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Libro Una imperfecta flor inglesa – Concha Alvarez

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PDF Descargar Elena se levantó del taburete del piano y
se enfrentó a su tío que rara vez le
prestaba atención.
—Buenos días. —La joven se alisó
las arrugas de la falda del vestido gris
que le otorgaba un aspecto mucho más
triste y sin gracia.
—Elena… —durante un instante, la
miró más allá de la realidad, como si
viera a un fantasma. Su sobrina retiró la
mirada, incómoda—. Tengo algo que
comunicarte, aunque si estás ocupa… —
la voz estridente de Rosalyn anunció su
llegada.
—… eres lord MacGowan, ¿por qué
pides permiso para hablar? —Troy
apretó los puños para controlar la ira,
pero Rosalyn suavizó el discurso—.
Amor mío, debes acostumbrarte a tu
título. —Los músculos faciales de su
esposo se relajaron.
—¿Qué queréis decirme?
La muchacha cerró la tapa del piano
con lentitud, con la única intención de
recuperar un poco de entereza. La
mirada victoriosa en el rostro de su tía
no presagiaba buenas noticias.
—Debes marcharte de esta casa —le
anunció Troy. Elena se agarró al piano
para evitar sentarse de nuevo por la
noticia—. Ya has cumplido la mayoría
de edad y hemos pensado que sería
mejor que vivieras con la señora
Turquins, era prima de tu madre, es
viuda y necesita de compañía. Tus… —
dijo, y señaló su rostro— quemaduras
no te ayudarán a encontrar un marido y
espantarán a futuros pretendientes de tu
prima.
Troy le había planteado con claridad
expulsarla de su propia casa. Las
heridas la obligaban a mantener una
postura rígida. En cambio, su tío se
paseaba por la habitación con inquietud
ante la mirada avizora de Rosalyn.
—¿Por qué? —preguntó consciente
de que nada de lo que argumentara se
tendría en cuenta. No entendía en qué
perjudicarían sus quemaduras a Virginia
—. Ni siquiera asistiré a los actos
sociales donde acuda mi prima —
propuso esperanzada.
—¡Por Dios! No lo hagas más difícil
—los ojos de su tío se mostraban
avergonzados por la decisión. En ese
instante, su parecido con Robert fue
evidente y mucho más doloroso para
Elena.
La joven conocía muy bien las ganas
de Rosalyn por desprenderse de ella.
Para esa mujer era un recordatorio
perpetuo de lady Victoria. Toda la
sociedad londinense la comparaba con
su madre y en la comparación, siempre
salía perdedora. Con los años se
convirtió en una herida enquistada que
ahora sanaría arrojando a la calle a la
hija de su eterna competidora. Nada de
lo que Troy dijera, la convencería de
que tomara otra decisión.
—¿Qué voy a hacer? —susurró en
voz baja ante la incertidumbre por el
futuro.
—Eres una joven preparada, tu tío te
ha conseguido un lugar dónde vivir. Si
no es de tu agrado puedes buscar un
empleo como dama de compañía o
institutriz —agregó Rosalyn con una
malsana sonrisa de triunfo. Miró a su
sobrina y se ahuecó el cabello con una
mano huesuda repleta de anillos.
—Seguro que sí —respondió, y
apretó los dientes.
En el fondo ambas mujeres sabían
que nadie en Londres la contrataría.
¿Quién querría un monstruo como ella
para ser una dama de compañía o
institutriz de sus hijos?
—Ninguna MacGowan trabajará para
ganarse el sustento —sentenció Troy, al
menos, eso se lo debía a Victoria.
Rosalyn acató la decisión, pero en
sus ojos se apreció el odio que sentía.
Troy tendría una dura pelea que no
ganaría, aunque ninguna de las
consecuencias que derivaran de esa
orden, le impediría cumplir la promesa
de mantener a su sobrina.
Elena asintió con una inclinación de
cabeza. Conocía muy bien a Rosalyn, no
le pasaría un centavo si se empeñaba en
ello. Tenía ganas de gritar, de decirles a
esos dos que ella era la auténtica lady
MacGowan, la única heredera de esa
casa. Nadie la desterraría como si fuera
una apestada a un lugar perdido en mitad
de la nada. Contuvo las ganas de llorar
al recordar aquellos espantosos días tras
el incendio. Era la responsable de la
muerte de sus padres. Durante mucho
tiempo las pesadillas le impidieron
dormir. Aún revivía aquella noche. En
el instante en que la vela prendió las
cortinas su mundo se deshizo como una
fina capa de hielo en primavera. La
sonrisa cínica de Rosalyn y sus mejillas
maquilladas le daban un aspecto vulgar.
Se dijo que una verdadera MacGowan
no rogaría, no dejaría que la vieran
humillada y hundida.

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—Dispones de un mes para organizar
tu nueva vida —le anunció con
satisfacción.
Su tía se puso en pie, el encaje de las
mangas le cayó como una cascada de
algodón sobre el regazo. La forma
colorida y recargada de vestir
contrastaba con el aspecto sombrío y
discreto de Elena. La mujer observó con
malicia a la chica cuya belleza tanto
prometía. Se alegró de que el destino
hubiera concedido el puesto que le
correspondía a su hija Virginia.
Carraspeó dos veces antes de anunciar
que la reunión había concluido.
—Yo… —Troy intentaba decir unas
palabras.
—… Troy, ¿no me acompañas?
—Por supuesto, querida, ahora
mismo.
Su tío no se asemejaba en nada a su
padre, quien jamás hubiera permitido
que una mujer como Rosalyn
desempeñara el puesto de lady
MacGowan. Durante un buen rato
permaneció inmóvil en la habitación. El
día dio paso a la noche y las sombras se
extendieron por los rincones del cuarto,
Elena se entremezcló en ellas con la
esperanza de desaparecer.
Al día siguiente, despertó con la
intención de hacer valer sus derechos.
No se dejaría vencer sin batallar.
Dedujo que su padre habría acudido a
los mejores abogados de Londres. Salvo
alguna libra, carecía de dinero, aunque
esperaba que George Harrington, el
letrado y antiguo consejero de su padre,
la asesorara sin pedir nada a cambio. A
primera hora de la mañana se escabulló
de la casa sin que la viera ninguno de
los criados. Anduvo hasta el despacho
de Harrington & Pearce asociados,
temerosa por el rumbo desastroso al que
se encaminaba su vida. En la puerta la
recibió un joven al que entregó una
tarjeta de visita. Si le extrañó que una
dama sin compañía solicitara una cita
con su jefe se guardó mucho de
demostrarlo. La hizo pasar a una sala
donde varias estanterías de libros
encuadernados en piel roja y verde se
habían ordenado de forma escrupulosa y
metódica. El joven letrado se sentó tras
un escritorio, mojó la pluma en un
tintero y comenzó a trabajar. El hecho de
que la ignorara la tranquilizó.
—¡Querida! —dijo un hombre algo
más envejecido de lo que ella recordaba
que le sonreía desde una de las puertas
de la sala.
La muchacha se acercó al antiguo
amigo de su padre. La cogió de las
manos y la hizo entrar a un despacho
luminoso gracias a varias ventanas de
las que colgaban grandes cortinas
verdes. Un enorme escritorio de madera
envejecida estaba casi cubierto por
pilas de papeles. Harrington se ajustó
los anteojos a la nariz, la condujo hasta
un sillón de piel marrón algo desgastado
y esperó a que se sentara.
—Señor Harrington… —el abogado
acalló sus palabras.
—No hace mucho nos tuteábamos,

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llámame George —pidió con una
sonrisa.
—George… yo…
—Vamos, pequeña —la animó, y le
dio un par de palmadas cariñosas en las
manos al ver que le resultaba difícil
hablar—, ¿a qué has venido?
—Mis tíos me han pedido que me
marche —consiguió pronunciar—, dicen
que no soy bienvenida en su casa.
El abogado comenzó a pasearse por
la habitación. Durante un instante, el
silencio se apoderó de la estancia. Elena
miró una mesa de patas torneadas, algo
que desaprobaría la reina, de un suave
color caoba. El mueble la distrajo
durante el tiempo que Harrington se
mantuvo pensativo.
—No podrás evitarlo —sentenció el
abogado, y sus palabras le sonaron
como una condena.
—¡Creí…!, ¡Dios!, ¡es mi casa! —
exclamó con la esperanza de que el
letrado solucionase el problema por arte
de magia.
Se sentía derrotada, había pensado
con una ingenuidad infantil que allí
encontraría la ayuda que necesitaba y
escuchó una realidad mucho más fría y
desalentadora de lo esperado.

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—Lo siento, Troy es el heredero. Sin
hermanos varones, tu tío pasa a ser lord
MacGowan. Ningún tribunal sentenciará
lo contrario.
—Entonces…, ¿puede echarme de mi
casa?
—Puede —afirmó con voz ronca—.
Deberías barajar otras opciones, dado tu
estado. —El abogado carraspeó
incómodo un par de veces y cogió de
nuevo las manos de la muchacha—. Un
casamiento puede ser difícil en tu
situación. —La joven se puso rígida—.
Careces de una dote y tu posición en la
familia MacGowan se ha debilitado
mucho. Además, tus quemaduras pueden
ser algo disuasorio para contraer un
matrimonio ventajoso. —Hizo una pausa
y luego continuó—: Siempre puedes
buscar un esposo en América, allí las
mujeres de cualquier tipo son muy
apreciadas —le recomendó.
—Gracias por los consejos —se
apresuró a decir humillada por una
opinión tan franca del antiguo consejero
de su padre.
Se puso en pie y se ajustó el chal en
los hombros. Su orgullo había sufrido un
revés. La opinión de Harrington le
reveló una verdad tan inequívoca que se
quedó sin palabras por la humillación.
—Elena… —George había visto el
dolor reflejado en los ojos de la joven.
—Buenos días —dijo con la barbilla
alzada. Se marchó de la habitación sin
esperar las palabras compasivas del
abogado.
Necesitaba aire para respirar; la
desesperación la cegaba. Consideró que
Harrington solucionaría su problema
como si fuera un caballero de
resplandeciente armadura. En su lugar,
la había entristecido aún más al
recordarle lo que no tendría jamás: una
familia, unos hijos y un hogar.
En el camino de regreso a casa cerca
de West End, Elena no vio el carruaje
que venía a toda velocidad en dirección
opuesta. Tan solo escuchó unas
maldiciones, el relinchar de un caballo y
su propio grito. El animal se encabritó
lo suficiente para alzar las patas
delanteras, mientras el conductor
intentaba no atropellarla. La joven
perdió el equilibrio y cayó, se golpeó la
cabeza con uno de los adoquines y el
dolor la dejó aturdida. De pronto, la
rodearon dos hombres; uno le sonreía
con unos ojos azules llenos de
preocupación y le tocaba la cabeza para
asegurarse de que no estaba herida, el
otro la culpaba de lo ocurrido. Sus ojos
negros la miraron con desprecio como si
fuera escoria. Había perdido el
sombrero y dejado al descubierto las
quemaduras de su mentón. Intentó
taparse, pero las miradas curiosas de la
gente la cohibieron y fue incapaz de
anudar el lazo que lo sujetaba.
—Señorita, ¿se encuentra bien? —le
preguntó el joven de ojos azules.
—Sí… —respondió algo turbada por

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las miradas de la gente. El joven amable
le anudó el sombrero a la cabeza.
Elena se lo agradeció con la mirada,
por una vez no había visto asco ni
compasión en los ojos de alguien.
—¡Está ciega! —Su compañero la
cogió con rabia de los hombros hasta
levantarla. La zarandeó con fuerza y de
nuevo el sombrero se desató y cayó al
suelo—. ¡He podido matarla! ¡Gāisi!
¡Zhèng shì wo xūyào jīn wan! —gritó, y
se contuvo al observar los ojos más
hermosos que nunca había visto, sin
embargo, las quemaduras de la joven le
impidieron hablar.
—Lo siento yo… —intentó
disculparse ante el hombre de ojos
negros que la sujetaba con fuerza. Sus
manos le causaban dolor, sobre todo, en
el hombro con cicatrices. Había sido
una estúpida al cruzar sin mirar.
—¡Basta! ¡Laramie! —El joven de
ojos azules agarró el brazo de su
compañero. Por la expresión del rostro
de la muchacha comprendió que la
estaba asustando y que no había
entendido nada de lo que le había dicho.
—No tenemos todo el día —dijo
disgustado Laramie—. Necesito un trago
y buena compañía, no perder el tiempo
en tontas muchachas.
Elena se sorprendió por tan rudo
comportamiento. El tal Laramie tenía un
aspecto cuidado y un porte soberbio.
Además, arrastraba al hablar la letra ese
de una forma atrayente, parecía
extranjero y por sus ropas miembro de
alguna familia adinerada. En cambio,
sus modales eran los de un rufián del
puerto.
—Laramie, no seas maleducado, la
señorita no entiende el chino. —Tendió
la mano a la joven—. Esta dama
necesita de nuestra ayuda y has estado a
punto de atropellarla con tu coche.
—Ella no miraba por dónde iba —se
defendió su amigo, y desvió el rostro de
la joven—. C’est de sa faute —añadió
en francés sin dejar de mirar con
impaciencia a la muchacha.
—Eso no justifica que la dejemos
aquí. Al menos la llevaremos hasta su
casa para asegurarnos de que está bien.
Elena comprobó por el furibundo
gesto del hombre que las palabras de su
amigo le habían molestado al dejar en
evidencia unos pésimos modales.
—No será necesario —aseguró, pero
se sentía mareada, las noticias del
abogado y la rudeza de ese hombre la
habían dejado sin fuerzas.
—Ya has escuchado a… —dijo
Laramie, y señaló a la chica—. No
necesita nuestra ayuda.
—De ningún modo —insistió
Charles, recogió el sombrero y se lo
entregó—. Mi nombre es Charles de
Chapdelaine y él es el conde Laramie
Devereux, ¿usted se llama?
—Elena —omitió decir su apellido.
Cuando pronunció su nombre,
observó en el conde una mirada de
compasión. Comprendió

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