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Sin límites – Jussi Adler-Olsen

Sin límites – Jussi Adler-Olsen

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Descargar Sin límites En PDF Venga, Carl, despierta. Vuelve a
sonar el teléfono.
Carl miró somnoliento a Assad, que
parecía vestido de amarillo para
carnaval. El mono había sido blanco, y
su pelo rizado, negro al empezar por la
mañana; si había llegado algo de pintura
a las paredes, era de puro milagro.
–Me has interrumpido un
razonamiento complicado –informó Carl
mientras bajaba a regañadientes los pies
del escritorio.
–¡Vale! ¡Perdona! –Una sonrisa
atravesó la jungla de la barba de días de
Assad. ¿Qué diablos expresaban sus
ojos alegres, redondos como canicas?
¿Cierta ironía, tal vez?
–Sí, ya sé, o sea, que ayer se te hizo
tarde, Carl –continuó Assad–. Pero a
Rose se le va la olla cuando dejas que
suene el teléfono. Así que, por favor, la
próxima vez responde.
Carl dirigió la vista hacia la luz
cegadora de la ventana del sótano.
Bueno, eso lo arregla un poco de
humo de tabaco, pensó, extendió la mano
hacia la cajetilla y plantó los pies sobre
el escritorio mientras volvía a sonar el
teléfono.
Assad se lo indicó con un gesto
insistente y salió. Carl estaba hasta los
huevos de las exigencias de aquellas dos
sirenas de niebla que tenía en el
vecindario.
–Carl –se presentó bostezando, y dejó
el auricular sobre la mesa.
–¿Diga…? –se oyó de allá abajo.
Acercó el auricular a la boca con un
brazo flojo.
–¿Con quién hablo?
–¿Es Carl Mørck? –se oyó una voz en
el dialecto cantarín de la isla de
Bornholm. Desde luego, no era un
dialecto que lo embargase de ternura.
No era más que una especie de sueco
chapurreado con una serie de fallos
gramaticales, y solo útil en aquella isla
minúscula.
–Sí, soy Carl Mørck, acabo de
decirlo.
Se oyó un suspiro al otro lado de la
línea. Sonaba casi como de alivio.
–Hablas con Christian Habersaat.
Coincidimos hace un siglo, pero seguro
que no te acuerdas de mí.
¿Habersaat?, pensó. ¿De Bornholm?
Se tomó su tiempo.
–Sí… Creo…
–Yo estaba de servicio en la
comisaría de Nexø cuando tú y un
superior vinisteis hace unos cuantos
años para llevar a un preso a
Copenhague.
Carl revolvió en el cerebro.
Recordaba el transporte del preso, pero
¿Habersaat?
–Pues sí, bueno… –balbuceó, y su
mano fue en busca de los cigarrillos.
–Verás, perdona que te moleste, pero
¿tendrías tiempo para escucharme? Ya
he leído, ya, que acabáis de resolver el
difícil caso del circo de Bellahøj.
Enhorabuena, aunque debe de ser
frustrante que el autor de los hechos se
suicide antes de hacerse justicia.
Carl se encogió de hombros. Rose se
cabreó por eso, pero a él le importaba
un pimiento. Un cabrón menos por el que
preocuparse.
–Ya. Entonces, ¿no llamas por aquel
asunto? –Encendió el cigarrillo y echó
la cabeza atrás. Solo eran la una y
media, algo temprano para haber fumado
su ración diaria de tabaco; iba a tener
que aumentarla.
–Pues sí, pero por otra parte, no. Te
llamo por aquel caso, pero también por
los casos que habéis cerrado durante los
últimos años. Impresionante.
»Como te decía, trabajo en la Policía
de Bornholm, y ahora estoy en Rønne;
menos mal que me jubilo mañana.
Trató de reír. Sonó algo forzado.
–Es que las cosas han cambiado, y ya
no me parece tan interesante ser yo
mismo. Seguro que nos pasa a todos,
pero hace solo diez años sabía qué
ocurría en la mayor parte del centro y de
la costa este de la isla. Y, bueno, por

Sin límites – Jussi Adler-Olsen

eso te llamo.
Carl dejó caer la cabeza. Si el tipo
quería endosarles un caso, más valía
pararle los pies de inmediato. No tenía
la menor gana de llevar una
investigación en una isla cuya
especialidad era el arenque ahumado y
que estaba más cerca de Polonia, Suecia
y Alemania que de Dinamarca.
–¿Llamas para que te revisemos un
caso? Porque entonces me temo que
tendrás que dirigirte a uno de los pisos
superiores. En el Departamento Q
tenemos demasiado trabajo.
Al otro lado de la línea se hizo el
silencio. Después, colgaron.
Carl miró confuso el receptor antes de
colgarlo con fuerza. Si aquel payaso se
asustaba tan fácil, bien merecido lo
tenía.
Meneó la cabeza, sus párpados
acababan de cerrarse cuando el trasto
sonó de nuevo.
Carl aspiró hondo. Desde luego, a
alguna gente había que darle las cosas
bien masticadas.
–¡SÍ! –gritó al receptor. A ver si el
payaso se asustaba y volvía a colgar.
–E… ¿Carl? ¿Eres tú?
No era precisamente la voz que
esperaba oír. Frunció el ceño.
–¿Eres tú, madre? –preguntó con
cuidado.
–¡No sabes qué miedo me das cuando
ruges así! ¿Te duele la garganta, cariño?
Carl dio un suspiro. Habían pasado
más de treinta años desde que se marchó
de casa. En ese tiempo había tratado con
criminales violentos, macarras,
incendiarios, asesinos y muchísimos
cadáveres en diversos grados de
descomposición. Habían disparado
contra él. Le habían destrozado la
mandíbula, la muñeca, su vida privada y
todas sus honradas ambiciones. Habían
pasado treinta años desde que quitó la
tierra del arado de sus zuecos-bota y se
dijo de una vez por todas que iba a
disponer de su vida, y que los padres
eran algo que se podía rechazar o
aceptar a voluntad. ¿Cómo carajo era
posible que su madre, con una simple
frase, fuera capaz de hacerlo sentir
como un niño pequeño?
Carl se restregó los ojos y se
enderezó en el asiento. Iba a ser un día
largo, muy largo.
–No, madre, estoy bien. Es que
tenemos obreros en el despacho y no se
oye nada.
–Verás, te llamo para darte una
noticia triste.
Carl apretó los labios y trató de
sondear el tono de su madre. ¿Sonaba
apenada? ¿Iba a decirle al segundo
siguiente que su padre había muerto?
¿Ahora que llevaba más de un año sin
visitarlos?
–¿Ha muerto padre? –aventuró.
–Santo cielo, no, qué va, ja, ja. Lo
tengo al lado tomando café. Acaba de
estar en el establo cortando el rabo a los
lechones. No, es tu primo Ronny.
Carl bajó los pies de la mesa.
–¿Ronny? ¿Muerto? ¿Cómo?
–De repente se cayó redondo en
Tailandia, mientras le daban un masaje.
¿Verdad que es una noticia espantosa en
un hermoso día de primavera como hoy?
«En Tailandia, mientras le daban un
masaje», había dicho. Claro, ¿qué otra
cosa podía esperarse?
Carl buscó una respuesta que fuera
algo razonable. No podía decirse que
resultara fácil.
–Espantosa, sí –consiguió decir
mientras trataba de reprimir la
desagradable imagen del final sin duda
placentero del cuerpo hinchado de su
primo.
–Sammy va a tomar el avión mañana
para traer sus restos y sus cosas. Más
vale traer las cosas a casa antes de que
se desperdiguen por ahí –sentenció–.
Sammy siempre ha sido muy práctico.
Carl asintió con la cabeza. Si estaba
en medio el hermano de Ronny, seguro
que iba a hacerse una distribución típica
jutlandesa: la paja en un montón y el
grano a la maleta.
Vio ante sí a la leal esposa de Ronny.
Era una brava tailandesita que merecía
más; pero, después de pasar por allí el
hermano de Ronny, solo le iban a quedar
los gayumbos con dragones chinos de su
difunto marido. Así era el mundo.
–Ronny estaba casado, madre. No
creo que Sammy pueda llevarse cosas
sin más.
Su madre rio.
–Bueno, ya conoces a Sammy, se las
arreglará. A propósito, se quedará unos
diez o doce días. Claro, dice, una vez
que estás allí hay que aprovechar para
broncearse los michelines, y desde
luego que no le falta razón. Tu primo
Sammy es un hombre ingenioso.
Carl asintió. La única diferencia
importante entre Ronny y su hermano
pequeño Sammy era una sola vocal y
tres consonantes. Nadie que viviera al
norte de Limfjorden pondría en duda su
parentesco, porque eran como dos gotas
de moco. Si había algún productor de
cine que necesitase un lechuguino
fanfarrón sin fuste con camisa de
colorines, siempre podía recurrir a
Sammy.
–El funeral va a ser aquí, el sábado
diez de mayo. Será una delicia tenerte
por aquí, mi niño –continuó su madre. Y
mientras desgranaba su esperada
descripción de la vida cotidiana de una
familia de campesinos jutlandeses,
haciendo especial hincapié en la crianza
de cerdos, con alusiones al dolor de
cadera de su padre, críticas despiadadas
a los políticos del Parlamento y demás
materia deprimente, Carl pensó en el
inquietante contenido del último mensaje
que le envió Ronny.
El mensaje estaba pensado a modo de
amenaza, sin duda, lo que alarmó y
molestó a Carl más de lo habitual. En un
momento dado, llegó a la conclusión de
que Ronny pensaba chantajearlo con
aquellos chismes. ¿Acaso no era su
primo capaz de idear cosas así? ¿Acaso
no necesitaba dinero siempre?
Aquello no le gustaba nada. ¿Iba a
tener que ocuparse otra vez de esa
ridícula pretensión? No tenía ninguna
lógica, pero, viviendo en el país de
Hans Christian Andersen, ya se sabía
con qué facilidad se convertía un
comentario en verdad absoluta. Y
verdades absolutas como aquella en su
puesto de responsabilidad, y con un
superior como Lars Bjørn, no era lo que
más necesitaba.
Joder, Ronny, ¿qué se había traído
entre manos? El payaso de él ya había
largado varias veces que mató a su
padre, cosa bastante grave en sí. Pero lo
peor era que había arrastrado a Carl al
fango, explicando de forma pública que
Carl le había ayudado a matar a su padre
durante una excursión de pesca; y, en
aquel último mensaje infausto le
comunicaba que había escrito un libro
sobre ello y estaba intentando
publicarlo.
Carl no había oído nada desde
entonces, pero era una historia sucia que
debía finalizar, ahora que el hombre
había muerto.
Se palpó la chaqueta en busca de
cigarrillos. No había duda de que debía
acudir al funeral. Allí se enteraría
también de si Sammy había conseguido
arrancar algo de patrimonio de las
garras de la mujer de Ronny. En Oriente,
las cuestiones hereditarias terminaban a
veces con violencia, y esperaba que esta
vez también fuera así. Pero la pequeña
Dingaling, o como fuera que se llamara
la mujer de Ronny, parecía estar hecha
de una pasta diferente, mejor. Seguro
que iba a quedarse con lo que le
correspondiera de dinero ahorrado, y
dejar el resto de cosas. Entre ellas, tal
vez también el pretencioso intento de
Ronny de iniciar una carrera literaria.
En efecto, no le extrañaría que Sammy
lograra traerse de vuelta aquellos
apuntes. En tal caso, se trataba de
conseguirlos antes de que iniciaran la
ronda familiar.
–Ronny se había enriquecido bastante,
¿lo sabías, Carl? –pio su madre en un
segundo plano.
Carl arqueó las cejas.
–Vaya, no me digas. Supongo que
traficaría con drogas. ¿Estás
completamente segura de que no terminó
con un nudo corredizo al cuello tras los
gruesos muros carcelarios del sistema
judicial tailandés?
Su madre rio.
–Qué cosas dices, Carl. Desde luego,
siempre has sido un niño divertido.
Veinte minutos después de la
conversación con el policía de
Bornholm, Rose estaba en la puerta
apartando las nubes de humo de Carl
con una repugnancia que no se tomaba la
molestia de ocultar.
–¿Acabas de hablar con un agente que
se apellida Habersaat?
Carl se alzó de hombros. En aquel
momento, no era la conversación que
más lo preocupaba. A saber qué habría
escrito Ronny sobre él.
–Mira esto. –Rose dejó caer un folio
sobre la mesa–. Hace dos minutos que
he recibido este mensaje. Creo que vas a
tener que llamarlo enseguida.
En el folio había dos frases que
hicieron que el ánimo decayera en el
despacho para el resto del día.
El Departamento Q era mi
última esperanza.
No aguanto más.
C. Habersaat
Carl miró a Rose, que sacudía la
cabeza como una mujer que acabara de
decidir dejar a su marido. A Carl no le
gustaba la actitud, pero con Rose lo
mejor era callarse. Más valía aguantar
dos cachetes en silencio que dos minutos
de gruñidos y quejas. Así funcionaban
las cosas entre ellos, y Rose era una
buena chica en el fondo. Aunque a veces
había que escarbar mucho.
–¡No me digas! Pero mira, ya que el
mensaje te ha llegado a ti, tendrás que
encargarte tú del trabajo. Ya me
contarás después qué has sacado en
limpio.
Rose arrugó la nariz, y el encalado se
agrietó.
–Como si no supiera lo que ibas a
decir. Por eso, lo he llamado al
momento, pero solo he encontrado el
contestador.
–Mmm. Bien, entonces supongo que
habrás dejado un mensaje diciendo que
volverás a llamar, ¿no?
El cabreo de Rose fue en aumento
mientras lo confirmaba, y ya no se le
pasó.
Al parecer, había llamado cinco
veces, pero el hombre no respondía.
2
Miércoles 30 de abril de
2014
Normalmente, las ceremonias de
despedida del personal que se jubilaba
solían hacerse en la comisaría de Rønne,
pero Habersaat se había opuesto. Desde
que entró en vigor la nueva reforma
policial, la estrecha y buena relación
que tenía con los ciudadanos, y, en
general, lo que ocurría en la costa este
de la isla se habían convertido en un
interminable ir y venir entre este y oeste,
y de pronto se habían introducido unos
procesos de toma de decisiones
interminables desde que se producía un
hecho criminal hasta que se hacía algo
serio. Se perdía el tiempo, las huellas se
borraban, los autores del crimen huían.
«Corren buenos tiempos para los
mangantes», solía decir siempre, aunque
nadie le hacía caso.
De modo que Habersaat odiaba el
desarrollo tanto general como local de
la sociedad, y los compañeros
partidarios del sistema, que ni siquiera
lo conocían a él ni sabían de los logros
de sus cuarenta años de servicio fiel, no
iban de ninguna manera a asistir a su
ceremonia de despedida como borregos
y hacer como si lo vitoreasen.
En consecuencia, tomó la decisión de
celebrar la despedida definitiva en el
Centro Cívico de Listed, a solo
seiscientos metros de su casa.
Teniendo en cuenta lo que había
planeado para la ocasión, todo iba a ser
más decoroso de aquella manera.
Se plantó un rato ante el espejo para
pasar revista a su uniforme de gala, y se
fijó en los pliegues que se habían
formado en el tejido tras años sin usar.
Y mientras con esmero y cierta desmaña
planchaba los pantalones en una tabla de
planchar que nunca había intentado
desplegar, dejó que su mirada se
deslizase por lo que en otros tiempos fue
la cálida y animada sala de estar
familiar.
Habían pasado casi veinte años desde
entonces, y ahora el pasado retumbaba
como un animal inquieto, perdido, entre
montones de cachivaches y baratijas de
las que nadie quería saber nada.
Habersaat sacudió la cabeza. Cuando
analizaba el pasado, no comprendía su
manera de actuar. ¿Por qué llenó las
estanterías con carpetas de anillas de
colores en vez de con buenos libros?
¿Por qué estaban todas las superficies
horizontales cubiertas de

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