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Libro Una tentación para el duque The Lost Lords of Pembrook 01 – Lorraine Heath PDF

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de Keswick, habría deseado tener el valor suficiente
para enfrentarse a la muerte con el estoicismo y coraje
que habría esperado, y exigido, de él su padre, pero
tenía tanto miedo, y su boca estaba tan seca, que ni
siquiera era capaz de imaginar un insulto contra la
persona que acudiría en su busca.
En la antigua torre, no había chimenea que
proporcionara el menor ambiente hogareño, pero,
aunque lo hubiera habido, dudaba que su tío, lord David
Easton, les hubiera concedido la gracia de un fuego. Ni
siquiera les había proporcionado una manta para
soportar el helado viento que entraba del exterior. No
tenían nada más que las ropas que llevaban puestas en
el momento de ser llevados a la torre «por su propio
bien», en cuanto los dolientes se hubieron marchado
tras el entierro de su padre aquella mañana en el
mausoleo familiar.
Supuso que su tío esperaba que se murieran solos,
evitándole así el trabajo de tener que matarlos.
Sebastian miró por la diminuta ventana. No había luna,
solo estrellas. Una buena noche para hacer
desaparecer a tres molestos muchachos.
—Tengo hambre —murmuró Rafe—. No sé por
qué no podemos comer el estofado de cordero.
—Porque podría estar envenenado —contestó
Tristan con voz pesarosa.
Todos tenían hambre y, aunque demasiado
orgullosos para admitirlo, mucho miedo.
—Pero ¿por qué nos iba a envenenar la cocinera?
Yo le gusto. Siempre me da una galleta más.
—La cocinera no, idiota —espetó Tristan—, el tío.
Los niños continuaron la discusión, aunque en voz
baja para no molestar a Sebastian, que seguía con la
mirada fija en lo que parecía la noche más oscura que
hubiera visto jamás. No había señal de ninguna
antorcha que indicara la presencia de algún guardia o
sirviente. Nadie vigilaba, tan convencido estaba su tío
de que estaban seguros allí. Hacía un buen rato que los
relojes habían señalado la medianoche. Sus hermanos
y él deberían estar durmiendo, pero Sebastian no tenía
ninguna intención de rendirse. Ya había comprobado
los barrotes. No era probable que cedieran. Solo un
gorrión cabría entre ellos. Sus opciones de huida eran
escasas. Jamás habría pensado que se alegraría de que
su madre hubiera muerto de parto, pero al menos ella
no tendría que soportar la agonía de perder a sus hijos.
Aunque, quizás, lord David la habría incluido en el lote
para evitarle el dolor.
—Es que tengo frío —la voz cargada de

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frustración de Rafe se elevó. Necesitaba hacer
comprender a sus hermanos lo mal que lo estaba
pasando, como si ellos no estuvieran sufriendo las
mismas penurias. No era culpa suya. Solo tenía diez
años y, siendo el pequeño, había sido mimado.
—Si no dejas de lloriquear, te daré un buen motivo
para llorar en serio, una nariz sangrante —lo amenazó
Tristan.
—Déjale, Tristan —ordenó Sebastian.
Apenas tenía veintidós minutos más de edad que su
gemelo, pero esos veintidós minutos se traducían en
poder, rango y responsabilidad. Le preocupaba no
haber cumplido con sus hermanos, haber defraudado a
su padre.
—Pero sus lloriqueos son irritantes.
—Debéis manteneros en silencio para que yo
pueda pensar.
En la oscuridad oyó movimiento y, de inmediato,
sintió a Tristan a su lado. No había velas ni antorchas
ni lámparas, no le hacían falta para ver claramente a
su hermano en su cabeza. Era idéntico a él. Alto para
su edad, de cabellos negros que caían constantemente
sobre los ojos azules. Unos ojos de fantasma, había
dicho la gitana. Los ojos Easton, había asegurado su
padre. Como los suyos… y los de su maldito tío.
Lord David había llevado a su padre a Pembrook,
la mansión familiar, tras el accidente. Aseguró que su
padre se había caído del caballo, a pesar de ser un
extraordinario jinete. Jamás se habría caído de la silla.
Sebastian opinaba que lo más probable era que hubiera
desmontado por algún motivo y que alguien lo hubiera
golpeado. Muy fuerte. Y estaba bastante seguro de
quién podría ser ese alguien.
—¿Y cuál es tu gran plan para sacarnos de aquí?
—preguntó Tristan con calma—. Jamás lo desvelaré,
aunque me torture en las mazmorras.
Las mazmorras contenían toda clase de aparatos
de tortura, remanentes de cuando el primer duque de
Keswick había servido a Enrique VIII, cumpliendo
algunos de sus más desagradables deseos. Al parecer,
en la familia había cierta tendencia a la sed de sangre.
Y no podía evitar pensar que su tío envidiaba las
posesiones de su padre, y eso implicaba tres muertes
más. —¿Tienes siquiera un plan? —insistió su gemelo.
—Tú y yo saltaremos sobre el primero que entre
por esa puerta. Tú por abajo, derribándole por las
rodillas. Yo atacaré por alto —él asumiría el mayor
riesgo, en caso de que esa persona fuera armada.
—¿Y después?
—Ensillamos nuestros caballos y nos largamos.
—Yo propongo quedarnos y ocuparnos de tío. Lo
matamos y todo solucionado.
—¿Eres tonto o qué, Tristan? ¿No te das cuenta?
Si estamos aquí, es porque no tenemos ningún aliado.
—Alguno debemos tener. Eres el legítimo
heredero.
—¿Pero quién? ¿En quién podemos confiar?
Nuestra mejor opción es huir, y luego separarnos.
Regresaremos cuando seamos hombres, para reclamar
lo que es nuestro.
—¿Y cómo demostraremos que somos quienes
decimos ser?
—¿A cuántos gemelos conoces que tengan nuestro
color de ojos? —además, llevaba el anillo de su padre
colgado de una cadena alrededor del cuello. Aún le
estaba grande. Pero algún día…
—No estoy… —comenzó Tristan.
—¡Silencio! —Sebastian acababa de oír un ruido
—. Alguien se acerca —incluso en la oscuridad,
encontró el hombro de su hermano para apretarlo.
La fuerza no estaría de su lado. Sus mejores armas
serían la sorpresa y la agilidad.
—No dudes, sé rápido.
Oyó a su hermano tragar nerviosamente y lo sintió
asentir.
—Rafe, tú al rincón más alejado.
—¿Por qué?
—No preguntes, hazlo, hermano —ordenó
Sebastian con brusquedad. Rafe era demasiado joven
para ser de ayuda. Además, era deber de Sebastian
protegerlo.
Rápidamente se acercó a la puerta, sintiendo a
Tristan a sus espaldas. El único mobiliario de la
estancia era una pequeña mesa y dos taburetes en el
centro. Un buen lugar para firmar una confesión,
pensó con amargura.
Contuvo la respiración y se apretó contra la pared,
sintiendo cómo se le clavaba la piedra. Oyó la llave
introducirse en la cerradura y girar. La puerta se abrió,
inundando todo de luz. Y entonces avanzó.
La chica saltó sobre él, rodeándole la cintura con
las piernas y el cuello con los brazos.
—¡Estáis vivos! —exclamó—. Tenía miedo de que
fuera demasiado tarde.
Abrazándola con fuerza, la sintió temblar. Una
antorcha en el suelo del pasillo les iluminaba con su
pálida luz. Ella debía de haberla llevado consigo,
dejándola allí para abrir la puerta.
—Calla, Mary —urgió Sebastian con ternura—,
habla en voz baja. ¿Qué haces aquí?
Lady Mary Wynne-Jones, hija del conde de
Winston, su vecino, hipó y moqueó, enterrando el
rostro en el hombro de Sebastian.
—Os estaba buscando y le oí decir que os iba a
matar.
—¿Oíste a quién?
—A vuestro tío.
—¡Maldito canalla! —rugió Tristan—. ¡Lo sabía!
—Silencio —ordenó Sebastian.
Con rapidez, pero con ternura, se soltó del abrazo
de Mary, la sujetó por los hombros y miró en las
profundidades de sus ojos verdes. Dos años menor que
él, era una criatura salvaje que, a menudo, se escapaba
de casa de su padre para ir a verlo. Sin carabina.
Fingían ser aventureros y exploraban diversas ruinas.
Su lugar preferido era la casi derruida abadía. La
semana anterior, ella lo había besado en ese lugar.
Sebastian sabía que, si su padre hubiera descubierto
que le había devuelto el beso, se habría metido en un
lío. Él no podía besar a la hija de un lord, a no ser que
tuviera intención de casarse con ella. Su padre se lo
había recordado infinidad de veces.
Pero Mary no era solo la hija de un lord. Era su
mejor amiga. Él la había enseñado a moverse con sigilo
y, en muchos aspectos, era tan habilidosa como un
chico. Era lo que le gustaba de ella, no le temía a nada.
O a casi nada, pues en esos momentos era evidente
que estaba pálida como un fantasma.
—¿A quién se lo dijo?
—No pude verlo —contestó ella—. Corrí a tu
habitación y, al no encontrarte, se me ocurrió buscar
aquí.—
¿Está tu padre contigo?
—Vine cabalgando yo sola —Mary sacudió la
cabeza—. Sabía que estarías triste por la muerte de tu
padre y quería estar contigo, como tú estuviste
conmigo cuando mi madre se fue al cielo —su madre
había muerto de fiebres cuando ella contaba diez años.
Aquella noche, Sebastian había cabalgado hasta su
casa, trepado por el árbol bajo su ventana, y se había
colado en sus aposentos, en su cama, abrazándola
mientras lloraba—. Te estaba buscando cuando le oí
hablar.
—Entonces debemos darnos prisa. Tristan, no te
separes de Rafe.
—No necesito que nadie me cuide —protestó el
pequeño.
—Cállate —espetó Tristan—. Esto no es ningún
juego. Tío quiere matarnos.
—¿Por qué?
—Porque somos lo único que se interpone entre él
y todo. Y ahora vámonos.
Sebastian agarró la mano de Mary y salió de la
estancia. Agachándose, ella recuperó la antorcha y
corrieron escaleras abajo. Sus hermanos los seguían de
cerca. Al llegar abajo, encontraron al guarda tirado en
el suelo junto a una enorme rama.
—Me acerqué por detrás y le golpeé en la cabeza
—explicó Mary.
—Bien hecho, Mary.
La niña sonrió resplandeciente y sus ojos verdes
emitieron un fugaz destello antes de que la
preocupación los nublara de nuevo. Pero no había
tiempo. Sin soltarle la mano, Sebastian corrió al
exterior. Las piernas de Mary eran lo bastante largas
para mantener su paso. Eran amigos de toda la vida y
él jamás había visto a nadie con un cabello tan rojo
como el suyo. Lo llevaba recogido en una larga trenza
que le golpeaba la espalda rítmicamente mientras
corrían hacia los establos.
Una vez allí, Sebastian y sus hermanos ensillaron
sus caballos.
—Os alcanzaré, Tristan. Primero voy a acompañar
a Mary a casa.
—No. Mientras podamos, permaneceremos juntos.
—De acuerdo entonces. Cabalguemos como el
viento.
La antorcha de Mary los guio. Habían recorrido la
mitad de la propiedad cuando Sebastian sintió una
irrefrenable urgencia de parar.
—Un momento —gritó.
Todos obedecieron. A fin de cuentas era el duque.
Sebastian desmontó y se acercó a Mary.
—¿Me das tu lazo?
Ella se lo entregó sin dudar. Así era ella. Confiaban
ciegamente el uno en el otro. Sacando del bolsillo el
pañuelo que su padre siempre decía debía llevar un
caballero, Sebastian se arrodilló.
—Sebastian ¿qué demonios haces? —preguntó
Tristan—. No tenemos tiempo para tonterías.
Pero Sebastian no podía marcharse sin llevar
consigo un poco de su hogar. Arañó el suelo y llenó el
pañuelo con un puñado de esa tierra sobre la que
habían cabalgado otros duques, varios reyes y reinas.
Tras atar el pañuelo con el lazo de Mary, lo guardó en
su bolsillo. Volvió a montar y se pusieron en marcha.
No pararon hasta llegar a los establos del conde.
Sebastian desmontó y se acercó a Mary.
—Pasad. Mi padre podrá ayudaros —insistió ella.
—Sería demasiado peligroso para ti y tu familia
—«y seguramente también para nosotros».
—Entonces voy con vosotros.
—No, adonde nosotros vamos no puedes
acompañarnos.
—¿Adónde vais?
—Si no lo sabes, no podrás decirlo —«y nadie
podrá sacártelo con torturas».
Sebastian la agarró por la cintura y la ayudó a
desmontar.
—No me dejes Sebastian —Mary se aferró a él—.
Llévame contigo.
—Ahora soy un Keswick. Y no puedo llevarte
conmigo, pero te prometo que volveré. Tal día como
hoy dentro de diez años, en las ruinas de la abadía —
agachando la cabeza, la besó suavemente en los labios
—. Gracias, Mary. Jamás olvidaré lo que has hecho
por mí y mis hermanos.
—Ten cuidado.
—Siempre —asintió Sebastian con una confianza
que desafiaba su juventud, y su miedo, pues
desconocía lo que el futuro le tendría reservado.
—Envíame un mensaje cuando estés a salvo —
suplicó ella.
Sebastian comprendió que su amiga no era
consciente de los peligros que acechaban.
—Pase lo que pase, Mary, jamás le digas a nadie lo
que oíste o hiciste. Debe permanecer en secreto. Por
nuestro bien.
—Lo prometo.
Sebastian tenía la sensación de que quedaba algo
por decir, aunque no sabía el qué. Montando de nuevo,
lanzó al caballo a galope junto a sus hermanos, dejando
a Mary atrás.
Mientras cabalgaban hacia la noche, hacia la
oscuridad y lo desconocido, Sebastian se juró que algún
día regresaría a Pembrook para reclamar lo que era
suyo. Nada importaba más.
Y fue un juramento que moldearía al hombre en el
que iba a convertirse.
Capítulo 1
Londres
Julio de 1856
Si la curiosidad mató al gato, lady Mary Wynne-
Jones estaría muerta antes del amanecer. A fin de
cuentas había sido curiosidad lo que la había llevado al
baile de lady Lucretia Easton. Sabía muy poco de esa
mujer, salvo que se había casado con lord David
Easton aquella primavera. Y eso había despertado la
curiosidad de Mary, y por eso estaba sentada en un
rincón del salón de baile junto a su prima, Alicia, y
otras dos jóvenes. Allí podrían ver y ser vistas.
—Lord y lady Wickam.
Mary apenas prestaba atención al anuncio de los
recién llegados. Estaba mucho más interesada en los
anfitriones, en descifrar sus intenciones, en comprobar
su aceptación en sociedad. No había visto a David en
años. Poco después de la desaparición de sus sobrinos,
había abandonado Pembrook, seguramente para
instalarse en cualquiera de sus otras propiedades.
Aunque también era posible que viviera
permanentemente en Londres.
Normalmente, el segundo hijo de un duque no
despertaría tanto interés, pero lord David poseía un
trágico pasado: la desgraciada muerte de su hermano
mayor. La inexplicable desaparición de sus tres
sobrinos. ¿Se escaparon? ¿Fueron raptados para pedir
un rescate y luego asesinados? ¿Les habían enviado
lejos en un barco? ¿Vendidos como esclavos? Nadie lo
sabía.
Se habían convertido en una leyenda. Los tres lores
perdidos de Pembrook.
—¿Habías asistido alguna vez a un baile tan
aburrido como este? —se quejó lady Alicia con su
habitual dramatismo, como si estuviera anunciando el
fin del mundo.
Mary sonrió a su prima. Alicia tenía los cabellos
rojizos, aunque más moldeables que los suyos, y los
mismos ojos verdes. Lógico, dado que sus madres eran
hermanas y todas las mujeres de la familia tenían los
ojos verdes.
—Lord David no es conocido por sus dotes para
las fiestas. ¿Cómo puede ser divertido un hombre con
su desgraciado pasado?
El sarcasmo en su voz arrancó una mirada de su
prima, pero apenas llamó la atención de las otras dos
damas que les acompañaban. Estaban demasiado
ocupadas buscando una presa.
—Es la primera fiesta que ofrece —explicó
distraídamente lady Hermione.
Era su segunda temporada en sociedad y estaba al
tanto de la actualidad, mientras que Mary y su prima
estaban en situación de desventaja, pues era su primer
verano en Londres.
—Es que hasta ahora no estaba casado —
murmuró lady Victoria enarcando una ceja negra—.
Mi madre me dijo que su prima le dijo que lady
Lucretia se casó con él porque espera que le
nombraran duque antes del fin de la temporada, y así
ella se convertirá en duquesa. Nadie quiere
enemistarse con un duque, de ahí la absurda cantidad
de invitados presentes aquí.
El padre de Mary le había contado a su hija que
lord David había reclamado el título ante la Corte
Suprema, ya que sus sobrinos seguían sin aparecer.
Había pasado poco más de un año desde que el
pequeño de los tres había alcanzado la mayoría de
edad. Dado que ninguno había aparecido para
reclamar el título, era evidente que estaban muertos.
La lógica del argumento era indiscutible, por mucho
que a Mary le doliera tener que aceptarlo. Durante
todos los años transcurridos, no había recibido ni una
sola noticia de ninguno de ellos. Aunque, de haberlo
hecho, era más que probable que su padre se la
hubiera ocultado.
Porque Mary había roto la promesa hecha a
Sebastian. Aquella noche le había contado a su padre
lo sucedido y cómo había ayudado a escapar a los
muchachos. Había esperado que el hombre se hiciera
cargo de todo, enfrentándose a su vecino. Pero había
descubierto que su padre temía hasta a su propia
sombra. Y la había encerrado en un convento donde
podría meditar sobre el mal cometido.
Su padre ni siquiera consideraba la posibilidad de
que alguien intentara conseguir un título por medios
ilícitos.
—Eso sencillamente no se hace —había declarado.
Cuando al fin se le permitió regresar a Willow Hall
aquella primavera, Mary había acudido a las ruinas de
la vieja abadía. Sabía por qué Sebastian había elegido
aquel lugar para reunirse con ella. Era un lugar mágico,
especial. Allí lo había besado, preocupada por ser
descubierta por su padre y desterrada por su
descarado comportamiento. A pesar de que solo tenía
doce años, sabía que jamás olvidaría la sensación de
los labios de Sebastian contra los suyos, lo dulce y
aterrador que había sido.
—Es muy triste que los sobrinos fueran devorados
por los lobos —observó lady Alicia.
El hallazgo de sus restos parciales entre las ruinas
de la abadía era uno de los rumores que circulaban. La
historia de sus horribles muertes había sembrado
relatos que pretendían mantener a los jóvenes alejados
de aventuras nocturnas. Otra versión aseguraba que
habían fallecido de fiebres. Sin embargo, los cuerpos
nunca habían sido encontrados. De vez en cuando
alguien aseguraba haberlos visto en Londres, en la
costa, en un bosque, pero sin pruebas. Su verdadero
destino seguía siendo un misterio.
Mary, sin embargo, estaba segura de que habían
muerto. De lo contrario, habrían regresado tal y como
habían prometido. Sebastian habría ido en su busca.
Nada le impediría cumplir su promesa, salvo la muerte.
Ya había perdido la cuenta de las noches que había
llorado por su muerte, y luego despertado a la mañana
siguiente convencida de que seguían vivos. Había
infinidad de motivos para explicar que no hubieran
aparecido aún. Pero cada año que transcurría, le
parecía menos probable que regresaran, que hubieran
sobrevivido.
Por el rabillo del ojo vio a lord David alejándose por
un pasillo. Vestido con elegantes ropajes, ese sapo
resultaba hasta apuesto, y eso le enfurecía. Lo justo
sería que fuera un hombre feo, gordo, hasta jorobado,
como Ricardo III, que con el fin de reinar había
encerrado a sus sobrinos en la torre de Londres.
Había requerido de toda su fuerza de voluntad para
no cantarle las cuarenta cuando, hacía un rato, él le
había sonreído al pasar. Su mirada encerraba una
astucia que solo ella parecía percibir. Todos los demás
se derretían, enamorados de sus encantos. Al menos
había tenido el sentido común de no tomar su mano
enguantada para besarla, tal y como había hecho con
su tía. De haberlo hecho, Mary no habría podido
controlar su pie que habría aterrizado en la pierna de
su anfitrión.
—Lord y lady Westcliffe.
Mary se preguntó si Alicia y ella no deberían
marcharse. Ya no estaba segura de sus propósitos al
acudir al baile. Hasta ese momento, lo único que había
conseguido era que se le cortara la digestión cuando
pensaba en cómo lord David había conseguido esa
residencia y que pronto, si su petición era concedida,
conseguiría mucho más. Lo conseguiría todo.
No podía permitir que sucediera. Escribiría una
carta a la Corte y explicaría lo ocurrido años atrás, la
conversación que había oído, lo sucedido aquella noche
cuando los muchachos desaparecieron. ¿La creerían o
lo tomarían por otro fantasioso relato a añadir a los que
ya rodeaban el misterio de los lores de Pembrook?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por dos
caballeros que invitaron a bailar a lady Hermione y
lady Victoria.
—No me puedo creer que a finales de mes estarás
casada —cuando las dos parejas se hubieron alejado,
Alicia se volvió hacia su prima.
Mary tampoco se lo podía creer. Durante su
primera fiesta había llamado la atención del vizconde
Fitzwilliam. Le había seguido un intenso cortejo, con
abundancia de flores, paseos por el parque y largas
tardes en el salón. Ambos compartían los mismos
intereses musicales, artísticos y literarios. Las
conversaciones siempre resultaban agradables, aunque
en ocasiones ella echaba en falta un poco más de
fuego.
—Me siento un poco culpable. Se suponía que era
tu temporada, no la mía —le recordó Mary a su prima.
Su padre le había negado su presentación en
sociedad, obligándola a languidecer en el convento. Y
aquello solo acabó cuando su tía, la madre de Alicia,
había decidido tomar cartas en el asunto, e insistido en
que la liberaran de su suplicio para que pudiera
compartir la temporada con Alicia. Era la primera vez
que Mary tenía la oportunidad de disfrutar del glamour
de Londres, y se había enamorado del ambiente.
—El señor Charles Godwin –se oyó anunciar.
—Aún no ha terminado. Todavía puedo encontrar
al amor de mi vida —contestó Alicia, en un tono que
indicaba que no había perdido la esperanza.
Mary sintió una nueva punzada de culpabilidad,
pues no podría asegurar que Fitzwilliam fuera su amor
verdadero. Cierto que sentía cariño por él. Sus
modales y sus maneras de vestir eran impecables.
Sospechaba que, de estar vivo Sebastian, se habría
parecido bastante a él: respetuoso, encantador,
ingenioso. También le gustaban sus padres, el marqués
y la marquesa de Glenchester. Y ellos parecían
estimarla, incluso eran de la convicción de que el
tiempo que había pasado en el convento le había
enseñado misericordia y gracia, aunque lo cierto era
que lo único que había aprendido era a jamás volver a
confiarle un secreto a su padre.
—Cualquier caballero se consideraría afortunado
por tenerte —le aseguró a Alicia.
—Eres demasiado generosa. Y hablando de
hombres afortunados, ahí está el tuyo.
Volviéndose en la dirección que indicaba la mirada
de su prima, Mary vio acercarse a su prometido. El
vizconde Fitzwilliam tenía algunos años más que ella, lo
que le confería un aspecto de madurez y sofisticación
del que carecían no pocos lores más jóvenes. Alto y
delgado, de piel clara y sonrisa fácil, le ofreció una
amplia sonrisa. Su padre estaba encantado con la
unión, a pesar de que la propiedad que heredaría
Fitzwilliam estaba en Cornualles, lejos de su hogar en
Yorkshire.

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—Lord y lady Raybourne.
Lord Fitzwilliam se detuvo frente a ella,
contemplándola con gesto complacido.
—Está usted encantadora, lady Mary.
—Gracias, milord —susurró ella al recién llegado
que había capturado todas las miradas del salón de
baile.—
Y usted también, lady Alicia.
—Es usted amable en exceso, milord.
—En absoluto. Me limito a constatar lo evidente —
Fitzwilliam devolvió toda la atención a su prometida—.
¿Me ha reservado el baile de rigor?
El séptimo. Era un hombre receloso y Mary se
sintió aún más encariñada con él. Era el número de la
suerte de su prometido. Había bailado con ella el
séptimo baile en cada ocasión desde que, según sus
propias palabras, ella lo había hechizado con su belleza.
—En efecto.
—Espléndido. ¿Nos disculpa, lady Alicia?
—Por supuesto, milord.
A Mary no le gustaba la idea de dejar a su prima
sola y no entendía por qué los caballeros presentes no
se arremolinaban a su alrededor. Fitzwilliam apoyó una
mano en la espalda de su prometida y la condujo hacia
la zona de baile.
—¿Querrás bailar el siguiente con ella?
—¿Con quién?
—Con lady Alicia, mi prima.
—Si eso te complace.
—Enormemente.
—¿Y no te hará sentir algo celosa? —preguntó él
con cierto tono de broma.
—Lo hará, pero sobre todo me hará feliz. No
entiendo por qué los caballeros no se sienten atraídos
por ella.
—Porque a tu lado, palidece.
Un cálido rubor ascendió a las mejillas de Mary. Se
sentía un poco egoísta al soñar con que esos elogios
que su prometido le regalaba continuaran tras la boda.
Las notas de un vals empezaron a sonar y él la tomó
en sus brazos. La sujetaba con ternura, sin ninguna
promesa de pasión o aventura, pero eso pertenecía a
su infancia. Muchos pensaban que quedaría para vestir
santos, pero allí estaba con un admirador con el que
jamás habría soñado tras años de aislamiento en el
convento.
Poco le había ayudado el temor de que lord David
fuera tras ella, tal y como había hecho con sus
sobrinos. Conocía sus secretos, sus pecados, y era
consciente de ser bastante impulsiva, de actuar en
ocasiones sin reflexionar. Sin embargo

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