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Una de zombis y piratas – Laura Campos

Una de zombis y piratas – Laura Campos

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«No sé si esto se trata de una carta
de suicidio, de socorro, o de despedida.
Agradezco el tesón de mi familia para
que dominara por completo la
escritura, de no ser así ni siquiera
podría escribir estas líneas. Si lees
esto, supongo que sabrás de sobra el
motivo de mi carta, pero tal vez algún
día mis palabras sirvan a alguien de
ayuda. El mundo ha enloquecido,

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alguna clase de brujeria está actuando
en Ródek, los muertos se levantan de su
sueño eterno para devorar carne
humana. No parece que haya fin a esta
completa locura. Antes yo creía que la
muerte era el fin absoluto de todo, un
sueño eterno, terrorífica por su
solitario silencio; ahora trae terror y
sangre, trae gemidos horribles en la
quietud en la que los pocos vivos nos
hallamos presos. Huyendo, esquivando
las hordas de cadáveres malolientes
que caminan y se arrastran en nuestra
búsqueda. El hambre que los acosa no
cesa y rastrean cada rincón ampliando
sus filas putrefactas. No sé si estas
letras llegarán a algún lugar, ni tan
siquiera sé si quedan zonas libres de
estas terribles criaturas. Más miedo,
más terror y más pasos arrastrados me
persiguen. No hay huida posible, ya
puedo oler el hedor de la muerte, viene
a por mí incesante».
Nao deja dee leer y mira a su capitán
con preocupación. Éste se encuentra muy
tranquilo, sentado en un barril con el sol
arrancando brillo a su lacio cabello
negro, está afilando su espada, clavando
su intensa mirada oscura en el hombre
del reflejo. El pelo largo cae a ambos
lados de su rostro, apartado por una
bandana roja de la que cuelgan hilos con
pequeñas conchas y monedas. Los ojos
se dibujan ligeramente rasgados sobre
unos pómulos prominentes, una nariz
recta sobre la que hay una pequeña
cicatriz y unos labios gruesos que
enmarcan una sonrisa burlona.
Parece absorto en su tarea y, cuando
levanta la cabeza para mirar a Nao
directamente a los ojos, no parece haber
oído una sola palabra. No es el primer
mensaje inquietante que encuentran en
una botella, Drake, el capitán, ha
perdido la cuenta.
—Capitán… —empieza Nao mirando
a Drake con preocupación.
—He escuchado absolutamente todo
lo que has leído—contestá el capitán al
ver el rostro escéptico del pirata—.
Empieza a ser todo muy raro, ¿no crees?
Tendremos que ir a tierra para averiguar
si todo esto tiene algo de sentido.
—Oh, demonios, Drake, qué testarudo
eres, ¿acaso crees que tanta gente se
inventaría la misma historia? —pregunta
el anciano Noel mirando al joven a los
ojos—. No sé qué estará pasando ahí,
pero debes admitir que tampoco es que
veamos muchos barcos últimamente y ya
no sé cuántos de esos mensajes he
escuchado —se interrumpe con una tos
—. Me temo que el mundo cambia.
—Bueno. No digo que no sea cierto,
pero seamos francos, ¿muertos que se
levantan? Es de locos, ¿cómo puedes
matar algo que ya está muerto? Es una
completa locura y quiero verlo con mis
propios ojos.
—Me temo que no tengo la más
remota idea, amigo, pero lo que sí sé es
que llegan mensajes de todas las
regiones… Y esto sólo son los mensajes
en botella, la gente tiene que estar
desesperada.
—Es verdad —Drake ha dejado de
afilar su arma y parece estar meditando
—, ¡iremos a tierra! Tendremos que
mirar qué lugar es más sencillo de
alcanzar.
—Me parece que, dadas nuestras
posiciones, deberíamos ir a Ródek, sin
embargo, vamos a consultar un mapa —
dice Noel caminando trabajosamente
hacia Drake.
—Vamos pues, le echaremos un
vistazo juntos —contesta el capitán en
tono jovial.
Ambos hombres, de dispar aspecto,
se encaminan hacia el camarote
principal. No es un barco muy grande,
pero es suficiente para la tripulación de
Drake; además, como todo buen pirata,
cuentan con rincones remotos en islas
donde esconden su verdadera fortuna.
Las velas del navío son negras, con la
típica bandera del pirata en lo alto del
palo mayor; la madera es hermosa, de un
intenso marrón borgoña, con un brillo
rojizo que todavía no ha perdido, a
pesar del paso de los años. Cuenta con
dos amplias despensas, una con comida
y bebida y otra dedicada a las riquezas.
No tiene muchos camarotes, pero son de
un tamaño más amplio de lo habitual en
un navío, todos con su respectivo ojo de
buey. También posee un comedor común
y alguna que otra sala, pero sin lugar a
dudas, la habitación más hermosa y
cuidada es la del capitán. Nada más
entrar en ella se puede apreciar el gran
tamaño que posee, pese a que el
mobiliario no es impresionante, puesto
que consta de una vieja cama, un par de
cómodas y una gran mesa de madera en
el centro, sobre el que reposa un enorme
mapa, cuyas esquinas están sujetas a la
mesa con unas pequeñas dagas a medio
oxidar. Lo que de verdad impresiona al
entrar en el dormitorio es la cantidad de
abalorios, joyas y adornos que hay por
doquier. Algunas colgando del techo,
sujetas con cuerdas, en ellas hay copas
de oro, monedas e incluso piedras
preciosas, de modo que cuando el sol se
filtra por alguno de los ojos de buey, —
la sala posee dos, uno en el cabezal de
la cama y otro en la pared de la derecha
—, se pueden apreciar multitud de
reflejos de colores.
El joven capitán se abre paso a través
de los abalorios, ayudando a su anciano
amigo a pasar. Se ajusta la bandana que
le sujeta los cabellos con parsimonia y,
finalmente, fija toda su atención en el
mapa, sin dejar de acariciar con gesto
entretenido una de las monedas de oro
que penden de una fina cuerda junto a
ellos.
—No tienes remedio… —masculla el
anciano mientras recorre con la mirada
las aguas que hay dibujadas en el plano.
Éste muestra a la perfección un
mapamundi, hace varias semanas
salieron de la Península de Fadëren, un
lugar extraño rodeado de pequeñas islas
a rebosar de pueblos mineros, de allí
lograron sacar infinidad de piedras
preciosas. En ese momento, tras haber
navegado hacia el norte desde entonces,
en dirección a las islas de sus tesoros,
se hallan muy cerca de las costas del
Reino de Ródek, conocido por sus
joyeros y herreros; los mejores
negociantes están en ese reino, y también
la gente con más seguridad a la hora de
ser robados. Es algo fácil de imaginar,
dados los negocios que llevan a cabo
con los Fadërenios. El anciano repasa el
atlas, con algo de nostalgia al fijar su
mirada en las tierras norteñas de los
magos, Ahetlem, el peligroso reino
helado.
—¿Eh, por qué? ¡Oh, esto! —exclama
el capitán dejando de toquetear la
moneda—, adoro el oro… Gajes del
oficio supongo, aunque

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