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Solo en la eternidad – Kayla Leiz

Solo en la eternidad – Kayla Leiz

Solo en la eternidad – Kayla Leiz

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—¿Mi señor? —preguntó el hombre que lo servía, postrado en el centro de la habitación. Se permitió dirigirle una tímida mirada a su amo para saber si estaba ya
despierto.
—¿Ya está preparado el desayuno? —se interesó Darius levantándose y apartándose de la ventana. A pesar de haber dormido prácticamente sentado y sin apenas
moverse, no sentía cansado el cuerpo; o este no quería darle señales de cansancio.
—No, mi señor. Os habéis despertado mucho antes de lo habitual —contestó el hombre que se acercaba a él para cogerle la túnica y comenzar a vestirlo con las
ropas habituales.
Darius no hizo nada por ayudar a su esclavo. Todos los esclavos sabían lo que debían hacer y el suyo llevaba muchos años con él como para no conocer sus
preferencias.

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Ataviado con los pantalones de cuero negro y la túnica típica de la casa, se sentó en una de las sillas para que pudiera peinarle el cabello. Se lo recogió entre
varias tiras de cuero para que no le molestara si hacía movimientos bruscos y se apartó unos pasos de él volviendo a bajar la cabeza.
—He terminado, mi señor. Espero que lo encontréis a vuestro gusto.
—¿Dónde está Jack?
—El señor está entrenando, mi señor.
Se levantó de la silla y se dirigió hasta la puerta, que abrió de inmediato el esclavo. Cuando salió de la habitación, recorrió el pasillo y bajó un tramo de escaleras
hasta llegar a un corredor decorado de una forma más rudimentaria. No había ventanas en ese pasillo y estaba iluminado por antorchas que daban al lugar una luz
anaranjada que temblaba constantemente. Darius siguió caminando sin inmutarse ante los soldados con los que se encontraba o los esclavos que se afanaban por cumplir
las órdenes de sus amos.
Cuando llegó a una de las puertas, la abrió sin esperar y entró en la sala. Esta era una cámara cuadrada de considerables dimensiones construida en piedra e
iluminada también por antorchas. De algunas de las paredes colgaban estanterías que albergaban distintos tipos de armas y se podían distinguir aparatos que servían
para entrenar en distintas artes. Al fondo vio a Jack espada en mano luchando con enemigos invisibles. No llevaba puesta la túnica y solo los pantalones le resguardaban
el cuerpo. Los movimientos ágiles y ensayados hacían que se le tensaran todos los músculos al tiempo que esgrimía el arma con fiereza.
Jack era una persona que basaba su lucha en el ataque. Rara vez se protegía y su forma de acometer casi siempre era monótona. Aunque eso no quería decir que
fuera débil; sus ofensivas eran mortíferas y obligaban siempre al enemigo a protegerse de ellas sin darle tiempo a planificar un contraataque antes de recibir la siguiente
embestida por parte de él.
Ahora, Jack se afanaba contra varios enemigos a la vez, por lo que Darius intuía. Uno de los ataques lo hizo avanzar un par de pasos dibujando con la espada un
arco en un intento, claramente, de que su enemigo retrocediera. Seguidamente se agachó apoyando una mano en el suelo e impulsándose con ella para elevarse y
ejecutando una tijera perfecta con las piernas al mismo tiempo que la espada cubría las posibles debilidades en esa posición. Sin embargo, mientras hacía eso, los ojos de
Jack se encontraron con los de Darius y acabó perdiendo la concentración y cayendo sobre el costado al tiempo que profería una maldición.
La espada se le escapó de la mano y acabó unos metros fuera de su alcance.
—Creí que habías mejorado en la concentración.
—Y lo he hecho. Pero si me das un susto apareciendo sin hacer ruido, cualquiera perdería la concentración —le respondió Jack tumbado sobre la espalda
intentando recuperar el aliento y el ritmo normal del corazón.
La piel, levemente azulada, descubría la sangre que corría por las venas. Normalmente los sangre azul tenían una piel muy pálida que se azulaba cada vez que se
alteraban por algo. Ese era uno de los rasgos que los diferenciaban de los sangre roja, junto con una mejor defensa ante las enfermedades debido a que su sangre era capaz
de curar las heridas del cuerpo en apenas unas horas, o la belleza, que los acercaba más a los dioses que a simples mortales.
También ellos vivían más tiempo que los sangre roja. Su envejecimiento se ralentizaba una vez que entraban en la pubertad y se mantenía inalterable hasta que
fallecían, cosa que podía no producirse en cientos de años.
—No parece que tengas buenos resultados.
—Coge una espada y te demostraré lo contrario —le retó Jack mientras se levantaba del suelo e iba a por la espada que había caído.
Darius se acercó al armario de armas y escogió una espada algo más larga que la que Jack llevaba y también más delgada. Cuando se dio la vuelta se fijó en que Jack
lo miraba con el ceño fruncido en clara desaprobación por su elección, pero no se echó atrás en su elección y fue a reunirse con él en el centro de la sala.
—¿No sería mejor que te quitaras la túnica? No querría hacerle ningún rasguño por accidente.
—Como si te fuera a permitir hacerlo —contestó poniéndose en posición.
Jack soltó una carcajada mientras él también se cuadraba ante su adversario de armas.
Por unos minutos, ninguno de los dos se movió, estudiándose como estaban; cualquier distracción o gesto podría incitar al otro a atacar primero y coger así ventaja.
Darius conocía de sobra la forma de luchar de Jack y era por eso por lo que este se volvía impredecible. Cuando Jack era consciente de que el oponente lo conocía, hacía
cualquier otra cosa que jamás se te hubiera pasado por la cabeza para atacar. Justo lo que hizo en ese momento.
Jack acortó la distancia que los separaba en una veloz carrera para, apenas unos segundos antes de chocar las espadas, clavar el pie derecho en el suelo de forma lo
suficientemente fuerte como para impulsarse hacia el lado izquierdo desestabilizando así la defensa que Darius había creado para repeler el ataque de Jack.
Al mismo tiempo el afianzamiento en el suelo con el pie izquierdo de Jack volvió a servirle de impulso para atacar a Darius en su flanco derecho con el objetivo de
desarmarle. Sin embargo, este ya estaba preparado y cuando la espada de Jack rasgó el aire, Darius se echó hacia atrás y se giró doblando los brazos sobre el cuerpo para
dirigir su arma hacia el cuello de Jack y ganar el combate.
Jack, que lo había previsto, se preparó para hacer frente al ataque interponiendo su espada y soportando la presión de la fuerza que ejercía Darius sobre su brazo
armado. Los dos aguantaron unos segundos hasta que ambos se separaron saltando hacia atrás, para volver a medirse de nuevo en una carrera y cruzar de nuevo las
espadas en varias estocadas al tiempo que contrastaban sus fuerzas.
La camaradería estaba presente en esa sala. Aun cuando cada uno sabía el lugar que le correspondía en la casa, en la lucha el estatus no era lo que primaba y menos
en una batalla que a ambos les servía para poner en forma sus habilidades.
Darius fue el primero en desestabilizar a Jack con su ataque provocando que este perdiera el equilibrio y tuviera que retrasar su posición. Sin embargo, en lugar de
atacar de nuevo cuando su enemigo se veía en clara desventaja, retrocedió unos pasos y cambió el modo de agarrar la espada para cogerla de forma horizontal dirigiendo
el brazo hacia delante y protegiéndose así todo el pecho.
—¡No puedes estar hablando en serio! —exclamó Jack al ver la postura de Darius—. ¡Con esa espada no puedes hacer eso! —añadió cuando este se abalanzó
sobre él desoyendo su advertencia.
Darius bajó el brazo en el que llevaba la espada hasta casi situarlo detrás de él. Cuando Jack se impulsó hacia delante sabía que el próximo movimiento sería
cambiarse la espada de mano para evitar que él lo inmovilizara con la suya. Lo que no sabía es que esa técnica podía usarla Darius tanto con el brazo derecho, que era
donde estaba la espada en esos momentos, como con el izquierdo, que también lo tenía tras el cuerpo.
En tan solo unos segundos, Darius se detuvo e hizo girar la espada para coger la empuñadura con la mano izquierda al tiempo que la interponía delante para evitar
la espada de Jack. Fue entonces cuando se movió más rápido aún y rodeó a este interponiéndolo entre su cuerpo y las dos espadas que luchaban por mantener su
territorio.
—¿Cuándo demonios aprendiste a usar la izquierda? —le preguntó Jack entre dientes intentando mantener a distancia las espadas.
—No necesito aprender para saber hacerlo —contestó Darius con toda tranquilidad. A decir verdad, a pesar de la lucha que habían llevado a cabo desde hacia rato,
no se le veía cansado y ni siquiera estaba ruborizado por el combate, al contrario que Jack.
—Perdón, mi señor; señor… —murmuraron desde la puerta. Ambos miraron hacia ella sin rendir el combate. Un hombre joven, de unos veinte años, con el pelo

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corto rubio, estaba de pie. Les dirigió una pequeña reverencia y tras ella añadió—: Mi señor. Me ordenasteis que os avisara cuando le faltaran al desayuno veinte
minutos —explicó el joven.
—¿Ya se ha cumplido ese plazo? —preguntó Jack al tiempo que Darius dejaba de imprimir fuerza en la espada y su cuerpo y lo dejaba libre.
—Sí, mi señor.
—Bien. ¿Está preparado el baño?
—Sí, mi señor. Tal y como me dijisteis.
Darius cogió la espada de Jack y colocó ambas en el armario antes de dirigirse a la puerta donde aún aguardaba el esclavo de Jack. Este estaba secándose el sudor
con una toalla que había al lado de su túnica y que pasó a su esclavo cuando también avanzó hacia la salida colocándose la túnica por el camino. Alcanzó a Darius a unos
metros de distancia.
—Si ibas a usar esa técnica, hubiera sido mejor una espada corta.
—No —disintió Darius—. Una espada corta no me da la suficiente superficie para saber que, choque donde choque tu espada, voy a tener la mía esperándola.
—Pero también te da una desventaja, Darius, recuérdalo. Si tu espada es más larga, has de aplicar más fuerza sobre ella. Eso hace que, si algo sale mal, no solo
decapites a tu oponente, sino que también tú puedas salir malparado a causa de la fuerza ejercida.
—Eso no pasará.
—Pero podría pasar, Darius. No me hagas preocuparme también de vigilarte cuando haya una batalla de verdad.
Llegaron a la habitación de Jack y este lo dejó solo para darse un baño antes de ir adonde se servía el desayuno. Así que fue Darius quien se encaminó hacia allí
siguiendo el mismo pasillo que el día anterior, recorriendo solo unos metros más de los que lo separaban de su propia habitación. Justo en el momento en el que se
encontraba a su altura, su esclavo abría la puerta con la ropa de la cama entre las manos, así como la túnica de seda con la que había pasado la noche. Al verlo se puso
pálido y apartó inmediatamente los ojos de su señor.
—Lo lamento, mi señor. Por favor, no sabía que estabais ahí. No volverá a ocurrir.
—¿Mi padre ya se ha levantado?
—Sí, mi señor. He visto antes a su esclavo ocupándose de sus asuntos.
«Sus asuntos.» Darius sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. Su padre había vuelto a usar algunas chicas sangre roja para satisfacer sus necesidades
físicas.
Siguió adelante sin decir nada más hasta llegar a la sala donde disponían el desayuno. Los soldados le abrieron la puerta y se encontró con que solo estaban
presentes algunos de los hijos de sus tíos, sus primos, sentados en sus respectivos asientos. Todos ellos se lo quedaron mirando.
—¡Hola, primo Darius! —Saltó de pronto poniéndose de pie sobre la silla tapizada su prima más pequeña, Lucile, de tan solo seis años. Era pelirroja y, a pesar de
su palidez, siempre estaba azulada y sonriente. Darius le hizo una pequeña reverencia a su primita sin decir nada.
—Primo —saludó su primo mayor, Claud, de veinte años, también con un leve asentimiento de cabeza al que correspondió con la misma solemnidad.
—Primo Darius, buenos días —le dijo su prima Eslina, de dieciséis, levantándose de la silla y dedicándole una discreta reverencia.
—Buenos días —repuso él para que todos se dieran por aludidos.
—Hoy sí que has madrugado, como le dijiste ayer a mi señor —afirmó Lucile—. Seguro que hoy está contento.
—Sí, padre estará feliz de que esté aquí sin tener que ordenar llamarme —reconoció tomando asiento en su silla.
—¿Qué vas a hacer hoy, primo? —preguntó Eslina intentando iniciar conversación.
—Aún no tengo planes, Eslina. ¿Puedo saber cuáles serán los tuyos? —contestó con educación.
—Mis padres nos llevarán a Lucile y a mí a la casa vecina para almorzar. También quieren presentarnos al hijo recién nacido de la casa Ronan. Por lo que he oído,
será el heredero.
—Así es —confirmó Claud—: su primer hijo y además varón. Es toda una bendición para la casa.
—¿Dónde está tu hermana, Claud? —preguntó Lucile—. ¿No se ha despertado aún?
—Ella seguramente estará lidiando con la decisión de qué ponerse. Creo que irá con vosotras a la casa Ronan.
—¿En serio? No nos han dicho nada —intervino Eslina.
—Quizás para que no dijerais que no —soltó con sorna Claud. Los tres se rieron.
—Creo que os encontraréis allí también a otros nobles de otras casas —comentó Darius. Todos lo miraron—. La casa Stain va a aprovechar la visita a nuestra casa
para acercarse también a la de Ronan, y por lo que sé llegaron ayer.
—¿Entonces estará allí Zephirus? —preguntó algo alarmada Eslina. Su tez pálida enseguida mostró algo azulado en las mejillas.
—Es lo más seguro —contestó Claud.
Darius sabía el motivo de esa preocupación por parte de su prima. Al fin y al cabo, Zephirus era el prometido elegido por sus padres para ella y debían casarse en
un plazo de dos años. Sin embargo, ninguno de los dos se conocía y esa sería la primera vez que lo harían.
La puerta de la sala se volvió a abrir dejando paso a los que faltaban. Los tíos y tías de Darius ocuparon su lugar después de dirigirle un pequeño saludo y
empezaron a hablar y a hacer planes con sus hijos. Darius, por su parte, se quedó callado mirando al frente, aislado de todo ello. Tenía prohibido abandonar la casa bajo
ningún concepto aun cuando el lugar donde estaban era completamente seguro. Aun así, esa era la responsabilidad del heredero, permanecer en la casa en todo momento.
Sus primos y tíos no tenían ese problema y ellos podían entrar y salir de ella a su antojo siempre y cuando avisaran a su padre de adónde iban a ir y cuánto tiempo
iban a tardar. Por lo demás, tenían plena libertad para pasear por la ciudad sin necesitar escolta, ya que era muy raro que se dieran casos de tumultos o problemas
teniendo soldados apostados en cada esquina.
La tercera vez que la puerta se abrió fue para que Jack entrara. Con el pelo aún mojado y las mejillas azuladas por el baño, ofreció una pícara sonrisa a todos y
tomó asiento al lado de Darius como su guardaespaldas.
—Hoy no podrá quejarse de que no has llegado pronto —le susurró a Darius. Este no dijo nada y se limitó a asentir.
Poco después la puerta volvió a abrirse y, esta vez, sí, el cabeza de familia de la casa Sythus entró. Todos los de la mesa se pusieron inmediatamente de pie, salvo
Darius, que permaneció sentado tal y como la tradición estipulaba por ser el heredero de la casa y estar eximido de rendir pleitesía a su padre.
Angus Sythus recorrió con la mirada todos los gestos y asintió para que todos comprobaran que estaba contento con lo que veía. Tan alto como su propio hijo,
Angus no era ya tan joven como pretendía hacer creer a los demás. Los años le iban pesando y eso se traducía en una pronunciada cojera en la pierna derecha, así como
problemas de movilidad con las manos. Conservaba el físico debido a que seguía entrenándose en la lucha, pero ya no era tan ágil como antaño.
Tomó asiento en su silla y el resto de comensales hizo lo mismo y retomó las conversaciones. Los sirvientes comenzaron a servir a todos los de la mesa mientras
Angus miraba a su hijo. Darius le devolvió la mirada.
—Veo que lo que anunciaste ayer era cierto.
—Dije que no volvería a pasar.
—Y cumples lo que prometes. Eso me gusta.
Darius inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, a pesar de que no le importaba en absoluto.
—Mi señor… —llamó Lucile desde la otra punta de la mesa. Angus alzó la vista para mirarla.
—¿Sí?
—Mi familia y yo vamos a ir a la casa Ronan a ver al pequeño heredero. También vendrá mi prima Cassie —todos se quedaron callados esperando la reacción de
Angus.—
Me parece bien.
—¿Podría venir nuestro primo? —preguntó la niña antes de que nadie pudiera callarla. La temperatura en la sala descendió varios grados.
—Darius no saldrá nunca de esta casa si no es conmigo —sentenció con una voz tan grave y tan completamente enfadado por la cuestión que hizo que Lucile se
pusiera a llorar y tuviera que ser sacada de la sala.
El resto del desayuno transcurrió en silencio y uno a uno fueron saliendo de allí. Los últimos que quedaron fueron Darius y su padre.
—Has estado entrenando esta mañana…
—Sí, padre.
—Me han dicho que has acorralado a Jack.
—Se habría liberado fácilmente si no nos hubieran interrumpido.
—Eso no es lo que a mí me han dicho. —Darius lo miró.
—Pero es lo que habría pasado si yo hubiese sido realmente su enemigo —contestó sin inmutarse por el tono con el que su padre le había hablado antes. Ambos
mantuvieron las miradas como si fuera un enfrentamiento entre ellos.
—Mañana tendremos una reunión con el cabeza de familia de la casa Stain. Asistirás y tomarás parte de las decisiones que se adopten —dijo cambiando de tema.
—¿Cuál es el motivo de dicha reunión?
—Los sangre roja. Necesitamos establecer medidas ante posibles levantamientos. Por lo que he oído, también las otras casas han sufrido intentos de asesinato de
los herederos. Hay que actuar contra esa escoria y darles donde más les duele. Si los privilegios que ahora tienen son demasiados, les daremos menos… hasta que los
aplastemos y sepan quiénes mandan.
—Como deseéis, padre.
Darius se levantó de la mesa hacia la puerta.
—¿Qué harás hoy?
—Estaré en la biblioteca, padre.
—Bien.
Nada más salir continuó por el pasillo y subió hasta la siguiente planta. En ella se albergaba la biblioteca, así como un par de salas de reuniones que se usaban
únicamente para tratar asuntos diplomáticos entre las casas vecinas. Jack estaba apoyado en la pared al lado de la puerta que daba a la biblioteca.
—Sabía que vendrías aquí.
—¿No te han encargado ir con mi familia? —le preguntó.
—¿Bromeas? No puedo separarme de ti —respondió. Jack era el encargado de la seguridad de Darius y solo debía ocuparse de él, de nadie más.
Jack abrió la puerta y dejó que Darius entrase primero. Un millar de estanterías lo recibió con el típico olor de los libros. Varios sillones estaban distribuidos por la
sala para comodidad de los que allí leían a menudo. Cuando los que se encontraban dentro miraron con curiosidad para ver quién se unía a ellos, repararon en Darius.
Todos se levantaron y salieron de la sala inmediatamente y esta quedó vacía.
—A eso se le llama tener autoridad —murmuró Jack lo bastante bajo como para que solo Darius lo oyera.
—Si no quieren quedarse estando yo aquí, no tienen por qué hacerlo.
—Pero en un futuro serán tus soldados, tu gente, a la que tengas que dirigir.
—Cuando eso llegue, sabré imponer mi presencia.
Darius se acercó a una de las estanterías y escogió un libro. Acto seguido se sentó en un sillón y lo abrió. Comenzó a leer sin prestar atención a Jack, que se
sentaba al lado de la puerta en una de las sillas y se ponía a jugar con una de las dagas que llevaba sujeta al cinto.
5
—Cuéntame más cosas sobre el mar —le dijo Kayla a Darius.
Estaba sentada en la arena con las piernas cruzadas y las rodillas abrazadas por los brazos mientras la cabeza, ladeada y apoyada sobre las rodillas, lo miraba
directamente sin perder la sonrisa.
Darius la miró deleitándose en esa pequeña sonrisa, pero sin expresarle nada.
—¿Qué quieres saber? —preguntó.
—¡Todo! —exclamó echándose a reír—. Nunca lo he visto, así que quiero saberlo todo de él. ¿Tú lo has visto?
—Un par de veces.
—Ya son un par más que yo.
—Hay animales, peces. Hay de muchos tipos, unos inofensivos y otros mortales. Pero la mayoría de ellos suelen ser hermosos.
—¿Qué clase de peces hay?
—¿Los conocerías si los nombrara? —le preguntó sabiendo la respuesta que le daría ella.
—No —contestó sin dejar de sonreír—. Pero me gustaría saber los nombres que tienen.
—Caramels, peces espada, atunes, brecas, alfonsinos, quimeras, moras, relojes anaranjados…
La risa de Kayla hizo que se detuviera y dejara de mirar al mar, que era lo que había hecho hasta entonces, para fijarse en ella.
—¿Qué?
—¡Hay que ver la imaginación que tengo! ¡¡Menudos nombres me he inventado!!
—¿Tú?
—Bueno, no me negarás que tú eres una invención de mi mente. No debo de estar muy cuerda para crear a alguien como tú.
Darius no supo si sentirse de alguna forma. Pensaba que él era un producto de su imaginación y, en cierto modo, era natural que llegara a esa conclusión. Nadie
nunca podía atravesar los sueños de otras personas y entrar en ellos, al menos que conociera. Tampoco podía hablar de ello con otros, así que estaba a ciegas, y la forma
en la que él irrumpió con Kayla le dejaba a ella la posibilidad de cuestionarse que fuera una imagen creada por la mente.
Aun así, Darius se sintió extraño. No quería que pensara que era una imagen irreal, pero tampoco quería explicarle lo que era realmente porque sabía que se alejaría
de él, que haría lo que todos los demás hacían, huir… Y él no podía apartarse de ella.
Kayla dejó de reír cuando lo miró y vio que él mantenía su seriedad. Se soltó las rodillas y gateó hasta ponerse delante de él para que la mirara.
—Lo siento. Supongo que eso no ha sido muy agradable por mi parte. No suelo reírme de la gente, así que, aunque seas una invención, seguro que tampoco te gusta
que se rían de ti.
No le contestó. No podía hacerlo. Kayla se preocupaba por sus reacciones y, aunque no lo entendía, actuaba de la forma que ella creía la correcta y, desde luego,
para Darius era mucho más de lo que otros le daban.
Se levantó del suelo y le dio la espalda intentando recuperarse de esos sentimientos que amenazaban con salir de su corazón y corresponder a los de Kayla. Solo
habían hablado en un par de ocasiones y nunca demasiado tiempo, así que… ¿por qué cada vez que estaba con ella notaba calor en su corazón? Era mucho más que
cuando se había pasado horas observándola en ese mundo lleno de nubes y de oscuridad. Ahora su playa era tal y como debía ser y el sol iluminaba su pálida piel sin
llegar a broncearla nunca. La arena brillaba a su alrededor como si le otorgara un aura etérea que la llamaba a acercarse.
—¿Sabes? Me encantaría saber qué les ha ocurrido.
—¿A quién? —preguntó dándose la vuelta.
Ella ya no lo miraba y también le había dado la espalda. Tenía las manos entrelazadas detrás y se apoyaba sobre un solo pie mientras el otro ondeaba alrededor. La
cabeza se alzaba al cielo y la brisa del mar le ondeaba el cabello. La sonrisa aún persistía.
—Mis hermanos. Seguro que las pequeñas se asustaron mucho y espero que ahora estén bien. Solo espero que no les haya pasado nada.
—¿Tienes hermanos?
—¡Montones! —exclamó girándose y sin dejar de sonreír—. Yo los cuido. O al menos lo intento.
—¿Y tus padres?
Kayla se detuvo y la sonrisa desapareció del rostro. Darius se dio cuenta cuando el dolor le atravesó el semblante porque fue el mismo que su corazón sintió al
verla a ella en ese estado. Por primera vez quiso abrazarla y refugiarla entre sus brazos.
Ella levantó la cabeza y lo miró esbozando una mueca que intentaba simular una sonrisa.
—Mis padres me abandonaron cuando era pequeña.
—Pero entonces…, ¿tus hermanos?
—No son mis hermanos de verdad, pero yo los considero como tales. Ellos me quieren mucho y yo los quiero a ellos.
—Estoy seguro de ello —respondió más por cordialidad que por saber de lo que hablaba.
Siguió mirándolo fijamente hasta que él le devolvió la mirada.
—¿Ahora qué? —preguntó con algo de mal humor.
—Tus ojos… —Darius apartó la mirada inmediatamente. Sabía que sus ojos color plateado no gustaban demasiado porque se veían demasiado extraños—. ¡No!
Por favor…. —suplicó Kayla acercándose a él sin llegar a tocarlo. Él la miró entrecerrando los ojos esperando que añadiera algo más, algo que ya habría oído otras veces
—. Son hermosos. —Vale, quizás eso no lo había oído nunca. Los abrió más y la interrogó con la mirada—. ¡En serio! Me gustan mucho. Son enigmáticos y
misteriosos. Como si tú mismo fueras un misterio para los demás. O al menos para mí, que para eso te he creado —concluyó riéndose al final.
Esas palabras, pronunciadas de una forma tan simple, sin darle más importancia que la de describir, estremecieron todo el cuerpo de Darius sintiéndose orgulloso
por tener esos ojos, por ser como era. Fue eso lo que le hizo acercarse un poco más a ella y rozarle con la mano la mejilla ahuecando el rostro en ella y centrando la
mirada en los ojos que lo miraban con sorpresa.
—Los tuyos también son hermosos para mí. Es como si en ellos contuvieras el cielo nocturno.
—Son demasiado oscuros. Muchos dicen que no son nada del otro mundo.
—Para mí son un cielo. El más hermoso que pueda pedir —replicó él sin separarse de ella.
—Gr-gracias.
Kayla se apartó aun cuando la mano de Darius quedó suspendida en el aire donde antes había tocado la mejilla de ella. Lo vio bajar el brazo lentamente, como si le
doliera haber perdido su contacto, pero en el rostro no se mostraba ningún sentimiento que le diera una pista de lo que pensaba.
—¿Siempre eres así de serio?
—¿Perdón?
—¡Vamos! ¡No puedo haberte creado así! Seguro que hay una sonrisa, un enojo o hasta un sonrojo debajo de esa seriedad.
—No —afirmó tajante.
Elevó las cejas y se lo quedó mirando con sorpresa. Poco después se echó a reír y tuvo que agacharse cuando las piernas le fallaron. Darius se agachó también.
—Mira que soy mala creando cosas. Primero la playa y ahora a ti… —logró articular entre jadeos.
—¿Tanto ansías que alguien esté contigo en tus sueños? Normalmente los sueños no suelen acompañarse con nadie. —Ella dejó de reír y lo miró. Se secó las
lágrimas que tenía en los ojos.
—Esto no es un sueño. No puedo despertarme de él aunque quiera.
—¿Por qué? —preguntó sintiéndose mal sin saber el motivo.
—No puedo salir de aquí. Estoy en coma —contestó ella.
—Kayla… —murmuró él intentando tocarla de nuevo, sentir su calor en su piel.
* * *
—¡¡Darius!! —gritaron agarrándole los hombros y zarandeándolo.
Abrió los ojos con rapidez y se fijó en que aún mantenía el brazo levantado intentando alcanzar a Kayla. Giró la cabeza y vio a Jack. Parecía asustado.
—¡¡Joder, Darius!! Me has dado un susto de muerte —le espetó sentándose en la cama a su lado—. Creí que habían vuelto a envenenarte —añadió echándose las
manos a la cabeza.
—¿Qué ha pasado?
—Nunca duermes tan profundo. ¿Te has tomado algo?
—No.
—Tu esclavo no conseguía despertarte y cuando he llegado para ver si estabas listo y te he visto aún en la cama… ¿Quieres matarme de un infarto? —bramó
encarándose con él.
—No. Solo estaba durmiendo.
—Pues tenía que ser un sueño muy placentero para no querer despertarte.
No lo sabía bien… Darius no contestó a eso, sino que se levantó de la cama y dejó que su esclavo empezara a vestirlo con algo más de rapidez que lo normal.
6
—No podemos permitir que los sucios sangre roja se levanten contra nosotros —declaró el jefe de la casa Stain, Fizl, dando un golpe en la mesa—. ¡Es
inaceptable!
El hombre era alto, aunque no tanto como Angus o Darius, y algo más corpulento que ellos. Su cabello era negro corto y estaba recogido en una coleta que llevaba
bien apretada a la cabeza. Tenía unos ojos de un color verde intenso, mientras que el rostro quedaba afeado por la nariz torcida resultado de un enfrentamiento con
algunos de los sirvientes que tenía. De más está decir que todos ellos fueron condenados a morir en el mismo momento en que se levantaron contra su señor.
—Completamente de acuerdo, hermano —convino Angus—. No hay que dejarles tantas libertades; debemos ir tras los instigadores y acabar de raíz con el
problema.
—¿Tienes algún plan?
—Necesitamos coger a los cabecillas de este levantamiento. Si minamos su fuerza y su esperanza en esos desechos, los demás no se atreverán a enfrentarse a
nosotros.
—¿Pero cómo? —preguntó Fizl intrigado—. Bien sabes que entre ellos se protegen, y aunque los soldados los vigilan y nos alertan cuando ven algo sospechoso,
nunca hemos logrado obtener más de lo que hemos conseguido.
—Eso, hermano, está a punto de cambiar —comentó Angus con gran satisfacción—. Mis soldados han encontrado uno de los lugares que usan para reunirse. Solo
es cuestión de esperar a que estén dentro y entonces… ¡Atacar! —exclamó dando un puñetazo en la mesa.
—Una vez que los tengamos podemos hacerles confesar quién más está con ellos y acabar con todos… —murmuró—. Me gusta, Angus, me gusta mucho.
—Sabía que te gustaría, Fizl. Ahora solo queda ocuparse de los detalles. Por supuesto, me agradaría que el resto de casas también se implicaran; al fin y al cabo,
esto es un beneficio para todos. Y habría que planificar bien el ataque por todos los frentes.
—Por supuesto, aunque no es bueno que nos reunamos todas las casas en un mismo lugar: eso les haría sospechar.
—Claro, por eso pensé en hacer reuniones así —insistió Angus—. De esta forma tú mismo podrás tener una reunión con tu casa vecina más próxima y llevar las
noticias. No creo que tardemos más de dos semanas en tenerlo todo listo, ¿verdad, Darius?
Darius no contestó. Su mente no estaba en ese momento en la reunión, sino en las palabras que Kayla le había dicho antes de que Jack lo sacara de allí: «No puedo
salir de aquí. Estoy en coma».
Todos se lo quedaron mirando en silencio esperando que hablara. Sin embargo, se le veía ausente. Angus se encolerizó y se levantó inmediatamente de su asiento
para acercarse a su hijo.
—¡¡Darius!! —gritó golpeándolo en la mejilla y haciéndole perder el equilibrio y caer de la silla.
Tosió y expulsó sangre, pero no le devolvió el golpe a su padre, sino que se levantó en silencio, sin hacer caso del dolor intenso que tenía, y le hizo una reverencia a
su padre.
—Imploro tu perdón, padre.
—¡Maldito desconsiderado! ¡Eres mi heredero y te comportas como un estúpido! —exclamó a voz en grito—. ¡¡Debería haberte enseñado mejor!!
—Lo siento —reiteró cogiendo la silla y enderezándola para volverse a sentar. No miró a nadie de la sala, aunque sabía que Jack después le echaría una bronca por
no haber estado atento en la reunión, más aún cuando su padre estaba presente en ella.
—Bueno, bueno, no creo que sea para tanto, Angus —intervino Fizl para tranquilizar los ánimos—. Aún es joven.
—Pero es mano dura lo que necesita, hermano. Seguro que tu hijo nunca te ha puesto en evidencia como mi hijo hace constantemente. A veces pienso que su madre
me engañó con algún sangre roja y dio a luz a este engendro. No puede ser que lleve mi sangre algo…. así —dijo mirando con cara de asco a su hijo. Darius cerró los ojos
y agachó la cabeza. Estaba acostumbrado a esas palabras… Pero dolían.
—Mi hijo es aún un crío, Angus. Acaba de cumplir dieciséis años y todavía no tiene edad para acudir a estas reuniones. También él hace de las suyas, créeme. Si
no, puedes preguntarles a tus sobrinas. Ayer mismo se encontraron con él en la casa Ronan. Creo que les gastó una broma algo de mal gusto y tuvieron que cambiarse de
trajes allí mismo.
—Pues espero que lo eduques mejor de lo que yo he educado al mío —respondió enfurecido todavía, pero sentándose en la silla sin dejar de mirar a Darius.
—Padre, quizás sería adecuado intentar actuar lo antes posible —murmuró Darius—. Las reuniones de las casas, aunque no sean llamativas en un principio, y
tampoco reúnan a muchos, llamarán la atención, pues nunca antes se han hecho. Podrían

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