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Libro PDF Tu piel desnuda – Encarna Magin

Tu piel desnuda - Encarna Magin

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recuerdos felices… cuando el dinero no
era problema; cuando vivir entre lujos
era lo normal; cuando las risas y los
juegos inundaban su hogar. Sí. Lo había
tenido todo, había sido una hija mimada
y querida. Nunca le había faltado de
nada y ahora… ahora sólo quedaba la
esencia de una vida vivida. Pues bien,
todo aquello había acabado; a esas
alturas de su existencia, lo había
aceptado. Hacía tiempo que había
sellado su boca, ni una sola queja salía
de ella, y había guardado su tristeza para
que no viera nunca más el sol.
Mady abrió los párpados y dejó que
los rayos del sol llenaran sus ojos
grises. Ella quería luz, no sombras, ni
dudas, ni pesar; de modo que, en un
intento de borrar cualquier flaqueza, se
limpió con el dorso de la mano esa
lágrima traicionera que se había
atrevido a escapar. Si una cosa tenía
clara era que no dejaría que la debilidad
ganara la partida. Se había convertido
en una mujer fuerte en tan sólo un año y
no iba a permitir que el pasado la
atrapara y la sumiera en la
desesperación.
Se levantó y fue caminando a la
estación de autobús más cercana. En
Miami se necesitaba coche para
desplazarse, pero Mady no disponía de
dinero para permitirse tal lujo. Caminar
grandes distancias, cuando el transporte
público no pasaba por las zonas que ella
frecuentaba, se había convertido en una
costumbre. Además, su apartamento, que
estaba subvencionado por el gobierno,
se encontraba en el conflictivo
Overtown de Miami y por allí ni las
ratas se atrevían a circular. Y pensar
que en su infancia y adolescencia se
había desplazado en limusinas… En fin,
dejó de recordar y emprendió la marcha
hacia el hospital; tenía una entrevista
muy importante. Su instinto le decía que
se acercaban nuevos problemas, como si
no tuviera ya bastantes.
Y su instinto no se equivocó.
Mady, tras su entrevista en el centro
médico, emprendió el camino a casa: un
bloque de apartamentos comparable a
una caja de zapatos, vieja y destartalada,
con agujeros simétricos a modo de
ventanas. Se apresuró más que nunca en
llegar a su hogar, no estaba de humor
para nada. Vivía en el último piso, así
que subir y bajar las siete plantas sin
ascensor era un hábito diario que no
podía eludir. Sin embargo, tal como
estaba en aquellos momentos, le iba a
suponer un esfuerzo titánico; su
desesperación estaba haciendo mella en
su delgado cuerpo y las fuerzas se
negaban a salir y brindarle ayuda.
Mady miró hacia arriba y el
panorama la desalentó: muchos
escalones, uno detrás de otro, se
interponían entre ella y la soledad que le
brindaría su piso. Se disponía a subir
cuando una de las puertas del primer
rellano, la que estaba más cerca de la
escalera, se abrió dando paso a Camila,
su amiga. Cam, tal como la llamaba
Mady, tenía unos cinco años más que
ella y había vivido el doble que
cualquier mujer de su edad. Venía de
Cuba; ya de pequeña fue maltratada y
violada por su padre y, de mayor, por su
marido, Roberto, quien había intentado
matarla en varias ocasiones. Así que era
normal que su amiga odiara a todos los
hombres y no quisiera a ninguno en su
vida. Había llegado a Miami en una
balsera, huyendo de la violencia, de la
pobreza y de una muerte más que segura.
Por poco pierde la vida en la travesía,
pero consiguió sobrevivir. Ya en la
tierra donde los sueños son más sueños
que realidades, no le había dado miedo
empezar de nuevo y, poco a poco, lo
estaba logrando. Al principio se dedicó
a trabajar en salones de belleza,
colocando uñas de gel a las clientas que
lo solicitaban, que era de lo que
trabajaba en Cuba. Creaba verdaderas
obras de arte a pequeña escala, diseños
que quitaban el aliento. Pero con lo
poco que ganaba no podía salir adelante,
así que lo compaginó con otro trabajo
que encontró como stripper. Era la
única manera de enviar dinero a su
madre para que cuidara de su hijo.
En Cam, Mady había encontrado a
una amiga, a una confidente, y ambas se
protegían, conscientes de que la amistad
verdadera era un bien demasiado
preciado como para desperdiciarlo.
Mady, por desgracia, sabía mucho de
eso. Había probado el acíbar del
rechazo de las que se hacían llamar
amigas del alma. Había tenido
compañeras por doquier; sin embargo,
cuando cayó en desgracia, todas
desaparecieron. Había descubierto que
la amistad, para muchos, va ligada al
dinero y al poder, y que era demasiado
efímera y valiosa como para malgastar
el tiempo en personas con almas de
cartón. Por fortuna, conoció a Cam y
cambió de opinión: existía la amistad
pura, nacida de lo más profundo del
corazón, de aquellas que seguramente
durarían toda una vida. Cam la había
acogido cuando nadie más lo había
hecho. Ella le había brindado un hombro
en el que llorar cuando todos se lo
negaron. Ella le había enseñado a
sobrevivir cuando se encontró en la
calle sola, sin nada, rebuscando en la
basura algo que comer.
—Ten, te ha llegado esto —dijo
Cam extendiendo su brazo y
entregándole un puñado de sobres. La
mujer se encargaba de recogerle la
correspondencia cuando no estaba, pues
allí ni las cartas se salvaban de ser
ultrajadas por gente maliciosa y sin
escrúpulos que vivía en el mismo
bloque.
Cam realmente había salido al
rellano empujada por saber cómo le
había ido a su amiga la entrevista, y las
cartas le habían servido de excusa. Sin
embargo, no le hizo falta preguntar,
porque su cara decía claramente que
había ido muy mal.
—Mady, saldrás adelante. —Sonrió;
era una sonrisa forzada, debido a las
circunstancias, que no pasó inadvertida
a su compañera.
—Ni tú misma te lo crees, Cam.
¿Por qué todo es tan difícil? —Echó un
vistazo rápido a los sobres, en busca de
alguna buena noticia que la llenara de
anhelo, que le sirviera de apoyo, que le
sacara una sonrisa, algo que le
demostrara que en el mundo existía la
felicidad y la esperanza. Necesitaba un
milagro, pero todo eran facturas y
propaganda. El corazón le dio un vuelco
y ambas se miraron. Los ojos grises de
Mady hablaban de desesperación, y los
negros de la otra, de esperanza.
Mady se acercó a ella; eran igual de
altas y de cuerpos esbeltos. Cam era la
personificación de la belleza exótica;
con sus negros cabellos cortos y su tez
oscura, rememoraba a una diosa de
ébano esculpida por las manos más
expertas. En cambio, Mady era la lujuria
con forma de cuerpo femenino cincelado
por el fuego de la pasión. Sus cabellos
largos rojizos evocaban un mar de lava
incandescente y su piel blanca parecía
cubierta por perla líquida. Las diminutas
pecas de sus mejillas añadían un toque
de picardía a un rostro de semblante
dulce. Ambas se dedicaban a bailar
como gogós y a hacer striptease en el
club más de moda de Miami, el Crystal
Paradise, situado en el North Miami
Beach.
—Tengo dinero ahorrado; si lo
necesitas, sólo tienes que pedírmelo —
se ofreció Cam.
—No, de ninguna manera. Ese
dinero lo necesitas para traerte a tu hijo
y a tu madre de Cuba. Ya has hecho
bastante por mí.
Cam bajó la vista; se sentía mal por
no poder prestarle sus ahorros. Aunque
sabía que era ilegal sacar sin papeles a
su hijo y a su madre de Cuba, el dinero
lo compraba todo y haría cualquier cosa
por volver a tenerlos con ella. Ya había
hecho un primer pago y en un mes
tendría la cantidad exacta; se trataba de
una suma muy importante, pero lo cierto
era que, con su trabajo en Crystal
Paradise, lo estaba consiguiendo. Si
hubiera tenido que conformarse con los
beneficios que sacaba colocando uñas,
ni en mil años lo hubiera logrado.
—No quiero verte derrotada —dijo
Cam—. Encontraremos una solución.
Mady suspiró y estrujó las cartas en
la mano. Dudaba de que tuviera tanta
suerte.
—Me voy a cenar, luego paso a
buscarte para irnos a trabajar. —No
añadió nada más y enfiló escaleras
arriba.
Aunque su hogar carecía de los lujos
a los cuales ella había estado
acostumbrada, Mady había logrado, con
su espíritu guerrero y su inspiración,
dotarlo de vida y calidez. Una mano de
pintura y su buen gusto para distribuir
los muebles y objetos de decoración
habían hecho milagros. Mady podía
transformar un simple tronco de madera
tirado en la calle —o un mueble viejo—
en una pieza exquisita y única que
cualquier diseñador alabaría. Sabía de
su don y quería aprender más sobre
restauración de muebles, pero no tenía
dinero para pagar los cursos. Si bien
bailar y quitarse la ropa delante de un
atajo de pervertidos daba bastantes
ingresos libres de impuestos, no tenía
suficiente para los estudios, ya que su
padre le había dejado muchas deudas. Y
encima ahora el problema se agravaba
debido a su madre.
Mady miró los sobres medio
arrugados que había dejado encima la
mesa mientras se tomaba una Coca-
Cola. Hubiera preferido un whisky, un
vaso entero de ese líquido ambarino
seguramente le hubiese servido de
calmante. Tal vez así, las manos
dejarían de temblarle; pero no podía
llegar al trabajo borracha si quería
encandilar a los hombres mientras se
quitaba sensualmente la ropa.
Sacó fuerzas y rememoró la
conversación que había tenido, después
de ir al cementerio, con la directora del
hospital especializado donde su madre
estaba ingresada.
—Pero ¿has visto la factura? —dijo
colérica Karen, la directora, agitando
delante de las narices de Mady el folio
que acababa de imprimir. Aunque era
joven, estaba bastante desmejorada
debido al estrés de su trabajo. Ni
tiñéndose el pelo de rubio oscuro había
cambiado su aspecto. Unas arrugas
prematuras ya circundaban sus ojos
castaños.
Mady, que estaba sentada —sólo se
interponía el escritorio entre ambas—,
no miró el papel, y aún menos la cifra.
Sabía muy bien a cuánto ascendía el
maldito importe. Era la misma cantidad
que le había dicho por teléfono la
semana anterior cuando, desesperada, la
llamó para que saldara la deuda.
—Dame un mes más, por favor —
rogó ella. Se tuteaban debido a que eran
tantas las veces que había ido a visitar a
su madre que ya se había creado un
vínculo de amistad.
—No puedo, Mady, no somos
ninguna oenegé. Me veo obligada. ¿Te
crees que a mí me gusta todo esto? Te
conozco desde hace tiempo, sé de tus
problemas, de lo mucho que ha
cambiado tu vida, pero llevo esta clínica
y yo también tengo que pagar las
facturas. Sabes muy bien que he hecho
mucho por vosotras; no puedo ayudaros
más sin perjudicar a la clínica y mi
puesto…
—Y no sabes cuánto te lo agradezco
—la interrumpió. Se levantó y apoyó las
palmas en la superficie de la mesa,
acercando su rostro al de Karen—. Por
eso te pido este último favor.
—Siempre me dices lo mismo, y no
hay vuelta atrás. Dentro de una semana,
si no pagas la factura, nos veremos
obligados a echar a tu madre. Así que
ponte las pilas y espabílate.

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