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Tendrá tus ojos – Hector Cruz

Tendrá tus ojos – Hector Cruz

Tendrá tus ojos – Hector Cruz

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y sacudió ligeramente la cabeza.
─Nada, era una tontería…
El muchacho siguió caminando, metido en sí mismo, concentrado en la preocupación que poco a poco se había ido adueñando de su mente. Aquella preocupación
tenía que ver con los tres días de retraso de la carta, esa maldita carta que no llegaba y que, para bien o para mal, lo era todo para él.
─Bueno, Nacho, mañana nos vemos ─dijo Clot esbozando una sutil sonrisa, detenida en la esquina en la que sus caminos se separaban.
─Hasta mañana…
Su voz se perdió junto con sus pasos, alejándose de ella sin dedicarle ni una mirada, ni un gesto, ni una respiración, se limitó a subirse la capucha de la sudadera y a
ponerse los auriculares. Se quedó un par de segundos quieta, mirando cómo se marchaba, contemplando la figura de ese chico que ella veía tan inteligente, tan guapo, tan
atractivo “cada día me gusta más, me encanta su forma de moverse, de andar, sus espaldas… ¡uf, y menudo culo tiene!” Tras un suspiro, hondo y sentido, emprendió la
marcha hacia su casa.
Nacho deseaba llegar cuanto antes, se moría de ganas por entrar en el portal, abrir el buzón y encontrar el sobre anaranjado; un hermoso sobre repleto de corazones,
gaviotas, flores… aquellos dibujos le hubiesen parecido una auténtica ñoñada un par de años antes, pero desde hacía un tiempo los miraba con detenimiento, casi con
admiración; todo lo que Diana dibujada o escribía le parecía precioso, sobre todo si era él a quien iban dirigidas las palabras y los dibujos.
En sus orejas golpeaba potente, contundente y repetitivo el ritmo de Untouchable, un temazo de Pusha T. Estaba ansioso por llegar y abrir el buzón, sin embargo
tenía algo que hacer antes de ir a su casa, y es que había quedado con Guille en el local para llevarle un par de diseños para el grupo. Para él, igual que para su amigo, las
promesas eran intocables; prefería tener que alargar su agonía unos minutos antes que dejarle colgado.
Al girar la calle vio luz saliendo por debajo de la persiana del local. Pegó un par de golpes y se abrió la puerta lateral.
─Tú pasa de él, colega, no le hagas ni puto caso a ese pringado… ─le decía Guille a Edu─. ¡Qué pasa, tío! ─Exclamó al ver al recién llegado.
─Poca cosa ─dijo Nacho─ ¿Quién es el pringado? ─Añadió.
─Nada, ─Edu hablaba enfadado─ el idiota de Sándor, que quería quedarse con la peña y se ha inventado unas cosas sobre el grupo. El pavo ha ido diciendo que estos
eran unos drogatas y que donde iban la liaban, así que el dueño del garito en el que iban dar un bolo el mes que viene llamó a Guille para preguntarle qué pasaba,

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qué si
era verdad lo que se iba comentando por ahí, que él no quería gentuza en su garito.
─Menos mal ─interrumpió Guille─ que el dueño es el Fer, un colega del hermano mayor de Stack. Cualquier otro hubiera cancelado el concierto y listo, pero este tío
me llamó para aclarar las cosas.
─¿Y qué le dijiste? ─Curioseó Nacho.
─¡Qué le iba a decir, pues que eran patrañas! “¡Hala, Fer, no me toques las narices” le dije “nosotros no tenemos la culpa si un tío se fuma cuatro porros o una pava
se mete tres cubatas y después la lían. Por cierto, ¿quién te ha dicho eso?” Dudó unos instantes, pero al final me dijo que había sido un chaval alto, con la melena rubia y
chupa de cuero.
─ “¡Ese es el capullo de Andrei!” le dije a Guille ─añadió Edu.
─¿Andrei? ─Preguntó Nacho.
─Sí, tío, es el hermano de Sándor.
Nacho se rascó la cabeza y puso cara de no saber. Pero pronto cayó en la cuenta de quién se trataba:
─¡Ah, sí! Ya sé quién es, va a clase de Clot. Es un pringado que te pasas… yo no he hablado nunca con él, pero me mira siempre con mala cara, como si le debiera
pasta. Algún día le voy a decir “¡Eh, tú, si tienes algún problema conmigo dímelo!”
─Bah… ─Guille hablaba con desgana, como si aquel tema le resbalase─te digo lo mismo que le he dicho a éste: ¡pasa de él!
─¡Quién te ha visto y quién te ve! ─Dijo Nacho animadamente─ El curso pasado ya hubieras tenido bronca con él por mucho menos.
Edu miró a Nacho y le dijo sonriendo:
─Déjalo, está demasiado ocupado con la maqueta como para meterse en peleas.
Guille pasó de los dos y se rió.
─Por cierto, colega ─añadió Nacho─, hoy no has ido a clase
─No, no me hubiera concentrado… estoy currándome unas letras sobre las bases que me ha pasado Robe ─Guille se fue hacia los platos, que estaban encima de una
tarima junto con el resto del equipo de sonido.
─Vas a fliparlo, Nacho ─dijo Edu entusiasmado─, cada día las bases que se mete Robe son más cojonudas.
Guille encendió los platos, el portátil y los altavoces. En el local hacía frío, pero el ambiente era siempre espectacular; habían vivido en ese garito tantos y tan buenos
momentos que, sin darse cuenta, se había creado una especie de halo que lo envolvía todo y los hacía sentirse como en casa…tal vez mejor que en su casa. Además para
Nacho el local era un bálsamo, una especie de isla en la que se olvidaba, con la buena música y la compañía de sus colegas, de los malos ratos que pasaba cuando alguna
carta de Diana se retrasaba: “ojalá tuviera su Facebook o su Instagram… las malditas cartas son del siglo pasado, joder, las usaban mis viejos cuando eran jóvenes”
pensaba alguna vez, echando de menos la inmediatez y la espontaneidad de internet.
─Oye, Guille, esos altavoces son nuevos, ¿no? ─Preguntó al ver las membranas blancas de los bajos.
─Sí y no. Son unos Yamaha que me pillé en internet de segunda mano ─los acarició suavemente, como si en lugar de una caja acariciase a una chavala…había quien
decía que la única novia de Guille era la música y era posible, ya que había cumplido los dieciséis y no se le conocía ningún amor─. Son unos pepinazos de la hostia, tío,
sobre todo en los bajos y en los medios.
─En los agudos se quedan un poco pillados, podían ser más brillantes ─añadió Edu, que de sonido entendía un rato─, pero de todas maneras son la hostia.
─Ya pueden serlo, aún de segunda mano me han costado casi quinientos pavos…
─¿Te has gastado quinientos euros en un par de altavoces? ─Le preguntó nacho con cara de sorpresa.
Guille miró a su colega y sonrió.
─Cuando veas cómo suenan vas a ver que merece la pena.
Nada más terminar de decir eso la música empezó a sonar. Primero un “bajo submarino”, como los llamaba Robe, hizo temblar las membranas blancas de los
altavoces. Después un sonido de cuerdas, dulce y melancólico, rompió la monotonía del bajo. Junto con las cuerdas un sinte con un ligero eco de minimal house fue
subiendo de volumen hasta adueñarse de la melodía. La tensión de la introducción iba creciendo y pedía a gritos la entrada de la batería que, con muy buen ojo de Robe,
se demoraba unos segundos más, haciendo la espera casi insoportable.
De repente un silencio de dos segundos, una caja a contratiempo y por fin la tensión se rompió en el motivo principal. El sinte sonaba algo más áspero, el bajo
doblaba al bombo y las cuerdas se despedazaban a golpes para quebrar la melancolía y crear un tema cañero, alegre y duro a un mismo tiempo, de esos que te invitan a
saltar en el escenario como si fueses un crío de diez años.
─Esto se sale por todas partes ─dijo Nacho, alzando las manos y siguiendo el ritmo con un ligero vaivén de la cabeza.
─Esta peña va a triunfar, fijo ─la voz de Edu mostraba convencimiento y orgullo.
─Y espera a que Guille y Stack le pongan letra a esto.
Guille dejó la base sonando y se bajó de la tarima dando un salto para acercase hasta donde estaban.
─¿Me has traído los diseños? ─Le preguntó a Nacho.
─Sí, me los he currado mogollón, espero que te gusten
Sacó un pen del bolsillo de los vaqueros y se lo dio a Guille. Edu encendió su Tablet y estuvieron viendo los diseños que había hecho Nacho con el logo del grupo. La
música rebotaba por las paredes del local.
─A mí el que más me gusta es el rojo y negro…aunque también lo he hecho en verde oscuro y blanco.
─Me molan los dos ─dijo Guille.
─A ver qué os parece esto:─añadió Edu que, aunque ni creaba bases, ni rapeaba, ni hacía diseño gráfico, era una pieza importantísima porque tenía un ojo y un oído
privilegiados─ el logo rojinegro puede ir de puta madre para las camisetas blancas, y el otro, el verde y blanco para las camisetas oscuras.
─Así destacarán los colores del logo con el fondo ─Nacho asentía mientras hablaba─, creo que es una idea cojonuda
─¡Vale, me los quedo! ─Exclamó Guille
─Por cierto ─dijo Nacho con una irónica sonrisa─, ¿desde cuándo un grupo tiene las camisetas antes que la demo?
Los tres se rieron a carcajadas.
─Bueno, tíos, me piro a casa, que tengo cosas que hacer…─dijo Nacho, dejando una dudosa estela en sus palabras.
─¡Hala, nos vemos! ─Respondió Guille, que no se había percatado de que algo no funcionaba demasiado bien en su colega.
Edu se despidió añadiendo a sus palabras un leve movimiento de la cabeza:
─¡Hasta luego!
Nacho salió del garito tarareando la melodía. El frío golpeó su cuerpo, se subió la capucha y volvió a ponerse los auriculares; pocas cosas le gustaban tanto como
caminar por las calles escuchando música…bueno, había algo que le gustaba más, y era leer las palabras que le escribía Diana. Al irse alejando del local, como si el
hechizo se difuminara con la distancia, la melodía y el ritmo de la base de Robe se iban evaporando y en su lugar, poco a poco, ganaba terreno la angustia y la
incertidumbre.
El sol había desaparecido y la única luz que rebotaba en sus ojos era la de las farolas, que iluminaban la cortinilla cristalizada que se desparramaba lentamente, como si
el cielo fuese de espuma y alguien lo estuviese estrujando. Pero Nacho era extraño a todo aquello; a la noche, a la escarcha, a las luces rojas, naranjas y blancas de los
coches, a la gente que pasaba, a Clot… todo era un vago recuerdo, un humo lejano e insignificante que al lado de la anhelada carta no significaba nada.
Al fin llegó al patio, abrió la puerta y se dirigió a los buzones. Paró la música y se quitó los auriculares, daba la impresión de que en lugar de abrir un buzón fuese a
realizar un rito sagrado, algo que requiriese de la máxima concentración. Metió la llavecilla, la giró y abrió la portezuela lentamente: la carta que él esperaba no estaba,
solamente había sobres blancos de facturas y propaganda de todo tipo.
Mientras tanto, Clot miraba por la ventana con los ojos perdidos en la espuma escarchada, muriéndose por dentro, sufriendo amargamente por su amor. No sabía qué
podía hacer. “Ni siquiera quiere ir conmigo al cine”, pensó, y sus ojos azules brillaron como si fuesen de cristal.
Sus gustos musicales no eran ni parecidos a los de Nacho. En el ordenador sonaba Maldita dulzura, de Vetusta Morla, cuyas armonías, tristes y afiladas, hacían
todavía más dolorosa la tarde. Vio su rostro reflejado en el cristal de la ventana y tuvo ganas de llorar, de gritar, de correr, de dormir… era una muchacha convertida en
muñeca de trapo, incapaz de concentrarse en nada, incapaz de estar a gusto en ningún sitio y en ninguna postura. Nada le apetecía; no había ni una sola cosa que pudiera
hacerle olvidar el dolor que sentía dentro del pecho, esa presión grande e inflamada que apretaba su corazón hasta dejarlo estrujado como un trapo. Las palabras del
cantante se le clavaban en los oídos, y ella las repetía en voz baja, con tristeza: “maldita dulzura la tuya…” canturreaba, viendo sus labios fulgurar en la ventana como
dos sombras rojas.
Más allá, al otro lado de su cuarto, un cuarto que se le hacía agónico y pegajoso, caían las gotitas de lluvia. “Está lloviendo granizado” pensó y se acordó de la frialdad
de Nacho, y también de cuando ella sonreía al pensar que caminaban bajo una lluvia de cristales y sus ojos temblaron, de pena, de miedo, de frío, pues comprendió que
no caminaban juntos, que no eran dos bajo un mismo cielo; ella estaba sola, hundida en un universo distinto al de su amigo. La soledad helaba su corazón como una
gigantesca bola de hielo.
Capítulo 2
“Recuerdos”
Nacho estaba derrotado, tumbado sobre la cama, mirando al techo con esa misma cara de distraído que ponía cuando pensaba en sus cosas. “En sus cosas, éste está
siempre pensando en sus cosas” decía su padre cuando lo veía deambular por la casa, perdido, extraño, como un alma en pena, “algún día se le caerá el techo encima y
no se va a dar ni cuenta”. Sí, es posible que ocurriera así, sobre todo cuando la carta que tanto esperaba tardaba en llegar.
─¿Siempre has sido así de feo? ─Preguntó su hermano, que llevaba un rato mirándole desde la puerta de la habitación.
─No, es una enfermedad que se acrecienta con la edad ─Nacho era lento para las cosas del amor, pero instantáneo para los insultos y el cachondeo─. Fíjate, tú eres
tres años mayor que yo y eres tres veces más feo.
─Creo que te estás mirando al espejo…
Quimi, su hermano, había cumplido la mayoría de edad y entre el trabajo y la okupa se pegaba todo el día de aquí para allá. Era raro verle en casa. Se llevaban muy
bien, aunque estaban siempre picándose el uno al otro; aquella era la única manera que utilizaban para mostrarse afecto.
─Por cierto ─continuó Quimi─, ¿de qué está hecho el espejo de tu armario? ─Entró en la habitación y tocó el espejo con cuidado, recorriéndolo con sus manos con
cara de asombro─ Joder… tiene que ser de acero, porque para soportar tu fea cara todos los días…
Nacho ladeó la cabeza y le miró con gesto de “pasa de mí”:
─¿Ya has terminado?
Su hermano le miró fingiendo seriedad y dijo:
─¿Vas a llorar?
─No… a no ser que te quites las zapatillas, claro.
Quimi cambió la seriedad por la tristeza y cogió a su hermano por los mofletes, su mirada parecía traspasar la de Nacho:
─¡Dios mío, además de feo te has vuelto tonto!
─Ya sabes, hermanito, que desde pequeño te he imitado en todo.
─¡Muy buena! ─Exclamó Quimi.
─Gracias, he tenido buen maestro.
Ambos se miraron unos instantes; aunque no lo reconocieran jamás, tanto el uno como el otro estaban muy orgullosos de ser hermanos.
Quimi se sentó en la cama:
─Ahora en serio, Nacho, han llamado hace un rato preguntando por ti.
─¿Por mí?
─Sí.
Nacho intentaba adivinar quién le preguntaba por él, “si hubiera sido algún conocido me habría llamado al móvil… al fijo solo llama la familia…”
─¿Quién era?
Su hermano suspiró e hizo una breve pausa. Cogió aire y hablo con gravedad:
─No sé cómo decirlo…
─¡Venga, tío, dilo ya!
─Está bien… han llamado del circo, se ve que están buscando personal y habían pensado que tal vez tú…
─¡Serás gilipollas! ─Nacho empujó a su hermano hacia un lado con fuerza─ ¡Mierda, casi me lo trago!
Quimi se levantó he hizo un poco el idiota antes de hablar:
─Eres un inocente… ¿Vas a madurar algún día?
Nacho se sentó en la silla y encendió el ordenador. Se puso los auriculares como diciendo “me resbalas, tronco”. Se giró en la silla, su hermano seguía de pie,
mirándole con cara de cachondeo; volvió a girarse y mirando al monitor dijo:
─Si maduro ya te diré como se hace, por si te interesa a ti…
─Bueno, chaval, me piro ─dijo Quimi mientras le daba unos golpecitos en los auriculares.
Nacho dijo en tono burlón:
─¿Te vas con la Cuchipanda?
Quimi se rió. Le hacía mucha gracia esa forma de burlarse que tenía su hermano.
─Sí, he quedado con Marina para ir a la okupa…
─¿Te has atrevido ya a pedirle rollo?
El hermano mayor abrió los ojos de par en par:
─¿Cómo sabes que me mola?
─Dices “he quedado con Marina para ir a la okupa…” y entonces pones cara de gilipollas y los ojos te brillan, como si la polla se te hubiese hecho gaseosa.
─¿Tanto se me nota? ─Indagó Quimi con preocupación, pues pensó que si hasta su hermano lo notaba, el resto de la humanidad no sería ajena a su amor…
Nacho puso su mano sobre el auricular derecho y empezó a hacer como que hablaba con alguien a través de los auriculares:
─Aquí Nacho, tengo a un idiota enamorado que pregunta si se le nota demasiado… ¿síntomas?… pues a ver: cara de payaso, temblor de piernas, frases
incomprensibles, impotencia…
─¡Eh, no te pases! ─Gritó Quimi, que en realidad se lo estaba pasando en grande.
Pero su hermano no se inmutó y siguió haciendo el tonto:
─Perdón, mi hermano dice que no es impotencia, que se trata de eyaculación precoz…
Nacho no pudo contener entonces la risa y una carcajada llenó la habitación.
─Eres de gran ayuda, querido hermano, de verdad, una gran ayuda…─dijo Quimi con una mueca en su rostro─. Por cierto, la semana pasada Marina me dijo que a
ver si te pasabas algún día por allí.
─Sí, hace mogollón que no voy… pero es que tengo mejores cosas que hacer.
─¿Cómo cuáles? ─Curioseó Quimi con miedo a la respuesta.
─No sé… déjame pensar… ¿cualquier cosa, tal vez?
─Tú sabrás. Me voy, que al final no voy a llegar.
Mientras salía de su cuarto oyó que su hermano le decía:
─Quimi…suerte con Marina, esa tía mola.
─Sí, es la hostia…
Escuchó cerrarse la puerta y pensó que su hermano era un tío cojonudo. Al menos durante esos pocos minutos se había olvidado de la carta. Estuvo un rato mirando
unos videos en YouTube pero pronto se aburrió. “¿Y si bajo otra vez al buzón?”, pensó, y el simple hecho de tener esa idea en la cabeza le dio una pizca de fuerza y
decisión. Sin embargo la decisión y la fuerza se evaporaron como el humo cuando recordó que su madre le había dicho, para su desgracia, que por las tardes ya no
pasaba el cartero. No podía creérselo, pero la carta se iba a retrasar cuatro días, y eso no había pasado nunca.
Se miró en el espejo del armario, tenía cara de preocupación, de tristeza; ese mechón castaño que tanto le gustaba, caía por su frente como una fuente de pelo y le
daba un aspecto de chico triste que, para que negarlo, le sentaba bastante bien. Fue hasta la cocina, abrió la nevera, la tuvo unos segundos abierta y sin coger nada volvió
a cerrarla. Estaba haciendo lo que su vieja llamaba “movimientos robot”, es decir, todas aquellas cosas que se hacen mientras se piensa en algo totalmente diferente.
Había abierto la nevera sin la intención de coger nada, sólo como un acto reflejo.
Suspiró y se sentó en la silla roja, apoyando los codos sobre la mesa. Estuvo jugueteando con las servilletas, con la botella del agua, con la tostadora…todo fueron
movimientos robot. Tras tres o cuatro minutos de absurdos toqueteos se levantó y cogió un trozo de pan, que se metió en la boca y masticó lentamente.
Otra vez en su cuarto, se puso con la Play y empezó a jugar sin ganas. También los videojuegos le aburrían y a los cinco o diez minutos la apagó. Puso los pies sobre
la mesa, se colocó los auriculares y encendió el iPod. Lo último que había oído la tarde anterior era el último disco de Skrillex. Quizás no fuese la música más adecuada
para un momento de melancolía, pero él encontraba, en todas las melodías y en todos los ritmos, un atisbo de tristeza casi trasparente; una nostalgia, fugaz y sutil,
invadía su alma, escuchase lo que escuchase.
Y para rizar el rizo, como si no tuviese suficiente con la nostalgia que su propio cuerpo generaba a litros, la mala suerte quiso que después del disco de Skrillex sonara
una carpeta en la que él mismo había recopilado canciones que le gustaban. La primera que sonó, que era la que Nacho había puesto como apertura del disco, fue Don’t
You Worry Child, de Swedish House Mafia. El corazón le dio un vuelco; ese era un jueves triste en el que Nacho, recostado en su silla y oyendo una música que le sabía
a mar, sentía un dolor inmenso recorriendo su cuerpo. Afortunadamente el móvil sonó y le sacó de los pensamientos. Era Guille:
─¿Quién? ─Dijo nada más coger el teléfono.
─¿No tienes mi número grabado?
─Claro que lo tengo.
─Entonces ¿por qué preguntas “quién”?
─Yo qué sé, colega, no me ralles.
Guille se descojonó de la risa.
─Tío, últimamente estás muy raro… oye, he estado mirando bien los diseños y molan de la hostia…
─¿Pero?
─No hay peros.
─¿Entonces?
─Nada, que había pensado que podrías diseñar la portada de la maqueta.
Nacho hizo una pausa.
─¿Cuánto me vais a pagar?
─El doble que por lo de la movida de las camisetas.
─¿Cuánto es cero por dos?
Guille se reía bien a gusto y tardó unos segundos en contestar:
─Creo que cero… pero piensa que cuando toquemos en festivales y fichemos por Sony tus diseños valdrán millones.
─Está bien, lo haré, pero ahora estoy muy liado estudiando…
Otra vez sonaron las risas de su amigo.
─¿Desde cuándo estudias?
─Bueno, vale, estaba ocupado tocándome los huevos.
─Te entiendo… la tienes tan pequeña que llevas media tarde buscándotela, ¿verdad?
Ahora era Nacho el que se reía:
─Eres un capullo…
─Un capullo con un grupazo de Rap que necesita portada para una maqueta.
─Mándame algunas ideas sobre el diseño y veré a ver qué hago…
─Tío, eres un buen amigo.
─Lo sé.
Acto seguido colgó, con la risa de Guille todavía en sus oídos. Volvió a colocarse los auriculares y puso, a modo de tortura, el mismo tema que sonaba antes de la
interrupción de su amigo. La canción sonaba la noche en que la conoció a ella. Faltaban sólo tres días para marcharse de vuelta a casa.
Era un pueblecito pequeño y costero en el que sus padres habían alquilado una casa para ellos cuatro y su amiga Clot. Aquella noche se celebraban unas fiestas. Unas
fiestas cutres, pequeñas, aburridas. Él había pasado el rato de aquí para allá. Era tarde, tal vez medianoche. Afortunadamente ya había pasado el tiempo de los
pasodobles y ahora era el turno del Dj. No era David Guetta, de acuerdo, pero el chaval se estaba portando con la música.
Entonces, allí, en aquel pueblecillo, comenzó a sonar la canción. No era su tema favorito, ni muchísimo menos, pero se podía escuchar. Clot estaba por ahí, había
hecho buenas migas con un grupo de chicas del pueblo y la había visto poco esos días, además, su amiga tenía familia por esa zona, una tía segunda o algo así, él no lo
recordaba, y a veces pasaba el día con ella y con sus primos. Nacho estaba pensando en sus cosas, de repente, la vio aparecer entre la gente. No era ni la chica más
guapa, ni la más alta, ni la que tenía mejor cuerpo, y sin embargo a él le llamó la atención.
Aquella muchacha era extraña, caminaba con una soltura diferente, con una naturalidad que Nacho no había visto en las chicas que conocía; se abrió paso como un
sueño, como un fantasma de cuerpo femenino y suave entre el gentío que bailoteaba. No parecía querer llamar la atención de los chicos y sin embargo, o al menos así le
pasó a él, resultaba imposible dejar de mirarla. Al principio pensó que era cosa de las chicas del norte, pero recordó al resto de las muchachas del pueblo, con las que de
un modo u otro había tenido contacto en las dos semanas que llevaba allí y no eran diferentes de las de su ciudad. No, era aquella chica la distinta. La miraba sin perder
detalle, observando cada gesto, cada paso, cada movimiento de sus brazos. En un momento dado parpadeó y desapareció de su vista. La buscó con la mirada pero ya no
la volvió a ver aquella noche…
Despertó del sopor de los recuerdos y vio que Guille le había enviado posibles diseños para la portada. Su amigo sería un raper de la hostia, pero sobre diseño gráfico
no tenía ni idea. Antes de ponerse manos a la obra miró las paredes de su cuarto, que a veces eran de acero, otras veces eran de espuma, espuma de mar, y se preguntó si
recibiría alguna carta más o ese amor se había acabado. “No, no puede ser… es imposible que lo nuestro no sea real”
Capítulo 3
“Hojas en el viento”
El otoño se mostraba en todo su esplendor. Reventaban los árboles en mil colores, las aceras estaban plagadas de hojas muertas, el cielo, liso como la superficie de un
lago, era parduzco, teñido de rojos de un reciente y frío amanecer. Un fuerte golpe de viento levantó un remolino de hojas y envolvió a Nacho. Estaba esperando a Clot,
ya que todas las mañanas iban juntos al instituto, desde primero.
Ella siempre llegaba tarde, era irremediable. Él ya había desistido de enfadarse; tampoco se marchaba sin ella, era incapaz de dejarla sola. No es que le gustase, no, no
era eso, pero era su amiga y Nacho, para bien y para mal, tenía por muy importante el respeto a los amigos. Se conocían desde antes del colegio, pues ya compartían
aula en la guardería. Eran amigos de toda la vida.
Las clases empezaban a las ocho y media y Clot apareció a las ocho y cuarto.
─Llegas tarde ─dijo Nacho.
─Siempre llegamos a la hora ─contestó ella, sonriendo.
Su sonrisa se dibujó por debajo de la bufanda. Sus ojos, azules y hermosos, asomaban algo irreales entre la sonrisa y el gorro, que dejaba escapar unos rizos de color
dorado, claros, finos, saltarines como muelles de oro ligeramente ajado. Aquella risa era tierna, semejante a un bálsamo de dulzura, imposible de contestar con algo que
no fuese otra sonrisa.
─Vamos ─dijo él, tal vez algo frío, con un puntito de ira, como si el sortilegio de los rizos juguetones no ejerciera su habitual poder aquella mañana.
Ella no dijo nada y se pusieron en marcha. Las hojas volaban azuzadas por el cierzo de un diciembre especialmente frío. Algunas de ellas, como mariposas marrones,
se posaban encima de sus mochilas durante unos instantes, para salir luego otra vez despedidas, volando en círculos hasta aterrizar en el asfalto, en la acera, en algún
charco.
Clot caminaba con ese deje melancólico que acostumbraba a tener y que intentaba cubrir con una fina capa de forzada alegría. Estaba delgada, pero asomaban
contornos de mujer que, un año atrás, no eran sino sueños que ella tenía al mirarse al espejo. Caminaba triste, callada, fundida con el viento y con las hojas.
Miraba de vez en cuando a ese muchacho que cada día le esperaba pero que cada día, también, estaba más y más ausente, sobre todo con ella. Clot se ponía jerséis
ajustados, vaqueros estrechos, cazadoras cortitas que le dejaban el culo a la vista…pero él nunca la miraba como a una mujer, no, se limitaba a tratarla con cariño de
hermana, casi con condescendía. Miraba y miraba a Nacho, una y otra vez, siempre de reojo, buscando una mirada fugitiva que buscara su figura, tal vez sus piernas, a
lo mejor sus pechos; pero nunca la encontraba. Se derretía de tristeza su corazón en aquella búsqueda infructuosa, en esos anhelos estúpidos.
Y sin embargo no se atrevía a pedirle una cita; no tenía el valor de decirle “Nacho, me gustas, ¿quieres ir al cine conmigo?” Irían a ver una película romántica y a la
vuelta, con el sabor salado de las palomitas todavía secando sus labios, se besarían, puede que en el parque, a lo mejor en el portal de su casa poco antes de despedirse,
o es posible que aquel primer beso llegase antes de la película, o en mitad de una escena romántica… Se moría por cogerle de la mano, apartarle el mechón de la frente,
ese mechón que a ella le parecía delicioso… y sus anchas espaldas, quería recorrerlas con sus manos, sentir su piel, su calor… Temblaban las palabras en su boca, boca
sedienta de besos:
─¿Te has empezado a leer El Quijote? ─dijo, para hablar de algo con él, aunque fuese de una cosa absurda.
─No ─respondió secamente.
─Yo me lo empecé ayer por la noche y es un tostón.
─Era de imaginar ─dijo Nacho, algo más simpático. Sacó la mano del bolsillo para mirar la hora e hizo una mueca de desagrado─. Mi viejo dice que está muy bien,
pero que para nosotros puede ser aburrido.
─¡Mi madre me dijo lo mismo! ─respondió Clot, animada.
Sin embargo su ánimo pronto se desinfló: Nacho volvió a hundirse en el silencio que solía acompañarlo últimamente. El silencio, profundo como un abismo oscuro y
frío, era lo que más le dolía a esa amiga fiel que vivía y sufría por un amor que, a pesar de la cercanía entre los dos, le parecía imposible. “Un amor platónico”, había
dicho la profesora de filosofía en clase…
“¿Sería ese un amor platónico?” pensaba la muchacha, mirando al frente, recordando la conversación del día anterior, sintiendo el viento helado en la nariz y el frío,
más fuerte y más doloroso, de un amor que tenía por irrealizable. Nacho era un desvelo para ella, cuántas noches había pasado mirando al techo, ligeramente iluminado
por la luz que entraba por los huequecillos de la persiana, dibujando en su mente escenas de amor entre los dos.
Se encontraron con un grupo de chicas que iban al instituto. Una de ellas, la más alta y guapa de todas, parecía tener mucha confianza con él y le saludó con efusión:
─¡Qué alegría, Nacho!
─¡Hey! ¿Cómo va eso?
─De coña, tío, ya estamos a viernes, así que figúrate…
─Sí, por fin llega el fin de semana, esto es un puto coñazo.
Clot escuchaba sin hablar. A dos de ellas, Marta y Raquel, las conocía de vista porque eran colegas de Nacho.
─¡Bah! ─Dijo Marta─ Dentro de cuatro días llegan las vacaciones de diciembre y nos podemos olvidar de todo… no sé si os pasa a vosotros lo mismo, pero cuarto
acaba de empezar y yo ya estoy ralladísima.
─¡Yo llevo rallado desde primero! ─Exclamó Nacho.
─Pues ya somos dos… es en plan de “a ver si acaba esto cuando antes porque me quiero ir a currar pero ya” ─añadió Lidia mirándole fijamente a los ojos, con
complicidad.
Raquel miraba mal a Clot. Esta última no entendía el motivo de ese odio hacía su persona, máxime cuando era ella la que más estaba sufriendo: Nacho era con ellas
simpático y hablador, mientras que a su lado estaba siempre serio y callado.
─Ni lo pienso ─dijo él─, porque si me pongo a contar los días que faltan para que termine el curso me pongo malo.
Raquel preguntó a Nacho mirando de reojo a Clot, como diciéndole “jódete, zorra, que a ti no te hace ni caso…”:
─¿Te vienes este sábado al parque? Hemos quedado con Fran y con Omaira.
Clot pensó que ella le había preguntado la tarde anterior por el fin de semana y él había pasado completamente.
─Ya veré… ─contestó Nacho.
─Bueno, tú sabrás, allí estaremos, ¿ok?
─No sé qué haré… Guille monta fiesta en el local e igual me paso por allí.
─¡Nosotras nos vamos! ─Dijo Lidia.
Se despidieron y mientras se marchaban, Raquel se dio la vuelta y le dijo:
─Oye, acuérdate de lo del sábado… ¡Con lo que sea me pegas un toque!
Nacho sonrió y asintió con la cabeza. Siguieron caminando. Clot se había sentido desplazada. No es que le importase demasiado, dicho sea de paso, ella no se
lamentaba de ser distinta a las demás… sin embargo cada día se sentía más sola, como si no encajase en el mundo. Y lo peor de todo era la actitud de su amigo.
Ella llevaba en el móvil una foto maravillosa, fue en campamentos, en la montaña. A veces en las noches de desvelo encendía el teléfono y miraba la foto, se abrazaba
a ella; estaban nacho y ella, juntos, riendo…detrás de ellos dos estaban las altas cumbres, un río de aguas trasparentes, un bosque de hayas.
Caminando junto a él de camino al instituto, sin poder quebrar su silencio de hierro, aquellos recuerdos de primavera le parecían un sueño, como si no hubiesen
existido nunca. Fue en abril, estuvieron una semana en un campamento en el que hacía siempre frío y en el que estaba todo húmedo, siempre calado, como si se
encontraran bajo el agua. Aun así, a pesar del frío que se colaba hasta el corazón y que lo inundaba todo, día y noche, Clot tenía unos increíbles recuerdos.
Hicieron senderismo, rafting, escalada, montaron a caballo… y lo más importante de todo, estuvo con Nacho. Él estaba contento, reía a todas horas. Por las noches se
juntaban en cuadrillas y, cada grupo en su respectiva tienda, hablaban y hablaban hasta bien entrada la madrugada. A los monitores no les importaba, pues eran jóvenes,
todavía invulnerables al aguijonazo de las reglas, de los horarios y de las rutinas y se mostraban condescendientes; hacían la vista gorda a todo aquello que no supusiese
un riesgo para la salud de los muchachos. Y no, juntarse a hablar y reír hasta altas horas de la madrugada no era un riesgo para su salud, ni mucho menos.
Una noche, cuando los demás ya se habían ido a dormir, a punto estuvo de declararle su amor. Era una noche estrellada, el cielo era inmenso y estaba plagado de
lucecitas blancas que brillaban, o eso le parecía a ella, mucho más que en la ciudad. Los otros dormían en sus sacos, algunos incluso roncaban. Pero ellos no, ellos no
tenían sueño. A Clot le latía el pecho con fuerza, tenía un lazo en la boca y las manos le temblaban. Estaban apoyados el uno contra el otro, de espaldas, charlando de
tonterías, recordando alguna anécdota de ese día, puede que criticando a algún pelma de su grupo, puede que riéndose, casi en silencio, de la torpeza de Raúl o de la mala
leche de Zaira.
Hablaban en voz baja, muy bajita, apenas se oían sus voces por encima del rumor del río. En un momento dado se callaron los dos al mismo tiempo. Ocurrió lo que
sucede algunas veces cuando se habla con alguien, esa sensación de que ya no hay nada más de lo que hablar, que la conversación se ha agotado y que lo mejor es guardar
silencio. Pero no era un silencio incómodo, sino dulce, espeso, un silencio que los abrazaba en mitad de la noche. Clot tenía la esperanza de que Nacho se estuviera
olvidando de la chica de las cartas, esa de la que casi nunca hablaba, pero en la que saltaba a la vista que pensaba noche y día. Ella también la conocía, sí, la conocía muy
bien…
Ella estaba tan feliz como nerviosa. Le hubiese gustado poder parar el tiempo en aquel mismo instante. Tenía un miedo terrible a que el momento se rompiese; le daba
la sensación de que era un momento frágil, como un cristal fino, capaz de quebrarse con el más mínimo golpe de viento. Clot temblaba de pies a cabeza. “¿Tienes frío?”
le preguntó Nacho. Tardó unos segundos en contestar. “No, estoy bien” dijo, con un terror casi infantil a que aquello acabase. Las estrellas lucían en todo su esplendor.
La luna se asomaba por encima de una cresta de más de tres mil metros de altura, que se alzaba majestuosa, imperial; ese refuljo lunar, blanco y misterioso, hacía brillar
la nieve de las montañas como si estuviesen cubiertas por sábanas argénteas. Nacho se dio la vuelta y quedaron sentados frente a frente. Salía vaho de sus respiraciones.
Después de unos momentos en completo silencio, en un gesto que ella era incapaz de olvidar, Nacho le había cogido una mano con ternura. “Tienes las manos como el
hielo, Clot, te vas a resfriar” le dijo. La luz del valle refulgía en los ojos del muchacho, su rostro estaba pálido, pero aun así a ella le pareció el chico más guapo del
universo.
Sin darle tiempo a contestar, sin siquiera tener tiempo para negarle que tuviera frío, Nacho le había soltado la mano y se había puesto de pie. Ella se levantó. Había
esperado mucho, demasiado, debería haberle dicho, bajo ese cielo tan hermoso y en aquella noche tan extraña, que estaba enamorada de él, que le gustaba muchísimo y
que no podía ser simplemente su amiga, que quería ser algo más. Pero no lo hizo y no tuvo más remedio que levantarse también y dirigirse, detrás de él, hasta la tienda
de campaña.
Se echaron a dormir y ella, con los ojos abiertos de par en par, dejó caer un par de lágrimas que escurrieron por sus mejillas y mojaron sus rizos, que eran del color de
la miel, una miel oscura hecha con hebras de mil tonos diferentes. A la mañana siguiente no hablaron de la noche anterior; Nacho parecía ajeno a cualquier sentimiento
diferente, no daba la impresión de que aquella conversación, aquel momento tan romántico, hubiese hecho algún cambio en la forma de mirarla o de tratarla. Siguió siendo
el mismo; hablaba y reía con ella, sí, pero no mostraba nada distinto, no había amor ni pasión en sus gestos ni en sus palabras: la magia había sido un sueño
Quedaba lejos, muy lejos, aquella estupenda semana de campamentos. Clot cerró los ojos con fuerza, el viento azotaba su rostro, el frío se le colaba dentro del
cuerpo, los recuerdos eran estalactitas puntiagudas que se clavaban en su memoria. Sentía un vacío inmenso.
Llegaron a la puerta del instituto y se despidieron como siempre; él con indiferencia y ella con tristeza. Clot oyó la voz de Cristina, que le llamaba desde la puerta. Se
detuvo unos instantes y contempló la figura de Nacho desaparecer escaleras arriba. Lo último que vio fue el negro de su mochila y el verde de la suela de sus deportivas.
─Buenos días, Clot ─le dijo Cristina, con su habitual tono de alegría.
─Buenos días ─la voz de Clot estaba desarmada, cansada, triste.
─¿Qué te pasa? ─Le preguntó su amiga, que llevaba un abrigo rojo chillón bastante llamativo─ Pareces una muerta, estás muy pálida.
─No es nada, Cristina, no es nada…
Emprendieron el camino a clase. Mientras subían los primeros escalones sonó la sirena. Pasó corriendo a su lado un grupo de chicos. Cristina los miró y suspiró:
─Es guapísimo…
─¿De quién estás enamorada ahora, si se puede saber? ─dijo Clot con un timbre de voz que denotaba una mezcla de resignación y de envidia. Resignación porque ya
se había acostumbrado a que su amiga se enamorase cada dos o tres meses de un chico diferente; envidia porque admiraba esa facilidad para olvidarse de los chicos, ojalá
ella fuese capaz de borrar de su corazón a Nacho─ ¿No te das cuenta de que esos son todos unos idiotas?
─Pero es que Omar es tan guapo, tan alto, tan fuerte… y tiene un estilo y una forma de andar que me vuelve loca… ¿no has visto que culo tiene?, joder, está parar
comérselo ─Cristina se paró un momento y miró a Clot─. Por cierto, sus amigos serán idiotas, no te digo que no, pero él está cañón.
─Lo que tú digas, ─dijo Clot, otra vez con resignación y una pizca de envidia─ no voy a discutir contigo por un chico que ni siquiera me gusta. Además, tú sabrás lo
que haces, que ya eres mayorcita. De todas maneras, creo que estaba saliendo con alguien.
Cristina se encogió de hombros, como si aquel detalle le trajese sin cuidado.
Siguieron andando y al pasar por la puerta de la clase de Nacho, Clot no pudo evitar mirar hacia dentro, buscando su cara, su pelo, sus manos. Allí estaba él, lo vio
fugazmente, hablaba con la chica esa de su clase, la que le había saludado hacía unos minutos. Era una de esas tías que tienen a todos los chicos detrás de ellas; altas,
guapas, simpáticas. “¿Se estará viendo con ella a solas? Parecen tener mucha confianza” pensó Clot.
Un rojo intenso, como el beso de un dragón, iluminó sus pómulos y su corazón, que en un instante se plagó de llamas, de celos. De repente lo sintió lejano, malvado,
como un enemigo. Se imaginaba aquel mechón de pelo siendo apartado de su frente por las manos de esa muchacha, esa que hacía que los chicos se volviesen y
murmurasen entre ellos. “¿Se besarán bajo uno de esos sauces del parque? ¿Sonreirá el, con el brillo de los besos en sus labios, mientras tontean y juguetean con las
manos? ¿Se abrazarán al despedirse en uno de esos abrazos infinitos que sólo se dan los enamorados? ¿Se burlarán mí cuando me vean pasar?” Una tormenta, contenida
como un vendaval, se hacía más y más grande dentro de ella, creándole una angustia insoportable.
─¿Va a entrar, señorita, o se va a quedar toda la mañana en el pasillo? ─preguntó Rodrigo, el profesor de historia.
Clot se había quedado quieta en la puerta de su clase, ajena a todos los demás, elucubrando imágenes que alimentaban sus celos; los celos son una manada de leones
hambrientos y ella, como si quisiese torturarse, los alimentaba con cientos de posibilidades. Apretaba con fuerza sus manos y todos sus compañeros le miraban,
también el profesor, esperando a que entrase para poder cerrar y comenzar la clase. Se ruborizó, bajó la cabeza, sin contestar a Rodrigo y andando deprisa se fue hasta
su silla y se sentó, avergonzada, también enfadada.
─Estás muy rara, muy rara… ─le dijo en voz baja Cristina, que ya tenía el libro abierto encima de la mesa.
Clot abrió la mochila, sacó el libro y lo abrió. Hoy tocaba seguir hablando de los romanos, tema que ella odiaba especialmente. El señor Rodrigo se puso a dar la
lección.
─Oye ─ Clot hablaba en susurros─, ¿cómo se llama la chica esa que va a cuarto C, esa que tiene el pelo moreno y muy largo?
─¿La que tiene el pelo liso y los ojos verdes? ─preguntó Cristina en un susurro, sin apartar la vista del libro, como si de verdad les estuviese prestando atención a las
aburridísimas cosas de Rómulo, Remo, de Julio Cesar y la madre que los parió.
El profesor dio unos golpes en la mesa con su pluma.
─Señorita, llega tarde, nos hace esperar y aún tiene el valor de hablar en clase ─Rodrigo la miraba con esa parsimonia propia de los profesores de instituto─. Si no le
interesa la lección al menos no moleste a los demás, que en esta aula hay gente que quiere estudiar y aprobar el examen.
─Lo siento ─dijo, con una voz que era poco más que un murmuro, lo que provocó algunas risitas entre algunos de sus compañeros.
Clot hundió sus ojos en aquellas casas de piedra con patios en las que vivían los romanos. Miró divertida los vestidos de los hombres y las mujeres de aquel tiempo y
se preguntó si ellos también sufrirían de amor. Se respondió internamente que sí, que el amor era un mal que había perseguido a la humanidad desde que bajamos de los
árboles, “tal vez desde antes, tal vez desde antes…” se dijo para sí misma. El profesor seguía dando fechas y datos que a ella le llegaban lejanos, como si estuviese en
una dimensión diferente a la de los demás. En su cabeza estaba, atragantándosele como una espina, el pelo liso y largo de la chica con la que hablaba Nacho. No podía
aguantar más sin ponerle nombre a esa muchacha:
─Sí ─dijo mirando a Cristina, aprovechando que Rodrigo estaba de espaldas escribiendo algo en la pizarra─, la del pelo liso y los ojos verdes.
Cristina estaba copiando en su libreta el esquema de la pizarra y contestó sin apartar la vista del cuaderno:
─Lidia, se llama Lidia.
Clot le puso nombre a ese pelo y esos ojos y suspiró quedamente, como un pequeño lamento. Se echó un poquito hacia delante y sin prestar atención ninguna al
profesor, apoyó la barbilla sobre sus brazos, cruzados sobre la mesa. Su pupitre estaba junto a la ventana y notó que pequeñas ráfagas, diminutas lengüetadas de aire, se
colaban por las rendijas y enfriaban su mesa. Sus rizos, que en las puntas adquirían tonalidades de caramelo, se desparramaban por encima de la mesa como los
tentáculos de una medusa inofensiva y yerma.
─Lidia…─repitió en un suspiro.
Capítulo 4
“Un beso robado”
A lo largo de la mañana el cierzo se había ido calmando y poco a poco, como la llegada de un descomunal ejército asediando un castillo, las nubes habían tapizado de
gris el cielo. La lluvia estaba contenida en los inmensos nubarrones color plomo, parecía que en cualquier momento iban a comenzar a descolgarse las gotas; esa pesadez
del cielo se dejaba notar en Nacho, que había salido y esperaba, algo cansado, a que bajase Clot para acompañarla hasta casa, como todos los días… no obstante tenía un
comecome dentro del pecho; por un lado quería llegar cuanto antes a casa para abrir el buzón, pero por otro lado le aterraba la idea de que la carta no estuviese. Aquel
día quería regresar despacio.
─¿Te vienes con nosotras? ─Preguntó Lidia, que iba con varias amigas más y al verlo allí solo se detuvo para hablarle.
─Estoy esperando a mi amiga ─dijo, sin prestar demasiada atención a las palabras de la muchacha, ni a sus hermosos ojos verdes, que presidían toda su cara con un
haz esmeralda que, en cualquier otro chico, habrían causado pavor.
─Venga, no seas tonto, vente con nosotras que vamos a pasarnos por el s katepark, a ver si vemos a Abdu y a los demás ─insistió ella, que jugaba con su pelo,
haciendo caracolas entre los dedos.
En esos momentos bajaba Guille con los de su clase y Nacho aprovechó para pararlo y preguntarle:
─Oye, Guille, ¿te vas a quedar por aquí un rato más?
─Sí, tío, por lo menos hasta las tres.
─Cojonudo. Dile a Clot cuando baje que me he ido con unas amigas de clase al skatepark y que si quiere se pase por allí.
─Ok ─Guille mascaba chicle y estaba sacando su gorra negra de la mochila─ Por cierto, ¿Qué te parecieron los diseños que te mandé?
─Bien, muy bien… es como si los hubiera hecho tu hermana pequeña ─respondió Nacho descojonándose de la risa.
─¡Tócame los huevos, tronco! Además, el diseñador eres tú… yo simplemente soy el líder del puto mejor grupo de rap del país.
─¡Eh, bájate un par de vueltas, que aún no tenéis ni maqueta!
Guille le paso un brazo por encima del hombro y le dijo sonriendo:
─Te entiendo, chaval, debe de ser duro estar a la sombra de alguien tan cojonudo como yo… ¿Qué se siente al contemplar la fama desde abajo?
─Mejor no te contesto…
Se rieron y se despidieron.
─Por cierto, acuérdate de decirle eso a Clot ─añadió Nacho.
El cielo era amenazante, pero nadie reparaba en eso. Si llovía se irían a casa o se refugiarían en algún sitio, eso no importaba. Nacho se puso a caminar junto a Lidia y
las demás. Mientras caminaban ella se puso a su lado y le dijo que le iba a presentar a las otras chicas. Nacho las había visto en el patio, es decir, las conocía de vista, sin
embargo jamás había hablado con ellas. La verdad es que no era un chico demasiado sociable, solía ir a su rollo sin meterse en las movidas de los demás; como mucho
quedaba con Raquel y las demás algún sábado.
Se detuvieron y cada una de ellas se presentó y se dieron un par de besos. Nacho era un poco ajeno a todo lo que sucedía, aunque se mostraba simpático. Una vez
hechas las presentaciones retomaron la marcha. Él caminó en silencio, oyendo como voces lejanas la conversación de las cuatro amigas. Anduvieron diez o quince
minutos y nada más pasar un pequeño parque se perfiló el skatepark. Había un montón de gente, muchos de ellos no habían ido a clase y llevaban toda la mañana allí.
─¿Conoces a Abdu? ─Le preguntó Lidia a Nacho, que hasta entonces había ido a su lado como un fantasma.
─Sí, alguna vez lo he visto por el local.
Llegaron y se sentaron a contemplar lo que hacían con los Skaters. Nacho era bastante patoso con aquellos cacharros. Es más, nunca se le había ocurrido comprarse
uno. Él prefería la música. Era su hobby preferido, tumbarse en la cama mirando el techo y ponerse un buen disco. También adoraba ponerse el iPod, una sudadera con
capucha y salir a recorrer la ciudad mientras oía alguno de sus discos preferidos; era una figura romántica y algo poética que caminaba con el gorro puesto, mirando con
ojos extraños todo lo que sucedía a su alrededor. Todas aquellas cosas que hacían los demás le dejaban bastante frío. Miraba así los giros y los saltos de aquellos
chavales y chavalas sin verlos; la realidad, en muchas ocasiones, se le hacía trasparente. Sobre todo desde que la carta se había retrasado.
─¡Qué pasa! ─Dijo Abdu, que se había acercado hasta donde estaban y le había dado un beso a la muchacha.
─Poca cosa ─respondió Lidia con frialdad.
“Al beso también ha respondido con frialdad” pensó Nacho, que sabía que Lidia andaba con uno de otro instituto, pero que no se imaginaba que fuese Abdu. De
todas formas a él no le pareció que estuvieran enrollados, sobre todo por la actitud de ella, que parecía demasiado gélida y lejana como para ser su novia.
Una de las del grupo, Helena, una chica baja que tenía una sonrisa perfecta de dientes blanquísimos, se acercó a Nacho, que escuchaba del mismo modo que mirada, es
decir, absorto en sus propias meditaciones.
─Estás muy serio ─dijo ella.
Aquella voz sacudió el polvo de sus ensoñaciones.
─Es que soy serio ─contestó Nacho, posiblemente con algo de sequedad.
─Seguro que hay cosas que te hacen reír…─ella quería hablar con él, parecía bastante aburrida de estar allí y, además, ese chico le resultaba ligeramente atractivo. Tal
vez fuese ese halo un poco misterioso, tal vez ese mechón que jugaba a moverse a un lado y otro de su frente, ocultando a veces parte de uno de sus ojos.
─Hace tiempo que nada me parece gracioso ─Nacho era ahora más amable─, será la edad, ya sabes, que me hago mayor.
Helena se echó a reír, a carcajadas. A nacho esa sonrisa le pareció magnifica, parecía de actriz de película.
─¿La edad? ─Ella se reía.
─No me hagas mucho caso, es que a veces se me va la pinza… cosas mías.
Lidia charlaba con Abdu. Un grupo de chicos se había unido a ellos y ahora eran una tropa bastante grande. El cielo se mostraba cada vez más oscuro: el ejército de
nubes parecía estar a punto de lanzar sus aguas sobre la ciudad.
─¿Nos piramos al centro comercial a comer una hamburguesa? ─preguntó Abdu, que ejercía una increíble fuerza de atracción hacia los demás. Aquel muchacho
parecía haber nacido para ser un líder.
Algunos asintieron. En total eran siete los que se iban a ir a comer al centro comercial. Helena se había levantado y se iba a marchar con el grupo.
─¿Te vienes? ─le preguntó a Nacho.
─No, yo prefiero quedarme aquí.
─Pues yo me quedo contigo, Nacho ─dijo Lidia, para sorpresa de Helena, que abrió los ojos de par en par.
Abdu no pareció darle mucha importancia.
─¿No te has traído la moto? ─Le preguntó Lidia.
─No, tal y como está el día no me atrevo, que si llueve es una mierda.
Se marcharon todos y se quedaron allí sentados ellos dos. Helena seguía sorprendida por la actitud de Lidia. A Nacho no le sorprendió; nada podía sorprenderle desde
hacía un tiempo. Era un pez que nadaba contracorriente, poco acostumbrado a seguir a los demás, que poco a poco se había ido aislando de todo y de todos. Bueno, en
realidad de todos no, pues existía una muchacha que, a pesar de estar lejos, era capaz de hacerle temblar, soñar, reír, sufrir.
Lidia se sentó a su lado. Nacho no era el muchacho más guapo del instituto, ni mucho menos. Tampoco tenía el don de gentes que tenía Abdu, ni de lejos. Sin
embargo a Lidia le gustaba estar con él. Ella, posiblemente una de las chicas más buscadas de cuarto, sentía que ese chico era distinto, como una especie de piedrecilla
brillante entre los otros y que merecía la pena acercarse, aunque simplemente fuera para probar…
─¿Has empezado a leerte el libro de lengua? ─preguntó ella.
Nacho se acordó de Clot y de las hojas que flotaban en la mañana, como pájaros cansados de volar, dejados arrastrar por el cierzo. No se preguntó por su amiga,
creyó que se habría ido a casa sola. No le dio valor a no haberla acompañado; él no percibía el daño que le estaba haciendo con aquella forma de comportarse.
─¡Ni de coña! ─respondió.
─Yo creo que no me lo voy a leer…buscaré un resumen hecho en internet y listo ─dijo ella, que miraba a Nacho con la curiosidad de lo que no se conoce, rasgando
con la luz de sus ojos verdes la profundidad de una mente perdida─. Aunque como nos haga examen voy a estar jodida.
─Yo, supongo, le pediré ayuda a Clot, ella seguro que se lo lee y me echará una mano. Si no fuese por ella habría suspendido más de un curso ─dijo Nacho, haciendo
que saltasen las alarmas de Lidia.
Ella sabía que iban y volvían juntos del instituto, pero nunca los había visto de la mano, ni besarse, ni siquiera teniendo gestos cariñosos entre ellos. A decir verdad
daban la sensación de ser hermanos. No obstante, no se le escapaba la forma en la que Clot lo miraba, era evidente, a mil kilómetros de distancia, que esa chica estaba no
solo enamorada, sino complemente loca por él.
─¿Sois muy amigos? ─Preguntó ella con cierta malicia.
─Sí ─respondió sin dudarlo ni un instante─¸ nos conocemos desde que éramos muy pequeños, desde la guardería. Después fuimos juntos durante toda primaria.
Ella no respondió y se limitó a sonreír. Sabía mucho de aquellas cosas; él decía no estar enamorado por ella. Sin embargo, y eso tampoco se le escapaba, aquel
muchacho tenía ojos de enamorado. “¿Por quién estará pillado sino por Clot?” pensó Lidia. Él seguía mirando hacia el skatepark, extranjero a las elucubraciones de su
compañera, incapaz de olvidarse del todo de la carta.
─¿No tienes novia? ─indagó la chica, directamente, poniendo una voz que, y eso sí que era perceptible hasta para un muchacho tan perdido como él, era
increíblemente sugestiva.
Tocado y hundido, así se había quedado Nacho. “¿A qué viene esa pregunta?” pensó, perturbado por aquella cuestión tan directa. Sin embargo Lidia la había hecho
con tanta naturalidad, de un modo tan espontaneo, que era imposible no sentirse obligado a contestarla. Es decir, tal vez pronunciada de otro modo causaría enfado, una
especie de “¡tía, no te pases, a ti qué te importa si tengo o dejo de tener novia! “. Pero esas tres palabras, dichas de aquel modo y salidas de un rostro que era tan
malvado como seductor, sonaban deliciosas.
Nacho no tenía más remedio que contestar:
─No, la verdad es que no ─dijo, titubeando ligeramente.
Lidia había encontrado la grieta por la que colarse en el interior de Nacho, y eso le encantaba. Se acercó un poquito más a él, como para no permitirle escapar, para
encerrarlo en sus redes; hermosas redes coronadas por dos ojos verdosos, perfilados, feroces, que contrastaban agradablemente con su oscura melena azabache.
─¿Por qué no tienes novia?
Ahora sí que Nacho estaba completamente desorientado, perdido, como si Lidia hubiese desmontado su mundo por completo en un par de segundos. Si aquello
hubiese sido una pelea, esa segunda pregunta hubiera sido un derechazo al mentón, un golpe capaz de derribarlo. El árbitro gritaría K.O y se acabó el combate, cada uno
a su casa. No obstante él no era dado a las euforias, por lo que, sacando fuerzas de lo más profundo de su ser, se puso de nuevo en guardia; “Es cierto que Lidia es una
chica fascinante, pero yo nunca me he dejado llevar por la gente popular ni por el qué dirán” pensó.
Acudieron a su memoria los prados, los acantilados, la fiesta en la que vio a aquella chica del norte por vez primera y sus ojos se serenaron. Él no era como los demás
y, aunque luego pudiera pesarle, o los otros pensasen que había sido un idiota, no iba a dejarse arrebatar por aquella chica tan espectacular.
─La primera con la que me líe tiene que ser una tía muy especial, ─contestó, mirando hacia delante, como si otease en los límites de un mar inexistente─ no sé, que
valga la pena lo suficiente como para entregarme a ella.
─¡Guau, eres la hostia! ─dijo ella, entrecerrando los ojos.
No estaba acostumbrada a perder en el juego del ligoteo y Nacho le había metido un gol por toda la escuadra. No obstante no se enfadó, ni se sintió herida, nada más
lejos de la realidad. Lo que había empezado como un juego se estaba convirtiendo en algo mucho más interesante, sobre todo para Lidia, que no solía encontrar
resistencias en cuanto tonteaba un poco con un chico. Amaba el amor, se volvía loca por las travesuras que éste conlleva; las miradas furtivas, los gestos ambiguos, los
primeros acercamientos, las palabras confusas que no significan nada y a la vez lo significan todo. Sí, aquel chico era interesante, mucho más interesante que el resto de
chicos que había conocido… también mucho más que Abdu, que aunque estaba bueno y tal, no era demasiado especial.
Unas gotitas pequeñas y heladas comenzaron a motear el suelo, haciendo que el cemento se llenase, en pocos segundos, de decenas de círculos más oscuros.
─Nos tendremos que ir a algún sitio en el que no nos mojemos ─dijo Lidia.
Nacho disfrutaba de las gotas de agua sobre su cara, sobre su pelo, las sentía como si fuesen besos fríos y tímidos. “Ojalá nos hubiésemos besado en ese hermoso
acantilado” pensó Nacho, que escuchó la voz de Lidia lejana, trasparente, irreal.
─¡Nacho, que nos mojamos! ─repitió ella, hablando más alto, puesta de pie.
Por fin Nacho salió del encantamiento del agua y del frío y se levantó también, poniéndose junto a Lidia. La lluvia comenzó a caer con más fuerza. Por fin el ejército
de nubarrones mostraba toda su potencia, toda su fuerza, todo su arsenal; las gotas caían con violencia, golpeando el suelo como disparos trasparentes.
Se pusieron a correr a toda prisa hasta una casetilla cerrada del parque que distaba unos cien metros. Aunque no se podía entrar, el tejado se alargaba más allá del
muro y un alar de hormigón se descolgaba casi un metro hacia delante, permitiendo resguardarse bajo él.
Se quedaron pegados a la pared. Ella estaba empapada, el pelo, todavía más oscuro por el agua, se le pegaba a la cara. Él jadeaba y se reía con esa risa un poco
tontorrona que provoca, se quiera o no, correr bajo la lluvia. El mechón de pelo se le adhería a la frente con sus finos dedos castaños. Llevaba los pantalones del chándal
calados y le chorreaba el agua por el rostro.
─¡Pareces tonto! ─dijo Lidia, con un tono suave y sugerente, sin ánimo de ofenderle, sino todo lo contrario─ ¡Te podías haber puesto el gorro de la sudadera!
Nacho se quedó un instante pensando y se echó a reír. Se quitaron las mochilas y las apoyaron en el muro. Por primera vez él observó en toda su extensión la belleza
de Lidia. Ella llevaba unos vaqueros azul oscuro y una chupa negra cortita de cremallera cruzada; a Nacho le pareció que le quedaba estupendamente. Ella vio cómo le
miraba y no dijo nada. La lluvia caía como una cortina densa de columnas descendentes. La ciudad se había oscurecido, parecía mucho más tarde de lo que era; daba la
sensación de que hubiera anochecido. Ambos se sentaron, descansando la espalda contra la casetilla.
─¿Qué tienes pensado hacer cuando termines el instituto? ─preguntó Nacho, que estaba animado y había olvidado, con la lluvia y junto a Lidia, la carta que no
llegaba.
Ella suspiró y sacó una bolsita de patatas fritas de la mochila.
─No lo sé… puede que haga hostelería.
─¿Formación profesional?
─Sí ─abrió la bolsa y le ofreció a Nacho─ ¿Quieres una?
─No, no tengo hambre ─respondió, mirando al frente, viendo las gotas descolgarse por las hojas de los árboles.
─Y tú, ¿qué vas a hacer?
Nacho guardó silencio, oyendo el crac de las patatas en la boca de la chica, que hacían un sonidillo bastante gracioso. Era una situación un tanto irreal, sobre todo para
él, que no estaba acostumbrado a tratar con chicas de un modo tan personal, quitando Clot, claro está. Pero para su amiga era eso, una amiga, nada más…
─No tengo ni puñetera idea ─dijo al fin, con voz segura, como si fuese una respuesta que contuviese un fin en sí mismo─, no hay nada que me motive lo suficiente, y
eso que mis viejos se empeñan en que haga bachillerato.
─A mí me ocurre igual, mis padres me taladran la cabeza con que haga bachillerato pero yo no quiero estudiar más, estoy cansada de tanto libro ─Lidia comía
patatas, despacio, masticando con cuidado, poniendo atención a que cada gesto, cada movimiento, fuese delicado y atractivo─. Pero algo tendremos que hacer, ¿no
crees? porque yo no tengo ganas de ponerme a currar, la verdad.
─Sí, supongo que algo tendremos que hacer, aunque a mí me pasa como a ti, y es que no valgo para estudiar ─Nacho suspiró─. Joder, vaya mierda.
Lidia lo miró y dejó las patatas en la mochila.
─Sabes, tú y yo tenemos muchas cosas en común ─dijo con sensualidad.
─¿Ah sí?
─Sí, a ninguno de los dos nos gusta estudiar ─Lidia habló le miró a los ojos─ y yo también soy muy exigente en las cosas del amor.
Nacho sonrió, pero no dijo nada.
La lluvia era fuerte y densa. Resonaban las gotas contra el techo de la caseta y contra las hojas de los árboles, contra las papeleras y contra los bancos. El parque olía
a hierba mojada, un aroma delicioso que ponía la guinda a ese momento irrepetible. No obstante algo dentro de Nacho no estaba del todo conforme, le faltaba algo. Lidia
era guapa, guapísima. Y era inteligente y simpática, pero él no terminaba de encontrar ninguna conexión con ella, era como si ese silencio que acaba de crearse hubiera
abierto, de repente, una enorme brecha entre él y ella. En el silencio se coló de nuevo Diana.
Cerró otra vez los ojos, perdido en esa indecisión que siempre le acompañaba, como una amiga fiel que nunca se separaba de sus reflexiones. Las cartas con la chica
que colmaba sus pensamientos estaban plagadas de conexiones, de hilos que los unían a través del tiempo y de la distancia; Nacho tenía la sensación de que habían
nacido para estar juntos, pues se habían compenetrado desde el principio. En los tres días que estuvo junto a ella, en la que no unieron nada más que sus manos, no
había habido ni un solo instante de incomodidad, de tirantez, de silencios extraños. No, con ella había sido todo compenetración, afinidad, alianza, compañía cómoda,
fluida como los diminutos ríos que se habían formado en el suelo del parque, riachuelos que encadenaban a unos árboles con otros con una cadena trasparente.
Nacho estaba en esos pensamientos, cuando de repentinamente los labios de Lidia, cálidos y salados, se posaron sobre los suyos. Fue un relámpago, un instante, un
fogonazo inesperado, un bombazo dulce y a la vez amargo. Ella no tenía ni idea de lo que esperaba de ese chico, pero no lo dudó; vio a Nacho con la cabeza reposada y
los ojos cerrados y besó sus labios, como si no tuviese más elección que aquella.
Él no abrió los ojos, tenía los labios unidos a los de Lidia y una nube espesa en su cabeza. Nunca había besado a una mujer e, irónicamente, su primer beso llegaba de
una chica popular, atractiva y además de un modo inesperado, repentino, sin ni siquiera esperarlo o buscarlo.
Estaba paralizado. Abrió los ojos. Lidia estaba delante de él, acuclillada, besándole. Nacho sentía el calor en sus labios, su respiración entrecortada, las palpitaciones
en su pecho. Puso una mano sobre la cintura de la chica y dudó…dudó un segundo, tal vez dos, pero terminó por apartarla cuidadosamente, con suavidad, rechazando
un beso por el que cualquier otro lo hubiera dado todo.
Ella se alejó unos centímetros, abrió los ojos y sonrió. En sus ojos no había tristeza, ni arrepentimiento, ni ridículo; aquella chica solamente tenía belleza en esas dos
joyas de color esmeralda. Nacho, viendo la vacuidad de esa mirada, se reafirmó en su decisión y soltó el aire de sus pulmones, como si hubiese estado aguantando la
respiración durante todo un siglo.
─Eres un idiota ─dijo ella, sin odio, sin ira, pero con un regusto amargo.
Se había levantado y lo miraba desde arriba, desde la altura de dos piernas largas y delgadas, desde la altura que provocaba ser una chica por casi todos deseada, una
chica que solamente tenía que escoger con quién quería estar.
─Sí, supongo que soy un idiota… ─Nacho dejó resbalar aquellas palabras con suavidad, lentamente, haciendo que la frase se fundiera con la lluvia que, durante esos
segundos eternos, detenidos, había mantenido su intensidad y seguía siendo una cortina delicada de miles de gotitas frías.
Lidia cogió su mochila, y sin decir nada más, se internó en la espesura de la lluvia, desapareciendo como una figura oscura en mitad del aguacero, con su larga melena
negra calada y su cazadora brillante. Nacho no sentía abatimiento, todo lo contrario, estaba orgulloso de haber rechazado a una chica del calibre de aquella; la había
rechazado porque estaba enamorado de Diana, la chica de las cartas, la misteriosa muchacha por la que sentía un amor incomprensible, profundo, doloroso. “No, no
puedo traicionar mi amor… le seré siempre fiel” pensó y volvió a cerrar los ojos.
No tenía prisa por volver a casa, le daría todo el tiempo del mundo al cartero para que metiera la carta que, segurísimo, llegaría ese viernes. Se puso los auriculares y
escuchó algo de Murcof, uno de esos discos raros de música electrónica que tenía por ahí y que, de vez en cuando, disfrutaba escuchando. Lo que él no sabía, porque
tenía los ojos cerrados, es que mientras Lidia besaba sus labios, Clot había ido hasta el parque a buscarlo y lo había visto todo.
Capítulo 5
“Íntimas enemigas”
Clot daba la sensación de poder romperse en cualquier momento, parecía una varita triste de trigo reseco bajo un paraguas, temblando, llorando. Sus lágrimas,
delicadas perlitas saladas, se confundían con la lluvia que caía por los laterales azules del paraguas. Sus ojos, también azules, eran un océano rebosando su aguas; un
pantano desbordado por la tristeza y el dolor. Los había visto, a Nacho y a Lidia, besándose bajo el porche de la caseta. Ese beso furtivo, no deseado ni buscado por el
muchacho, había durado el tiempo justo para que él despertara del destello seductor de unos labios tan hermosos y apartara a Lidia de sí; poco tiempo, sí, unos
segundos nada más, pero lo suficiente como para que el destino, enemigo implacable de los enamorados, le diera

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