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Libro Un mandato de reinas El anillo del hechicero 13 – Morgan Rice

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PDF Descargar La cabeza de Thorgrin iba dando golpes contra las piedras y el barro mientras mientras caía por la ladera de la montaña en caída libre, unos
cien metros mientras la montaña se derrumbaba. Su mundo daba vueltas sobre sí mismo y él intentaba pararlo, pero no podía. Por el rabillo del ojo
veía cómo caían sus hermanos también, dando vueltas sobre sí mismos, todos ellos, al igual que Thor, agarrándose desesperadamente a raíces, a
piedras, a lo que fuera, intentando ralentizar la caída.
Thor se dio cuenta, con cada momento que pasaba, que se estaba alejando cada vez más de la cima del volcán, de Guwayne. Pensaba en
aquellos salvajes allá arriba, preparándose para sacrificar a su bebé y la furia le quemaba por dentro. Arañaba el barro, gritando, desesperado por
volver allá arriba.
Pero por mucho que lo intentara, poca cosa podía hacer. Thor apenas podía ver o respirar, mucho menos resguardarse de los golpes, pues
una montaña de lodo se avalanzó sobre él. Parecía que el peso del universo entero estaba sobre sus hombros.
Todo estaba sucediendo muy rápido, demasiado rápido para que Thor pudiera procesarlo y, al echar un vistazo hacia abajo, vio un campo de
rocas puntiagudas. Sabía que tan pronto les golpearan, todos ellos morirían.
Thor cerró los ojos e intentó recordar su entrenamiento, las enseñanzas de Argon, las palabras de su madre, intentaba encontrar la calma
dentro de la tormenta, llamar al poder del guerrero que había dentro de él. Mientras lo hacía, sentía cómo su vida pasaba rápidamente por delante

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de sus ojos. ¿Era esta, se preguntaba, su última prueba?
Por favor, Dios , rezaba Thor, si existes, sálvame. No permitas que muera de esta manera. Permíteme reunir mi poder. Permíteme salvar a mi
hijo.
Mientras pensaba las palabras, Thor sentía que lo estaban probando, lo estaban obligando a recurrir a su fe, a reunir una fe más grande de la
que nunca había tenido. Tal y como su madre le había advertido, ahora era un guerrero y se enfrentaba a una prueba de guerrero.
Cuando Thor cerró los ojos, el mundo empezó a ir más lento y, para su asombro, empezó a sentir una calma, una sensación de paz, dentro de
la tormenta. Empezó a notar un calor que crecía dentro de él, corriendo por sus venas, hacia sus manos. Se empezó a sentir más grande que su
cuerpo.
Thor se sentía fuera de su cuerpo, mirando hacia abajo, se veía a sí mismo cayendo por la ladera de la montaña. Se dio cuenta en ese
momento que él no era su cuerpo. Era alguna cosa más grande.
De repente Thor volvió a su cuerpo y, tan pronto lo hizo, levantó las manos por encima de su cabeza y observó cómo una brillante luz blanca
emanaba de ellas. Mandó a la luz que creara una burbuja alrededor de él y de sus hermanos y, al hacerlo, de repente la avalancha de barro se
detuvo en seco, una pared de lodo rebotó en el escudo para no volver ya hacia ellos.
Ellos continuaban resbalando, pero ahora a una velocidad mucho más lenta, facilitando que pudieran ir parando gradualmente hasta llegar a un
pequeño altiplano cerca de la base de la montaña. Thor miró hacia abajo y vio que se había detenido en un agua poco profunda y, allí de pie, vio
que le llegaba por las rodillas.
Thor miró alrededor sorprendido. Miró hacia arriba a la montaña y vio la pared de lodo congelado, colgando en el aire, como si estuviera
preparada para volver a caer hacia abajo en cualquier momento, todavía bloqueada por su burbuja de luz. Lo admiraba todo, sorprendido de haber
hecho todo aquello.
“¿Ha muerto alguien?” gritó O’Connor.
Thor vio a Reece, O’Connor, Conven, Matus, Elden e Indra, todos ellos magullados y debilitados, poniéndose de pie, pero todos
milagrosamente vivos y ninguno con heridas importantes. Se frotaban la cara, cubierta de lodo negro, parecía que todos ellos habían andado a
gatas a través de una mina. Thor podía ver lo agradecidos que estaban de estar vivos y podía ver en sus ojos que creían que él había salvado sus
vidas.A l acordarse, Thor se giró e inmediatamente miró hacia la cima de la montaña con una sola cosa en su mente: su hijo.
“¿Cómo vamos a subir de nuevo…” empezó a decir Matus.
Pero antes de que pudiera finalizar sus palabras, Thor sintió repentinamente que algo se enroscaba alrededor de sus tobillos. Miró hacia abajo,
perplejo, y vio una criatura gruesa, viscosa y musculosa enroscándose alrededor de sus tobillos y hacia sus espinillas, una y otra vez. Vio horrorizado
que era una criatura larga, parecida a una anguila, con dos pequeñas cabezas, siseando con sus largas lenguas mientras lo miraba y lo envolvía con
sus tentáculos. Su piel empezó a quemar las piernas de Thor.
Los reflejos de Thor reaccionaron, sacó su espada y daba cuchilladas, al igual que los demás, que también estaban siendo atacados a su
alrededor. Thor procuraba dar cuchillazos con cuidado para no cortatse su propia pierna y, con un corte, la anguila se soltó y el horrible dolor
desapareció. La anguila volvió deslizándose al agua, siseando.
O’Connor buscaba con sus manos su arco, les disparó y falló, mientras Elden temblaba al acercársele tres anguilas a la vez.
Thor se apresuró hacia adelante y le hizo un corte a la anguila que se dirigía a la pierna de O’Connor, mientras Indra dio un paso adelante y
gritó a Elden: “¡No te muevas!”
Levantó su arco y disparó tres flechas rápidamente una detrás de otra, matando cada una de las anguilas con un disparo perfecto, tan solo
rozando la piel de Elden.
Él la miró sobresaltado.
“¿Estás loca?” gritó. “¡Casi me dejas sin pierna!”
Indra le sonrió.
“Pero, no lo hice, ¿verdad?” respondió ella.
Thor oyó un chapoteo y miró a su alrededor al agua y vio docenas de anguilas más avanzando. Sabía que tenía que hacer algo para salir de allí
rápidamente.
Thor se sentía agotado, exhausto por haber reunido su poder y sentía que le quedaba muy poco dentro; sabía que todavía no era lo
suficientemente poderoso para reunir su poder continuamente. Aún así, sabía que tenía que recurrir a él una última vez, al precio que fuera. Si no

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lo hacía, sabía que nunca regresarían, morirían aquí, en esta charca de anguilas y su hijo no tendría ninguna oportunidad. Puede que le costara
toda su fuerza, que lo dejara débil durante días, pero no le importaba. Pensaba en Guwayne, allá arriba, a la merced de aquellos salvajes y sabía
que haría cualquier cosa.
Mientras otro grupo de anguilas empezaba a deslizarse hacia él, Thor cerró los ojos y levantó sus manos hacia el cielo.
“En el nombre del único Dios”, dijo Thor en voz alta, “os lo ordeno, cielos, abriros! Os ordeno que nos enviéis nubes para elevarnos!”
Thor pronunció las palabras con una voz profunda y oscura, ya sin miedo de abrazar al Druida que era y sintió cómo vibraban en su pecho, en
el aire. Sintió un tremendo calor concentrándose en su pecho y, mientras pronunciaba las palabras, sentía la certeza de que acontecerían.
Se oyó un gran rugido y cuando Thor miró, vio que los cielos empezaban a cambiar, a transformarse en un lila oscuro, las nubes se
arremolinaban y echaban espuma. Apareció un agujero redondo, una abertura en el cielo y, de repente, una luz escarlata salió disparada hacia
abajo, seguida de una nube en forma de embudo, descendiendo hacia ellos.
En unos instantes, Thor y los demás se encontraron barridos por un tornado. Thor sentía la humedad de las suaves nubes arremolinándose a

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su alrededor, se sentía a sí mismo inmerso en la luz y, unos momentos más tarde, sintió que se alzaba, se levantaba hacia el aire, sintiéndose más
ligero de lo que nunca se había sentido. Verdaderamente se sentía uno con el universo.
Thor sentía como subía más y más, a lo largo de la montaña hacia arriba, pasando por el lodo, pasand por su burbuja, directo hacia la cima de
la montaña. En unos instantes, la nube los llevó hacia arriba del todo del volcán y los dejó con delicadeza. Después se disipó con la misma rapidez.
Thor estaba allí de pie con sus hermanos y todos lo miraban asombrados, como si fuera un dios.
Pero Thor no pensaba en ellos, se dio la vuelta y rápidamente inspeccionó el altiplano y solo tenía una cosa en mente: los tres salvajes que
había delante suyo. Y la pequeña cunita que había en sus brazos, suspendida en el filo del volcán.
Thor soltó un grito de guerra mientras corría hacia adelante. El primer salvaje se giró para mirarlo, perplejo y, al hacerlo, Thor no vaciló, sino
que corrió hacia delante y lo decapitó.
Los otros dos se giraron con una expresión de horror y, entonces, Thor apuñaló a uno en el corazón y después golpeó al otro con la
empuñadura de su espada en la cara, tirándolo hacia atrás, gritando, por el borde del volcán.
Thor se dio la vuelta y rápidamente les arrebató la cuna antes de que pudieran tirarla. Miró hacia abajo, el corazón le latía con fuerza de
agradecimiento por haberlo cogido a tiempo, preparado para coger a Guwayne y tenerlo en sus brazos.
Pero cuando Thor miró a la cuna, todo su mundo se derrumbó.
Estaba vacía.
El mundo se congeló para Thor mientras estaba allí, paralizado.
Miró hacia abajo al volcán y vio abajo, a lo lejos, las llamas subiendo hacia arriba. Y supo que su hijo estaba muerto.
“¡NO!” gritó Thor.
Thor cayó sobre sus rodillas, gritando a los cielos, soltando un tremendo grito

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