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Tan profundo, tan peligroso – Vertigo 2 – Marta Santés

Tan profundo, tan peligroso - Vertigo 2  – Marta Santés

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Resumen y Sinopsis De 

Tan profundo, tan peligroso (Vertigo 2) – Marta Santés

Traté de sujetar su pelo lacio al mismo tiempo en el que impedía que se fuese de morros contra la pared de enfrente de la cabina en la que nos habíamos metido.
No sé por qué te empeñas en meter tanto alcohol en ese cuerpo de duende que tienes, Carol. Te he advertido quinientas veces.
Lo sé, ¿por qué me dejas? balbució, la entendí de milagro, y luego le sobrevinieron nuevos espasmos.
Puse los ojos en blanco y traté de no tropezar con nada mientras le sostenía de la cintura y el cabello, con mi habilidad no aseguraba que no acabásemos las dos dentro
del váter.
Eh, ¿va todo bien por ahí? escuché la atiplada voz de Ali al otro lado de la puerta.
¡Va de perlas! jadeó Carolina, tratando de abrir los ojos sin éxito.
No podría haberlo expresado mejor repliqué, sujetándola con algo de esfuerzo. Era pequeña, pero eso no quería decir que tuviese peso de pluma.
¿Puedo ayudar? preguntó Alicia, pegándose a la puerta.
Intentando no soltar a Carol, me doblé para llegar al pestillo y así Ali pudiese entrar.
¡Agua! gimió Carolina. Y, por favor, no más espectadores. ¡Cerrar la puerta!
Alicia y yo intercambiamos miradas muy comunicativas y luego suspiré.
Quédate con ella, yo voy a por ese vaso de agua le dije, ofreciéndole el frágil cuerpo de nuestra ebria amiga.
Una vez libre, sorteé algunas chicas que retocaban sus rostros maquillados y me expuse de nuevo al ambiente penumbroso y la música estridente. No fue sencillo
llegar hasta la barra, y la chica despampanante de labios gruesos que servía las bebidas me miró como a un bicho raro cuando pronuncié la palabra «agua». Me ahorré las
explicaciones, de todas formas me importaba un pimiento lo que pensase.
Hacía calor. La calidez corporal de la gente a veces resultaba reconfortante, pero sin duda no en ese momento. Decidí que en cuanto le llevase el agua a Carolina me
saldría un rato fuera. Me preguntaba cómo sería capaz de llevarla hacia el otro lado del local sin terminar en el aseo solamente con el culo del vaso lleno. Tomé una
bocanada de aire cuando la chica sexy dejó el vaso sobre la barra y se marchó sin siquiera mirarme. No quería tratos con gente que bebiese agua, por lo visto. Y cuando
decidí abandonar la barra, hubo un sonido que me hizo detenerme de forma abrupta. Me giré, tratando de encontrar el lugar de donde había procedido e intentando
convencerme de que no se me había ido la cabeza. Parpadeé, enfadada por mi obsesión, y abandoné la búsqueda después de cinco minutos haciendo la tonta, mirando
entre la aglomeración de cabezas que abarrotaba el pub.
Pero volví a escucharlo, más cerca incluso.
Se trataba de una carcajada muy familiar, una risa musical que no había escuchado en mucho tiempo. Conteniendo el aliento y padeciendo por mi cordura, volví a
otear la sala con ojos nerviosos. Aquel sonido volvió a escucharse a través de la música y entonces pude localizarlo: logré ver una chaqueta de cuero negra y una cabeza
morena introducirse entre la multitud, alejándose e imposibilitando así que descartase mi desequilibrio mental.
Comencé a caminar con celeridad, sorteando cuerpos tratando de coger aire, persiguiendo el rastro de aquel chico como una maníaca.
¡Eh, Elena! Os estábamos buscando, ¿dónde estabais? ¡Os lo habéis perdido! profirió Alejandra, colocándose en mi camino.
Traté de esquivarla, aunque me di cuenta de que sería algo grosero pasar olímpicamente de ella.
Ahora no sé dónde se ha metido, pero ¡lo acabamos de ver! ¿Quieres que te lo presente?
Humm… después, Alex, eh… necesito salir fuera… para llamar por teléfono inventé, mientras notaba cómo se me nublaba la vista por los bordes a causa de la
frustración y el agobio.
Tal vez mis sesiones con el psicólogo hubiesen sido flojas al fin y al cabo. Lo que necesitaba de verdad era un psiquiatra, ¿acaso esperaba encontrarle en un pub a las
dos de la madrugada en Peñíscola? Fui lo más amable que pude en mis condiciones y esquivé a las personas con prisa, pateé la puerta de salida y respiré con desespero
el aire fresco de la noche. Llevándome las manos a los ojos, dejé caer la espalda sobre la fachada del pub, haciendo un esfuerzo enorme para no llorar.
Si mi padre me viese ahora mismo me reprendería; sola en aquella calle ancha medio desierta, frágil y expuesta al peligro. Lo que él ignoraba era que el peligro más
grande se encontraba dentro de mí, que a veces me daba la sensación de que algo se iba a romper o a estallar en mi interior, incapaz de soportar el dolor. Sujeté mi
estómago con fuerza, tratando de aminorar la sensación de vacío. ¿Cuánto tiempo duraría esto? ¿Cómo podría soportarlo?
No, ahora no es buen momento. Sabes que tengo unos horarios…
Esa voz se acercó precipitadamente desde la salida del pub hacia la calle opuesta con tal claridad que olvidé la línea que existía entre la realidad y la ficción. Levanté la
cabeza y abrí los ojos de par en par, viendo a un joven esbelto con el móvil pegado a la oreja pasar por mi lado, caminando hacia delante con aire distraído. Clavé la
mirada desenfocada por la locura en su ancha espalda, que se alejaba. De repente se detuvo, provocando que mi corazón también lo hiciese.
Entonces mañana, a las diez y media dijo, con esa voz que me provocaba espasmos. Sí, estaré allí puntual.
Comenzó a volverse, dando por zanjada la charla. Retiró el móvil de su oreja y se quedó quieto durante unos instantes en los que mi cuerpo trataba de procesar la
información que penetraba a mis oídos y mis ojos.
Finalmente, se giró del todo, con la mirada perdida en la nada y la cabeza levemente gacha, introduciendo el teléfono en el bolsillo de sus vaqueros. Verle el rostro fue
como una violenta descarga eléctrica, dolorosa y sin embargo paralizante. Los recuerdos asaltaron mi memoria de forma agresiva, poniendo en peligro mi equilibrio,
tanto mental como físico. Agradecía estar firmemente apoyada en la pared.
En algún momento, de vuelta al pub, sus ojos claros se elevaron despreocupadamente para contemplar a la extraña chica que se hallaba pegada a la fachada, justo al
lado de la puerta. Detuvo su avance de forma brusca, parpadeando y clavando los ojos en mí como si ante él hubiese aparecido algo inverosímil. Ambos nos quedamos
inmóviles, observándonos mutuamente como dos desequilibrados mudos.
¿Gael? extraje la voz con dificultad, tratando de respirar a la vez.
Gael abrió los ojos de forma desmesurada, frunciendo el ceño mucho a su vez. Entreabrió la boca y me observó con insistencia, como si quisiera asegurarse de que no
estaba alucinando.
Elena… exhaló en un susurro casi inaudible.
Noté un cosquilleo rodar por mis mejillas.
Rompió su posición inmóvil para avanzar precariamente hacia mí. Me invadió una especie de vértigo al asimilar que menguaba la distancia entre los dos, elevando las
manos con cuidado. Y cuando sus yemas rozaron la piel de mi mejilla, fue como si ambos sufriésemos una descarga simultánea: apartó sus dedos con una aspiración
sibilante y yo pegué un brinco de pura impresión, notando cómo todos y cada uno de los recovecos de mi cuerpo se erizaba de manera extremada. Volvimos a
quedarnos como figuras de piedra, y sus ojos transparentes y sumamente abiertos se tornaron acuosos.
Estás aquí, de verdad musitó con puro aturdimiento, y al escuchar su voz, el alivio me hizo cerrar los ojos, aunque procuré que fuese más un parpadeo lento
porque me negaba a perderle de vista.

Pages : 86

Autor De La  novela : Marta Santés

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Tan profundo, tan peligroso - Vertigo 2 – Marta Santés

No sabía si desaparecería frente a mí como en alguno de los sueños que había tenido, parecía real, pero la situación

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Vértigo, al borde del acantilado  Marta Santés

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