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Libro Un viaje por tus sentidos – Megan Hart

Libro Un viaje por tus sentidos – Megan Hart

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PDF Descargar Hombre. Macho. Es un hombre, exacto, a pesar de la
suavidad de su voz.
No me está mirando a mí, sino a la fotografía, así
que puedo quedarme mirándole durante más tiempo del
que se considera socialmente aceptable. Tiene el pelo
del color de la arena mojada, en punta y hacia delante
sobre la frente y con mechones peinados contra las
mejillas, por delante de las orejas. Por la parte de atrás
lo lleva corto y ralo, dejando la nuca al descubierto.
Tiene un aspecto un tanto desaliñado, no como el de un
tipo que llevara muchos días sin afeitarse, pero sí el de
alguien que, como poco, ha decidido darle una tregua a
la cuchilla. Viste traje oscuro, camisa blanca y corbata
oscura y estrecha. Aire retro. Y unas Converse de
color negros en los pies.
–¿Y quién va a pagar esa cantidad por esto?
Vamos, hombre…
Desvía la mirada hacia mí durante un segundo o
dos. Me descubre mirándole fijamente. Señala la
fotografía.
–No está tan mal.
No estoy segura de por qué me siento obligada a
decir algo bueno sobre la fotografía. Estoy de acuerdo
en que es una porquería sobrevalorada. En realidad,
podría considerarse una burla del verdadero arte. Yo
también debería enfadarme por estar perdiendo el
tiempo mirándola, como si el consumo de belleza fuera
algo limitado. Diablos, a lo mejor lo tiene.
A lo mejor he perdido la cantidad de belleza que
puedo consumir en un día contemplando esta
estupidez. Vuelvo a estudiarla otra vez. Técnicamente,
no tiene ningún defecto. La iluminación, la exposición y
el enfoque son correctos. Pero no es arte.
Aun así, alguien la comprará porque la verán como
la he visto yo. Advertirán el encuadre perfecto del
disparo, la pseudo originalidad del tema, el tapiz de
colores tenues dentro de un marco interesante. Se
convencerán de que es suficientemente original como
para impresionar a sus amigos, pero la fotografía no les
compelerá a sentir nada, excepto, quizá, la vanidosa
satisfacción de haber conseguido una ganga.
–Parece arte –digo–, pero en realidad no lo es. Y
esa es la razón por la que alguien pagará miles de
dólares para colgarlo en el salón que solo utilizan en
Navidad. Porque parece arte, pero en realidad no lo es
–repito.
El hombre se frota la barbilla.
–¿Tú crees?
–Sí. Estoy segura. Naveen no le habría puesto
precio si no creyera que es posible venderla.
Le miro de reojo, deseando ser suficientemente
atrevida como para observarle fijamente cuando él me
mira a la cara, como lo he hecho cuando él estaba
mirando hacia otro lado.
–Mejor. Yo también necesito pagar el alquiler. Me
vendrían muy bien unos cuantos cientos de dólares.
Claro que es un artista. Los hombres con ese
aspecto en un lugar como este siempre son artistas.
Normalmente, hambrientos. Este está suficientemente
delgado como para haberse saltado unas cuantas
comidas. Al estar cerca de él, percibo un olorcillo a
tabaco y pana, lo cual no tiene el menor sentido, puesto
que no viste ninguna prenda de pana, pero lo tiene
porque es así como yo funciono. Los olores y los
sonidos me afectan de forma diferente a como le
afectan a los demás. Veo colores donde no debería ver
ninguno. El olor a pana es bastante habitual.
–¿Esa fotografía la has hecho tú?
–Sí.
Asiente, no sin orgullo, a pesar de lo que ha estado
diciendo minutos antes.
Si hubiera estado criticando la obra de otro artista,
me habría gustado menos, aunque estuviera diciendo la
verdad. Ahora me cae mejor.
–En realidad, no es tan mala.
Frunce el ceño y sacude la cabeza.
–Mientes fatal.
Todo lo contrario, creo que soy una mentirosa
soberbia.
Mira de nuevo la fotografía y se encoge de
hombros.
–Pero seguro que alguien la comprará porque
parece arte, pero no es una obra exigente. ¿Es eso lo
que pretendías decir?
–Sí.
–Tú eres la experta.
Se encoge de nuevo de hombros, cruza un brazo
sobre su pecho y apoya en él el otro codo mientras
mira fijamente la fotografía. No me pasa desapercibida
su postura. Es un espejo de la mía. Se muerde la uña
del pulgar. Debe de ser una vieja costumbre, porque
tiene la uña con el borde desigual.
–La única razón por la que hice esto fue Naveen,
¿sabes? Me dijo que quería algo más comercial. No
cabezas de muñeca con bolígrafos clavados en las
cuencas oculares y cosas de ese tipo.
Soy una mentirosa excelente, pero no una buena
jugadora de póker. Conozco la fotografía de la que me
está hablando. Lleva meses en la sala de atrás de la
galería que tiene Naveen en Filadelfia, años, quizá. Por
supuesto, siempre he dado por sentado que era
imposible venderla, lo cual no explica que lleve tanto
tiempo allí colgada. Yo bromeaba con él diciéndole que
la conserva por razones sentimentales. Quizá sea
cierto.
–¿Esa fotografía también es tuya?
Se echa a reír.
–Will Roberts –se presenta.
Acepto la mano que me tiende. Los dedos son
callosos y ásperos y, por un momento, imagino el ruido
que harán al acariciar una pieza de tela, como un
pañuelo, por ejemplo. Su mano rasparía incluso sobre
una superficie suave. Susurraría.
–Elisabeth Amblin.
Cierra la mano alrededor de la mía. Durante un
extraño momento estoy convencida de que me va a
besar el dorso de la mano. Me tenso, esperando el
roce de su boca sobre mi piel, pero es ridículo, porque,
por supuesto, no piensa hacer nada parecido. La gente
no hace ese tipo de cosas con una desconocida.
Difícilmente llegarían a hacerlo incluso dos amantes.
Tengo una imaginación salvaje, lo sé, de modo que
cuando me suelta la mano, no puedo evitar sentirme
ligeramente decepcionada. Permanece el recuerdo de
sus dedos, de la forma en la que han rozado los míos.
Por muchas cremas caras que me ponga, no tengo una
piel suave como la seda. Y, aun así, ha estado bien. Su
caricia ha provocado un susurro.
–Eres amiga de Naveen.
–Sí, podría decirse así. Tenemos una especie de
relación de amor-odio –me interrumpo para juzgar su
reacción–. Le encanta que yo trabaje a cambio de
prácticamente nada y yo odio que no me pague más.
Will se echa a reír. La risa ondea en arroyos azules
y verdes con guiños de un oro chispeante. Me mira
con los ojos entrecerrados. Tiene una boca de labios
finos y dientes muy blancos. No debería resultar
atractivo con esa risa, que transforma de tal manera su
rostro, pero hay algo contagioso en él. Yo también me
río.
Hay música en la galería, un cuarteto de cuerda
rasgueando penosamente los acordes del Canon de
Pachelbel y Para Elisa. Deben de ser estudiantes,
porque Naveen jamás habría pagado a unos músicos
profesionales. Me pregunto con cuál de ellas suele
acostarse, porque, al igual que esa fotografía que
cuelga en la sala de atrás y de otras cosas que hay en
la galería, yo incluida, Naveen se aferra a las cosas por
motivos sentimentales.
En la galería hay comida también, aunque un poco
deslucida. Y hay vino. Pero no hay muchas risas, y
llamamos la atención.
Will echa la cabeza hacia atrás para soltar unas
cuantas carcajadas más y después me mira.
–Supongo que debo ir a mezclarme con la gente.
Quiero que se quede un poco más. Quiero que deje
de hacer algo que debería estar haciendo, pero a lo que
decide renunciar por mí. Y yo podría retenerle, pienso
de pronto, al verle deslizar la mirada por mi cuerpo, por
mi ropa empapada y mis piernas desnudas. Ya ha
tocado mi piel. Conoce mi tacto. Y quiero que quiera
conocer mucho más.
–Claro, ve –inclino la barbilla, señalando la sala–.
Yo también tengo cosas que hacer.
Soy una gran mentirosa.
–Encantado de conocerte, Elisabeth –Will me
tiende de nuevo la mano.
En esta ocasión, no albergo ninguna fantasía sobre
sus labios en el dorso de su mano. Es una tontería. Nos
estrechamos la mano formalmente. Con firmeza. Me
vuelvo y finjo interés en esa porquería que no es arte
para no tener que ver cómo se aleja.
Naveen me encuentra delante de unas piezas de
cerámica colocadas sobre un estrecho pedestal. No
me gustan. Técnicamente son adorables. Son
comerciales. Se venderán bien. Y eso es bueno para la
galería, aunque no lo sea para mí. Porque apestan a
estiércol. A lo mejor es por el barro del que están
hechas. O a lo mejor es una de esas señales retorcidas
de mi cerebro que superponen y mezclan mis sentidos.
Sea como sea, las estoy mirando con el ceño fruncido
en el instante en el que mi amigo me rodea con los
brazos y me estrecha contra él.
–Ya tengo varios encargos para este artista.
La sonrisa de Naveen es muy blanca. Él huele a
una mezcla sutil de colonia cara y la crema que utiliza
para su pelo negro azabache. Esos son sus olores:
cualquiera podría percibirlos.
Cuando Naveen habla percibo el sabor del algodón
de azúcar, suave, dulce y delicado. A veces, cuando
escucho a mi amigo, me duelen los dientes. Pero me
gusta el algodón de azúcar, casi tanto como escuchar a
Naveen, porque somos amigos desde hace mucho,
mucho tiempo. Él podría ser una de las únicas

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personas que me conocen tan bien como me conozco a
mí misma. A veces, incluso mejor. Deslizo la lengua
por mis dientes durante un segundo antes de contestar.
–No me gustan.
–No tienen por qué gustarte.
Me encojo de hombros.
–Es tu galería.
–Sí –esos dientes blancos otra vez, esa sonrisa–. Y
se venderán. Me gustan las cosas que se venden,
Elisabeth. Tú lo sabes.
–¿Como esa? –señalo con la cabeza la atrocidad
de Will.
–¿Tampoco te gusta esa?
Me encojo de hombros otra vez.
–Es una porquería, Naveen. Incluso el propio
artista lo piensa.
Se echa a reír, y yo me encuentro delante de una
noria bajo un cielo de verano, con el pelo recogido en
un par de trenzas y las manos llenas de caramelo
hilado. No es verdad, por supuesto, pero es así como
me siento.
–Has conocido a Will.
–Sí, le he conocido.
Busco a Will entre la multitud y le veo en una de
las alcobas de la sala, coqueteando con una mujer que
no tiene el pelo aplastado y despeinado ni lápiz de
labios corrido. Una mujer que parece no haber comido
desde hace años. Se inclina hacia él. Y se echa a reír.
La odio.
Desvío la mirada antes de que Naveen me
descubra observándoles, pero ya es demasiado tarde.
Sacude la cabeza y me aprieta el hombro con
delicadeza. No dice nada. Supongo que no hace falta.
Alguien le llama y se va a hacer de relaciones
públicas. Se le da mejor que a mí, así que le dejo esa
labor a él.
Es tarde, se está haciendo más tarde y debería
marcharme. Naveen me ha ofrecido quedarme en su
casa. Ya lo he hecho en otras ocasiones. Me cae bien
su esposa, Puja, pero sus hijos son demasiado
pequeños. Cuando me quedo en su casa, me agasajan
con abrazos y besos pegajosos y despertares al
amanecer, y me invade la sensación de que debería
echarle una mano a Puja en cosas como los pañales y
las comidas. Hace mucho tiempo que mis hijas dejaron
de necesitar ese tipo de cuidados y no los echo de
menos.
–Todavía estás aquí.
Me vuelvo. El sonido de su voz camina de puntillas

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por mi espalda y me cosquillea la nuca.
–Sí.
Will inclina ligeramente la cabeza para mirarme.
–¿Te gusta algo de esta exposición?
–Claro que sí –sería desleal decir otra cosa, ¿no?
–Enséñamelo.
Me siento atrapada. Y perdida. Busco en la sala
algo que pueda señalar.
–Sí, ese cuadro. Ese cuadro me gusta.
Un lienzo blanco con rayas negras. Y un círculo
rojo. Parece algo que cualquier niño de primaria podría
hacer, pero, de alguna manera, tiene que ser arte,
porque está enmarcado y colgado de una pared.
Cuando lo miro, veo las siluetas suspendidas de unas
mariposas, pero solo durante un instante. Nadie más
podría verlas; los demás solo ven el blanco, el negro y
el rojo. Pero son las mariposas las que me llevan a
elegirlo. No me encantan, pero destaca por encima de
todos los demás. Me gusta.
–¿Ese? –Will mira al cuadro y me mira a mí
después–. Es bastante bueno. Pero no es el que
pensaba que ibas a elegir.
–¿Cuál pensabas que iba a elegir?
Will señala uno con la barbilla.
–¿Quieres que te lo enseñe?
Vacilo. No sé por qué. Por supuesto que quiero que
me lo enseñe. Tengo curiosidad por saber qué piensa
de mis gustos. ¿Cómo puede pensar que sabe lo
suficiente sobre mí como para adivinar lo que puede
gustarme?
Will me agarra del brazo y me conduce por la sala
entre el público de la galería, todavía considerable a
esta hora, pero supongo que la mayoría de la gente
vive en Nueva York o, por lo menos, se aloja cerca de
la galería. Hay otra alcoba en la parte de atrás, está
decorada con gasas y ristras de lucecitas
parpadeantes. El interior de la alcoba es curvo, de
manera que resulta difícil colgar cuadros allí. Esa es la
razón por la que ni siquiera me he acercado esta
noche. No podría enfrentarme a otro de esos
apestosos jarrones.
–Mira.
Will se detiene, pero no me suelta el codo. De
hecho, se acerca todavía más a mí.
–Esto es lo que te gusta.
La pieza es sencilla. Una pieza de madera tallada.
No es una pieza figurativa, pero evoca el cuerpo de
una mujer. Las delicadas curvas de las caderas, los
muslos y los senos, los rizos y las vueltas de su pelo.
No es una mujer, pero lo parece. Sin pensarlo, la toco.
Tiene el tacto de una mujer. Cierro la mano y la
aparto. No debería haber tocado la pieza. Los aceites
de mis dedos podrían dañarla. No es una pieza de
museo, pero, aun así, no está bien destrozarla.
Y Will tiene razón. Me gusta. No tengo espacio
para algo así en mi casa, pero, de pronto, la quiero.
–¿Sabes de quién es?
Ya estoy buscando el nombre del artista.
Will no dice nada. Le miro, pensando que estará
sonriendo, pero no es así. Me está observando.
–Sabía que te gustaría.
Mi cuerpo se tensa. No estoy segura de si no me
gusta lo que dice o me gusta demasiado. Sea como
sea, frunzo el ceño.
–Pareces sentirte orgulloso.
Will mira hacia aquella pieza de madera que no
debería parecerse a nada, pero parece una mujer.
–Me gusta averiguar los gustos de los demás. Me
refiero a que… para mí es importante, ¿sabes? Para
un artista que quiere vender sus porquerías.
–¿Para ti todo consiste en eso? ¿En vender cosas?
Yo pensaba que los verdaderos artistas querían… ya
sabes… hacer arte.
Ríe quedamente.
–Claro, pero también tengo que pagar el alquiler y
comer. No hay mucha gente que pueda vivir del arte.
Desde luego, no mucha de la que está exponiendo
esta noche en la galería de Naveen. En Nueva York
hay galerías como esta por todas partes. La
competencia es feroz. Le dije que se conformara con
la galería de Filadelfia, pero él insistió en expandirse.
Todavía no estoy segura de que esto vaya a funcionar.
–Entonces… te gusta saber lo que le gusta a la
gente para poder así venderles tus cosas.
–Claro –la sonrisa de Will es un poco taimada–. Y
tenía razón sobre ti, ¿verdad?
–Sí –por alguna razón me cuesta admitirlo.
Él asiente como si acabara de revelar un secreto.
Y a lo mejor lo he hecho.
–Te gustan las cosas lisas, suaves.
Retrocedo un paso. ¿Cómo es posible que sepa
algo así? Diablos. Hasta hace unos minutos no estoy
segura de que yo misma lo supiera.
Will vuelve a asentir.
–Sí, lisas. Y curvas. No te gustan las cosas
afiladas. Los ángulos y esas historias. No te gustan las
cosas muy puntiagudas.
–¿Y a quién le gustan? –mi voz es cualquier cosa
menos suave.
–Hay personas a las que les gusta –vuelve a mirar
otra vez la madera tallada–. Deberías comprártela. Te
haría feliz.
Mi risa suena entrecortada.
–¿Y quién ha dicho que necesito ser feliz?
–Todo el mundo necesita ser feliz, Elisabeth –dice
Will.
¡Oh, mi nombre!
Cuando dice mi nombre lo veo vibrando en tonos
azules, verdes y grises. Esos no son mis colores. Yo
soy roja, naranja y amarilla. Marrón. Mi nombre es el
otoño avanzando hacia la oscuridad del invierno, pero
no cuando Will lo pronuncia. Cuando dice mi nombre,
veo el verano, veo el mar.
Pestañeo con fuerza y tengo que desviar la mirada.
La respiración se me agolpa en la garganta. Estoy
segura de que no sería capaz de pronunciar siquiera
una palabra.
–Deberías comprar esa pieza –me repite Will.
–No la quiero.
Me haría feliz, pero mi casa tiene rincones, ángulos
y líneas afiladas. En mi casa no hay espacio para algo
así.
–Claro que la quieres –dice Will, inclinándose un
instante hacia mí. Solo una exhalación.
Naveen me salva. Se coloca detrás de Will y le
agarra del hombro con fuerza suficiente como para
hacerle tambalearse un poco. Will frunce el ceño y
aprieta los puños durante uno o dos segundos antes de
relajarse mientras esboza una sonrisa con tanta rapidez
que parece que nunca ha estado enfadado.
–¿Qué quiere Elisabeth? –pregunta Naveen con
una sonrisa de tiburón.
Antes de que ninguno de nosotros pueda contestar,
una de las músicas, una joven con el pelo corto y en
punta para compensar su escasa estatura, se acerca
hacia nosotros dirigiéndole a Naveen una sonrisa
excesivamente despreocupada. Lleva en la mano lo
que parece un recibo garabateado. Tiene la línea de
ojos corrida y, sí, la juzgo por tener un aspecto tan
descuidado.
–¿Puedo hablar contigo de esto?
Naveen le dirige una sonrisa considerablemente
menos despreocupada que la suya y me guiña el ojo.
Le rodea el hombro con el brazo y acaricia con las
yemas de los dedos la piel suave y bronceada de la
parte superior de su brazo, desnuda gracias al vestido
de tirantes.
–Claro, Calysta. Hablaremos en mi despacho, ¿de
acuerdo? Betts, ¿estás bien? ¿Te llamo mañana?
–Te llamaré yo –dice él–. Y sí, estoy bien.
Will espera hasta que han cruzado media sala antes
de volverse hacia mí.
–¿Y eso?
Me encojo de hombros.
–No es asunto mío.
Me mira con los ojos entrecerrados.
–Está casado ¿verdad?
–Sí.
–Pero esa no es su esposa.
–No –contesto–. No es su esposa.
Will les dirige otra mirada y sacude lentamente la
cabeza. Después, desvía la mirada de nuevo hacia mí.
Una mirada astuta, de soslayo, llena de encanto. Me
recuerda a un zorro, pienso de pronto. El pelo que se
alza ligeramente en punta en la parte superior de sus
orejas, el modo en el que se aplasta contra sus mejillas,
el arco liso y perfecto de sus cejas.
Se acerca de nuevo a mí. Confidencias secretas.
–¿Que te parece si nos vamos tú y yo de aquí?
Capítulo 2
Yo pensaba que quería llevarme a una cafetería.
Eso es lo que piensa cualquiera cuando un desconocido
te pregunta cerca de la media noche que si quieres un
café. Todavía no estoy familiarizada con el barrio.
Naveen abrió la galería hace un mes y aunque consigo
llegar y salir de él, no conozco la zona.
Will sí. Él vive cerca de Chinatown. A mí me
encanta Chinatown. Me encanta ir a comprar palillos y
cucharas para la sopa. Se pueden comprar en
cualquier parte, pero me parecen mucho más
auténticos cuando los compro aquí. Si pudiera, tendría
una colección entera de esos gatos saludando con su
pata en movimiento constante. Gatos del dinero.
También me encantan. Normalmente son rojos y
dorados y a mí, el movimiento rítmico de sus garras me
huele a limones frescos.
Debería sorprenderme cuando, en vez de a una
cafetería con porciones de tarta en una vitrina
giratoria, me lleva a un edificio de piedra con barras de
metal ornamentales en las ventanas y una puerta que
abre con un teclado. Debería retroceder, mostrarme
vacilante cuando se vuelve en la puerta para dirigirme

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una sonrisa astuta y ladeada, como la de la galería. No
debería subir con él a su apartamento, donde, en esta
ocasión, me sostiene la puerta para que pase delante
de él, aunque el espacio es tan pequeño que le rozo el
pecho con el hombro al entrar.
Debería irme a casa.
Pienso en ello. Me imagino a mí misma reculando
con las manos en alto. Sacudiendo la cabeza con una
sonrisa nerviosa. Me imagino a mí misma buscando un
taxi. Recrear aquel escenario me lleva unos treinta
segundos y para entonces ya es demasiado tarde.
Estoy dentro.
Es un loft, por supuesto. Así es como viven los
artistas. Debió de ser un almacén en otro tiempo, o una
fábrica. Suelos de madera, paredes de ladrillo y vigas
enormes. El cuarto de estar y el comedor conforman
un gran espacio con un pasillo que conduce hacia lo
que presumo son el cuarto de baño y el dormitorio. Es
un auténtico loft, con una escalera en espiral que hace
que el corazón me duela de envidia.
–Quiero un apartamento –digo en voz alta sin
darme cuenta.
Will me mira.
–Pues consigue uno.
Me echo a reír.
–Tengo una casa. No necesito un apartamento.
Pero quiero uno.
Un lugar que no tenga que compartir. Con
estanterías de obra y una cocina pequeña y alargada
que jamás utilizaré porque nunca cocinaré. Suelos de
madera y cubiertos de alfombras. Una cama enorme y
mullida con todas las almohadas para mí. Un lugar
silencioso, de rincones curvos solo para mí. Estaría
lleno de arco iris y del olor de la arena del mar.
–Entonces consigue uno –repite Will, como si fuera
tan fácil como bajar a una tienda de apartamentos y
comprarlo–. Eh, ¿te apetece un café?
Es tarde. Tomarme un café solo servirá para
quitarme el sueño, pero, por supuesto, precisamente
por eso lo necesito.
–Sí, por favor.
Will tiene una sofisticada cafetera que muele los
granos de café y calienta el agua a la temperatura
precisa. No puedo explicar por qué eso me hace reír,
pero así es. Will me dirige una sonrisa mientras me
apoyo en el mostrador, un mostrador resplandeciente,
de metal pulimentado, como los que se pueden
encontrar en un restaurante.
–¿Qué pasa? –me pregunta.
Me encojo de hombros.
–Es solo que no imaginaba que tuvieras una
cafetera tan sofisticada. Eso es todo.
Will se inclina también, lo suficiente como para
tocarme el pie con el suyo en el caso de que estire la
pierna.
–¡Oh! Eso. No es mía. Era de mi esposa.
Miro instintivamente a mi alrededor, buscando
señales que evidencien un toque femenino, aunque no
estoy segura de en qué podría consistir exactamente.
Flores y cojines, imagino. La fragancia de un perfume.
Will se echa a reír. Me ha pillado.
–Mi ex –enfatiza–. Era mi mujer. Ella se llevó el
gato y yo me quedé con la cafetera.
–¡Ah!
La máquina escupe y sisea mientras vomita el
líquido negro. El aroma es increíble. Solo café, nada
extraño. Aun así, es maravilloso.
Me sirve una taza. Después sirve otra para él.
Saca una botella de un armario. Whisky Bushmills.
–¿Quieres un poco con el café?
–Eh… no.
Es casi la una de la madrugada. Tengo que irme
dentro de unos minutos si no quiero perder el último
tren.No debería estar aquí.
–¿Estás segura? –mece la botella, tentándome, y se
sirve una generosa dosis–. Está bueno.
Estoy segura. Pero hace mucho que no bebo
whisky… Vaya, ni me acuerdo de cuándo lo bebí por
última vez. De hecho, ¿alguna vez he bebido whisky?
Seguramente durante aquellos días de ofuscación
etílica de la universidad en los que nos bebíamos todo
lo que caía en nuestras manos, bebí whisky.
Le tiendo mi taza.
–No me pongas demasiado.
–Eso es imposible –contesta mientras sirve una
saludable dosis. Levanta su taza y espera a que yo
haga lo mismo con la mía–. Slàinte.
–¿Eres irlandés?
Bebo un sorbo vacilante. El café está caliente y
muy rico. El whisky todavía mejor. Ambas son bebidas
fuertes y golpean mi garganta primero y después el
estómago con calor. O a lo mejor no debería mentir.
Lo que realmente estoy bebiendo es su manera de
mirarme.
–¿Quién no lo es? –levanta la taza y bebe sin hacer
ni una mueca–. Ven. Quiero enseñarte algo.
–No serán tus grabados, espero –la broma no fluye
con naturalidad, sino que, como todo en mí, surge de
forma irregular, todo bordes rugosos y pies
tambaleantes, ¿por qué mis palabras van a ser
diferentes?
Will mira por encima del hombro.
–Algo así.
Titubeo entonces, solo un segundo. Después otro.
Estoy en el apartamento de un desconocido tan tarde
que pronto va a ser pronto. He tomado el whisky que
me ha ofrecido. ¿Podría culpar a Will si él pensara que
podría haber algo más que esto?
¿Me decepcionaría que no lo pensara?
En una esquina de aquel vasto espacio me señala
un escritorio con un impresionante ordenador,
montañas de carpetas y algunos papeles arrugados. Un
poco más atrás cuelgan de una pared unas cortinas de
terciopelo rojo. A su lado hay un anaquel metálico que
contiene varios rollos de papel pintado. También una
mesa con diferentes tipos de luces y un artilugio de tela
y metal que he visto en alguna otra ocasión. No
recuerdo cómo se llama. Caja de luz, quizá. Es algo
que se utiliza para colocar los objetos que van a ser
fotografiados.
–Aquí es donde surge la magia –enciende una de
las lámparas, bañando todo de un resplandor dorado.
Protejo mis ojos durante un segundo, alegrándome
de que el haz de luz se proyecte sobre una
desvencijada silla de madera colocada delante de las
cortinas de terciopelo, y no en mí. La luz revela cada
grieta de la silla, cada astilla, cada defecto. Imagino
perfectamente lo que haría si iluminara mi rostro.
Will abre una carpeta para sacar una fotografía de
veinte por veinticinco centímetros de una mujer
sentada tras un escritorio, tecleando en una antigua
máquina de escribir. Va vestida como una secretaria
fetiche. Falda negra y estrecha, camisa blanca, un lazo
al cuello y tacones de una altura imposible. El pelo
recogido en un severo moño, gafas cubriendo unos ojos
maquillados con demasiadas sombras y delineador
como para que el conjunto resulte apropiado para una
oficina real. Estoy confundida.
–Arte publicitario –saca otra fotografía de la
carpeta.
En ella aparece un hombre con traje y corbata
sosteniendo un café en un vaso de cartón y un maletín.
Will ondea la fotografía lentamente.
–¿Son tuyas?
–Sí –vuelve a guardarlas en la carpeta–. Con esto
me gano la vida.
De alguna manera, eso me desinfla.
–¡Ah! No lo sabía.
–Tengo que comer –dice Will–. Pero mira esto.
Me hace un gesto para que me acerque y resistirse
parecería, como poco, grosero. Permanezco a su lado
junto al escritorio y nuestros hombros se rozan
mientras rebusca en otra carpeta para sacar una
fotografía de colores vivos en la que aparecen
abrazados un hombre y una mujer. Llevan atuendos
históricos. Ella con el pelo suelto y flotando al viento.
Por cierto, el pelo de él también flota al viento. La
fotografía que llega tras ella es la misma, aunque han
añadido un fondo diferente y algunos efectos de estilo.
También incluye un texto.
–¿Portadas de libros? ¿Haces portadas para libros?
–Cuando me contratan –Will sonríe y le da un
golpecito a la fotografía con el dedo–. Esta me
encanta. Es muy sexy, ¿no te parece?
Es una fotografía sexy, tengo que admitirlo.
Aunque, sinceramente, es la clase de portada que mis
ojos pasarían de largo en una librería. Al igual que el
whisky, ¿cuándo fue la última vez que decidí leer una
novela rosa? ¿Acaso lo he hecho nunca?
Will saca otra fotografía. Esta es más oscura. Una
mujer vestida de cuero negro sostiene una pistola.
Tiene el pelo negro recogido en una trenza que cae por
su hombro. Miro sus botas con codicia. Es una noche
para la envidia, pienso, mientras me acerco a él sin
pensarlo para poder ver mejor la fotografía.
–Esa fotografía ya la he visto –digo–. Es de un
libro de ciencia ficción, ¿verdad? Acaban de hacer una
película del libro.
–Sí –responde con orgullo–. Fue un best seller.
Estamos muy cerca. Podría girar un par de
centímetros en una dirección y ya no nos tocaríamos.
Y dos centímetros en otra dirección y estaría
presionada contra él. Imagino la flexión de los
músculos de sus brazos si posara mis manos sobre
ellos. No me muevo.
–Déjame hacerte una fotografía –dice Will.
Ya está. Retrocedo un paso, dos, sacudiendo la
cabeza.
–No, de ninguna manera.
Mi reacción es demasiado vehemente para una
petición tan simple, e inmediatamente me siento
estúpida. Me obligo a no dar media vuelta y salir
corriendo. Alzo la cabeza, cuadro los hombros y le
miro a los ojos.
No está sonriendo. No se ríe. Will me está
estudiando con una expresión seria que no soy capaz
de interpretar, ni de igualar.
–¿Por qué no?
–¿Por qué iba a querer hacerme una fotografía? –
dejo escapar una lenta y temblorosa exhalación.
–Me gusta hacer retratos. Es lo que más me gusta.
–Tú no quieres tener una fotografía mía.
Will mira la silla recortada contra la resplandeciente
luz. Si me siento ahí, en esa silla, la luz caería sobre mí.
Sería todo luz, nada de oscuridad. No quedaría nada
oculto. No habría secretos. Lo vería todo de mí, cada
arruga, cada grieta, cada pelo sin depilar. No pienso
sentarme en esa silla por nada del mundo.
Will no dice nada.
–Y yo tampoco quiero una fotografía mía.
Agarra la cámara. Conozco el producto final del
arte. Los lienzos, las fotografías impresas. Pero no sé
nada de las herramientas que se utilizan para llegar a
él. Pinturas, pinceles, lentes, aperturas de diafragmas,
velocidad de obturación, arcilla y cristal. Puedo decirte
si algo tiene realmente algún valor cuando la obra está
terminada, pero no tengo ni idea del proceso de
creación.
Sostiene la cámara cuidadosamente sobre la palma
de la mano. El tamaño es impresionante. Yo solía tener
una cámara sencilla, pero perdí el cargador. Ahora
utilizo el teléfono para hacer fotografías cuando siento
y necesito capturar un determinado momento. Pero,
sobre todo, hago fotografías y me olvido de ellas hasta
que llega el momento de actualizar el software y tengo
que descargarlas en el disco duro de mi ordenador y,
después, allí las olvido.
Will se lleva la cámara al ojo y enfoca hacia la silla.
Hace una fotografía y mira la pantalla. Hace algunos
ajustes y toma otra fotografía.
Yo no me muevo. No vuelve a preguntarme otra
vez. Se limita a tomar otra fotografía de la silla, que
tampoco se ha movido y no habla. Otra más. Una vez
más, comprueba el resultado en la pantalla y juguetea
con algunos botones.
De pronto, me encuentro sentada en esa silla, con
el corazón en la garganta. La luz es tan intensa que
tengo la sensación de que voy a tener que proteger mis
ojos, pero descubro que no tengo esa excusa para
cerrarlos. Lo veo todo. El resto de la habitación
permanece casi en sombras, todo, salvo el círculo de
luz en el que estoy sentada con las rodillas apretadas y
las manos entrelazadas con fuerza en el regazo. Todo
en mí es tensión, rigidez y torpeza. Intento respirar y el
aire huele a metal. Siento un sabor a rosas.
Si me dice que me relaje, me levanto de un salto y
me voy. Si me toca, explotaré. En esta situación, todo
dentro de mí está en alerta, en tensión. Quiero temblar
y no puedo.
Es solo una fotografía.
Pero él no la toma. Will se lleva la cámara al ojo,
pero no dispara. Se limita a mirar. Después deja la
cámara en la mesa y retrocede un paso.
–En otro momento –me dice.
Parpadeo, y vuelvo a parpadear.
–¿Qué?
Will me tiende la taza de café con whisky mientras
me levanto de la silla.
–Déjame enseñarte otra cosa, ¿vale?
–Vale.
El líquido debería estar chapoteando en la taza,
pero supongo que las manos no me tiemblan tanto
como creo. Bebo un sorbo. Está tibio y se nota con
más fuerza el whisky.
Will me mira a la cara, se echa a reír, recupera la
taza y vuelve a dejarla en el escritorio.
–No tienes por qué tomártelo. Pero mira esto y
dime qué te parece. Y, Elisabeth…
–¿Sí?
–Sé sincera.
Comprendo lo que quiere decirme en cuanto quita
la sábana que cubre una fotografía enmarcada
apoyada contra una pared, debajo de una ventana. Hay
otras apiladas, media docena por lo menos, con otra
docena de fotografías más pequeñas cerca de ellas. Es
una fotografía en blanco y negro de un árbol con las
ramas desnudas como dedos extendidos y recortados
contra un cielo sin nubes. El fotógrafo ha captado las
sombras de tal manera que las ramas alargadas de los
árboles parecen sus raíces. Es imposible decir cuál es
el color del cielo. En la impresión aparece de un blanco
limpio. Imagino que debía de ser un cielo claro, azul
claro.
La fotografía no tendría por qué tener nada de
especial. Ansel Adams hizo miles de fotografías de la
naturaleza y está considerado un maestro. Pero la
fotografía de Will no tiene nada que ver con las
amplias escalas de Adam. Es la fotografía de un árbol,
de un cielo. Me entran ganas de llorar.
–¿La pondrías en tu casa? –pregunta Will–. ¿La
pondrías en el vestíbulo para impresionar a tus
invitados?
–No –no me he postrado de rodillas ante él, aunque
la fotografía me hace desearlo–. Si la comprara, la
colgaría en un lugar de mi casa en el que solo yo
pudiera verla.
Sonríe. He contestado correctamente. «Ahora»,
pienso cuando Will me toma la mano y tira de mí para
acercarme a él, «ahora es cuando me besa».
Por supuesto que no. ¿Por qué iba a besarme?
Acabamos de conocernos. No soy una modelo de
portada. Voy hecha una zarrapastrosa, estoy
despeinada, y soy suficientemente vieja como para
saberlo. Will acaricia mi alianza de matrimonio.
Y, ¡ah! Eso es.
Tiene un reloj de cuco que no he visto al entrar y
ahora cobra vida, marcando la media hora. Dos
hombres sierran un tronco afanosamente mientras una

Libro Un viaje por tus sentidos – Megan Hart
noria gira. Se asoma un pájaro y trina una vez antes de
retirarse.
–¡Mierda! –digo, y recupero la mano como si Will
me la hubiera quitado–. Es tarde. Tengo que coger el
tren…
–No vas a llegar.
Lo sabía cuando decidí venir a su casa, ¿no es
cierto? El tráfico, la distancia, la lluvia. La hora. Podría
fingir que estoy disgustada y sorprendida, pero la
verdad es que estoy apenas disgustada y en absoluto
sorprendida.
–Quédate aquí. Tengo una habitación de invitados
–señala hacia el loft–. Puedes levantarte pronto y
marcharte en el primer tren de la mañana. Si quieres,
te prepararé unos huevos para desayunar.
Suena como si me estuviera animando, pero finjo
no notarlo.
–No, no, no podría. Buscaré un hotel.
–No, de ninguna manera. No voy a dejarte vagando
en medio de la noche, bajo la lluvia, intentando
encontrar un lugar en el que dormir. Sería ridículo –
sacude la cabeza–. Tengo un par de pijamas que te
quedarán bien.
–Yo de verdad…
Quiero decir que no puedo, que no debo. Pero las
palabras se quedan atascadas en mi garganta. No
saldrán.
–¿Tienes que llamar a alguien? ¿Quieres avisar de
que llegarás mañana a casa?
No hay nadie en casa. Las chicas están en la
universidad, probablemente en alguna fiesta o
acurrucadas en las camas de sus novios. No es que
me guste profundizar mucho en ello, pero no soy tonta.
Ross está fuera. Debería saber dónde está, qué está
haciendo, pero aunque me lo dijo, no le presté atención.
Sabiendo que iba a estar fuera, no me importaba.
–No, no tengo que llamar a casa.
Will sonríe.
–De acuerdo.
Will me presta un pijama. Es suyo, no un pijama
heredado de su exesposa, como temía. Los pantalones
son de franela desgastada y la camiseta es blanca,
grande, suave y desgastada por los lavados. Debería
sentirme violenta llevando su ropa, pero me la tiende
con naturalidad junto a un cepillo de dientes todavía
con su envoltorio, y el sentimiento de extrañeza queda
fuera de lugar. La cama del loft es blanda, las
almohadas esponjosas. No me sigue al piso de arriba
para arroparme, así que, definitivamente, no tiene nada
de misterioso.
Me duermo inmediatamente y me despierto cuando
suena la alarma del teléfono. Solo he dormido cuatro
horas, no son suficientes, pero tengo que levantarme
para no perder el tren. Y para regresar a casa.
Pero antes, necesito ir al cuarto de baño. Me visto
rápidamente. No estoy segura de qué hacer con el
pijama de Will. Me decido por doblarlo pulcramente y
dejarlo en la silla que hay a los pies de la cama. Bajo
descalza la escalera de espiral, teniendo cuidado de no
tropezar ni golpear nada, porque el apartamento es
enorme, silencioso, y está lleno de ecos procedentes de
sonidos tan tenues como el de la respiración.
Oigo el sonido de la ducha justo cuando estoy a
punto de abrir la puerta, que descubro entreabierta. Me
detengo, por supuesto. O, de hecho, no, porque abro
ligeramente la puerta, solo un poco. El cuarto de baño
está dispuesto de manera que miro directamente hacia
una bañera con patas de garra y una ducha con
mampara de cristal al lado. Además de envidiar el
apartamento y codiciar las botas de la modelo de la
portada, esa ducha despierta en mí una oleada de
celos. Las baldosas, los ladrillos de cristal, la alcachofa
de la ducha. Lo quiero.
El vapor se eleva entre la ducha y yo. Will está
dentro, pero no lo suficientemente lejos como para
ocultar ningún detalle. Allí está, desnudo bajo el agua,
con la cabeza inclinada mientras el agua cae sobre él.
Tiene los ojos cerrados y una mano apoyada en la
pared. La otra alrededor de su miembro.
Ahogo el ruido que mi garganta comienza a hacer,
pero me quedo paralizada. No puedo moverme. No
quiero moverme, seamos sinceros, porque todo en
aquella visión es bello, glorioso y ¡oh, Dios mío!, se
está acariciando lentamente, como si fuera a tardar
una hora en llegar al orgasmo. Arriba, abajo, retuerce
la palma alrededor del prepucio… Dobla las rodillas y
curva los dedos sobre las baldosas, pero se le deslizan
porque no puede agarrarse a nada.
Si levanta la mirada, me descubrirá mirándole.
Debería marcharme, no está bien estar viendo a
alguien haciendo algo tan íntimo. Esto no es para mí.
Comienza a mover la mano a más velocidad. Abre
la boca, el agua cae sobre ella y la desborda cuando
Will alza el rostro hacia el chorro. Aprieta el puño con
deliberación y yo observo la cadencia de los músculos
de su brazo y su espalda y me detengo en un punto que
está justo encima de su trasero, donde unos hoyuelos
surcan su piel.
Quiero verle correrse. Lo ansío y lo deseo, de
hecho, más incluso que este apartamento, las

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