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Un Marqués De Fábula – Núria llop

Un Marqués De Fábula - Núria llop

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levantado.
—Me aterroriza que se haga daño.
—Lo sé, pero podéis confiar en mí.
Soy niñera desde los diecisiete años
y ya he cumplido veintisiete.
—Y en la casa en la que trabajaba
tenía a cuatro criaturas a su cargo,
me lo dijo en la entrevista. —Aupó
a su hija, se dirigió hacia el otro
extremo de la habitación y la sentó
frente a un pianoforte de juguete—.
Sus referencias eran excelentes.
—Por eso me contratasteis —
completó ella, acompañada por las
notas discordantes del instrumento
musical que la niña aporreaba
entusiasmada.
—Se equivoca. La contraté por el
brillo que iluminó su rostro cuando
le presenté a Mariana —puntualizó
el marqués—. Eso fue lo que me
impresionó, señorita Riego, no sus
referencias.
Ella notó que se sonrojaba de
nuevo y se apresuró a levantarse y
a darle la espalda a aquel hombre
cuyos ojos, del color de la miel, la
miraban con más afecto del
habitual en él y un toque de
diversión. Comenzó a recoger los
juguetes esparcidos por el suelo y
retomó el asunto de la futura
marquesa. Por mucho que le
doliera, no le quedaba más opción
que aceptar que el matrimonio del
marqués pronto sería un hecho.
—Sobre la fiesta de la que
hablabais, señor, decíais que yo
podría…
—Ah, sí. Se me ha ido el santo al
cielo. Usted podría asistir a esa
fiesta, puesto que es la niñera de
Mariana y observar, del mismo
modo que haré yo, a las damas
interesadas en casarse conmigo.
¿Qué le parece?
Lo que a Ángela le pareció fue que
el estridente sonido del pianoforte
había alterado sus oídos. Seguro
que lo había entendido mal y el
marqués no le había pedido
semejante barbaridad: ¿observar a
las damas interesadas en…?
¡Uf!
Claro que, para él, debía de tener
una lógica aplastante, ya que no
sabía de su enamoramiento.
La galanura de Felipe Aldana la
había obnubilado el día que lo
conoció, cuando la entrevistó con el
fin de valorar si era la persona
adecuada para ejercer de niñera de
Mariana, que entonces contaba tan
solo con dos meses de edad.
Primero se enamoró de aquel bebé
y, a medida que transcurrían las
semanas y veía al padre desvivirse
por la criatura, sufrir cuando
enfermaba —aunque fuera por un
ligero resfriado—, tomarla en sus
brazos con un cariño inusitado en
otros hombres de su condición y
dedicarle todo el tiempo que ella
misma le permitía, su corazón se
iba llenando de algo indefinible,
algo que desbocaba su latido
cuando estaba cerca de él y que le
oprimía y entristecía cuando
pensaba en la insalvable distancia
que los separaba.
Ángela intuyó que se había
enamorado, pero no lo asumió
hasta que el marqués anunció que
se marchaba a Madrid a pedir la
mano de una tal Catalina de
Velasco. Al parecer, era una buena
amiga con la que estuvo a punto de
casarse antes de contraer
matrimonio con la madre de
Mariana. La noticia le produjo el
mismo efecto que si el techo de la
casa se hubiera desplomado sobre
su cabeza. La posibilidad de que
aquel hombre sintiera algo por ella
se diluía como la sal en agua
hirviendo, y la desolación fue tan
grande que supo, sin ningún asomo
de duda, que amaba a Felipe
Aldana.
Era un amor imposible, desde
luego. Los nobles no se casaban
con niñeras y Ángela no se
imaginaba siendo su amante y
cuidando a la vez de Mariana, pero
cuando la niña creciera y ella
tuviera que buscar otra casa en la
que trabajar, quizás…
No había límite para los sueños, se
decía a menudo.
Hasta que el marqués se marchó a
la capital.
Durante su ausencia había tratado
de olvidarle, de mentalizarse de
que nunca habría nada entre ellos
que fuera más allá de una relación
cordial entre patrón y empleada,
pues era lógico deducir que su
corazón pertenecía a la dama
Velasco. La sorpresa que se había
llevado la noche anterior al
descubrir que el hombre no bebía
los vientos por ninguna mujer fue
tan agradable como aterradora.
Trabajar para una marquesa a la
que él amara sería doloroso y difícil
de sobrellevar, pero ser testigo de
una relación basada en acuerdos y
en el mutuo entendimiento sería
mucho peor, pues percibiría día a
día la resignación del hombre que
amaba, una resignación que, con
suerte, si Mariana aceptaba con
agrado a su nueva madre, no
derivaría en una profunda desdicha.
—Su opinión es muy valiosa para
mí, señorita Riego, y le agradecería
que me ayudara a elegir a la que
será la nueva madre de mi hija.
—No —le salió del alma.
—¿No? —se extrañó él.
¡No, no y no!, repitió en silencio.
Ira, angustia, abatimiento… Ángela
no era capaz de distinguir la
infinidad de emociones que bullían
en su interior. Habría surtido el
mismo efecto que le pidiera que se
ahorcara en el almendro del jardín.
Seguía dándole la espalda al
marqués, pero notaba su mirada en
la nuca. Inspiró profundamente, se
obligó a mantener una fría
compostura y respondió:
—Quería decir que la elección es
asunto vuestro, señor. La dama que
ejerza de madre también será una
esposa para vos y tendréis que
convivir con ella y… —Oh, Señor,
¿cómo expresarlo? ¡Ah, sí!—: Y
engendrar un heredero. Mi opinión
sería irrelevante. Lo siento. Asistiré
a la fiesta porque es mi obligación,
pero no me pidáis que os ayude a
elegir —concluyó, con la voz a
punto de quebrársele por el nudo
que se le había formado en la
garganta.
—De acuerdo —aceptó el
marqués. Tras una breve pausa
amenizada por una extraña
combinación de notas musicales,
añadió—: Creo que me precipité al
comprar este pianoforte. No sé si
Mariana destrozará antes el
instrumento o nuestros oídos.
Ángela rio con discreción y él se
levantó, dispuesto a marcharse.
—La veré a las ocho, señorita
Riego. Y a ti también, tesoro.
Continuaremos con el cuento del
marqués.
III
—Aquel engreído noble de cabello
negro como el azabache, porte
elegante y ojos del color de la miel
estaba absolutamente convencido
de que no tardaría mucho en
encontrar una dama que lo quisiera
como marido —narraba Felipe a su
hija bajo la tenue luz de dos velas
—. Pero había pocas en Segovia
que estuvieran disponibles y pensó
en viajar a Madrid donde, según
decían, las había a miles. Para no
excederse en dispendios recurrió a

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