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Tres amantes y un revólver – Andrés Fornells

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Nunca me gustó estudiar, y por ello me costó sangre, sudor y lágrimas terminar la carrera de Económicas que me interesaba tan poco como todas las demás. Mis
padres quedaron contentos porque había conseguido, al igual que mi hermana y mi hermano, un título universitario.
―Al que tiene una carrera se le abren muchas más puertas que al que no la tiene ―consideraban mis padres.
Yo, desde que había descubierto las delicias del sexo, mi máxima aspiración era que se me abrieran muchos muslos femeninos para gozar ese nido de los placeres que
las mujeres guardan en mitad de ellos.
En mis años de universitario salí con varias chicas de mi edad, la mayoría de ellas demasiado tradicionales, locas por casarse y todo lo que esto conlleva. A pesar del
uso de las gomitas preventivas, tuve un par de problemas parecidos al de Enriqueta, que solucioné con apuros y con gasto. Para evitar este tipo de problemas decidí
dedicarme a las casadas, que también me procuraron más de un sobresalto con la imprevista llegada de maridos que me obligó a encerrarme en armarios, esconderme
debajo de camas y escapar por ventanas, desnudo y con mis ropas en la mano. Pero como muy bien dijo un sabio: Quien algo quiere, algo le cuesta.
Por fin, con mi flamante título en la maleta, regresé a la añorada casa paterna. ¡Cuánto había echado de menos los estupendos guisos de mamá, mi ropita limpita y,
sobre todo, el dolce far niente! Soy un holgazán innato y feliz de serlo. “Aquí me quedo para siempre jamás”, me dije nada más cruzar la puerta y envolverme ese olor
familiar, imborrable que posee el hogar de toda tu vida.
Para conformar a mis padres ―acérrimos enemigos de la ociosidad ―fingí que buscaba empleo. Nada más lejos de mis deseos el conseguir uno. Salía todas las
mañanas a hacer un rato de footing para mantenerme en forma. Luego me leía el periódico sentado en alguno de los bancos de la Plaza Central. A las dos comía uno de
los estupendos guisos que nos preparaba mi madre y después me echaba una buena siesta. Por la tarde, fresquito y descansado, me iba al casino a jugar unas partidas de
billar con amigos desocupados al igual que yo. Por la noche, después de haber cenado, me reunía con los amigos en un bar de copas donde bromeábamos, contábamos
chistes y nos jugábamos las consumiciones a los dados. Todos nosotros éramos felices porque llevábamos la clase de vida que nos gustaba.

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Una de las mañanas que yo corría por el arcén de la carretera, percibí cerquísima de mí un fuerte ruido de frenos. Me detuve alarmado, giré la cabeza y vi que a pocos
metros de mí un camión de gran tonelaje se estaba parando. Miré hacia la cabina del vehículo y descubrí que lo conducía Manuela Prodiga, joven camionera agraciada con
ochenta kilos de carne prieta y musculosa. Estaba casada con Arturo Naranjas, un tipo enclenque, de poca talla, y propietario del camión que ella manejaba.
―¿Quieres que te lleve a algún sitio, Jandro? ―propuso mirándome como una gallina hambrienta miraría a un gusanito que había decidido comerse.
Las buenas oportunidades nunca se deben desaprovechar.
―Llévame donde tú quieras, Manuela. Y si es al paraíso de los sentidos, mejor.
Sonriendo me señaló el asiento vecino al suyo, y arrancó nada más lo ocupé. El viaje fue corto. Recorridos siete kilómetros, la profesional del volante se adentró por
un camino de carro, metió el vehículo dentro de un pinar y, en la cama situada detrás de la cabina, protegidos de posibles miradas curiosas por unas cortinitas floreadas,
nos dimos una sesión de sexo que nos dejó mutuamente entusiasmados.
―Jandro, eres el semental que yo llevo buscando desde hace mucho tiempo.
―Pues ya me encontraste, bella camionera. Aprovéchame al máximo.
Manuela y yo mantuvimos esta satisfactoria relación algo más de medio año. Hasta que cierta mañana en que ella llevaba su vehículo cargado hasta arriba con jaulas
de cacareantes y cagonas gallinas, tras ella cabalgarme endemoniadamente dos delirantes veces, aparcado su camión en un campo abandonado, arrullados por el bucólico
sonido que emitían unos corderos que triscaban por allí cerca, la camionera me anunció que habíamos terminado. Que aquellos dos polvos eran de despedida.
Desagradablemente sorprendido, le pedí me explicara su repentina decisión.
―¿Acaso no te entrego yo todo lo que mi salud da de sí? ―expuse, dolido.
―No tengo queja, querido. Pero en la variedad está el gusto. He conocido a dos hermanos portugueses, camioneros como yo, tiarrones de un metro noventa y ciento
diez kilos de músculos, y sintiéndolo mucho mi cuerpo no da para vosotros tres. Tengo que desprenderme de uno, y he decidió que ese uno seas tú.
Con mi amor propio seriamente herido, protesté:
―No seas desconsiderada, Manuela. Déjalos a ellos y no a mí. A ellos acabas de conocerlos, y a mí me asiste el derecho de antigüedad.
Sus negrísimos ojos me maltrataron con relámpagos de ira.
―No digas chorradas, Jandro. Las cosas duran lo que duran. ¡Y no más! ¡Basta!
―¿Qué te dan ellos que no te esté dando yo? ¡Dime! ―exigí.
―Ellos me dan lo mismo que tú, Jandro; pero por partida doble. ¡Y vale ya!
Sabiéndola perdida para mí, se me destapó el vinagre del despecho y le grité:
―¡Eres muy puta, Manuela!

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