de Gabi, apelativo
cariñoso con el que la llamaba, pero no creía que fuera para tanto.
Lo cierto era que tampoco le hacía mucha gracia aquella llamada a consultas. O más bien ninguna, ya que no tenía ganas de tratar ese tema. Había tomado una
decisión hacía tiempo y quería que Gabi la respetara y la entendiera. Melina no tenía intenciones de cambiarla… por ahora.
—¿Está la jefa? —preguntó a Silvia, la chica que permanecía fuera del despacho de Gabriela.
—¿Quieres que te anuncie? —le preguntó, descolgando el auricular del teléfono.
—Déjalo. Hay confianza entre nosotras —le aseguró con la mano en el pomo, empujando la puerta.
La primera visión que tuvo Melina fue la de Gabriela sentada en su sillón de cuero negro con los codos apoyados sobre s u mesa de madera maciza en tonos caoba.
Estaba meditando algo dada la expresión de su rostro. Pero en cuanto fijó su atención en ella, se quedó observándola detenidamente. Melina podría asegurar que si las
miradas matasen, ella estaría ahora mismo sobre la alfombra como un cadáver de los que solían aparecer en las películas y novelas policíacas. Por suerte, conocía a
Gabriela desde el colegio y sabía que aunque quería mostrarse como una implacable mujer de negocios en el ámbito editorial, no era más que pura fachada.
En el fondo era un pedacito de pan. Un algodón de azúcar de las ferias.
Gabriela siguió con su mirada a su amiga Melina tratando de averiguar qué diablos le sucedía. ¿Cómo era posible que su situación le hubiera hecho desaparecer del
ámbito literario y social de Bolonia? Se veían más bien poco y siempre era ella quien la tenía que sacar a rastras de casa. Y cuando p or fin lo conseguía, Melina parecía
una completa aguafiestas. Que s i estoy cansada. Que s i la noche no va conmigo. Que s i no soy lo que era. Q ue estoy muy may or, bla, bla, bla… Una retahíla de
disculpas bastante ñoñas para una mujer de treinta años. Gabriela conocía el motivo de su dejadez y de su falta de interés en su trabajo, pero estaba decidida a que todo
ello se acabara desde ese mismo momento. No podía seguir con ese planteamiento de vida solo porque un capullo de tío la hubiera dejado plantada para largarse a Milán
por un ascenso.
—Siéntate —le dijo con un tono enérgico.
Melina emitió un silbido mientras la miraba y se sentaba, contemplando el rostro de su amiga.
—¿La mamma no ha tenido un despertar plácido?
—La mamma se ha despertado muy bien esta mañana —le aseguró siguiéndole la broma, sonriendo con ironía. Gabriela tuvo que cruzar las piernas cuando sintió el
hormigueo incesante entre sus muslos recordando el despertar que le había regalado Giorgio, su último ligue conocido hasta la fecha. Pero ese tema no venía al caso.
—Vaya, pues por el tono que has empleado conmigo cuando me llamaste… ¿Es que tu último ligue no se ha portado bien?
Conocía a su amiga y sabía que las relaciones largas no eran lo suyo por ahora.
Tenía una editorial que dirigir y a l a q u e p retendía colocar e n l a cima. Y eso significaba dedicarle muchas horas. N o t enía tiemp o p ara responsabilidades
sentimentales ni compromisos. Por eso le bastaba con tener una relación abierta, si podía calificarse como tal a sus esporádicas aventuras amorosas.

Sin enamorarnos – Laimie Scott

—Vamos a dejar a mis ligues tranquilos ahora que por fin he conseguido que vengas a verme. —Su tono pasó de la irritación a la ironía mientras esbozaba una media
sonrisa. De esas que solían helar la sangre.
—Vaya, pensaba que eras tú con quién estuve charlando el viernes pasado cuando salimos a tomar unas copas —le rebatió contrariada.
—¿Llamas salir a irte a medianoche como si fueras Cenicienta? Sabes muy bien a qué me estoy refiriendo, Meli. —El gesto de su amiga lo dijo todo. La contemplaba
en ese momento como si dijera: «Otra vez no, por favor»—. Hace tiempo que no me cuentas tus problemas en p lan amigas. D e manera que, ¿puedo saber de una vez
por todas qué estás haciendo?
M elina permanecía en silencio con el ceño fruncido intentando capear el temporal que s e l e venía encima. ¿Por qué tenía que darle explicaciones sobre su vida
privada? ¡Si ella ya las conocía de sobra por el hecho de haber sido inseparables desde la niñez!
—Si te estás refiriendo al motivo por el que no he vuelto a entregarte nada…
—Ese mismo. No entiendo por qué llevas tanto tiempo sin entregarme un manuscrito.
—Que y o sepa, no hay ninguna cláusula d e exclusividad e n los contratos firmados que me obligue a hacerlo. Así que no entiendo a qué viene esta llamada a
consultas por tu parte esta mañana. Somos amigas y ambas nos sabemos la vida de la otra, bueno, salvo por algunos asuntos relacionados con tus juegos de sábanas —
matizó, sonriendo con picardía—. Ya sabes a qué me estoy refiriendo. En cuanto a mí, no creo que sea tan malo que haya estado algo alejada de la escritura, ¿no crees?
—le dijo sin ningún interés empleando un tono casual, desenfadado. Como si le hubiera preguntado sobre el tiempo que hacía en Bolonia esa mañana.
—Ya me he dado cuenta de ello. Como bien dices, somos amigas y nos contamos todo.
—A excepción de con qué frecuencia cambias las sábanas de la cama, insisto — puntualizó, levantando un dedo hacia ella al tiempo que Gabriela ponía los ojos en
blanco porque últimamente tampoco es que le contara mucho acerca de su vida privada
—Capto tu mensaje, pero te repito que ahora no estamos hablando de mí, sino más bien de ti, si no es mucha molestia. Estoy preocupada por ti.
Melina inspiró hondo mientras su apariencia de pasar de todo crispaba por momentos a Gabriela.
—No me siento inspirada, Gabi. ¿Qué quieres que haga? Ahora mismo no se me ocurre ninguna historia que contar a mis lectoras.
Gabriela tuvo la sensación de que se estaba burlando de ella. Se recostó sobre el sillón con una sonrisa irónica, entrecerró los ojos y juntó sus manos como si fuera a
rezar.—
Déjame decirte que las ventas de tus novelas han caído por debajo de la media de la editorial. Tus lectores s e preguntan cosas del tipo, ¿para cuándo saldrá tu
nueva historia? ¿Dónde demonios te has metido? ¿Si te has retirado a un convento para escribir un nuevo best seller romántico? ¿Qué ha sido de la reina del romance
italiano? Quieren saber de ti. Echa un vistazo a las redes sociales y a los foros de literatura romántica. Les importas, aunque tú nunca lo hayas creído. Y mientras tanto,
tú te comportas como si te hubieras ido a Marte o como si en realidad todo esto te importara lo más mínimo. —El tono de Gabriela había subido un nivel más en su
enfado. Ahora miraba a Melina esperando su explicación.
—No creo que la gente se haga tantas preguntas. No tienen tanto tiempo libre en sus ajetreadas vidas, ¿no crees? Pero tienes razón… en que he estado algo alejada
de todo y que…
—¿Me lo dices o me lo cuentas, querida? —la interrumpió, alzando sus manos para recalcar sus palabras y sonriendo de manera burlesca mientras seguía teniendo la
impresión de que perdía el tiempo con ella—. Ya sé que has pasado de mí en el sentido laboral. Y casi podría decirse en el personal porque siempre soy yo la que te
saca de casa para salir por ahí.
—Claro que lo admito. Es la verdad. No voy a negarlo, y tú lo sabes. No estoy inspirada, ya te lo he dicho. Eso es todo.
Gabriela inspiró hondo y cerró los ojos durante unos segundos mientras asimilaba aquellas palabras. ¿De verdad que era ese el motivo p or el que había dejado de
escribir? No se lo creía.
—Ahora, en serio, ¿qué es lo que te está sucediendo? Vamos, somos amigas y a mí no me la das. —Su tono s e transformó de repente pasando a expresar cierta
cordialidad y amistad—. ¿Es por Angelo, verdad? Te lo pregunto en referencia a lo poco que me has contado, porque en cuanto mencionan su nombre, te pones de uñas.
Melina puso los ojos como platos al escucharla. En cierto modo, la marcha de Angelo tenía que ver con s u estado de abandono. Con s u falta de motivación y de
chispa para crear historias de amor. Tal vez más de lo que ella pudo imaginar en un primer momento. Nunca pensó que pudiera sentirse así p or un hombre, p ero era
cierto. El hecho de que su relación se hubiera terminado la había sumido en un estado de somnolencia del que no parecía poder despertar, lo cual la había conducido a
abandonar su pasión por escribir. Melina resopló, entornando la mirada hacia Gabriela. Se dejó caer sobre el respaldo de la silla y echó la cabeza hacia atrás con los ojos
cerrados permitiendo que una infinidad de imágenes de días pasados en compañía de Angelo la asaltaran sin tregua, provocándole un sentimiento cercano a la añoranza.
Él se había ido. No estaba. Y ella debía seguir con su vida, lo cual implicaba retomar su trabajo creando de la nada esas maravillosas historias de amor que encandilaban a
las lectoras. Cubrió su rostro con sus manos como si no quisiera volver a ver esas imágenes. Como si con este gesto consiguiera borrarlas. Se las pasó por sus cabellos
con aspecto de no haberse peinado todavía y soltó todo el aire acumulado en su interior. Después, miró fijamente a Gabriela y esbozó una tímida sonrisa de derrota.
—Estoy en lo cierto, ¿verdad? Estás dolida porque se largó.
—Admito que su marcha… —titubeó intentando deslizar el nudo formado en su garganta. Es e que siemp re acudía cuando p ensaba e n Angelo. Sus labios se
convirtieron en una única línea fina, y s u mirada s e quedó fija en un punto en el vacío sin ser consciente de qué estaba mirando—. Es posible que me haya afectado
demasiado tiempo y que me haya encerrado en mí misma esperando que todo se solucionara por sí solo. No pensé que pudiera sentirme así, la verdad. Largarse de la
noche a la mañana como él lo hizo…
—Meli, sé que es complicado después de los años compartidos, pero… — Gabriela tomó aire mientras pensaba en lo que le estaba diciendo y en cómo se sentiría—
debes retomar las riendas de tu vida. Nadie va a hacerlo por ti. Lo que teníais Angelo y tú se acabó. Fue maravilloso mientras duró, pero es así. Métetelo en la cabeza.
Tú, y solo tú, tienes en tus manos volver a ser la que eras. Debes empezar desde ya mismo. O de lo contrario te sumirás en un pozo sin fondo del que no lograrás salir.
Y entonces me preocuparé muy en serio por ti. Además, ya te lo dije en su día: Angelo era un capullo integral. No se merece que estés jodida por él.
Hay muchos tíos en Bolonia.
—Si son como mi ex, paso. Si te soy sincera, no se me ocurre ninguna historia.
Es la verdad. Es como si hubiera perdido mi toque especial para crear un romance desde que se marchó.
—Eso no s e pierde, y t ú l o sabes mejor que nadie. L o que t e sucede e s que tu situación sentimental t e est á provocando u n momento d e bajón a l que debes
sobreponerte. Se trata de una situación de bloqueo emocional que afecta a tu creatividad. Nada más. Tal vez tengas que invocar a las musas para que acudan en tu ayuda
—le sugirió en un tono cordial tratando de quitar hierro a la situación.
Melina sonrió burlona ante ese comentario.
—¿Las musas? Dime, ¿sabes dónde puedo encontrar una en estos momentos? O
mejor, si la conoces, dale mi dirección para que me haga una visita. Veremos si después de conocerme está dispuesta a quedarse a mi lado por mucho tiempo.
Seguro que acaba hastiada de mí —le aseguró, riendo a carcajadas.
—La inspiración es como el amor. Aparece cuando y donde menos lo esperas. Es cuestión de tiempo que…
—¿El amor? ¿Qué coño pinta aquí y ahora? —le preguntó con un toque de escepticismo que provocó las risas en Gabriela—. Quiero decir que… la inspiración no
tiene nada que ver con el amor.
—Pues déjame decirte que en el fondo tiene mucho que ver. Tus novelas surgieron en momentos en los que tu vida emocional atravesaba por una etapa de felicidad.
—Si tú lo dices…
—Melina, me estoy refiriendo a que tus historias románticas surgen de la situación más inverosímil, según me has confesado en más de una ocasión cuando te he
preguntado en qué te habías inspirado. Eso mismo sucede con el amor. Puede aparecer dónde menos te lo esperas e inspirarte.
—No creo que vuelva a creer en el amor, más allá de la ficción que creo, después de lo de Angelo.
—Vamos, no puedes encerrarte de esa manera porque hayas tenido una mala experiencia. Estoy segura de que las relaciones estables y duraderas existen fuera de las
páginas de tus novelas.
—No para mí —asintió con una sonrisa amplia en sus labios.
—¡ Arggg! Está bien, pues entonces limítate a regalarles esas apasionadas novelas a tus lectoras. Siempre s e ha dicho que las mejores historias d e amor surgen
después de un desengaño amoroso.
Melina se quedó contemplándola con los ojos entrecerrados.
—Es curioso que seas tú quien me lo diga cuando soy yo la que las creo en mi mente —comentó dándole vueltas a aquellas últimas palabras. Tal vez Gabriela
estuviera en lo cierto, pero por lo que Melina creía, ningún hombre se implicaba más allá de una segunda cita.
—Quiero que me prometas que al menos empezarás a trabajar en un nuevo manuscrito —le pidió su amiga, frunciendo el ceño y apuntándola con su bolígrafo.
Melina se quedó clavada en la silla sin atreverse a mover un solo músculo temiendo que de aquel bolígrafo saliera un rayo que la fulminara. Al final, decidió sonreír
mientras se levantaba, dando por terminada la conversación.
—¿Sabes que cuando te pones en este plan, no hay quien te soporte? Cuando adoptas esa pose autoritaria y me hablas en vez de como mi amiga del alma, como mi
editora implacable —le aclaró, cruzando sus brazos sobre el pecho y arqueando su ceja derecha.
—Para tu información, lo estaba haciendo como tu amiga. No te gustaría verme en plan jefa. Te lo aseguro.
—¿En serio? Ups, pues no sabría qué decirte.
—Venga, Meli, en serio. Me bastará con que me digas que vas a empezar a trabajar en tu nueva historia y que desde ya mismo te vas a olvidar de tu vida pasada —
le pidió en un tono más cordial mientras sus labios se curvaban en un sonrisa de cariño.
Melina inspiró hondo, abrió los ojos hasta su máxima expresión y sonrió.
—Vale, mamma. Aunque no te prometo nada.
—Pero no tardes. No me gustaría tener que volverte a llamar.
—Cuando quieras, podemos quedar para tomar algo, si tienes libre —le sugirió, guiñándole un ojo. —De ese modo, te presentaré al tío que va a caer rendido a mis
pies en cuanto salga de aquí y que va a inspirarme en mi nuevo romance. Será mi muso particular —le dijo bromeando mientras sabía que era precisamente eso: una
broma y que no iba a encontrar fuera de las páginas de sus libros al hombre que se enamorara de ella perdidamente.
—Recuerda, la inspiración y el amor… Y no estés tan segura. A lo mejor tu muso…
—Sí, sí. Bla, bla, bla. Lo que tú digas. Más te vale contarme con quién estabas la otra noche en Bettina’s. Ese tío sí que me podría inspirar —le aseguró arrastrando
las palabras con intención de provocar a Gabriela, guiñándole un ojo.
—Tendrás detalles cuando tú me cuentes algo de tu nueva historia. Hasta entonces, es algo a lo que no tienes acceso —le aseguró, esbozando una sonrisa de triunfo
mientras movía sus cejas con celeridad y Melina se quedaba con la boca abierta como si fuera a rebatirle, pero se lo pensó mejor y abandonó el despacho con los deberes
puestos por Gabriela.
Una nueva historia de amor, aunque la suya propia hubiera fracasado estrepitosamente. ¿Y si escribía un romance en el que el final no fuera el esperado?
Sonrió, divertida, al pensarlo.
«Eso sí que sería la bomba», pensó mientras se dirigía a la salida en busca de su musa.
*
El sonido de la puerta del café al abrirse captó la atención de la joven de pelo corto y moreno, que estaba tras la barra en ese instante. Dirigió su mirada hacia la
persona que entraba y, al momento, una pícara sonrisa bailó en sus labios.
—Buenos días. A ver, ¿qué ha sido esta vez? ¿Amaneciste en una cama que no era la tuya y no encontrabas el camino hacia la puerta? ¿Te demoraste más de lo
necesario bajo el chorro de agua de tu ducha matinal? ¿O tu compañera de cama no te dejaba abandonarla hasta que hubieras cumplido? —le preguntó la risueña mirando
al hombre que cruzaba el umbral de la puerta del café.
El tono irónico y divertido dándole la bienvenida consiguió dibujarle a Marco una sonrisa en su soñoliento rostro, arrastrando sus pies camino de la barra detrás de la
cual se encontraba ella. Alargó el brazo para propinarle un pellizco en la nariz en señal de revancha, que le provocó un ligero cosquilleo, y un leve gruñido de protesta en
ella.
—Siento llegar tarde, Claudia, es que… —comenzó a explicarle, mirándola con cariño.
—¿Hablas en serio? ¿Me estás pidiendo disculpas? ¿Tú? —le preguntó sin comprender a qué venían.
—No me gusta que abras todas las mañanas. No es justo.
Claudia se mordió el labio, cerró el puño y le propinó un puñetazo cariñoso en el hombro.
— Auuuu, eso es agresión. Podría denunciarte.
—Vaya, salió el letrado. Debería darte más fuerte, a ver si de esa manera dejas de decir chorradas —le aseguró, lanzándole una mirada de seria advertencia.
—Entonces sí que tomaré medidas legales —le aseguró, adoptando un tono serio mientras trataba de ahogar la sonrisa que le producía verla poner aquel gesto en su
rostro.
—No tienes que darme explicaciones. ¡Coño, eres el dueño! Puedes hacer lo que te venga en gana —le dejó claro mientras s e encogía de hombros y levantaba las
palmas de sus manos hacia arriba. Sus ojos se abrieron hasta su máxima expresión, y una sonrisa bailó en sus labios.
—Alto, alto, alto. Para empezar, no soy el único dueño del café —le dejó claro mientras le revolvía el pelo, riéndose por el aspecto que tenía cuando lo hacía; algo
que Claudia no soportaba y siempre echaba en cara a su hermano.
—¿Ah, no? ¿Entonces, a quién pertenece este café? —le preguntó con sus brazos abiertos como si pretendiera abarcarlo con estos.
—A los dos —le respondió muy seguro, contemplando como Claudia fruncía los labios y ponía los ojos en blanco—. El café es de los dos —le repitió con total
seguridad y de una manera que no dejaba duda a su respuesta—. Y procura hacerme caso. Soy tu hermano mayor, ¿querrás? —le pidió a la vez que volvía a dejar que su
mano le alborotara el pelo.
—Eso también. Pero… ¿quieres dejar de meterte conmigo? —le pidió fingiendo un enfado que nunca s e producía. Conocía el ritual de s u hermano cada mañana
cuando llegaba: meterse con ella. Su afición favorita—. Tú lo montaste. Era tu sueño —le soltó sin darle tiempo a rebatirle.
—Y tú me ayudaste en todo momento. No lo olvides —le afirmó, sirviéndose un expreso que lo despejara.
—Tú me echaste una mano contratándome cuando me quedé sin trabajo —le recordó con una sonrisa divertida antes de salir de la barra p ara tomar nota del pedido
del cliente que acababa de entrar. Pero antes le dejó una nueva pulla a su hermano—. Por cierto, ¿un café tan cargado? ¿Qué t e sucede? ¿No t e han dejado dormir y
necesitas un buen chute de cafeína? —le preguntó con ironía mientras sus cejas ascendían y descendían con inusitada celeridad perdiéndose bajo algunos mechones
rebeldes. Luego le dio un codazo de complicidad en las costillas mientras Marco fingía dolor.
—Para tu información, te diré que he dormido bien —le rebatió, dejando claro que no iba a darle más información acerca de con quién había pasado la noche.
Marco cogió su café para darle el último sorbo antes de ponerse en marcha.
Sabía que su hermana tenía parte de razón, pero no quería que todo el mérito fuera suyo. Era cierto que el café lo había montado él, p ero la decoración y ese aire
bohemio e intelectual que s e respiraba en el local nada más entrar s e le había ocurrido a ella. Y p ara é l era precisamente e l toque literario que s u hermana l e había
transmitido lo que atraía a la gente. Su ocurrencia había sido todo un éxito.
No vacilaba en admitir que Claudia había tenido buen ojo al enfocarlo como una especie de librería, donde uno podía sentarse y disfrutar de un café a la vez que
elegía uno de los numerosos libros que poblaban las estanterías. Eso sí, había que solicitarlos, ya que tanto Marco como su hermana poseían las llaves que abrían las
vitrinas donde se guardaban. Y solo podía hacerse de día. Por la noche, cuando el café se convertía en un lugar de copas, no se prestaban, ya que temían que alguno
aprovechara un descuido para llevárselo. Marco la observaba desenvolverse como pez en el agua detrás de la barra o sirviendo mesas. Sin duda que tenía suerte de contar
con alguien así. Pero ¿qué podía decir? ¡Era su hermana! Había estado a su lado en todo momento apoyándolo mientras levantaban aquel café que poco a poco se había
convertido en una referencia en Bolonia cerca de la Piazza Maggiore.
—Por cierto, ¿qué tal lo de Laura? Hace mucho que no me cuentas nada. ¿Se ha terminado por fin del todo o va a seguir tratando de que cambies de opinión con
respecto a tu trabajo? —le preguntó de manera casual mientras regresaba a la barra, tras la que ya estaba él.
Marco entornó su mirada hacia s u hermana cuando escuchó s u pregunta. Le sorprendió que lo hiciera, porque creía que y a sabía que lo habían dejado hacia algún
tiempo. Claudia se fijó en el gesto que hizo su hermano, pensando que tal vez acababa de meter la pata hasta el fondo. Pero, ¿por qué resoplaba mientras sus cejas
formaban un arco muy expresivo? Marco leyó la nota que su hermana le pasaba y se volvió hacia la máquina de café mientras sentía como lo escrutaba. Sacudió la
cabeza, mientras se volvía hacia ella con las tazas de café en sus manos y las dejaba sobre sus respectivos platos.
—No merece la pena. Ya sabes lo que pienso —le dijo con un tono de resquemor en su voz al tiempo que calentaba más leche—. ¿Azúcar o sacarina? —le preguntó,
cogiendo un sobrecito de cada uno para ponerlo en los platos junto a las tazas.
—Vaya, no sabía que… Azúcar. N o me han pedido sacarina. —Titubeó en un principio, p ero decidió dejarlo estar. Y s e centró en el trabajo s in p oder dejar de
sentirse preocupada por lo que pudiera sucederle a su hermano. Lo último que sabía era que la relación entre Laura y M arco s e había ido enfriando con e l p aso del
tiempo. Podría asegurar que apenas si compartían algo de ese tiempo. Y si llegaban a verse, era un verdadero milagro. De manera que intuía que su hermano no había
pasado la noche con ella, sino con alguna de sus admiradoras. ¡Sí, de las que venían al café por verlo a él! Porque las había que lo hacían a posta. Por otra parte, Claudia
era consciente que ese deterioro en su relación se debía básicamente a que su hermano había abandonado la abogacía para llevar a cabo s u sueño: un café literario. Y eso,
a alguien como Laura, una prestigiosa abogada procedente de una de las familias con más renombre en Bolonia, no le parecía oportuno, sino más bien una completa
locura. Poco menos que una estupidez. Claudia tenía la impresión de que ambos se estaban dando un tiempo para aclararse. Pero o mucho se equivocaba o en realidad lo
que ambos estaban haciendo era dejar pasar el tiempo y tensar demasiado la cuerda esperando a que se rompiera. ¿Y quién daría el último tirón? Claudia percibía que
Laura parecía haberse dado un tiempo para ver cuáles eran las verdaderas intenciones de su hermano. Y Marco había estado tan volcado en el café que no había vuelto a
quedar con ella. Además, lo había visto marcharse en compañía de Michele y Giuliano algunas noches; otras… alguna clienta lo había esperado. Claudia sabía que su
hermano no iba a quedarse cruzado de brazos si lo de Laura había fracasado. No tenía constancia de que ya hubiera encontrado a alguien, pero sospechaba que pronto lo
haría. ¡Era su hermana! Sabía de qué pie cojeaba… Era un hombre y, como tal, no podía estar mucho sin compañía femenina.
—No tienes de qué preocuparte —le aseguró, encogiéndose de hombros y sonriendo con total naturalidad cuando volvió a su lado—. Los dos queremos cosas
diferentes.
—Sí, ya me he dado cuenta de ello. Y de que empezasteis a distanciaros cuando abandonaste el despacho de s u padre donde trabajabas con ella —le recordó su
hermana haciendo referencia a su anterior empleo como abogado.
—Es posible —le comentó sin darle la mayor importancia.
—Laura nunca aceptará que hayas cambiado las leyes por los cafés. No es muy chic p ara ella, y a lo sabes —le aseguró, cogiendo l a bandeja con las dos tazas
mientras esbozaba una mueca de fastidio—. Además, déjame decirte que siempre me ha parecido algo clasista. ¿Qué problema hay s i t ú quieres abrir u n café? —le
preguntó, girando sobre sí misma para abarcar la visión de todo el lugar—. Si te quisiera, respetaría tu decisión, ¿no crees?
—Eres única dando ánimos —apuntó, señalándola con su brazo extendido y
Sin enamorarnos – Laimie Scott image host image host

Comprar Sin enamorarnos en 

Clic Aquí Para comprar 

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------