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Sola en la ciudad – Luna Koukei

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Mis padres murieron cuando yo
era un bebé y mi abuelo que, por lo
visto, ya era muy viejo y viudo, no pudo
hacerse cargo de mí. Me crié en Suiza,
en uno de los mejores internados para
señoritas del mundo. Ellos dicen que es
el mejor, pero yo he estado ahí y,
créeme, seguro que hay otros mejores. A
mi abuelo le había visto regularmente
durante las vacaciones y las navidades,
siempre venía un par de días por año a
verme, pero nunca me llevó a Londres
con él. No sentí demasiado su muerte,
para qué te voy a mentir. Tenía un centro
comercial en Inglaterra, y varios
edificios de apartamentos en la mejor
zona de Londres. A todo esto súmale
varios parkings repartidos por toda la
ciudad y unos cuantos solares en las
zonas más deseadas para construir, pero
con todo eso yo no me fui a Londres sino
a Barcelona.
Elena, mi mejor amiga desde que
tengo uso de razón, vive en Barcelona.
Su familia es rica y muy religiosa,
sintieron lástima de mí y me llevaron de
vacaciones con ellos a la Costa Brava
mientras fui pequeña. A partir de los 12
dejaron de invitarme, mis pechos
sugerentes debían poner nervioso al
padre. O a Gonzalo, el hermano, que
entonces tenía 15 años y era un
adolescente lleno de granos y a quien yo
creía que no gustaba nada.
Elena se había marchado hacía
una semana, yo no me podía marchar
hasta cumplir los 18, así lo había dejado
escrito mi abuelo, de modo que me
quedé una semana de vacaciones en el
colegio mientras todas las señoritas
habían ido a casa. Excepto las que,
como yo, no tenían familia.
Esperé en el Hall principal a que
Elena bajara las escaleras con su
familia. Despedirme de ella en la
habitación me daba demasiada pena.
Aunque fuéramos a ser casi vecinas, por
primera vez en muchos años no iba a
vivir con ella. Ni con ella ni con nadie,
por primera vez en muchos años iba a
estar sola. En una ciudad desconocida.
Me mordía las uñas mientras
esperaba a Elena. El primero en bajar
fue Gonzalo. Ahí estaba yo, con la falda
corta del uniforme de cuadros, la camisa
blanca con las mangas arremangadas y
una coleta mal hecha que dejaba muchos
mechones rubios sobre mis hombros. Al
ver a Gonzalo sentí que el estómago se
me encogía. Un calor, que ya reconocía,
empezó a subir desde mi bajo vientre
hacia arriba y un latido constante
empezó a sentirse en mi clítoris.
Gonzalo estaba muy guapo. Y muy
fuerte.
Bajo el polo azul marino se
adivinaban sus bíceps, fruto de horas
jugando a tenis y esquiando. Además
seguro que nadaba, la espalda no dejaba
lugar a dudas. Llevaba un short blanco
que redondeaba su trasero, unos
calcetines azul marino tan cortos que
apenas se veían y unos náuticos de color
camel y azul marino. No podía ser más
elegante. Ni más guapo. Me miró con
sus ojos azules y al reconocerme me
sonrió, enrojeció un poco y apartó
rápidamente la mirada.
Cerré los ojos y me imaginé
pronto en mi casa de Barcelona
recibiendo a Gonzalo en mi habitación.
Gonzalo había despertado al animal
sexual que habita en mí y que yo ya
conocía hacía tiempo.
Elena bajó las escaleras pero no
la vi. Seguía pendiente del trasero de
Gonzalo, que estaba esperando mientras
golpeaba suavemente el primer escalón
con su pie. Sus gemelos se movían
mientras las manos ocupaban los
bolsillos traseros del pantalón, ahí
querría haber tenido yo las mías.
Elena vino hacia mí llorando y
me abrazó. Por detrás de ella vi venir a
su padre que la agarró del hombro y tiró
de ella para que me soltara.
—Os vais a ver dentro de cuatro
días —dijo llevando a Elena hacia él
—. Hasta pronto, Amanda.
—Hasta pronto señor Roig —
dije yo con la mayor corrección posible
—. Gracias de nuevo por todas las
gestiones que ha hecho para mí con el
tema del apartamento —dije tendiéndole
la mano, que él aceptó de forma tensa.
Me soltó rápidamente y aclarándose la
garganta dijo:
—Nos vemos en Barcelona —se
dio la vuelta y se llevó consigo a Elena,
que se giró con lágrimas en los ojos y
me miró suplicante.
Yo sonreí mientras recibía el
abrazo de la madre de Elena, Rosa, que
era lo más parecido a una madre que yo
tendría nunca.
—Ven a cenar a casa un día de
estos —dijo antes de volver a
abrazarme —Ven a vernos cuando
quieras.
Se marchó y Gonzalo se fue tras
ellos. Al llegar a la puerta se giró y
levantó la cabeza para despedirse de mí,
vi que intentaba evitarlo, pero me miró
los pechos y se fue.
Subí a mi habitación con un nudo
en la garganta, al entrar me tiré en la
cama y lloré, era la única de mi curso
que no había abandonado el Internado.
Lloré durante un rato hasta que sentí la
almohada húmeda y caliente. Y entonces
se despertó la bestia que hay en mí y
recordé la primera vez que me había
masturbado con ella.
Hacía un par de años, la mayoría
de chicas habían ido a casa por Navidad
y acababan de regresar. Lory nos
contaba cómo había pillado a su
hermano haciéndolo con su novia.
Aunque estábamos en un
Internado de señoritas, o precisamente
por ello, sabíamos bastante de sexo. Las
que tenían hermanas, o hermanos
mayores, siempre regresaban con
información fresca y calenturienta para
nosotras. Siempre escuchábamos atentas
las novedades que nos contaban, a
aquellas alturas ya sabíamos que a un
hombre la polla se le pone dura y se la
mete a las chicas en el coño, pero no lo
habíamos visto nunca.
Cuando una de nosotras veía
algo, se lo contaba a las demás con tanto
detalle que éramos capaces de verlo.
—Estaban los dos desnudos —
empezó Lory —él estaba tumbado en la
cama, boca arriba. Ella estaba sentada
sobre él, con las piernas a los lados,
como si montara un caballo. Ya la
estaba penetrando, ella ya tenía la polla
dentro, así que no se la pude ver. Pero
vi cómo se movía.
—¿Cómo? —preguntó Samantha,
inglesa como yo.
Lory se subió la falda y se tumbó
en la cama. Las demás nos apartamos un
poco asustadas.

Sola en la ciudad – Luna Koukei

—Súbete la falda y quítate las
bragas, siéntate encima mío —Lory
invito a Sam a que la montara, cosa que
Sam hizo sin demasiado reparo.
Estábamos las tres solas en la
habitación, Elena no había vuelto de sus
vacaciones en Barcelona. Lory me miró
y me tiró la almohada —Usa la
almohada Mandy.
Le hice caso, me quité las bragas
y me subí a la almohada.
Lory empezó a mover a Sam
agarrándola por el culo. Con una mano
sujetaba su culo y la movía mientras que
con la otra le desabrochó la camisa y
sacó un pecho del sujetador. Apretó su
pezón un poco y lo retorció. Yo la
miraba y sentí la necesidad de moverme
y restregarme contra la almohada.
Desabroché mi camisa y cogí mi pezón
para retorcerlo como hacía Lory con el
de Samantha. Samanta ya no necesitaba
la ayuda de Lory para moverse sobre
ella y empezó a moverse cada vez más
rápido sacando el culo más para fuera
para que su clítoris rozara con las
bragas de Lory, que seguían en su sitio.
Yo apreté más la almohada debajo de
mí, la doblé para que fuera más alta y
más dura, así me podía mover sin
sujetarla. Me cogí un pezón con cada
mano y empecé a follarme la almohada
con muchas ganas. De vez en cuando se
me escapaba un poco de entre las
piernas, pero entonces la agarraba y me
la metía de nuevo apretando bien
mientras me quedaba casi a cuatro patas.
Mi culo se movía arriba y abajo
haciendo que ni coño, súper húmedo, se
golpeara y restregara contra la
almohada. Había perdido de vista
durante unos momentos a Sam y a Lory y
vi que Lory estaba entre las piernas de
Samantha, su cabeza se movía arriba y
abajo rápidamente contra el coño de
Samanta que abría las piernas tanto
como podía y agarraba la cabeza de
Lory para restregarse con fuerza contra
ella.
Aquella visión me puso mucho
más cachonda. Sujeté la almohada con
las dos manos y golpeé mi pelvis con
furia contra ella. El orgasmo no se hizo
esperar y tuve que apartarme de la
almohada entre sacudidas. Tenía el
clítoris hinchado y estuvo palpitando
durante mucho rato. Después de aquello
nos quedamos las tres en silencio el
resto de la tarde hasta que por la noche
llegó Elena y preguntó qué tal nos había
ido. Lory me miró con cara de viciosa y
empezó a contarle cómo había pillado a
la novia de su hermano cabalgándole.
Elena se resistió un poco a quitarse las
bragas, pero a los pocos minutos la tenía
gimiendo encima de las mías, que me
transmitían su humedad y su calor. Le
desabroché la camisa y le chupé los
pezones. Se los mordí y juguetée con
ellos mientras ella se agarraba a mi
cabeza y teníamos el primer orgasmo de
nuestras vidas junto a otra persona.
Aquello nos unió para siempre.
Al recordar a Elena sobre mí por
primera vez no puedo evitar llevar mi
mano a la entrepierna. Ya palpita.
Quizás soy un poco masoquista pero me
encanta estimularme mentalmente. Dejo
la mano reposar sobre mi vagina y
siento los cambios físicos que
acompañan a mi fantasía mental.
Recuerdo a Elena moviéndose con sus
pequeños pechos apuntando
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