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Un lugar junto al mar – Ángela Drei

Un lugar junto al mar - Ángela Drei

Un lugar junto al mar – Ángela Drei

Descargar libro PDF jóvenes que lucían su belleza sin vergüenza; hombres adultos sonriendo, manos que se estrechaban cerrando negocios, viejos de pelo blanco y mirada acuosa que
observaban el gran teatro que se desplegaba bajo la noche tranquila de verano.
No tenía ninguna intención de sumarse esa noche a la función. Desde su rincón, apenas iluminado por las luces blancas que había en los árboles que rodeaban el
jardín, tenía una buena vista de todos y ahora que había conseguido una bebida no pensaba moverse de allí.
Cerca se encontraba su hermano pequeño, Daniel, jugando ya a ser mayor con sus recién estrenados veinticinco años hacía una semana, escuchando a su padre con
mirada respetuosa intentando imitar sus poses de dueño del mundo.
Su madre se encontraba entre un pequeño grupo de mujeres de mediana edad que conversaban animadas, con seguridad de temas bastante más importantes que los
que trataban los hombres. Porque en el fondo ellos solo hablaban de dinero, mientras que ellas hablaban de aquella porción de tiempo en que eran libres para disfrutar de
sus logros. De la vida, en definitiva.
Ella le descubrió y le dirigió una sonrisa suave y dulce. Sabía que estaba preocupada, las últimas semanas sólo había tensión entre ellos y las conversaciones
terminaban sin remedio en agrias discusiones que los dejaban a ambos manteniendo durante días una actitud fría y distante. Aunque su madre intentaba suavizar esos
momentos, cada día era más y más difícil que permaneciesen juntos en cualquier habitación sin que se escuchasen reproches por ambas partes.
Su padre, Paul J. Warren, ese gran hombre, ejemplo para toda la sociedad, al que todos admiraban y respetaban.
Tenía fama de hombre duro e implacable y era bien merecida. Había levantado su imperio a costa de mucho trabajo, lo había escuchado hasta la saciedad desde que
era pequeño: «he trabajado de sol a sol para que podáis tenerlo todo».
Todo.
Curiosa palabra que para él se había convertido precisamente en el sinónimo de lo que no representaba: nada.
Porque en realidad su padre no le había dado nada, tampoco a su madre o a su hermano.
«Todo» tenía un alto precio en la familia Warren. Para un espectador ajeno podría parecer que vivían una vida fácil, sencilla y cómoda; con servicio, cocinero e
incluso un jardinero. Pero si mirabas detenidamente, si te colabas en aquellas horas de la noche en que se relajaban los usos comunes y la necesidad de cortesía, y
cotilleabas a hurtadillas por la ventana, entonces podías descubrir la realidad.
Su hermano y Michael habían dedicado su vida a seguir estrictamente los deseos de su padre y sobre todo a mantener una disciplina asfixiante durante los años de
infancia.

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A veces parecía que nunca hubieran sido jóvenes. Estaba seguro de que no lo había sido, de hecho. Una sola vez se había divertido y había vuelto a casa con alguna
copa de más. La sonora bofetada que recibió hizo eco en los techos altos del vestíbulo y lo sacó por completo de su estado. Lo siguiente fue una amenaza: en su casa no
tolerarían que nadie que perdiese el tiempo. Hasta que pudiera mantenerse por sí mismo, tendría que obedecer sus normas.
El castigo duró meses en los que Michael trabajó en el jardín, en la piscina, incluso ayudando a limpiar los coches de la familia. No pudo salir ni ver a mis amigos
fuera del horario de las clases.
Por suerte sus impecables calificaciones hicieron que el Sr. Warren se ablandase y terminase con el encierro.
El apellido pesaba demasiado, era una gran losa anudada a su cuello desde la infancia, y el padre de Michael no permitiría nunca que lo olvidara. No hubo ningún
escándalo o fiesta en la que pudieran decir que Michael estaba. Se convirtió en la discreción absoluta, moviéndose silencioso, cauto, para no volver a levantar su ira.
Tras años de esfuerzo y tesón por fin terminó sus estudios y se graduó en la universidad, entonces pudo decir con orgullo que era arquitecto.
Por desgracia su sueño de construir algo que de verdad saliese de su corazón duró exactamente cinco minutos, el tiempo en que tardó en sonar el teléfono móvil y
recibir una felicitación de su padre, orgulloso de tener a un nuevo miembro en la empresa.
No tuvo oportunidad de negarse, Michael tenía el cerebro tan entumecido después de años de abuso que ni siquiera se sentía capaz de pensar por sí mismo.
—Papá quiere hablar contigo.
Su hermano pequeño lucía un semblante serio, con el traje en perfecto estado, el cabello cortado tan correctamente como su afeitado, las ondas rubias alineadas para
evitar que ni siquiera algo minúsculo y sin importancia estropease su imagen perfecta con un golpe de viento. Daniel había heredado el color de pelo de su madre y sus
ojos azules, también otros rasgos, como la discreción y la generosidad. Ambos eran muy distintos y todos lo sabían.
—No me apetece hoy. Creo que voy a marcharme.
—Es muy pronto, Michael, y los Whitman están aquí —su hermano insistía, como era su obligación, y lo miraba algo preocupado.
Parecía que últimamente todos estuviesen esperando que de un momento a otro entrase en combustión o cualquier cosa parecida por la forma en que mantenían la
distancia al hablarle.
—Lo sé —dijo, con la mirada hacia la gente que se arremolinaba alrededor de los camareros que comenzaban a sacar una segunda ronda de canapés.
—Pues vamos a hablar con ellos. Es hora de hacer negocios. —Daniel lo animó poniendo su mano sobre su hombro. Su preocupación era sincera, Michael lo sabía
bien, pero le molestaba esa actitud que había comenzado a tomar hacia él, condescendiente, vigilante, marcando los límites que no debía trasgredir.
—No, esta noche no. Dile a papá que no me encuentro bien —repitió, agachando la cabeza para dedicar un segundo a valorar el estado de las puntas de sus zapatos
Balley, siempre brillantes y bien lustrados. No quería enfrentarse a su hermano pequeño, él no merecía ser el objeto sobre el que descargara la ira contenida esos días.
—No se lo va a creer —repuso este con calma.
—Ese es su problema —añadió, zanjando así la conversación al tiempo que se volvía sin esperar respuesta. Sabía que si se quedaba demasiado tiempo al final
terminaría cediendo y caminaría hacia la gente, obligado a participar, charlar, reír bromas absurdas y brindar con personas que no le interesaban en absoluto.
Así que se dirigió todo lo rápido que pudo hasta la salida, donde un mayordomo le entregó el abrigo. Su coche esperaba en primera línea de la casa y no tendría que
caminar ni unos metros, ventajas de ser el hijo, claro, alguna tenía que tener. Sonrió para sí mismo ante la estupidez de su propio pensamiento mientras metía la llave en
el contacto. En el instante en que escuchó el sonido suave del motor se sintió más tranquilo. Ese sonido iba a acompañarlo durante muchas horas. Si todo salía como
tenía planeado, su coche iba a ser su mejor amigo, su único compañero de viaje.
En su apartamento no había demasiadas cosas que le importaran de verdad, así que recogió el portátil y miró la mesa que había justo bajo la ventana. Ese lugar, ese
rincón de su apartamento, era el único que podía considerar de su propiedad. Porque sobre esa mesa se encontraban sus sueños, esos que siempre había escondido.
Enrolló los dibujos y los colocó dentro de la bolsa de viaje dejando sitio para algo de ropa. Al abrir el armario supo que de allí no iba a necesitar demasiado: unos
pantalones vaqueros, un par de camisas y unas cuantas camisetas. Cambió los zapatos negros por unas botas de montaña y el abrigo por una chaqueta de plumas que le
serviría mucho mejor para el lugar al que tenía pensado dirigirse. No había nada más allí que le interesase: ni los trajes, ni las camisas, ni los zapatos perfectamente
alineados. Y desde luego las corbatas de seda podían perfectamente arder en una hoguera y él no movería un dedo para apagar el fuego.
Cerró la bolsa después de meter algunos enseres de aseo y echó un último vistazo al apartamento. El teléfono móvil estaba sobre la mesa, apagado, y allí se
quedaría también.
No se había sentido nunca cómodo en esa casa. Demasiado grande, demasiado fría e impersonal. Un gran apartamento de lujo en uno de los mejores edificios de la
ciudad. El lugar donde debía vivir el primogénito de la familia Warren.
Al cerrar la puerta sintió como si ese click resonase en el interior de su cabeza y con los nervios a flor de piel por lo que estaba a punto de hacer metió la bolsa en el
maletero y comprobó que había suficiente gasolina para alejarse unas cuantas horas al norte antes de necesitar detenerse a llenar el depósito. Los días anteriores se había
ocupado de disponer de suficiente cantidad en dinero metálico y una nueva tarjeta de crédito de su cuenta privada.
No había decidido cuál sería su destino final pero viajaría hacia el norte, y le pareció que frente a él se abría un nuevo mundo, una nueva vida.
Su vida.
Necesitó respirar profundamente antes de poner en marcha el coche y tomar la carretera que
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