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Libro Una tierra de fuego El anillo del hechicero 12 – Morgan Rice

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PDF Descargar Sentía como si su corazón se partiera en dos mientras veía a Guwayne flotando más y más lejos, hacia el horizonte, desapareciendo entre la neblina. La corriente se lo
llevaba hacia Dios hacia sabe dónde, alejándolo más de ella a cada segundo.
Las lágrimas caían por las mejillas de Gwendolyn mientras observaba, incapaz de irse de allí, insensible al mundo. Perdió toda noción del tiempo y el espacio, ya
no podía sentir su cuerpo. Una parte de ella moría mientras veía cómo una corriente se llevaba a la persona que más quería en el mundo. Era como si, con él, el mar se
tragara una parte de ella.
Gwen se odiaba a ella misma por lo que había hecho; pero a la vez, sabía que era la única cosa en el mundo que podía salvar a su hijo. Gwen oía el rugido y los
truenos en el horizonte detrás de ella y sabía que pronto la isla entera sería consumida por las llamas, y que nada en el mundo podría salvarlos. Ni Argon, que yacía
inmóvil en un estado indefenso; ni Thorgrin, que estaba en otro mundo en la Tierra de los Druidas; ni Alistair ni Erec, que estaban en otro mundo, en las Islas del Sur, ni
Kendrick ni losl Plateados ni ninguno de los otros hombres valientes que habían en aquel sitio, ninguno de ellos con los medios para combatir al dragón. Lo que
necesitaban era magia y esto era lo que se les había agotado.
Habían tenido suerte de escapar del Anillo y , ahora, ella sabía que el destino los había alcanzado. Ya no podían correr, ni esconderse. Era el momento de
enfrentarse a la muerte que los había estado persiguiendo.
Gwendolyn se dio la vuelta hacia el horizonte que estaba delante de ella e, incluso desde allí, podía ver la masa negra de dragones que se dirigía hacia ella. Tenía
poco tiempo; no quería morir sola en aquellas orillas, sino con su gente, protegiéndolos de la mejor manera que sabía.
Gwen se giró para ver el océano por última vez, con la esperanza de ver por última vez a Guwayne. Guwayne estaba lejos de ella ahora, en algún lugar del
horizonte, viajando ya hacia un mundo que ella nunca conocería.
Por favor, Señor, rezaba Gwen. Quédate con él. Toma mi vida en lugar de la suya. Haré cualquier cosa. Cuida de Guwayne. Dejáme que vuelva a cogerlo en mis
brazos. Te lo suplico. Por favor.
Gwendolin abrió los ojos, esperando ver alguna señal, quizás un arco iris en el cielo, cualquier cosa.
Pero el horizonte estaba vacío. No había nada aparte de nubes negras ceñudas, como si el universo estuviera furioso con ella por lo que había hecho.
Sollozando, Gwen dio la espalda al océano, a lo que quedaba de su vida y empezó a andar más rápido, acercándose más con cada paso a la última resistencia con
su pueblo.
*
Gwen se encontraba de pie en los parapetos superiores del fuerte de Tirus, rodeada por docenas de personas de su pueblo, entre ellos sus hermanos Kendrick y

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Reece y Godfrey, sus primos Matus y Stara, Steffen, Aberthol, Srog, Brandt, Atme y toda la Legión. Todos ellos miraban hacia el cielo, silencioso y sombrío,
sabedores de lo que les esperaba.
Mientras escuchaban los rugidos distantes que hacían temblar la tierra, estaban allí de pie, impotentes, observando como Ralibar libraba la batalla por ellos, un solo
dragón luchando lo mejor que sabía, manteniendo a raya la multitud de dragones enemigos. El corazón de Gwen se reanimaba mientras observaba a Ralibar luchar, tan
valinete, tan osado, uno contra docenas de dragones y, aún así, sin miedo. Ralibar escupía fuego a los dragones, levantaba sus enormes garras, los arañaba, los agarraba y
les incaba los dientes en la garganta. No sólo era más fuerte que los demás, sino también más rápido. Merecía la pena verlo.
Mientras miraba, el corazón de Gwen de llenaba con la última gota de esperanza; una parte de ella se atrevía a creer que quizás Ralibar los podía vencer. Vio como
Ralibar se sumergía en el agua mientras tres dragones le escupían fuego en la cara, fallando el tiro por poco. Ralibar entonces se abalanzó y clavó sus garras en el pecho
de uno de los dragones y aprovechó este impulso para sumergirlo en el agua.
Varios dragones escupían fuego en la espalda de Ralibar mientras éste se sumergía en el agua y Gwen observaba horrorizada como Ralibar y el otro dragón se
convertían en una bola en llamas, cayendo hacia el mar. El dragón resistía, pero Ralibar usaba todo su peso para dirigirlo hacia las olas y pronto ambos se hundieron en
el mar.
Se produjo un gran ruido siseante, junto con nubes de vapor mientras el agua apagaba el fuego. Gwen observaba expectante, con la esperanza de que estuviera bien
y, unos segundos más tarde, Ralibar salió a la superficie, solo. El otro dragón también salió, pero estaba fluctuando, flotando en las olas, muerto.
Sin vacilar, Ralibar salió disparado hacia las docenas de otros dragones que descendían hacia él. Mientras bajaban con sus mandíbulas abiertas, apuntando hacia él,
Ralibar se dispuso a atacar: extendió sus grandes garras, echó su cuerpo atrás, abrió sus alas y agarró a dos de ellos. A continuación, dio vueltas y los dirigió hacia el
mar.
Ralibar los tenía cogidos bajo sí, sin embargo, a la vez, una docena de dragones se precipitaron contra la espalda descubierta de Ralibar. Todo el grupo se desplomó
dentro del mar, arrastrando a Ralibar con ellos. Ralibar, aún luchando con valentía, estaba en clara desventaja numérica y se hundió en el mar, golpeando, agarrado por
docenas de dragones, chirriando enfurecido.
Gwen tragó saliva, su corazón se partía mientras veía a Ralibar luchando por todos ellos, allí solo; no había otra cosa que deseara más que ayudarlo. Peinó la
superficie del mar esperando, anhelando alguna señal de Ralibar, deseando que saliera a la superficie.
Pero, para su horror, nunca lo hizo.
Los otros dragones salieron a la superficie y marcharon volando en grupo, con la vista puesta en las Islas Superiores. Mientras soltaban un rugido y desplegaban
sus alas, parecían mirar directamente hacia Gwendolyn.
Gwen sintió como el corazón se le partía. Su querido amigo Ralibar, su última esperanza, su última línea de defensa, estaba muerto.
Gwen se volvió hacia sus hombres, que estaban de pie mirando conmocionados. Sabían lo que venía a continuación: una imparable ola de destrucción.
Gwen se sentía pesada; abría la boca y las palabras se quedaban atrapadas en su garganta.
«¡Tocad las campanas!», dijo al fin con voz ronca. «Ordenad a nuestra gente que se refugien. Todo el que esté sobre tierra tiene que bajar, ahora. A las cuevas, a las
bodegas, a cualquier sitio menos aquí. ¡Ordenádselo, ahora!»
«¡Tocad las campanas!» dijo Steffen a gritos, corriendo hacia el borde del fuerte, gritando hacia el patio. Pronto repicaron las campanas por toda la plaza.
Centenares de personas de su pueblo, supervivientes del Anillo, huían ahora, corriendo a refugiarse, en dirección a las cuevas a las afueras del pueblo o apresurándose

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hacia las bodegas y refugios bajo tierra, preparándose para la inevitable ola de fuego que estaba por venir.
«Mi Reina», dijo Srog girándose hacia ella, «quizás podríamos refugiarnos todos en este fuerte. Después de todo, está hecho de piedra».
Gwen negó con la cabeza, sabiendo de lo que hablaba.
«No entiendes la furia de estos dragones», dijo ella. «Nada sobre que esté sobre tierra será seguro. Nada».
«Pero mi señora, quizás estaremos más seguros en este fuerte», instó él. Ha resistido el paso del tiempo. Estas paredes tienen treinta centímetros de grosor. ¿No
sería mejor estar aquí que bajo tierra?”
Gwen negó con la cabeza. Entonces se oyó un rugido y, al mirar hacia el horizonte, vio como se acercaban los dragones. Su corazón se le rompió al ver, en la
distancia, como los dragones escupían una pared de llamas hacia su flota, que yacía en el puerto del sur. Ella observaba como sus amados barcos, la cuerda salvavidas de
esta isla, los hermosos barcos que habían tardado décadas en construir, eran reducidos a astillas. Se sintió afortunada de haber previsto esto y haber escondido unos
cuantos barcos al otro lado de la isla. Si sobrevivían para usarlos alguna vez.
«No hay tiempo para debatir, todos nosotros marcharemos de este lugar inmediatamente. Seguidme».
Siguieron a Gwen mientras ésta corría por el tejado y bajaba por las escaleras de espiral, llevándolos lo más rápido que podía; mientras corría, Gwen

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instintivamente hizo el gesto de sujetar a Guwayne, entonces su corazón se rompió una vez más cuando se dio cuenta de que no estaba. Sentía que le faltaba una parte
de ella mientras bajaba corriendo las escaleras, oyendo todas las pisadas detrás de ella, bajando los peldaños de dos en dos, todos ellos apresurándose para estar seguros.
Gwen oía como los rugidos de los dragones se acercaban, haciendo temblar ya aquel sitio y ella sólo rezaba para que Guwayne estuviera seguro.
Gwen salió del castillo y cruzó corriendo el patio con los demás, todos ellos corriendo hacia la entrada de las mazmorras, en las que ya hacía tiempo que no había
ningún prisionero. Algunos de sus soldados se esperaban en las puertas de acero, que daban paso a los escalones que llevaban bajo tierra y, antes de entrar, Gwen se
paró y se giró hacia su pueblo.
Ella vio a varias personas todavía corriendo por el patio, gritando de miedo, aturdidos, sin saber a dónde ir.
«¡Venid aquí!», gritó. «¡Venid bajo tierra! ¡Todos vosotros!»
Gwen se hizo a un lado para asegurarse que todos estaban seguros primero y, uno a uno, su gente pasaba corriendo por delante de ella, bajando por las escaleras de
piedra hacia la oscuridad.
Las últimas personas que se pararon y quedaron con ella fueron sus hermanos, Kendrick y Reece y Godfrey, junto con Steffen. Los cinco se volvieron y
examinaron el cielo juntos, mientras otro rugido demoledor se aproximaba.
La manada de dragones estaba tan cerca ahora que Gwen podía verlos, apenas a varios cientos de metros, con sus grandes alas más grandes que lo que jamás había
visto, sus caras llenas de furia. Sus grandes mandíbulas estaban totalmente abiertas, como si estuvieran esperando a destrozarlos y cada uno de sus dientes era tan
grande como Gwendolyn.
O sea que, pensó Gwendolyn, esta es la apariencia de la muerte.
Gwen echó una última mirada a su alrededor y vio centenares de sus gentes en sus nuevas casas sobre tierra, negándose a bajar.
«¡Les dije que se pusieran bajo tierra!», gritó Gwen.
«Algunos de los nuestros escucharon», observó Kendrick entristecido, moviendo la cabeza, «pero muchos otros no».
Gwen sintió como se hacía pedazos por dentro. Sabía lo que les pasaría a los que se quedaban sobre tierra. ¿Por qué su gente tenía que ser siempre tan terca?
Y entonces sucedió, el primer fuego de los dragones vino rodando hacia ellos, suficientemente lejos para no quemarlos, pero tan cerca que Gwen podía sentir como
el calor abrasaba su cara. Observaba horrorizada como los gritos se alzaban, provenientes de su gente del otro lado del patio que habían decidido esperar sobre tierra,
dentro de sus moradas o dentro del fuerte de Tirus. El fuerte de piedra, tan indómito sólo unos momentos antes, estaba ahora ardiendo, saliendo las llamas disparadas de
los lados, por delante y por detrás, como si se tratara de una casa de fuego, su piedra chamuscada y quemada en tan sólo un momento. Gwen tragó saliva con dificultad,
sabiendo que si hubieran intentado esperar allí fuera en el fuerte estarían todos muertos.
Otros no habían tenido tanta suerte: gritaban, en llamas, y corrían por las calles para acabar desplomándose en el suelo. El terrible olor a carne quemada cortaba el
aire.
«Mi señora», dijo Steffen, «debemos bajar. ¡Ahora!»
Gwen no podía soportar marcharse de allí, pero sabía que él tenía razón. Se dejó guiar por los demás, arrastrarse a través de las puertas, por las escaleras, hacia la
oscuridad, mientras una ola de llamas venía rodando hacia ella. Las puertas de acero se cerraron de golpe
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