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Libro Sonidos de amor – Susan Laine PDF

Sonidos de amor – Susan Laine

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NO SIEMP RE resultaba fácil hacer amigos al llegar a un nuevo lugar de trabajo y a un nuevo lugar para vivir. El departamento de policía, sin embargo, no estaba dentro de
esa categoría. En primer lugar, estaba tu compañero, cuya presencia era continua y su familia casi formaba parte de la tuya propia. Se inmiscuían en tu vida privada y te
miraban como el proyecto de una nueva mascota, una a la cual podían corregir y crearle una vida de ensueño. En segundo lugar, estaban todos los demás, el
departamento al completo. Era ridículo, ciertamente, pero justo entonces lo aceptaba de buen grado.
Estaba bien sentirse bienvenido en algún lugar.
Mi nuevo compañero en la unidad para el fraude y delitos financieros del departamento de policía de Washington DC, era un hombre corpulento llamado Kevin
Thompson. Era divertido porque a mí no me parecía demasiado “Thompson”. Había comparado ese nombre con algo suave, de peluche, como el osito Teddy. Y
Thompson se asemejaba más a un oso pardo. Sus grandes manos podrían haber aplastado continentes enteros. Su desaliñada apariencia era el resultado de pasar años, o
quizá décadas, en un pub del lugar, vestido siempre con ropas al menos dos tallas menos que la suya. Su barba incipiente podría provocar la suficiente fricción como
para incendiar una casa; sus penetrantes ojos grises podían cortarte como hojas de cuchillo.
A pesar de su engañosa apariencia y modesto nombre, mi nuevo compañero era un buen tipo. Durante el mes anterior había podido conocerle bastante bien. Quiero
decir, no era un tipo oscuro. Lo que veías era lo que había. Cuando sonreía con esa sonrisa burlona suya medio torcida, hacía que todos los demás sonrieran también.
Incluso cuando primero me llamaba “Jordy” para molestarme y después “detective Waters”, impasiblemente. Nunca usaba mi nombre, Jordan. Jordy era el nombre de
una mascota, un perro o un conejo. Detective era un título que los agentes no usaban entre ellos fuera del trabajo. Lo hacía solo para molestarme, lo cual, de algún modo,
me gustaba. Era difícil que él no te gustara.
Y no, no me gustaban los hombres como él, aunque era homosexual. Pero me gustaba él. Era un amigo y un compañero que sabía que me guardaría bien las
espaldas. No teníamos muchos de esos en la división del fraude. El trabajo consistía sobre todo en comparar datos, comprobar hechos, inspeccionar evidencias y hacer
un papeleo interminable, lo cual me venía muy bien después de tantos años en robos y homicidios en Nueva York. Después de que me dispararan, justo al filo del
hombro, gracias a Dios, quería cambiar de aires. Este era un cambio de agradecer.
Y, hablando de bienvenidas, al salir de mi enorme todoterreno negro para encaminarme hacia la puerta de la casa de mi compañero en los suburbios, sentí cómo un
desagradable escalofrío recorría mi espalda. Siempre había estado falto de ciertas habilidades sociales necesarias para hacer amigos y esas cosas. A veces esto también
me dificultaba mi labor como agente de policía. No era nerviosismo, ya me entiendes. Era desagrado por tener que fingir, la estupidez y las pequeñas conversaciones.
Odiaba esas jodidas conversaciones. Yo despreciaba el tener que hacerte el idiota a propósito. Era tan común que era prácticamente universal. Gente que ignoraba las
verdades incómodas para esconder sus cabezas en las arenas movedizas de su propia decepción.
Pero pensé que sacaría el mejor provecho de ello esta noche. Después de todo, esto no era ninguna especie de picnic familiar. Solo era mi compañero y algunos
otros colegas del departamento en una amistosa partida de póker un viernes por la noche. Si, podía hacerlo, y guardé mis pensamientos para mí tal como había
aprendido a hacer durante años. Nadie quería mi opinión y yo me sentía bien así siempre que no tuviera que escucharlos tratar de cambiar mi manera de pensar a la de
«La gente al final es buena».
Si tenía la oportunidad, solía mostrar una calmada disposición para compensar esa astilla que destacaba en mi manera de acercarme a la gente. Siempre había siso
así: arraigado en mi personalidad, maduro era la palabra adecuada, supongo, ya que la gente la usaba muchas veces para describirme. Sí, siempre era “maduro”.
¿Comportarse alardeando de ser divertido?, ése no era yo. Y, teniendo en cuenta que no bebía, esto hacía que las situaciones sociales fueran no solo embarazosas sino
hasta dolorosas de aguantar y presenciar. Había aprendido a mantener la boca cerrada cuando mis colegas me tomaban el pelo y hacían chistes. Sabía que no pretendían
nada con eso. Un montón de polis bebían y no se hacían chistes sobre esos tipos, así que lo dejaba pasar.
A pesar de no tener el hábito de beber siempre, pues solo bebía con mi hermano menor, Jack, no necesitaba beber para ser despiadadamente maduro. Con esto
quiero decir que si me veía envuelto en una confrontación física y/o emocional, permanecía frío, calmado y compuesto; en esencia, maduro. Me distanciaba a mi mismo
de mis propias respuestas emocionales y reacciones físicas, consciente de ellas pero sin permitir que me controlaran o condicionaran mi conducta. Yo era
despiadadamente maduro, en el sentido de que me iba directamente a la yugular cuando se me provocaba e irritaba, lo que significaba que les decía fríamente la dura
realidad a adversarios, sin dejarme nada en el tintero. Bueno, realmente era solo mi opinión de las verdades de ahí fuera, pero tenía el molesto hábito de dar en el clavo
bastante a menudo en lo que se refería a conocer las verdades ocultas y los secretos guardados de la gente. Y rara vez, si es que hubo alguna, tuve que echarme atrás en
un reto.

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Ni que decir tiene que esa forma de pensar y de hacer las cosas no me facilitaba ganarme la simpatía de la gente.
Había esperado que lo de ser homosexual saliera a relucir al final también, y no en un tono tan amigable. Pero creo adivinar que el departamento tenía otros agentes
homosexuales a parte de mí, ya que la mayoría solo se encogió de hombros o me dijeron que no les mirara en la ducha, o bromeaban diciendo que nunca los pillaría así de
borrachos. Bien, no fue una abrumadora bienvenida del tipo abre tu corazón a tu colega gay, pero fue un trato lo suficientemente amigable. Sabe Dios que me había
encontrado con cosas peores.
Así que se lo tomaron bien y yo intenté lo mejor que pude no hacerles tragar mi condición. Es decir, ser gay no era en ningún modo la característica que mejor me
definía. Seguro que era una parte importante de mi vida y mi personalidad, pero no lo era todo. De hecho, había días en los que me preguntaba si tenía que ser así. Podía
vivir sin sexo, ser célibe, sin tomar ningún voto sacerdotal. De todos modos, a veces sentía que estaba solo en la cama, incluso cuando estaba con un tipo. Había piel y
calor y pene, pero una función de una noche deja poco lugar a las relaciones o el desarrollo personal. A los pocos tipos que conocí a deshoras nunca les permití venir a
la “oficina” y mantenía mis círculos homosexuales confinados a clubs bastante lejos de los pubs de policías que también frecuentaba. Creo que funcionaba bien. Una
especie de equilibrio entre mis colegas y mis encuentros ocasionales, entre mi trabajo y mi vida privada, tal como era.
Lo cual nos pone al día con mi actual situación. Una amigable noche de póker, cervezas y pizza, hablando de mujeres, sexo, futbol y cosas como esas. La típica
noche que maldecía en los siete idiomas que hablaba y con todas las fabulosas palabras malsonantes que conocía. Aunque no me ayudaban a salir de esta situación.
Suspiré, pidiendo a Dios paciencia y buena voluntad. Nunca había bastante paciencia en este mundo de locos.
Mi gigantesco compañero abrió la puerta con su triunfante sonrisa, llamándome Jordy otra vez. Maldito sea. Le dejé que me llevara al interior de su casa, que era la
agradable y típica casita suburbana, si te gustan ese tipo de cosas. A mí no, pero sonreía de todos modos. Había tenido un excelente ático en Nueva York y eso era lo
único que realmente echaba de menos de aquellos días. Mi alquiler actual estaba bien, supongo, pero ni por asomo tan bueno como el que tenía antes. Te juro que si
encontrara un tipo por aquí con un ático y un dulce pene, sería su puto todas las noches de aquí a la eternidad. Al menos cuando se lo diera todo, no tendría que mirarle
a la cara ni una vez.
Borrando esa idea de la cabeza, me presentaron a otros tipos que había alrededor. Intenté llevar el paso y recordar los nombres junto a sus caras. Seguro que no
estaban en mi división y era poco probable que los viera todos los días o incluso todas las semanas, principalmente porque el departamento de policía de Washington
DC estaba distribuido en muchos edificios dispersos en la ciudad. Pero esto era aparentemente una reunión semanal. Y me gustaba la idea de hacer algo distinto al menos
una vez a la semana.
Mi compañero era más grande que todos los demás; ocupaba más espacio que los otros en el pequeño comedor que había incorporado a la cocina en la parte de
atrás de la casa. En el centro de la habitación, con olor a comida rápida esparcido en el aire, había una mesa de madera redonda y arañada. La lámpara que pendía sobre
nuestras cabezas tenía un toque femenino con unos motivos florales y proporcionaba una sensación de bienestar; debía de ser cosa de la ex-mujer de mi compañero. En
la mesa había bebidas heladas en vasos empañados, un par de barajas de cartas sin abrir esperando y algunos montoncitos de billetes en frente de cada tipo. «Mierda,
esta gente juega con dinero de verdad». Bien. Me encogí de hombros y me prepare para el inevitable resultado.
Thompson se sentó frente a mí con dos tipos entre él y yo a ambos lados. A su derecha, un tipo alto y rubio de la unidad de asaltos sexuales, o antivicio, como se
le conocía normalmente, con una sórdida camisa de seda azul oscura. Jim. Demasiado alto para mí y, de todos modos, eso solo servía si era gay. Junto a él, un hombre
bajo y delgado de narcóticos e investigaciones especiales con pelo castaño, algo de barba en sus mejillas y una línea evidente que deja el anillo de casado cuando ya no
está. Steven. A mí no me iba lo de las barbas. Se sentían raras cuando te daban una mamada. Divorciado; quién sabe si podría haber sido un caso de armario. Demasiados
problemas para un trasnochador de una noche. A mi derecha, un tipo que parecía un luchador de la unidad para el robo/testigos con pelo largo, rizado y pelirrojo
recogido en una cola de caballo, y tatuajes de las fuerzas armadas por todos lados. Ben. Del tipo de hombres que dormía con una mujer diferente cada noche y al día
siguiente fanfarronea en la oficina de sus conquistas sin importancia.
Entre Thompson y Ben estaba el último tipo, extendiendo su mano para saludar. Y parecía un puzle: ¿Qué parte de su cuerpo no encajaba? Era joven, quizá sobre
los veinticinco. Yo era rubio de nacimiento, pero este tipo era tan blanco que era prácticamente translúcido. Su piel, blanca como la nieve, brillaba como si estuviese
iluminada desde dentro, lo que hacía que su pelo de un negro intenso pareciera extrañamente fuera de lugar. Era como si su pelo y su piel no casaran mucho, como si
solo fueran piezas yuxtapuestas por el efecto de algún poder cósmico sin nombre. Tenía los ojos azules como el hielo azul; tío, me encanta el invierno. Era delgado pero
atlético, a juzgar por los músculos poco visibles pero firmes que se escondían bajo su piel, como un perro de carreras. La expresión de su cara era extraordinariamente
transparente, revelando cada emoción y cada matiz de expresión, lo que era definitivamente inusual en policías, que aprendían muy pronto a no mostrar sus
sentimientos. Llevaba unos pantalones caquis y una camiseta blanca con unas letras negras que decían: «Tienes orejas pero no oyes». Raro. «Quizá es judío», pensé
para dentro.
Justo en ese momento me estaba sonriendo. Esperé haberle caído bien. Que hubiera admirado mirando mis ojos verde esmeralda y mis suaves rizos rubio platino
con mechas color lavanda que yo mismo me teñí. Que me encontrara delgado, aunque de complexión musculosa, y que encontrara mis hoyuelos fascinantes. Que
hubiese admirado los muchos tatuajes tribales alrededor de mis brazos y cuello que no los escondían los vaqueros negros despintados y mi camiseta de manga corta gris
oscuro con los botones de arriba desabrochados que se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel. Que se hubiese quedado hipnotizado por los muchos anillos y
pendientes que llevaba cuando no estaba en el trabajo para tener un aspecto más amenazador, que siempre era atenuado un poco por mi pelo rubio y mis hoyuelos; y,
sí, me criticaban mucho por mis pintas.
Estreché su mano sin dejarla ir. Definitivamente había posibilidades aquí.
Y entonces él habló.
―Sebastian Summer, encantado de conocerte detective Waters.
Parpadeé unas cuantas veces, confundido. Su voz oscura había salido de algún lugar tan profundo en su pecho que parecía evitar su garganta por completo. Ningún
sonido áspero en absoluto. Ni melodía ni tono. Más como el eco de una voz bajo el agua que una voz real.
No me di cuenta de que le estaba mirando hasta que su sonrisa desapareció y frunció el ceño.
―Soy sordo, no tonto. ―Señalando con la cabeza su mano, que yo aún sostenía estrechamente con la mía, que era grande y tenía una cicatriz. Me sentí
avergonzado, pero solo un segundo. No era nuevo en esto, después de todo. Había estado con toda clase de tipos en mi vida, desde el que solo era raro hasta el que era
un tío inquietantemente extraño con gustos realmente retorcidos, de los que sería poco probable que una persona normal pudiera conocer en su vida mundana.
―Lo siento. ―Le sonreí abiertamente y totalmente relajado, con cierto brillo malicioso en mis ojos―. Es una buena mano para estrechar. ―Cuando vi que su
frente fruncida se relajaba con un gesto de sorpresa sonreí con más tranquilidad. Oh, me encantaba esa mirada. Tendría que probar un poco a ver si podía provocársela
de nuevo.
―De acuerdo. ¿Vamos? ―La voz profunda y baja de mi compañero resonó por toda la habitación, haciendo desaparecer la embarazosa situación, aunque solo los
demás parecían percibirlo así, mientras que yo me sentía completamente tranquilo. No le quité el ojo a Sebastian, que parpadeó unas cuantas veces, se sonrojó un poco
y rozó su nuca brevemente al sentarse.
Todos nos sentamos. Cervezas y trozos de pizza pasaban de mano en mano rápidamente.
―¿Quieres una, Jordan? ―preguntó Jim asintiendo con la cabeza y señalando la mesa auxiliar donde estaban las cervezas. Su apariencia grasienta se acentuaba con
su indecente sonrisa.
Negué con la cabeza.

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―No, gracias. No bebo. Historias de familia.
―De acuerdo ―contestó Jim, encogiéndose de hombros. La manera en que me miraba de arriba abajo, me hicieron pensar que era pansexual o metrosexual o como
quiera que se llame esa corriente de moda ahora. «Ningún problema», pensé. «Pero simplemente no es mi tipo».
Lo cual le dejé claro a Jim mirando a Sebastian todo el rato mientras se repartían las bebidas y la comida, con un entremés de pequeñas conversaciones sobre
béisbol o fútbol o cualquier otro deporte en el que hubiera una pelota. Me di cuenta de cómo Sebastian miraba con detenimiento los labios de los demás, como
estudiándolos. Así que podía leer los labios. Pues mejor, pensé mientras me decidí a meter a este joven en mi cama y me dispuse a conquistarlo. Ya estaba ideando mi
plan.
Mirando de reojo en mi dirección, vio que le estaba mirando. Se mordió el labio de abajo. Carnosos y rojos, como fresas maduras; sin duda exquisitos y deliciosos.
Siempre había sido un completo yonqui de la comida y todo lo que tenía que ver con la boca, por no mencionar todo lo que tiene que ver con las cosas sexuales; podía
comer culo toda la noche y todo el día, hasta que mi lengua se durmiera. Los labios de Sebastian estaban hechos para ser besados, chupados y lamidos. No podía esperar
para probarlos. Sí, sexualmente llevaba la iniciativa; cuando veía algo o alguien a quien quería, iba a por todas para conseguirlo.
Pero Sebastian me iba a costar más trabajo, supuse, al ver que su frente se fruncía otra vez, nervioso. De repente, espetó con esa voz profunda suya:
―¿Por qué no me haces una foto? Te durará más tiempo.
La habitación quedó en silencio mientras todo el mundo nos miraba a ambos ansiosamente. Aparentemente, Sebastian era tan nuevo en aquella mesa de póker como
yo, a juzgar por el hecho de que los demás no supieron reaccionar a ese repentino arranque suyo.
Yo simplemente solté una risita, ahondé en el bolsillo de mis vaqueros buscando el teléfono móvil y le enfoqué; con una sonrisa burlona, le saqué una foto con esa
expresión atontada.
―Gracias por la sugerencia, dulzura.
Demasiado asombrado como para decir algo, Sebastian se quedó mirando mis labios sonrientes para ver si había entendido bien mis palabras. En ese momento me
incliné sobre la mesa, volví a poner mi teléfono en mi bolsillo y él mantuvo su mirada en mis labios.
―Sí, lo entendiste bien. A menos que quieras que repita lo que he dicho. ―Inclinándome hacia atrás con calma y sin esperar respuesta, miré a los demás―. Bueno,
jugamos o ¿qué?
Fue como si alguien pulsara un botón para que funcionara una máquina. De repente todo el mundo comenzó a moverse y a hablar a la vez. Me sonreí. Me gustaba
pinchar a la gente un poco. Te da la oportunidad de ver de qué pie cojean, ya que, cuando se enfrentan a algo nuevo o inesperado, reaccionan de una manera más honesta
y menos estudiada. Por no mencionar algo llamativo y desconcertante. La gente simplemente no estaba acostumbrada a que sus rutinas se vieran alteradas. Ni siquiera
aquellas personas que pretendían estar siempre al acecho de lo que estuviera por venir.
Jugamos unas cuantas partidas de Texas hold’em . No era mi primera vez. Hacía ya bastante tiempo que jugaba con dinero incluso con amigos. Al menos éstos
jugaban con un límite de dinero, lo cual de todos modos podría ser interpretado como deudas de juego por el departamento, donde, con razón, no gustaban este tipo de
cosas. Los policías con deudas no eran buena cosa para nadie.
Pronto quedó claro cómo jugaban. Mi compañero jugaba por diversión, echar unas risas con los compañeros; no le importaba si ganaba o perdía. Jim jugaba para
ganar, era capaz de hacer trampas y de no hacer ni caso cuando se le pillaba. Steven no jugaba muy bien, pero no parecía importarle; parecía que tenía otras cosas en
mente, probablemente su matrimonio. Ben jugaba para ganar con mucha furia, pero con pocas o casi ninguna habilidad, y aparentemente era mal perdedor: arrojaba las
cartas en la mesa cada vez que no ganaba y gruñía como un oso.
Después de media docena de partidas que ganó Sebastian, estaba claro que él era el mejor jugador de la mesa, lo que me hizo fijarme aún más en él. No podía
quitarle el ojo de encima. Reía en alto, libre y espontáneamente, con todo su ser; el inusual sonido de su risa subía y bajaba como un yoyó: de un tono bajo a uno alto.
Su cara traicionaba cualquier sentimiento, pues no podía ocultar lo que sentía. Simplemente parecía no tener en su cuerpo ni un solo hueso que fuera deshonesto o
engañoso, lo que resultaba frustrante, pues jugaba condenadamente bien. Era tan inocentemente dulce que mi pene se levantó a celebrarlo palpitante.
―La apuesta son diez, Jordan ―dijo Thompson. Pude oír la advertencia en su voz: «No fastidies a Sebastian». No necesitaba mirarle para saberlo, para sentir la
ola de protección que emanaba de mi compañero hacia el joven físicamente más débil. Thompson era así, siempre vigilante para proteger a quien fuera. Sebastian se dio
cuenta de la cara de Thompson mirando por el rabillo del ojo, como era costumbre suya, y luego me miró a mí. Me gustaba la forma en que esos extraordinarios ojos
azul claro se abrían de par en par.
―Sí ―contesté con calma, puse un billete de diez dólares en el montón y seguí mirando a Sebastian con admiración. El joven se movía inquieto en su asiento,
demasiado consciente de mi mirada. Humedeció sus labios y yo estaba hambriento. No podía recordar cuándo había sido la última vez que había deseado a un hombre de
aquella manera. No es que estuviese trotando alrededor con una erección en mis pantalones todo el tiempo. Nadie en el mundo es tan gay; no importa lo convencional
que sea la gente. Ni si quiera en los pubs de ambiente donde uno solo iba para pillar al primero que encontraba.
―¿Tienes algún problema con la gente sorda? ―preguntó Sebastian repentinamente, con la voz más alta para llamar la atención, pero no distinta de antes. No
demostraba estar más enfadado que antes. Parecía más perplejo que otra cosa. ¿O era decepción? Dios, espero que no.
Sonreí para mis adentros, inspeccionándole cuidadosamente mientras le daba algo a lo que responderme.
―¿Llevas lentes de contacto? ―El ceño de su frente desapareció otra vez. Perplejo, se quedó mirándome, así que repetí lo que le había preguntado, sin decirlo más
alto que antes, simplemente pronunciando las palabras más claramente con mis labios.
Desconcertado, Sebastian sacudió su cabeza, los mechones negros de su pelo parecían bailar en el aire.

seguir con esa conversación, así que cambié de tema con toda naturalidad.
―¿Qué prefieres? ¿ASL, quiero decir, lenguaje de signos o lectura de labios? ―pregunté cortésmente.
Completamente relajado, Sebastian se encogió de hombros:
―Depende de con quién esté hablando ―dijo. Parecía un poco desafiante, como si tratara de obtener alguna respuesta emocional de mí. Me pregunté qué trataba
de conseguir―. La mayoría de la gente no utiliza los signos a menos que sean sordos o conozcan a alguien que lo sea.
Así que eso es lo que pretendía: mosquearme.
―Tengo bastante facilidad con los idiomas. Supongo que podría intentarlo. ―Levantando mis manos llenas de cicatrices y callos a causa de mi antiguo trabajo y
mi vida pendenciera, las moví en el aire―. ¿Son demasiado grandes para hacer los signos con precisión? Supongo que no soy tan elegante.
Sebastian dejó de buscar la confrontación e incluso me dedicó una pequeña sonrisa ante mis dudas.
―No es el tamaño lo que importa, como en muchas otras cosas.
Oh, me la estaba devolviendo. Esbocé una sonrisa burlona y él se sonrojó.
―Gracias, creo. ―Le dejé claro que no me sentía ofendido cuando le sonreí, y sus ojos chisporrotearon. Juro que fue lo que hicieron. De hecho, creo que nunca
había pensado en unos ojos haciendo algo así. Siempre se ha asociado el centelleo con las estrellas en el cielo o vampiros adolescentes y melancólicos. Sin embargo, los
ojos azules de Sebastian desprendían un resplandor brillante que me hacía sentir calor dentro de mí.
En respuesta a mis palabras, trató de reprimir una carcajada. Vaya, estaba para comérselo. Me pregunto cómo se lo tomaría si simplemente me acercaba a él y lo
besaba. Bueno, quizá eso no fuera lo más prudente. No en un lugar heterosexual como este, en una tarde de camaradería como esta. Quizá pudiera engatusarle para que
fuera conmigo a un bar gay, solo para tomar una copa amistosamente. En principio, claro está.
Durante un rato dejé el ánimo tranquilo y todos nos centramos en jugar; habíamos pasado del Texas Hold’em al Póker normal. Iba perdiendo. Lo que había
empezado con un montón de dinero se había convertido en unos cuantos billetes solamente, ninguno más alto de cinco o diez. Podía sentir que el final del juego estaba
cerca.
Hora de mover ficha.
Echándole un ojo rápido a Sebastian otra vez, vi que se estaba divirtiendo. Demonios, no tenía ningún motivo para no hacerlo, teniendo en cuenta que estaba
ganando. Con diferencia, el montón más grande de dinero estaba frente a él. Se dio cuenta de que lo estaba mirando y guiñó un ojo jugueteando y con su lengua
sobresaliendo. Infantil, pero tan jodidamente encantador. Solo con ese gesto casi me tiré encima de él.
―Veo que el Póker no te ha perjudicado.
Como estaba mirándome, pudo ver claramente lo que dije. Dejó de sonreír. Supuse que estaba acostumbrado a que gente extraña le echara mierda encima, pero que
lo hiciera un amigo o un colega…
―No, pero a ti sí te ha perjudicado la sociedad. ―Sus ojos estaban encendidos. Podía defenderse solito. Era bueno saberlo. Después de todo, tenía una sólida
razón para provocarle.
―Tienes una boca muy grande, cariño. ―Me reí mientras seguía jugando, pero sin quitarle ojo a Sebastian, que se mordió el labio inferior otra vez y sus ojos se
movieron entre el juego y yo.
―Y tú podrías lavarte esa boca ―dijo mientras continuaba con la partida en frente de nosotros―, o ponerte una mordaza.
Ante tal observación, solté una carcajada, dejando el resto a la imaginación. Para demostrar su actitud ganadora, hizo una apuesta fuerte. Una que no me podía
permitir con lo mermado que estaba ya mi bolsillo. Me encogí de hombros impasible y miré a todos los demás.
―¿Qué tal un pagaré? Os lo doy el siguiente día de paga, muchachos.
Thompson se rió entre dientes; sus enormes hombros temblaban con la risa como si fuese una avalancha.
―¡Te sacaré el dinero de una manera o de otra; eso seguro, Jordy!
Me sonreí burlonamente y los miré a todos buscando la aprobación para asegurarme de que todo estaba bien. Cuando llegué a Sebastian, este no estaba en posición
de rechazar la propuesta, ya que todos los demás estaban de acuerdo. Así que simplemente asintió con la cabeza, aunque se mostró algo engreído esbozando media
sonrisa. Uno a uno, se fueron retirando hasta que solo quedamos Sebastian y yo, y un montón de pasta encima de la mesa, entre nosotros. Era su turno, tenía que
mostrar sus cartas y ¡vaya si lo hizo! Desplegó ante nosotros unas cartas excelentes, un full con jotas y cincos, con esos finos dedos que deseaba chupar.
―¡Gané! ―Sebastian prácticamente gritó entusiasmado; dio unas cuantas palmadas como un niño encantado y agarró el montón de dinero.
Mis manos se posaron en las suyas tan rápido que lo dejaron sin aliento.
Desde ese momento en adelante no importaba dónde me llevara la vida y no importaba qué lugares viera, ese comedor suburbano en la casa de mi compañero era
ahora un lugar de asombro y magia, porque aquí fue donde, por primera vez, toqué a Sebastian; donde, por primera vez, sentí su piel, lisa y suave, blanca y sin vello;
donde la calidez que emanaba de su cuerpo a través de sus poros se filtraba en el mío; donde, por primera vez, sentí la fuerza que escondían esos largos y finos dedos,
mostrando esa otra voz que yo ansiaba ver y entender; donde el simple acto de estrechar las manos significaba una promesa sobreentendida de aquello que estaba por
venir.
Al principio frunció el ceño, irritado, pero entonces vio mi sonrisa maliciosa y se sorprendió. Sin mediar palabra, puse mis cartas sobre la mesa con la mano que
tenía libre.
Cuatro nueves.
Apretando su mano me devolvió la mirada atónito; yo incliné la cabeza saboreando una victoria que ya había anticipado desde antes.
―No; gano yo. ―Levanté su mano gentilmente del montón de dinero y la sostuve por un momento, hasta que pasó del asombro a la frustración al darse cuenta de
que yo había jugado con él en vez de con las cartas, y apartó su mano.
―¡Has hecho trampas! ―Prácticamente, Sebastian refunfuñó mirándome por debajo de esas grandes pestañas negras.
Sonreí con regocijo a la par que me ponía en pie y comenzaba tranquilamente a coger el dinero, dándome tiempo para dejarle las cosas claras.
―No, me doy maña, que no es lo mismo en absoluto.
Mordiéndose el labio, nervioso, dijo sosegadamente:
―Así que cuando me estabas mirando y haciéndome pasar un mal rato…
Esbocé una sonrisa burlona y le guiñé el ojo tal como él había hecho antes.
―Eres el mejor jugador. Cuando te distraigo a ti, los distraigo a ellos. Apartas la atención del juego, y por ese motivo me estoy metiendo su dinero en el bolsillo
ahora ―dije, mirando a los otros tíos que estaban igual de pasmados, excepto mi compañero, que no estaba la mitad de sorprendido de lo que me imaginaba, guiñé el ojo
otra vez―, y todo tu dinero también. Gracias muchachos.
―¿No vas a darnos la oportunidad de recuperar ese dinero? ―preguntó Ben, también refunfuñando, no porque yo hubiera ganado, sino porque él había perdido.
No es lo mismo para un tipo que jugó como él: mal.
―No. ―Sonreí entre dientes y estrujé el dinero en el bolsillo de mis vaqueros.
―¡Maldito idiota! La próxima vez te vamos a dar por todo lo que te llevas. ―Jim se rió con una sonrisa traviesa y burlona que a mí me sonaba a sexo bajo y sucio.
Sí, podía tener a ese tipo, pero yo quería a Sebastian. La vida no es como en las películas, donde todo el mundo que te atrae también siente atracción por ti.
Me giré y miré a mi compañero, insinuándole a Jim un «No estoy interesado».
―Bueno, creo que será mejor que me vaya, muchachos. Ha sido divertido.
Thompson asintió satisfecho con una sonrisa.

fue la última vez que me sonrojé. Si es que me pasó alguna vez. No era una experiencia muy placentera. Sentía que las mejillas me ardían y todo lo que quería era que se
me quitara el nudo del estómago.
―Era el nombre de mi bisabuelo ―explicó Sebastian, y continuó antes de que tuviera la oportunidad de responderle―: Así que, Jordy… ―dijo bromeando y
riéndose en voz baja, moviendo los hombros.
Ahora era yo quien se movía en el asiento.
―Jordan ―le corregí mientras apretaba los dientes. Sí, era cierto. Una broma no tenía gracia cuando era sobre ti, maldita sea.
Obviamente, él se dio cuenta, porque se rió profundamente mientras observaba cómo me retorcía.
―¿Cómo el río Jordán?
Tosí para aclararme la voz, y no es que el sonido áspero de mi voz pudiese resultarle diferente.
―Sí, como el río. Y también llevo a la tierra prometida ―añadí, esta vez teniendo la valentía de mirarle a los ojos otra vez y sonreír abiertamente, moviendo mis
cejas sugerentemente.
Sebastian se rió de mi comentario. Me estaba cautivando con su repentina explosión de expresiones y sonidos, su carácter al descubierto, la trasparencia de su
estado emocional. Yo no estaba acostumbrado a tanta franqueza. Sin embargo, no dijo nada, así que pensé que un poco de seducción para continuar nuestra
conversación no haría daño.
―Como no tienes acento no puedo adivinar de dónde eres.
―No puedo ver lo que estás diciendo ―dijo Sebastian interrumpiéndome repentinamente. Solo entonces me di cuenta de que yo estaba mirando la carretera y no a
él, pero él podía leer mis labios. Vaya, la segunda metedura de pata durante el camino, y solo llevábamos cinco minutos. «Hay que pisar con cuidado, Jordan, de
puntillas».
―Joder, lo siento, otra vez ―dije, girándome para mirarle mientras mis ojos oscilaban entre la carretera y él.
―Está bien ―dijo él, y realmente lo pensaba. Sus ojos azules me estudiaban cuidadosamente, esta vez sin mirar a ningún otro lado. Supuse que estaba decidido a
seguir con la conversación y conmigo.
Me apetecía explicárselo.
―Es solo que hablas tan bien y entiendes lo que digo tan bien que a veces olvido que eres sordo ―dije deprisa, esperando que no lo hubiese dicho demasiado
rápido para que él lo cogiera.
Mientras el silencio se hacía interminable, lo miré intensamente y durante un buen rato. Su cara era extraña, con una expresión feliz y soñadora, como si le hubiese
dicho algo agradable, un cumplido. No lo pillé y supongo que se me notó en la cara, pues él sonrió dulcemente.
—Gracias, Jordan. Es muy amable de tu parte.
No tenía ni idea de por qué ni inhabilidad para recordar que él era diferente era tan evidente para él, hasta que me di cuenta: no le había tratado diferente. Suponía
que eso era bueno, que lo había hecho correctamente con él.
―Debería… ―comencé a decir, pero entonces me bloqueé. Quería decir que lo sentía por algún motivo, pero no sabía bien cómo decirlo sin sonar condescendiente
y hacerle daño al hacerle sentir diferente. Pero, demonios, era diferente, no porque fuera sordo, sino porque era tan diferente de la clase de chicos con los que solía
relacionarme que me hacía darle vueltas a la cabeza.
―Deberías… ¿qué? ―Miraba cada uno de mis movimientos con diligente atención, lo que me ponía un poco nervioso. La mayoría de los chicos con los que me
había acostado les importaba un bledo cómo me sentía o quién era fuera de la cama. Ese era un territorio desconocido para mí.
―Eh, ¿debería decir que siento que seas sordo? ―Sentí cómo el calor regresaba a mis mejillas al decir esas palabras, las cuales eran tan estúpidas e infantiles que la
situación embarazosa en la que estaba llegó al límite más alto. ¿O era el más bajo? Quién diablos lo sabe.
―¿Por qué? ―preguntó Sebastian, encogiéndose de hombros, completamente tranquilo y sereno―. No tienes la culpa de que yo sea sordo, y que te sientas
responsable no cambia nada en absoluto. Además, mi incapacidad para oír es una desventaja para la gente, no para mí. Ya estoy acostumbrado.
―Sí, ya veo ―dije frunciendo el ceño y mirándole brevemente, el tiempo suficiente para que leyera los labios―. ¿Acostumbrado? ¿No eres sordo de nacimiento?
Sebastian sacudió su cabeza haciendo que su negro pelo se arremolinara.
―No. Estuve enfermo cuando era niño. Una fiebre muy mala. Perdí la audición en el oído izquierdo y, unos cuantos años más tarde, la del derecho. Los doctores
dijeron que era permanente.
Asentí manteniendo mi cara hacía él, pero atento a la carretera.
―¿Cuántos años tenías?
―¿Cuándo perdí por completo la audición? Seis. Así que todavía recuerdo sonidos y palabras. Por ese motivo hablo tan bien, como tú dices. ―Cuándo añadió ese
último comentario, lo miré con curiosidad. Me resultaba difícil creer que fuese la única persona que pensara así. Era dulce y amable, accesible. Estoy seguro de que hacía
amigos con facilidad. La clase de personas que no se acomplejaría por su sordera y que haría alegremente comentarios sobre lo alto que hablaba. Me preguntaba,
mientras tanto, cómo serían sus amigos, su familia o su novia o novio.
―Sí, lo digo ―dije, levantando mis cejas para asegurarme de que entendía lo que dije y por qué. Y, como se encogió de hombros con una sonrisa, supuse que lo
hizo―. Así que, Sebastian, ¿cómo te llama la gente?
Mirándome los labios, frunció el ceño, y, si interpreté correctamente ese ardiente brillo en sus ojos azul hielo, no era porque no me hubiese entendido.
―Sebastian, ¿eres duro de oído?
Solté una pequeña carcajada.
—Solo me preguntaba si tienes un apodo, eso es todo.
Sacudió la cabeza mirándome.
―No, solo Sebastian.
―De acuerdo. ―Durante un rato me concentré en conducir. Había comenzado a lloviznar y puse el limpiaparabrisas, disminuyendo la velocidad más aún. Mi
estilo de conducir, lento y sin prisas, debió llamarle la atención, pues se inclinó para comprobar el cuentakilómetros.
―¿Conduces siempre por debajo del límite de velocidad? ―Sus ojos azules llenos de sospechas me miraban―. ¿Es por el mal tiempo?
―No. Es solo para que te relajes. ―No tenía que mirarle para escuchar el tímido gruñido que surgía de su pecho. Riéndome entre dientes me giré para mirarle y, a
pesar de lo que él probablemente hubiese pretendido, se quedó mirándome los labios, esperando que hablara. La costumbre. Aposté a que él hubiese deseado poder
controlar mejor ese gesto―. Me encanta el hecho de que, aunque estés completamente enfadado conmigo ahora, tienes que mirarme a los labios para hablar conmigo, ya
que no sé hablar con signos; que, aunque quisieras, no me puedes dar el silencio por respuesta y permanecer el resto del viaje de mal humor mirando hacia otro lado.
Aquellos ojos azules brillaban otra vez irritados mientras apretaba los dientes.
―Puedo simplemente ignorarte.
―¿Podrías? ―interpuse con una sabihonda sonrisa.
Sebastian se mordía el labio inferior tan fuerte que pensé que iba a comenzar a sangrar.
―Mírame atentamente ―afirmó enfadado.
―Oh, lo hago, Sebastian ―le interrumpí otra vez, ganándome otro ceño fruncido en esa blanca frente―. Créeme, definitivamente y absolutamente, te observo.
Como un halcón que vigila a un conejo.
Parpadeando, sus ojos azules se fijaron en mis labios delgados y respingones, le oí jadear. Oh, qué sonido tan conmovedor. Sonrojándose como un adolescente,
Sebastian se echo hacia atrás y tragó saliva. Se giró para mirar por la ventanilla, con sus manos en su regazo, temblando nervioso; me encantaba.
Cuando el coche se paró en un semáforo, me incliné hacia atrás en mi asiento, con un aspecto más maduro que antes, admirando las bonitas vistas. Había un
pensamiento que se filtraba en mi nublada mente. Cuando lo tuve claro, no pude evitar reír entre dientes: Sebastian parecía la versión masculina de Blancanieves. La piel
blanca y tersa, el pelo tan negro como las plumas del cuervo, ojos azules del color de dos piedras preciosas, labios sensuales como manzanas rojas y maduras. Como un
cuento de hadas hecho realidad. El sueño del amante perfecto.
De repente miró hacia adelante y frunció el ceño.
―La luz del semáforo está verde.
No aparté mi mirada de él ni mi mano de la palanca de cambio. No tenía la intención de dejar que ni un solo momento con él se escapara entre mis dedos. Por el
rabillo del ojo, vi que, efectivamente, la luz del semáforo estaba verde. Podíamos irnos, pero yo no me moví. Cuando él me miró finalmente, enojado, le sonreí
burlonamente.
―Pensé que no hablabas conmigo.
Mordiéndose la parte interior de su labio, movió la cabeza de un lado al otro, frustrado.
―La luz está verde ―repitió lentamente, señalando con énfasis hacia la carretera despejada.
Sonreí entre dientes y levante inquisitivamente una ceja.
―¿Y?
Siguió parpadeando; la mirada de sus ojos, intensa y nerviosa, saltaba de mis ojos a mis labios y viceversa.
―Estás parando el tráfico ―dijo con voz temblorosa, cuyo sonido me gustaba.
Me reí tan alto que mi cabeza se inclinó hacia atrás. Eché un buen vistazo en todas direcciones, las calles estaban desiertas.
―¿Qué tráfico? ―Sabía que le estaba molestando a propósito, pero me gustaba verle de esa manera. Cuando estaba enfadado era más expresivo que cuando estaba
tranquilo. Su boca se movía más, al igual que sus manos, las cuales iban al compás de sus palabras; su cara mostraba un rico tapiz de emociones.
Siguiendo mi mirada por todo el coche, que ahora estaba prácticamente parado, dejó escapar un suspiro de profundo enojo. Como si se hubiese dado cuenta del
suspiro que acababa de dar, se giró rápidamente y se puso en el mismo filo del asiento presionando sus hombros contra la puerta del coche. O era heterosexual, o se
hacía el duro.
O quizá me había pasado de la raya. Si realmente era heterosexual, le estaba haciendo sentir tan incómodo como en el mismo infierno. Su lenguaje corporal parecía
indicar en esa dirección. Ya había habido ocasiones en las que mi intuición me había llevado por mal camino. Quizá esta era una de esas ocasiones.
Volvía a prestar atención al semáforo, que se había puesto en rojo y en verde otra vez. Seguí conduciendo mientras consideraba la posibilidad de simplemente
preguntarle directamente en vez de tratar de deducirlo por mí mismo. Para cuando llegamos a la autopista, el silencio había caído sobre nosotros como una cortina
mojada, pesada y gruesa. Decidí que probablemente aquella noche debería terminar con un triste final más pronto que tarde y pisé el acelerador. El coche aceleró
pegando un tirón hacia delante.
Pasaron solo unos cuantos segundos antes de que oyera su suave risa en el coche. Me sorprendió oírla.
―Eres fácil de picar ―dijo con media sonrisa desafiante.
Sus ojos azules atraparon mi mirada, retándome a contestar. Quizá no le estaba comprendiendo tanto como había pensado. Por un segundo, su cambio de actitud
me dejó confuso. Entonces se acabaron mis dudas, al darme cuenta de que estaba jugando conmigo como yo lo había hecho con él jugando a las cartas. Esta era su
venganza y la había convertido en un juego. Pequeño cabrón.
―Así eres tú. Quizá estemos hechos el uno para el otro.
Sonrió amablemente, luego se encogió de hombros y se giró otra vez, pero su dulce sonrisa permanecía. Casi me enamoré en aquel momento y en aquel lugar, lo que
no era muy recomendable, pues lo acababa de conocer. Por todo lo que sabía, no teníamos nada en común. Por supuesto, eso no era necesario para sentir atracción física
el uno por el otro, pero con toda seguridad mejoraría la experiencia. O al menos así me lo habían dicho, pues no me era familiar ese tipo de intimidad. Citas y sexo. Esta
última fórmula se me daba mejor y pensaba que la primera estaba bien como preludio de la última. Tener una cita como mera introducción a lo demás.
Deseaba hacerle preguntas. Saber sobre su vida. Expresarle mi profundo interés por cada aspecto de su personalidad y su pasado. Otra nueva faceta de mi
personalidad emergía de las profundidades de mi ser aquella noche. Primero estaba esta fascinación por un hombre que no era mi tipo. Y ahora esto: la curiosidad por los
entresijos de su interior. Dios. Puede que no hubiera bebido nada esta noche, pero me sentía ebrio. Estaba colgado por él.
Sacudí mi cabeza confundido, intentando erradicar esos extraños y nuevos pensamientos, pero como él estaba justo ahí, tan cerca, era una causa perdida desde el
primer momento. Ahora no era él el que estaba atrapado en el coche conmigo, sino todo lo contrario. Maldita sea.
―No me has contestado. ¿De dónde eres? ―Había un sonido distinto en mi voz, y le di gracias a Dios de que este joven que estaba a mi lado no pudiera oír.
Sebastian sonrió suavemente, con sus ojos nublados por el recuerdo de algo agradable.
―El medio oeste. Colorado. De una pequeña ciudad de la que nadie ha oído hablar a menos que sea de allí o se haya perdido allí.
―Ah, un vaquero ―dije bromeando, y él rió―, y ¿cómo es que no te hiciste vaquero?
Con el ánimo divertido, sacudió la cabeza y se encogió de hombros. Aún así, parecía dedicarle algún pensamiento a mi pregunta.
―Ya hay suficientes vaqueros en mi familia. Mi padre solía participar en los rodeos antes de hacerse agente de policía.
Mis ojos se abrieron más, mostrando mi sorpresa. Nunca había conocido a nadie que hiciera eso. A veces iba a las carreras y hacía alguna apuesta que otra. Pero
nunca había montado un animal salvaje que no pretendía otra cosa que deshacerse del exceso de peso de la forma más dura y rápida posible… Ay. No tenía músculos
para eso, ni el control adecuado del cuerpo, o la paciencia. Sin embargo me encantaba una buena carrera.
―¿Por qué viniste a la costa este? ¿Por trabajo?
Se le escapó un profundo suspiro. Desprendía tristeza. Vale, obviamente una mala experiencia. Me pregunté cuál a mí mismo, y comencé a acumular palabras de
disculpa en la punta de la lengua cuando él habló:
―Me gusta mi trabajo aquí. Solía trabajar en la oficina del sheriff allí, en mi ciudad natal, pero puedo ser de más utilidad aquí. Mi familia… Ellos están bien, pero
pueden ser un poco agobiantes a veces. ―Se retorcía en su asiento como si tuviera hormigas dentro de sus pantalones―. Algunos de ellos me trataban como si no fuese
capaz de cuidar de mi mismo. Como si fuera a hacerme pedazos de un momento a otro. Como si no pudiera ni siquiera cruzar la calle sin que me atropellara un coche o
algo porque no puedo oír. A veces todo es… un poco demasiado, ¿sabes?
Un repentino ataque de honestidad. Sebastian estaba confiándose a mí. Nunca antes nadie se había confiado a mí a menos que estuviese relacionado con el trabajo y
yo tuviera que darle confianza a alguien en búsqueda de la verdad y la justicia, a la manera americana y todo eso. Estaba un poco asustado, sin saber qué decir.

frío y mojado, ya que el movimiento de dejarse caer sobre un pie y a continuación sobre el otro le delataba, con sus manos metidas hasta el fondo en los bolsillos de su
chaqueta. No pude verlo con claridad, pero su pelo negro debía de estar chorreando.
Me acerqué con el coche lentamente a la parada de autobús y allí me paré en un lugar adecuado. Bajé la ventanilla del lado del copiloto. En el momento en que me
vio, le hice señales con el dedo para invitarle a subir. Sin dudarlo un momento, se montó; tiritando, se sentó en su sitio. La calefacción hacía un ruido bajo y comenzaba a
calentar el interior del coche.
Programé la dirección de su casa en el navegador otra vez, aunque recordaba el camino. Esta era una de esas situaciones de solo por si acaso. Nos incorporamos al
tráfico de la calle de noche; este era lento, pues la gente aminoraba la velocidad al pasar por delante del departamento de policía, normalmente sin reparar en la hora del
día.
―Gracias, Jordan. ―Su voz estaba ronca. Supuse que había estado un rato fuera con el frío que hacía.
Me giré para mirarle y sacudí la cabeza en señal de desaprobación, aunque sabía que no me correspondía hacerlo.
―No deberías haber estado ahí de pie esperando el maldito autobús, Sebastian; no en una noche como esta. Podías haber subido y haberme buscado.
―Lo sé. ―¿Era realmente tan tímido como su voz le hacía parecer? Le eché un buen vistazo esta vez. Se sentía inseguro, apesadumbrado, distraído. Había vuelto
su cara hacia la ventanilla de su lado, pero, por la manera en la que estaba sentado, podía afirmar que realmente no estaba mirando fuera. Miraba hacia su interior. Algo
le comía por dentro y yo me moría por saber qué era.
Toqué su brazo con gentileza; la gruesa manga de su chaqueta estaba mojada y fría. Supuse que le protegía bien de las inclemencias del tiempo.
―¿Estás bien?
Su genuina sonrisa era tranquilizadora pero extrañamente falta de honestidad.
―Estoy bien.
Era mentira, lo sabía; no tenía que ser policía para oír el tono vacío de su voz, para ver la falta de confianza en sus gestos faciales, para ver cómo el suave brillo de
sus ojos traicionaba sus sentimientos. Su nerviosismo se respiraba en el ambiente.
―De acuerdo, si tú lo dices.
Mordió su labio inferior mientras me miraba indeciso.
―Jordan… ―comenzó a hablar, pero de repente sacudió su cabeza, suspiró y se giró otra vez, acurrucándose en su asiento como si pretendiera hundirse en él.
―Oye… ―Toqué su brazo otra vez con suavidad―, puedes contarme cualquier cosa, Sebastian, prometo que ni me voy a reír, ni voy a mofarme, ni voy a
juzgarte.
Esperaba que con ese gesto le diera la confianza que necesitaba para hablarme. Hacerle entender que podía hacerlo así; yo no le decepcionaría ni le traicionaría.
Inesperadamente, me di cuenta de que realmente pensaba lo que decía, que no era simplemente un ardid para metérmelo en el bolsillo. Otra cosa nueva para mí.
Suspirando con tristeza, miraba por el cristal delantero. Sus labios temblaban y sus ojos se llenaron de lágrimas

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