---------------

Libro PDF La venganza equivocada – Kristel Ralston

La venganza equivocada – Kristel Ralston

Descargar La venganza equivocada – Kristel Ralston

Rachel echaba en falta Chicago, sus
grandes tiendas, bibliotecas, restaurantes,
a su amiga Delaney, pero sobre todo
deseaba verse libre de los cotilleos típicos
de un sitio con poca población. A ella no
le interesaba saber lo que otros hacían
con su vida en Ogunquit. Había puesto
todas sus expectativas profesionales para
cuando regresara a Chicago.
Quería una vida anónima en una
ciudad en la que solo pudiese sobresalir
su talento profesional. Anhelaba
conquistar los mercados financieros. Y
había aplicado, varias semanas atrás, en la
Universidad de Chicago para estudiar
negocios. Cada día sin respuesta era una
agonía. Intentaba mantenerse optimista,
pero prefería no hacerse demasiadas
ilusiones por si el resultado no era el
esperado. La vida le había arrebatado
tanto que Rachel prefería ser pragmática.
Y ese pragmatismo era el que le impedía
volverse loca esperando la contestación
desde Chicago.
El viento nocturno le revolvió el
cabello. Se acomodó la coleta y respiró
profundamente. El aire del mar era
revitalizante.
No podía quejarse de la naturaleza
que la rodeaba, porque le gustaba
muchísimo. Y lo más probable es que
fuera, además de su tía Ariel, lo que más
echaría en falta si lograba regresar pronto
a Chicago.
—¿No será algo riesgoso? —preguntó
ella en el momento en que sus amigos
empezaron a adentrarse en una zona en
donde había pocas casas. Rachel miraba a
un lado y a otro procurando no tropezar.
Ya llevaban caminando un buen tramo.
—Claro que no, Rachel. Haremos la
fogata allá —dijo Roger Moorehouse
apuntando con el índice hacia una suerte
de claro. El muchacho era un pecoso de
pocas pulgas—. Antes tenemos que pasar
por la zona en donde están esas cinco
casas más alejadas.
—Eso sería invadir propiedad privada
—replicó Rachel cruzándose de brazos.
Lynda, la chica más popular del grupo,
la miró frunciendo el ceño.
—La playa es pública.
—Sí, pero la marea ha subido un poco
y para no correr riesgos tendremos que
cruzar algunos jardines, que no son
públicos.
—Eso no es problema —repuso
Mitch. Su padre era el dueño del único
supermercado de la zona, así como de un
casino cinco estrellas muy visitado por
quienes querían apostar grandes
cantidades en un sitio discreto y seguro.
—Basta de hablar, chicos, sigamos
avanzando —intervino Tamera, una
morena que disfrutaba siendo porrista del
equipo de fútbol americano de la
localidad. Tomó a Rachel del brazo para
impulsarla a continuar caminando—.
Todo irá bien. Haremos malvaviscos y
luego volveremos a casa y ya está.
—Solo espero que no nos metamos en
líos —susurró Rachel siguiendo los pasos
que iba marcando Roger para todos.
Caminaron varios minutos más,
pasaron algunos jardines privados con
sigilo, y después continuaron hasta llegar
al enclave.
Sin ningún esfuerzo encendieron la
fogata y permanecieron un largo rato
conversando y riéndose de las anécdotas
de la temporada, hasta que, sin darse
cuenta, poco a poco la fuerza del fuego
fue apagándose. Fue una noche relajada, y
Rachel se alegró de haber dejado de lado
sus reticencias. Comieron galletas con
malvaviscos, un par de refrescos y cuando
Tamera sacó de su bolsa unas salchichas
todos se rieron, pero eso sí, ninguno negó
la invitación cuando el aroma tostado de
la comida invadió sus sentidos.
Cerca de las once de la noche
recogieron la basura y la guardaron en
bolsas. Se repartieron las bolsas de basura
entre los chicos, y luego, juntos,
emprendieron la ruta de regreso. La luna
estaba en todo su esplendor y parecía
guiarlos. Aunque ninguno era tonto.
Todos llevaban linternas. El cielo
estrellado iluminaba el firmamento, pero
no el camino.
—¡Hey, ustedes! —gritó una voz
autoritaria que se sentía bastante cerca de
pronto. Asustados, los chicos se miraron
unos a otros—. ¡No pueden merodear a
estas horas por la playa! —insistió la voz
del desconocido.
El grupo de amigos se giró al mismo
tiempo cuando una linterna muy potente
los alumbró. Esa misma luz se dirigió
hasta el sitio donde habían estado
haciendo la fogata, pues no estaban tan
lejos. Rachel achicó los ojos. No, no era
una linterna potente, sino las luces de una
patrulla de policía que estaba haciendo
una ronda en los alrededores de la playa.
Los jóvenes se miraron unos a otros.
Y echaron a correr.
—¡Deténganse! —ordenó otra voz
impetuosa. Ninguno de los dos agentes
consiguió que los chicos obedecieran—.
¡Roger Moorehouse, te he identificado,
espera a que te ponga las manos encima!
Nadie se giró o se detuvo. Se
desviaron y cada chico empezó a velar
por su propio cuello. Rachel se sintió
desorientada, asustada, y temía darse de
bruces con una punta rocosa y lastimarse
en medio de la huida. «Eso me pasa por
andar de necia y aventurera», pensó de
mala gana. Corrió sobre la arena inestable
hasta quedarse sin aliento. Sabía que los
agentes iban trás de ellos, pero Rachel no
dejó de correr. Estaba desesperada
porque no era capaz de saber por dónde
estaban sus amigos, salvo por las linternas
que se encendían y se apagaban.
Gracias a los destellos de las linternas
logró vislumbrar una suerte de roca
gigante. Se escondió detrás y trató de
ralentizar su respiración, como si aquello
pudiese delatarla.
A los pocos segundos escuchó pasar,
muy cerca de su escondite, a los policías
con un juego de luces agitándose sobre la
arena oscura. Cuando Rachel se creyó a
salvo de la persecución se acuclilló unos
segundos con las manos sobre las rodillas.
Con la cabeza gacha e inclinada hacia la
arena trató de recobrar el resuello.
Una vez segura de que no corría
peligro elevó la mirada y salió de su
escondite.
Divisó una de las casas de la zona, y se
le ocurrió buscar un atajo y acortar
camino hasta que pudiera salir a la calle.
Todas las casas de la zona estaban
diseñadas con dos puertas principales. La
que daba a la playa y la del jardín trasero
que daba a la calle vehicular. Esa casa no
podría ser la excepción.
Aliviada al haber encontrado una
solución para volver a casa sana y salva,
empezó a caminar con celeridad. El
viento estaba fresco, y ella no llevaba más
que la ropa de playa. Solía ser precavida,
pero las temperaturas nocturnas eran muy
cambiantes.
Una vez que estuvo oculta en el jardín
de aquella pintoresca casa de dos pisos,
esperó. Agudizó el oído pendiente de
cualquier movimiento cerca. Silencio
absoluto.
Respiraba con lentitud, como si
respirar con fuerza pudiese crearle algún
problema. Odiaba ser paranóica, pero se
había llevado un buen susto. Avanzó
pausadamente por un callejón lateral del
jardín cuando algo enredó su blusa.
El rasguño que sintió en la piel la hizo
soltar un quejido nervioso y agudo.
Encendió la linterna y enfocó hacia un
gancho de acero y puntiagudo. Se zafó de
él, pero un lado de la blusa se rasgó. Se
pasó el dedo por el corte. Sangre. No era
un corte profundo, lo sentía, aunque
estaba sangrando y ardía como mil
demonios. Se mordió el labio para no
quejarse. Un gritito en la noche podía
pasarse por alto, pero dos, no. Esperaba
que los dueños de la casa continuasen en
silencio. Las luces estaban apagadas, y no
había ruido.
Avanzó con cuidado por el corredor y
se adentró en el jardín. Faltaba poco para
llegar a la calle. Solo tenía que caminar
unos pasos más, salir del patio trasero de
la casa y abrir la puerta. Iluminó hacia
adelante. Un candado. Ella era buena con
las horquillas. Se sacó las horquillas que
llevaba en el cabello, y al hacerlo su
melena ondulada se desparramó por su
espalda. No le importaba. Solo quería
regresar a casa y limpiarse la herida.
Ahora recordaba por qué nunca le hacía
caso a su lado aventurero, y por qué
prefería mantenerlo aletargado.
Dolorida y fastidiada forcejeó con el
candado mascullando insultos por lo
bajo.
El candado no cedía. Parecía oxidado,
como si esa salida a la calle no se hubiese
utilizado en muchos años. Miró alrededor
guiándose con la linterna. Si utilizaba la
pala que estaba en la esquina del patio
podría abrir el candado y salir más rápido.
Era una idea perfecta, pensó.
Empezó a caminar hacia la esquina,
pero en lugar de encontrarse con el aire
fresco, su cuerpo tropezó con una
fortaleza dura e inequívocamente viva.
Iba a lanzar un grito cuando una mano
grande y dura se cerró sobre su boca,
mientras otra le apresaba el brazo
doblándoselo hacia la espalda, antes de
forzarla a caminar para presionarla sin
ningún tipo de contemplación contra lo
que debía ser una verja de metal.
Intentó gritar, pero estaba firmemente
sujeta. Su rostro pegado al metal. Apretó
la mandíbula como si de ese modo
pudiese contener el ardor y las lágrimas
que pugnaban por salir por el dolor de la
presión que esa mole ejercía sobre ella.
—Si no dejas de dar patadas voy a
tirarle al suelo, pero no sin antes
romperte el brazo sabandija —dijo una
voz masculina ronca y fuerte, a su espalda
—. Ahora, cállate.
El aliento cálido cerca de su oreja
inquietó a Rachel. «¿Y si ese extraño la
estrangulaba?» Presa del pánico, y ante la
amenaza, dejó de defenderse. Pero no
cesó en su intento de zafarse. Un intento
inútil, porque la fuerza de ese hombre era
superior. Podía sentir cómo su poderío
emanaba desde la posición en que se
encontraba. Él a su espalda, y ella,
completamente indefensa sin resuello.
Creía que del impacto de ese salvaje al
pegarla, sin ningún tipo de miramiento,
contra la verja de metal iba a tener
moretones.
—Voy a soltar tu boca —le dijo el
hombre—. Si intentas morderme o gritar,
te llevaré tal como estás a la estación de
policía. Ahora, ¿vas a tranquilizarte?
Rachel asintió profusamente.
—Bien —repuso abriendo
suavemente los dedos. Ella aspiró una
bocanada de aire intentando tranquilizar
sus nervios. Una tarea harto complicada,
pues el extraño continuaba sosteniéndola,
pegada a él desde atrás—. ¿Quién eres y
por qué estás robándome?
—Yo… yo no soy estoy robando —
susurró apenas con aire en sus pulmones
—. Me… me llamo Rachel…
Michael ya había notado que se trataba
de una chica. Pero mujer u hombre, un
ladrón era la misma clase de escoria.
Él había estado buscando un llavero
en su estudio cuando notó unas luces que
salían del callejón lateral. Sin pensárselo
dos veces bajó en silencio hacia el patio, y
cuando vio al intruso tratando de abrir el
candado de la puerta trasera que daba a la
calle, no dudó en agarrarlo por detrás
para sorprenderlo y empujarlo contra la
puerta sin miramientos. Pudo haberlo
golpeado y dejarlo sin aire, incluso
dispararle, pero lo último que quería era
ser procesado por homicidio. Ya tenía
suficientes problemas.
El área en la que él vivía en Ogunquit
era muy tranquila, de hecho, por ese
motivo aceptó quedarse su casa de
vacaciones en esa playa y que había
recibido como una herencia tiempo atrás.
Los intrusos no solían merodear, y la
policía sí mantenía el área controlada
porque era una zona de pocas exclusiva y
de pocas visitas.
—Rachel —repitió el nombre como si
estuviera digiriéndolo. Él no la soltó del
todo—. ¿Qué edad tienes?
—Diecinueve…—tragó en seco—.
¿Me… me va a dejar ir?
—No. Al menos no hasta que me
digas qué hacías aquí a estas horas —
repuso con calma. Ella no representaba
un peligro. Sintió la calidez del cuerpo de
la muchacha, y le gustó cómo se
acomodaba entre sus brazos. Era un
pensamiento estúpido, pero no pudo
evitarlo.
Rachel, a regañadientes, le hizo un
breve resumen de lo que había ocurrido
momentos atrás. Odiaba tener que dar
explicaciones. La mano de Michael se
movió sobre su costado herido para
soltarle el brazo, y ella soltó un quejido
de dolor.
Él se apartó de inmediato al sentir
algo viscoso entre los dedos. No
necesitaba preguntar para saber de qué se
trataba. Sin titubear, la tomó en brazos y
la llevó dentro de la casa. Las protestas de
Rachel no le importaron en lo más
mínimo.
Empujó con el hombro la puerta que
daba al callejón, entró en la casa y
encendió la luz del salón. Dejó a la chica
sobre el sofá. Se alejó para ver por fin el
rostro que hasta ese momento era una
incógnita.
Cuando miró a Rachel, se quedó
sorprendido. «Una preciosidad», fue su
primer pensamiento. Tenía una boca de
labios llenos que parecían fruncirse con
facilidad, unos ojazos azules y el cabello
rojizo ondulado que le caía por debajo de
los hombros. Reparó en la blusa
desgarrada y manchada de sangre. Soltó
una maldición por lo bajo.
Rachel lo miró, nerviosa. Era un
hombre muy guapo. Su atractivo no
radicaba en la perfección de sus rasgos,
sino en la combinación viril de todos
ellos. No se parecía en nada a los
flacuchos amigos que tenía, ni a sus
pretendían que iban al gimnasio
creyéndose ilusamente en forma y
musculosos. El hombre que estaba frente
a ella, observándola con el mismo
detenimiento, vestía unos chinos grises,
una camiseta negra sin mangas y llevaba el
cabello despeinado. El atuendo resaltaba
su musculatura atlética.
El modo en que llevaba el cabello
negro, alborotado, en contraste con unos
impactantes ojos verdes, impresionaban.
Y ella se consideraba una mujer difícil de
impresionar. No recordaba haberlo visto
en el mercado de la zona o en las
reuniones locales.
—Soy Michael —se presentó él con
una sonrisa al reparar en el estudio que
hacía Rachel de su persona—. ¿Te has
hecho daño en alguna otra parte además
del costado?
¿En qué lío se había metido?, pensó
inquieta. Quizá el tal Michael pareciera
inofensivo, pero, ¿no lo eran también los
asesinos en serie?
—No… no. Solo el costado y un par
de raspones sin importancia —mintió.
No eran raspones sin importancia, pues le
ardían. Ella no era quejica, así que
pensaba aguantar el dolor. Después de
todo, ¿quién era la culpable de estar en
esa situación, sino ella misma?
—Bien. Espera un momento aquí. No
intentes escaparte. Fuiste un poco
insensata al estar deambulado a estas
horas por la playa. Pudiste haberte caído
en las rocas resbalosas y darte un buen
golpe en la cabeza —la reprendió.
—Pero… —empezó Rachel a
protestar, sin embargo no le salían las
palabras. Estaba aturrullada. Michael ya se
alejaba por el corredor, así que de todas
formas no tenía oportunidad de ser
escuchada.
A pesar del dolor, Rachel se relajó
contra el mullido asiento. La sala estaba
revestida de madera y daba cuenta de
buen gusto en la decoración. Podía decir
que ese tal Michael era un hombre con
muchas posibilidades económicas.
Intentó ponerse de pie para ver más
detalles de una preciosa cerámica que
estaba sobre una consola, pero al moverse
sintió un tirón en el costado herido.
Pronto escuchó los pasos de Michael y
prefirió quedarse donde estaba.
Michael llegó equipado con un
pequeño botiquín. Se sentó junto a la
chica, y al hacerlo tuvo que apegarse a ella
irremediablemente.
—Voy a necesitar que te quites esa
blusa —pidió con indiferencia.
Ella tragó en seco.
—Yo no…
—No te estoy intentando seducir,
Rachel. Si quisiera hacerlo, lo sabrías —
expresó con voz firme y pragmática—.
Toma —le extendió una camisa azul de él
que había sacado de su cajonera—, si eres
sensata te darás cuenta que esa blusa está
echada a perder. ¿Lo comprendes? —Ella
asintió—. Bien. Te curaré la herida y
luego te indicaré dónde está el baño para
que puedas cambiarte. ¿Conforme?
Ella asintió de nuevo y lo miró. No le
quedaba de otra que confiar.
—Mientras yo me ocupo de la herida,
tú aplica un poco de alcohol desinfectante
en el algodón para que así te limpies las
manos y los brazos.
—De acuerdo… —murmuró. Odiaba
que le dieran órdenes, pero discutir era
inútil. Además, él tenía razón y ella estaba
herida.
Cuando los dedos de

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------