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Unas locas, mágicas y catastróficas Navidades – Sonia Fraez

Unas locas, mágicas y catastróficas Navidades – Sonia Fraez

Unas locas, mágicas y catastróficas Navidades – Sonia Fraez

Descargar libro En PDF Pero Linda ansiaba algo más.
Salvaba algunas vidas, perdía otras.
Ayudaba a la gente y su trabajo era algo
que la apasionaba, pero ¿qué tenía a
parte de un empleo maravilloso? Unos
amigos de fábula que siempre la
apoyarían, pero que no estaban ahí con
ella cuando llegaba la noche y volvía a
casa.
Con ganas de llorar, encendió el
ordenador y la radio, pasando canales
distraída mientras la pantalla comenzaba
a mostrar las imágenes de carga.
De repente, escuchó a su amigo
Malcolm. Y sonrió.
A veces ocurría. Se sentía vacía,
deprimida… pero eso eran tonterías.
Tenía un piso precioso en el centro,
unos amigos maravillosos, un trabajo
que no sólo la llenaba sino con el que
ayudaba a la gente y un gato un tanto
peculiar al que quería con locura.
Escuchando a su amigo, repasó un
rato las fichas de sus pacientes, pero
estaba tan cansada que no pudo
continuar. Volvió a apagar la máquina y
se cambió a su atuendo habitual.
Estaba cansada. Últimamente no
paraba en el hospital. Había tenido que
volver a cancelar la cita con sus amigos
de toda la vida. Una más y la
secuestrarían para sacarla de casa o del
centro.
Cerró, ya cambiada a sus ropas de
diario, la puerta de su despacho y salió.
Saludando aquí y allí a compañeros de
trabajo, llegó hasta su coche y enfiló
hacia casa.
Puso la emisora de Malcom, pero
estaba sonando una canción. Se animó y
empezó a cantarla cuando la reconoció.
―Why you gotta be so rude? Don’t
you know I’m human, too? Why you
gotta be so rude? I’m gonna marry her
anyway. Marry that girl, no matter
what you say. Marry that…
Las palabras murieron en su boca
cuando divisó una caravana morada en
medio de una acera. Era encantadora,
estaba llena de luces y colores y
quedaba totalmente fuera de lugar en
medio de una calle a la que ni si quiera
habían llegado aún los adornos
navideños.
Como hipnotizada, aparcó el coche y
se dirigió hacia el vehículo. Incluso
mientras escuchaba la campanita que se
meneó al abrir la puerta, no se lo creía.
¿Qué hacía ella ahí? Si no soportaba
esas cosas… ¡Por Dios, era cirujana!
Sabía perfectamente que prácticamente
todo tenía una explicación científica. Y
mantenía firmemente que, lo que no, era
porque aún no se disponía de los medios
necesarios para su estudio.
―Buenas noches ―saludó una
anciana, encorvada en una sillita, con
expresión afable en su cara arrugada.
―Buenas noches ―respondió
Linda.
Se sentó en la otra silla disponible,
siguiendo las indicaciones de la
pequeña mujer, y se quedó quieta,
mirando a su alrededor.
Era la típica caravana gitana, con
sus pañuelos, sus bordados, sus colores,
sus figuras de estrellas, lunas y líneas
incomprensibles y sus extraños símbolos
por todas partes.
―¿Le gusta mi casa?
―Es lo que me imaginaría de una
adivina ―respondió Linda, sin contestar

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ni «sí» ni «no».
La anciana rió.
―¿Quieres que te lea la mano? ¿Las
cartas? Siento no tener bola de cristal
―bromeó.
―La verdad es que… no sé muy
bien qué hago aquí. Simplemente, entré.
La anciana miró fijamente a la
doctora Ferrer durante tanto tiempo que
la mujer más joven comenzó a ponerse
nerviosa. Sus nervios no se calmaron
cuando la gitana habló.
―Hay veces que ocurren cosas que
no podemos explicar ―La anciana sacó
una baraja de cartas parecidas a las que
Linda había visto por la televisión
alguna vez mientras hacía zapping.
―Elija.
Linda eligió un montón, sabiendo
que la señora iba a clavarla, pero bien,
por soltar una serie de chorradas. Aún
no se explicaba qué hacía ahí.
La gitana de pelo blanco comenzó a
mover las manos y las cartas,
pareciendo profundamente concentrada.
―Ha muerto alguien cercano a
usted.
―No ―respondió Linda sin asomo
de duda.
La anciana se congeló y la miró con
ojos penetrantes.
―No era una pregunta.
―Pero es que no ha muerto nadie
cercano a mí. Sólo tengo a mi madre y le
aseguro que está muy viva.
―Ha muerto alguien muy cercano a
usted. Un hombre. Un hombre no muy
mayor. Tiene un fuerte vínculo de sangre
con usted. Su padre. Tal vez su tío.
―Mi padre nos abandonó cuando yo
era muy pequeña. No he vuelto a saber
de él.
La conversación comenzaba a
incordiarla.
―Su vida no ha sido fácil. Pese a lo
que ha dicho, veo una familia numerosa.
¿Amigos cercanos, tal vez?
Linda asintió.
―El destino a veces nos pone a
prueba. Todos vosotros habéis tenido
dificultades. Especialmente tú, Linda.
―¿C-cómo sabe mi nombre?
―comenzó a asustarse.
―No sólo leo las cartas, niña. Su
padre está profundamente arrepentido y
el destino se volverá favorable hacia
usted. Salvas vidas, eres buena,
generosa y el destino no lo ha sido
contigo. Ahora lo va a ser. ¿No tienes
ningún deseo? ¿Algo que anheles en lo
más profundo de tu interior?
―Mire, dígame cuánto es. Yo me
voy ya.
―La verdad no huirá como tú lo
haces, pero tómatelo como un juego.
¿Qué pedirías a una estrella fugaz?
―Que mis amigos encontraran la
felicidad con aquella persona que los
complete. Es lo que llevo años
pidiéndoles a ellos, pero no lo tienen
fácil, ¿sabe? ―soltó, mosqueada.
Pensó en Noel, que era gigoló, y las
mujeres que conocía. ¿Cómo narices iba
a sentar cabeza con alguna de ellas?
Pero la anciana no tenía por qué saberlo.
Estaba comenzando a pensar que se
trataba de una broma.
―¿Cuánto es? ―quiso saber Linda,
con el abrigo ya puesto y la cartera en la
mano.
―Tu padre te ayudará a ser feliz,
niña. Y no voy a cobrarte. No me
interesan los bienes terrenales
―informó con una sonrisa misteriosa.
―De hecho, ¿de verdad creerás que has
estado aquí alguna vez?
Un bocinazo la hizo abrir los ojos.
Estaba en el coche. Tenía la marca del
volante en la frente. Una fila de
vehículos tras ella estaba pitando, el que
estaba junto al suyo pasó a su lado y le
gritó que el semáforo estaba en verde.
¿Qué narices había pasado?
Marcó un número y esperó mientras
avanzaba por la carretera.
―¿Sí?
―¿Jarel? ¿Estás ocupado?
―No, cielo. Dime. ¿Por fin tienes
tiempo para quedar?
―Olvídate, estoy cansadísima. Y
esta noche ha sido de locos. Además,
como quede contigo sin avisar, me
matan. Sobre todo Sury. Te llamaba
porque he tenido una noche como para
ingresarme en el manicomio. Creo que
me estoy volviendo majara. En serio.
―Espera, espera, Linda. Cuéntame.
¿Qué ha pasado?
―Fui a ver a una adivina y luego
estaba en el coche.
―¿Y qué te dijo para que te
alteraras tanto? ¡Si no crees en esas
cosas!
―Dijo que mi padre ha muerto. Que
se me cumplirá un deseo. Pero no lo
entiendes. Fui a la tienda, con la
adivina, pero luego estaba en mi coche.
Así, sin más. Como si no hubiese ido.
¡Creo que me he quedado dormida en el
coche! Pero era tan real…
―Quizás ha sido sólo eso. Un
sueño. No te rayes. Espera, ¿estás en el
coche?
―Sí.
―¡Y hablando por teléfono! Para
darte de leches, bonita. Un beso. No
llames a nadie más.
Y colgó.
―¡¡Muy bonito!! A mi hermano sí lo
llamas pero a mí no, ¿eh?
―Hola, Sury ―gimió Linda, recién
despertada por cortesía del estruendo
que había hecho su móvil.
―Estás muy estresada. Te he
mandado un regalito anticipado de
Navidad. Abre tu correo.
―Ahora lo abriré…
―¡Ahora!
―¡Voy, voy! Será pesada la tía
―bromeó Linda.
En su buzón de entrada del correo
electrónico había un e-mail de
surywyatt@gmail.com con dos vales
listos para imprimir por valor de una
sesión de masaje cada uno.
―Sury…
―Dúchate, vístete y sal. Está
cerquísima de tu casa. Quiero que vayas
ya. ¡Venga!
―¡Voy! Me estás recordando a
cierta obsesionada con la puntualidad
que yo me sé…
Sury finalizó la llamada y Linda hizo
todo lo mandado, miró la dirección del
sitio y salió como alma que lleva el
diablo de su casa.
Capítulo 2
Pese a que estaba en el centro, el
lugar contaba con un amplio espacio en
el que esperar a que te atendiesen.
Mucho cristal transparente, algunas
flores, cuadros de paisajes que invitaban
a la relajación y colores suaves y
armoniosos dominaban la estancia.
¿Cuándo había sido la última vez que
había estado tan libre de estrés?
―Buenos días, ¿señor Furlan?
―Buenos días. Sí. Tenía cita con el
fisioterapeuta, ¿el doctor Faouaz?
―Sí. Pase y siéntese, por favor.
Enseguida le atenderá.
―Gracias.
Linda observó al magnífico hombre
que se sentó a su izquierda por encima
de la revista que estaba ojeando.
No era el tipo de hombre en el que
normalmente se fijaría. No era ni
moreno ni rubio, sino más bien algo
intermedio; tampoco parecía tener
mucho músculo debajo del traje, que sí
que le sentaba de maravilla. La ligera
barba que salpicaba su mandíbula le
confería un aspecto muy sexy, pese a que
la cirujana siempre las había
considerado molestas.
En cambio, sus profundos ojos
azules, que iban desde la tonalidad del
más profundo y oscuro océano hasta el
más claro azul de un cielo de verano,
atrajeron su mirada como nunca nadie
antes lo había hecho.
No, no era el tipo de hombre en el
que normalmente se fijaría, pero se
había fijado en él. Y estaba disfrutando
con las vistas.
Una melodía interrumpió el
agradable sonido que inundaba la sala
de espera. Linda se mosqueó. ¿No sabía
que había que apagar los teléfonos
móviles cuando se estaba en una
clínica? Esto no era un hospital, cierto,
pero ¡se suponía que se venía a
relajarse, no a hablar por teléfono y
molestar a los demás!
―Sí, mamá. Ya estoy en el
masajista. La verdad es que ya no me
duele tanto. Mamá, puedo ir a trabajar
perfectamente. No. No, mamá.
¡Mamá…! ¡Claro que tengo cuidado
cuando conduzco!
«Genial» pensó Linda. Un nene de
mamá que se iba a poner a discutir en
medio de la salita. ¡Pues no! ¡Ella no
pensaba quedarse calladita! ¿Qué se
creía ese tío?
―Fue la loca ésa, la que se paró en
medio de la carretera como si nada. ¡Se
quedó dormida sobre el volante! El
pobre hombre que tenía delante no tuvo
más remedio que dar un frenazo. Todo el
mundo comenzó a pitar. Si es que… hoy
en día le dan el carné a cualquiera…
Linda subió la revista hasta que
cubrió su rostro y dejó de mirar a los
espectaculares ojos azules de su vecino
de la sala de espera, hundiéndose cada
vez más en el sillón. Esperaba que no la
reconociera, porque iba a morirse de
vergüenza. ¿En serio estaba hablando de
ella?
―Sí, no te preocupes. El coche me
lo darán en breves y he ido hace nada a
por el de repuesto. A la que habría que
colgar es a la loca ésa…
―¿Linda Ferrer?
Linda se levantó, temiendo que él la
reconociera, pero el hombre continuó
con su cháchara a través del móvil y ella
apretó el paso para seguir a la señorita
que la había llamado.
Sólo suspiró aliviada cuando entró
en la cabina de masajes ataviada
únicamente con una toalla y el traje con
el que nació.
Hasta que las mágicas y enormes
manos del masajista no obraron sobre
ella, no obstante, no se relajó del todo.
¡Y vaya si se relajó!
Fue un deleite para sus cinco
sentidos. La pequeña estancia olía a las
mil maravillas; le habían dado unos
bombones de chocolate,
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