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Libro Star y Cagney Cazavampiros – Castalia Cabott

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Libro Star y Cagney Cazavampiros – Castalia Cabott

PDF Descargar Solo eso y nos sentamos a esperar.
Al tercer día, después de recibir como ciento veinte llamadas de cargadas llegué a la conclusión que o habíamos tenido una alucinación, y los vampiros no existían, o
nuestros clientes gozaban de mejor vida a manos de los mismos.
De pronto empezamos a pensar que ser cazavampiros había sido una inspiración poca acertada. El hecho de ser atlética, rápidas para actuar, y muy
emprendedoras no nos proveía cliente alguno o, en su defecto, ya nadie compra y lee el diario. Por las dudas ambas seguíamos con nuestros respectivos trabajos. Nell y
yo éramos secretarias del Ministerio de Medio Ambiente y trabajábamos en las oficinas del mismo edificio que las fiscalías uno a décima.
Todo cambió en el almuerzo. Por razones presupuestarias éramos asiduas al buffet del mismo Ministerio durante los mediodías. Allí nos reuníamos todos los
empleados del edificio. La verdad es que ese día, Nell y yo estábamos calladas, un poco deprimidas. Nadie serio nos había llamado y teníamos de todo tipo de
comentarios jocosos y burlescos en nuestras casillas de correo. De pronto y sin querer, ambas escuchamos la conversación que nos dio trabajo. Nos miramos como si
nuestros pensamientos fueran uno. Lo son, pero siempre nos sorprende.
La charla provenía de las chicas de penales. Les llamaba la atención la gran cantidad de cadáveres encontrados en las últimas semanas. Pensaban que era un asesino
serial, pero sospechaban que había más de uno, era imposible pensar que podía desdoblarse en cinco, amén de por demás insólito.
Cuando ellas se fueron nos quedamos conversando en voz baja. ¿Serían vampiros? Bueno, nadie cuerdo piensa en ellos, esa era su mejor coartada, ¿quién en pleno
siglo XXI podía pensar que un vampiro era otra cosa que un personaje de película clase B, con la excepción de la peli de Robert de Niro. Ese fue el momento de
inspiración donde Nell llegó a la conclusión que estábamos buscando en el lugar equivocado. Habían muertos, es decir víctimas, pero no clientes. Negocio mal encarado.
¿A quién puede interesarle dos cazavampiros? Pues a quienes las pérdidas, es decir, las víctimas, perjudican.
Ese día lo decidimos. Hicimos tarjetas de presentación y las entregamos a todos en el buffet. Dos días después nuestro primer cliente apareció.

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Malcom M. Daniels, concertó una cita por teléfono. Nell y yo gritamos hasta diez minutos después de la emoción. Después de todo si el Fiscal General de Estado
te cita para cazar vampiros, te considera la cereza de la torta. Puntuales nos presentamos en la lujosa oficina. Nos llevó dos horas decidir qué ponernos. Así que nos
decidimos por algo simple, jean, pantalón y camisa y campera de cuero. Yo me puse una boina de cuero con visera y Nell ató su pelo en una cola alta.
En cuanto la secretaria nos presentó el señor Daniels salió a recibirnos caminando desde su trono hasta nosotros. Me miró de manera muy extraña, debe ser mi pelo
rosa. Y esto que apenas se me ve el fleco y algo. Extendió su mano y tomó la mía. Su mano era grande, dura, y firme. Algo fría, un cosquilleo subió por mi columna.
Extraño. El señor Daniels me intimidaba y yo jamás me sentía intimidada por nadie. Debía ser su aspecto. Un traje oscuro, de esos que valen cientos de miles, anteojos
oscuros, piel morena, cabello igual de oscuro, algo largo; alto, pasando del metro noventa seguro; delgado pero del tipo: hago gimnasia, siempre hice natación. Saludó a
Nell y regresó su mirada hacia mi persona. El señor Daniel tiene una extraña mirada, y no lo digo por esos lentes oscuros que usa, porque estoy segura que detrás de
ellos me está mirando. Me doy cuenta porque desde que lo vi siento los pelos de mi piel de punta. Nos hace sentar detrás de ese enorme, pero enorme escritorio de
oscuro roble lleno de papeles. No dejo de pensar en nuestra mesita llena de las tazas del desayuno, el diario y algunos papeles del trabajo, ese es nuestro escritorio. Nell
le dice algo, no sé qué, ya que el señor Daniels me miraba de vez en cuando lo que me ponía más y más nerviosa.
—¿Peligroso? —preguntó Nell y eso llamó mi atención de inmediato.
—Muy peligroso señorita Cagney —dijo con esa voz que ponía mi piel de gallina también.
Intenté enfocarme para saber de qué hablaban pero la verdad es que no lo logré. Mi estómago estaba hecho un nudo. En eso Nell me miró esperando que participará
solo la miré como diciendo “por supuesto” pero lo único que decía mi mirada era: no tengo la más remota idea de qué hablan.
—Vuelvo a preguntarles señoritas. ¿Son conscientes del riesgo que corren?
¿Riesgo? ¿De qué hablan por Dios?
—Disculpe, señor Daniels, a ver si hemos entendido bien. ¿Nos quiere pagar para dejemos de trabajar? —dijo Nell mirándome con cara rara.
¿Quéééééé? ¿De qué están hablando?
—¿Dejar de trabajar por qué razón haríamos eso?
Ambos giraron su rostro hacia mí, como si hubiera dicho algo terrible. El señor Daniels esbozó una sonrisa. ¡Por Dios sus labios son realmente deseables! Maldito
sea, debo haberme puesto colorada.
—Lu… —comenzó Nell.
—Déjeme a mí, señorita Cagney —dijo el señor Daniels—. Se lo explicaré de otra manera. ¿Es consciente señorita Star, que repartiendo tarjetas y colocando avisos
autonombrándose “Cazavampiros” se han expuesto a ser el centro de cualquier vampiro decente e indecente que circule por la ciudad? ¿O acaso piensa que se quedarán
sentados cómodamente esperando que pasen a cazarlos por su casa?
La verdad me golpeó como un mazazo. Les habíamos dado nuestra dirección a cuanto vampiro existiera en la ciudad. Si antes estaba roja de vergüenza ahora me
sentía a punto de hiperventilar.
—Creo que por fin lo ha entendido —dijo el señor sabelotodo— entonces… ¿Aceptan mi propuesta?
—Pero…
Intenté hablar pero el señor Daniels terminó interrumpiéndome. Ahí me di cuenta que no solo tenía manos grandes, sus dedos, vaya… sus dedos eran largos,
delgados, de uñas tan cuidadas que… mi piel se puso de gallina de nuevo de solo imaginar esos dedos sobre mi piel. El señor Daniels volvió a sonreír. ¿Acaso lee mi
mente?
—Señorita Star… ¿Puedo llamarla Luella? —me dijo mirando la tarjeta que tenía entre sus dedos.
De pronto transpiré, esos largos dedos recorrieron la tarjeta como si recorrieran mi piel… sacudí mi cabeza. ¿Qué me pasaba? De pronto mi cerebro se llenaba de
imágenes donde me lanzaba sobre el estirado y frío señor Daniels para violarlo. Debía ser ese tonito que usó. Sacudí mi cabeza para alejarme de la nube tóxica de deseo
en la que me estaba metiendo. Pero no pude. El señor Daniels hizo algo inesperado: olió.
¿Me olió? ¿Me está oliendo?

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El inesperado señor Daniels sonrió mirándome y luego se dirigió a Nell.
—Al parecer señorita Cagney, usted y yo tomaremos la decisión.
La mirada que me dirigió Nell confirmó la teoría del estirado. Algo estaba pasándome que mi cerebro no podía procesar absolutamente nada que no fuera el señor
Daniels. Cerré los ojos e intenté concentrarme. Cerré mi boca e hice un esfuerzo por entender qué estaba ocurriendo a mí alrededor.
—Lo haremos como ha propuesto señor Daniels.
—Excelente —dijo el estirado y llamó a su secretaria. La mujer, una rubia digna de la portada de Vogue, entró cual sirena sinuosa con unos papeles que colocó ante
el señor Daniels. Abrió la carpeta, sacó unos papeles, los firmó y los pasó a Nell que rubricó con energía y me los deslizó por el pulido escritorio hacia mí. Firmé sin
siquiera saber qué firmaba. Mientras sentía mi corazón retumbar y mis manos tan húmedas como ciertas partes de mi cuerpo que no nombraré porque soy vergonzosa.
Y todo porque no podía dejar de imaginarme que el señor millonario me miraba detrás de esos lentes oscuros.
Solo diré esto: Nell estaba enfurecida conmigo y yo también. Salí de la oficina del señor estirado y afuera nos esperaban dos orangutanes. Los miré sorprendida,
pero Nell ni siquiera los registró. Cuando intenté preguntarle quiénes eran me miró con esa cara de ¿Me estás hablando en serio? Y solo agregó:
—Si hubieras estado atenta sabrías que el señor Daniels nos ha puesto un guardia policial.
¿Whatttt?
Me tragué el por qué. No estaba el horno para bollos de ninguna especie. Subimos a una limusina tan grande que me sentí un pez tropical en el océano Atlántico,
sin nadie alrededor. Intentaba explicarme qué me había pasado y mis conjeturas pasaban por: un aneurisma cerebral, un ataque prematuro de demencia senil o algún
hechizo… quizás mal de ojo, eso debió ser: mal de ojo del señor estirado. Porque una cosa es segura, fue verlo y sentir que perdía el poco seso que tenía.
Cuando la nave espacial nos dejó en un lujoso condominio y Nell me bajó a los empujones limpios mi cabeza ya era mía nuevamente. Los elefantes se quedaron
afuera y Nell silbó ante el lujo asiático que nos rodeó.
—Bien Nell, puedes explicarme… ¿cómo hemos llegado aquí? —le pregunté seria.
Nell me miró con esa mirada que ya les dije.
—Lo estás diciendo en serio ¿verdad?
—Muy en serio.
—¿Qué pasa contigo?
—No lo sé.
Nell me tomó la fiebre. Pobrecita, se veía preocupada. No tenía fiebre ni estaba enferma.
—Estoy bien, no estoy enferma. No puedo explicar lo que me pasó. Ese maldito hombre me hizo de gelatina. No podía decirle eso a mi amiga. Así que inventé—:
Creo que se bajó mi presión Nell. Debió ser eso.
—Me asustaste Lu. Te lo juro. Parecías completamente volada.
¿Volada? Estaba completamente evaporada. Algo me hizo ese hombre estoy seguro. Me hice la descompuesta y me senté.
—¿Y qué hacemos aquí?
—Definitivamente Lu, no estabas bien. Te cuento: El señor Daniels no solo es el fiscal general, tiene a su cargo la investigación de los asesinatos que han estado
sucediendo en estos últimos meses. Cuando se enteró que estábamos distribuyendo tarjetas y encima publicitándonos como cazavampiros, supo que nos habíamos
puesto en la mira de todos los vampiros fuera de la ley.
—¿Y qué hacemos aquí?
—Estamos siendo protegidas.
—¿Así son las casas de refugio ahora? —le pregunté.
—También estoy sorprendida.
—¿Y cuánto tiempo estaremos aquí?
—Me dijo que unos días, hasta que se olviden de nuestro “error”.
—¿Y nuestro trabajo?
—Daniels me dijo que se ocuparía del tema.
—El señor estirado parece tener todo calculado.
—No entiendo por qué el hombre no te agrada Lu, cualquier otra persona ni siquiera nos hubiera hecho llamar y no se hubiera preocupado ni por buscarnos un
lugar como este o mandarnos custodia.
—Se supone que somos cazavampiros. Lo que ha hecho es insultarnos enviándonos con custodia. Si no podemos cuidarnos nosotras mismas, ¿crees que podremos
cuidar a alguien más?
—Estás rara, Luella. Muy rara.
Ni que lo diga. Claro que estaba rara. ¿Qué hacían ellas en una casa tan lujosa, con dos mastodontes en la puerta? ¿Quién demonios era Malcom M. Daniels y por
qué había reaccionado así ante su presencia?
Mientras Nell recorría la casa ella estaba sentada en la lujosa sala. De pronto la computadora del rincón llamó su atención y hacia allá se dirigió. Se sentó en ella, la
abrió y la encendió. Esperó el buscador y puso Malcom M. Daniels. Y se abrieron exactamente 1.987 entradas en dos segundos.
El señor estirado al parecer tenía antepasados que habían llegado con el Mayflowers, en 1620. Desde entonces, los Daniels habían estado al servicio de la Ley.
¡Santo Dios! Eso de tener el destino marcado, generación tras generación debió ser lo que convirtió al señor estirado en un amargado. Sorprendente. Lo que leí solo podía
ser considerado como sorprendente. Al parecer nuestro fiscal general era un millonario.
Cuando el timbre sonó me asusté. Hacía una hora que Nell me había avisado que se iba a dormir. Fascinada con la historia de los Daniels me había quedado
prendida al internet. Entonces me puse de pie en el mismo momento en que uno de los guardias abría la puerta dejando pasar a…
Creo que el solo verlo me hizo poner colorada, mi presión arterial ascendió y ciertas partes visibles e invisibles de mi anatomía se inundaron de solo verlo. Se había
quitado su Armani y ahora lucía definitivamente K.C. jean ajustadísimos, negros, de arriba abajo. El pelo oscuro se ve diferente, ya no se notaba peinado hacia atrás sino
suelto, con el fleco casi cubriendo sus ojos, y sí, sigue con sus infaltables gafas oscuras. El policía cerró detrás de sí y el maldito fiscal avanzó como toda una pantera
negra hacia mí. Algo a su alrededor parecía rodearlo, como una energía que no entendía pero que me afectaba

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