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Libro Un jardín entre viñedos – Carmen Santos

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PDF Descargar La vida se vuelve ceñuda cuando uno
visita por primera vez la tumba de su
padre.
Rodolfo se subió el cuello del abrigo,
dio una última calada al cigarrillo
francés, sacó de la boquilla lo que
quedaba, abrió la ventanilla y lo arrojó
al exterior. Las viñas bordeaban el
camino; un batallón de esqueletos
retorcidos, que asomaban de la tierra
nevada alzando al cielo sus brazos
descarnados, le miraron a través de la
niebla que envolvía el automóvil en su
gélida humedad. Recordó entonces la
última imagen de su padre cuando le
despidió en la estación de ferrocarril de
Cariñena: plantado en el andén con la
solidez de las cepas que cultivaba la
familia desde hacía generaciones; algo
enjuto por la edad, con el cabello crespo
entreverado de canas y el rostro surcado
de arrugas, pero todavía fuerte y lleno
de vida. Cómo iba a imaginar que el
insensato saldría de casa un atardecer
invernal y lo encontrarían a la mañana
siguiente en su viña preferida, con la
cabeza abierta como una sandía madura

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y la ropa endurecida por la sangre
helada. ¿Qué diablos le empujaría a
ausentarse a una hora a la que la gente
juiciosa se recogía en invierno? ¿Por
qué no le retuvo Dionisio? Claro que
cuando el viejo se obstinaba, no atendía
a razones. Rodolfo resopló. Introdujo
las manos en los bolsillos del abrigo. Se
le habían quedado heladas pese a sus
refinados guantes parisinos. Se sentía
culpable por no haber llegado a tiempo
para asistir al funeral, pues había tenido
que demorarse dos días en París antes
de poder emprender el viaje a casa,
aunque se dijo que había una buena
razón para ello. Esperaba que su padre,
dondequiera que se hallara, no le tuviera
en cuenta ese retraso.
Se echó atrás en el asiento tapizado
en cuero negro del Hispano-Suiza H6B
que el viejo se empeñó en comprar
cinco años atrás. «No basta con que uno
sea rico, también hay que aparentarlo»,
recordaba que sentenció cuando bajó
ufano del automóvil que había recogido
el día anterior en Zaragoza, mientras
Onofre, recién ascendido de capataz a
chófer (se entendía bien con las
máquinas, igual cambiaba la rueda de un
carro que arreglaba el motor del camión
Ford) mantenía abierta la puerta trasera
con la marcialidad de un general en su
nuevo uniforme, que le había hecho
rozaduras en el cuello durante el viaje
desde la ciudad.
Rodolfo volvió la cabeza hacia
Solange, sentada a su derecha. Sonrió al
percatarse del aire desvalido de la
joven bajo el sombrero cloché que
ocultaba su cabello dorado y le
ensombrecía la mirada de aguamarina.
Sacó la mano derecha del bolsillo y le
apretó el antebrazo. Ella le miró, frunció
los labios en una mueca voluntariosa y
alzó la barbilla puntiaguda que él tantas
veces había besado con labios guiados
por el deseo. Habían transcurrido seis
meses desde que la descubrió en el
lujoso salón de Linda y Cole Porter y, al
contemplarla, pensó en la luna llena que
bañaba en plata las viñas entre las que
se había criado. Y en las hadas de los
cuentos que a su padre no le gustaba que
leyese por si anidaban en su cabeza

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pensamientos de muchacha. Seres
etéreos que asomaban a sus sueños
infantiles, con la piel de resplandeciente
nieve y los cabellos de oro puro, y le
hacían imaginar que su madre no estaba
muerta, sino que ahora era un hada y le
visitaba por las noches para que no
temiera la oscuridad. Había parpadeado
embelesado, sin poder apartar la vista
de la flapper que sacudía brazos y
piernas al ritmo de ese frenético baile
que llamaban charlestón, como si
pretendiera arrojar lejos sus
extremidades pero siempre decidiera
recuperarlas en el último instante. Se
fijó en su cabello, liso y muy rubio,
cortado à la garçonne, alrededor de la
frente una cinta dorada a juego con el
vestido, cuya tela, tan ligera que
semejaba un velo, destellaba bajo las
luces del salón y no sólo mostraba sus
esbeltas pantorrillas, sino también las
rodillas más hermosas que Rodolfo
había visto nunca. Tragó saliva varias
veces y acabó boqueando como un pez
moribundo colgado del anzuelo. Esa
joven se le antojó un sueño que de un
momento a otro se desvanecería ante sus
ojos, difuminándose poco a poco en una
neblina dorada. Tuvo que contenerse
para no correr hacia ella y arrebatársela
al elefante sudoroso que se retorcía a su
lado y, a todas luces, era su
acompañante. Esa chica era diferente a
todas las mujeres que había conocido a
lo largo de su vida. Comparada con las
campesinas que ayudaban a los hombres
a vendimiar en las tierras de su padre,
mujeronas prematuramente envejecidas,
de gordos mofletes y piel agrietada por
la intemperie, era una diosa recién
bajada del Olimpo. Hacía sombra
incluso a la madre joven y bella que
llevaba años protegiéndole desde lo alto
de la chimenea del comedor, prisionera
para toda la eternidad en una fotografía
que se desvanecía con los años. Y
también a Mariana, que le contaba
cuentos de hadas cuando de niño se
escondía con ella entre las tupidas hojas
de las viñas estivales, y que una tarde de
calor le permitió depositarle un huidizo
beso en la boca. La rubia del vestido
brillante y las piernas saltarinas era una
estrella recién caída del cielo nocturno
para cegar a los hombres con su fulgor.
Y cual estrella fugaz se desvaneció
aquella noche en la mansión de los
Porter, de la mano de su gordo
acompañante. Tuvieron que pasar
muchos días hasta que volvió a
encontrarla donde menos lo habría
esperado.
El caserón de los Montero fue
perfilándose entre la niebla y devolvió a
Rodolfo a la realidad. Sus
archiconocidos contornos le inspiraron
respeto y, al instante, un miedo helador:
a dejar de ser hijo; a verse obligado a
administrar el patrimonio heredado y a
cuidar de un hermano mayor aplastado
por el alcohol y los malos recuerdos; y a
que Solange, la chispeante y dorada
Solange, se preguntara cualquier mañana
por qué le había seguido desde la
perpetua fiesta que había sido París
hasta ese árido lugar rodeado de viñas y
azotado por el viento.
El sueño del difunto Fausto Montero
emergió de la bruma. Una casona de
ladrillo rojo edificada en lo alto de una
colina, a medio camino entre Cariñena y
Aguarón, desde la que se divisaba al
este la llanura de Cariñena y al oeste la
cumbre de la sierra de Algairén. Los
grandes ventanales de la planta baja

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daban a la terraza, ahora tapizada de
nieve. Apliques de azulejos policromos
adornaban la fachada. Siguiendo uno de
sus característicos impulsos, el viejo
encargó la construcción a un arquitecto
de Zaragoza después de haber visto los
planos de la villa que proyectaba su
amigo y rival Juan Solans enfrente de la
fábrica de harina de su propiedad
emplazada en Zaragoza, en la margen
izquierda del río Ebro, sobre un vasto
terreno sin urbanizar donde se
mezclaban factorías y huertas envueltas
en un perpetuo olor a estiércol y
acequia, y adonde se llegaba cruzando el
viejo Puente de Piedra, del que se decía

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que tenía al menos cinco siglos.
Los viticultores con los que Fausto
Montero había jugado al dominó,
primero en Cariñena y, desde 1912, en
el recién inaugurado casino de Aguarón,
el pueblo en la falda de la sierra de
Algairén donde nació y en cuyo
cementerio moraba ahora, habían
intentado sacarle de la cabeza el
capricho de los ventanales. Hasta el
viejo Juancho, que nació con el cordón
umbilical apretado alrededor del cuello
y era lerdo, sabía que en esa tierra las
ventanas grandes sólo servían para que
se colara el cierzo en invierno y la
inmisericorde solana en verano. Pero
cuando una idea se atrincheraba en la
cabeza de Fausto Montero, nada ni nadie
podía ahuyentarla. Su tozudez le había
creado enemigos encarnizados entre sus
vecinos, pero también le había servido
para enriquecerse explotando las viñas y
la bodega de la familia, una fábrica de
harina que abastecía a toda la comarca y
otra de alcoholes, anisados y licores de
la que, según los entendidos, salía el
mejor orujo de la región. Cobraba,
además, sus buenos alquileres de
valiosos inmuebles que había ido
adquiriendo en Zaragoza a lo largo de
los años y disfrutaba de los beneficios
de afortunadas inversiones

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