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Libro PDF El Titanic y el pasajero 2209 – Emilio calle

El Titanic y el pasajero 2209 – Emilio calle

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cuartearon la calma en el puente de
popa, rompiendo el habitual silencio
propio de una mina abandonada. A esas
horas sólo insomnes, algún que otro
tripulante de guardia, algunas parejas, a
veces un cura, y un desobediente niño de
nueve años se movían con relativa
soltura en la lustrosa oscuridad por la
que también parecían navegar, como si
en vez de sobre el agua, el Titanic se
estuviese deslizando sobre el cielo. Eso
había desaparecido. Todo se empezaba
a llenar de vida como si fueran los
primeros albores de la madrugada. El
problema es que no entendía nada de lo
que decían, nada, ni una sola palabra, y
mucho menos era capaz de articular una
sola frase en inglés por muchas
lecciones improvisadas que le hubiesen
impartido a él y a sus dos hermanas
pequeñas desde que dejaron en la cuneta
su pueblo natal. Y dudaba mucho que
nadie de cualquiera de los que ahora se
asomaban por la barandilla tuviese el
más mínimo conocimiento de finlandés,
un idioma con el que a veces ni siquiera
sus propios parientes parecían
entenderse.
Pero es que, además, el alborozo
no necesita de traductores.
Momentos atrás el Titanic parecía
moribundo, más poblado por ausencias
que por almas vivas, como un buque a
punto de convertirse en un navío
fantasma. Pero ahora mismo, y pese a la
hora, era como si todos los pasajeros se
estuviesen despertando porque el rumor
de que habían pasado junto a la estatua
ya debías estar recorriendo el barco
desde la proa hasta la popa, y se colaba
por las rendijas, y entre las sábanas, y
bajo los gorros de dormir. Algunos
jóvenes gritaban en cubierta, y reían, y
jugaban con algunos trozos de hielo, que
quizás habían arrancado del que se
acumulaba en algunas partes de la
barandilla, y varios hombres se
asomaban por la misma, charlando con
visible animosidad, mirando hacia el
lugar por donde se había alejado la
mujer tallada que custodiaba todas las
esperanzas. Algunos miembros de la
dotación conversaban con los pasajeros
que se acercaban para interesarse sobre
sobre los motivos para tanto revuelo.
En una cubierta superior, vio a uno
de los oficiales correr hasta ser
devorado por las tinieblas.
Seguro que todos querían compartir
la prueba irrefutable de que el Titanic
era mucho más rápido de lo que se
creía. Durante todos esos días, Jyrki
había escuchado continuos rumores que
otros emigrantes finlandeses lograban
sonsacar a duras penas a los demás
pasajeros sobre cuándo llegarían
realmente porque cada día el barco
navegaba más y más deprisa hacia su
encuentro con la Dama. Nadie que fuese
a bordo lo negaría porque cada uno de
ellos había sido testigo de cómo el
Titanic rebasaba la velocidad de la
prisa. Nada viajaba tan rápido. Ni tan
siquiera el mismísimo tiempo. Había
superado cualquier expectativa, y
muchos eran los pasajeros que daban
por cierto que arribarían antes de lo
previsto. Puede que un día o dos antes.
Un barco extraordinario. Sobre todo
para el pequeño, porque además de que
inauguraba transatlántico, también
inauguraba una vida. Estaban llegando a
América. Allí donde el verano se
sucedía a sí mismo. No habría más
sobresaltos en el calendario. En esa
tierra que llamaban de la promisión, sus
pobladores habían logrado capturar y
encerrar al invierno en las montañas.
Casi regalaban la tierra a todos aquellos
que tuviesen el coraje de empeñar su
futuro en ella, y todo eran facilidades y
desvelos para la gente que, como la
familia de Jyrki, escapaban de una
desventura congénita.
¡Pero al fin estaban cerca del
puerto, casi en la entrada de una fantasía
que pronto sería realidad!
Tenía que contárselo a su padre.
Cuando lo supiera, casi seguro que le
perdonaría haberse escapado del
camarote común. Puede no tuviera que
confesarle que lo había hecho todas esas
noches. Quizás ni se enojara si le
permitía añadir lo de la estatua.
No se le ocurría nadie mejor en el
mundo para compartirlo.
Porque Jyrki admiraba a su padre,
ese hombre gigantesco y arisco, en cuyo
semblante había quedado incrustado un
único gesto de profundo aislamiento, y
que parecía soportar sobre sus hombros
algún tipo peso que ni siquiera con su
poderosa fuerza era capaz sobrellevar.
O tal vez lo que le lastraba era su propio
cuerpo, descomunal a todas luces, como
si necesitara un planeta para él solo, una
impresión esta que se acrecentaba
cuando, incapaz por más tiempo de
seguir respirando el aire fermentado en
el camarote, salía a pasear por las
cubiertas como un ogro extraviado en un
mundo de seres diminutos, mirando con
recelo aquel sol extraño, y aquel océano
tan hostil como cualquier otro infinito,
pero sobro todo escudriñando a rigurosa
distancia a los que podían pasar por
criaturas de su misma a su especie,
aunque no lo fuesen pues su especie no
era otra que la que llevase, por mínimo
que fuera el porcentaje, la misma sangre
que congestionaba a perpetuidad su
rostro. Apenas hablaba. Amaba el
silencio, como si en él encontrase todo
cuanto necesitaba para existir. Era tan
de pocas palabras, que aquel día,
algunos meses atrás, en la mesa donde
se habían reunido para comer, Jyrki tuvo
la impresión de que tenía contadas
exactamente cuántas diría en toda su
vida, y que de hecho había estado
callado tanto tiempo guardando con celo
algunas para anunciar, con una voz algo
más sosegada de lo habitual, que en
breve abandonaban aquellas tierras para
emprender un viaje hasta el otro confín
de la tierra.
Esto se acabó, dijo.
Nos vamos de aquí.
Y realmente se acabó. La estación
del cambió arrasó con ellos, como otras
estaciones inesperadas hicieron antes
con las cosechas, y también se llevó por
delante la casa, y la mayoría de sus
pertenencias, que fueron subastadas,
vendidas, regaladas,

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