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Te encontré en el olvido – Hilda Rojas Correa

Te encontré en el olvido – Hilda Rojas Correa

Te encontré en el olvido – Hilda Rojas Correa

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David miró la hora en su
teléfono móvil, eran casi las doce de la
noche, sintió un deseo irrefrenable de
escuchar su voz, y solo la llamó.
Tuuuuuuuuuu… tuuuuuuuuu…
tuuuuuuuuu…
«No contesta… tal vez Ingrid ya
está dormida», pensó él, al ver que
llevaba varios tonos y ninguna
respuesta.
«El usuario al que llama no
contesta»…
—¡Qué mala suerte! —masculló
Con algo de brusquedad apretó el
aparato y por accidente volvió a marcar
—. ¡Mierda, la voy a despertar!
Iba a cancelar el llamado pero
escuchó la voz de ella que saludaba
desde el otro lado de la línea, el pulso
de David se comenzó a acelerar.
—Hola, amor, ¿cómo estás? —
saludó un poco nervioso, pero con una
sonrisa en los labios.
—Bien, mi chanchito, ya me iba
a acostar. —Bostezó ella sonoramente
—. ¿Todo bien?
—Sí… —Suspiró

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profundamente—, solo… es que te echo
mucho de menos. Quería escucharte.
—¡Ay, chanchito!, pero si nos
vimos ayer. No puedes ser tan mamón.
—Ingrid en el instante en que soltó esa
oración se dio cuenta de que estaba
metiendo la pata hasta el fondo—. Dime
eso cuando hayan pasado más de tres
días. Aún te siento entre mis piernas —
especificó con una risita coqueta.
David sintió una punzada de
vergüenza, se quedó con la sensación
inicial de la crítica. Ingrid tenía una
facilidad de hacerle sentir de esa
manera. «Pero no lo hace a propósito»,
justificaba él para no darle más vueltas
al asunto. Ya no importaba, ni siquiera
tomó en cuenta el comentario erótico de
ella. Ahora ya no ansiaba tanto oír la
voz de Ingrid.
Ambos quedaron en silencio por
un par de segundos que se volvieron dos
siglos. David iba a hablar pero…
—¡Delivery! —Fue el llamado
desde el interior de local que lo trajo de
vuelta a la realidad. Él se sintió un poco
aliviado, tenía la excusa perfecta para
huir de lo que sentía.
—Me llaman para un reparto…
me debo ir, Ingrid. Te amo. Descansa.
—Yo también, cuídate.
¡Chauuuu!
Fin del llamado.
Era la medianoche de un viernes
en Santiago, la hora punta para las
entregas de pizzas a domicilio en la
ciudad. David es repartidor de noche,
motoboy de entrega de correspondencia
rápida la mitad del día y estudiante de
ingeniería en construcción lo que restaba
de la jornada. En resumidas cuentas, sus
días son largos, extenuantes y llenos de
actividad. ¡Ah! y también agreguémosle
que intenta por todos los medios
mantener una relación amorosa con
Ingrid, a la cual con suerte ve un par de
veces a la semana. Se llevaban bastante
bien, pero a David le gustaría estar más
tiempo con ella, sentía que no era
suficiente lo que le entregaba a la mujer
que amaba, pero ella en realidad no se
hacía problemas por la falta de tiempo,
pues trabajaba a tiempo completo como
asistente gerencia de una importante
inmobiliaria, así que sus horarios para
compartir con David también eran
reducidos.
—Son dos pizzas, una hawaiana,
y la otra, mmm…. Está borroso aquí…
¡Ajá! doble queso y pepperoni. Colón
455, departamento 505, La Cisterna —
David, memorizaba la información que
leía del recibo para hacerse la imagen
mental del mapa del sector. Conocía
cada recoveco de la zona de reparto de
la pizzería como si se tratara de la
palma de su mano, llegar ahí sería pan
comido.
Se montó en su motocicleta, «La
Marilyn», ella era su mayor tesoro, y a
la vez su más fiel herramienta de
trabajo. Era económica, no le fallaba
nunca y básicamente vivía gran parte del
día montado sobre ella.
Encendió el motor, el potente
rugido lo envolvió y emprendió su
carrera contra el reloj, debía llegar a su
destino en diez minutos. Zigzagueaba a
toda velocidad, cruzando los semáforos
casi en rojo, corría veloz entre los
automóviles, microbuses y una que otra
bicicleta, dejando tras de sí una estela
de bocinazos e improperios de parte de
los choferes.
No tenía alternativa, si no era
osado, pagaba la multa por entregar
tarde el pedido. «Si llega un minuto
tarde, la pizza es gratis», versaba el
slogan de publicidad.
—Maldita sea la gente de
marketing, se nota que en su puta vida
han hecho una pizza y mucho menos la
han entregado en menos de veinticinco
minutos… Idiotas. —Ese era su eterno
rosario cada vez que lo mandaban a
repartir al filo de la hora límite, y desde
que bajaron el tiempo de entrega era
peor la cosa.
Le quedaban solo cinco minutos
cuando llegó al edificio donde debía
hacer la entrega, según su experiencia, si
el departamento no estaba más allá del
quinto piso, subía la escalera porque el
ascensor era un soberano desperdicio de
preciosos minutos.
—Vengo a entregar al
departamento 505 —anunció David al
conserje del edificio.
—Deme un segundito. —El
conserje, tomó un auricular y tecleó el
número del departamento con una
velocidad digna de un caracol con
muletas—. Aló, hay un joven que viene
a entregar… —Puso la mano sobre el
auricular—. ¿Qué es lo que trae? —
susurró.
David no podía creerlo, ¿el
viejo pensaba que tenía toda la noche,
acaso? Inspiró profundo para no perder
el control y no ahorcar al pobre tipo.
—Pizzas, vengo a entregar
pizzas. —Y apuntó las evidentes cajas
cuadradas de donde salía el olor de esas
exquisitas masas con queso mozzarella y
llenas de colesterol.
—Viene a dejar unas pizzas…
ok. —El conserje miró a David y cortó
—. Suba, joven. Quinto piso.
—¡Gracias!…
David corrió por las escaleras,
subiendo los peldaños de dos en dos con
su preciada y aromática carga, y solo le
quedaban tres minutos. El corazón
empezó a bombear con más fuerza, y ya
a la altura del cuarto piso, el cuerpo le
estaba empezando a pasar la cuenta y se
encontraba resoplando, pero aún tenía
fuerzas… Solo un poco más.
*****
¡Ding dong!
—Al fin llegó la pizza, yo voy a
abrir la puerta, pareces puta deprimida
con todo el rímel corrido y vas a
espantar al repartidor —dijo Marcelo a
su amiga que ya tenía hipo de tanto
llorar—… No me mires con esa cara, es
la verdad, pareces mapache.
Marcelo abrió la puerta y se
encontró con un joven repartidor muy
atractivo y jadeante, y por su
homosexual cerebro se le atravesó
inmediatamente una perturbadora escena
lasciva. Sonrió y el chico de las pizzas
solo esbozó una tímida y tensa sonrisa.
«¡Qué mala onda! Es hétero
hasta las re patas», maldijo Marcelo
mentalmente. Cualquiera que lo viera
nunca pensaría que Marcelo Riquelme
e s gay hasta la médula, de hecho, ni
siquiera habla como suelen caricaturizar
a los de su preferencia. Es un hombre
común y corriente… que le gustan los
hombres comunes y corrientes.
—Buenas noches, tengo el
pedido de… —Leyó la comanda—.
Ainelen Lemunao.
—Acá es —contestó Marcelo,
con un tono de voz neutral.
—Son dos pizzas, una hawaiana
y la otra es doble queso pepperoni…
—¿Y el helado? —interrogó
preocupado al ver que solo tenía las
cajas de pizza.
—¿Cuál helado? —preguntó de
vuelta totalmente desconcertado.
—Deberías haber traído un
helado de chocolate… ¡Ahhhh, tenemos
un problema! —afirmó pasándose la
mano por la frente.
—Esto es todo lo que me
entregaron —informó un poco nervioso
—, y en el recibo no dice nada más.
Debieron tomar mal tu pedido, lo siento
—explicó el joven de la pizza.
—¿Cómo te llamas?
—David… —Mierda, cada vez
que le preguntaban el nombre era para
plantar un reclamo del porte de Siberia
y después iba a tener que comerse la
tremenda «penqueada» de parte de su
jefe, se lo iban a regañar de lo lindo.
Marcelo salió del umbral de la
puerta y la juntó. Miró fijo y serio a
David, se veía que era un buen cabro.
—Mira, David. Estoy acá con un
tremendo problema, mi amiga, la
señorita Ainelen acaba de tener…
digamos un problemilla, y necesitamos
urgentemente ese helado de chocolate.
Las pizzas son para mí. Pero ese helado
es mi salvación. Está a punto de
colapsar, si la lleno de azúcar se
calmará, se dormirá y yo podré irme a
mi casa a una hora decente. Necesito ese
helado… a-ho-ra. —dijo con un tono
suplicante— ¿Puedes traerlo? Te doy el
dinero por adelantado, pero es
imprescindible que sea rápido.
—¿Qué? Oiga… —David se
rascó la cabeza, era el momento raro del
mes, con el cliente raro del mes, todo
junto en un solo reparto—. Va a ser
complicado, los helados se acabaron,
entregué el último en el pedido anterior.
—No puede ser. Es terrible,
mira, ven —Marcelo abrió un poco la
puerta y en silencio le indicó a David
que mirara. En el interior había una
mujer joven llorando como María
Magdalena. «Es un cuadro deprimente,
pobre niña», pensó él—. Si no tenemos
ese helado estoy fregado —continuó
Marcelo susurrando—. Soy un hombre
muerto de desesperación, por favor,
anda a una estación de servicio y
cómprame uno, de chocolate, con
almendras si puedes. Te lo suplico, no
puedo dejarla sola. Me parte el alma
verla así —dramatizó para apelar al
buen corazón de David—. Te daré una
jugosa propina —ofreció sin asco.
David no podía dejar de mirar a
la mujer que lloraba, estaba como
hipnotizado, había algo en ella que no
lograba identificar y le obligaba a seguir
observándola fijamente. Estuvo en un
extraño trance hasta que ella se dio
cuenta de que el tipo de las pizzas la
estaba espiando.
—¿Y tú que miras?, ¿que no has
visto nunca a una mujer llorar? —
increpó molesta y dolida, Ainelen tenía
mucha pena, rabia y dolor, y se estaba
desquitando con el repartidor curioso, y
básicamente, con cualquier ser humano
portador del cromosoma XY— ¿Por qué
no te vas a mirar a tu abuela?
—Basta, Ainelen… —ordenó
Marcelo firme como su fuera su papá—.
David me traerá el helado —aseguró sin
haber esperado la respuesta del
confundido repartidor—, se acabaron en
la pizzería. Deberías agradecerle por
ser un hombre tan bondadoso.
—Sí, claro —replicó sarcástica
sorbiéndose los mocos—. Todos los
hombres son unos cerdos y tienen toda
su bondad conectada con su pene.
Incluido tú, traidor —y volvió a
explotar en un llanto desgarrador.
—Sálvame de esta, por favor —
pidió Marcelo con real angustia y sacó
un billete de veinte mil pesos—. En
cualquier momento ella me corta las
pelotas.
—Ya, bueno. Hay una Copec
cerca… —Aceptó David el billete, y le
entregó las cajas de pizza a Marcelo,
cerrando de esta manera el trato y
comenzó a caminar en dirección a las
escaleras—. ¿Chocolate era el sabor?…
¿y si no hay de…?
—Del que sea, menos de piña…
Gracias, viejo… me has salvado el culo.
Nos vemos más rato
—Nos vemos…
Marcelo cerró la puerta y miró a
Ainelen y luego al cielo suplicando por
respuestas, su amiga nunca aprendía,
siempre se involucraba con la crème de
la crème de los imbéciles y terminaba
llorando. Cuando iba a ser el día que
conociera a un buen hombre que no le
fuera infiel, o que no fuera frío e
indiferente, o que no fuera vago… o
cafiche… o que no fuera casado… o
que no fuera gay. De hecho, hace tres
años él mismo le rompió el corazón, ella
lo amaba en secreto y un día le confesó
sus sentimientos. Todavía se le
apretaban las tripas a Marcelo al
recordar la cara de decepción de
Ainelen cuando le dijo que era más gay
que Freddy Mercury y Elton John juntos.
—Ya, guachita. El hombre de
las pizzas va a traer el helado. ¿Te
fijaste que estaba más bueno que el
créme brûleée?
Ainelen lo miró con cara de
odio, no era momento para fijarse en
hombres… Marcelo nunca iba a
cambiar, siempre le buscaba un «tipo
bueno que la mereciera», y ella nunca
tomaba en cuenta sus «candidatos».
—No, no me fijé —dijo
sonándose la nariz—. Ese tipo era un
sapo, un mirón, un metiche y más encima
estúpido porque no trajo el helado.
—Ya te salió la vena mapuche,
Ainelen. Los helados se habían acabado
y enviaron las pizzas sin tu tesoro.
David, así se llama por si te interesa, va
a ir a una Copec y lo va a traer.
—Uy sí, él es tan buen
samaritano —ironizó—, a lo mejor le
gustas y lo hizo para caerte bien y ganar
puntos.
—Estoy completamente seguro
de que le gustan las mujeres, a los
heterosexuales los huelo a treinta
kilómetros de distancia. —Marcelo
sonrió—. Ya arriba ese ánimo…
¿Quieres un pedazo? —Ella asintió con
la cabeza, Marcelo abrió la caja de la
pizza doble queso pepperoni y sacó dos
trozos, y se lo entregó. Ella empezó a
comer extasiada, estaba hambrienta—.
Así me gusta, que comas mucho antes de
la dieta del despecho.
Ainelen sonrió por primera vez
desde que el mundo se le hizo pedazos
esa tarde, ¿qué sería de su vida sin
Marcelo, su único y mejor amigo?
Probablemente sería mucho más
desastrosa y miserable.
El repartidor esa noche no
volvió.
Capítulo 2
David salió del edificio
sonriendo divertido. La situación que
acababa de vivir tenía una puntuación de
nueve en su «rarómetro» (y la escala era
del uno al diez). Se colocó el casco
negro, se montó en «La Marilyn» y
partió a una velocidad prudente a la
estación de servicio que estaba, según
sus cálculos, a unos cinco minutos.
Recordó a la joven que estaba
llorando al interior del departamento, se
veía tan vulnerable y a la vez tan fiera,
una extraña combinación. La cólera que
ella escupía por sus ojos era
escalofriante. «¿Qué le habrá pasado?»,
se preguntó, «probablemente fue un
hombre, a lo mejor era de estas minas
que se creen princesas, quizás qué clase
de loca es», especuló para desechar la
sensación que tenía cuando se quedó
pegado viéndola como lloraba.
Las calles en ese sector
residencial estaban vacías, y el olor a
tierra mojada rezumaba en todas partes.
Era un barrio viejo, así que a pesar de
ser viernes todo estaba en silencio, que
cada cierto rato era interrumpido por los
ladridos de los perros callejeros.
Al llegar a una intersección, el
semáforo justo cambió a rojo y David se
detuvo al lado de un automóvil que le
llamó bastante la atención porque era un
modelo de lujo, se notaba por las líneas
deportivas, elegantes. Las ventanillas
estaban cerradas, pero perfectamente
pudo ver en su interior que el conductor
lo estaba pasando de las mil maravillas
esperando la luz verde. En su regazo
tenía a una rubia haciéndole, al parecer,
la mejor felación del planeta.
David se quedó hipnotizado con
la escena, no podía despegar los ojos en
aquella dorada cabellera que era
acariciada, y que bajaba y subía a un
ritmo enloquecedor. De reojo vio que la
luz había cambiado a verde, pero ni él,
ni el tipo del auto siguieron con su
camino. No había nadie más que ellos en
ese instante, la calle estaba fría, húmeda
y desierta. Todo era tan decadente, una
mujer entregando sexo oral a su hombre
dentro de la privacidad del auto, y un
anónimo voyerista absorbiendo el placer
que ellos transmitían.
El rostro del tipo se contrajo en
éxtasis y embestía frenéticamente la
boca de la mujer, David lo sabía, era
evidente que el show había terminado,
lo que no sabía era que en ese preciso
momento su vida iba a cambiar para
siempre, aquella mujer rubia al terminar
su lúbrico trabajo y levantar su cabeza
le reveló un rostro muy familiar.
Ingrid.
Con una sonrisa felina y
satisfecha, limpiándose la comisura de
sus labios con el dorso de su mano…
Ingrid.
La que siempre se lo negaba
porque le daba asco.
Ingrid…
La misma que hace un rato le
dijo que también lo amaba.
Ingrid… Al parecer, todo era
gran mentira.
A David se le detuvo el corazón
por un segundo y un escalofrío le
recorrió toda la columna vertebral. No
podía creer lo que estaba presenciando,
era imposible. Ella no… Se aferró al
manillar con fuerza y sentía cómo los
músculos de sus brazos se desgarraban,
ese era su último y estéril intento para
convencerse de que no era una
pesadilla.
Pero no lo era, la pesadilla era
la cruel realidad.
En el centro de su pecho, el frío
se coló intruso, derrumbando todo lo
que él creía que era cierto y seguro, y se
sintió terriblemente vacío, pero
rápidamente ese vacío fue llenado por la
furia que no era capaz de controlar.
Ellos, inmersos en la felicidad post
orgásmica, ignoraba, por completo que
él había presenciado todo el espectáculo
carnal. La respiración de David estaba
repleta de ira, y hacía que sus fosas
nasales se dilataran, y que su pecho se
hinchara de sentimientos que bordeaban
la locura. Desesperado, se quitó el
casco, necesitaba aire, ¡quería respirar!,
¡qué horrendo era todo!, él la amaba, ¡la
amaba por la mierda!
La pareja melosa se besaba con
pasión entrelazando sus lenguas,
después aquel encuentro público y
furtivo, totalmente ajenos de su único
espectador que presenciaba el arrumaco
sexual.
«Esto no se puede quedar
así…», pensó él, y fue lo último que
razonó. Miró todo a su alrededor, se
bajó de la motocicleta y caminó
determinado hacia el automóvil. Levantó
su brazo y dejó caer con violencia el
casco que tenía en su mano derecha,
haciendo explotar el vidrio de la
ventanilla en millones de esquirlas,
dejando a la pareja aterrada en el
interior.
Ingrid al ver al atacante quedó
estupefacta, ¿por qué estaba David ahí?
La culpa, la mentira y la vergüenza se
aglutinaron en su alma, y se reflejaron en
su cara. Amaba a ese hombre que estaba
parado mirándola con odio, tristeza y
decepción, pero también deseaba la
posición, el dinero y el poder del
hombre que estaba en ese instante con
ella temblando de miedo.
—No intentes explicar nada,
Ingrid. ¡Esto se acabó aquí y ahora! —
declaró a viva voz, temblando, era un
esfuerzo supremo contenerse y no
matarlos a ambos—. No te quiero ver
más en mi vida. ¡Estás muerta para mí!
—Vámonos, José Patricio —
Ingrid susurró nerviosa a su
acompañante—. ¡¡¡Vámonos por la
misma mierda!!! —chilló presa de la
cobardía.
El hombre como acto reflejo
obedeció y aceleró el bólido, cruzando
desesperado y temerario la intersección
con luz roja perdiéndose en la
oscuridad, dejando un reguero de
frenazos y bocinazos de los autos que
transitaban en sentido contrario.
David se quedó solo en medio
de la calle con la vista perdida, sin
saber qué hacer con ese corazón que
estaba desangrándose de dolor. ¿Cómo
iba a olvidar semejante escena?, estaba
condenado a recordar el resto de su vida
a Ingrid chupándosela a su jefe,
traicionando bestialmente todo lo que
tenían, todo el amor que sentía por ella,
todos los esfuerzos que él hacía todos
los días. Estudiaba para poder tener en
el futuro un buen trabajo, y no partirse el
lomo como lo hacía hasta ahora,
trabajando en dos lugares para poder
juntar dinero para comprar una casa. Era
una sorpresa, porque le iba a pedir
matrimonio y tener una boda por todo lo
alto… en algún momento, cuando se
sintiera preparado y seguro. Pero ya no.
—Se acuesta con su jefe… —
murmuró mientras una lágrima
impertinente rodaba por su mejilla, y la
secó dolido con los dedos temblorosos,
antes de que siguiera quemándole la piel
—. ¡Eres una perra, Ingrid! ¡Te odio
conchetumadre!… ¡¡¡Te odio!!!… —
vociferó desgarrando sus cuerdas
vocales vomitando todo su rencor,
intentando vaciar ese amor que ya no era
correspondido, eliminarlo de todo su ser
—… Te odio… Te amaba, Ingrid… —
susurró acongojado—… ¿Por qué me
hiciste esto?, ¿qué hice mal?… ¿qué hice
mal?…
Se sintió mareado y adolorido,
se sentó con dificultad en la cuneta, el
nudo en la garganta le dificultaba
respirar. Estaba derrotado, cansado,
perdido y con el alma hecha trizas. Se
permitió llorar sin consuelo como si
fuera un niño. Gimió de dolor, porque su
corazón nunca había sufrido de esa
manera tan indescriptible. Nunca, en sus
veintinueve años de vida había probado
el amargo trago de la traición.
Lloró, lloró largamente hasta que
ya no le quedaban lágrimas para
derramar, sus ojos y su corazón estaban
secos. El dolor no se iba, no
disminuía… eso iba a tomar mucho
tiempo. Siguió sentado con la vista
perdida, intentado convencerse de que
tenía motivos para seguir
respirando.
—¡Saca tu moto del medio de la
calle, ahueonao! —gritó un conductor
molesto por la barrera que le impedía
transitar con normalidad, mientras hacía
una maniobra para evitar chocar la
motocicleta que estaba estacionada en
plena calzada.
David enojado levantó su dedo
del medio con cara de pocos amigos y
se irguió de mala gana para quitar a «La
Marilyn» del camino. El mundo se había
detenido solo para él, para todos los
demás seguía girando. No sabía cuánto
rato había pasado y no estaba de humor
para continuar trabajando esa noche, ni
todo lo que restaba de vida. En ese
instante solo deseaba morir.
Su teléfono móvil sonó
rompiendo el silencio del lugar, era su
jefe. Cerró los ojos fuertemente, e
inspiró profundo para poder contestar
con naturalidad.
—¿David?, ¿todo bien? —
preguntó su jefe, desde el otro lado de la
línea telefónica—. ¡Llevas más de una
hora con esa entrega, hombre!
—Sí, bueno, no. Se me echó a
perder la moto —mintió mientras se
pegaba el móvil a su oreja afirmándolo
con el hombro, y así poder tomar el
manillar de la motocicleta con ambas
manos.
—Mierda… ¿alcanzaste a dejar
el pedido?
—Sí… —En ese instante David
recordó el favor que le estaba haciendo
al tipo del departamento. «¡Mierda, lo
olvide!», masculló mentalmente—. ¿Por
qué me mandaron con el pedido
incompleto? Acaso no saben que soy yo
el que se tiene que mamar el mal rato
con los clientes —recriminó enojado,
desquitándose con su jefe.
—Porque los clientes están tan
cagados de hambre que de igual forma
aceptarán que no les lleven todo —
contestó Antonio sin ningún rastro de
culpa.
—Tengo para rato con este
problema —David insistió con su
mentira—. Voy a ver como vuelvo a
casa, mi turno ha terminado por hoy, lo
siento.
—No queda de otra, supongo.
Mañana me cuentas qué tal lo de la moto
para saber si llamo al Checho para que
te reemplace.
—No te preocupes, yo te
comento apenas tenga novedades en el
taller mecánico. Nos hablamos.
—Si no hay más alternativa….
Cuídate, chao.
David miró la hora, era la una de
la madrugada. Se puso el casco y subió
a la motocicleta para ir en busca del
maldito helado. No le gustaba dejar las
cosas a medias, y bueno, esa mujer
tampoco lo estaba pasando bien… igual
que él… En una de esas podrían
compartir el helado de la desdicha,
fantaseó, porque de pronto se sentía
terriblemente solo…
Si lo pensaba mejor, él también
necesitaba algo dulce y una sonrisa
amarga surcó su rostro. ¡Qué irónico! si
no fuera por eso, no se habría salido de
su ruta y no hubiera encontrado a…
Un bocinazo largo y atronador lo
sacó de sus cavilaciones. Un golpe
potente y violento lo expulsó diez
metros hacia adelante, y lo último que
sintió fue el azote de su cabeza contra el
pavimento sumiéndolo en la más
absoluta oscuridad.
Parecía que aquello que tan
fervorosamente deseaba, se había
cumplido inesperadamente, tal vez iba a
morir.
Capítulo 3
A las nueve de la mañana,
Ainelen entró en una de las habitaciones
de la Unidad de Cuidados Intensivos
para atender al paciente de la habitación
303. Los últimos días se dedicaba a
trabajar como china para poder
mantener su mente ocupada y olvidar.
Todavía era reciente el dolor de
descubrir que su flamante prometido ya
estaba casado, y que ella había sido la
amante, la vil y sucia «patas negras», sin
saberlo.
—¡Explícame qué significa este
certificado de matrimonio, Tomás!
¡¡¡Apenas llevas un año de casado,
infeliz mentiroso!!!
—Es solo por las apariencias,
no nos llevamos bien, dormimos en
habitaciones separadas.
—¿Y ahora me vas a decir que te
vas a divorciar? ¿¡¡Crees que nací ayer,
desgraciado mal parido!!?
—Te lo iba a contar…
Sacudió de su mente los malos
recuerdos y se concentró su labor, tenía
que dejar de sentir esa tristeza y
decepción. Cerró los ojos y luego los
abrió para enfocarse. Según le instruyó
la jefa de enfermería, debía asear al
joven que llevaba dos días en coma.
Según el historial, se había golpeado en
la cabeza en un accidente en
motocicleta, y aunque afortunadamente
tenía puesto el casco en el momento del
impacto, no fue suficiente. De hecho, el
hombre estaba de una pieza, en la ficha
médica se especificaba que tenía una
lesión en su cerebro pero tampoco era
tan grave, el resto de sus exámenes
estaban prácticamente normales. Era
como si él no quisiera despertar. Un
roble dormido.
—Buenos días… mmmm… —
leyó en la ficha el nombre del paciente,
interrumpiendo el invariable sonido de
los monitores que median sus signos
vitales—, David. Hoy te toca aseo,
espero que no te moleste que una mujer
vea tus partes, pero es necesario, estés
dormido o no, tienes que mantener tu
higiene personal, o si no las cosas se
ponen realmente feas —recitó ella su
discurso con naturalidad, que en este
caso daba lo mismo, pues el hombre
estaba inconsciente. Sin embargo, ella
prefería decir lo que iba a hacer… por
si las moscas.
Ainelen tenía todo preparado
para «bañar» a su paciente; agua tibia,
jabón, toallas, algodones. A ella no le
gustaba mucho la parte del aseo, porque,
bueno, era una verdadera ruleta rusa lo
que se encontraba bajo las batas.
Miró al joven mientras se ponía
los guantes quirúrgicos, su cara le
recordaba a alguien pero no sabía de
dónde. Se encogió de hombros,
seguramente no era nadie importante, y
procedió a quitar la manta que lo cubría,
para luego desatar las amarras de la
precaria bata que vestía el cuerpo del
hombre.
Remojó una toalla de algodón y
la estrujó quitando el exceso de agua, y
empezó a limpiar el rostro con suavidad.
Los movimientos que ejecutaba Ainelen
a la perfección eran mecánicos,
metódicos e impersonales. Luego secó
la humedad con otra toalla, la joven
mujer sonrió al ver que unas pelusillas
se le enredaron en la barba que estaba a
medio crecer y con dificultad se las
quitó una a una… Bruscamente sus
movimientos se detuvieron… De los
ojos del paciente emergían lágrimas sin
razón aparente. Era normal que las
personas en coma lloraran como acto
reflejo, pero Ainelen sintió una profunda
compasión por David, en él esas
lágrimas se percibían de manera
diferente. Para ella era terrible ver a un
hombre llorar, y peor aún, un hombre
que dentro de su inconsciencia lloraba
sin poder ser consolado.
El ceño de él se contrajo
levemente, y más lágrimas surgieron,
Ainelen secó sus ojos con suavidad, era
triste ser el testigo mudo de su
sufrimiento. «¿En qué recuerdo doloroso
estará vagando su mente?», se preguntó
Ainelen llena de compasión.
—Tranquilo, David. Todo va a
pasar… Tienes que recuperarte —dijo
Ainelen acariciando la negra y suave
cabellera de David, sintió un nudo en su
garganta, estaba tan sensible por todo lo
que ella misma estaba viviendo, y
proyectó todas sus emociones en él—.
Eres un hombre joven y buen mozo,
seguro que te llueven las mujeres, hasta
yo te pediría una cita descaradamente —
bromeó para alivianar el ambiente—.
Debes luchar, la vida siempre te da
segundas oportunidades. Solo tienes que
aprovecharlas cuando se te presentan —
aseguró con un hilo de voz y sonrió
parpadeando rápidamente para
ahuyentar las lágrimas que amenazaban
con salir—. No te dejes vencer…
Permiso, voy a seguir poniéndote guapo
para tus visitas.
Y continuó con el aseo, bajó la
bata hasta la altura del ombligo, y
limpió el ancho y musculado torso con
jabón. Tenía unos moretones en el
pectoral derecho, y al dirigir sus ojos al
izquierdo, notó que estaba decorado en
con un tatuaje muy realista de la Catrina,
y suspiró. David no solo era atractivo,
sino que también tenía buen cuerpo. «Ni
siquiera debería pensar que tiene buen
cuerpo, ¡no es ético, Ainelen!», se
regañó mentalmente, «seré profesional y
todo lo que quieran, ¡pero tengo ojos por
todos los pillanes!, y este hombre es un
bombón», se justificó.
Una cosa era estar llevando a
cuestas una desilusión amorosa, y otra
cosa era ser ciega, y ella no lo era.
Rápidamente prosiguió con la
tortura visual, porque poco a poco su
profesionalismo se iba haciendo humo.
Limpió y secó los brazos fuertes y
firmes, las axilas, las piernas duras
como si hubieran sido cinceladas, y por
último, debía limpiar la entrepierna, y
para ello, había que quitar el pañal…
Ainelen inspiró profundo, y miró
de reojo a David con una punzada de
culpabilidad…
—Lo siento, amigo, pero tengo
que sacar esto para limpiarte —se
excusó—. No seas tímido, veo fruteras
todos los días, un plátano y dos kiwis no
son nada del otro mundo —aseveró
mientras tiraba las cintas adhesivas y
abría el pañal—. ¡Por Antú! —exclamó
con pudor y tragó saliva— ¡Amigo, si
esta cosa está así dormida, no quiero ni
saber cómo es cuando está despierta! —
dijo a modo de halago—. Sí que te
deben llover las mujeres, David. Sí,
señor.
En treinta segundos y haciendo
acopio de toda su fuerza de voluntad y
del poco profesionalismo que le
quedaba, Ainelen hizo lo suyo, limpió
con algodones húmedos cada recoveco,
secó la piel y le puso un pañal nuevo al
paciente, le cambió la bata y lo volvió a
cubrir con la manta.
—Listo, limpio y fresquito para
tus visitas. Ha sido un enorme gusto
atenderte, espero que despiertes pronto.
—Ella sonrió, por un momento, David le
hizo olvidar su propia tragedia y le hizo
pasar un rato atípico en su trabajo—.
Nos vemos mañana —se

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Te encontré en el olvido – Hilda Rojas Correa

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