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Libro PDF Una noche de verano más – María Beatobe

Una noche de verano más – María Beatobe

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por supuesto me voy a comportar, que
como me tome una copa de vino se me
sube rápido, eso bien lo sabe Ernesto, el
día que me llevó a su casa de la sierra
me bebí solo dos copas de aquel Pago
de Carraovejas y estaba como una moto.
El vino buenísimo, y yo, tonta de mí
como siempre, me dejé llevar, él tenía la
experiencia que a mí me faltaba y así
consiguió llevarme a mi primer clímax,
lo recuerdo genial, como siempre, el
sexo con Ernesto siempre me ha ido
genial, tampoco puedo comparar con
nadie más, pero a mí me encanta, cada
vez que estamos en la cama me enamora.
Será por eso que le echo tanto de menos,
dos meses sin sexo me hacen necesitarle
un poco más.
Me suena un whatsapp, es
Andrea, ¿qué querrá? “Oye guapa q
hemos invitado tb a Iván q staba
jugando cn stos” suena otro “y así no
vas d sujetavelas jajaja”. Mírala que
graciosa, parece que me lee el
pensamiento esta niña. Llevamos mucho
tiempo siendo amigas también, me
conoce fenomenal, y al igual que yo, no
traga a Raquel, trata fatal al Chino.
Incluso yo creo que le ha puesto los
cuernos, eso me han comentado, pero sin
pruebas no le podría soltar una bomba
así al Chino, es soltar mierda porque sí
y yo no soy así. Y no son celos, estoy
segura, porque a Andrea tampoco le
gusta nada.
“Salgo para tu casa, no hacía
falta q yo tngo a mi chico” La respondí,
creo que fue más para convencerme yo
que para ella, pero tenía que decirlo,
tengo que tenerlo claro. De verdad que
no lo tengo nada claro, estoy echa un lío,
si no fuera porque va la arpía. Él sabrá
lo que hace. No es un niño y tiene
carácter y valor para enfrentarse a ella.
Yo misma vi como lo dejaba con un
rollete suyo porque no aceptaba mi
amistad con él, delante de mí rompió
con esa pobre muchacha. La hizo daño,
pero al él le dolía que no me aceptara a
mí.
─ Adiós papá mamá. Me voy a
cenar a casa de Andrea, me quedaré a
dormir con ella.
─ Adiós un beso.
─ Adiós se buena…
Me dirigí con paso firme y
decidido hacia casa de Andrea, iba
segura de mí misma, me puse unas
sandalias con un poquito de tacón que le
quedaban de miedo a mi vestido, y un
bolso pequeño de punto en el que me
cabía el móvil y el monedero. No
necesitaba nada más, solo iba a cenar
con unos amigos.
En la puerta del chalet de
Andrea, las 21:45. Din don diin. Me
encanta como suena el portero, es tan
melódico.
─ ¡Vamos tía! Que ya estamos
todos – me increpó Andrea, pero sin
enfadarse.
─ Uff se me ha hecho un poco
tarde.
Cuando entré en el salón ya
estaban todos sentados tomando una
cerveza, menos Andrea que bebía una
coca. El salón era amplio, de unos 30
metros cuadrados, muy grande y bien
decorado, muy poco recargado y muy
espacioso, con dos sofás de tres plazas
color café que resaltaban sobre el resto,
todo blanco, a lo sumo la chimenea era
beige. Lo que me resultaba curioso es
que no tenían televisión. Sus padres
decidieron que con el apagón analógico
no usarían la tdt, que si no funcionaba
esa tv no comprarían otra. Eso sí,
compraron un proyector que montaron en
la buhardilla tipo cine, cuantas pelis nos
hemos visto las dos solas para llorar, ¡y
toda la pandilla! Nos juntábamos y
disfrutábamos mogollón todos juntos.
Ronda de besos.
─ Hola Iván. – Muac, muac.
─ Hola guapa.
─ Hola Unai, ¿cuántos días
llevas aquí?- Muac, muac.
─ Hola. Solo quince, hasta mis
suegros ya me dicen que me traiga el
cepillo de dientes, jajaja.
Aquí voy, primero está sentada
la arpía, después va el Chino.
─ Hola Raquel. – Muac, muac.
─ Hola.
Ha estado ella más seca que yo.
Creo que se avecina tormenta, pero
vamos que a mí me da lo mismo, yo he
venido a distraerme y pasar un buen
rato, no me quiero amargar, hoy no.
─ Hola Chino. – Dos besazos
que quitan el hipo por mi parte,
correspondidos por él.
─ Hola guapa.
Le acaba de asesinar con la
mirada Raquel, me acaba de decir
guapa, jajaja. A ella seguro que no se lo
dice porque tiene una nariz, que se
asemeja al cantante de Ketama. Como
me gusta meterme con su nariz, alguna
vez he hablado con Andrea de su nariz,
que malas somos cuando nos juntamos
las dos, Andrea tiene que estar bastante
enfadada con Unai por invitarles, más
que nada porque sabe que Raquel solo
habla con el Chino, a los demás nos
ignora.
─ ¿Quieres tomar algo? – dijo
Andrea
─ Sí, espera que voy por un poco
de agua.
Necesitaba agua para pasar el
trago, yo a lo mejor me he pasado con
los dos besos. Pero el Chino con el
“hola guapa”, en la misma cara de su
chica, uff creo que hay otro que va a
tener problemas. Lo mismo les toca
compartir sofá a Unai y al Chino. Porque
Andrea tiene carácter, pero la arpía, es
un volcán. Ahora mismo estoy segura
que está a punto de estallar, le está
empezando a salir humo por las orejas.
Se ha marchado al baño, y está tardando.
─ Bueno Chino ¿qué tal en tu
casita nueva? – Rompí el hielo.
─ Acoplando cosas todavía, ya
tenemos cocina.
─ Que guay ¿Y estáis viviendo
juntos ya?
─ Solo los findes, luego iremos
para allá.
─ Pues no te pases con las copas,
que ya sé que estas aquí al lado,
pero…
─ Ya, está la cosa chunga, pero
Raquel no quiere coger mi moto.
Primera conversación en meses,
hacía mucho tiempo que no nos
cruzábamos, bueno, sin ella, y no
mediábamos palabra. A mí me da pena,
hemos pasado mucho y muy buenos
ratos.
─ ¿Tu padre como lleva que le
dejes de Rodríguez?
─ ¡Su padre está mejor que él y
que yo!
Surgió la voz estridente de
Raquel, desde la parte de atrás del sofá,
como si no le gustase la pregunta. Yo lo
tengo claro, es mi amigo y quiero saber
cómo le va. Pero creo que ella también
lo tiene claro, no quiere que se acerque
nadie al Chino. La tensión que ella sola
emanaba, cortaba el ambiente.
Me levanté para ir a la cocina a
por agua, y a ver a Andrea, que estaba
ayudando a Unai con la cena. Olía
fenomenal según te acercabas a la
cocina. Unai era sobrino de uno de los
mejores cocineros vascos y llevaba la
cocina en la sangre. Estaba estudiando
en una escuela de cocina de Madrid. Era
una delicia para el paladar saborear sus
platos, ya fueran sencillos o
complicados. Para mí todos parecían
difíciles, pero él hacía que parecieran
fáciles. Estoy segura que a Andrea la
conquistó por el estómago.
─ Unai, ¿qué delicia nos has
preparado para hoy?
─ Ha sido fácil, una tortillita de
patatas con pimientos… ¡rico, rico!
─ Va tío, que buena pinta tiene.
¡Pero es del tamaño de la rueda de
tu moto! ¿Fácil?
─ Solo hace falta echarle más
huevos… jajaja
─ Jajaja
Me parece un chico súper majo y
súper simpático este Unai, me alegro
muchísimo que esté con Andrea, hacen
tan buena pareja, se complementan
fenomenal. Ellos se conocieron en un
pueblecito de Palencia, pasaban los
veranos allí, en casa de los abuelos.
Andrea después empezó a partir el
verano entre el pueblo y Granada,
cuando sus padres se compraron un
apartamento en la playa. Pero ya había
surgido la chispa. Ya se habían besado
cuando ella contaba con quince
primaveras, siempre me ha jurado que
hasta el verano que hacía los dieciocho
no perdió la virginidad, pero estoy
segura que fue antes, uno o dos veranos
antes. Segura ¡segura!
─ Andrea ¿os ayudo a algo?
¿Voy poniendo la mesa?
─ No te preocupes, partimos la
tortilla allí y llevamos los tenedores.
─ Vale, pero si eso me lo dices.
No llevé vasos porque todos
bebían su cerveza en lata y yo me bebí
dos buenos vasos de agua. Pero me
apetecía vino. Hoy si me tomaba un
vinito, o si no un calimocho si hace
falta, a ver que me ofrece Andrea.
─ ¿Tienes vino?
─ Sí, tengo algo por aquí de una
cesta de navidad, ahora la abro y te lo
llevo cuando saquemos la tortilla.
Siéntate guapa.
Cogí el servilletero y marché
para el salón, pero cuando entré vi la
cara de Raquel, y era un poema. Ya
estaba montada, seguro. Me senté al
lado de Iván. Él también estaba
enamorado, pero de sí mismo y de su
gimnasio. Estaba más de cinco horas al
día allí, para mí eso es más que cuidarse
el cuerpo. Eso sí, era una auténtica
mole, hasta había ganado un par de
concursos a nivel nacional.
─ ¿Qué tal estás Iván?
─ Bien, ahora a dieta. Mucha
proteína, y poco más.
Este Iván tan expresivo como
siempre, sé que le han invitado por mí,
para que no me sienta una “sujetavelas”,
pero todo lo que tiene de músculo lo
tiene de poco interesante, me resulta tan
insulso. No es mala gente, aun teniendo
esa pinta de animal, es buen chico, pero
no me aporta nada.
Por fin traen la cena, no es que
tenga hambre, pero empezaba a pensar
que sobraba en esta casa. Me sentía
fuera de lugar. En el otro sofá siguen con
mucha tensión, ni se hablan entre ellos.
Y yo sentada con Iván, es que lo nuestro
es pura indiferencia, yo no sé qué
pensará él de mí, pero yo directamente
me aburro.
─ ¿Y todo esto por una mierda
de tortilla? – Le oigo a Raquel decir en
bajito al Chino.
─ Venga ya… Vete a la mierda.-
Le responde el Chino levantando la voz.
─ ¡Es que no puedo creer que me
hagas esto! Has venido aquí a tontear
con tu amiguita.
─ Eh eh eh, no metas a nadie más
en esto.
Mientras, yo miraba al resto, que
estábamos alucinando. Ella estaba
colorada como un tomate, y con esa fea
nariz levantada mirando hacia el Chino.
Es que él mide 1,90, y eso una chica de
1,70 lo nota. Es casi como yo de alta,
estoy segura que le saco uno o dos
centímetros.
─ Meto a quién yo quiera, y ésta
ha venido a molestar.
─ Eh que yo he venido aquí a
cenar con mi amiga, ¡yo no esperaba a
nadie!- Ya me tuve yo que poner firme.
─ Vamos a hablar fuera que te
estás pasando.- Le indicó el Chino a
Raquel.
Salieron al patio y a los cinco
minutos, entró él solo.
─ ¿Qué pasa tío? ¿De qué va ésta
loca?- Le reclamé.
─ Se ha ido, creo que para
siempre…
Y me dio un abrazo, colocó la
cabeza sobre la mía y suspiró, casi se
echó a llorar, pero no rompió, supongo
que al estar con sus amigos intentó pasar
el trago por su orgullo de macho.
Mientras, Andrea y Unai nos observaban
cogidos de la mano, y el amigo Iván,
miraba su móvil.
Cuando él estuvo preparado, se
separó de mí y se sentó junto con Iván,
que se limitó a darle un par de palmadas
en la pierna. Unai se sentó al otro lado
mientras Andrea y yo nos sentábamos en
el otro sofá cogidas de la mano. Ninguna
de las dos tragábamos a Raquel. Y ella
me había confirmado que yo era “su
rival”.
─ ¿Cómo estás? ¿A qué ha
venido el numerito éste? – Unai abrió la
ronda de preguntas.
─ Estoy bien, viene de bastante
atrás esto. Es una celosa enfermiza y hoy
se ha pasado…
─ ¿Y dónde se ha ido?- Siguió
Andrea.
─ Ha dicho que cogía un taxi y se
iba a casa de sus padres, que mandaría a
alguien a recoger sus cosas mañana.
Uff pues sí ha sido fuerte la cosa.
Fuerte el abrazo, me ha encantado, me
he sentido genial, tenía que ser yo la
fuerte y creo que he aprobado, con nota,
estoy segura. Me da pena porque estaba
muy ilusionado con su casa y con ella.
Pero esto es como las parejas que tienen
un hijo para salvar su relación, que al
final rompen cuando ese niño es
pequeño. Esta relación tenía fecha de
caducidad, yo lo esperaba, por él, nunca
los vi bien. Mientras tanto, yo me había
bebido la copa de vino que me trajo
Andrea, sin darme ni cuenta, solo
pasando el mal trago. Ha sido una
situación muy fea para todos, muy tensa,
a ninguno de nosotros nos gusta ver
cómo le hacen daño a tu mejor amigo,
como sufre tu amigo por una zorra arpía.
─ Venga chicos vamos a cenar
que se enfría la comida, que tiene una
pinta buenísima. – Dijo el Chino
pasando el mal trago y tratando de quitar
tensión al ambiente.
─ Si vamos. – Le secundó la idea
Andrea
Ya sentados en la mesa, ellos
tres se abrieron otra cerveza y Andrea
sirvió un poco más de vino para
nosotras, antes de que yo pudiera
negarme porque me iba a marear. Yo no
bebo casi nunca, dos copas de vino son
demasiadas para mí.
Unai hizo de maestro de
ceremonias cortando la tortilla y
dejando cada trozo en cada plato con
una soltura y un brío que le daría
envidia a cualquier restaurante con
estrella Michelín. Ha nacido para esto y
va a ser un grande en el mundo de los
chefs.
─ Muchas gracias Unai.
─ De nada guapa. – Le salió a
Unai del alma.
─ Eh eh ¡que estoy yo delante! –
dijo Andrea con un poco de sorna.
─ Guapa no, está preciosa. –
Cuando me dijo esto el Chino, me
subieron los colores.
Me temblaban hasta las rodillas,
cosquillitas en el estómago. Y que hay
de Ernesto, ¿quién es Ernesto? Ya ni me
acuerdo de él. No se me pasa por la
cabeza que llevo con alguien siete años.
Tengo en la cabeza a una persona que
lleva conmigo toda la vida. Una persona
que ha compartido conmigo lo mejor y
lo peor de mí. Todo.
─ No me digas eso que me
ruborizo.
─ Anda tonta que se te nota que
estás falta de cariño. – Dijo Andrea
entre risas.
─ Está genial la tortilla. – Intenté
cambiar de tema.
Y resultó, estuvimos hablando de
todo y de nada. Comentando las
chiquilladas que hacíamos de niños.
Conversación banal y divertida para
pasar una noche de verano más. Pero
después de mucha risa, llegó la hora de
que se marcharan. Durante la cena
comentamos que Andrea y yo íbamos a
dormir juntas como cuando teníamos
quince años y me quedaba en su casa. A
Unai le colocamos directamente en otra
habitación. Iván subía a su casa
andando, estaba entre la mía y la de
Andrea, a cinco minutos. Pero el Chino
estaba emperrado en irse a su casa, en
moto. Alquilar una casa fuera de nuestro
barrio es lo que tiene, hay que moverse
en transporte.
─ Oye tío no te vayas en la moto.
– Le dije mientras le guiñaba un ojo.
─ Si yo estoy bien.
─ Y yo también. ¿Me la dejas?
¿A qué no? – Intentaba que no se fuera
en la moto.
─ Ya y ¿cómo me voy a mi casa?
─ Venga pedimos un taxi.
─ ¿Pedimos? ¿Te vas a venir a
mi casa? – Dijo con sorpresa, pero
insinuante.
Pensaba, en “pedimos” nosotros
para ti, no para nosotros tú y yo, un
vuelco al corazón. Los colores otra vez
han subido. Lo sé, noto el calor en las
mejillas.
─ ¿Qué te crees? ¿Qué no me
atrevo? ¿Me vas a decir el clásico “no
hay huevos”? Soy una mujer, a mí no me
la das con eso.
─ Es verdad, tú no eres así. Pero
te lo decía porque me hubiera encantado
que vinieras, charlar un rato a solas.
Hace mucho que no hablamos.
─ Tienes razón, hace mucho que
no hablamos…
Me estoy metiendo en la boca del
lobo, lo sé. Ya tenemos una edad que ir
a estas horas a casa de alguien es para
lo que es, a lo mejor charlamos en el
desayuno. Pero si doy el paso tendré que
rendir cuentas.
─ ¡El taxi está en la puerta! –
Dijo Andrea.
─ ¿Te vienes o no? – Me dijo el
Chino al oído.
Le miré a los ojos y salí por la
puerta. No podía articular palabra de los
nervios, todo lo que esto suponía. Poner
mi vida patas arriba por el Chino, sí,
por mi Chino. Fui yo la que le puse el
apodo, cuando reía de pequeño se le
achinaban tanto los ojos que parecía del
mismo Pekín. Eso me parecía a mí.
Chino de la capital de China le decía, y
el más se reía. Ya en el taxi no cruzamos
palabra, estábamos los dos muy
nerviosos. Yo le puse un whatsapp a
Andrea “tía perdóname” y ella me
respondió con un sincero “disfruta de la
vida”. Él se limitó a darle la dirección
al taxista, pagarle, y cuando llegamos, se
bajó apurado a abrirme la puerta.
─ Muchas gracias guapo.
─ Las que tú tienes. – Me
respondió crecido.
Me cogió de la mano y me guio
hasta el portal de su casa, pasamos al
ascensor y comenzamos a mirarnos a los
ojos, sin soltar las manos.
─ ¿Qué hago aquí? – Le dije, en
gran parte incrédula.
─ Has venido a conocer mi casa.
¿A conocer tú casa? ¿A cuántas le habrá
contado esa milonga?
─ Dime lo que piensas de
verdad, qué opinas de mí, ¿que soy para
ti?
─ Hoy me he dado cuenta que
eres mucho más de lo que pensaba.
Siempre me has gustado, pero siempre
he pensado que no me verías nunca
como pareja porque hemos sido muy
amigos. Nunca quise romper nuestra
amistad.
Comenzamos a entrar en su casa.
Me indicó donde estaba la cocina
americana, el baño y la habitación. Pero
yo quería saber la verdad de dónde
íbamos, si íbamos a acostarnos y ya, o si
él, esperaba algo más.
─ Y hoy entonces, ¿Qué quieres
de mí? ¿Solo mi cuerpo? – Se me
escapó una carcajada.
─ Tu cuerpo lo he deseado
siempre. Hoy lo que quiero es que
empecemos algo que nunca acabe.
Escuchando eso, no tuve más
remedio que besarle, como nunca he
besado a nadie. Del salón pasamos a la
habitación dando tumbos sin separar los
labios. De ahí a quitarnos la poca ropa
que se lleva en verano y a disfrutar el
uno del otro.
Me despertó el sol y no sabía
qué hora era, estaba sola.
─ ¿Chino? – Grité.
─ ¡Haciendo el desayuno! Un
minuto y te lo llevo.
Que tierno que me va a traer el
desayuno. Si es que le quiero tanto. Me
encanta, estoy súper contenta de haber
dado este paso. Sé que arriesgo, que mi
vida va a dar un vuelco, pero tenía que
llegar, no podía dejar pasar este
momento. Ya se me pasó una vez y no
me arrepiento, porque nunca me
arrepiento de mis actos, estarán bien o
mal hechos, pero sin arrepentimientos.
Pero no se iba a escapar, me puse el
vestido para gustar, el que me daba
seguridad y a otras hizo temblar, sabía
que iba a triunfar. Que si tenía alguna
rival, esa era la que iba a perder. Que
yo estaba contenta con la vida que tenía,
pero lo de anoche fue perfecto. Fue
sublime, espectacular. Anoche empecé
mi nueva vida, y no es que fuera mala la
antigua. Pero a partir de ahora ya sé que
tengo que llevar el vestido para matar
cuando vaya a matar, y que tengo que
disfrutar de la vida.
FI

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