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Una noche bajo la lluvia Arcángeles nº 1 Dione Kessler

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humanidad.
Fascinado, Luzbel contemplaba el inmenso jardín, tan verde y
brillante, que se abría ante él. Estaba sentado en una gran colina,
maravillándose del precioso paisaje lleno de vida que se extendía
como un abanico y aireaba su belleza por cada rincón del paraíso.
Amaba toda la creación. Veneraba el Edén, donde él residía, y la
cantidad de mundos que la Fuente había creado.
A su lado, un arcángel de apariencia adolescente como él,
compartía aquella gloriosa y bienaventurada visión.
—Miguel, hermano… ¿Te apetece que exploremos los rincones más
remotos y ocultos del paraíso?
Miguel sonrió y accedió.
Ambos arcángeles, inseparables amigos, alzaron sus alas y se
elevaron a las alturas como los curiosos exploradores que eran. Las
alas de Miguel eran blancas y las de Luzbel, doradas.
Como ellos, había millones de ángeles más. Pero Luzbel y Miguel,
siempre estaban juntos debido a su auténtica amistad. De vez en
cuando, se agrupaban con otros hermanos.
—¿Sabes, Miguel? Esta mañana visité a la Fuente. Me reveló que
tenía planeado crear nuevos hermanos; los humanos. Mencionó algo
sobre una misión para nosotros. Aún no sé cuál es. Estoy ansioso por
descubrirla… pero es pronto, demasiado pronto para saber nada —
dijo con evidente interés mientras sobrevolaba el paraíso.
Luzbel, era el único ángel que gozaba de la presencia de Dios. El
único que tenía contacto con la esfera divina.
—Estoy deseando saber qué misión nos encomendará…
—Yo también, Luzbel.
Ambos eran parecidos. Luzbel tenía el cabello a la altura del
esternón, liso y negro, y unos impactantes ojos violetas. Miguel, tenía
un pelo castaño que le rozaba los hombros y una preciosa mirada
celeste. Eran muy bellos.
La rebelión. Milenios más tarde.
La belleza de Luzbel se oscureció nada más salir de la habitación
sagrada. Acababa de visitar a la Fuente.
No. No podía aceptar tal misión. ¿Servir a alguien inferior a él? ¡Ni
hablar! Él era su mano derecha, su primer hijo. El ángel más bello,
poderoso y luminoso de toda la creación. ¿Rebajarse de tal manera?
¡Él no era esclavo de nadie!
En el camino, se encontró a Miguel. Su esperanza.
—¿Qué sucede, hermano? —Miguel observó sus alas y se dio
cuenta de algo espantoso.
El color áureo que las teñía, lucía apagado y sombrío. No entendía
nada. Las alas más hermosas de toda la hueste celestial, agonizaban.
Luzbel, acabó por desmaterializarlas, pues todos los ángeles tenían
facultad para hacerlo.
—Miguel, se trata de la humanidad.
—¿Qué reveló la Fuente que tanto te aflige?
—Sabes que yo siempre he amado todo lo que él ha creado. Todo.
Pero no puedo soportar servir a una raza inferior a nosotros. Ellos son
sus elegidos. Serán dotados del libre albedrío que nosotros no
tenemos. Podrán elegir si amar a su Dios u odiarle. Si pecan, no habrá
condena para ellos. Al menos, no una condena eterna. Vivirán llenos
de comodidades y antojos. Cometerán todo tipo de actos impuros y
mientras tanto, observaremos cómo disfrutan de esa libertad que a
nosotros no se nos ha dado. ¿Crees que es justo?
—Es su voluntad. Nosotros debemos acatar órdenes, no
cuestionarlas.
Luzbel frunció el ceño. Por un momento, Miguel atisbó en su mirada
cierta malignidad.
—Hermano, razona. Ellos deberán avanzar espiritualmente para
llegar hacia la luz. Requerirán un aprendizaje continuo. Nosotros no
necesitamos evolucionar mucho más. Tenemos algo que ellos no
tienen.
Luzbel alzó una ceja, escéptico.
—Vivimos cerca de la presencia de Dios. Incluso tú interactúas con
él… Indignado, Luzbel ignoró sus palabras. Se sentía solo, abatido,
incomprendido. Con un sabor amargo, abandonó la fortaleza donde se
encontraba el trono divino.
Miguel agachó la cabeza con preocupación. Luzbel no podía estar
sublevándose al creador… Supondría una sentencia terrible. Su
eterna condena.
Un día, Luzbel apareció con un tercio de la hueste celestial tras él.
Todos mostraban irritación y descontento.
Miguel fue llamado junto con los demás ángeles —millones y
millones de ellos— que permanecieron fieles al creador para hacer
frente a aquellos hermanos rebeldes que se atrevían a cuestionarlo.
La Fuente dotó de un inconmensurable poder al arcángel Miguel.
Lo nombró capitán de su ejército celestial. Él era el único que podía
frenar a Luzbel.
Para Miguel, la lealtad hacia su creador era lo más importante.
La mirada de Lucifer y la del capitán se desafiaron.
—Miguel, aún puedes unirte a nosotros. Es una injusticia lo que Él
tiene planeado. Nosotros buscamos equidad. Piénsalo, hermano.
—Luzbel, Él está dispuesto a darte otra oportunidad. ¿Acatarás su
voluntad?
Lucifer se dio media vuelta y observó a todos los ángeles que lo
seguían y que permanecían serios y disconformes.
—¿Y bien? ¿Qué pensáis vosotros? ¡Hablad! —exigió Lucifer a sus
acólitos.
—¡No estoy dispuesto a sacrificar mi libertad por una raza inferior!
—exclamó Yurghiel.
—¿Qué clase de padre permitiría la libertad en unos y la esclavitud
en otros? ¡Igualdad! —gritó Sedhael.
—Bien. ¿Y el resto de vosotros qué opina? ¿Os da igual? ¿Acaso
tenéis miedo? Sí, eso es… ¡Tenéis miedo! ¡Miedo a represalias! Vuestro
amor no es ciego. ¡Lo amáis por temor! —contestó Luzbel con una
media sonrisa desquiciante dirigiéndose a los demás ángeles que
permanecían fieles a la Fuente.
Miguel, tenso y encolerizado, dio un paso al frente dispuesto a
combatir contra aquel sacrílego. Sin embargo, Seyashel, una hermosa
serafín, lo detuvo. Amaba a Miguel más allá de lo inimaginable, pero en
silencio. El resto de las demás féminas angelicales siempre habían
adorado a Lucifer, pero Seyashel siempre vio en Miguel a alguien
diferente, único, especial. Y obviamente, no se equivocaba.
—No te lo volveré a repetir, Lucifer. ¿Estás dispuesto a servir a la
humanidad y a arrodillarte ante ella? —preguntó Miguel con un rictus
severo.
Lucifer exhaló aire abruptamente y compuso una mueca de

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genuino odio dirigida hacia el que creía su hermano, su confidente.
—¡Jamás! No estamos dispuestos a someternos a dictámenes ni a
ningún tipo de sacrificio. Para nosotros no existen mandatos ni
prohibiciones. Las restricciones asumidlas vosotros. ¡Queremos
libertad! ¡No le serviré! —gritó Luzbel con ímpetu enfocando su mirada
violácea hacia la refulgente fortaleza.
—¡Maldito soberbio! ¡Estamos en un período de prueba continuo!
¡Tú que has visto cara a cara a la Fuente, te atreves a desobedecerle y
en cambio nosotros, quienes no hemos tenido tal bienaventurada
visión, permanecemos leales, sea cual sea su mandato! ¡Esa es la
diferencia! Somos libres pues el amor nos hace serlo. ¡Y es por eso, por
amor, que serviremos a la humanidad! —exclamó Miguel en un tono de
voz áspero, pero sin perder la compostura que lo caracterizaba.
El arcángel Miguel fue objeto de alabanza entre los suyos al ser el
primero en postrarse ante la humanidad, que aún no había sido
creada.
Hubo ángeles de distintas jerarquías que dudaron de su misión.
Pero finalmente recapacitaron y le dieron la espalda a Luzbel. Sin
embargo, otros tantos que en su inicio fueron leales a la Fuente,
cegados y manipulados, se rebelaron contra su capitán.
Miguel, el único ángel que estaba ataviado en una armadura de
guerrero, frunció los labios con desagrado. El arcángel portaba dos
grandes espadas de hielo. Le entregó una a Luzbel.
Ambos, hermanos inseparables antaño, archienemigos eternos a
partir de ese instante, se enzarzaron en una brutal pelea.
Miguel tocó el hombro derecho de Lucifer con su espada. Con tan
sólo un roce de aquella poderosísima arma, el líder de aquella
rebelión cayó de rodillas al suelo, inmerso en un espantoso tormento.
A Miguel se le escaparon unas lágrimas debido al dolor de la
pérdida.
Luzbel no dejaba de retorcerse mientras toda su esencia angélica
se disipaba a pasos agigantados. Se quemaba.
—Yo, Miguel, os condeno eternamente. Os expulso de la casa de
Dios, caídos. Los ángeles servimos y serviremos a la Fuente.
—Esto no acabará así.
Miguel hirvió de ira.
En ese momento, el resto de los sublevados imitaron a su superior.
Todos cayeron de rodillas, postrados ante el resto de los hermanos
que permanecían leales a su capitán.
Bajo ellos, se abrió un inmenso agujero negro que los fue
engullendo uno a uno. En esa dura agonía, todos perdieron las alas.
Las alas del arcángel Miguel aumentaron de tamaño y se tiñeron
doradas.

1
Año 2008, Madrid
Adoraba estar tumbada sobre el césped recién mojado y oculta bajo
la sombra de un gran árbol en el parque del retiro… Necesitaba aquel
frescor pues hacía un calor espantoso. Estábamos a treinta y ocho
grados en pleno Agosto. Era insoportable.
Con el cuerpo totalmente estirado, clavé la vista al cielo. Me
recoloqué las gafas de sol y me dejé llevar por su belleza. Siempre que
lo hacía me entraba una extraña fatiga. A veces, incluso me quedaba
dormida… y cuando mis amigas se daban cuenta de ello, se quejaban.
Casi nunca prestaba atención a su parloteo.
En esos momentos, escuchaba la conversación que mi hermano
Flavio y mis colegas mantenían sobre nuestro traslado a Roma. Era
cuestión de días…
Flavio y yo compartíamos las mismas amistades, a pesar de que yo
tuviera cuatro años menos que él. Mi hermano tenía veintidós.
Flavio les explicaba a nuestros amigos que habían llamado a mi
padre desde Italia para comunicarle, tras dos años de paro, que por fin
había conseguido trabajo como ingeniero industrial.
Mi padre era romano y mi madre madrileña. Ambos se conocieron en
Madrid años atrás y a día de hoy, seguían felizmente casados.
Como mi madre quería tanto a mi padre, la sola idea de no verlo y
vivir lejos de él se le hacía inimaginable, así que tomó la decisión de
mudarnos. Para ella no suponía ningún inconveniente. En cuanto a
nosotros… No nos quedaba otra. No teníamos dinero suficiente para
independizarnos.
Recientemente, yo había terminado el bachiller, así que la carrera la
iba a cursar en la universidad Tor Vergata. Quería estudiar derecho.
Estaba tan emocionada… Mi hermano, sin embargo, ya había
terminado su carrera como ingeniero eléctrico.
Había viajado a Italia tres veces en toda mi vida. Podía sacar varias
conclusiones sobre mis visitas… Me encantaba el país, su magnífica
historia, sus amables gentes, su deliciosa comida, sus espectaculares
monumentos y calles…
Cuando dejase España, iba a echar de menos todo… Mi casa, mis
amigos y… Madrid en sí.
Estaba sumida en mis profundos y sensibleros pensamientos
cuando una dulce y agradable voz me sacó de ellos.
—Agnella, ¿qué pasa? Pareces como ausente. —La voz de Paula
supuso una caricia para mis oídos. Era una exquisitez oírla hablar. Qué
vocecilla.
—Pues… pensaba en mi nueva vida lejos de aquí —eché una
furtiva mirada a mi alrededor. Pude percibir en los ojos de mi hermano
cierta tristeza, aunque su sonrisa manifestaba todo lo contrario—. Lo
que más me preocupa es que no sé hablar en italiano. Sólo lo
chapurreo… —Esa última frase la pronuncié mirando a Flavio con una
mueca de inquietud.
—Parece mentira que tengas un padre italiano, Agnella. Él nos
enseñará. Aunque siempre que lo ha intentado, nosotros lo hemos
ignorado… Vaya idiotas hemos sido. El pobre se ponía tan pesado…
Pero no te preocupes. El italiano no es nada difícil.
Flavio siempre intentaba calmarme. Aparentemente, parecía
tranquilo, pero sabía que en el fondo echaría mucho, muchísimo de
menos su vida en Madrid y, más concretamente, a una persona que
estaba sentada a su lado; Alba. Aunque eran simples amigos, sabía a
ciencia cierta que mi hermano babeaba por ella.
—Me gusta Italia, pero no sé si podré acostumbrarme a vivir en otro
lugar. Aquí tengo toda mi vida… Os tengo a vosotros… —declaré
mientras me erguía y apoyaba la barbilla entre las rodillas.
—Agnella, vendremos muchas veces al igual que ellos podrán ir a
visitarnos —contestó Flavio mientras miraba de reojo a Alba que, a su
vez, me observaba fijamente con una sonrisa de tristeza en los labios.
—Agne, te echaré muchísimo de menos… ¡muchísimo! Espero que
me invites pronto a tu nueva casa para que juntas vayamos de compras
por Roma y podamos conocer a unos italianos que… —Paula comenzó
a hablar rápidamente.
Me perdí en las primeras palabras que pronunció. Dejé de prestarle
atención mientras la contemplaba con ternura.
Como me sentía culpable porque no la escuchaba, decidí abrazarla
con melosidad. Alba se unió a nuestro abrazo.
Flavio, Sergio y Ricardo se quedaron mirando la fraternal escena

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con cariño.
Cuando mi hermano y yo nos despedimos de todos ellos, cogimos
las bicicletas —porque si algo adorábamos Flavio y yo, era montar en
bici y pedalear hasta el cansancio— y nos dirigimos a casa.
Mi hermano y yo aprovechábamos todos los fines de semana para
hacer rutas distintas pues el ciclismo era nuestro deporte favorito.
Antes de salir del parque, me dirigí expresamente a la fuente donde
se encontraba la estatua del ángel caído. Siempre me había parecido
fascinante. Me atraía… Le dije a Flavio que me echase una foto.
Nada más llegar a casa, dejamos aparcadas nuestras bicis en el
garaje y subimos a la cocina para beber agua. Estábamos sedientos.
Mi madre Nerea nos esperaba con una radiante sonrisa. Estaba
colocando varios cupcakes en una bandeja. Era una excelente
repostera.
Le di un beso en la mejilla mientras cogía varios cupcakes de
Nutella. Me encantaban… y a Flavio también.
—Chicos, ¿habéis hecho las maletas?
—Sí, mamá. La hice esta mañana. Al final nos vamos el sábado,
¿verdad?
—Exacto, Agnella. Pasado mañana. Por cierto, me ha llamado
vuestro padre y dice que la abuela Brunetta está ingresada por una
fractura en la cadera. Por lo visto, se ha caído hoy por unas escaleras y
lo más seguro es que la operen mañana de urgencia.
—Entonces nada más lleguemos iremos a verla, ¿no es así?
Mi madre asintió con la cabeza difuminando su sonrisa de un
plumazo.
—Venga, dejadlos para el postre que la cena está lista.
El sábado por la mañana temprano, salimos de Madrid hacia
nuestro nuevo hogar. Nos fuimos en el Land Rover Discovery de mi
padre.
El trayecto suponía casi dos días de viaje, así que hicimos parada
durante la noche en un pequeño hotel de Niza, Francia.
Madrugamos y, al día siguiente por la tarde, conseguimos llegar.
Me quedé alucinada contemplando las calles de la grandiosa y
legendaria ciudad. Cada calle y monumento era mejor que el anterior.
Yo sólo podía abrir la boca y asombrarme. Ya había visto todo antes,
pero era inevitable que me maravillase…
Atravesamos media Roma camino al hospital. Mi abuela yacía en la
cama medio adormilada debido a los calmantes que le habían
proporcionado. La pobre, era incapaz de soportar el dolor de cadera.
La habían operado el viernes y no se podía mover. A su lado y sentado
en un sillón, estaba mi abuelo Leonardo. Él tomaba con infinita ternura
la mano de su mujer.
A mis abuelos los había visto cinco o seis veces en toda mi vida, pero
aun así les tenía un profundo cariño.
Tras la visita, que duró alrededor de dos horas, por fin nos dirigimos
hacia nuestro nuevo hogar, que según mi padre, se trataba de un
edificio de cuatro plantas. Nosotros íbamos a vivir en el cuarto piso.
Suspiré… No llevaba ni un día en Roma y ya echaba de menos mi
habitación, mi cueva.
Cuando llegamos a la via Nazionale, una calle larguísima con
numerosos restaurantes, tiendas y hoteles, bajé la ventanilla para
observar todo mejor y, de paso, para que me diera el aire fresco en la
cara pues ese día lloviznaba.
Según me había comentado mi padre, la via Nazionale se
encontraba en un lugar perfecto y cercano a todos los puntos más
concurridos e importantes de la ciudad.
Yo creía que nuestro edificio se hallaba en un lugar un poco más
apartado, pero aun así no me disgustó.
El coche se detuvo en frente de un edificio de tonos grisáceos y
ventanas blancas, arqueadas y con rejilla. Los balcones se apreciaban
pequeños.
Cuando mi padre aparcó, nos bajamos del auto y del maletero
cogimos nuestras respectivas maletas.
Exhalé hondo mientras esperaba a que mi padre abriese la gran y
albugínea puerta de roble.
Nuestro piso era alquilado. Mientras Flavio, mi madre y yo
estábamos con la abuela en el hospital, mi padre había quedado con
el dueño del piso para que le diese las llaves.
Cuando accedimos al interior, nos encontramos de frente con unas
escaleras de granito beige. El ascensor estaba a mano derecha.
Yo portaba dos maletas pequeñas, pero como no pesaban
demasiado decidí subir a pie.
A mitad de camino, me encontré con una chica morena y bastante
guapa. Me sonrió y se presentó. Parecía tener más o menos mi edad.
—¡Hola! ¿Eres nueva, verdad? Me llamo Caterina y vivo en el
segundo piso —clavó su tierna mirada de ojos color miel en la marrón
verdosa mía.
La miré con una sonrisa y asentí. No me costó comprenderla porque
algunas frases básicas sí sabía interpretarlas.
—Sí. Soy nueva. Mi nombre es Agnella. Encantada de conocerte.
Me hizo una pregunta que no entendí, así que me encogí de
hombros.
—No me entiendes, ¿verdad?
Afirmé con un movimiento de cabeza.
Alargó sus labios mientras yo observaba embobada cómo cogía una
de mis maletas. Acto seguido, se dirigió escaleras arriba.
Fruncí el ceño y decidí seguir sus pasos.
Llegamos a la última planta y Caterina se detuvo frente a una
puerta.
—Gracias, Caterina —agradecí.
La muchacha dejó mi maleta apoyada en la pared.
—De nada.
—Por cierto, ¿cómo sabías dónde…?
Ella sonrió con dulzura.
—Es el único piso vacío en todo el edificio.
Ambas reímos. Le tendí una mano como muestra de gratitud por su
amabilidad y ella se marchó por las escaleras.
Miré hacia la puerta. Estaba entreabierta. No me había percatado
antes de ello. Entré con curiosidad. Seguramente, mis padres ya
estaban dentro.
Eché un vistazo por el estrecho y largo pasillo. Las habitaciones no
eran muy grandes… Bueno, el piso en sí era pequeño, pero aun así
era bonito. Había pocos muebles. Los justos.
—Agnella, elige cuarto. Yo escogí el del final del pasillo.
¿Para qué me iba a consultar qué habitación prefería? Flavio me
sonreía con sorna. El tío estaba tirado en el sofá como si fuera el rey
del mambo.
—Escogeré el de al lado del salón…
Me dirigí con pasos lentos hacia mi futura cueva y cuando llegué, me
lancé en plancha a la cama. Estaba agotada por el viaje y no tardé en
quedarme profundamente dormida. No deshice ni el equipaje.

2
Roma, dos años más tarde
Caterina venía a comer y estaba impaciente porque llegase.
Siempre llenaba mi vida de alegría y risas.
Durante los dos últimos años, nos habíamos hecho inseparables.
Cat, como yo la llamaba cariñosamente, me ayudaba mucho con el
idioma y aunque aún no lo hablaba con total fluidez, ya podía
mantener una conversación en condiciones y sin trabarme demasiado.
Mientras ayudaba a mi madre a preparar pasta alla checca, un tipo
de pasta con queso mozzarella, otro queso denominado caciotta
romana, tomates frescos y por último, albahaca, escuchamos cómo
Flavio gritaba un déjame, déjame y un no me toques seguido de varios
golpes.
Alarmadas, mi madre y yo fuimos a su habitación, pero nos topamos
con que Flavio tenía el pestillo echado.
Mi madre golpeó con fuerza la puerta mientras llamaba a mi
hermano. Él parecía ignorarnos.
Finalmente, convencí a mamá para que volviésemos a la cocina. Más
tarde, hablaríamos con él.
Era cierto que, últimamente, Flavio estaba muy extraño pues apenas
se relacionaba con nosotros. Comía muchas veces fuera y cuando
llegaba a casa, miraba a determinados puntos del techo como si
advirtiese algo que los demás no podíamos percibir. Yo… palidecía.
Mi madre estaba bastante preocupada porque llegó incluso a
considerar que Flavio tenía algún trastorno mental. Para consolarla,
siempre le decía que Flavio se comportaba de tal manera porque
realmente nunca había llegado a adaptarse del todo a Roma. Pero no
colaba.
El timbre sonó y fui a abrir la puerta. Mis desconcertados
pensamientos se esfumaron al ver a mi preciosa amiga Cat con una
agradable sonrisa.
Le dije que esperase en mi habitación mientras terminaba de hacer
la comida para que así no se aburriese.
A la hora de comer, mi padre no estuvo presente, estaba trabajando.
En cuanto a Flavio… no salió de su cuarto para nada. Lo bueno era
que ya no se oían ni sus golpes ni sus quejidos.
—Está buenísimo, Agnella. Cocinas mucho mejor que yo. —La
adulación de Cat trajo consigo un minúsculo rubor a mis mejillas.
—Me dijiste que era tu plato favorito y decidí sorprenderte.
—Pues créeme que lo has hecho. Mmm…
Mi madre y yo nos miramos sonrientes.
De repente, la puerta del cuarto de Flavio se abrió chocando con
fuerza contra la pared. Dejé el tenedor a pocos centímetros de mi boca.
Mamá hizo amago de levantarse, pero yo la detuve agarrando una de
sus muñecas.
Mamá intentó serenarse, pero entonces se oyó otro fuerte portazo.
Todas observamos cómo mi hermano corría disparado por el pasillo y
salía de casa.
Mi madre se levantó sobresaltada y a mí se me cayó el tenedor.
—¿Qué le sucede a Flavio? —quiso saber Cat con un

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