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Victoria Un hilo invisible – Carolina Kenigstein

Victoria Un hilo invisible – Carolina Kenigstein

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hoy mi mamá se jacta de que yo era la criatura más preciosa del sanatorio. Según las fotos del álbum, puede verse que era una
beba rechoncha con un casquito de pelo negro y un flequillo que parecía desmechado por un estilista internacional. El mito familiar dice que cuando el obstetra me
ayudó a nacer les dijo categóricamente a mis padres:
—Es el cachorro humano más hermoso que vi en mi vida.

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Lo que parece que no fue muy hermosa fue la convivencia entre mi mamá y mi papá. Supongo que teniendo a Sebastián tan chiquito y una criatura de pocos meses,
el ambiente no era el más propicio para que la relación entre Clarisa y Juan floreciera y se desarrollaran como una pareja estable y plena de felicidad. El hechizo inicial se
había conjurado en una hija —yo—, pero los constantes viajes profesionales de mi papá y la seducción que mi madre intentaba, y lograba, ejercer con todo ser humano
con pene que estuviera a diez cuadras a la redonda, concluyó con ese idealizado matrimonio de jóvenes intelectuales.
Es justo aclarar que ambos, por suerte, le descubrieron la vuelta a la cuestión. Aunque mis padres están un poco locos, cada uno con su estilo, han logrado
encontrar un equilibrio en sus vidas. Eso me da algo de tranquilidad, para el futuro, digo.
Luego de una escandalosa ruptura, mi papá salió de viaje varias veces. A Juan siempre le gustó viajar y encontró desde muy joven la excusa perfecta para
mantenerse lejos de la rutina. Y, así, armó su rutina de viajes. Tristes despedidas, alegres bienvenidas. Yo creo que mi papá adora que lo extrañen. De uno de esos viajes,
uno que para mí duró un montón, volvió con Solange, quien sería su mujer hasta el día de hoy, y con Ana, mi hermana, en la panza de Solange.
Mi madrastra es una mulata colombiana, un par de años menor que mis padres, que conquistó el corazón aventurero de Juan y fue quien lo convenció de volver a
Buenos Aires. Con su tono caribeño y su piel canela logró persuadirlo de que lo mejor sería quedarse en un solo sitio a vivir. Solange es, ante todo, muy piola y
aprendió a administrar eficientemente los frecuentes viajes profesionales de mi padre; situación que le permite, además, tenerlo controlado.
Ha desarrollado una paciencia infinita con mi viejo, es una abuela muy presente y emana una calidez que la hace estar entre las personas más confiables de mi
entorno. Conmigo ha sido amorosa; siempre y en todas las casas que han tenido, yo tuve mi cuarto, mi espacio, mi lugar.
Mi mamá, por su lado, luego de algunos meses complejos en los que trató de alcanzar el equilibrio entre sus pequeños hijos, la casa, el trabajo y su vida amorosa,
comenzó una sucesión de novios cama afuera que le duraron prolijamente tres años cada uno. El método de Clarisa consiste en que luego de ese período, se rompe el
hechizo y cambia de figurita.
Cuando mi madre está optimista es una mujer muy vital y con buena onda. Sobre todo los primeros meses de noviazgo; en esos períodos es agradable, divertida,
pero luego de eso puede llegar a convertirse en un bajón y a ponerse muy ácida.
Tengo que reconocer que ha aprendido a administrar su energía de manera cautivante y además se dedica sistemáticamente a cuidar su piel, su cuerpo y su estilo.
Ahora volvamos a las circunstancias. Ese domingo al mediodía estábamos en su auto, camino a Temperley, donde vive mi hermano, cuando Clarisa soltó, sin
anestesia:
—A ver, querida, cuándo rompés la mala racha.
—¿Qué mala racha, ma? —pregunté, haciéndome la desentendida. Más que la desentendida me estaba haciendo la boluda. La verdad es que los últimos años de mi
vida no han resultado muy satisfactorios en lo que a romances se refiere. Y eso la tenía fastidiada a mi mamá, ni hablar de lo fastidiada que me tenía a mí.
—Dios mío, qué cabezadura que sos, ¿eh? —mi madre se irritaba conmigo y yo solía exasperarme con ella. La nuestra no era precisamente una relación fluida. Para
mí, y supongo que para todos, era evidente que ella lo prefería a Sebastián. Cambiando el ángulo de la conversación siguió a la carga—: Me dijo Laura que intentaron
presentarte a alguien y que vos no aceptaste.
Hice una respiración profunda y le aclaré:
—Mamá, era un primo de la familia del padre de Laura. Un viudo, un viejo como de sesenta años —me defendí con todo el derecho del mundo.
—Sesenta años está perfecto. Buah, siempre fiel a vos misma. Si seguís rechazando candidatos…
Por suerte no tuvo tiempo de terminar su frase lapidaria, estábamos en la cuadra de la casa de los chicos y mis sobrinos salieron a recibirnos.
Teníamos por delante un típico asado de domingo en la bulliciosa casa de SebasyLau.
SebasyLau
Sebastián y Laura están juntos desde siempre. De hecho se transformaron en una entidad indivisible: SebasyLau (se pronuncia sebasiláu). Los dos son docentes,
pero mi hermano dejó de ejercer la profesión para dedicarse al negocio familiar de sus suegros.
Están de novios desde séptimo grado. Fueron juntos a la secundaria y al profesorado de Letras. Pasaron por el registro civil apenas se recibieron. Yo creo que
ambos se casaron muy enamorados del amor, y en el caso de mi hermano un poco también para escapar del caos de casa. Para Laura, Sebastián representaba el
compañero indicado para formar una familia. Además, tantos años de tranquilizadora monogamia no se ponen en juego así nomás.
Haciendo un análisis sistémico, cualquier comentario acerca de la identificación a la inversa (si tal cosa existe) de mi hermano frente a las decisiones de pareja de
nuestra madre, sería una redundancia.
Formaron lo que se puede decir una familia perfecta; viven en un coqueto barrio de Temperley, a dos cuadras de los suegros de Sebas, en una casa de dos plantas
con un espacioso jardín atrás, quincho y parrilla, una perra golden retriever —Pampita— y tres hijos, mis sobris.
El primero que la abrazó a Clarisa fue Nicolás, el ser que nos hizo a todos estrenar roles —padres, abuelos, tíos— hace veinte años.
Cuando Nico nació era muy feo, tan así que en cuanto los flamantes padres lo alzaron por primera vez se miraron alarmados y mi hermano dijo las palabras
mágicas que tranquilizaron a Laura: “no te preocupes, lo vamos a querer igual”. Ahora es un flaco alto, tímido y precioso. Desde muy chico aprendió a tocar la guitarra
y actualmente se dedica a estudiar música en el conservatorio provincial.
—¡Hermosa Clarisa! —la saludó a su abuela, tomándola de la cintura y dándole una vuelta con los pies unos centímetros por encima del piso. Ese simple
movimiento logró que mi madre hiciera un gesto extasiado y pusiera cara de Isadora Duncan. A mí me dio un beso y me dijo al oído:
—Tía, en algún momento necesito que charlemos —sonaba enigmático.
Le sonreí y asentí con la cabeza, mientras le decía en voz alta, para disimular:
—Hola, Nico, qué lindo día, ¿no?
Luego apareció Damián, de catorce años, “y medio”, como aclara él. Damo era un bebé tan gordo que no entendíamos cómo esa bola de grasa iba a lograr caminar
alguna vez. Y el tipo lo logró y cómo… Si bien sigue siendo un poco rechoncho, es muy hábil con el manejo de su cuerpo y juega muy bien al fútbol. Además es tan
divertido, que me ha pasado de hacerme pis encima de risa con alguna de sus ocurrencias.
—Hola, abueloidea —le dijo con carita pícara y le dio un beso.
Detrás venía la nena.
—¡Hola, abue! ¿Después leemos un rato juntas? —Constanza es la benjamina de los hermanos. Pelirroja, como su abuela, y los ojos verdes enormes, es un ser
humano sensible y empático. Mi sobrina pertenece a una generación diferente a la de sus hermanos. Con sus seis años se destaca por una impactante lucidez y afinidad
por lo cultural, es una gran lectora (aprendió a leer a los tres años) y mi mamá dice que es una niña índigo.
Yo no sé si Constanza es una niña índigo, si Damián es un adolescente turquesa o si Nico va a ser músico profesional, lo que sí sé es que los amo.
Entramos a la casa donde ya se percibía el aroma a humo de madera de quebracho que usa mi hermano para hacer el asado.
—Buenas buenas —apareció Laura con un par de camparis con jugo de naranja para recibirnos. Al fondo se lo veía a Sebastián abocado a su quehacer asadero—.
Vayan yendo al quincho, ahora termino de armar la picadita y me siento con ustedes.
Por si faltaba algo, también vino Pampita trayéndome la pelota para que se la tirara.
Casa hermosa, perra educada, hijos estables. Estaba claro que Sebastián y Laura eran, a los ojos del mundo, maravillosos. Y ellos hacían todo lo posible por seguir
sosteniendo esa imagen. Muchas veces me pregunté a costa de qué lograban mantener ese estatus, pero eso solo lo saben ellos.
El asado estaba delicioso, como siempre. La charla devino en generalidades hasta que llegó el momento de los anuncios parroquiales de la familia.
Sorpresivamente, Clarisa se levantó de la silla y golpeando con un tenedor su copa de vino exclamó:
—Chicos, mamá les quiere contar algo.
Sebastián, Laura y yo la miramos con un poco de susto. Por suerte para ellos, los chicos ya se habían levantado de la mesa y estaba cada uno en su habitación.
—Me casé.
Mi hermano y yo nos miramos en silencio, Laura fue la única que atinó a levantarse e ir a abrazarla.
—Felicitaciones, suegri. ¿Quién es el afortunado?
—Imanol —la caída de ojos de mi mamá nos conmovió a todos. Qué le podíamos decir.
Nos contó que era un catalán que había conocido en casa de unos amigos. Estuvieron de novios unos meses —dos, para ser exactos— y se habían casado en secreto
hacía una semana.
—¿Es lo que vos querés, ma? —preguntó Sebastián.
—Es lo único que quiero en la vida —respondió Clarisa vehementemente.
—Entonces, enhorabuena.
—Felicidades, ma —agregué yo lo más cariñosamente que pude.
Nos abrazamos los tres, mientras Laura iba a buscar el postre.
—Le dije que venga en un rato así lo conocen. Por cierto, en el auto le decía a tu hermana que si sigue así se va a quedar solita solita —el malbec ya le había puesto
colorados los cachetes y le había soltado la lengua.
—Ma, dejala tranquila. Cada uno hace las cosas a su tiempo —Sebastián salió en mi defensa—. ¿O no? —agregó con dos grados de ironía.
—Bueno sí, pero es que si sigue así, cada vez le va a costar más conseguir un peor es nada. Cuanto más pasa el tiempo, más difícil se pone el mercado.
Mi hermano le tiene mucha paciencia a mi mamá y aun así la miró con fastidio. Rápido como es tuvo la brillante idea de llamar a la perra y con eso desvió el centro
de atención.
—Venga para acá, Pampita. Eso… con la pelota. Vamos a jugar.
Aunque pensamos diferente en muchos aspectos, y nuestras vidas parecen la antítesis una de la otra, Sebastián y yo tenemos código de hermanos.
Anita y su holandés
Con quién tenemos menos de ese código es con Ana. Mi hermana y yo nos queremos mucho, y ella es muy tierna, pero hay ciertas diferencias vitales que nos han
mantenido un poco alejadas emocionalmente. Sin haberlo explicitado nunca, las dos sabemos que todavía a mí me dan unos celos infantiles irracionales que Ana haya
vivido toda su infancia y adolescencia con mi papá. En realidad, con nuestro papá. Lo cierto es que compartir a Juan con ella me daba bronca. Lo peor es que yo sabía
que ella no tenía ni la más mínima responsabilidad por eso, pero yo no lo podía evitar.
Mi hermana es una mujercita menuda y delicada, con una piel café con leche que siempre llamó la atención. A diferencia de la mía, tuvo una adolescencia
relativamente tranquila pero, al terminar la escuela secundaria, trató infructuosamente, con mucha frustración para ella y para sus padres, de encontrar su profesión.
Hizo orientación vocacional, terapia, empezó como cinco carreras universitarias hasta que se enamoró y descubrió su verdadera vocación: ser madre.
Ana conoció a Jan cuando ambos hacían un curso de cata de aceites de oliva. Mi cuñado es un holandés flaquito, también menudo, rubio, con la piel de la cara
siempre irritada. Hace varios años que vino a vivir a Buenos Aires y trabaja en una empresa multinacional de “recursos inhumanos”; Jan es un joven, pero cada vez más
distinguido, despedidor de trabajadores. Las compañías que quieren deshacerse de sus altos directivos y necesitan negociar los términos del retiro contratan a la empresa
para la que trabaja mi cuñado para que haga el trabajo sucio. No me imagino cómo harán, oportunamente, para despedirlo a él.
La cuestión es que estos chicos se encontraron y también decidieron casarse pocos meses después de haberse conocido. Mientras Anita seguía los caminos abiertos
por su padre con mi madre, Juan estaba que tronaba. Como de costumbre, a Solange la procesión le pasaba por dentro.
El hecho es que Ana y Jan comprobaron que sus cargas genéticas podrían generar una sana y atractiva descendencia y decidieron llevar a cabo ese objetivo. Nueve
meses exactos luego del casamiento nació su primera hija, a la que llamaron Mía.
Mía es una niña de cabello muy oscuro y deliciosos ojos almendrados. La piel blanquísima y una delicadeza para moverse y hablar que fascina. Ahora tiene tres
años y según lo que me ha contado, ella es una princesa, hija de la reina y del rey de Buenos Aires y que cuando sea grande va a ser la reina del mundo.
Un año después nació Julia, el pelo tan rubio que es casi blanco y la piel cetrina como la madre. Esta niña maravilla por su verborragia en media lengua y porque no
para un minuto de joder a su hermana mayor.
A todas estas, Ana está nuevamente embarazada pero se la ve tan flaquita que parece que se hubiera tragado el carozo de una aceituna. Si sigue en ese plan, esta
chica va a desaparecer. Nadie sabe el sexo del

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