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Libro PDF Una heredera con muy malas pulgas – Silvia García Ruiz

Una heredera con muy malas pulgas - Silvia García Ruiz

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Vivir en un tranquilo y bonito pueblo
como Whiterlande, lleno de multitud de
casitas de estilo colonial, de dos
plantas, todas idénticas y de un anodino
y omnipresente color blanco, era
bastante aburrido. Que el pueblo
siempre permaneciera igual, con los
monótonos comercios de toda la vida y
los mismos habitantes, que solamente
cambiaban en el número de arrugas que
tenían, resultaba tedioso. Y, por último,
que lo más emocionante que pasara en
ese lugar fueran las estúpidas peleas de
mi perfecta hermana pequeña, Elisabeth,
con el vecino de al lado, Alan Taylor,
era sencillamente patético.
Pero eso, definitivamente,
simplificaba mucho la vida en
Whiterlande.
Desde pequeños, los niños de este
entrañable paraje en el que nunca
cambiaba nada sabían dos cosas: a qué
iban a dedicarse de mayores y con quién
querían casarse.
Yo, Dan Lowell, el típico hijo
mediano de un ama de casa y un hombre
de negocios, tenía muy claras tres ideas:
La primera era que quería ser
veterinario, ya que en mi camino
siempre se cruzaban decenas de
animales desvalidos y, aunque yo
intentara evitarlo, sus tristes caritas
siempre me convencían para llevarlos a
casa, algo con lo que mi madre no
estaba de acuerdo en absoluto.
Especialmente en el momento en el que
mi hogar comenzó a parecer un pequeño
albergue, pero ésas son cosas a las que
un niño de apenas doce años no les
presta atención.
La segunda idea de la que estaba
convencido era que, por nada del
mundo, me casaría con una mujer con el
carácter de mi madre. Cuando Sarah
Lowell se enfadaba, sus indignados
gritos resonaban por toda la casa y, si
era mi padre el causante de sus airados
reproches, éstos podían durar días o
incluso semanas.
La tercera, y tal vez la más
importante de todas, consistía en que
nunca me enamoraría: estaba harto de
ver cómo mi padre hacía una y otra vez
el idiota detrás de mi madre en todo
momento. Y eso que ya llevaban muchos
años de matrimonio.
En definitiva, ésas eran las tres
grandes decisiones de mi vida, que,
como siempre hacía, tomé
precipitadamente un día en el que nada
parecía salirme bien. Lo malo de los
planes que haces cuando eres un niño es
que ninguno de ellos acaba saliendo
como habías pensado.
Dan Lowell lo había vuelto a hacer,
no tenía remedio. Pero ¿cómo podía
dejar a una pobre cría de gato
abandonada bajo el aguacero que caía
por más que los gritos de su madre
fueran la injusta recompensa por sus
actos? Aunque apenas tenía doce años,
ese inquieto niño de cabellos rubios y
hermosos ojos azules ya sabía a lo que
quería dedicarse en un futuro. Él sería el
mejor veterinario del mundo, y así
podría cuidar de todos los animales sin
que nadie lo reprendiera por ello nunca
más. Dan intentó intervenir en el
monólogo sobre la responsabilidad que
su madre le estaba soltando con el fin de
explicarle que ése era su deber, pero la
mirada que le dedicó su padre junto a
algún que otro gesto un tanto cómico le
advirtieron de que, si lo hacía, sería
peor. Así que Dan decidió guardar
silencio mientras miraba fijamente las
baldosas de la cocina que se
encontraban detrás de su madre y
pensaba una vez más en las musarañas.
Cuando los gritos de su madre
finalizaron y ella lo observó con su
feroz mirada, retándolo a decir algo en
su defensa, él pronunció la frase
universal que todo niño listo aprende, ya
sea culpable o inocente de sus trastadas.
—Lo siento mucho, mamá,
perdóname —suplicó Dan utilizando
vilmente su mirada de lastimado
angelito para conseguir conmoverla—.
Es que estaba solo y abandonado, y no
tenía a su mami, y recordé que yo tengo
una amorosa madre que siempre me
cuida y…
—¡Eso no funcionará esta vez, Dan
Lowell! —señaló Sarah molesta,
cruzando los brazos algo irritada
mientras hacía ese inquietante y
repetitivo movimiento con el pie que
indicaba que cada vez estaba más
furiosa—. ¡Ésas son justamente las
mismas palabras que me dijiste cuando
trajiste al perro, a ese irritante conejo
que no para de comerse mis plantas, el
nido de pájaros que ahora descansa en
nuestro árbol, al camaleón de tu
hermano, al hámster de tu hermana y a la
cabra que, gracias a Dios, pude
encasquetar al viejo Oswald para que la
llevara a la granja de su tío! ¡No sé
cómo consigues toparte con tantos
bichos, si sólo te mando a hacer simples
recados a la vuelta de la esquina! La
última vez acordamos que no traerías
más animales abandonados a esta casa,
¡y espero seriamente que cumplas tu
promesa!
—Pero mamá, míralo: es tan
pequeño e indefenso, y no tiene a nadie
que lo cuide… —rogó Dan acercándole
la mojada cría de gato, que descansaba
en su sudadera, intentando ablandar su
corazón y eliminar la firme mirada de su
madre.
Sarah Lowell sólo tuvo que echar un
vistazo a ese desamparado animal, que
con sus lastimeros maullidos exigía su
atención, para rendirse finalmente a las
súplicas de su hijo, un manipulador nato
a la hora de conseguir lo que quería.
—Bueno, ¡está bien! Se quedará en
casa. —Sarah suspiró, cediendo al fin a
las pretensiones de su hijo—. ¡Pero
solamente hasta que le encuentres un
buen hogar! Y, hasta entonces, tú y ese
mojado animal quedáis castigados en tu
habitación. ¡Y olvídate de tu paga
durante un mes!
—¡Pero mamá…! —se quejó Dan
ante el injusto castigo, recibido
únicamente por llevar a cabo una buena
acción.
—¡Ni peros ni nada, Dan! Has roto
tu promesa, así que atente a las
consecuencias… y espero seriamente que
éste sea el último animal que traes a
casa. Esto no es una granja y, cada vez
que llegas con uno de ellos, supone una
responsabilidad de la que luego te
desentiendes. Todos los gastos de este
gato saldrán de tu paga y tendrás que
cuidarlo adecuadamente. Y, ahora, ¡a tu
cuarto! Haz entrar en calor a ese bicho
mientras yo llamo al veterinario.
Dan subió enfurruñado la escalera
hacia su habitación, pateando
fuertemente cada escalón para expresar
así su enfado por el resultado de sus
actos. En cuanto llegó a su dormitorio,
dio un enérgico portazo, luego se
cambió sus ropas mojadas y secó al
tembloroso gatito con uno de sus jerséis
limpios. Mientras permanecía sentado
en el suelo de su cuarto a la espera de la
visita de su padre, un hombre amable
que siempre bromeaba con él ante los
enojos de su madre, pensaba en el
terrible carácter de ésta.
¿Por qué tenía que ser tan
intransigente y no comprenderlo en
absoluto? ¿Por qué su padre no había
elegido a una mujer más dulce y
cariñosa, como las madres de sus
amigos? ¡No! Él tenía que escoger a la
de peor temperamento y casarse con
ella… Mientras Dan no cesaba de protestar
por su mala fortuna, su padre entró en la
habitación portando una pequeña estufa
que puso en el suelo junto al minino, al
que también rodeó con una mantita.
Luego se sentó junto a él y ambos
guardaron silencio hasta que finalmente
Dan decidió expresarle todas y cada una
de sus quejas sobre su abusivo castigo.
—¡No es justo y tú lo sabes, papá!
¿Por qué mamá tiene que ser tan
cabezota?
—Bueno, hijo, tienes que reconocer
que es ella quien finalmente acaba
cuidando de todos tus animales.
—¡Pero no sé por qué me regaña si
sólo estoy haciendo algo bueno!
Además, no puede detestarlo tanto: ayer
la encontré hablando con el conejo y,
para variar, a él no le gritaba. ¿Por qué
no te pudiste casar con una mujer que
fuera más dulce y cariñosa?
John Lowell se carcajeó ante las
protestas de su hijo y, después de
sonreír como si fuera el hombre más
afortunado del mundo, respondió a esa
cuestión.
—Porque me enamoré de tu madre
—dijo simplemente, haciendo que Dan
frunciera el ceño ante esas palabras
desconocidas para él.
—Pues yo no pienso enamorarme y,
si me caso, he decidido que sea con una
persona dulce y cariñosa que nunca grite
y que sólo tenga palabras amables para
mí.
—Yo también pensaba así cuando
tenía tu edad, hijo; mi mujer ideal tenía
todas y cada una de esas características.
—Entonces, ¿qué narices pasó? —
recriminó Dan a su padre por no haberse
ceñido a su plan.
—Que conocí a tu madre y todos mis
planes se fueron a pique.
—¡Eso no me pasará a mí! Yo sólo
me enamoraré de mi mujer ideal, ¡y de
ninguna otra! —declaró Dan, firmemente
decidido.
—Eso suena muy aburrido —indicó
John mientras se levantaba del suelo con
una intrigante sonrisa en los labios—.
Espero que, cuando encuentres a esa
chica, no dudes en presentárnosla a tu
madre y a mí. Mientras tanto, continúas
castigado —recordó John antes de salir
del cuarto de su hijo, que aún seguía
enfadado por su injusto castigo, esta vez
con sus dos progenitores.
Segundos después de cerrar la
puerta, Sarah lo esperaba
impacientemente en el pasillo,
paseándose de un lado a otro con esa
mirada llena de cariño y preocupación
que solamente puede tener una madre.
—¿Cómo está?
—¿Él o el gatito? —se burló John,
ganándose una reprobadora mirada de su
esposa—. Ambos están bien, un poco
mojados, pero bien —contestó
amorosamente John mientras abrazaba a
Sarah.
—¿Está muy enfadado?
—Un poco, pero ya se le pasará.
¿Sabes? Ahora nuestro inconstante hijo
asegura querer enamorarse sólo de
mujeres dulces y cariñosas.
—Bueno, por lo menos eso es un
poco más probable que su idea de la
semana pasada de que quería ser
Spiderman, o que la idea de Elisabeth,
con su lista de cualidades para su
príncipe azul.
—No sé yo qué decirte. Nuestro hijo
sacaría de quicio a un santo y ya se sabe
que nos enamoramos de la persona más
inesperada. Si no, mírame a mí.
—Entonces, solamente tiene que
enamorarse como hiciste tú y pensará
que esa mujer es la más dulce de todas
—insinuó afectuosamente Sarah
mientras se acurrucaba entre los brazos
de su marido.
—Cariño, te amo con todo mi
corazón, pero ni loco he dicho alguna
vez esa mentira —confesó John,
ganándose la mirada más agria de toda
su vida y, sin duda, el destierro al sofá
por tiempo indefinido.
—Cielo, perdona, yo… —John
persiguió a su esposa intentando excusar
su metedura de pata mientras ésta se
marchaba hacia la cocina, sin duda para
preparar la comida que él más aborrecía
como venganza. Algo que ni él ni su
estómago podrían aguantar durante
mucho tiempo.
—Lo dicho: nunca me enamoraré de
una persona con mal carácter —
confirmó Dan a su gato después de haber
asomado su naricilla chismosa al pasillo
y haber escuchado a escondidas la
discusión de sus padres—. Con todas
las mujeres que hay, yo no puedo
cometer ese error, ¿verdad? —cuestionó
Dan, todavía confuso, a su nuevo amigo,
preguntándose cómo su padre había
podido llegar a equivocarse así. Eso
era, sin duda alguna, culpa de lo que los
adultos llamaban «amor».
»Bueno, por si acaso, yo nunca me
enamoraré —sentenció categóricamente
acabando de raíz con su problema, o al
menos eso era lo que pensaba a la tierna
edad de doce años…
Mansión de los Wilford
Mildred Wilford, una excéntrica y
adinerada mujer de unos cincuenta y
cinco años, observaba con gran atención
su nueva responsabilidad: una reticente
mocosa muy mal vestida que la miraba
con desconfianza desde sus tristes ojos
marrones por debajo de su revoltoso
pelo negro como el tizón.
Esa niña, de tan sólo seis años,
había sufrido la desgracia de perder a
sus padres en un estúpido accidente
automovilístico. Un conductor borracho
había chocado contra su coche,
acabando con la vida de ambos en un
instante y saliendo él indemne… Aunque
Mildred y el inconmensurable ejército
de poderosos abogados de su bufete ya
se estaban encargando de hacer
condenar a ese inconsciente asesino
para lo que le quedara de vida, todavía
quedaba un gran problema por resolver,
y ése no era otro que la insolente
pequeña que estaba ante su puerta,
mirándola con bastante frialdad.
A pesar de que Victoria, que así se
llamaba la pequeña, fuera la hija de su
joven sobrina Delia, ella no tenía
demasiada madera de madre. Mientras
que su hermana Marlo se había casado
muy pronto y había tenido a su adorable
Delia, quien había seguido los pasos de
su madre en cuanto a la precocidad de
formar una familia, Mildred había
preferido desarrollarse en su carrera
como eminente abogada. Luego encontró
el amor de una forma un tanto tardía;
adoraba a su esposo, que siempre la
apoyaba en todo y nunca la había
abandonado, incluso cuando el médico
les reveló que nunca podrían tener hijos.
Su marido era un hombre
excepcional, único entre todos esos
ineptos y estúpidos machistas que
todavía creían que las mujeres debían
restringir su vida a la cocina. Su amado
esposo, ante las protestas de los más
altos miembros de la junta directiva de
su bufete, sonreía y, en el momento en el
que se quejaban de su aguerrido
comportamiento, simplemente los
advertía de que se estaban enfrentando a
una Wilford.
Ya que el agresivo carácter de su
marido era conocido por todo el ámbito
judicial gracias a los múltiples casos
ganados en ese terreno, que ella
adoptara su apellido al casarse había
conseguido abrirle más de una puerta en
su carrera, haciendo de ambos una
pareja temible, tanto por su prestigioso
nombre como por la gran fortuna
familiar unida a éste.
Su queridísimo esposo había
aceptado con una gran sonrisa la idea de
ejercer de padres, aunque fuera a una
edad tan avanzada, pero ella no
terminaba de tener claro eso de la
maternidad. Por eso había intentado que
esa chiquilla quedara bajo el cuidado de
personas más jóvenes y experimentadas
en esa labor, así que en principio la dejó
en manos de sus familiares por parte
paterna. Pero, por desgracia, luego se
dio cuenta de que todos ellos solamente
eran unas sanguijuelas sin corazón que,
después de quedarse con la pequeña
Victoria durante unos días y ver que el
dinero de su herencia no podía ser
tocado por sus avaras manos, se habían
despreocupado de sus cuidados.
Algo que Mildred Wilford

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