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Sólo mía – Sophie Saint Rose

 Sólo mía – Sophie Saint Rose


Sólo mía – Sophie Saint Rose

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llegar tarde a la reunión!
Hannah se ató el lazo al final de su
trenza, dejándola caer sobre su hombro.
Su larga melena llegaba casi hasta la
mitad del muslo y si no se recogía sus
rizos morenos, al final de la tarde su
pelo se parecería a un nido de cuervos.
Sonrió a su amiga a través del viejo
espejo del tocador y Laura se cruzó de
brazos exasperada.
— ¿Quieres tranquilizarte? —
preguntó a su amiga disimulando una
sonrisa. Se volvió pasando sus manos
por su túnica marrón — Llegaremos a
tiempo… Además, siempre dicen lo
mismo. — se acercó mirando a Laura
con sus sonrientes ojos verdes—

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¿O
acaso crees que hay novedades después
de ciento cincuenta años?
—Pero qué chistosa eres.
Hannah la cogió por los hombros
volviéndola y quitó el lazo de su coleta
soltándole su precioso cabello rubio —
A Greg le gusta el pelo suelto. Te lo he
dicho mil veces.
—Para el caso que me hace…
— ¿Estás molesta con Greg? —
volvió al tocador y cogió su cepillo.
Empezó a cepillarla con fuerza— Por
Dios, ¿es que nunca te peinas?
—Ya no tengo peine. ¡Ya no tengo
de nada! Estoy harta de vivir en esta
cueva inmunda. — se volvió y cogió su
muñeca tirando de ella hacia la puerta—
Vamos a ver si por un milagro ha bajado
la radiación y así podemos salir de este
maldito sitio.
Hannah tiró el peine sobre la cama,
pues no la soltaría para devolverlo a su
sitio. Recorrieron el pasillo iluminado
con pequeños focos en las paredes que
no daban precisamente mucha luz.
— ¿No te mueres por salir de aquí?
— preguntó su amiga entusiasmada.
—Si salgo de aquí, sí que moriré.
— respondió irónica saludando con la
cabeza a su anciana vecina Clare, que
salía de su casa en ese momento.
— ¿Os habéis enterado? —
preguntó Clare cogiendo a Hannah por
el otro brazo —Al parecer tienen una
noticia extraordinaria que comunicarnos.
— ¿Ves? ¡Nunca me haces caso!
Hannah puso los ojos en blanco
suponiendo lo que les dirían. Seguro que
la recolecta de tomates había dado dos
tomates más. Todo un triunfo al ser
cultivados bajo una inmensa montaña.
Era increíble como se emocionaban por
tonterías.
Desde su nacimiento su padre
siempre le había dicho que no se hiciera
ilusiones de salir de allí. Su familia
había entrado en la montaña en el dos
mil veintiséis, cuando la tercera guerra
mundial estalló por la lucha de poder de
oriente y occidente, que habían llevado
la tierra a un auténtico cataclismo. El
gobierno de antiguo país de los Estados
Unidos como otros gobiernos, en
prevención de lo que se avecinaba,
recomendaron a la población que
buscara refugio. Su padre le había
contado como sus bisabuelos se unieron
a veinte familias. Uno de ellos conocía
una mina abandonada en el antiguo
territorio de Texas donde podrían
refugiarse. Entre el grupo había un
ingeniero, un médico y una profesora.
Las veinte familias trabajaron durante
meses en la mina y cuando llegó el
momento, todo estaba preparado para
mantenerse allí hasta que hubiera pasado
el peligro. Lo que ninguno se esperaba,
era que el último aviso por radio fuera
que se habían lanzado dos bombas
atómicas, una contra Europa y otra
contra los Estados Unidos. Su familia
decía que habían escuchado minutos
después como si un huracán pasara por
encima de sus cabezas y después nada.
La radio nunca volvió a funcionar y
llevaban aislados desde entonces. Los
índices de radiación exteriores eran
altos todavía, así que no podían salir.
Hannah sabía que nunca saldría de
allí. Su padre había muerto tres años
antes a la edad de cuarenta y dos años
porque ya no tenían nada con lo que
curarse. Disponían de un huerto con
plantas medicinales, pero no podían
enfrentarse a una enfermedad seria como
la pulmonía a la que se enfrentó su
padre. Sus amigas charlaban
entusiasmadas mientras recorrían el
pasillo hasta llegar a lo que llamaban el
salón. Sus pensamientos volvieron a su
madre, que no había podido suspirar el
parto. Apretó los labios mirando de
reojo a Laura, que últimamente tenía
ojeras. Sabía que estaba enferma.
Últimamente estaba más delgada y su
piel estaba cenicienta. No podía
permitirse perder a su mejor amiga.
¿Qué iba a hacer ella allí sin las
personas a las que amaba?
Al llegar al enorme salón, casi
todos estaban sentados en el suelo
esperando que los jefes de familia
hablaran. Hannah ayudó a Clare a
sentarse en el suelo al lado de su nieta y
miró a su alrededor. Los cuarenta y ocho
miembros de su comunidad ya estaban
allí. Greg y Peter se acercaron a ellas
sentándose al lado de Laura. También
estaban emocionados. Eran los únicos
que tenían entre los veinte y los treinta.
Todos pensaban que Greg se casaría con
Laura y ella con Peter, pero eran como
hermanos. Hannah no sentía lo que se
suponía que tenía que sentir por su
marido y lo mismo le pasaba a él. Se
conocían tan bien y tenían tanta
confianza que lo habían hablado
millones de veces. Si en dos años no
salían de allí, se unirían para tener
descendencia como amigos.
Miró de reojo a Laura que se reía
de algo que le había dicho Greg, que
aparentaba que no estaba preocupado
por ella. Los ojos marrones de su amiga
chispeaban de alegría, pero parecía
frágil. Ellos sí que se amaban.
Intentando disimular sonrió a Peter, que
apretó los labios comprendiéndola. Los
ojos azules de su amigo miraron hacia el
pequeño escenario donde todos los
viernes representaban una charada.
Aparte de unos libros que ya se sabían
de memoria, era la única diversión que
tenían. Richard, uno de los mayores que
había sido el mejor amigo de su padre,
subió al escenario con su túnica marrón.
Todos en silencio le miraron
expectantes. Su barba castaña ya
empezaba a tener canas por los laterales
y su pelo necesitaba un buen corte. Era
lo que tenía vivir allí, que les faltaba de
todo y los hombres sólo se cortaban la
barba con las tijeras porque ya hacía
tiempo que no había cuchillas de afeitar.
De hecho, ella las conocía sólo de
oídas. Como casi todo lo demás.
—Buenos días a todos.
Ella hizo una mueca porque sabía
que era de día porque ellos lo decían.
Por Hannah, podía ser de noche y ser
invierno en lugar de verano, porque no
tenía ni idea.
—He convocado esta reunión
porque al parecer hay un problema muy
importante que nos afecta a todos.
Hannah se tensó. La última vez que
había habido un problema así, la mitad
de la comunidad murió de fiebre.
Richard intentó sonreír, pero no le salía,
lo que tensó a su hijo Greg que cogió la
mano de Laura apretándosela. Eso
confirmó a Hannah que era algo serio.
—Tenemos un problema muy
preocupante con el medidor de
radiación.
Todos se miraron confusos— ¿Qué
quieres decir? — preguntó Clare en voz
alta para que todos la oyeran— Hace
dos días estaba bien.
—Walter por favor, sube y
explícaselo.
La persona más anciana de la
comunidad subió al escenario. Tenía
ochenta años y era un auténtico milagro
que hubiera llegado a esas edades.
Además, estaba increíblemente ágil para
su edad y lo demostró cuando no
necesitó ayuda para subir el escalón.
Clare tenía veinte años menos y
necesitaba ayuda para todo.
Walter les miró arrepentido, hecho
que a ella le extrañó. Nunca le había
visto esa expresión— Antes de contaros
esto, quiero que sepáis que lo he hecho
por el bien de todos. Para asegurarme de
que sobrevivíamos.
Hannah se llevó una mano al pecho
sintiendo que le daba un vuelco el
corazón, sabiendo que lo que dijera en
ese momento, cambiaría su vida para
siempre. Laura cogió su mano y la
apretó mientras Walter continuaba—
Hace diecisiete años el nivel de
radiación era normal. — varios jadeos
recorrieron la sala— Pero tres
miembros entre los que me incluyo,
decidimos manipular el medidor para
asegurarnos de que la radiación no os
afectaría.
—Dios mío. — susurró Hannah
dándose cuenta de lo que habían hecho.
Su padre podría haber sobrevivido.
El mismo pensamiento debían tener
los demás porque varios se echaron a
llorar y Walter se apretó las manos— Sé
que no podéis entender por qué lo
hicimos, pero no queríamos que todos
murierais por precipitarnos.
Nadie abrió la boca y Walter
asintió— ¿Por qué nos lo dices ahora?
— preguntó Hannah sin poder evitarlo.
Walter la miró a los ojos —
Porque la bomba para purificar el agua
se ha roto hace dos horas y no tiene
reemplazo. Ya no podemos tener agua
potable a no ser que salgamos. Además,
el generador no aguantará mucho más.
Hannah se mordió el labio inferior.
Richard tomó la palabra al ver que
estaban entre excitados y muertos de
miedo por lo que se iban a encontrar —
Tenemos agua envasada hasta dentro de
cuatro días. Lo que nos da tiempo para
idear un plan.
—Abrir las puertas de una maldita
vez y a ver lo que nos encontramos. Si
vamos a morir de sed… —Clare se
encogió de hombros.
— ¡Por Dios, Clare! — gritó
Marisa al fondo tapando los oídos de su
hijo de tres años— Deberías tener un
poco de tacto.
—Lo siento. No me he dado cuenta.
Varios se pusieron a discutir y
Hannah miró a su alrededor. No era
justo exponerlos a todos cuando ella era
la única que no tenía familia. Se levantó
soltando la mano de Laura que la miró
sorprendida— Yo saldré a ver qué me
encuentro.
Peter sonrió y se levantó también
— Yo voy con ella.
Greg iba a levantarse, pero Peter le
empujó con el hombro impidiéndoselo
— No hace falta arriesgar la vida de
nadie más.
—Pero quiero ir…
—No. — Laura le miró
aterrorizada— No me dejes sola. Si te
vas, voy también.
Greg apretó los labios porque
Laura no estaba para emprender ningún
viaje, pero asintió sentándose de nuevo
a su lado— No pasa nada. Me quedo
contigo.
Hannah sonrió mirando los ojos
azules de su amigo. Su pelo rubio ya le
llegaba por los hombros y era el único
que llevaba pantalones porque nunca
había soportado las túnicas— Me alegro
de que vayamos juntos. Menuda
aventura.
— ¿Estáis seguros? — preguntó
Richard preocupado.
—Alguien tiene que salir primero.
— respondió Peter sonriendo —
Veremos cómo van las cosas y
volveremos en tres días. Si la cosa no
va bien, intentaremos dejar algo para
filtrar el agua ante la entrada. Puede que
esté contaminado o puede que no, pero
es nuestra única oportunidad.
—¡Debería ir alguien más viejo! —
gritó Elsa al fondo— ¡Ellos son el
futuro!
— ¿El futuro de qué? — dijo Clare
divertida— Por si no te has dado cuenta
esto se acaba, guapa. Ellos son más
ágiles y están sanos. Pueden encontrar lo
que necesitamos más rápidamente que
los demás. Eso si no podemos salir,
claro. Si podemos salir, ya no habrá
problemas.
Varios susurraron y le dieron la
razón. Richard les hizo un gesto con la
mano y Peter la cogió del brazo para
acompañarla hasta el escenario. Richard
les tendió la mano —Gracias por todos.
Sois muy valientes.
—No tenemos otra cosa que hacer.
— dijo Hannah divertida dándole un
abrazo sin hacer caso a su mano— Si
voy a morir que sea haciendo algo de
provecho.
—Lo mismo digo. — su amigo los
abrazó y varios se echaron a reír.
—Venga, no perdamos el tiempo.
— se separó emocionada empezando a
entender que puede que nunca les
volviera a ver. No sabía lo que se iba a
encontrar fuera y empezaba a ser
aterrador.
—Prepararos para el viaje. Será
duro.
Peter y ella se alejaron del grupo
yendo cada uno a su pasillo donde tenían
su casa— Te veo aquí en diez minutos.
— dijo su amigo forzando una sonrisa
para disimular su miedo.
—Muy bien.
Laura corrió hacia ella —
¡Espérame!
En el pasillo ocultas para los
demás se abrazaron con fuerza y Laura
se echó a llorar— Ten cuidado. ¿Me lo
prometes?
—No te preocupes por mí. — se
apartó de ella con lágrimas en los ojos
— Ven, ayúdame a hacer la …— se
detuvo en seco y se echó a reír— ¡Si no
tengo mochila ni nada para el viaje!
Su amiga tiró de ella hacia su
habitación y apartó la cortina del
armario que tenía dentro de la pared de
piedra. Se volvió mostrándole una
mochila de dibujitos de patos— Era de
mi abuela. Llegó con ella a la montaña.
Traía sus juguetes dentro.
—No puedo aceptarla…
—La necesitarás para llevar agua y
algo de comida. Es de niña, pero te
valdrá. — se la puso en las manos—
Eres como mi hermana, así que también
es tuya. —Te la devolveré.
—Entonces procura volver.
Laura estaba muy asustada e intentó
hacerse la fuerte —No te preocupes.
Volveré.
En silencio fueron hasta su
habitación y sólo cogió los anillos de
casados de sus padres que era lo único
que tenía de ellos. Miró a su alrededor.
La habitación que había sido su hogar
durante toda su vida. La pequeña mesa
donde su padre la había enseñado a leer
y la cama donde había dormido desde
que su padre había fallecido. Sonrió al
ver sus pinturas colgadas en la pared.
—Es la hora, Hannah. —susurró
Peter desde la puerta. Sonrió al ver la
mochila— Eso nos vendrá genial.
— ¿A que sí? — dijo Laura
encantada— Podréis llevar comida.
—Quédate con mi cepillo. —
susurró Hannah a Laura antes de pasar a
su lado sin ver su reacción.
Su amiga reprimió las lágrimas y
gritó — ¡Tienes que volver! ¡Me lo
prometiste!
—Vamos, Peter. — susurró
enfilando el pasillo con su amigo
siguiéndola a toda prisa.
Richard los esperaba en el salón
con comida envuelta en un trapo blanco.
Peter le cogió la mochila y lo metió todo
dentro incluida el agua en botellas de
cristal verde que eran los únicos
envases que tenían.
La comunidad los siguió por el
pasillo que llevaba a la salida. Esa
puerta no se había abierto en más de
cien años y varios hombres estaban
intentando engrasar los goznes que
estaban algo oxidados. Uno de ellos
estaba golpeándolos con un martillo.
—Espero que pueda abrirse la
puerta. — dijo Walter expectante.
—Se abrirá. El acero lo resiste
todo. — opinó Clare cogiendo a Hannah
de la mano — Pequeña, disfruta tú que
puedes de salir de aquí.
Laura se puso a su lado secándose
las lágrimas y Hannah no lo soportó más
abrazándolas con fuerza— Os quiero.
—Y nosotras a ti, pequeña. Espero
que sean los días más emocionantes de
tu vida. — Clare le acarició la mejilla y
en ese momento escucharon un fuerte
ruido al abrirse los cierres de la puerta.
Hannah se volvió lentamente y
Richard gritó— ¡Los que no van a salir
que vuelvan al salón!
Richard se acercó a ellos mientras
los demás se alejaban con temor,
excepto Laura que tuvo que ser agarrada
por los hombros por Greg para alejarla
de Peter y Hannah.
—Cerraremos la puerta que lleva
al salón. — Peter asintió —Si conseguís
el filtro dejarlo en el pasillo y volver a
salir cerrando esta puerta.
—Entendido. — dijo Hannah
intentando ocultar el miedo que la
recorría de arriba abajo— Algo para
filtrar el agua, un generador y medicinas.
Richard sonrió con los ojos
empañados en lágrimas— Suerte chicos.
Os deseo lo mejor. — empezó a caminar
hacia el salón.
Segundos después escucharon
como se cerraba la puerta y Hannah
miró a los ojos a Peter— ¿Preparado?
—Nunca lo he estado más.
Se volvieron hacia la enorme
puerta y caminaron lentamente hasta allí.
Peter cogió el cierre de la puerta que
tenía forma de volante. Ya había sido
girado, así que sólo tenían que tirar.
Hannah se puso a su lado y le miró de
reojo— A la una, a las dos y …—
tiraron con fuerza y se abrió lentamente
hasta mostrar una ranura. Sin darse
cuenta respiraron hondo porque el aire
era tan fresco que era imposible no
hacerlo. Se echaron a reír — ¡Es genial!
— exclamó entusiasmada antes de
volver a tirar con fuerza. Peter la ayudó
y la abrieron lo suficiente para poder
salir al otro lado. La luz natural al fondo
del túnel les hizo entrecerrar los ojos—
Mira…— dijo admirada por la brillante
luz del sol.
—Cerremos. Tenemos que
protegerles. —Peter estaba impaciente y
ella le ayudó a cerrar de nuevo la
puerta. Cuando al fin lo consiguieron, se
volvieron de nuevo y se cogieron de la
mano para caminar los metros de túnel
que les llevarían al exterior por primera
vez en su vida. Lentamente llegaron al
borde de la luz. Sus pies cubiertos por
sus rústicos zapatos de paños de ropas
antiguas casi rozaban la luz que invadía
la entrada del túnel. Ambos se quedaron
con la boca abierta al mirar al exterior
donde un verde intenso les rodeaba.
— ¿Has visto eso? — preguntó su
amigo atónito— Es hierba.
La mano libre de Hannah salió a la
luz y sintió el calor en la palma de la
mano—Calienta…
Casi sin darse cuenta salieron al
exterior atraídos por todo lo que allí
había. Se alejaron de la montaña unos
metros y Hannah miró hacia arriba para
ver el cielo más azul que nadie hubiera
visto nunca —Es precioso.
Peter se echó a reír al ver una flor
y casi con reverencia se agacharon para
ver sus pequeños pétalos blancos. Se
echaron a reír cuando una abeja se
acercó a la flor posándose encima y se
miraron a los ojos antes de volver a
mirar a su alrededor. Los antiguos
coches de sus familiares estaban allí
destrozados. Parecía como si hubieran
sido quemados. Hannah sabía como eran
los coches por los libros y no se quería
ni imaginar que había pasado allí para
que tuvieran ese aspecto.
—Vamos, Hannah. No perdamos el
tiempo. Quiero que los demás vean esto
también.
Hannah se levantó y caminaron a
paso ligero admirando el paisaje—
¿Hacia dónde vamos?
— Hacia el antiguo pueblo que está
a dos kilómetros. Mi padre me ha dicho
mil veces que si salía fuera hacia allí.
—dijo su amigo sonriendo de oreja a
oreja— Espero que esté poblado o haya
alguna señal de que hay vida por aquí.
— ¿Y si no es así?
Peter hizo una mueca— Si no es
así, tendremos que ir más lejos y no sé
si nos dará tiempo en tres días.
Debemos encontrar algún superviviente.
Si no lo conseguimos, volvemos con lo
que necesitan y seguimos investigando.
Ella sonrió caminando a buen ritmo
para que Peter no tuviera que hacerlo
más despacio por su culpa. No tardaron
en recorrer los dos kilómetros y ella
frunció el ceño al ver el supuesto pueblo
totalmente derruido. Sólo dos
estructuras de piedra seguían medio en
pie, lo que les indicaba que allí había
habido un muro.
— ¿Crees que es esto? — preguntó
mirando a su alrededor buscando alguna
otra señal.
—Sí, creo que sí. — se agachó
para tirar de algo de hierro. Era una
antigua matrícula de coche.
— ¿Y dónde está el coche?
—No tengo ni idea. — respondió
Peter tirando la retorcida matrícula al
suelo.
—No es increíble que esté la
matrícula y el coche, ¿no? Además, no
hay más cosas de acero. No debe ser
aquí.
Peter la miró con los ojos
entrecerrados— Cierto. Si fuera el
pueblo debería haber algo más. Sigamos
más adelante.
Atravesaron esas ruinas y siguieron
de frente. Pasaban por un desfiladero y
ella miró hacia arriba mientras Peter
hacía lo mismo sujetando las correas de
la mochila que llevaba a la espalda—
¿Has oído eso?
Ella le miró— ¿Qué?
—Shusss. — susurró deteniéndose
y cogiéndola por el brazo.
Hannah se asustó e intentó escuchar
algo extraño. Un gruñido les sobresaltó
y se volvieron a la vez para ver lo que
parecía un perro.
— ¿Qué es eso? — preguntó
asustada.
— ¡Joder! ¡Corre! — gritó Peter
tirando de su brazo con fuerza. Hannah
se desequilibró cayendo al suelo —
¡Hannah! — su amigo volvió a
recogerla, mientras ella gritaba de
miedo al ver que el perro se tiraba sobre
su pierna mordiéndola con saña.
Peter cogió una piedra del suelo y
golpeó al perro en la cabeza una y otra
vez hasta que la soltó, pero su amigo no
se quedó ahí y se tiró sobre el animal
golpeando su cráneo con fuerza. En
shock, Hannah miró su pierna. Se veía el
hueso y aterrada llevó su mano
temblorosa hacía ella para intentar
detener la sangre que manaba de la
herida.
Peter se arrodilló a su lado —
Tranquila. Está muerto.
— Me ha atacado. El perro me ha
atacado. — susurró muy nerviosa.
—Era un lobo. —arrancó una tira
de la túnica de Hannah y rodeó la herida
apretando con fuerza— Tenemos que
salir de aquí. — dijo nervioso— Van en
manada y seguro que hay más
acechando.
Muerta de miedo se apoyó en sus
hombros para levantarse y apoyándose
en la punta del pie como podía, caminó
ayudada por él hasta salir del
desfiladero.
Entonces lo vieron. Un gran muro
circular de madera estaba en medio del
valle.
— Eso lo ha hecho la mano del
hombre. — dijo Peter sonriendo—
Vamos, cielo. Sólo hay un kilómetro más
o menos.
—No te preocupes por mí. No me
duele. Ambos sabían que no era cierto.
Además, la pierna sangraba bastante y
dejaba el rastro a su paso. Estaban a
mitad de camino cuando vieron algo a su
derecha. Parecía un hombre, aunque iba
algo encorvado. Iba en dirección a la
empalizada como ellos, así que
supusieron que vivía allí. No tenía buen
aspecto y Hannah entrecerró los ojos
porque no podía creer que fuera
desnudo. Parecía un salvaje.
— ¿Puede ayudarnos? — gritó
Peter sujetándola por la cintura— ¡Mi
amiga está herida!
El hombre giró la cabeza hacia
ellos de golpe poniéndose alerta,
moviendo su espesa melena. Pareció
olfatear antes de que un grito aterrador
saliera de la boca del hombre y
empezara a correr hacia ellos— ¡Dios
mío, Peter!
— ¡Corre! — gritó tirando de su
cintura. Como no lo hacía lo bastante
rápido la cogió en brazos, pero el
hombre era mucho más rápido que él.
— ¡Déjame! ¡Déjame o nos cogerá
a los dos! — gritó ella sabiendo que era
una carga para su amigo.
Al darse cuenta que el hombre se
acercaba, gritó horrorizada y más aún al
ver su rostro. Tenía la piel cuarteada y
amarillenta como el cuero viejo. Sus
ojos eran blancos y su cabello negro era
una maraña que casi le llegaba a la
cintura e iba totalmente desnudo. Estaba
increíblemente sucio y sus rodillas
estaban llenas de heridas sangrantes.
— ¡Peter!
Su amigo miró hacia atrás e intentó
correr más rápido, pero no podía evitar
que aquel ser se les acercara cada vez
más.
Muerta de miedo no podía evitar
mirar su rostro. El monstruo alargó una
mano mostrando unas uñas negras
afiladas y ella gritó intentando cubrir a
Peter cuando algo atravesó el cráneo del
monstruo salpicando el suelo de sangre.
Hannah se dio cuenta de que era una
flecha cuando el monstruo cayó de cara
al suelo.
Peter miró hacia atrás y se detuvo
girándose para verle en el suelo— ¿Está
muerto? — preguntó sin aliento.
—Creo que sí. — respondió ella
temblando.
—No pienso comprobarlo. —
cuando se volvió dispuesto a ir hacia la
empalizada se detuvo en seco al ver a
cuatro hombres apuntándolos con lo que
parecían arcos — Menos mal que he
leído Robin Hood.
Hannah susurró — Déjame en el
suelo. Peter lo hizo lentamente y ella
cojeando al intentar mantener el
equilibrio levantó la mirada. Entonces le
vio. Desde allí parecía un vikingo de los
que salían en las novelas románticas de
Clare. Era rubio y tenía el cabello sobre
sus hombros desnudos. Sus músculos se
evidenciaban incluso desde allí y les
observó fríamente como analizando su
comportamiento— ¿Quién sois? — gritó
desde allí sin bajar el arco.
—Habla tú. — susurró Peter— Se
te dan mejor estas cosas.
Ella sin dejar de mirarle dio un
paso al frente sin darse cuenta. Una
flecha cayó sobre su pie. Y no sabía si
fue la sorpresa o el dolor que la
atravesó, lo que provocó que cayera de
rodillas sin emitir un sonido, mientras
Peter gritaba cogiéndola por los
costados para intentar levantarla.
—Espera. — susurró sin aliento
intentando recuperarse— Espera, Peter.
— ¡Dios mío! — se arrodilló a su
lado totalmente blanco y miró su pie. La
flecha había atravesado su pie izquierdo
y ahora con las dos piernas heridas no
podría sostenerse.
— ¿Quién sois? — gritó la misma
voz desde arriba.
Ella miró hacia allí y vio como el
hombre seguía apuntándoles. Ahora
parecía aún más furioso y Hannah sintió
miedo. Los iban a matar.
— ¡Venimos de la mina que hay a
unos tres kilómetros de aquí! — gritó
Peter— ¡Necesitamos ayuda! ¡Estáis
locos! ¿Por qué le habéis hecho esto?
— ¡No hay ninguna mina cerca de
aquí! ¡Estáis mintiendo!
— ¡No! — gritó ella arrastrándose
ante Peter temiendo que le mataran—
¡Está diciendo la verdad! ¡Nuestro
purificador de agua no funciona!
El hombre entrecerró los ojos y
Hannah miró a los otros que no se creían
una palabra— ¡Tampoco tenemos
medicinas y nuestro generador está en
las últimas!
— ¿Generador? — el rubio bajó el
arco— ¿Tenéis generador?
—Dios mío, ¿qué hemos hecho? —
susurró Peter— Acabarán con todos…
—No tenemos otra opción. Es la
ley del más fuerte y él es el más fuerte
en este momento. — dijo en voz baja sin
dejar de mirar a ese hombre. Entonces
gritó— ¿Podéis ayudarnos? Por favor,
nuestra comunidad necesita ayuda y…
Cuando el rubio hizo un gesto con
la mano los otros tres bajaron los arcos.
Él les ordenó algo y se volvió dándoles
la espalda como si no fueran ninguna
amenaza. Peter y Hannah suspiraron de
alivio. Su amigo levantó su pie con
delicadeza e hizo una mueca al ver la
punta de la flecha al otro lado— Joder,
menudos salvajes. Son peor que lobos.
A estos no se les ve venir.
—Protegen lo suyo. —cerró los
ojos porque se empezaba a marear y no
le extrañaba porque la pierna sangraba
muchísimo.
Capítulo 2
Segundos después seis hombres se
acercaron rodeando la empalizada con
los arcos en la mano, siguiendo al rubio
que caminaba hacia ellos sin armas en
las manos. Aunque con sus manos
bastaba para liquidarlos porque era
enorme. Llevaba únicamente unos
pantalones de cuero como todos los
demás. Estaba claro que allí no se
ponían camisas. Cuando llegaron ante
ellos, el rubio la miró con el ceño
fruncido— Estás herida.
— ¡Claro que está herida! ¡Ya lo
estaba cuando llegó! ¿Qué clase de
hombres sois vosotros que maltratáis a
una mujer?
El rubio furioso cogió a Peter del
cuello y le levantó del suelo sin ningún
esfuerzo mientras Hannah gritaba de
miedo que le soltara.
—Como vuelvas a abrir la boca
para decir estupideces, te la voy a
romper. — dijo antes de tirarle al suelo
un par de metros más allá.
Eso enfureció a Hannah que fuera
de sí se arrancó la flecha del pie antes
de clavársela a el rubio en el muslo
mientras gritaba— ¡Eres un mierda!
— ¡No la matéis! — gritó el rubio
a sus compañeros cogiéndola de los
brazos y levantándola, sin inmutarse por
la herida que ella le había hecho.
Hannah le miró con odio con sus
preciosos ojos verdes y vio que los
suyos eran grises, como suponía que era
un día de tormenta. Estaba furioso.
—Si sobrevives, puede que me
quede contigo. — dijo dejándola de
piedra pegándola a su enorme pecho.
Parpadeó mientras Peter sentado en
el suelo tampoco entendía nada y
preguntaba — ¿Qué ha querido decir?
Ella preguntó lo mismo— Eso,
¿qué quieres decir?
— ¿No crees que deberíamos
sortearla? — preguntó un

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