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Libro Tal vez mañana – Colleen Hoover

Libro Tal vez mañana - Colleen Hoover

Libro Tal vez mañana – Colleen Hoover

PDF Descargar Querido lector:
Tal vez mañana es más que una simple
historia. Es más que un simple libro. Es
una experiencia que deseamos y
agradecemos compartir contigo.
He tenido el placer de trabajar con
el músico Griffin Peterson para crear
una banda sonora original que acompañe
esta novela. Griffin y yo hemos
colaborado estrechamente para dar vida
a estos personajes y a sus canciones y,
de ese modo, proporcionarte una
auténtica experiencia lectora.
Recomendamos escuchar las
canciones en el orden en que aparecen
en el libro. Escanea el código QR que
encontrarás más abajo para
experimentar la banda sonora de Tal vez
mañana. El código te permitirá acceder
a las canciones y también al material
extra, en el caso de que desees saber
más sobre la colaboración y la
ejecución de esta idea.
Gracias por formar parte de nuestro
proyecto. Para nosotros, crearlo ha sido
una experiencia increíble, y esperamos
que disfrutarlo se convierta para ti en
una vivencia igual de asombrosa.
COLLEEN HOOVER Y GRIFFIN
PETERSON
Para escuchar las canciones, debes
escanear el código QR de arriba.
Descarga la aplicación gratuita
Microsoft Tag, coloca la cámara de tu
teléfono a unos centímetros de la
etiqueta y prepárate para deleitarte con
lo que viene a continuación.
Para acceder a este contenido,
también puedes visitar la página
http://www.colleenhoover.es o
http://www.maybesomedaysoundtrack.com.
Prólogo
Sydney
Le acabo de atizar un puñetazo en la
cara a una chica. Y no a una chica
cualquiera. A mi mejor amiga. A mi
compañera de piso.
Bueno, creo que desde hace cinco
minutos es mi excompañera de piso.
Ha empezado a sangrarle la nariz
casi de inmediato y, durante un segundo,
me he sentido mal por haberle pegado.
Pero luego me he acordado de que es
una zorra mentirosa y traidora y me han
entrado ganas de darle otro golpe. Y lo
habría hecho de no ser porque Hunter lo
ha impedido al interponerse entre
nosotras.
Así que en lugar de dárselo a ella, se
lo he dado a él. Por desgracia, a Hunter
no le he hecho daño. Al menos no tanto
como me he hecho yo en la mano.
Pegarle un puñetazo a alguien duele
más de lo que imaginaba, aunque
tampoco es que hubiera dedicado mucho
tiempo de mi vida a pensar qué se siente
al propinarle un golpe a otra persona.

Pero, ahora que he visto un mensaje de
Ridge en mi teléfono, me están entrando
ganas de hacerlo otra vez. Otro con el
que tengo que ajustar cuentas. Ya sé que,
técnicamente, él no tiene nada que ver
con el follón en el que estoy metida
ahora mismo, pero podría haberme
avisado un poquito antes. Sólo por eso,
también me gustaría atizarle un puñetazo
a él.
Ridge: ¿Estás bien? ¿Quieres subir hasta

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Pues claro que no quiero subir. Ya
me duele bastante la mano. Si subiera al
apartamento de Ridge, me dolería
todavía más después de haber terminado
con él.

Me vuelvo para mirar hacia su
balcón. Está apoyado en la puerta
corredera de cristal, observándome, con
el teléfono en la mano. Ya casi ha
oscurecido, pero las luces del patio le
iluminan la cara. Me mira fijamente con
sus ojos oscuros, y la forma en que
curva los labios en una especie de
sonrisa dulce y apenada hace que me
cueste recordar por qué estoy enfadada
también con él. Se pasa la mano libre
por el pelo que le cae sobre la frente y
su preocupación se hace más patente.
Aunque tal vez sea una expresión de
arrepentimiento. Como correspondería.
Decido no contestar y, en lugar de
eso, le hago una peineta. Él niega con la
cabeza y se encoge de hombros, como si
quisiera decir «lo he intentado». Luego
entra en el apartamento y cierra la puerta
corredera.
Vuelvo a guardarme el teléfono en el
bolsillo antes de que se moje y echo un
vistazo al patio del complejo de
apartamentos en el que he vivido durante
los dos últimos meses. Cuando nos
mudamos aquí, el abrasador verano de
Texas estaba devorando los últimos
vestigios de la primavera, pero este
patio parecía seguir aferrado a la vida.
Los senderos que llevan a los distintos
portales y a la fuente situada en el centro
estaban flanqueados por hortensias de
intensos tonos azules y violeta.
Ahora que el verano ha alcanzado su
más desagradable punto álgido, el agua
de la fuente se ha evaporado. Las
hortensias no son más que un triste y
marchito recuerdo de la emoción que
sentí cuando Tori y yo nos instalamos
aquí. Contemplar ahora el patio,
derrotado por el verano, se me antoja un
inquietante reflejo de cómo me siento en
estos momentos: derrotada y triste.
Estoy sentada en el borde de la
fuente de cemento, ahora vacía, con los
codos apoyados en las dos maletas que
contienen la mayoría de mis
pertenencias, a la espera del taxi que
debe pasar a recogerme. No tengo ni
idea de adónde me va a llevar, pero sí
sé que cualquier sitio es preferible a
éste. Dicho de otro modo, soy una
sintecho.
Podría llamar a mis padres, pero eso
sería darles la munición que necesitan
para empezar a bombardearme con el
rollo ese del «ya te lo dijimos».
«Ya te dijimos que no te fueras a
vivir tan lejos, Sydney.»
«Ya te dijimos que no te
entusiasmaras con ese chico.»
«Ya te dijimos que si elegías
Derecho y no Música, te pagábamos los
estudios.»
«Ya te dijimos que pegaras con el
pulgar fuera del puño.»
Bueno, vale, puede que nunca me
enseñaran la técnica correcta del
puñetazo, pero, si tanta razón tienen
siempre, deberían haberlo hecho, joder.
Cierro el puño, luego estiro los
dedos y después vuelvo a cerrarlo. Me
noto la mano muy dolorida y no me cabe
duda de que tendría que ponerme hielo.
Me dan pena los chicos. Dar puñetazos
es un horror.
Y hay otra cosa que también es un
horror: la lluvia. Siempre encuentra el
momento más inoportuno para caer,
como ahora mismo, cuando acabo de
convertirme en una sintecho.
Al fin llega el taxi y me pongo de pie
para coger las maletas. Las arrastro
mientras el conductor baja del coche y
abre el maletero. Antes de llegar a darle
la primera maleta, se me cae el alma a
los pies al recordar que ni siquiera llevo
el bolso.
Mierda.
Echo un vistazo a mi alrededor,

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hacia donde estaba sentada con las
maletas, y luego me toco el cuerpo,
como si el bolso fuera a aparecer como
por arte de magia colgado del hombro.
Sé exactamente dónde está. Me lo quité
del hombro y lo tiré al suelo justo antes
de atizarle un puñetazo a Tori en su
carísima nariz a lo Cameron Diaz.
Suspiro. Y luego me echo a reír.
Claro que me he dejado el bolso. De
haberlo llevado encima, mi primer día
como sintecho habría resultado
demasiado fácil.
—Lo siento —le digo al taxista, que
en este momento está cargando la
segunda maleta—. He cambiado de idea.
Ya no necesito un taxi.

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Sé que hay un hotel a poco más de
medio kilómetro de aquí. Si reúno el
valor necesario para entrar otra vez y
recuperar el bolso, iré a pie hasta allí y
me quedaré en una habitación hasta que
decida qué hacer. Total, ya estoy

empapada.
El taxista vuelve a sacar las maletas,
las deja en la acera justo delante de mí y
se dirige de nuevo a la puerta del
conductor sin mirarme siquiera. Sube al
coche y se aleja, como si mi cambio de
idea le supusiera un alivio.
¿Tan patética parezco?
Cojo las maletas y regreso al mismo
sitio donde estaba sentada antes de
darme cuenta de que también soy una
sinbolso. Levanto la vista hacia mi
apartamento y me pregunto qué pasaría
si subiera a recoger mi monedero. La
verdad es que he armado una buena
antes de largarme, así que casi prefiero
ser una sintecho bajo la lluvia a subir
otra vez allí.
Me siento encima de la maleta y
analizo la situación. Podría pagar a
alguien para que fuera a buscármelo,
pero… ¿a quién? Por aquí no hay nadie
y, además, ¿cómo sé si Hunter o Tori le
darían mi bolso a un desconocido?
Esto es un horror. Sé que al final no
me va a quedar otra que llamar a algún
amigo, pero ahora mismo me avergüenza
demasiado contarle a cualquiera lo
ingenua que he sido durante los dos
últimos años. He vivido completamente
engañada.
Ya odio tener veintidós años, y eso
que aún me quedan 364 días más.
Es todo tan asquerosamente patético
que estoy… ¿llorando?
Genial. Ahora estoy llorando. Soy
una sintecho y una sinbolso llorona y
violenta. Y, aunque no me gusta nada
tener que admitirlo, también tengo el
corazón destrozado.
Sí, estoy sollozando. Deduzco que
esto es lo que se siente cuando te
destrozan el corazón.
—Está lloviendo. Date prisa.
Levanto la vista y veo a una chica
justo encima de mí. Se cubre la cabeza
con un paraguas y me mira con inquietud
mientras salta de un pie al otro, como
esperando a que yo haga algo.
—Me estoy mojando. Date prisa.
Su tono es un poco autoritario, como
si me estuviera haciendo un favor y yo
me mostrase desagradecida. Arqueo una
ceja al mirarla y me protejo
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