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Solo esta noche – Simona Ahrnstedt

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Descargar Solo esta noche En PDF va a resultar seguir haciendo esto en
secreto —dijo Michel—. Habrán
empezado a hacerse preguntas sobre los
movimientos en la bolsa. No pasará
mucho tiempo hasta que alguien, un
accionista tal vez, empiece a filtrar
cosas a la prensa.
—Sí —convino David, pues siempre
hay detalles que se escapan—.
Tapémoslo mientras podamos —
concluyó.
Habían mantenido muchas veces esa
discusión. Los escuetos argumentos
buscaban huecos lógicos y se hacían más
fuertes, más sagaces.
—Tenemos que seguir comprando —
añadió—. Pero cantidades inferiores a
las de antes. Hablaré con mis contactos.
—El precio de las acciones está
subiendo muy deprisa.
—Lo he visto —dijo David.
El gráfico de la cotización de las
acciones parecía una ola que se hacía
cada vez mayor.
—Vamos a ver cuánto tiempo se
mantiene económicamente —concluyó.
Siempre había un equilibrio en la
rapidez con la que se podía avanzar. El
incremento del valor de las acciones de
una sociedad dependía directamente de
la agresividad con la que se negociaban.
Si además las compraba Hammar
Capital, la cotización se disparaba.
Actuaban con suma cautela. Las
adquirían a través de testaferros de
confianza, día tras día y en pequeñas
cantidades. Ligeros movimientos que
solo producían una leve ondulación en
la inmensa superficie bursátil. Pero tanto
él como Michel se daban cuenta de que
se estaban acercando a un límite crucial.
—Sabíamos que tarde o temprano
tendríamos que hacerlo público —dijo
David—. Malin lleva semanas puliendo
el comunicado de prensa.
—Se van a volver locos —dijo
Michel.
—Lo sé. —David sonrió—. Solo
queda esperar que podamos seguir
volando bajo el radar de la bolsa un
poco más.
Michel asintió. Después de todo, era
a lo que se dedicaba Hammar Capital.
Sus equipos de analistas buscaban
empresas que no iban tan bien como
deberían. David y Michel identificaban
los problemas, que a menudo eran el
resultado de una gestión incompetente, y
luego compraban todas las acciones del
mercado para obtener una posición
mayoritaria.
Después entraban ellos, de un modo
brutal. Tomaban el relevo y
reestructuraban. Reducían y depuraban.
Vendían y obtenían beneficios. Lo que
mejor se les daba era comprar y mejorar
la adquisición. Unas veces se llevaba a
cabo sin ningún contratiempo, la gente
colaboraba y Hammar Capital lograba
su objetivo. Otras surgían conflictos.
—Sin embargo, me gustaría tener de
nuestra parte a algún miembro de la
familia propietaria —dijo David
mientras la zona sur de Estocolmo se
desplegaba delante de ellos.
Para que una OPA hostil de esa
envergadura resultara, era esencial
contar con el apoyo de uno o varios de
los principales accionistas, por ejemplo
alguna de las enormes gestoras de
fondos de pensiones. David y Michel
habían dedicado mucho tiempo a
convencerlas, asistiendo a interminables
reuniones y haciendo innumerables
cálculos. Porque el hecho de que algún
miembro de la familia propietaria
estuviera de su parte tenía varias
ventajas. Por un lado, era un enorme
prestigio, obviamente. En especial
tratándose de Investum, una de las
empresas más importantes y más
antiguas del país. Por el otro, si ellos
pudieran demostrar que tenían de aliado
a alguien del entorno familiar, muchas
otras empresas les seguirían y votarían
de forma automática a favor de Hammar
Capital.
—Facilitaría mucho el proceso —
añadió.
—¿Pero quién?
—En esa familia hay una persona que
ha seguido su propio camino —comentó
David; el aeropuerto de Bromma
empezaba a distinguirse en el horizonte.
Michel se quedó en silencio un
momento.
—Te refieres a la hija, ¿no? —dijo.
—Sí. Es una desconocida, pero al
parecer tiene mucho talento —respondió
David—. Es posible que no le agrade la
forma en que la tratan los hombres.
Investum no era solo una empresa
vieja y tradicional. Era patriarcal hasta
el punto de hacer que los años cincuenta
parecieran modernos e inspiradores.
—¿Crees de verdad que vas a poder
persuadir a algún miembro de esa
familia? —preguntó Michel en tono de
duda—. No eres precisamente popular
entre ellos.
David tuvo que contener la risa ante
tal comentario.
Investum estaba bajo el control de la
familia De la Grip y tenía un volumen de
negocio de miles de millones diarios.
Investum, es decir, la familia, controlaba
indirectamente casi una décima parte del
PIB de Suecia y era propietaria del
banco más importante del país. Estaba
representada en casi todos los consejos
de administración de las principales
empresas suecas. Los De la Grip eran

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aristócratas, tradicionales y ricos.
Estaban todo lo cerca que se podía estar
de la realeza sin formar parte de ella. Y
su sangre era mucho más azul que la de
algunos Bernadotte, la familia real
sueca. Era inverosímil que el
advenedizo David Hammar lograra que
alguien de las más altas esferas —
conocida además por su lealtad—
cambiara de bando y se pasara al de él,
un tristemente famoso inversor de
capital de riesgo dedicado a la piratería
empresarial.
Pero ya lo había hecho antes. Había
convencido a miembros de distintas
familias de que hicieran causa común
con él, lo que con frecuencia implicaba
que tras su paso quedaran lazos
familiares destrozados, lo cual por lo
general lamentaba. En este caso solo
sería una bienvenida bonificación.
—Lo intentaré —dijo.
—Eso raya la locura —dijo Michel.
Y no era la primera vez que lo decía
en el transcurso del año.
David asintió con la cabeza.
—Ya la he llamado para decirle que
quiero que hablemos durante un
almuerzo de trabajo.
—Por supuesto —dijo Michel
mientras el helicóptero iniciaba el
descenso para aterrizar. El vuelo había
durado menos de treinta minutos—. ¿Y
qué ha dicho?
David recordó el frío tono de voz que
había oído por teléfono, no de su
asistente, sino de la propia Natalia De la
Grip. Parecía sorprendida pero apenas
dijo nada, se limitó a agradecerle la
invitación y a pedirle a su asistente que
le enviara la confirmación por correo
electrónico.
—Dijo que esperaba nuestra reunión
con interés.
—¿De verdad?
David se rió como por compromiso.
La voz de ella sonó típicamente de clase
alta, lo que activaba en él casi
automáticamente el odio clasista que
sentía. Natalia De la Grip era una de las
pocas mujeres en Suecia —alrededor de
un centenar— que había nacido con el
título de condesa, una élite dentro de la
élite. David no tenía palabras para
expresar lo poco que le gustaban ese
tipo de personas.
—No, no dijo eso.
Pero tampoco esperaba que lo
hiciera.
2
Jueves, 26 de junio
Natalia estaba buscando algo entre los
montones de papeles de su escritorio.
Sacó un folio con tablas y números.
—¡Aquí está! —dijo agitando el
papel y mirando con gesto de triunfo a la
mujer de pelo rubio platino sentada
frente a ella en una incómoda silla de
visita que apenas cabía en el reducido
habitáculo que Natalia utilizaba de
despacho.
Su amiga Åsa Bjelke miró el papel
con escaso interés y luego volvió a sus
uñas lacadas en tono rosa pálido.
Natalia reparó en el desorden que
había en el escritorio. Odiaba la
desorganización, pero era casi
imposible mantener el orden en una
superficie tan pequeña.
—¿Cómo te van las cosas? —
preguntó Åsa; bebió un sorbo de café y
miró a Natalia, que había reiniciado la
búsqueda entre los montones de papeles
—. Solo lo pregunto porque te noto
bastante dispersa —prosiguió—. Y
aunque tienes ciertas peculiaridades, la
falta de concentración no es una de
ellas. Nunca te había visto así.
Natalia frunció el ceño. Un
documento importante había
desaparecido sin dejar rastro. Tendría
que preguntar a alguno de los agobiados
asistentes.
—J.O. ha llamado desde Dinamarca
—dijo refiriéndose a su jefe—. Quiere
que le envíe un informe que no
encuentro.
Vio otro papel, lo sacó y lo leyó con
ojos cansados. La noche anterior no
había dormido mucho. Primero estuvo
trabajando hasta la madrugada con ese
negocio inminente y fabuloso que le
ocupaba todo el tiempo. Luego
temprano, muy temprano, la llamó un
cliente para quejarse de algo que podía
haber esperado un par de horas más.
Miró a Åsa.
—¿Qué quieres decir con eso de que
tengo peculiaridades?
Åsa bebió otro sorbo del vaso de
papel.
—¿Cuál es el problema? —dijo sin
responder a la pregunta.
—Los problemas —aclaró Natalia—.
El trabajo. Mi padre. Mi madre. Todo.
—Pero, oye, ¿toda esa búsqueda de
papeles conduce a algo? ¿Qué fue de la
sociedad sin papeles?
Natalia levantó la vista. Al ver a su
amiga fresca y descansada, bien vestida
y con las uñas recién pintadas sintió una
irritación incontenible.
—No es que no valore tus visitas
inesperadas —dijo intentando parecer
sincera—, pero mi padre se queja sin
cesar de los sueldos tan altos que
perciben sus abogados. ¿No deberías
estar en Investum haciendo tu trabajo en
vez de aquí, en mi incómodo despacho,
vestida de Prada e incordiando?
Åsa hizo un gesto con la mano.
—Me merezco el sueldo. Y sabes
muy bien que tu padre me lo permite —
señaló mirando a Natalia con
complicidad—. Ya lo sabes.
Natalia asintió. Sí, lo sabía.
—Pasaba por aquí y me he
preguntado si querrías ir a almorzar. Si
tengo que comer otra vez con alguno de
los abogados de Investum, me mato. De
verdad, si hubiera sabido lo
terriblemente aburridos que son los
abogados, habría estudiado otra cosa —
afirmó ahuecándose la rubia melena—.
Habría sido una buena líder de secta,
por ejemplo.
—No puedo —dijo Natalia con
excesiva rapidez, de lo que se dio
cuenta cuando ya era tarde—. Estoy
ocupada —añadió carraspeando—.
Disculpa, como he dicho, estoy ocupada
—repitió sin necesidad.
Inclinó la cabeza y se puso a hojear
unos papeles que tenía delante para
evitar la astuta mirada de Åsa.
—¿De verdad?
—Sí —respondió Natalia—. ¿Qué
tiene de raro?
Su amiga la miró fijamente.
—Tu cerebro es como un ordenador,
pero mientes fatal —dijo—. Ayer
estabas libre, tú misma lo dijiste. Y no
tienes más amigos. ¿Intentas evitarme?
—No, simplemente estoy ocupada. Y
no se me ocurriría intentar evitarte. Eres
mi mejor amiga. Aunque tengo otros
amigos, por supuesto.

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