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Una libra de carne – Sophie Jackson

Una libra de carne – Sophie Jackson

Una libra de carne – Sophie Jackson

Descargar Una libra de carne En PDF apresurado sonido de sus pasos sobre la acera armonizaba con el frenético latido de su corazón. Su padre le sujetaba la mano con tanta fuerza que casi le hacía daño.
Sus piernecitas de niña de nueve años se afanaban para seguirle el ritmo. Más que caminar, corría, y tropezaba de vez en cuando. Nunca había visto a su padre con la
mandíbula tan apretada, y sus ojos, que solían mirarla brillantes y despreocupados, estaban tan oscuros y tormentosos como el cielo que se cernía sobre sus cabezas. Le
vinieron unas ganas absurdas de echarse a llorar.
Un sonido a su espalda hizo que se volviera a mirar. De una callejuela salieron furtivamente cinco hombres encapuchados. A pesar de que iban con la cabeza
agachada, no tenían dificultad en seguir el paso de su padre. Los estaban acechando como animales salvajes.
Tal vez su padre pronunciase algunas palabras para tranquilizarla, para calmar el miedo que le erizaba el vello, pero no las oyó porque algo duro y muy rápido lo
alcanzó en la espalda, haciendo que cayera de bruces en la acera, arrastrándola en su caída. Desorientada, con las rodillas ardiendo por el roce del hormigón, alzó la cara y
vio que un bate de béisbol golpeaba dos veces la espalda de su padre, haciendo un nauseabundo ruido seco.
No vio de dónde vino la mano que la abofeteó con fuerza. Mientras caía dando vueltas a la calzada, vio las estrellas y oyó los gritos furiosos de su padre. Éste se
puso en pie, tambaleándose, y se lanzó contra uno de los atacantes. Kat vio horrorizada cómo éstos se vengaban dándole puñetazos, patadas y golpes con el bate.
Por encima de la cacofonía de gritos exigiendo que les diera la cartera y de la barricada de cuerpos que lo rodeaban, le llegaron los gritos de su padre pidiéndole que se
fuera de allí corriendo. Le rogó y le suplicó que se marchara, pero ella estaba paralizada y no podía moverse. ¿Cómo podía pedirle algo así? ¡Tenía que ayudarlo, tenía
que salvarlo! Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Un grito brutal le desgarró la garganta.
Su padre soltó un gruñido agónico cuando otro puñetazo lo alcanzó en la sien. Kat trató de acercarse mientras él caía de rodillas al suelo, pero alguien la agarró del
brazo y la arrastró en dirección contraria. Soltó un gemido aliviado, creyendo que era un policía o un agente de seguridad de su padre, pero era alguien no mucho más
alto ni mayor que ella, vestido con una sudadera con capucha, negra y sucia.
Gritó con fuerza cuando él trató de apartarla de donde estaban dándole la paliza a su padre. Lo golpeó con los puños y le gritó que la soltara, pero él la hizo callar
siseando con fuerza bajo la capucha. ¿Acaso aquel chico no se daba cuenta de que su padre la necesitaba, de que probablemente moriría si no lo ayudaba? Él siguió
tirando de ella hasta llegar a la puerta de un edificio abandonado, a unas dos calles de donde un terrible sonido de disparos resonó en la noche.
Kat llamó a su padre a gritos, se soltó bruscamente y echó a correr en dirección a los asaltantes. Sin embargo, no avanzó demasiado, porque unas manos fuertes la
empujaron, haciéndola caer al suelo, y la mantuvieron clavada a la acera. Ella siguió gritando bajo el cuerpo de su rescatador, resistiéndose con todas sus fuerzas, pero
pronto el agotamiento hizo que los músculos le pesaran de manera insoportable y sus gritos se convirtieron en sollozos entrecortados que rebotaban contra el frío suelo
que tenía bajo la frente.
El peso que la mantenía clavada al suelo desapareció y unas manos la levantaron y volvieron a meterla en el portal congelado. Kat se dejó caer contra él y gimió de
dolor. Necesitaba volver con su padre. Tenía que asegurarse de que estaba bien. Pero cuando el chico le rodeó los hombros con un brazo y le puso una mano helada en la
mejilla, acabó de derribar sus defensas y ella se apretó un poco más contra su rescatador desconocido.
No sabía cuánto tiempo estuvo así; tal vez horas. Probablemente se durmió, porque lo siguiente que recordaba era que un hombre con barba la llevaba en brazos
hacia una ambulancia. Abrió los ojos hinchados por las lágrimas y vio a un grupo de policías y paramédicos rodeados por un mar de luces intermitentes rojas y azules.

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Las expresiones de sus caras, que la atormentarían durante el resto de su vida, le dijeron que su padre no la arroparía cuando se acostara esa noche.
Ni ninguna otra noche.
1
Wesley James Carter, recluso de la institución penitenciaria Arthur Kill, dirigió una sonrisa socarrona al guardia de prisiones que llevaba diez minutos pidiéndole su
número de preso. Decir que el comportamiento insolente y la expresión divertida de Carter estaban poniendo nervioso al guardia calvo y con sobrepeso era quedarse
muy corto. El tipo casi sacaba espuma por la boca.
Era viernes y pasaban cinco minutos de la hora de salida del guardia.
Razón de más para comportarse como un cabrón.
El hombre se pasó la mano por la nuca rechoncha con impaciencia y lo miró entornando sus ojos cansados.
—Escucha —le advirtió en un tono de voz amenazador, que sin duda era tan eficaz como un cuchillo en el cuello para otros reclusos—, es muy sencillo. Tú me dices
el número, yo lo anoto en el formulario que tengo que completar para el psicólogo y me voy a mi casa.
Carter alzó una ceja, desafiante, y se quedó mirando a aquel tipo asqueroso.
Sin prestarle atención, el guardia se echó hacia atrás en la silla giratoria y siguió hablando.
—Si no me das el número, mi mujer se cabreará. Y entonces yo tendré que explicarle que un pringado me ha hecho esperar. Entonces se enfadará aún más y me
gritará que los desgraciados como tú estáis aquí a pan y cuchillo gracias a nuestros impuestos. —Se echó hacia delante y añadió—: Así que, por última vez: el número.
Carter miró con indiferencia la mano del guardia, que había empezado a apretar la porra que llevaba colgada del cinturón, y soltó el aire en un suspiro largo y
aburrido. Si hubiera sido otro día, no le habría importado que el capullo lo intentara. Habría recibido la paliza con una sonrisa en los labios. Pero ese día no estaba de
humor.
—Cero ocho uno cero cinco seis —respondió indiferente, aunque no pudo resistirse a guiñarle un ojo al final.
El guardia frunció el cejo con rabia y anotó el número en el formulario. Luego se desplazó sin levantarse de la silla y se lo entregó a una joven auxiliar administrativa
rubia. El gordo de mierda era demasiado perezoso hasta para levantar el culo y dar seis pasos.
Carter esperó mientras la rubita tecleaba el número que llevaba siendo su sobrenombre durante los últimos diecinueve meses. Sabía lo que aparecería cuando se
abriera su historial: robo de coches, posesión de armas peligrosas, posesión de drogas, alteración del orden público por ir borracho…, entre otras cosas. Contrariamente a
lo que se creía por ahí, Carter no estaba orgulloso de esa lista de delitos y faltas que ocupaba dos pantallas llenas. Sin embargo, le daba una identidad propia, algo que
había estado buscando a ciegas durante sus veintisiete años de vida. De hecho, seguía buscándola y, hasta que no la encontrara, esa lista era lo único que tenía.
Al carajo.
Se pasó la mano por el pelo rapado. Estaba harto de pensar en ello.
El sonido de alguien rasgando el papel que salía de la vieja impresora lo devolvió a la realidad.
—Bien, señor Carter —dijo el guardia, suspirando—, parece que va a quedarse con nosotros diecisiete meses más. Es lo que pasa cuando te pescan con cocaína.
—No era mía —replicó él sin emoción.
El guardia le dirigió una mirada de falsa compasión antes de echarse a reír.
—Qué pena.
Carter no respondió. No valía la pena. Si no metía la pata, obtendría la libertad condicional en semanas. Con brusquedad, le arrebató el formulario de la mano.
Acompañado por otro guardia de aspecto severo, Carter recorrió el pasillo largo y estrecho que llevaba hasta una puerta blanca, que abrió de una palmada. La
habitación que había al otro lado era claustrofóbica y desnuda; olía a confesiones. A pesar de las muchas horas que había pasado en ese lugar dejado de la mano de Dios,
todavía se ponía nervioso. El corazón le latía desbocado y le sudaban las palmas de las manos.
Con la espalda muy recta y los hombros agarrotados, se dirigió hacia la barata mesa de madera donde una especie de orangután sonrió al verlo aparecer.
—Wes —lo saludó Jack Parker, el psicólogo de la institución—. Me alegro de verte. Siéntate, por favor.
Carter se metió las manos en los bolsillos del mono carcelario y se dejó caer con desgana en la silla. Jack era la única persona que lo llamaba por su nombre de pila.
Todos los demás lo llamaban Carter. Pero él insistía. Decía que era una buena manera de empezar a construir una relación basada en la confianza.
Carter opinaba que aquello era una chorrada.
—¿Tienes un pitillo? —preguntó, mirando despectivamente al guardia que lo vigilaba desde la otra punta de la habitación.
—Claro. —Jack tiró la cajetilla de Camel y las cerillas sobre la mesa.
Los dedos largos y pálidos de Carter forcejearon con el envoltorio. Llevaba dos días sin dar ni una calada, estaba desesperado. Tras dos cerillas rotas y varias
maldiciones, pudo inhalar el denso y delicioso humo. Cerró los ojos, contuvo el aliento y, por un instante, se sintió en paz con el mundo.
—¿Mejor? —preguntó Jack con una astuta sonrisa.
Soltando el humo en su dirección, Carter asintió.
Se sintió impresionado al ver que Jack resistía el impulso de apartarse el humo de la cara. Ambos sabían que eso sólo serviría para que Carter lo repitiera con más
ganas. Éste se aferraba a cualquier signo de debilidad o de irritación con la tenacidad de un terrier.
Al parecer, se trataba de un mecanismo de defensa. Lo habían discutido durante una de sus primeras sesiones. Carter lo tenía tan bien integrado en su conducta que
los demás lo percibían como una persona fuerte, dominante y —casi todos los reclusos y miembros del personal de Arthur Kill estarían de acuerdo— intimidante de la
hostia.
Jack sacó del maletín un expediente de más de quince centímetros de grosor, lo abrió y hojeó los numerosos informes de expertos, jueces y testigos que, a lo largo de
los años, describían al recluso como una amenaza para la sociedad, un tipo de carácter fuerte y un individuo inteligente que carecía de la confianza suficiente para
canalizar ese don de manera correcta.
Ya, pues vale.
Carter estaba harto de oír que tenía mucho potencial. Sí, era inteligente, y también leal hasta la muerte con la gente que le importaba, pero no recordaba haber
encontrado en toda su vida un lugar donde encajara. Siempre se había dejado arrastrar por la corriente. Nunca se sentía bienvenido ni cómodo en ninguna parte durante
mucho tiempo. Además tenía que lidiar con los tarados de su familia y con sus amigos, que montaban un número cada cinco minutos.
Al menos, mientras estaba encerrado las cosas eran más sencillas. Los problemas de la vida cotidiana eran como leyendas urbanas que contaban los que venían de
visita de vez en cuando. Aunque la verdad era que él apenas tenía visitas.
Jack llegó a la última página del expediente y escribió la fecha en la parte de arriba de una página en blanco. Luego apretó el botón de grabar de la pequeña grabadora
que había entre los dos.
—Sesión sesenta y cuatro. Wesley Carter, recluso número cero ocho uno cero cinco seis —dijo Jack en tono monótono—. ¿Cómo estás hoy?
—Chachi —respondió él, apagando el cigarrillo y encendiendo otro.
—Bien. —Jack escribió algo en la hoja de papel—. Bueno, ayer fui a una reunión. Hablamos sobre la posibilidad de que asistieras a un par de clases aquí, en la
institución. —Carter puso los ojos en blanco, pero Jack lo pasó por alto—. Sé lo que opinas, pero es importante que hagas cosas que te supongan un reto mientras
estés aquí dentro.
Carter echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando el techo. ¿Un reto? Todo en la cárcel era un jodido reto. Era un auténtico desafío pasar un día entero sin partirle
la cara a alguno de los gilipollas que había por allí.
—Hay unas cuantas opciones —siguió diciendo Jack—. Literatura inglesa, Filosofía, Sociología. Le dije al señor Ward y a los especialistas en educación, que,
aunque habías tenido problemas con algunos de tus tutores en el pasado, ya no eras el chaval de diecisiete años que dejó los estudios a medias, ¿verdad?
Carter lo miró con escepticismo.
Jack juntó las manos y apoyó la barbilla en la punta de los dedos.
—¿Qué te gustaría estudiar?
—Me da igual. —Carter se encogió de hombros—. Sólo quiero que me dejen en paz, joder.
—Es uno de los requisitos para poder conseguir la condicional. Tienes que demostrar que estás progresando en tu rehabilitación. Y si para lograrlo tienes que asistir
a un par de clases, pues les sigues la corriente.
Carter sabía que tenía razón y eso lo sacaba de quicio. Desde los quince años se lo habían ido pasando de mano en mano: de un abogado a un supervisor de la
condicional, de un terapeuta a otro, y vuelta a empezar. A ninguno de ellos le importaba si hacía algo de provecho con su vida. Aunque Carter no tenía ni puñetera idea
de lo que significaba «de provecho».
Sin embargo, tras diecinueve meses encerrado en Kill, empezaba a pensar que la idea de pasar el resto de su vida entre rejas no era tan atractiva como le había
parecido en un principio.
Como adolescente descarriado y arrogante que era, le había gustado que lo admiraran por su reputación. Pero la excitación del momento ya se había desvanecido.
Ya tenía muy vistos los tribunales, los calabozos y las cárceles. Se estaba hartando del sistema penitenciario en general. Si no hacía algo para remediarlo, se iba a
encontrar con treinta y tantos preguntándose qué coño había hecho con su vida.
Jack se aclaró la garganta.
—¿Has tenido alguna visita últimamente?
—Paul vino la semana pasada. Max vendrá el lunes que viene.
—Wes —Jack se quitó las gafas y suspiró—, tienes que ir con cuidado. La compañía de Max no te conviene.
Furioso, Carter dio una palmada en la mesa.
—¿Quién coño te crees que eres para decirme eso?
Carter sabía que Jack consideraba a Max O’Hare una especie de plaga capaz de contagiar a todos los que lo rodeaban con sus problemas con las drogas, su
larguísimo historial criminal y su capacidad para hacer que sus amigos se metieran en líos. La presencia de Carter en Kill era una prueba de que tenía razón, pero le debía
a Max un favor muy grande. Su estancia en la cárcel era simplemente su manera de pagárselo y no se arrepentía. Volvería a hacerlo sin dudar.
—Nadie. —Jack lo tranquilizó—. No tengo ningún derecho a hablarte así, ya lo sé, pero…
—Pues me alegro de que lo reconozcas —lo interrumpió Carter—, porque no sabes por lo que ha tenido que pasar en su vida. Por lo que sigue pasando. No tienes
ni idea.
Dio una profunda calada al cigarrillo, observando a Jack por encima de la brasa encendida.
—Sé que es tu mejor amigo —comentó éste tras unos momentos de silencio tenso.
—Sí. —Carter asintió secamente—. Lo es.
Y por lo que le habían contado los que habían ido a visitarlo, Max lo necesitaba más que nunca.
Incluso cuando dormía, el mundo que rodeaba a Kat Lane era tan sombrío y opresivo que impregnaba sus sueños, llenándolos de miedo. Con sus manos menudas
retorcía las sábanas con desesperación. Apretaba la mandíbula y cerraba los ojos con fuerza, mientras echaba la cabeza hacia atrás, hundiéndola entre las almohadas.
Tenía la espalda muy tensa y los pies se le movían, ya que soñaba que estaba corriendo, aterrorizada, por un oscuro callejón.
Un sollozo salió de su boca, atrapada como estaba en un pase de diapositivas infinito de la noche que había cambiado su vida, hacía ya casi dieciséis años.
—Por favor —gimió en la oscuridad.
Pero nadie acudió a salvarla de los cinco hombres sin rostro que la perseguían. De un salto, se sentó en la cama, gritando, sudada y sin aliento. Miró alrededor en la
oscuridad y, al darse cuenta de que se encontraba en su habitación, cerró los ojos y se cubrió la cara con las manos. Respiró por la garganta dolorida y se secó las
lágrimas, tratando de calmarse inspirando hondo y soltando el aire con lentitud.
Llevaba dos semanas despertándose de la misma manera y el dolor que sentía cada vez que abría los ojos le resultaba muy familiar. Negó con la cabeza, exhausta.
El médico le había dicho que no dejara las pastillas para dormir de golpe; que fuera bajando la dosis gradualmente. Kat no le había hecho caso, decidida a dormir una
noche entera sin ayuda de medicamentos. Pero al parecer su decisión no había servido de nada. Dio un puñetazo a la cama, frustrada, y luego encendió la lámpara de la
mesita de noche. Ni siquiera la luz sirvió para conjurar el miedo y la impotencia que las pesadillas le provocaban.
Con un suspiro de rendición, se levantó y se dirigió al baño. Al encender la luz, entornó los ojos, deslumbrada. Se miró al espejo con el cejo fruncido. Joder, parecía
que tuviera más de veinticuatro años. Se la veía demacrada, con los ojos verdes apagados y sin vida. Se resiguió con un dedo la línea de las ojeras y luego se pasó la mano
por el pelo. En vez de su voluminosa mata de pelo castaño rojizo, el cabello le caía seco y sin volumen sobre los hombros.
Su madre le había dicho que había perdido peso, pero ella no le había hecho caso. Su madre siempre tenía algo que decir.
Kat no estaba en absoluto esquelética —siempre había sido una mujer voluptuosa, con curvas—, pero últimamente los vaqueros de la talla cuarenta habían
empezado a bailarle.
Abrió el armarito del baño y sacó el bote de pastillas para dormir. Deseaba que llegara el día en que no las necesitara. Tampoco es que durmiera como un tronco
cuando las tomaba, pero al menos el dolor que nunca la abandonaba se amortiguaba un poco. Se tomó dos cápsulas azules y volvió a la cama caminando sin hacer ruido
sobre el suelo de madera.
Kat había descubierto hacía ya muchos años que no existía un sueño lo bastante profundo como para permitirle escapar de sus pesadillas. Éstas estaban muy
arraigadas; formaban parte de su esencia y nunca se libraría de ellas. Sabía que no existía ninguna pastilla ni ninguna terapia que pudiera borrar la oscuridad y el dolor
que la atenazaban. Y ese dolor la había convertido en una mujer temperamental y muy decidida. Ocultarse detrás de una lengua afilada para disimular el miedo y la
desesperación había resultado ser una manera muy eficaz de mantener alejada a la gente.
Volvió a apoyar la cabeza en las almohadas de plumas. ¿Mejorarían las cosas alguna vez?
No lo sabía. Trató de centrarse en que pronto llegaría un nuevo amanecer y eso supondría un nuevo día; cada vez un poco más alejado del pasado.
2
A la mañana siguiente, Kat entró en el coche que tenía aparcado en la puerta de su edificio en el SoHo. Las pesadillas siempre la dejaban confusa y tensa y hacían que se
replanteara por qué demonios había buscado trabajo como profesora en una cárcel.
Desde que habían empezado las clases, hacía poco más de un mes, no sólo le habían vuelto las pesadillas, sino que se había abierto una gran brecha entre su madre y
ella. Su relación siempre había tenido altibajos, pero cuando Kat la llamó para decirle que empezaba a trabajar en Arthur Kill, la discusión que siguió fue la peor de su
vida. Eva Lane era una mujer compleja y testaruda y nunca sería capaz de entender por qué su hija necesitaba ese trabajo.
Kat comprendía la preocupación de su madre y de algunas de sus amigas. Aunque en la institución no había asesinos, los delitos que algunos de los reclusos habían
cometido eran bastante alarmantes: vandalismo, robo de vehículos, consumo y posesión de drogas… Pero no tenía dudas: eso era lo que quería hacer, ya que, en el fondo
de su alma la martirizaba la promesa que le había hecho a su padre.
Seguía ahí desde su muerte. Kat la había tenido presente el día que acabó el instituto y el día que se graduó en Literatura inglesa en la universidad. Desde niña,
siempre había querido enseñar y disfrutaba muchísimo haciéndolo.
Había tenido la suerte de poder viajar a Londres y a China, donde había dado clases en escuelas privadas y donde había acabado de enamorarse de su trabajo. Hizo
amigos, conoció de primera mano otras culturas y construyó relaciones de esas que nada puede derribar. Sin embargo, en el fondo sabía que dando clases en escuelas que
cobraban cincuenta mil dólares al año a los alumnos no estaba cumpliendo la promesa que le había hecho a su padre.
No era a los niños dotados y aplicados a los que se suponía que tenía que ayudar.
—Tenemos que devolver lo que nos han dado, Katherine —le había dicho su padre la noche que murió.
Pensó en buscar trabajo en un colegio de algún barrio marginal, pero eso tampoco aliviaba su conciencia.
Lo único que podría hacerlo sería enseñar en una cárcel.
Tenía que aproximarse más a sus miedos, estar más cerca de los hombres a los que no les importaba infringir la ley, que volvían del revés la vida de los demás sin
pensar en las consecuencias. Tenía que estar lo bastante cerca para entender qué podía llevar a una persona a comportarse así. Odiaba tener miedo, y odiaba lo que había
provocado ese miedo, pero sabía que tenía que enfrentarse a él cara a cara, por mucho que la idea la aterrorizara.
Su psiquiatra se había mostrado muy preocupada por su decisión. No paraba de preguntarle si se sentía feliz por haberla tomado; si creía que era lo más adecuado
para ella y por qué. Había llegado a usar las preocupaciones de su madre como elemento de presión para hacerla cambiar de idea.
Pero la decisión final había sido de Kat y de nadie más. Y una vez que la tomó, no hubo vuelta atrás. Pasara lo que pasase, dijera su madre lo que dijese, lo
soportaría, porque sabía lo que eso habría significado para su padre.
El edificio de Arthur Kill, en Staten Island, parecía salido directamente de un episodio de la serie «Prison Break». Guardias con enormes perros de aspecto rabioso
patrullaban desde altas torres de vigilancia rodeadas por amenazadoras alambradas con púas.
Kat fue hasta las verjas de la zona de aparcamiento y esperó a que se acercara el agente de guardia. Tras anotar el número de su tarjeta de identificación en silencio, el
hombre desapareció en la garita y regresó poco después, indicándole que se dirigiera hacia la lúgubre estructura en la que trabajaba.
Después de aparcar, Kat miró hacia la izquierda y vio a un grupo de reclusos que jugaban a baloncesto tras un enorme cercado metálico.
Con los monos verdes bajados y anudados a la cintura, sus pechos brillaban de sudor bajo el fuerte sol de junio. El camino desde el coche hasta el edificio se le hizo
eterno, sobre todo cuando empezaron a llegarle pitos y silbidos desde la cancha.
Se apresuró y, al llegar al edificio, se agarró al pomo de la puerta como si fuera un salvavidas. Una vez dentro, se apartó el flequillo de la cara, sofocada, y oyó que
alguien reía por lo bajo. Era Anthony Ward, el narcisista alcaide de la prisión.
Éste tenía unos cuarenta años, una cara redonda y juvenil y llevaba el pelo repeinado y engominado como si le fuera la vida en ello. Miró a Kat con sus ojos de color
gris oscuro y, al sonreír, se le formó un hoyuelo en la mejilla izquierda.
—Señorita Lane —la saludó tendiéndole la mano.
Kat fingió no darse cuenta y trató de calmarse acariciando la falda, larga hasta la rodilla y de un color muy parecido a los ojos de Ward.
—Señor Ward.
Él retiró la mano, incómodo, y la saludó con una leve inclinación de cabeza. Enderezó la espalda para parecer más alto. Kat se había dado cuenta de que lo hacía
mucho, sobre todo cuando estaba con los reclusos, pero no servía de nada. El pobre hombre había nacido achaparrado y eso no tenía arreglo.
—Bueno —añadió—, ¿qué tal? ¿Se está adaptando bien?
Ella sonrió.
—Sí, creo que sí. —De momento, las clases habían transcurrido con tranquilidad y sus alumnos ya no usaban las palabras «joder» y «jodido» como si fueran comas
cuando hablaban con ella.
Ward se ajustó la corbata.
—Bien. No se olvide de que esta mañana estaré en la clase. Para cualquier cosa que necesite, sólo tiene que decírmelo.
—Eso haré, gracias.
Kat pasó por su lado, fingiendo no darse cuenta de que los ojos de Ward le miraban el pecho fijamente durante unos segundos más de lo que indicaba la buena
educación. La propensión a la lujuria del alcaide y su desprecio absoluto por los reclusos la molestaban bastante. A Ward no le entraba en la cabeza la posibilidad de que
éstos pudieran mejorar mientras estaban en la cárcel. Y esa actitud hacía que Kat sintiera que su trabajo no servía para nada. En consecuencia, evitaba a ese hombre
siempre que podía.
Cuando Kat entró en el aula, agradeció la brisa fresca que salía del aparato de aire acondicionado. El resto del edificio era una maldita sauna. Recogiéndose el pelo
para apartárselo de la nuca, se volvió cuando su ayudante, Rachel, entraba, también sofocada.
La joven soltó el aire entre sus labios de color cereza.
—Dios, hoy hace un calor del demonio —se quejó, sacudiendo la parte baja de la camiseta en un intento inútil de refrescarse.
Rachel había sido su salvación desde que había empezado a trabajar allí. Su especialidad era dar apoyo a los reclusos con dificultades para el aprendizaje. Había
ayudado a Kat a conocer a los alumnos, sobre todo a Riley Moore, un tipo con una personalidad exuberante, que sufría un caso severo de dislexia, aunque eso no le
había impedido graduarse en Administración de Empresas por la Universidad de Nueva York.
Riley era uno de sus alumnos favoritos. Estaba preso por traficar con piezas de coches robados. Con su metro noventa de estatura y sus anchos hombros, Atlas a
su lado era un tipo bajito. Era muy gracioso y coqueteaba con las dos mujeres sin parar. Pero a diferencia de Ward, Riley era encantador y se notaba que todos sus
comentarios eran en broma. Era difícil no encariñarse con él y sus flirteos y dobles sentidos. También ayudaba su cara de angelito barbudo y sus ojos pardos llenos de
vida.Había otros cuatro estudiantes en la clase. Todos ellos trabajaban duro y no se metían con nadie

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