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Subiendo escaleras – Maria Rojo

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mi vida aún no era consciente de que si no amas lo que haces jamás lo que haces te amará a ti y por lo tanto te será complicado ser feliz en el trabajo. Pero me
conformaba a la par que soñaba con encontrar algo mejor. No quería darme cuenta de que aquel empleo triste y aburrido solo era el reflejo de mi interior.
Mis patrones mentales con casi 30 años aún estaban muy arraigados a mi familia de origen, “debes estudiar una buena carrera, has de aguantar en los trabajos, ser
responsable, buena persona y comprensiva con tu marido”. Y eso era. Exactamente todo eso.
Una buena chica casada con un novio de instituto al que no amaba lo suficiente y con un trabajo que no me gustaba demasiado. Una buena chica a quien la vida ese
verano de 2008 estaba a punto de darle un vuelco poniendo todo su mundo, y su cama, patas arriba.
Estudié Relaciones Laborales en la universidad. No era lo que quería hacer, yo quería ser bailarina, o periodista, o profesora. Pero la nota no me llegó para las dos
últimas y la primera opción estaba completamente fuera de sitio con unos padres como los míos. Primero una carrera de provecho hija mía, luego haz lo que quieras.
Así que me matriculé en RRLL.

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Nací en el hospital de Terrassa un 15 de noviembre de 1978, tres semanas antes de La Constitución. Hija de una familia de emigrantes andaluces provenientes de
Almería, mis padres llegaron a tierras catalanas con 10 y 12 años y empezaron a trabajar nada más pisar Barcelona. Poco después, con apenas 15 y 17 años se
conocieron, se enamoraron y se casaron. Y se vinieron a vivir a Terrassa cerca del trabajo de mi padre y allí nacimos mi hermano, Alfonso, y yo. Mi madre siempre
cuenta que mi nacimiento fue un parto fácil y rápido, mi hermano me había dejado el camino preparado para salir. Explica orgullosa que no lloré sino que abrí los ojos
con ganas de verlo todo y cuando me entregaron a mi emocionada mamá sonreí como si me alegrara de verla. Soy la pequeña de dos hermanos y he tenido la suerte de
irme encontrando muchas puertas abiertas que no he tenido que pelear. Salir hasta tarde, disponer de mayor libertad, no dar información que no sea absolutamente
imprescindible (gran consejo de mi hermano Alfonso) y no tener remordimientos (otro consejo fraternal) por saltarme alguna de las ideas morales inculcadas en casa,
aunque la gran mayoría de las veces cumplía las normas a rajatabla. Los amo tal como son. Tienen sus defectos, sus carencias y sus virtudes pero no imagino mi
pasado de otra manera que no sea con ellos. Mi madre dependienta de una frutería en el mercado y mi padre trabajador en el textil y, tras la crisis del sector en el 92, en
una fábrica de piezas de plástico en el polígono Santiga de Barberà del Vallés.
Padres sencillos, buenas personas. Pendientes de que no nos faltase de nada de lo que ellos no tuvieron y de darnos el máximo de educación posible. Madre de mano
suelta a la hora de enseñarnos modales y padre ausente por las tantas horas que siempre echaba en las fábricas, no permitieron jamás, a pesar de las épocas
complicadas y más justitas, que nos faltaran unos reyes, libros nuevos cada Septiembre o un regalito bajo la almohada del ratoncito Pérez.
Crecimos entre risas y alegría, primos, muchos primos, piscina de pueblo, veranos en Almería, colegios públicos y ropa reciclada. Fuimos felices.
Fui una adolescente normal. Mis amigas eran mi epicentro como cualquier quinceañera y escuchaba extasiada a Bon Jovi, El último de la fila y Alejandro Sanz. Leer
era una de mis aficiones, los chicos y el cine las otras dos. Me gustaba salir a bailar y tomar algo con mis amigas, soñar con todo lo que quería hacer en la vida y tomar
helado con mi hermano por las noches mientras nos confesábamos los pecados. Se puede decir que fui una hija que no dio muchos problemas. Sobre todo porque
aprendí a contar a mis padres de la misa la mitad.
Mis padres solo querían lo mejor para nosotros, o lo que ellos consideraban lo mejor para nosotros. Pero agradezco que no me mortificaran cuando decidí dejar la
carrera.
No me gradué, no la quise acabar. Era fácil, no era una carrera complicada, no daba lugar a tener que pensar mucho, solo a memorizar. El derecho civil y la sociología
del trabajo me gustaban, sacaba notas superiores a las del instituto, pero no la finalicé, nunca me interesó demasiado, el cuarto año de universidad encontré trabajo en un
despacho de abogados como administrativa. Al acabar bachillerato, antes de entrar en la UB cursé un CFGS en administración de empresas. Eso ayudó mucho a que les
gustase aún más mi CV. Reduje el ritmo de estudio para compaginar horarios. Este último año en realidad no era un año académico como tal sino un curso dedicado a
acabar asignaturas colgadas de segundo y tercero, así que lo fui postergando hasta dejarlo del todo y no finalizar mis estudios. A Javier le molestó, se enfadó conmigo y
lo manifestó con mayor intensidad que mis propios padres quienes, buena gente por encima de todo, decidieron entender que la aplazara unos años porque quería
trabajar en aquel despacho. Javier no lo entendió. Javier Gutiérrez de León, así se llamaba el catedrático de Derecho Administrativo más atractivo y sexi con el que
jamás habría soñado encontrarme como profesor. Nos acostamos durante un curso entero, o incluso más. Empezamos a explorar nuestra anatomía a finales de segundo
dándonos un merecido descanso en verano porque aquello era una total locura. En septiembre me metí de nuevo en su cama y ya no salí hasta que en cuarto me marché.
Odiaba derecho administrativo, siempre fui más de Políticas y Constitucional, pero Javier sabía acariciar mi cuerpo y moverse como pocos, me hacía subir al cielo de
una manera que nadie había hecho hasta entonces, pues mi edad era corta pero la experiencia no. Por entonces yo tenía 22 años y él 45, y no había nada que yo pudiera
enseñarle a aquel hombre que él ya no supiera. Quizá eso era lo que me embaucaba… su seguridad, su tristeza oculta bajo aquellos ojos marrones oscuros, su pelo negro
y rizado, la capacidad para comprender a todo el mundo aun no estando de acuerdo, su aplomo, su paciencia, su lujuria desenfrenada, su inteligencia, su calor cuando me
abrazaba… me tenía fascinada, no enamorada, pero sí bastante loca por él. Javier estaba casado y siempre tuve claro que no era la primera ni la última alumna que se
llevaba a la cama. Era tan atractivo, pero sobretodo sexi, que resultaba imposible no caer rendida a su mirada. Más que un profesor de derecho parecía un jefe de la
policía secreta, o al menos según mi idea de cómo debe ser un jefe de policía secreta. Siempre iba en tejanos oscuros, camisa sin corbata y primer botón desabrochado.
Solía llevar una americana informal en invierno. Estiraba los rizos hasta hacerlos ondas que echaba para atrás con gomina. Y siempre, siempre, olía bien, Axe y Dior
Homme creo recordar que usaba. Parecía más joven, cuando lo vi por primera vez me recordó a José Coronado. Yo siempre he sido más de rubitos de ojos claros, pero
me cautivó. Y como el mismo Coronado, era un conquistador nato. Vivía en Sarrià en un precioso piso que nunca visité con sus dos hijas y una cornuda consentida a la
que la nómina de su marido el abogado catedrático le compensaba su sufrimiento interior.
Javier apostaba por mí. Era un hombre con mucha vida a sus espaldas y un alto nivel de inteligencia emocional. Sabía calar a las personas. Yo por aquel entonces
solo era una joven pretenciosa con verborrea que se creía capaz de comerse el mundo porque sabía lo que era un habeas corpus. El miraba mi interior y me decía
constantemente que tenía potencial y talento y que debía abrir mi mente, creérmelo y mostrarlo al mundo. Pero la verdad es que nadie me había enseñado a creer en mí a
ese nivel, no sabía cómo hacerlo, no es una asignatura de la escuela el potenciar la autoestima y la confianza en uno mismo, tampoco en casa sabían enseñar lo que ni tan
siquiera conocían, así que él no iba a darme lecciones ahora. Lo que si aprendí, y mucho, de Javier fue a disfrutar con el sexo. Tras su paso entre mis sábanas me volví
tremendamente exigente con los candidatos que osaron conquistarme.
Tras vencer el contrato en aquel primer trabajo en oficina, haber pasado más de un año sin tener contacto con Javier y sin ganas de volver a la Universidad, entré a
trabajar como dependienta de ropa en una tienda en Barcelona y me casé con Raúl. Raúl era un buen tipo, del barrio de toda la vida, habíamos sido novios durante año y
medio en el instituto, luego lo dejamos, él se puso a trabajar en la en la tienda de electrodomésticos de su padre y yo empecé la universidad. Años después un sábado
noche de fiesta y borrachera en las Carpas de Sant Quirze nos vimos, nos acostamos y nos casamos. Fue todo de golpe, sin analizarlo demasiado. Me hacía sentir bien,
segura, querida y respetada. Era un buen chico, trabajador, de confianza y yo una persona que no se sentía feliz y él me hacía reír y daba forma a mi futuro. Enraizaba
un poco mi vida.
No me casé enamorada, él sí. Pero lo quería muchísimo. Me sentía bien a su lado y sobretodo no imaginaba ya la vida sin él dándome la mano, sin su protección y
cariño. Los dos primeros años de matrimonio fueron buenos. Con Raúl las cosas eran sencillas y fáciles. Compartíamos tareas del hogar, respetábamos nuestro espacio
propio para yo quedar con mi amiga Laura o ir a pilates y él ir a su fútbol y a tomar cervezas con los colegas de la peña. Raúl era futbolero, del Barça y del Terrassa.
Jugaba en un equipo de barrio desde los 5 años, entrenaban los martes y jueves noche y hacían liguillas entre barrios del Vallés Occidental todos los domingos. Irlo a ver
era un suplicio. Suponía sonreír a mujeres embarazadas rodeadas de críos y tremendamente incultas. Nunca sabía de qué hablar con ellas, y ellos eran todavía peor.
Rudos garrulos de periferia sedientos de cerveza, cachondeo, fútbol y Fórmula1. Mis niveles de tolerancia por aquella época eran mínimos. Cuán equivocada andaba…
Ahora sé que solo eran espejos, eran la imagen reflejada en el exterior de todo lo que no me gustaba de mi interior, de aquello que me asustaba llegar a ser. No los
detestaba a ellos, detestaba esa parte de mí que veía en su forma de vivir. Mi miedo a que mi lado barriobajero, que lo tengo, saliese a flote y se apoderara de mi
borrando por completo la posibilidad de ser algo mejor me acojonaba, y los odiaba a ellos como si inconscientemente pensara que me iban a contagiar su conformidad
ante la vida. Supongo que cada día en silencio y sin aceptarlo echaba más de menos un futuro abstracto que se desvanecía antes de haberlo imaginado a fondo. Lo que
podía haber sido y no fui. O lo que quería haber sido y no perseguí.
Sin darme cuenta veía como Javier tenía razón, me estaba atrapando en una vida que no era la que mi alma anhelaba. Y lejos de respetar a aquellas personas felices en
su mundo familiar y sencillo las criticaba con ira y rabia. Me estaba engañando desde hacía años viviendo con un chico maravilloso al que quería pero no amaba, ni a él ni
a su mundo. Un marido con el que muchas veces no podía hablar de lo que realmente deseaba hablar, no entendía de política, economía o arte y tampoco hacía por
ponerse al día del mundo y sus circunstancias. Un muchacho bueno, noble y sencillo que sabía defenderse en la cama pero que jamás sería mi Coronado. La ansiedad
semana tras semana, mes tras mes y año tras año golpeteaba mi pecho y mi glándula timo se hacía cada día más pequeña y arrugada por falta de luz y energía. Pero no
me daba cuenta, o no quería admitirlo, solo esperaba que algo cambiara que algo me motivara. Y quien debía cambiar quizá era yo.
II
Paco y Rocío se colaron en nuestra rutina a través de alguna grieta de la que yo no era consciente y se acomodaron a nuestro sofá y a nosotros como si hubiésemos
sido amigos toda la vida.
Paco era andaluz y había conocido a Rocío una Semana Santa que ella fue de vacaciones a Málaga con su tía. Se enamoraron y ya no se separaron nunca más. Ella
estudiaba para oposiciones como administrativa al ayuntamiento y aprobó así que decidieron trasladarse a vivir a Terrassa pues el trabajo fijo de ella les suponía una
tranquilidad económica que bien valía la pena dejar atrás Málaga y el puesto en la fábrica que él allí tenía. Para Paco yo sé que no fue tan fácil como ante Rocío contaba.
Dejar su cuadrilla de amigos, a su madre a la que tan unido estaba y un trabajo donde llevaba 8 años fue duro. Pero Rocío lo valía. Llevaban ya dos años juntos y aún
notabas el brillo de los ojos de él al mirarla. Sentía envida, envida al ver cómo se miraban, como se tocaban… Yo deseaba eso y no lo tenía con Raúl.
Este tipo de sentimientos y reflexiones solo los compartía con Alfonso, mi hermano. A Laura le contaba muchas cosas pero temía revelar algo tan íntimo como el
hecho de no estar enamorada de mi marido. Aunque Laura me conocía tanto que no había nada que hiciera falta contar. Alfonso, fiel testigo de mis secretos se limitaba a
acariciarme el pelo y decirme hermanita estás loca. Deja a ese calzonazos y búscate un tío de verdad. Pero uno de tu edad no un viejo casado por favor. A Alfonso le
caía bien Raúl, no eran amigos pero se llevaban bien en las reuniones familiares. Sin embargo sabía que yo no era del feliz.
Paco, un andaluz muy guapetón, se parecía mucho a Raúl, tanto que a veces me daba rabia. Al trasladarse a Barcelona encontró trabajo en el polígono Santa
Margarita de Terrassa, cerca de su casa y pronto se ganó a sus compañeros con su gracia y profesionalidad. Era moreno, como Raúl, alto y fortachón y lucía unas
piernas fuertes y musculosas propias de los jugadores de fútbol. Parecían hermanos, cómo podían parecerse tanto en todo.., bueno en casi todo. Paco era del Betis. Mi
Raúl siempre del Barça. Se hicieron amigos nada más conocerse. El primer día que el malagueño apareció en la peña de fútbol, animado por el primo de Rocío que
conocía a uno de los chavales que jugaban, se los ganó a todos, pero sobre todo a Raúl, en ese preciso instante, esa misma tarde, nació una amistad casi fraternal que
duraría mucho tiempo. Hasta que Raúl se enamoró de Rocío. Hasta que los celos y la traición lo empañaron todo.
Reconozco que soy celosa, pero jamás sospeché de nada. A veces soñaba y hasta deseaba que Raúl conociera a otra mujer y me dejara, rompiendo así mi vida y
dándome la oportunidad de empezarla de nuevo sin cargar con culpa y responsabilidad. A veces imaginaba que estaba enamorado de Paco y decidía dejarme por él pero
seguir siendo amigo mío, al final si te dejan por otra es competición directa pero si te dejan por otro no es más que alguien que ha vivido una mentira que ha debido ser
demasiado dolorosa como para añadir reproches por parte de la esposa. Otras veces fantaseaba con irme con los dos a la cama, con él y con Paco. Me gusta fantasear.
Es sano y reconozco me imaginaba con los dos a lo Maribel Berdú en aquella película Mexicana donde se lo montaba con Gael García-Bernal y Diego Luna. Pero solo
eran eso fantasías. No se me hubiera ocurrido jamás llevarlo a cabo y mucho menos jamás hubiera imaginado que Rocío, la pelirroja de ojos miel con cara de ángel,
funcionaria de ayuntamiento y amante de la repostería fina, me lo propondría en serio como posible regalo de cumpleaños para Paco. A cambio me ofrecía regalarle lo
mismo a Raúl, acostarnos las dos con Paco y luego con Raúl.
– Vamos tonta, a mí no me vas a decir que nunca lo has pensado. ¿Qué te crees que no me he fijado como a veces miras a mi Paco? No te lo digo con mal rollo,
a mi marido la idea de acostarse con las dos le va a encantar, y al tuyo sé que también. Puede ser divertido y queda entre nosotras. Vamos… Tendrías como
mínimo que valorarlo…
Me pareció tan sumamente aberrante que ese mismo día nuestra amistad se fracturó para siempre. Nunca se lo conté a nadie, me sentí sucia solo de pensarlo. Me
encantaba soñar con la idea de dos hombres en la cama pero eso era solo una fantasía y que aquella tipa me propusiera acostarme con su marido y luego ella con el mío
sobrepasaba mi concepción de la normalidad dentro del sexo. No me interesaba en absoluto.
Yo ya había oído hablar de este tipo de prácticas. Javier lo hacía, sabía que mientras estaba conmigo también se acostaba con varias personas a la vez y que había
participado en juegos sexuales de alto voltaje. Me encantaba preguntarle sobre esas cosas y el enfurruñado y alterado me decía que era una niña todavía para saber de
todo aquello. Además que ese tipo de juergas no iban conmigo, -¿Y qué va conmigo si puede saberse profesor?- entonces al sentirse desafiado ante mi pregunta me
callaba con un beso que siempre acababa con un orgasmo doble, el suyo y el mío. Porque Javier siempre sabía, con la boca, con las manos, con su miembro, llevarme al
cielo del placer. Luego me acariciaba el pelo castaño, en aquella época lo tenía muy largo, no como

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