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Libro PDF Una pasión en la tempestad – Fernando Cianciola

Una pasión en la tempestad – Fernando Cianciola

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viaje. El Atlántico sorprendió a
Francisco por su grandiosidad. Nunca
había navegado en mar abierto. Como
experto marino, recorrió el barco por
todos sus rincones, disfrutando como un
sibarita.
Las pláticas con el capitán, un
madrileño de nombre José Alberto Paz
Aragón, eran sus preferidas. Él, fue el
primero que le habló del temible
Atlántico sur, el mar de las tormentas y
los vientos imprevistos que ponían a
prueba al más experimentado.
En la primavera llegaron al puerto de
Buenos Aires. Las primeras noticias
fueron alarmantes. La ciudad había
sufrido una desbastadora epidemia de
fiebre amarilla. Murieron alrededor de
14.000 personas.
El capitán, viendo en los ojos de los
viajeros una sombra de preocupación,
les dijo en confianza:
–No tengan temor, lo peor ya pasó. El
invierno contrarrestó la epidemia y todo
parece estar bien. Que tengan una feliz
estadía.
–Gracias, capitán, ha sido un placer
viajar con usted.
Las manos se estrecharon con firmeza,
como corresponde a dos hombres de
mar seguros de sí mismos.
A los lejos, el joven español pudo
apreciar los contornos de la ciudad. El
río le causó una mala impresión. Su
color terroso no armonizaba con un
cielo diáfano y profundamente azul.
«Nuevo mundo, nuevos desafíos»
pensó.
El lanchón de desembarco se separó
del buque para emprender una marcha
lenta hacia el puerto. A lo lejos
pudieron apreciar la imagen imponente
de la iglesia y convento de Santa
Catalina de Siena. Dominique, en un
gesto inusual, se santiguó. Francisco,
sorprendido, pasó su brazo sobre el
hombro y la apretó con fuerza. No hubo
palabras, sólo el ruido del agua contra
el casco del lanchón.
Francisco tiene una carta de
presentación para el propietario de una
pequeña empresa naviera local, llamada
“Compañía Costera Argentina”, que
realiza viajes a Uruguay y al sur de
Brasil, propiedad de un tal Juan Agustín
Urdagaray, nativo de Sevilla y
entrañable amigo de unos primos del
capitán Buenaventura.
El puerto, bullicioso, hierve de gentes
de diversas nacionalidades que
deambulan de aquí para allá con sus
bultos. Francisco y Dominique
consiguen un carruaje que los lleva a un
pequeño hotel en la calle Suipacha, el
Cantabria.
–¡Buenos días paisanos!
Un simpático hombrecillo de brillante
calva y ademanes corteses los invita a
pasar. La decoración del hotel es muy
española y en la recepción, una gran
pintura muestra las bellezas del centro
de Madrid.
–¿Se quedarán por algún tiempo?
–La verdad es que venimos a
instalarnos. Soy marino y supongo que
conseguiré trabajo aquí.
El rostro de Francisco muestra una
expresión esperanzadora. Está
convencido que aquí el destino le tiene
preparadas sorpresas muy agradables.
–Mi nombre es Jacinto y soy el
propietario. Las habitaciones son
sencillas pero le aseguro que se sentirá
como en casa.
–Hay algo que me preocupa don
Jacinto…
–¿Qué será, capitán Buenaventura?
–Lo de la epidemia… ¿Debe
preocuparnos?
El rostro de don Jacinto se
ensombreció. Todos le hacían la misma
pregunta.
–Mire, capitán… la epidemia de
fiebre amarilla fue terrible. Murió
mucha gente. Miles de muertos. Yo cerré
el hotel y me refugié en el Uruguay,
tengo parientes que me cobijaron.
Fueron meses de angustia y desolación.
Los lugares más afectados fueron los
conventillos. Muchos argentinos y
conciudadanos nuestros murieron como
perros. La miseria y la mugre hicieron
un trabajo mortífero.
Dominique escuchaba el relato con
temor. Su niñez, transcurrida entre la
pobreza y las inmundicias en los
suburbios de Argelia, le habían
enseñado a respetar las epidemias.
Los primeros días fueron muy
entretenidos. Caminaron muchas cuadras
por Buenos Aires descubriendo a cada
paso alguna sorpresa. Hombres de levita
y bastón, soldados, damas con largos
vestidos y miradas altaneras, hombres
comunes con ropas comunes,
pordioseros y grupos de extranjeros,
quizás como ellos, inmigrantes buscando
fortuna.
La ciudad se parece a Madrid o tal
vez, por algunos rasgos, a París. Muchos
españoles e italianos se cruzan en su
camino. Buenos Aires empieza a
gustarles. Los días pasan rápido y el
capitán Buenaventura trajina con placer
esas calles que comienzan a ser
familiares. Ha llegado la hora de visitar
a su contacto: Juan Agustín Urdagaray.
Una mañana muy cálida y animada del
mes de Octubre, emprende la marcha
rumbo a las oficinas de la Compañía
Naviera. Está situada en la calle
Defensa al 1708. Sube las escaleras con
energía y pronto está frente a un hombre
de gran estatura, bonachón él, que le
extiende la mano con afecto. La carta de
presentación hizo el resto. La oficina de
Urdagaray es discreta y muy ordenada.
Sus paredes lucen pinturas de diversos
barcos. Algunos con grandes velámenes
y otros con chimeneas portentosas, fiel
reflejo de los tiempos del vapor y la
modernidad.
–¿Barcos maravillosos, no? –
Menciona Urdagaray con admiración.
–Así es. ¿Todos suyos?
Una gran carcajada estalla en el
recinto.
–¡Ojalá! ¡Mi flota es menos
ambiciosa!
Los hombres llegan a un acuerdo en
forma inmediata. La naviera necesita en
forma urgente marinos experimentados
para los viajes de cabotaje. Sus destinos
están en las costas uruguayas y en
algunos puertos del sur de Brasil.
Transporta pasajeros y cargas de
diversos tipos. Un negocio menor pero
muy rentable, según las apreciaciones de
Francisco.
Baja las escaleras con una sensación
de placer. Su vida en estas tierras
comienza con el pié derecho. En la calle
empedrada lo recibe una briza cálida y
piensa que le vendría bien un café con
unas gotas de coñac. Acomoda su gabán
azul marino y emprende la marcha.
Tiene su primer contrato: un viaje a
Montevideo para transportar pasajeros y
carga. Su barco, que aún no conoce, es
un pailebote con un nombre muy
femenino: Andrea. Allí, el capitán
Buenaventura tendrá un encuentro
inesperado que dará un giro
extraordinario a su destino.
Capítulo 2
–Venga conmigo, le presentaré a la
tripulación.
–Como usted diga, don Juan.
Los hombres caminan por el muelle y
a su paso la mugre se hace ver. El
Riachuelo no es propiamente un lugar
acogedor: está rodeado de curtiembres
cuyos desperdicios van al río. Se
arrojan al agua sangre y venenos que
provocan un olor nauseabundo.
–¡Gregorio! –grita con fuerza,
Urdagaray— Que vengan todos.
En un santiamén los siete hombres se
hacen presentes. El que se adelanta es
Gregorio, piloto del pailebote, un
asturiano de estatura regular que saluda
con respeto. Más atrás están los otros:
Gaspar, chileno; Manuel, portugués;
Pepino, italiano y cocinero; además, tres
argentinos: Florencio, Baltasar y
Amador. Hombres rudos y
acostumbrados al trabajo de mar.
Hechas las presentaciones, Francisco
sube a cubierta para inspeccionar el
barco. Desde la proa observa los dos
palos sin cruzar, aparejados con velas
cangrejas. Adivina unos treinta y cuatro
metros de eslora y unos ocho de manga.
«No está mal», piensa.
–Espero que haya sido de su agrado,
capitán. El barco es muy seguro; y la
tripulación, trabajadora. Lo aseguro.
Francisco confía en las palabras de
Gregorio. Desde el primer momento le
causó buena impresión.
–Mañana hará su primer viaje. Hay
que transportar carga y unos pasajeros al
puerto de Montevideo. El tiempo parece
bueno y la navegación por el río es
tranquila. Será toda una experiencia
para usted.
–Seguro, don Juan –responde al
instante Francisco.
Los hombres se retiran del puerto en
un carruaje rumbo al centro de la
ciudad. Urdagaray desciende en la calle
Defensa y Buenaventura continúa rumbo
al hotel. Todo despierta la curiosidad
del capitán: carros, tranvías a caballo,
jinetes. Una mezcla humana singular de
señores muy bien vestidos con
sombreros y bastones, junto a purretes
andrajosos, saltando de un lado a otro.
Los preparativos de su primer viaje le
han despertado el apetito. Sueña con una
buena paella. Don Jacinto, el dueño del
hotel, sabrá recomendarle un buen lugar.
–¡Francisco!
–¡Dominique!
La pareja se encuentra en la recepción
del hotel. Se saludan con un beso
delicado que causa la aprobación de don
Jacinto. Tienen la frescura de sus
jóvenes años y la ilusión a flor de piel.
A la mañana siguiente, muy temprano,
el capitán llega al embarcadero y sale a
recibirlo el piloto.
–¡Buenos días, capitán!
–¡Buenos días, Gregorio!
Los hombres han simpatizado desde
el principio. Son paisanos y de buen
carácter. Tienen una predilección por la
vida marinera que se advierte
fácilmente.
–Capitán, la carga está en bodega y
sólo falta embarcar a nuestros pasajeros.
Son dos: una dama y un caballero que
están esperando allí al lado de las
berlinas. Ellos son la señorita Susan
Harrison y el señor Camilo Gaitán.
Gregorio, con un ademán respetuoso,
los señala y Buenaventura se acerca.
–Señorita Harrison… soy el capitán
Buenaventura y le doy la bienvenida al
Andrea.
Con gesto ceremonioso besa su mano
y le dedica una amplia sonrisa. La dama,
de profundos ojos azules y una cabellera
roja como el fuego, asiente con un
movimiento de cabeza y baja la mirada.
Su largo vestido blanco culmina en un
cuello cerrado que destaca su rostro
bellísimo. Lleva puesta una capa corta,
ya que la mañana está algo fría. El
caballero, muy serio él, lo saluda con un
apretón de manos.
Hechas las presentaciones, se
procede al embarque.
El pailebote se desliza suavemente
hacia el centro del Riachuelo. Los
pasajeros se apoyan en la borda y
observan en silencio cómo el barco se
aleja de la ciudad. Las cúpulas de las
iglesias se destacan contra un cielo
limpio de nubes y de un azul intenso.
Son los primeros días de diciembre
de 1871 y el calor del verano se insinúa.
Por su anchura, el río parece mar.
Gregorio, el piloto, guía con pericia
la nave. Con pequeños golpes de timón
sortea el tráfico intenso del río y los
bancos de arena. Buenaventura da
órdenes a los marineros para desplegar
las velas.
El capitán no ha pasado
desapercibido para la señorita Harrison.
En varias oportunidades clavó su mirada
en él. No es para menos, el español es
un hombre atractivo. Es alto, de rasgos
muy masculinos, pelo y barba negros y
unos ojos verdes que perturban. Tiene la
piel cobriza y un tono de voz grave que
llama la atención a quién lo escucha.
Viste una gorra de capitán con vivos
dorados, un gabán azul y pantalones
blancos impecables. Más que un capitán
de pailebote, parece el comandante de
una flota.
–¡Capitán!
El que habla es el caballero Gaitán.
–¿Tiene usted un catalejo? Deseo
apreciar la ciudad desde aquí.
–A sus órdenes.
Acto seguido, Buenaventura le acerca
el instrumento que el hombre agradece
con un gesto.
–Señorita Harrison…
–¿Sí, capitán?
–¿Usted es inglesa, verdad?
La muchacha sonríe con gracia.
–¿Se nota, no?
–Perdone mi atrevimiento. Hay tantos
europeos en esta ciudad…
–Verdad, Buenos Aires es muy
cosmopolita. Mi familia vino a este país
en 1861 y se dedica a la cría de ovejas
en la Provincia, pero la ciudad los atrae
tanto que venimos seguido para tomar
contacto con el mundo.
Buenaventura está fascinado con la
muchacha. No puede dejar de mirarla.
–¡Capitán!
El señor Gaitán interrumpe el
hechizo.
–Diga usted.
–¿Cuándo calcula que llegaremos al
puerto de Montevideo?
–Si el viento no cambia de dirección,
cerca del mediodía.
–Usted, capitán Buenaventura, es
español… ¿No? –pregunta Susan,
retomando la conversación.
–Sí, señorita. Soy original de
Almería. Hace poco arribé a Buenos
Aires y este es mi primer viaje.
–Felicitaciones.
–Gracias.
El capitán invita a los pasajeros al
pequeño comedor bajo cubierta. Allí los
convida con un delicioso jerez y una
bandeja con trozos de queso y unos
panecillos apetitosos.
El buen tiempo acompaña

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