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Traición en el caribe La maldición de los Blaze 1 – J. L. Rodriguez

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La luna llena brillaba en lo alto del cielo, casi convirtiendo en día la noche, el mar se mantenía en silencio solo interrumpido por el sonido de alguna pequeña ola
chocando contra el casco del buque, lo cual hacía más presente los ruidos que venían de la isla.
La pequeña isla de unos veinte kilómetros cuadrados estaba situada al sureste del Caribe, bañada al este por el océano atlántico y al oeste por el Ca
excepto al sur donde una pequeña bahía ofrecía abrigo a las naves que necesitaran guarnecerse de las tormentas traicioneras que azotaban esos mares.
La isla de las almas, así era conocida en todo el Caribe, estaba esculpida por escarpadas colinas, cubierta enteramente por espesa vegetación, dotada de toda clase de
fauna, previsiblemente alguna especie de simios y algunas clases de aves que emitían chillidos y alaridos que ponían los nervios de punta al más cuerdo. Quizás era por
eso que estaba considerada como maldita por los marineros y gentes de la zona que creían que los aullidos y demás sonidos los emitían las almas de marineros y
pescadores que habían perdido la vida en aquella zona.
No le hacía mucha gracia por tanto a la tripulación permanecer fondeados en la pequeña bahía dónde llevaban ya tres noches. Los nervios empe
que aunque leales no cuestionaban a su capitán tampoco entendían por que les mantenía allí dónde por un lado tenían la isla maldita y por otro serían presa fácil
encerrados en la bahía a merced de cualquier buque de guerra que los divisara. Mantenían doble guardia y esperaban cumpliendo órdenes cuando de repente unas voces
se escucharon en cubierta.
—Una vela al norte tras los acantilados. —Gritaba un marinero desde una cofa—. Señor Gibbs una vela tras los acantilados, pronto estará en la entrada de la bahía.
—¿Qué clase de buque es ?. —Preguntó el señor Gibbs.
—Aún no se distingue señor. —Contestó el marinero.
—Está bien, informaré al capitán. —Contestó Gibbs.
Gibbs se dirigió al camarote del capitán con celeridad, Gibbs, segundo de a bordo era un hombre pequeño, huesudo, aunque dotado de una agilidad extraordinaria,

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de
rostro amable y pelo cano, siempre bien vestido y afeitado, con aire británico,
todo del capitán el cuál después de años de servicio juntos valoraba su opinión y lealtad fuera de toda duda. Llegó al camarote del capitán y entró, encontrándolo en
su mesa, inmerso en su lectura a la luz de las velas.
—!Capitán!, exclamó. —Una vela bordeando los acantilados al norte, ¿qué ordenáis?.
—¿Qué clase de buque es?. —preguntó el capitán.
—Aún no se distingue, pero en poco tiempo alcanzará la entrada de la bahía y estaremos perdidos. Debemos levar anclas ya mismo. —Contestó Gibbs.
El capitán se mantuvo pensativo, mirando una humeante taza de té que sostenía con las dos manos, de pronto contesto:
—Todos los hombres a cubierta, artilleros preparados. Atentos para largar trapo a mi orden señor Gibbs.
—Pero capitán, seremos blanco fácil si nos bloquea la salida, debemos largar trapo e intentar salir a mar abierto si queremos tener alguna posibilidad.
—Tranquilo mi buen amigo. —Respondió el capitán.
—Preparaos y subamos a cubierta a ver de quien se trata.
Los dos piratas se dispusieron a subir mientras Gibbs reproducía las órdenes del capitán, pronto llegaron al castillo de popa cuando el marinero de la cofa exclamó:
—!Una fragata capitán. !Parece una fragata, arbola tres palos y está virando para entrar en la bahía. —Ya la veo señor Vásquez, —Respondió el capitán—. Todo el
mundo alerta señor Gibbs.
Los minutos se hacían horas en el breve espacio de tiempo en el que el impresionante navío viraba y lentamente entraba en la bahía, a lo lejos se divisaban las
siluetas de los marineros por la cubierta cuando de repente de la proa salió una andanada de artillería.
—Capitán —dijo Gibbs. —Nos dispara, ha pasado a veinte metros de nuestra proa debemos salir de aquí, debemos coger posición para defendernos.
—Tranquilidad señor Gibbs. —respondió el capitán.
—Somos un blanco fácil, no nos ha dado por qué no ha querido. Una andanada señor Gibbs, una andanada a veinte metros de su proa por favor.
—A la orden. —respondió Gibbs— .Y pronto una andanada cayó veinte metros por delante del bauprés de la misteriosa nave, que rápidamente respondió con otro
cañonazo.
—Éste ha caído por detrás de nuestra popa capitán—.
Dijo Gibbs.
—Correcto señor Gibbs, nada que temer, es el navío de mi hermano, el Avenger. Retirad a los hombres esperaremos su visita.
—Ahora comprendo señor, a la orden.
—Mientras Gibbs daba órdenes el capitán observaba el avance del Avenger, en el cuál se atisbaba a la tripulación recogiendo el trapo y preparando las anclas.
El capitán Ryan Blaze era un hombre de unos treinta y cinco años, de tez blanca, rostro atractivo y largo pelo rojo, siempre bien peinado con una coleta, lucía
siempre elegantemente vestido, gobernaba su barco el Silver Star con disciplina militar, manteniéndolo siempre en pulcro estado y con una tripulación siempre bien
uniformada y entrenada con la disciplina de cualquier navío de la armada Quizás fruto de su pasado, cuando junto a su hermano Henry, conocido en todo el Caribe como

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