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Todas las mujeres son peligrosas Serie Bellón 5 – Julián Ibáñez

Todas las mujeres son peligrosas Serie Bellón 5 - Julián Ibáñez

Todas las mujeres son peligrosas Serie Bellón 5 – Julián Ibáñez 

Descargar libro En PDF Lucía un corte de pelo de los caros,
con patillaschuleta de cordero. El traje
era a medida y el nudo de lacorbata
estaba tan derecho y apretado como
cuando sumujer se lo había hecho por la
mañana. Las patillas nohacían juego con
el traje y la corbata.
Había utilizado uno de esos pesados
mecherosdorados, había dado una
calada y, mientras echaba elhumo, juntó
los ojos para mirar la brasa, enseguida
diootra calada porque esta le había
convencido y entoncesme miró y
cabeceó afirmativamente.
Yo tenía la radio puesta, como casi
siempre, aunque
nunca la escuchaba, no me
interesaban los programasde noche,
tampoco los de día, solo la oía para
sentirmeacompañado, pero había
elevado el tono e inclinado unpoco la
cabeza porque una tía estaba contando
que todaslas noches el rey de la casa le
sacudía la badana, soloporque sí; la
locutora insistía en que lo denunciara,
que learrojara pimienta a los ojos, o que
se asomara a laventana pidiendo
socorro, pero la tía replicaba, con
voztrémula, que ni se le pasaba por la
cabeza porque sequedaría sin lo bueno
que venía después.
Acababa de hacer mi ronda de las
doce. Habíarecorrido las dos plantas sin
encontrar nada fuera de lonormal,
porque lo único excepcional estaba
ocurriendo adiez metros de la silla en
que me sentaba.
Aquella noche teníamos tres
partidas, unos veinteclientes en total y
diez o doce chicas. Yo no
estabaautorizado a entrar en las
habitaciones de las partidas,nadie lo
estaba, solo las chicas y uno de los
camareroscuando se requería su
servicio, pero sí estaba autorizadoa
abrir un poco la puerta y echar un
vistazo paracomprobar que todo iba
bien. Veía a los tíos en mangas decamisa
envueltos en humo, con un vaso en la
mano ycon los dedos de la otra mano
martilleando las cartas, odebajo de la
mesa deshaciendo un peinado.
Ya he dicho que yo era invisible, los
fulanos cruzaban
a mi lado sin verme, sin darme las
buenas noches, aunquea veces
regresaban y me preguntaban dónde
coñosestaba la salida, o el camino para
regresar a la partida. Laschicas sí se
detenían a hablar conmigo de vez en
cuando,nunca con un cliente del brazo,
para cruzar solo un par defrases porque
tenían prisa para largarse a casa.
Cuando el tipo apareció, ya de
regreso, calculé quehabía estado con
Virginia unos veinte minutos. Era
pocotiempo y aquello podía haberme
alertado, había tipos queno aparecían
hasta las siete de la mañana, era de
suponerque se quedaban dormidos con
los pantalones a mediobajar y las chicas
aprovechaban para revisar su cartera
yluego dar una cabezada de cara a la
pared.
Le calculé por la primera mitad de
los cincuenta, erauno de esos fulanos
bien alimentados, tan alto como yo ysin
ningún aspecto de tener que sacar la
cartera paraconseguir una chica, y
todavía menos la necesidad desacudirla
con los puños. Era bien parecido, un
fulanoguapo y limpio. El traje, la camisa
blanca y la corbatagranate de seda
lucían impecables. Me vino a la
menteuna novia al pie del altar con el
anular extendido. Tenía eseaire de los
fulanos a los que han puesto una corbata
alos siete años y ya no se la han quitado.
Salvo por laspatillas.
Yo había respondido a su saludo sin
levantarme de
la silla, nadie me había dicho que
tenía que hacerlo. Noparecía tener prisa,
así que me había ofrecido la
cajetilladespués de encender su pitillo,
Marlboro, aunque lo míoera Ducados
Especial. Sacó el mechero de nuevo y
me diofuego. Fue entonces cuando me
llamó la atención la sortijaen el meñique
de su mano izquierda, con una
piedradiminuta, porque no hacía juego
con su traje ni con lacorbata de seda,
pero sí con las patillas. Y se puso
acharlar, sobre nada, sobre que no era
fácil dar con el club,o que por aquella
zona se circulaba mejor. Nada
sobreVirginia. Creí que estaba haciendo
tiempo esperando aque la chica se
lavara, aunque no dirigía miradas hacia
elpasillo, como si se hubiera olvidado
de ella.
Luego me acordé de que sí había
mirado hacia elpasillo, o hacia la puerta
de la habitación, una sola vez,incluso se
quedó con la mirada puesta allí durante
unos segundos, como si le extrañara la
tardanza de la chica;creo que fue
entonces cuando dijo aquello de que

Todas las mujeres son peligrosas Serie Bellón 5 – Julián Ibáñez 

loshombres somos como los galgos,
nunca atrapamos a laschonis («chonis»,
fue la palabra que empleó),
corremosdetrás de ellas pero ellas
corren más que nosotros. Nocomprendí
entonces qué había querido decir, en
realidadno le presté demasiada atención.
Cuando llevaba fumadomedio pitillo, lo
aplastó en el cenicero y se largó sin
volverla mirada de nuevo hacia el
pasillo ni despedirse.
Pensé que si había estado en el paño
había sido por
poco tiempo, como una hora, o
incluso menos. Quizásno le gustaba
jugar, o le urgía quitarle la ropa a una
chica.Había estado con Virginia unos
veinte minutos y, comotenía pinta de
tener los bolsillos llenos, yo había
pensadoque podía significar un billete
pequeño para mí soloporque le había
respondido cuando me había
preguntadocómo me iba la vida. Por lo
que, cuando dejé de verle, laúnica
conclusión que había sacado era que
entendía pocode galgos porque, si yo no
estaba mal informado, siemprecogían a
la liebre, lo había visto en la televisión,
o me lohabía comentado mi proveedor
de bolas rojas,indicándome con la
barbilla a un galgo durmiendo en
elcorral.
Virginia era de las que se pasaban
de tragos y sequedaban dormidas.
Ninguna de las dos cosas le gustabaa
Saritos, así que yo las dejaba dormir y
luego les pasabauna toalla húmeda por
la cara para que se despejaran
losuficiente para coger el volante y
largarse a casa. ConVirginia me había
sucedido dos o tres veces, se
habíalimitado a darme las gracias y un
beso rápido en la mejilla,nada de
pasarme un billete porque en realidad yo
estabahaciendo mi trabajo.
Esperé como unos diez minutos y al
fin apagué laradio, me levanté y fui a la
habitación.
Entré sin llamar porque ya había
intuido que algo no ibabien, y la puerta
entornada había acentuado esasensación.
Y acerté. En mi mente se había
proyectadouna habitación desordenada,
con los muebles volcados,la ropa por el
suelo repleto de clínex arrugados, pero
meencontré con todo lo contrario: la
cama sin deshacer, la sillajunto a la
pared, el pequeño tocador con las
toallasplegadas, la banqueta con el
asiento de terciopelo granateen su sitio,
las dos alfombrillas… La cama sin
deshacer fuelo primero que me alarmó.
Veinte minutos en aquellahabitación y no
habían deshecho la cama. Todo lo
demásestaba donde debía estar, salvo
Virginia que estaba enel suelo, boca
abajo, entre la cama y la pared.
Lo primero que pensé fue que estaba
tan cargadaque no había logrado
encaramarse a la cama. Pero nome lo
había parecido cuando había cruzado a
mi lado,además estaba vestida, con la
falda levantada por encimade la cintura
y las bragas puestas. Me acerqué, le di
lavuelta y la encontré con buena parte
del lado derecho delrostro
ensangrentado, tanto que de no saber que
eraVirginia no la habría reconocido, y
con los ojosentrecerrados. No los
movía, tampoco pestañeaba, porlo que
estuve seguro de que no me veía, de que
no veíanada, incluso sufrí un escalofrío
pensando que podía estarmuerta.
No se apreciaba ninguna otra herida,
salvo los
brochazos de sangre en la cara.
Deduje que solo estabadesmayada.
Cogí la almohada y se la coloqué
debajo de lacabeza, también le bajé la
falda. Luego puse los brazos enjarras y
dejé salir el aire con fuerza por la
nariz,contemplándola sin pensar en nada
pero con la sensaciónde que mi deber
era atrapar una idea y desmenuzarla.
Vi al tipo ofreciéndome tabaco,
dándome fuego, visu corte de pelo a
navaja, su traje gris, sus patillas y
susortija en el meñique de la mano
izquierda como si hubieraolvidado
quitársela antes de ponerse a jugar con
un niño.Le escuché decirme que los
galgos siempre atrapaban ala liebre. Le
vi volviendo la mirada hacia la
habitacióndonde había dejado a Virginia
y también alejándose por elpasillo. Me
esforcé en verle quitándose la
chaqueta,golpeándola con los dos puños
y poniéndose de nuevola chaqueta
porque pertenecía a esa clase de fulanos
quesin chaqueta se sienten desnudos.
Todavía salía un hilillo de sangre en
el pómuloporque el corte era profundo.
Otro corte en la ceja tambiénsangraba.
Eran las únicas heridas, dos cortes, y
quizás unbuen golpe en el pómulo
izquierdo donde había un granmoratón
con el centro de un blanco amarillento.
Le habíagolpeado con los dos puños y a
lo mejor había tenido unabuena razón
para hacerlo.
Las chicas suelen buscárselo, van
por la vida comosi lo hicieran en un
balancín, a veces las tratas comomierda
y se sientan sumisas en tu regazo, otras
te olvidasde darles los buenos días y
abren el cajón de los cuchillos.
Empapé una toalla y la apreté contra
los dos cortes.Luego apreté su mano
contra la toalla. Continuaba conlos ojos
entreabiertos pero sin verme. Había
comenzadoa respirar de forma
esforzada. Puse de nuevo los brazosen
jarras obligándome a pensar en algo,
como que si notendría algún hueso roto.
Todo estaba en su sitio: el vestidor,
la silla, lasalfombrillas, las dos
lámparas… Estaba claro que no
habíahabido pelea, que Virginia no se
había defendido,seguramente porque no
había tenido la oportunidad dehacerlo,
tampoco había gritado, aunque a lo
mejor sí lohabía hecho cuando yo estaba
escuchando a una marujacorriéndose
pensando en una correa. Caí en la
cuentade que no haber oído la paliza era
suficiente disculpa parano haber
intervenido. Una disculpa que Saritos no
setragaría. De nuevo me vino a la mente
la imagen del tipoofreciéndome un
pitillo con la palabra «idiota»
lanzandodestellos. Me invadió una
sensación de derrota: Bellón,
elgilipollas. Apreté los puños y busqué
un rival invisible enun ring inmenso.
Pero mis piernas eran de algodón y
notenía a nadie a quien golpear. Sin
embargo las gradas
estaban repletas y mil rostros me
contemplaban ensilencio.
La cubrí con la colcha y salí de la
habitación.
Recorrí todo el club. El tipo se
había largado. No seencontraba en
ningún salón, ni en ningún tapete porque
nole habrían dejado ocupar de nuevo la
silla, o le habríanhecho esperar.
Tampoco en la barra del pequeño bar
dela segunda planta. Salí al
aparcamiento de clientes y echéun
vistazo, pero desconocía el modelo de
su coche y nose veía a nadie por allí. Al
entrar me encontré con Segura,el
portero, que acababa de llegar.
—¿Dónde estabas? Un fulano —
improvisé—. Trajegris. Unos cincuenta.
Necesito saber qué conduce.
Podía tratarse de un cliente del que
no me fiaba yno iba a darle
explicaciones. No se me ocurría otra
cosa.Segura ni se molestó en mirar hacia
el aparcamiento, mispalabras habían
cruzado su cerebro sin detenerse.
—Por aquí no ha pasado —me
contestó mirándomea los ojos,
retándome a que le oliera el aliento
porque suocupación favorita era apurar
los vasos de las bandejas.
—A lo mejor todavía no ha salido,
aunque me dijoque se iba. Un Boxter o
un Insignia… algo así.
Continuó mirándome durante otro
par de segundos,rubricando su
respuesta. No era el momento de
pelearcon él, le jodían los tipos que en
una noche nos metíamosen el bolsillo su
nómina de una semana. Era uno de
esostipos que creen que lo saben todo,
fuerte, pero condemasiada barriga, poco
pelo y narpias de bebedor. Le dila
espalda y regresé donde Virginia.
No se había movido, continuaba al
pie de la cama,con los ojos ahora
cerrados, pero plácidamente, como sise
hubiera dormido. Ya no se apretaba la
toalla contra lacara pero ésta no se
había caído.
La cogí en brazos y la eché sobre la
cama. Retiréla toalla. Las heridas ya no
sangraban, pero aquella partedel rostro
se había hinchado, el parpado no se
habíacerrado del todo y la hinchazón
había dejado una pequeñaranura, se
apreciaba el brillo del globo ocular que
no veríanada porque parecía
desconectado. No se había
quejadocuando la había levantado así
que no debía tener ningúnhueso roto.
Seguramente el fulano le había cortado
elpómulo con la sortija, una sortija que
no hacía juego consu traje y su corbata.
Me llamaba la atención que lahubiera
golpeado con los dos puños, algo que
podíasignificar furia, saña.
Empapé de nuevo la toalla, la
coloqué sobre los
cortes y puse su mano encima. Luego
salí en busca de lajefa.
La encontré en su despacho, junto a
la ventana abiertaun par de dedos para
dejar salir el humo. Nunca sacaba
lacajetilla sentada a su mesa; tenía la
mirada puesta en eljardín, vigilando el
crecimiento de las
plantas,recriminándolas que no lo
hicieran más deprisa.
—Problemas.
No se volvió, se limitó, después de
dejar transcurrirunos diez segundos, a
dar una breve calada, a echar elhumo
por la ventana entreabierta y a afirmar
levemente yuna sola vez con la cabeza
para que siguiera hablando.
Me daba la espalda una de esas tipas
que tantoescasean, me refiero a una de
esas tías competentes, delas que
emplean solo las palabras precisas
como si lasestuviera ahorrando porque
en sus planes estaba escribirun
diccionario. Le calculaba unos treinta y
cinco, o quizástreinta y tres; era menuda,
pero muy bien construida, conun montón
de curvas que en traje de noche hasta
podíanresultar peligrosas, en un cuerpo
cargado de energía, unaenergía que ella
controlaba gastando solo los
excedentescon tipos como yo, a la
espera de que se abriera la puertay
aparecieran los grandes problemas.
Su carácter era como su cuerpo,
compacto, podíaspasarte la vida dando
vueltas su alrededor y no encontrarcómo
abordarla. Era guapa, solo eso: guapa,
nada de
bella o cualquier pijada de esas, y
apenas se maquillaba.Te daba la mano
pero no sonreía, dejando claro que
lohacía porque estaba obligada a
hacerlo. Nunca la habíavisto sonreír.
Quizás estaba escrito en su contrato
queno lo hiciera. Tampoco parpadeaba,
como si fuera algoque no servía para
nada, mantenía la mirada en tus ojos,no
con dureza, sino como si paseando por
la playa hubierapuesto la vista en un
madero carcomido.
Se decía que todavía andaba en el
negocio, que nolo había dejado. Yo no
sabía qué pensar. Que tenía tres ocuatro
fulanos fijos que le pasaban una
cantidadconvenida. Era probable. De
vez en cuando desaparecíacuatro o cinco
días. Nadie sabía dónde
estaba.Suponíamos que andaba de viaje
con alguno de sushabituales, pero nadie
comentaba nada, era tema vedado,como
si se encontrara a tu espalda y fueras a
sentir sumano dándote un golpecito en el
hombro.
Se volvió. Me miró. Entonces le
conté la historia, oparte de la historia.
Aprovechando para acariciarle la
caracon la mirada y darle un repaso
discreto a su busto,hablando
mecánicamente, enviándole el mensaje
de quese acercara y me golpeara el
pecho con el puño, conafecto, de colega
a colega, con un tranquilo
loarreglaremos, son cosas que pasan, tú
para mí eres elprimero, cuándo vas a
cambiar esas miradas perrunaspor
palabras.
Me acerqué a ella un par de pasos
para darle másfuerza a mi narración,
añadiendo que había hecho mironda, que
al regresar me había encontrado con el
fulanosaliendo de la habitación de
Virginia, que habíamosintercambiado un
par de palabras, que el tipo se
habíalargado, que Virginia no aparecía y
que entonces fui a verqué pasaba.
Me escuchó sin comentar nada, con
una expresiónneutra, como una etapa
más en un camino muy largo.Cuando
terminé, cerró la ventana, aplastó el
pitillo en elcenicero, cruzó a mi lado y
salió del despacho. Sindecirme nada, sin
ponerme la mano en el hombro,
sinabofetearme. La seguí.
Fuimos a la habitación de Virginia.
Saritos retiro la toalla sin
contemplaciones y echóun vistazo a los
cortes. Luego sus ojos recorrieron
elcuerpo comprobando si todo estaba en
su sitio. Virginiamantenía los ojos
cerrados, me pareció que se
habíadormido.
—No parece que tenga nada roto —
comenté.
—Llama a Segura —me ordenó,
dejando caer latoalla.
No me gustaba que el portero
interviniera perocomprendí que no había
más remedio. Cuando regresécon
Segura, Saritos tenía el móvil pegado a
la oreja. Elportero, al encontrarse con
Virginia en la cama con unatoalla
ensangrentada cubriéndole el rostro,
abrió los ojostodo lo que pudo porque
era lo que su contrato decía quetenía que
hacer, pero no dijo nada porque no
había quecorrer riesgos cuando se
desconocían las ideas de la jefasobre el
asunto.
Saritos plegó el teléfono.
—Mi coche. Atrás —se limitó a
ordenarnos.
La llevamos sobre una manta con
Saritosabriéndonos las puertas, yo
sujetando las dos puntas dela cabeza y
Segura las de los pies. Salimos por la
puertade atrás, la que comunicaba con el
aparcamiento delservicio, aunque en la
puerta principal tampoco noshabríamos
encontrado con nadie.
Virginia no llegaría a los sesenta
kilos, así quepodíamos haberla llevado
en brazos, pero todavía noestábamos
seguros de que no tuviera algún hueso
roto,aunque no se quejaba. Su mano
sostenía la toalla contrael rostro como si
el brazo se le hubiera agarrotado.
Habíaabierto los ojos que no miraban a
ninguna parte.
El Volvo de Saritos ocupaba la
plaza reservada máscercana a la puerta
de servicio.
Estábamos acomodando a Virginia
en el asientotrasero, con un chaquetón
como almohada, cuandoSegura
aprovechó para sonreírme, pero era una
sonrisaespecial, la de tu mayor enemigo
abriendo la trampillabajo tus pies.
—Cincuenta años… Señor Humo.
Saritos estaba abriendo la puerta del
conductor yseguramente le había oído,
que era lo que el portero
habíapretendido. Pero se colocó detrás
del volante sin decirnada, así que no me
molesté en replicar.
—Tú —se limitó a decir
indicándome con la cabezael asiento del
copiloto.
Nos pusimos en marcha. No sabía
adónde nosdirigíamos, a algún lugar, no
me lo había dicho ni me lo ibaa decir, ni
yo se lo iba a preguntar.
Señor Humo me había engañado. Se
detuvo ahablar conmigo después de
estar en la habitación conVirginia. Y se
mostró amable, sin que me hubiera
parecidouna amabilidad forzada. No se
lo iba a decir a Saritos,
pensaría que era un idiota, pero a
cualquiera le hubieraocurrido, aunque
yo no me consideraba cualquiera
porqueme pagaban por proteger a las
chicas.
No hablamos, no teníamos nada que
decirnos.Virginia no se quejaba, quizás
hasta se había dormido denuevo, aunque
las heridas tenían que dolerle.
Podía quedarme sin trabajo. Me
pagaban paradefender a las chicas,
sobre todo para eso, no paracolocar
borrachos detrás del volante o
acompañarlos acasa. El par de veces
que había sacado las manos de
losbolsillos me había salido bien, había
resuelto los dosproblemas como si nada:
un gilipollas pasado de copasque decía
que le habían birlado un par de billetes
de lacartera, la chica, una sudaca, se los
había tragado y no lopodíamos probar
hasta que los cagara, y otro
gilipollasque había pedido a la chica
que le vistiera y esta le habíamandado a
tomar por culo. De forma rápida y
sinescándalo, que era lo que Saritos
quería.
Debíamos andar por Mirasierra, o
por El Bosque,conocía poco aquellas
urbanizaciones. Farolas de luzamarilla,
mucha tapia, mucha verja y las copas en
formade hongo de pinos gigantes
vigilándonos por encima de lastejas
vidriadas.
No era la primera vez que ocupaba
el asiento del
copiloto en su Volvo de cincuenta
mil euros. Me hubieragustado llevar yo
el volante con ella a mi lado, llevarla a
sucasa y aceptar una copa, pero nunca
me había invitado ahacerlo. Estaba fuera
de mi alcance, pero podía probar,¿por
qué no?, dentro de ese bloque de hielo
tenía quehaber un corazón palpitando,
quién sabe, era un tren quepasaba
deprisa y quizás yo era el único
pasajero en elandén y a ella podía no
importarle que me encaramara aél.
Algún día lo intentaría.
Otro par de calles y cruzamos junto
a un panelclavado en el césped: Clínica
Vergara. Nuestro destino.Saritos había
llamado anunciando nuestra visita
porque nohabía apagado el motor
cuando se acercaron casicorriendo un
par de tipos de chaquetilla y pantalones
verdeoscuro empujando una camilla.
Sacaron a Virginia con cuidado, la
colocaron sobre lacamilla y tomaron el
camino de urgencias. Todo sin deciruna
palabra, sin preguntar qué había pasado,
sinmirarnos, seguramente porque allí no
se hacíanpreguntas, o porque aquella
clínica solo contratabasordomudos. Les
seguimos.
Perdimos de vista la camilla cuando
la metieron enuno de los cubículos y
corrieron la cortina. Enseguidaentraron
en el cubículo lo que se suponía eran,
por la batablanca y porque nos
ignoraron, un doctor y una doctora,
bastante jóvenes. Ella usaba gafas de
armadura negra ytenía el pelo castaño
recogido en un gran moño, era
unamonada representando el papel de
doctora, aposté a queno le había dado
tiempo a ponerse la ropa interior. Él
teníael pelo oscuro echado a los dos
lados con una raya máso menos en el
medio.
Un par de minutos y un tipo apareció
al fondo delpasillo, nos vio y aligeró el
paso hacia nosotros mientrasen su jeta
nacía deprisa una sonrisa. Era un fulano
con uncuerpo grande en forma de pera,
con la pinta de ir a ungimnasio tres
veces por semana y tratar de
ligarse,voluntarioso y jadeante, a la
corredora de la cinta de allado. Vestía
bata blanca alérgica a las manchas,
debajo dela bata aparecían unos
pantalones grises terminados enunos
zapatos negros de punta roma,
relucientes. Estabaestirando la mano
cuando todavía le faltaban diez
metrospara llegar donde nosotros, como
si la acabara deencontrar y nos fuera a
preguntar si era nuestra. La jefa sela
chocó con desgana. El tipo se las
arregló para soltarun montón de
palabras sin que su sonrisa decayera,
queestaba todo preparado, que a su
servicio, que lo dejaratodo en sus
manos. Nada de preguntar qué había
pasado,quién era el paciente o la
paciente. A mí me habíaignorado. Se
pusieron a hablar en voz relativamente
bajapero sin molestarse en darme la
espalda. Soltaron un parde nombres así
que debían de estar cotilleando
sobrealgún conocido. Adiviné que el
fulano era cliente del
Queen’s.
Se separó de Saritos, descorrió con
suficiencia lacortina del cubículo y echó
un vistazo de un par desegundos. Volvió
a echar la cortina y le dio el parte
aSaritos. Que todo iba bien, pero que la
tendrían queinternar. Se dieron la mano
de nuevo y el tipo se largópor donde
había venido.
Saritos tenía la mirada puesta en la
cortina, como siestuviera contemplando
el ancho mar sin ningún velero ala vista.
—¿Cómo era? —me preguntó de
pronto, sin volverla cabeza.
Fingí que lo pensaba, aunque sabía
muy bien que sehabía referido a Señor
Humo.
—Corriente. Como unos cuarenta y
cinco ocincuenta. Moreno. Traje gris,
normal. Patillas. No sé cómose llama,
no le he visto nunca. Cliente de una
noche.Alguien le habrá traído. Cuando
salí ya se había largado.Alguien tiene
que conocerle. ¿Quién le trajo?
En el club o eras socio o tenías que
veniracompañado, la entrada no era
libre. Nada sobre quehabía hablado
conmigo después de la paliza, nada que
tenía la radio puesta, nada que había
subido el tono comouna coraza contra la
insistencia de ciertos
pensamientosdentro de mi cabeza. No
quise disculparme diciendo queno había
oído nada porque con cada disculpa
descendíaa sus ojos unos cuantos
peldaños.
Me escuchó sin comentar nada, con
la miradatodavía en la cortina, como si
no le prestara atención amis palabras.
Durante unos segundos permanecimos
ensilencio. Al fin regresaron sus
brillantes ojos azules.
—También se fue sin pagar.
Y dejó de mirarme porque no
merecía la pena añadirnada más.
—¿Cuánto?
La respuesta llegó cuando me daba
la espalda paraenfilar el pasillo.
—… Siete mil.
Estuve a punto de soltar un silbido
mientras meponía en marcha para
seguirla. Siete mil. Mucha pastapara
llevar en el bolsillo, podía haberle ido
mal en lapartida y haber extendido un
pagaré. Pero era demasiadopronto
cuando apareció con Virginia y no podía
haber
estado sentado al paño demasiado
tiempo. Nocomprendía en qué podía
haber gastado tanto dinero.
—Pidió lo mejor —añadió Saritos,
sin volver lacabeza, aclarándome la
pregunta que yo me estabahaciendo—.
Para la partida y para las chicas.
Así y todo era demasiado. Se trataba
de un tiporumboso, aunque no me lo
había parecido. Todo locontrario, le
había tomado por un juez, un notario o
algo porel estilo. Salvo las patillas y la
sortija en el dedo meñique.No sabía qué
pretendía Saritos. Metí las manos en
losbolsillos.
—También habrá que pagar esto —
añadió—. Es unacuenta muy larga.
Lo dijo mirándome sobre el hombro,
como arrojandolas palabras al aire para
que Bellón diera un salto y lasatrapara
con la boca.
Su mirada decía que la culpa había
sido mía, másque decirlo lo estaba
esculpiendo, como un estigma queiba a
quedar grabado en mi frente el resto de
mi vida. Sealejó, abandonándome. No
supe si debía seguirla.
No me había dicho que buscara al
tipo para cobrarlelo que nos debía, se
había limitado a informarme dando a
entender que el resto tenía que
ponerlo yo. O quizás solohabía
pretendido hacerme ver que toda la
responsabilidadera mía.
Apresuré el paso hasta alcanzarla de
nuevo.
—¿Quieres que

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