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Libro PDF Víctor Ros y el gran robo del oro español – Jerónimo Tristante

Víctor Ros y el gran robo del oro español - Jerónimo Tristante

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Es un domingo frío y son las ocho de
la tarde. Hace dos horas que oscureció y
la gente busca ya el calor de sus hogares
ante otro lunes que se avecina. Dos
paseantes arrebujados bajo sus capas
frenan el paso y contemplan con
asombro cómo tres carruajes negros,
recios e inmensos, surgen de la plazuela
del Ángel para llegar a pararse frente al
edificio del Banco de España, sito
delante del teatro Romea. Por la
plazuela de la Provincia aparecen otros
tres coches y dos más se suman al
conjunto desde la calle de Esparteros.
Son todos iguales. Ocho. Enormes.
Aquello llama la atención.
Algunos curiosos se acercan a echar
un vistazo, pues la imagen impone. Más
de media docena de carromatos
fuertemente reforzados con placas de
metal, pintados enteramente de negro,
tirados por formidables caballos del
mismo color y con dos tipos de gran
estatura en el pescante: uno que lleva las
riendas y otro que vigila con una
escopeta recortada. Van embozados.
Visten abrigo con elevadas solapas y
una gran chistera negra. Ropas de
calidad. No hablan ni dicen nada.
Apenas si miran a los transeúntes, como
el que sabe qué tiene que hacer.
Un paisano da un toquecito con el
brazo a su esposa y dice:
—Aquí pasa algo, cariño.
Los dos guardias que vigilan la puerta
del banco comienzan a sospechar que,
en efecto, algo malo ocurre cuando, sin
mediar aviso, empiezan a surgir
individuos a toda prisa del interior de
los carruajes. Todos visten igual, son
fornidos, altos, van embozados y de
negro. Uno de ellos se dirige hacia los
dos guardias sin mediar palabra y, tras
sacar un revólver, los elimina de sendos
disparos en la cabeza. No les da tiempo
a reaccionar. Los dos agentes caen
desplomados ante los gritos de los
pocos testigos que han presenciado el
incidente.
Los curiosos huyen en todas las
direcciones, una mujer grita presa del
pánico y se inicia una loca desbandada
que es aprovechada por la veintena de
hombres para acercarse al inmenso
portón. Todo parece estudiado de
antemano y dos de ellos, que portan una
suerte de inmensa bola, la dejan junto a
la entrada y prenden una mecha que sale
del artefacto. Todos se apartan
diligentemente, sin miedo, como si
fueran tipos bragados, quizá militares en
un pasado no muy lejano, y esperan la
tremenda explosión que sacude los
cimientos del edificio. La deflagración
hace temblar el suelo de medio Madrid.
Hay ruido de cristales rotos, gritos y
personas que tiran de la mano de sus
hijos para perderse tras una esquina a
toda prisa. Parece el fin del mundo.
Aquella bola de fuego ha sembrado el
caos más absoluto. Un pilluelo, vestido
apenas con andrajos, contempla la
escena escondido tras un banco. Parece
increíble. Mientras desaparece el humo,
cuatro tipos han bajado un pequeño
carro de uno de los inmensos carruajes y
lo empujan en dirección al edificio
donde tiene su sede el Banco de España.
Lo tienen todo preparado, no hay duda.
Se nota que el golpe está estudiado a la
perfección.
El tipo que ha ejecutado a los
guardias parece el jefe. Señala aquí y
allá, ordena y dirige a los hombres.
Lleva un reloj en la mano y grita:
—Tenemos cinco minutos desde ya…
¡Vamos!
Según entran en el edificio, que tiene
la puerta hecha añicos, los embozados
van disparando a quienes encuentran,
tres guardias aturdidos por la explosión
y uno que, sangrando por los oídos, con
los tímpanos reventados, sube pistola en
mano desde el sótano con aire
desorientado. Caen sin tener la más
mínima oportunidad.
—¡Rápido, rápido! —gritan los
asaltantes, que se mueven como un ballet
estudiado que es ejecutado a la
perfección.
En apenas unos segundos están frente
a la caja fuerte. Se oyen pasos por las
escaleras y aparecen un teniente y dos
soldados que caen abatidos por los
disparos de más de ocho de los
atacantes.
Afuera, en semicírculo, quedan siete
embozados cubriendo la puerta del
Banco de España. Llevan escopetas de
caza, de gran calibre, y no hay nadie
alrededor.
Abajo, siete de los bandidos llevan
mochilas a la espalda. Tres individuos
colocan junto a la caja fuerte un
artefacto similar al que reventó el portón
y ordenan a todo el mundo salir de allí.
Los artificieros encienden la mecha al
instante y se apartan rápidamente.
La deflagración hace temblar de
nuevo el edificio.
No se ve nada entre humo y polvo,
pero los asaltantes, que llevan la boca
cubierta con inmensos pañuelos negros,
acceden en unos momentos a la caja
fuerte más segura de España.
Los tres artificieros comienzan a
introducir paquetes y lingotes en las
mochilas de sus compañeros, que suben
a toda prisa para vaciarlas en el carro
portátil que han introducido en el banco
y que espera en la planta baja. A ese
paso habrán desvalijado la caja en un
santiamén.
—¡Vamos, vamos, dos minutos! —
grita el jefe.
De pronto, se escuchan disparos. Se
miran. No debería haber más tiros. Eso
no entra dentro de lo esperado. Algo
está pasando arriba.
El jefe ordena:
—Seguid. Tú, Patillas, conmigo.
Nadie debería estar disparando ahí
fuera.
Cuando llegan a la planta baja y
acceden al recibidor, se encuentran con
que cinco de sus compañeros están
haciendo fuego hacia el exterior.
—¿Qué pasa? —pregunta el jefe
intentando hacerse oír entre el
estruendo.
—¡Son policías! —grita uno de los
asaltantes, que ha perdido el pañuelo
que cubría su rostro—. No sabemos de
dónde han salido, han aparecido de
pronto; son muchos.
—¡Imposible! No les ha podido dar
tiempo —contesta el jefe—. Lo
teníamos todo previsto.
—Urdiales, son más de diez —grita
otro de los delincuentes que se aparta
evitando las astillas que una bala
perdida hace saltar del marco de la
puerta.
—¡Nada de nombres, copón! Lo dejé
perfectamente claro. ¡Nada de nombres!
—exclama el jefe que, sin añadir nada
más, apunta a la cabeza del díscolo con
su revólver haciendo volar sus sesos.
Uno menos.
Todos quedan parados mirando al que
manda. No se atreven ni a rechistar. El
mensaje ha quedado claro. Nada de
nombres.
—No quiero más fallos —dice muy
tranquilo; es evidente que tiene
experiencia y que está acostumbrado a
mandar a los soldados en situaciones de
combate. Es un tipo despiadado que está
allí para cumplir una misión—.
Tenemos que salir de aquí, ¡ya! Avisad
a los de abajo. ¡Nos vamos!
El teniente Olivares se presenta en el
lugar acompañado por treinta guardias
civiles del cuartel de Caballero de
Gracia. Alguien avisó del golpe y, al
parecer, han llegado a tiempo. Una
veintena de agentes del Ministerio de la
Gobernación de Sol han conseguido
llegar antes y ya rodean el inmueble.
Hay un par de guardias muertos junto a
la puerta, otros cuerpos uniformados se
adivinan en la entrada del banco y media
docena de embozados yacen aquí y allá,
entre charcos de sangre, inmóviles, y
alrededor de la entrada principal.
Dentro, tras la oscuridad del portón
reventado, se percibe movimiento.
—Gracias a Dios —le dice un agente
de paisano—. Vienen efectivos de
infantería también. Han ejecutado a los
guardias. Me lo ha contado un paisano.
¡Hijos de puta! Ha habido explosiones,
han reventado el banco, mi teniente.
—Pero ¿qué es esto? —pregunta
Olivares, que no termina de entender
qué está pasando.
—Una carnicería —aclara un guardia
—. Han entrado a saco. ¡Es un asalto al
Banco de España! ¡En el mismo Madrid!
¿Se da usted cuenta? Hay que matarlos
como a ratas. ¡Hijos de puta!
—¡Al suelo! —grita un guardia civil
con el rifle en ristre.
Los disparos zumban sobre sus
cabezas como moscardones.
Un inmenso carruaje irrumpe en la
plaza y de él bajan casi una veintena de
infantes. El ejército también se suma a
aquella fiesta. La cosa se pone fea para
los asaltantes que salen en tropel del
banco protegiéndose con un carro en que
portan el botín mientras disparan en
todas las direcciones. Van a la
desesperada.
Están rodeados ya por más de
cincuenta hombre entre agentes, guardias
civiles y soldados que hacen fuego al
unísono. Los refuerzos han llegado muy
pronto. Resulta evidente que los
asaltantes se han visto superados por los
acontecimientos; no en vano, todo ha
ocurrido muy rápido. Hay disparos que
silban en todas las direcciones, es una
auténtica batalla. Las balas perdidas
revientan cristales, astillan puertas y
provocan que los pocos curiosos que
quedan en la plaza se escondan como
comadrejas. Parece una batalla real.
Como si el escenario de que hablan los
combatientes de Marruecos, Filipinas o
Cuba se hubiera trasladado de repente a
Madrid.
En unos minutos todo ha terminado.
Ha sido sorprendentemente rápido.
Alguien grita que cese el fuego y se
detienen los disparos. Un tipo grita de
dolor diciendo que se muere, pero
parece que los asaltantes ya no disparan.
«¡Calma! ¡Calma!», grita alguien desde
detrás de un parapeto.
Hay más de una docena de cadáveres
junto al portón. Apenas si han podido
avanzar unos metros en su alocada
salida. Lo han intentado a la
desesperada y no han podido escapar de
allí. Todos los muertos van de negro.
Han caído como moscas.
Los refuerzos han frenado a aquellos
tipos que sabían lo que tenían que hacer:
salir de aquel escondrijo antes de que
llegaran más efectivos. No han podido
conseguirlo.
—¡Adentro! —grita Olivares
organizando una cuadrilla para ir en
busca de los pocos supervivientes que
puedan quedar dentro.
Acierta a ver de reojo que algunos
hombres calan las bayonetas.
—¡No dejéis a ninguno vivo! —grita
fuera de sí un sargento.
La tropa está indignada, pues ya sabe
que hay varios agentes muertos,
ejecutados, y quiere vengar a los caídos.
Todo parece una suerte de extraña
pesadilla. La sed de sangre flota en el
ambiente y Olivares sabe lo que es eso,
lo vio en Marruecos.
1
Víctor apura su vermut mirando
relajado hacia el río. Allí, en la orilla,
juegan Victítor, Clarita y Eduardo bajo
la atenta mirada de su madre, Clara. El
pelo de su mujer, dorado como el trigo,
brilla al sol. La temperatura es
agradable en el sur y el balneario,
reformado en los últimos tiempos, un
lugar de ensueño. Víctor viste traje de
mezclilla color beige y a su lado
descansa un bombín marrón oscuro. Sus
ojos verdes están entreabiertos por el
efecto del sol y luce una cuidada barba
en la que comienza a asomar ya alguna
cana.
Bajo los inmensos eucaliptos, en la
terraza, el detective se siente en paz
respirando el aire puro y disfrutando de
su familia. Las aguas termales le han
venido bien. No en vano hace ejercicio
y come mejor; casi podría decirse que
se encuentra recuperado tras su
cautiverio y tortura a manos de Bárbara
Miranda. Casi. Otra cosa son las heridas
de la mente, el miedo, la zozobra.
Estuvo a un paso de la muerte y lo sabe.
Clara insiste al respecto. Quiere que se
cuide, que deje el trabajo. Tienen
suficiente dinero como para vivir con
holgura, viajar y ver crecer a los niños.
Pero Víctor necesita el trabajo, la
actividad. Ella insiste en que no vuelva
a ejercer el oficio de detective porque
sabe que su marido aún tiene pesadillas
y son muchas las noches en que
despierta gritando, asustado y empapado
en sudor.
Víctor no quiere rendirse. Se retirará
cuando él quiera, no cuando lo decida
una loca como Bárbara Miranda. Nunca
se rendirá. Acostumbrado a los golpes
que depara la vida, recuerda que es un
hijo de la Latina y decide no pensar en
ello. Seguir adelante

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