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Tease Intimidades universitarias– Sophie Jordan

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pudiera suprimir esa sensación de reconocimiento. Era uno de los más jóvenes entre los presentes, aunque mayor que yo. Probablemente menos de veinticinco. Saludó a
varias personas con la cabeza, agitando la mano y dando algunas palmadas en la espalda. Lo observé apreciativamente mientras bebía. El alcohol no ayudaba. De pronto
todo vibraba en mi interior, despierto, alerta.
No podía evitarlo. No podía quitarle los ojos de encima. Era demasiado hermoso. En un estilo atrevido y “no se metan conmigo”. Es decir, para nada mi tipo. Aun
así, mirar nunca lastimó a nadie. Siempre y cuando no se percatara de mi escrutinio.
Apoyé la cara en la palma de mi mano y con la otra terminé otro vaso de cerveza. Decididamente ahora me sentía bien. Al observarlo, sentí una especie de euforia.
Llevaba puesta una chaqueta de cuero, de líneas esbeltas, gastada en las costuras y los codos. Piernas largas enfundadas en jean, con una cadena que colgaba alrededor
de la cintura. Sus botas de motociclista lo acercaron a la barra. Aun con esa vestimenta, se veía espléndido.
Tenía el rostro enrojecido y agrietado por el frío. Su cabello estaba deliciosamente alborotado por el viento, en un cuidado desorden: más largo arriba y corto en los
lados; más de un universitario invertía mucho tiempo para lograr ese estilo. Apostaría cualquier cosa a que él no hacía más que pasarse las manos por el pelo al salir de
la cama. Se acomodó en un taburete frente al mostrador, como si se sintiera en su casa.
La cantinera, una mujer algo mayor con una cabellera de un improbable tono pelirrojo que lindaba con el púrpura, se estiró por encima de la barra y le dio un beso
rápido en la mejilla. Sí. Sin duda, un cliente habitual. Una nueva confirmación de que debía dejar de mirarlo, antes de que me viera.
–¿Qué tal si le tomas una fotografía? –desafió Annie, con un codazo.
–Es lindo –comenté y aparté la vista. Me dio hipo. Maldición. La cerveza siempre me da hipo. Un lamentable efecto secundario.
¿Dije lindo? Lindo, no. Sexy, caliente.
–¿Qué esperas? –me desafió–. Vamos. No sería noche de viernes si no te levantas a alguien, ¿verdad?
La fulminé con la mirada, aunque había algo de verdad en lo que decía. Su expresión indicaba un cierto desdén. Curioso, considerando que ella no era ningún ejemplo
de recato sexual.


–Debo ir al baño. Vuelvo enseguida –dije.
Esperaba que se pusiera de pie y viniera conmigo. Realmente no quería andar sola por ahí, pero ni se movió. Por supuesto que no. No era como Georgia y Pepper
que hubieran insistido en acompañarme en un antro como ese. Guau, no me dejarían sola ni en los lugares que frecuentamos. Eran fabulosas. Las mejores amigas que
tuve en mi vida. Era afortunada de tenerlas. El contraste con Annie lo ponía en evidencia. Resignada, me puse de pie. El salón se movió y me sujeté de la mesa para
equilibrarme.
Enfilé hacia el cartel de neón que indicaba los baños e intenté caminar en una línea recta. Lo conseguí. Creo. Hice caso omiso de los comentarios subidos de tono y
llegué sin incidentes. Había dos mujeres pintándose los labios frente al espejo.
Una de ellas se paralizó al verme, sosteniendo el lápiz labial rojo sobre su boca.
–Oh, tesoro, te has extraviado. No deberías estar aquí.
Bien resumido. Asentí y el movimiento me mareó, así que me quedé quieta y cerré los ojos unos instantes.
–Creo que me equivoqué de camino –admití, abriendo los ojos. Un camino equivocado que se inició al subirme al auto de Annie esa noche.
La otra mujer se volteó para evaluarme en mis jeans ajustados y mi suéter.
–Si fuera tú, subiría a mi automóvil y me iría al lugar de comidas rápidas más cercano –reprendió–. Esto no es para ti. A medida que avanza la noche se pone peor –
miró un reloj imaginario en su muñeca–. Te queda una hora.
–Gracias. No estaré mucho más aquí –al menos eso esperaba. Decidida a convencer a Annie, pasé al cubículo y luego me enjuagué las manos.
Salí del baño y me detuve en seco al ver una pareja que avanzaba a los tumbos por el pasillo. El hombre tenía su mano enterrada debajo de la falda de la mujer, lo que
dejaba la ropa interior a la vista.
Parpadeé varias veces como si eso pudiera aclarar mi visión. El tipo levantó a la mujer y pasó una de las piernas de ella por alrededor de su cintura, mientras la
arrinconaba contra la pared y la empujaba. La pierna extendida bloqueaba mi camino en el corredor. Dios mío. Tendrían sexo ahí mismo.
Se movían y sacudían de tal manera que era imposible pasar. No si quería hacerlo sin quedar incrustada en la pared o atravesada por esos tacones de aspecto letal.
Tampoco mis reflejos estaban en su mejor momento. No después de cuatro cervezas. ¿O fueron cinco?
Los observé, considerando qué hacer. Y fue entonces cuando lo vi a él, del otro lado de la pareja. Para ser precisa, lo noté a él notándome a mí.
No parecía registrar al dúo que nos separaba. Sus ojos estaban directamente sobre mí. Su mirada se deslizó por todo mi cuerpo. Sin ningún disimulo. Me estudió
minuciosamente, de arriba abajo, como si no entendiera nada. Y seguro que no, al fin y al cabo, yo no tenía aspecto de la típica clientela de Maisie’s. No con botas
negras hasta la rodilla, jeans ajustados y mi jersey de cachemira, color púrpura. No con los aretes de brillantes que me trajo papá en desagravio por haberse ido en
Navidad a Barbados con su novia. Al menos pasó Año Nuevo conmigo. Hice caso omiso del susurro que me recordaba que vino porque el romance terminó no bien
regresaron de la isla.
Los ojos del muchacho se posaron en mi rostro y descubrí que eran de un cálido y profundo color castaño. Se veía más hot, y mucho más alto que a la distancia, a
través del salón. Yo apenas superaba el metro y medio por unos pocos centímetros, y nadie –en especial los varones– precisaba mucho para hacerme sentir diminuta.
Casi no llegaba al hombro del Chico Motoquero.
Eliminé la imagen de inmediato. No importaba, jamás estaría tan cerca de él como para verificarlo. No era tan estúpida como para involucrarme con alguien así.
Al darme cuenta de que lo estaba evaluando con la misma intensidad que él a mí, desvié los ojos para cortar el contacto visual. Sentí que el calor trepaba por mi
rostro, que ya estaba acalorado por demás. Aún sin verlo, podía percibir su mirada. Permanecimos allí, con la pareja gruñendo y jadeando entre nosotros, mientras yo
intentaba poner cara de que eso no era para nada incómodo. Cara de no estar mareada, con las piernas flojas y lista para ser seducida por un tipo que tuviera su aspecto.
Levanté nuevamente la vista. Era imposible no mirarlo.
No llegó a sonreír, pero decididamente había un destello de humor en sus ojos. Su mirada se desvió hacia la pareja y luego hacia mí, otra vez. Estaba divertido. Apreté
mis labios en un afán de no interactuar con él. No quería darle una impresión equivocada, de ser una de esas chicas a las que les gustan los motoqueros.
Se hizo un espacio y me apresuré a pasar entre el dúo danzante. Enfilé hacia adelante en mis botas, y Chico Motoquero se hizo a un lado, mirándome desde lo alto.
Afortunadamente, el pasillo tenía el ancho suficiente como para que nuestros cuerpos no se tocaran. Gracias a Dios. Nos separaban unos centímetros, pero eso no
evitó que comprobara que sí, apenas alcanzaba su hombro. Era alto de verdad. Y si no hubiera estado borracha de antes, la proximidad me habría hecho sentir que lo
estaba.
Sus ojos castaños brillaron en la oscuridad. Me adelanté, fingiendo desinterés, como hacía cada vez que sentía las vibraciones que indicaban que un chico podía ser
más de lo que yo podía manejar. Si en mi mente había la más mínima duda de que el candidato en cuestión era demasiado para mí, simplemente lo eliminaba de la lista. Y
punto.
Me apresuré por el corredor y resistí la tentación de voltear. Todavía me observaba. Lo sabía. Sentía un cosquilleo en la nuca. Lo más seguro era que se preguntara
qué hacía una chica como yo en un sitio como ese, y que debía irme muy, pero muy lejos de ahí. ¿O tal vez era yo la que pensaba eso?
Regresé a la mesa y liquidé una cerveza más.
–¿Cuánto crees que falta? –le pregunté a Annie al cabo de unos minutos.
–Si hubiera sabido que te pondrías tan pesada, no te habría traído –se quejó ella.
–No tenía idea de que vendríamos a un lugar como este –protesté, al tiempo que miraba alrededor para buscarlo. No pude resistirme. Nuevamente en el bar, Chico
Motoquero recibía una botella de tres cuartos y conversaba con el tipo algo mayor y corpulento que estaba a su lado.
–¿Un lugar como este? Escúchate. Te sientes una princesa, Emerson.
Puse los ojos en blanco. Era ella quien usaba brillo corporal y olía a melocotón. Como si Campanita se hubiera echado toda su carga de polvo mágico encima. Terminé
el trago y extendí el brazo para servirme un poco más de la jarra que ya estaba casi vacía. Mi mente se sentía confortablemente aislada ahora, cálida y difusa. Hasta la
banda sonaba mejor.
El baterista me guiñó un ojo y le sonreí. Sí. Con él podía ser.
Paseé mis ojos por el salón y fueron hacia Chico Motoquero. Como si los sintiera, miró en mi dirección. Quité la vista con mis mejillas al rojo vivo. Linda manera de
mostrarte desinteresada, Em.
Estaba completamente ruborizada. No era normal que me pusiera así porque un chico se fijara en mí. Tal vez se debía a que aquí estaba fuera de mi elemento.
–¿Qué pasa? Te ves rara. ¿A quién miras tanto?
–A nadie –negué con la cabeza, y el movimiento hizo que girara todo el salón. Me llevé una mano a la sien para detenerlo.
Annie buscó alrededor, pero no lo vio.
–Ah –dijo. Seguí su mirada y sentí que me hundía. Sip. Lo había encontrado. ¿A quién más estaría observando yo en ese lugar? No había

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