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Libro Una buena casa – Ann Leary

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Dos
Wendy Heatherton siempre le gusta organizar una fiesta para sus maravillosos clientes. Es su forma de agradecerles el negocio que ha hecho, y también un modo de
presentarles a otras personas que Wendy considera maravillosas. Su hijo Alex y su novio Daniel siempre se encargan de los preparativos. Daniel es interiorista.
Alex colecciona antigüedades. Para la fiesta de los McAllister, decidieron que la cena sería en el jardín. Alex y Daniel montaron una serie de mesas largas de banquete
bajo una magnolia en flor. Colgaron farolillos de papel en las ramas. Luego cubrieron las mesas con unas mantelerías de lino antiguas de Wendy, y utilizaron su mejor
plata, porcelana y vidrio, algo bastante inusual y delicioso para una cena al aire libre. Colocaron tupidos ramos de azucenas aromáticas en grandes jarrones de plata.
Plantaron antorchas de limoncillo en el camino que llevaba desde la casa a la mesa y alrededor de esta, para ahuyentar a los insectos. Todo el mundo les dijo a Wendy,
Alex y Daniel que era «mágico». Y realmente lo era.
La fiesta empezó a las siete, pero yo no llegué hasta casi las ocho, porque ya no bebo cócteles. Estoy «recuperándome». No suelo ir a fiestas, pero cuando voy,
intento llegar justo antes de que sirvan la cena y me voy inmediatamente después de los postres. La noche de la fiesta de los McAllister, llegué al mismo tiempo que
Peter y Elise Newbold. Peter, Elise y su hijo Sam viven en Cambridge entre semana, porque Peter ejerce como psiquiatra cerca de allí, en el hospital McLean de
Belmont. Tiene una pequeña consulta privada en Cambridge y otra aquí, en Wendover, donde solo atiende pacientes los viernes y algún sábado.
Mientras subíamos los escalones de la entrada de los Heatherton, Peter me dio una palmadita en el hombro y me dijo:
–Bueno, al menos conocemos a alguien de esta fiesta. –Luego le preguntó a su esposa–: Elise, tú conoces a Hildy Good, ¿verdad?
Elise respondió con sarcasmo:
–No, Peter, nunca había oído hablar de Hildy Good.
Peter me paga desde hace años un alquiler por su despacho, que está en el piso de arriba de mi oficina de la Inmobiliaria Good, pero la verdad es que solo he
coincidido con Elise un par de veces. Elise dirige un taller de escritura en Cambridge, pero no soy capaz de acordarme de qué tipo de cosas escribe. Poesía, quizás.
Cuando Sam llegó a la adolescencia ya no quiso separarse de sus amigos los fines de semana para venir a Wendover, y yo siempre tuve la sensación de que a Elise nunca
le había gustado venir aquí. De manera que estos últimos años, Peter había pasado muchos fines de semana aquí, solo. Según me dijo, estaba escribiendo un nuevo libro,

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Psicología de las comunidades, creo que se titulaba, y esa soledad le convenía.
Cuando entramos en la casa, una chica de servicio nos condujo a través del salón hasta el patio de atrás, donde estaban sirviendo las bebidas. Nos preguntó qué nos
apetecía beber y Peter le pidió una cerveza. Elise preguntó qué vino blanco había, y después de arrugar la nariz al oír un par de sugerencias, finalmente optó por un
Pinot Grigio.
Yo pedí una tónica con una rodaja de limón.
Hace casi dos años, Tess y Emily, mis queridas hijas, me habían organizado una «intervención» sorpresa. Emily vive en Nueva York, pero Tess vive en Marblehead,
que está solo a unos veinte minutos de aquí. Una fría tarde de noviembre, Tess y Michael, mi yerno, me invitaron a cenar a su casa. Su hijo Grady era un bebé en aquel
momento, y me encantó ir a verle. Tess se había mostrado distante desde que nació el crío. Es decir, distante conmigo; Nancy, la madre de Michael, estaba
constantemente en su casa.
–Me encantaría ocuparme de Grady, cuando sea –solía decirle yo a Tess–. Michael y tú deberíais ir al cine o salir a cenar alguna noche y dejarme a Grady.
–Nancy vive aquí mismo, en Marblehead. No estaría bien hacerte venir desde tan lejos –contestaba Tess.
Yo le decía que no me importaba en absoluto, pero como ella nunca me lo pedía, supuse que realmente no quería molestarme.
Así que aquella noche yo había ido en coche hasta Marblehead y cuando llegué frente a la casa de Michael y Tess, me sorprendió ver otros dos coches más, aparte
de los suyos.
–¿Hola? –saludé con buen humor cuando abrí la puerta.
Estaba bastante bien. Había cerrado una venta aquella tarde y luego lo había celebrado con los clientes en Warwick Tavern. Solo había tomado un par de copas.
Como máximo tres. Cuando entré en la sala de Tess, me extrañó ver también a Emily, que había venido desde Nueva York con su novio, Adam. Y estaba Sue Peterson.
Mi secretaria. Había otra mujer, una mujer corpulenta con el pelo corto y chillón. (En serio, la mujer tenía el pelo naranja). Todos estaban sentados, pero cuando entré
en el salón todo el mundo se levantó. Me sonrieron con lástima, y lo primero que pensé fue que le había pasado algo a Grady. Me temblaron las piernas, de verdad. Me
costaba mantenerme en pie.
–Mamá –Tess parpadeó para reprimir las lágrimas–, ven a sentarte.
Dejé que me condujera hasta el sofá, y me senté con Tess a un lado y Emily al otro. Seguía aterrorizada por el niño. Eso es algo de mí que Tess y Emily nunca han
sido capaces de apreciar. Que todo lo he hecho por ellas. Que mi primera preocupación siempre es su bienestar. El suyo, y ahora el del pequeño Grady.
Me parece que todo el mundo sabe lo que pasa en casos como este. Las chicas leyeron en voz alta, por turnos, todos los espantosos detalles de los crímenes que,
supuestamente, yo había cometido bajo la influencia del alcohol. El día que bebí demasiado en la fiesta de graduación de Emily. La noche en que «perdí el conocimiento»
(la expresión es suya, no mía –estaba echándome la siesta–) antes de la cena de Acción de Gracias. Las veces que había ido «haciendo eses» hasta mi coche y lo
preocupadas que siempre se quedaban cuando yo insistía en volver conduciendo a casa. Después, naturalmente, la detención por conducir bebida. Me habían parado el

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verano anterior, volviendo de casa de Mamie Lang. Mamie es mi amiga más antigua –nos conocemos desde que íbamos a tercer curso– y una noche nos habíamos
pasado un poco con la bebida y cuando volví en coche a casa, vi la luna a través de la ventana del copiloto. Yo circulaba junto a las marismas de sal y me pareció que
aquella enorme luna naranja se revolcaba en las puntas de la escasa vegetación marina, que iba a mi lado, persiguiéndome como un globo juguetón. Yo iba por At lantic
Avenue, y cuando llegué al stop de la carretera 122, vi el coche. Frené, pero calculé mal la distancia, supongo, y choqué por detrás. Apenas le di. Solo le hice una
abolladura de nada en el guardabarros, pero tuve la mala suerte de que el conductor fuera un policía estatal. El agente Sprenger. Tenía que ser Sprenger. El otro agente

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estatal que tenemos había salido con Emily, y nuestro único policía municipal, Sleepy Haskell, es el mejor amigo de mi hermano Judd. Yo nunca había visto a Sprenger
hasta aquella noche. No tenía ni idea de quién era.
Así que durante esa inquisición –oh, perdón, intervención– oí cómo las chicas describían mis diversos y vergonzosos lapsus, como si fueran pequeños jueces
lloricas. Habían conseguido convencer a Sue para unir fuerzas, y esta balbuceó algo sobre que los clientes empezaban a darse cuenta. Todos los demás agentes
inmobiliarios lo sabían. Ella también lloraba, como mis hijas, y acabó su declaración lanzándose sobre mí, para poder rodearme los hombros con los brazos y sollozar
pegada a mi cuello. Yo no soy muy dada a los abrazos, pero las acogí a todas en mi seno e intenté formular una respuesta adecuada.
–Ah –creo que susurré–. Es un punto de vista interesante.
Sinceramente, ¿qué esperan que digas?
Yo sabía que no valía la pena discutir. Ni exponer el caso. Había leído la autobiografíacontado entre sollozos cómo les ha afectado tu «enfermedad», no hay forma de demostrar que no eres una alcohólica. Cuanto más protestas –«niegas», como ellos
dicen–, más avivas las llamas de la compasión que han bailado a tu alrededor desde que empezó la investigación.
Pero había esperanza. Jenny, la del pelo naranja, era de Hazelden, y propuso una solución: un programa de veintiocho días en Minnesota.
–No puedo –dije yo–. Tengo que llevar un negocio.
–Ya me he ocupado de todo –cacareó Sue–. Ahora está la cosa muy parada; bastará con que Wendy –Wendy Heatherton era mi socia en aquel momento– atienda a
los clientes. Solo es un mes. Diremos que estás en Florida.
Sue se ocupó de todo, y yo me ocupé de Sue pocas semanas después de volver de Minnesota. La despedí.
En la fiesta de Wendy, me quedé al lado de Peter y Elise observando al gentío para ver si conocía a alguien, y casi inmediatamente Wendy se acercó a nosotros. Aparte
de ser esbelta y dicharachera, Wendy es una de esas mujeres que siempre tienen que darle la mano a todo el mundo. No solo te la estrecha, la atrapa entre las suyas y
ladea la cabeza para poder sonreírte de perfil, perfil que por lo visto considera cautivador.
–¡Peter! ¡Elise! ¡Hildy! –exclamó, atrapando por turnos las manos de todos e inclinando de esa forma la cabeza. Luego dijo–: Estoy muy contenta de que hayáis
venido. Llegáis justo a tiempo. Estamos a punto de sentarnos a cenar, pero primero, venid. Venid a conocer a nuestros maravillosos invitados de honor, los McAllister.
Bueno, tú, Hildy, obviamente ya conoces a Brian y a Rebecca.
Wendy nos llevó al otro extremo del patio abarrotado. No había soltado la mano de Peter, y él se había dado media vuelta y había cogido la de Elise, y mientras les
seguía, se me ocurrió que debía rodear la cintura grácil de Elise para formar una fila que serpenteara al ritmo de la conga.
No había sido capaz de reconocerlo ante Linda Barlow, pero la verdad es que ahora odio las fiestas.
Finalmente llegamos a un rincón donde se había congregado un grupo alrededor de Brian McAllister, que estaba hablando del Boston Bruins. Mucha gente de la
zona sabe que Brian es propietario sin voto de los Bruins, junto a Jeremy Jacobs y algunos más, y bueno, esto es Massachusetts. La mayoría son fanáticos del hockey.
Todo el mundo hacía preguntas sobre los nuevos fichajes y el futuro del equipo. El marido de Mamie, Boatie, un republicano un poco pesado de una antigua familia de
la élite bostoniana, interrumpió varias veces para alardear sobre Phil Esposito, Bobby Orr y las viejas glorias del pasado.
–Espera que empiece la temporada –le prometió Brian. Sonrió, bebió un sorbo de cerveza y añadió–: Me parece que será muy buena.
Vi a Rebecca allí de pie, un poco al margen, y me acerqué a saludarla. Los Newbold me siguieron y se los presenté. Se dieron la mano y luego Rebecca levantó la
mirada hacia Peter, con un gesto característico, el gesto de una persona menuda, y preguntó:
–¿No nos hemos visto antes? Tu cara me suena mucho…
–No estoy seguro –contestó Peter, que la miró atentamente
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