---------------

Tan nosotros – Ana María Draghia

Tan nosotros – Ana María Draghia

Tan nosotros – Ana María Draghia

Descargar Tan nosotros En PDF necesitaba mirarle para saber cuál era la expresión de
su rostro. Permanecí en silencio, con la cara envuelta
por mi corto, pero abundante, cabello color avellana. Al
final noté cómo la cama se hundía bajo su peso.
Levanté la mirada. No dije nada. Era perfectamente
consciente del procedimiento a seguir con Eric:
esperar. Siempre esperar.
—¿Qué tal en la galería? —me preguntó señalando
el libro de mi regazo.
—Muy bien —sonreí y sus hoyuelos me
devolvieron la sonrisa—. ¿Qué tal en el hospital?
Eric se despeinó el pelo, rubio ceniciento, y se
tumbó en la cama, con las manos sobre la cara. Era el
momento de renunciar a mi lectura. Dejé el libro sobre
la mesita de noche y me tumbé al lado del enfermero
más atractivo que conocía. Tenía, después de Ricardo,
los veintiséis años mejor llevados. Le aparté los brazos
de la cara y le obligué a mirarme, pero parecía
distraído.
—Eh, ¿qué pasa?
—Por lo visto, tenerme solo los viernes por la
noche y desayunar contigo a la mañana siguiente no le
bastaba —las palabras se atropellaron en su boca, pero
no necesité que repitiera nada, sabía a qué se refería.
Laura era la chica. La única que había conseguido
que Eric se centrara solo en una mujer, aunque eso no
implicaba que lo hiciera del todo. Trabajaban juntos,
codo con codo, pero los viernes por la noche eran más
que eso: amigos y amantes. Sobre todo amantes. Las
paredes eran sensibles en aquel edificio. Siempre
sucedía lo mismo: ella llegaba sobre las ocho de la
tarde, se iban, daban un paseo, cenaban fuera, en algún
restaurante con velas —pese a que a Eric no le
gustaban—, volvían a casa, hacían el amor —varias
veces— y a la mañana siguiente, mientras él seguía
durmiendo, ella venía a mi habitación con dos tazas
humeantes de café y un plato de tortitas recién hechas.
Adoraba a Laura, era la única que sabía preparar
tortitas en condiciones. Sin embargo, hacía dos
semanas que nos las probaba. He de reconocer que
echaba de menos su presencia en la casa. Nunca
antes me habían traído el desayuno a la cama, y era
algo a lo que una podía acostumbrarse fácilmente.
Decidí bromear sobre el asunto, no me gustaban los
dramas.
—¡Pues vas a tener que hacer algo! —le di un
pequeño codazo en las costillas—. No me condenes,
por favor te lo pido, a las tostadas churruscadas de
Ricardo. Porque aunque él insista, no, no saben bien.
A duras penas le arranqué una sonrisa.
—No sé qué más quieren de mí las mujeres —dijo
al tiempo que negaba con la cabeza, demostrando que,
en realidad, no lo sabía.
Podría habérselo dicho. Haberle confesado que los
desayunos con Laura eran más que ver las noticias del
fin de semana, que se habían convertido en un pequeño
confesionario en el que ella se empeñaba en narrarme
con detalle y detenimiento todos sus encuentros.

Tan nosotros – Ana María Draghia

Podría haberle dicho que a veces acababa llorando
porque estaba enamorada de él y no le quedaba otra
alternativa que desayunar conmigo. Podría haberle
dicho que estaba harta de ser la chica de los viernes y
que lo único que deseaba era ser la chica.
Simplemente la chica. Pero no se lo dije, porque no
hubiera cambiado nada.
—Yo tampoco lo sé —arrugué un poco la nariz—.
De hecho —interrumpí la frase, le miré de arriba a
abajo y él siguió el camino que recorrieron mis ojos—,
no sé por qué quieren nada contigo.
Me atrajo hacia sí y me dio un beso sonoro en la
frente.
—Eric —susurré—. Haz lo que tengas que hacer,
pero si no vas a hacerlo bien, mejor no hagas nada —
le recomendé.
—El problema es que no sé lo que tengo que hacer,
porque tener y querer no coinciden —volvió a frotarse
los ojos.
—Tendrás que ver a cuál le das una oportunidad
—le guiñé un ojo.
Ricardo abrió la puerta de par en par y puso los
brazos en jarras al vernos.
—Si vais a estar metiéndoos mano mientras yo
preparo la cena, podríais, por lo menos, avisarme —lo
dijo serio, pero yo me reí al ver su cara de indignación.
—¡Envidioso! —acusó Eric abrazándome un poco
más. Me zafé de sus brazos.
—¡A cenar! —insistió Ricardo.
Nos levantamos de la cama y le seguimos a la
cocina. Había preparado ensalada de col, como todos
los jueves, y pechuga de pollo a la plancha, como todas
las noches. Podría haber dicho hasta dónde estaba de
la pechuga, pero decidí que era mejor callar. Cogí una
botella de agua fría de la nevera y tres vasos. Nos
sentamos como siempre, ellos dos en los extremos y yo
en el medio. Ricardo recorrió todo mi cuerpo con sus
ojos azules antes de que me sentara.
—¡Deja de hacer eso! —dije atrayendo la mirada
de Eric, que estaba demasiado distraído sirviéndose
ensalada.
—¿Hacer qué? —me preguntó Ricardo mientras
cortaba un trozo de carne y se la llevaba a la boca.
—¡Mirarme así!
—¿Así cómo? —preguntó Eric.
Me volví hacia él e intenté buscar las palabras
adecuadas.
—¡Como…! —hice una pausa, levanté un poco las
manos, intentando apresar la expresión perfecta—.
¡Como si fuera un trozo de tarta de chocolate en medio
de una dieta!
Ambos rieron a carcajadas. Tal vez me había
pasado con la comparación, no era fea, pero tampoco
era un exquisito y sabroso pedazo de tarta. Miré el
pollo reseco y mi boca dibujó una torcedura poco
agradable.
—¿Eso he hecho? —preguntó Ricardo.
—Lo haces mucho últimamente —le reproché—.
Deja de hacerlo porque me hace sentir incómoda.
No podía manifestar el porqué.
—Deberías tomártelo como un cumplido —me dijo
Eric mientras intentaba hacer pasar el pollo por su
garganta bebiendo agua.
—¡Lo intento! —expuse, y, adoptando una
expresión dramática, miré a Ricardo—. Pero me siento
violentada —recité, recordando uno de los diálogos de
la telenovela de los domingos por la tarde.
Ricardo me dio un empujón que hizo que me
tambaleara en la silla.
—¡Eres idiota!
Comencé a reírme, cosa que llevaba rato
intentando no hacer. Me gustaba mofarme de ellos,
aunque siempre desde el cariño.
—No te miraba por eso —siguió hablando—. Sino
por otra cosa.
—¿Tal vez ha llamado tu atención las pronunciadas
arrugas de mis pantalones? —Los miré a los dos—.
¿Se nos ha estropeado la plancha y no me he
enterado?
Se miraron entre sí, intercambiando una sonrisa de
complicidad. Eran buenos chicos, amables y
trabajadores, pero la fregona y la lejía eran para ellos
como una operación algebraica para mí, una tarea
ardua.
—¿Y por qué me mirabas, pues? —pregunté al ver
que no me contestaría a la primera.
Acabó de masticar y me devolvió la mirada.
—Puede que el lunes, cuando viniste a la oficina,
algún que otro becario hiciera alusión a tu curvilínea
figura.
Eric intentaba no reírse, pero al cabo de unos
segundos de disimulo, se dejó llevar.
—¿Ah, sí? —pregunté como si no me importara,
aunque, por desgracia, quería saber más. Hacía tanto
tiempo que no me hacían un cumplido, que había
olvidado casi por completo la definición de este.
—¿Cuánto tiempo hace que no sales? —preguntó
Eric. Miré el reloj de la pared.
—Tres horas —contesté mientras bebía un sorbo
de agua.
—No me refiero a eso, y lo sabes.
—Va a salir mañana —me anunció Ricardo.
Dejé el cuchillo y el tenedor sobre el plato, me
crucé de brazos y esperé una explicación a ese

Tan nosotros – Ana María Draghia

rotundo comentario.
—¡No me mires así! —dijo imitando mi voz, pero
mi cara le indicó que no estaba para bromas—. Te he
conseguido una cita. Bueno —se quedó pensativo—,
no te la he conseguido, me preguntaron por ti —frunció
un poco las cejas—. ¿Te acuerdas de Héctor?
Recordaba a Héctor, el desgarbado y sonriente
becario de Ricardo, el publicista y amigo más déspota
que había tenido. El chico había venido algunos fines
de semana a casa, para trabajar y pelotear a su jefe.
De ello dependía su aumento de sueldo y su
permanencia en la empresa. He de reconocer que
tenía un talento natural para dejarse mangonear por
Ricardo, lo que no me gustaba.
—¿Qué pasa con él?
—Que él es tu cita.
Decir que mi cara reflejaba perplejidad era
quedarse corta.
—¿Que voy a salir con tu becario? —me llevé un
trozo de pechuga a la boca y mastiqué enfurruñada.
—No tienes nada mejor que hacer.
Metió el dedo en la herida sin ningún
remordimiento. Lo peor era que tenía razón. Nada
mejor que hacer. Me limitaba a mi trabajo que, la
mayor parte del tiempo, me mantenía distraída y
ocupada, aunque eso no significaba que con eso
tuviera suficiente. Aun así, no quería ser la chica
soltera a la que sus amigos le buscan citas para
desprenderse de ella.
—Olvídalo —concluí.
—Dany… —el tono de voz de Eric me puso en
alerta, una mezcla de súplica y reproche que no me
gustó demasiado.
—¿Qué necesidad tengo de ir a cenar con el chico
que te lleva el café? —formulé un poco más enfadada
de lo que esperaba.
—¡Danielle! —dijo Ricardo dando un golpe en la
mesa—. Irás a esa condenada cita.
—¿Es una orden, Ricardo? —levanté las cejas de
una forma tan insinuante que él tuvo que sonreír.
—Por favor —juntó las manos como si estuviera
rogando a Dios—. Te vendrá bien salir, desprenderte
de estos pantalones al menos por unas horas —agarró
y elevó un poco la tela de mi pantalón y la dejó caer de
golpe—. ¡Diviértete! —resoplé y el continuó—:
Además, ya le he dicho que estarías encantada de salir
con él.
—¡Está bien! —me puse de pie—. Iré a esa
dichosa cita.
—Bien —contestaron los dos al unísono.
—Ahora siéntate y acaba de cenar —añadió
Ricardo.
Intenté escabullirme, pero no hubo manera, así que,
indignada, me senté de nuevo. Me trataban como si
tuviera diez años, supongo que, en parte, debido a la
diferencia de edad. Siempre habían cuidado de mí, y
eso implicaba que hicieran y deshicieran a sus anchas.
Aunque en parte estaba enfadada, y a pesar de que
Héctor no era mi tipo en absoluto, me fui a la cama
pensando en la cita, en lo que me pondría, en adónde
iríamos. Ricardo había hablado de ir a bailar, tal vez él
supiera algo. Me apetecía colarme en su habitación e
interrogarle hasta el amanecer, pero aún me quedaba
algo de dignidad. ¿Y quién me decía que no iba a
pasarlo bien?
«Diviértete», había dicho Ricardo. Sí, tenía que
hacerlo, no podía seguir viviendo en el pasado, aunque
este me persiguiera a todas partes.
Capítulo 2
Estuve todo el viernes por la mañana deambulando
por la galería, atendiendo a los visitantes,
inspeccionando las piezas y los jarrones de terracota
que acababan de traer y ayudando a Elia, la secretaria,
a hacer el programa provisional de la exposición que
íbamos a inaugurar en dos semanas. A las once de la
mañana, justo en el momento en el que empezaba el
caos de las visitas escolares, noté que los dedos de las
manos me temblaban como la gelatina de kiwi que
preparaba mi madre en la cafetería que regentaba
junto a mi hermana. ¡Mi hermana! Cuando le contara
el embrollo en el que me había visto envuelta, seguro
que procuraría cachondearse de mí como si esa fuera
su única razón de ser. Sonreí mientras limpiaba la taza
de té verde que acababa de tomarme, porque en el
fondo adoraba aquellas conversaciones con Lena.
Dejé mi taza junto a la de Elia y la de mi jefe, que
acababa de entrar en la sala de descanso con cara de
pocos amigos. Si no me equivocaba, cosa que no
pasaba a menudo, iba a caerme una reprimenda.
Aunque aún no sabía por qué.
Me coloqué bien el blazer y, al ver que no me
decía nada, seguí recogiendo los restos de mi almuerzo
sin mediar palabra.
—¡Ya está! —di un brinco cuando oí su voz grave
y enfadada—. ¡Voy a despedir a ese hombre!
Tomó asiento en el pequeño chester de una forma
muy poco elegante, algo inusual en el hombre más
sofisticado para el que había tenido el placer de
trabajar. Cerré la cremallera de mi bolsa de mano y a
continuación me coloqué un mechón de pelo rebelde
tras la oreja.
—¿Perdona? —pregunté sin entender a qué se
refería.
—¡El vigilante! —espetó como si yo fuera
estúpida. No me gustaba cuando utilizaba ese tono,
pero supongo que a nadie le gusta que le chillen.
—Rafael —corregí, tal vez porque le imaginé
refiriéndose a mí como «la guía» y eso me irritó—.
¿Qué ha pasado? —indagué.
—Es demasiado torpe —explicó. Sus cabellos
castaños desprendían un brillo dorado por la luz que se
proyectaba sobre ellos desde la ventana que Marcos
tenía detrás—. Le he pasado muchas, Danielle, pero si
no tiene cuidado, podría causar daños insospechados a
piezas que cuestan miles de euros.
—Algunas, millones —siseé, pero por desgracia me
oyó igualmente.
Me fulminó con la mirada, como si no hubiera
buscado mi aportación en ningún momento. Cuando
estaba de mal humor, y aunque no sucediera a
menudo, lo mejor que uno podía hacer era escuchar,
asentir y escabullirse del alcance de sus gélidos ojos
azules antes de que el sueldo de ese mes se viera
mermado. Bueno, en realidad, esto último solo había
ocurrido una vez. Una historia sin mayor importancia,
pero a la que siempre me gustaba hacer referencia.
Me fijé en los vaqueros oscuros y las zapatillas
negras que llevaba aquel día. Era un hombre al que
todo le sentaba bien. No era especialmente guapo,
pero tenía un atractivo difícil de explicar con palabras.
Llevaba cuatro meses comprometido y desde entonces
se había vuelto algo irascible. Los preparativos de la
boda debían de estar quitándole el sueño, y las ganas
de afeitarse, puntualizó mi subconsciente al detener mi
mirada en su barba. A sus casi treinta y cinco años,
aparentaba ser mucho más joven de lo que era, aunque
eso cambiaba cuando hablaba.
—Enseguida estarán aquí las visitas programadas
para las once y cuarto. Voy a avisar a Elena y a Raúl
—dije.
—¿Todo bien? —me preguntó con el ceño fruncido
al ver cómo me temblaban las manos tras depositar mi
móvil en el interior del bolso.
—Todo bien, jefe —contesté un poco más
animada.
No sonrió. No lo hizo en todo el día, pero no me
preocupaba, estaba demasiado lejos de L’ Art en esos
momentos.
Conté anécdotas a los niños y aparentes secretos
sobre las obras que habían venido
Tan nosotros – Ana María Draghia image host image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------