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Una costa lejana – Nick Brown

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Una costa lejana – Nick Brown

Descargar Una costa lejana En PDF El ruido alcanzó su cénit cuando el
desfile pasó bajo el arco de las puertas,
luego se convirtió en un tumulto de
aplausos, vítores y gritos. Soldados con
cascos y armaduras relucientes,
alineados a lo largo de la calle,
mantenían a la muchedumbre a raya. Los
críos se aferraban a las piernas de sus
padres y miraban hacia arriba; los pocos
afortunados que habían conseguido
encaramarse a un tejado o a una ventana,
miraban hacia abajo. En cabeza,
cabalgaban cuatro jinetes que portaban
lanzas en las que ondeaban banderines
rojos y amarillos. Tras ellos venía un
heraldo rollizo, de pelo largo, aullando
de forma insistente una consigna:
«¡Gentes de Karanda, dad la bienvenida
a nuestro líder! ¡Viva el príncipe Orico!
¡Viva el príncipe!».
Orico y su caballo acabaron
cubiertos por las flores que lanzaba la
muchedumbre. Ataviado con una túnica
sin mácula y una capa, erguido en su
silla de montar, honraba a su pueblo con
sonrisas contenidas y asentimientos.
Cerca había dos sirvientes con los
caballos cargados hasta los topes y dos
viejos sacerdotes vestidos con túnicas
largas, amplias, que casi tocaban el
suelo. Detrás venían seis jinetes con
armadura que portaban escudos
circulares y lanzas.
En último lugar cabalgaban tres
individuos que no parecían pertenecer al
resto del desfile. En el centro estaba
Casio Quintio Córbulo, un hombre alto,
esbelto, de tez clara, que no aparentaba
haber alcanzado la edad suficiente para
llevar la capa roja y el casco con
penacho propios de un oficial del
ejército romano. A la izquierda de Casio
estaba su sirviente Simo, un tipo mayor
que él, de altura similar, pero de cuerpo
bastante más ancho, vestido con una
pálida túnica de lana y unas sandalias
desgastadas. Su cara era amable,
amistosa, y parecía estar luchando
contra la tentación de saludar a la
muchedumbre. El hombre de la derecha
era el que menos cómodo parecía
sentirse sobre la silla de montar.
Indavara, el guardaespaldas de Casio,
era el más bajo de los tres, pero el más
musculoso, y su túnica, carente de
mangas, dejaba al descubierto unos
brazos de una notable solidez cubiertos
de cicatrices. Su pelo negro y grueso no
llegaba a cubrirle la oreja izquierda, a
la que le faltaba la parte superior.
Indavara llamó la atención de Casio y
dirigió una mueca de desprecio al
príncipe.
―Ahora parece algo, ¿eh?
Casio se encogió de hombros.
Indavara continuó:
―Es una suerte que no lo hayan
visto esconderse detrás de los árboles
cada vez que nos encontrábamos con
alguien en el camino, o brincar por las
noches con cada ruido.
―A todos nos toca representar un
papel ―repuso Casio casi gritando para
poder oírse―. Tú no eres menos.
Mantén la vista en esas ventanas por si
hubiera arqueros.
―Su hombre nos dijo que no habría
peligro intramuros.
―Sé que los números no son tu
fuerte, pero ¿cuánta gente dirías que hay
aquí?
―No lo sé ―dijo Indavara―.
Miles.―Exacto. Y solo hace falta uno.
Hemos traído a Orico hasta aquí; no
queremos perderlo ahora.
La media hora siguiente resultó tensa y
caótica, y Casio emitió un largo suspiro
de alivio cuando el desfile por fin llegó
al palacio. El edificio apenas merecía
tal nombre, pero también es cierto que la
ciudad de Karanda no era gran cosa, y,
tal y como había apuntado Indavara,
Orico tampoco era que pareciera un
príncipe. El palacio era una estructura
de tres pisos de alto, hecha de madera.
A Casio le recordó lo que podría ser
una gran fonda no del todo lujosa.
Toscos estandartes colgaban de unos
postes sobre la entrada principal, donde
se congregaban varios dignatarios
ricamente vestidos. Había más soldados
apostados a lo largo del camino, desde
la entrada hasta el patio, donde acababa
de desmontar el príncipe. Después de un
último saludo a las masas, Orico se
dirigió hacia el palacio. Fue recibido
por un hombre descomunal de barba
cana que aferró la mano que se le
ofrecía, para luego escoltar al príncipe
hacia dentro. Se oyó el gemido de la
expectante horda al ser disuelta por los
soldados.
―¡Dispersaos! ¡Fuera!
―¡Volved a vuestras casas!
¡Volved al trabajo!
―Doy gracias a los dioses de que
esto se haya acabado ―dijo Casio,
fatigado, al descabalgar. Se desató la
correa del mentón y se retiró el casco―.
Ahora es responsabilidad de otros. Una
buena noche de descanso y podremos
irnos.
Indavara descabalgó junto a él y
estiró los brazos.
―¿Preparado para decirnos cuál
será nuestra próxima parada?
―Ni yo lo sé ―repuso Casio
mientras hundía los dedos en su pelo
claro.―
¿No has leído la carta?
―No quería que nada nos
distrajese de este asunto. La leeré esta
noche.
Renegando de los plebeyos que iban y
venían, Casio miró hacia arriba, hacia el
cielo que empezaba a oscurecerse, y
hacia las lúgubres montañas más allá de
los muros. Jirones de nubes grises se
escurrían por entre los altísimos
peñascos dentados cuando empezó a
caer una leve llovizna.
―¿Señor? ¿Señor? ―dijo una voz
en griego.
Casio vio a un hombre menudo
abriéndose paso entre el gentío.
―¿Oficial Córbulo?
―Sí.
El hombre se adecentó la túnica y
la pesada cadena de plata que llevaba
alrededor del cuello.
―Soy Malaco Argunt, miembro del
Consejo de la ciudad. Karanda da la
bienvenida al enviado de Roma.
A Casio le gustó cómo sonaba
aquello. Estrechó antebrazos con Argunt,
quien, como todo provinciano, era
demasiado delicado y demasiado rápido
a la hora de hacer ese saludo.
―Gracias, Argunt.
Casio siempre hacía por repetir los
nombres de aquellos a quienes acababa
de conocer, máxime cuando ocupaban
algún puesto de relevancia. Esto
causaba una buena impresión y
garantizaba que recordaría el nombre.
Argunt, con un gesto de la mano,
llamó a dos sirvientes.
―Estabularemos vuestros caballos
de inmediato. He dispuesto una
habitación para vosotros en el palacio.
―Esbozó un ligero gesto de asco
cuando miró a Indavara―. Sois tres, ¿no
es así?―
Tres, sí.
―Te ruego que me acompañes,
señor. El Primer Ministro Viedra desea
verte inmediatamente.
―Por supuesto.
Casio se volvió hacia Indavara, que
ya estaba descargando sus armas de la
silla de montar.
―Échale una mano a Simo con las
cosas, por favor.
Indavara asintió.
Casio siguió a Argunt entre el
gentío.
El Primer Ministro Viedra resultó ser el
hombre de barba cana que había
recibido al príncipe. Argunt, una vez
concluidas las presentaciones, abandonó
la amplia sala de audiencias, que estaba
en el segundo piso del palacio y desde
la que se veía el patio. Mientras uno de
los sirvientes se hacía cargo del casco y
la capa de Casio, Viedra señaló dos
divanes dispuestos junto a un gran
ventanal.
―Gracias. Un momento ―dijo
Casio. Se quitó el zurrón de cuero que le
colgaba del hombro izquierdo y lo dejó
en el suelo; luego se retiró el tahalí del
derecho. ―Creo que no necesito esto.
El sirviente añadió la pesada
espada a su carga y, a paso ligero,
desapareció por una antesala. Casio
esperó a que Viedra descansara su
corpulencia en uno de los divanes, luego
recogió el zurrón y se sentó frente a él.
Una sirvienta de mediana edad apareció
y depositó una bandeja de madera sobre
la mesa que ocupaba el espacio entre los
divanes. Tomó de esta un plato con
dulces, una jarra y dos cálices de
refinada factura. Su mano temblaba al
verter el vino en los recipientes, que
luego entregó a los dos hombres.
Casio volvió la mirada al camino
que había al otro lado del patio. Muchos
de los habitantes de la ciudad aún
seguían allí.
―No parecen muy dispuestos a
irse.
―Toda Karanda se muestra
jubilosa ―repuso Viedra―. Os
debemos mucho. El hecho de que nos

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hayáis devuelto al príncipe significa que
la casa de Tarebe seguirá existiendo.
―¿Toda Karanda? ―preguntó
Casio mientras apoyaba el cáliz sobre la
rodilla―. Me dijeron que en algunos
círculos del reino hay opositores al
gobierno de su familia. Las gentes de
ese enclave… ¿Solba? ¿No es esa la
razón por la que hemos tenido que
escoltarlo hasta aquí en secreto?
―Algunos han sobrestimado un
tanto esa amenaza. Pero es mejor
prevenir que lamentar, ¿no es así?
―Sin duda. Intenté explicárselo al
príncipe, aunque no parecieron gustarle
mis métodos.
―¿Alojarse en fondas de vías
secundarias con camas repletas de
chinches?
―Parece que lo esté diciendo él.
―¿Hacerle vestir como si fuera tu
ayudante hasta que os encontraseis cerca
de la ciudad?
―Bastante ingenioso por mi parte.
Viedra hizo un portentoso esfuerzo
para no sonreír.
La sirvienta ofreció a cada uno de
los hombres el plato con los dulces,
pero ambos rehusaron. Volvió a dejar el
plato sobre la mesa y se fue.
―Tengo entendido que ya habéis
recibido noticias del comandante
Abascantio ―prosiguió Casio.
La expresión de Viedra se agrió al
instante.
―Su carta llegó antes de que lo
hicierais vosotros. Hablaba de ciertas
condiciones que deberían ser satisfechas
en cuanto el príncipe volviera sano y
salvo. Casio se desabrochó el zurrón.
―Tengo el acuerdo aquí. El
príncipe y tú lo firmaréis y yo lo haré
enviar al gobernador, para que sea
implementado de inmediato.
Casio sacó una lámina de papiro de
una fina carpeta de cuero y se la entregó.
Viedra la acercó a la luz para leer.
Casio dio un sorbo al vino, que no
estaba lo suficientemente aguado,
máxime teniendo en cuenta que ni
siquiera era mediodía, y echó un vistazo
a la mal disecada cabeza de ciervo que
decoraba la pared. Los ojos bizcos del
animal parecían observarlo por encima
del hombro del ministro.
Viedra leyó el papiro:
―Deberemos informar
mensualmente acerca de las actividades
de los bandidos que operan al norte de
nuestros territorios, entregar a cualquier
prisionero que sea capturado para que
sea sometido a interrogatorio y actuar si
sus actividades llegan a suponer una
seria amenaza a la comunicación o el
comercio.
―Roma afronta muchas amenazas
al ende sus fronteras. Y, sencillamente,
ni siquiera tenemos los recursos para
ocuparnos de nuestros problemas
internos.
Viedra pareció no haber oído a
Casio. Su pesada respiración se tornó
aún más audible.
―¿También se incrementa nuestro
tributo anual? ¿Y nuestra obligación de
enviar tropas a Tarso?
El Primer Ministro bajó el papiro y
observó a su invitado con gravedad.
Siendo objetivos, aquello no tenía nada
que ver con Casio, él no era más que un
mensajero, pero sabía que si el acuerdo
no se firmaba, su comandante Aulo
Celato Abascantio, del Servicio de
Seguridad Imperial, no se mostraría
satisfecho.
―Con todos mis respetos, Primer
Ministro, debo recordarte que, de no
haber sido por la intervención del
ejército romano, vuestra Familia Real
carecería de heredero.
―Y yo debo recordarte, oficial
Córbulo, que fue precisamente ese
ejército el que no proveyó una escolta
para el cortejo real en una zona
conocida por sus ladrones, lo que acabó
con la muerte del padre y el hermano del
príncipe. ¡El mismo ejército al que
llevamos financiando y suministrando
tropas desde hace doscientos años!
Las mejillas de Viedra empezaron a
ponerse rojas.
Casio tenía orden expresa de no
mencionar que cuatro quintas partes de
las fuerzas de la provincia estaban
comprometidas en una campaña crucial
contra los godos; tampoco debía revelar
que Seguridad Imperial había
organizado el rescate de Orico porque
no había legionarios disponibles para la
tarea. ―¿Firmarás el acuerdo, Primer
Ministro? ¿Y le aconsejarás, asimismo,
al príncipe que lo haga?
Viedra negó con la cabeza.
―Su majestad, el rey Adrico,
nunca hubiera aceptado tales
condiciones.
Casio dio un último sorbo al vino,
luego volvió a posar el cáliz sobre la
mesa. Había oído una interesante
conversación en Tarso cuando se
hicieron cargo del príncipe. No
pretendía utilizar aquella información
salvo si el Primer Ministro se mostraba
reacio; sin embargo, el momento parecía
haber llegado. Se encorvó hacia delante
y habló en un susurro para que los
sirvientes no lo oyeran.
―He oído que encontraron al
príncipe escondido en unas letrinas,
desarmado y temblando, en ropa de
noche. Le dijo al tribuno que dio con él,
que había huido, en cuanto los asaltantes
aparecieron. ―Casio se volvió hacia el
ventanal―. Convendrás conmigo en que
sería una lástima que tal historia llegase
a oídos del populacho.
Viedra apretó los labios. Sobre sus
cejas comenzaban a formarse gotas de
sudor. Un instante después miró al
papiro y suspiró.
Casio sonrió.
―¿Hay un cálamo por aquí?
La coronación tuvo lugar por la tarde, en
el espacio que los lugareños llamaban
«la Gran Plaza». Casio durmió durante
toda la ceremonia; lo despertaron los
estruendosos vítores cuando concluyó
todo el asunto. En un principio
agradeció no haber recibido una
invitación para asistir, pero más tarde un
mensajero le hizo llegar una nota de
Argunt, solicitando su presencia en el
banquete de celebración que se daría en
el Gran Salón.
―¿Gran Salón? Ni siquiera es tan
grande ―observó Indavara cuando se
incorporaron al final de la cola.
―Todo es relativo, ¿no? ―repuso
Casio con un bostezo―. Puede que sea
la estancia más grande de toda la
ciudad, así que para ellos es el Gran
Salón. O, por poner otro ejemplo, yo no
me sentiría particularmente orgulloso
por calcular la hipotenusa de un
triángulo, en cambio tú estarías
encantado si pudieses calcular cuatro
veces tres.
―Doce ―dijo Indavara después de
una larga pausa.
―Muy bien. Parece que Simo está
consiguiendo algo contigo después de
todo.
Delante de ellos esperaban los
invitados, ataviados con radiantes
túnicas y gruesas pieles; muchas de las
mujeres lucían arreglos florales
entrelazados en sus melenas. Otros
asistentes, silenciosos, aguardaban fuera
mientras sus amos atravesaban las
puertas.
―De todos modos ―añadió
Casio―, deberías considerarte
afortunado de estar aquí. Solo me
ofrecieron dos asientos. Por suerte para
ti, Simo está ocupado arreglando mi
silla de montar.
―Al menos nos darán bien de
comer.
Casio echó un vistazo a la
mugrienta túnica de Indavara.
―¿No tenías algo más limpio?
―Apenas tiene manchas.
Casio no podía llevar puesto el
casco en la mayoría de las estancias y
pasillos del palacio, cuyos techos eran,
por lo general, bajos, así que lo dejó en
su aposento. Suponiendo que en el salón
haría calor, también se había dejado la
capa. Simplemente llevaba puesta su
mejor túnica escarlata de manga larga.
Simo también se había encargado de
dejarle las botas bien relucientes y de
buscarle una de sus hebillas de cinturón
favoritas: un círculo de plata que lucía
la imagen de la diosa Tyche, un
recuerdo de Antioquía.
Cuando llegaron al umbral, Casio
se dio cuenta de que todos los hombres
se deshacían de sus armas. Dos
soldados se encargaban de recoger
tahalís y cuchillos y de colgarlos en
unos ganchos incrustados en la pared.
Argunt lo observaba todo y lisonjeaba a
los últimos invitados a medida que iban
entrando.
―Una tradición, ya me entendéis
―les explicó a Casio y a Indavara
cuando le entregaron sus dagas―. El
Gran Salón es para intercambiar
opiniones, no estocadas. Solo el
monarca puede entrar en la sala con un
arma.Justo cuando iban a entrar, un joven
se acercó corriendo a Argunt. Le hizo
una inclinación con la cabeza y le
entregó un rollo de papiro atado con un
trozo de tela.
―Una orden del ejército. Acaba de
llegar, señor.
Argunt desató el papiro. Estaba
fuertemente atado, con el sello de cera
intacto. Leyó la única línea escrita por
fuera.―
Eso parece.
Casio cogió el papiro y examinó el
sello de cera. Era el emblema del
gobernador de Siria; muy seguramente
proviniera de Abascantio.
―Confío en que el mensajero y su
montura serán atendidos
convenientemente.
―Por supuesto ―replicó Argunt.
―Perfecto. Tengo varias misivas
para enviar a la capital. Que salga a
primera hora de la mañana.
―Como dispongas ―dijo Argunt,
haciendo un gesto hacia la puerta.
Fueron los últimos en entrar. El
salón se veía iluminado por una gran
cantidad de braseros colocados sobre
trípodes. En medio de la estancia se
erguía un impresionante trono de madera
encarado hacia una larga fila de mesas
que se extendían a ambos lados
formando una U. Los invitados, unos
cincuenta en total, permanecían de pie
detrás de sus sillas, charlando
animadamente. Una docena de soldados
armados con lanzas habían

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