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Libro PDF Vidas entre retales – Maite Muñio Ucedo

Vidas entre retales – Maite Muñio Ucedo

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sin nubes en una pequeña tetería de
Bristol con un libro de patchwork entre
las manos y con las páginas abiertas en
un diseño que decía cadena irlandesa, en
letra negrita y subrayado, fácil de leer,
cadena irlandesa, pocas veces pensaba
en mis orígenes y en lo que había dejado
atrás, a veces, el viento del norte
despertaba nombres y recuerdos, como
esta mañana mientras caminaba y a
veces cuando preparaba una infusión
para alguna clienta despertaban en mi
sabores y recetas antiguas y olvidadas.
Echo de menos a tía Mary, creo que
cuando ella murió ya no me quedó
ninguna razón para seguir en casa de mi
familia, no más cadenas ni escaleras, en
cierta forma cada una de nosotras
formamos parte de una misma cadena,
eslabón a eslabón, antes que yo mi
madre, mi abuela, otras muchas mujeres
que acallaron sus miedos y sus deseos.
Llevo conmigo sus sueños, sus
esperanzas y también sus voces y sus
miedos.
Cadena Irlandesa, repasé el titulo
del primer capítulo rozándolo con los
dedos como si de alguna manera aquello
me fuera a devolver algo de lo que había
perdido.
Nací en Irlanda, crecí en Irlanda y en
cierta forma había muerto un poco en
Irlanda. No necesitaba cerrar los ojos
para ver las calles y las plazas, el
pequeño barrio donde vivíamos,
recuperar el olor, las formas, los
caminos conocidos, los sonidos
familiares, pero acababa cerrando fuerte
los ojos no para recordar mejor sino
para encerrar bajo siete llaves todos
esos recuerdos.
Una acaba tan lejos como la llevan
sus pies y uno tras otro hace ahora casi
quince años, acabé en Bristol. Cuando
llegué llevaba tantas cosas en mi
corazón que pensé que nunca alcanzaría
el otro lado del mar, así que cuando
llegué a la ciudad arrastré mis maletas
con más recuerdos que otra cosa hasta
casa de Agnes mi mejor amiga. Nos
habíamos conocido en la University
College de Dublin, las dos estudiábamos
lengua y literatura inglesa y habíamos
compartido horas y horas de estudio
además de confidencias y sueños.
Hacía años que Agnes se había
trasladado a Bristol para completar sus
estudios y me había sugerido durante
mucho tiempo que pasara una temporada
con ella cuando supo que mi relación
con Joel había terminado, había
necesitado dos años y perder a tía Mary
para iniciar este viaje.
A veces nos quedamos para
encontrar respuestas, para entender o
más bien porque ya no nos quedan
fuerzas para salir de una situación en la
que la seguridad es un arma de doble
filo. Sea como sea llegué a Bristol en un
día poco usual, con un sol incierto entre
las nubes, un día soleado que
amenazaba lluvia pero recuerdo que el
sol no dejo de brillar, me pareció un
buen augurio, había crecido con
augurios y señales y hierbas y mucho
miedo.
Agnes vivía en Howard Road, cerca
del río, las primeras semanas caminaba
y caminaba y buscaba más allá de la otra
orilla un agua que no se terminase,
buscaba el océano que había perdido.
Agradecí a Agnes que me enseñara
la ciudad, que cuidara de mí en esos
primeros días, que me ayudara a mirar
hacia adelante. Empecé a dar clases de
lengua en un pequeño colegio cerca de
nuestra casa, el Holy Cross y por las
tardes al terminar el trabajo nos
acostumbramos a pasear juntas hasta
una tetería en St.Nicholas Market y
tomar un té hablando de todas las cosas
grandes y pequeñas que nos habían ido
pasando durante el día.
Anabell era la dueña de la tetería, un
mujer pequeña, rubia, de grandes y
profundos ojos azules, desde el primer
momento me recordó a mi tía abuela. Un
día Agnes le comentó que yo sabía hacer
unos pasteles deliciosos y desde aquel
momento dos tardes por semana me
pasaba las horas cocinando y ayudando
a Anabell en su pequeña cocina,
preparaba para ella pudin de manzana y
pasas, muffins de almendra y jengibre,
tarta de zanahoria, scones que decoraba
y perfumaba con especias, tía Mary era
la reina de las especias y me había
enseñado a usarlas y a entender que
cada especia tiene su sabor singular y
que sólo necesitamos una pizca para
transformar cualquier comida, a tener
paciencia porque si tienes demasiada
prisa no puedes cocinar bien, cociné mi
primer “scone” bajo su atenta mirada
cuando tenía apenas ocho años, llovía y
hacía frío como siempre en invierno, así
que aprovechábamos esas largas tardes
para cocinar dulces caseros, aquellos
sabores, el olor de la cocina me han
acompañado siempre, hasta hoy que
tengo mi propia cocina y mis propias
recetas.
Al igual que antes había hecho con
mi tía abuela, con Anabell aprendí a
diferenciar los tés, su olor, su color, con
mucha paciencia me enseño a valorar
las hojas sueltas del té, el placer de
encontrar pequeñas flores de jazmín
entre su té preferido, a calentar el agua
dejando que llegue a hervir y a elegir
agua viva, como le gustaba bromear
conmigo, agua viva que mantenga el
aroma y el sabor delicado de té.
Aprendí sobre todo a conocer a las
clientas, a conocer sus gustos, a
escuchar y a saber todo lo que puede
encontrarse detrás de una taza de té.
Gracias a mi trabajo en la tetería
completaba mis ingresos y mi rutina se
convirtió en alternar las clases con las
cada vez más horas en las que ayudaba a
Anabell.
Un día me di cuenta que prefería
dejar las tizas, me llevaban demasiadas
veces a mis recuerdos y era justamente
lo último que quería así que dejé una
vez más cosas detrás de mi y me decidí
a dedicarme a tiempo completo a llevar
junto a Anabell la tetería.
Dejé que pasara el tiempo entre el
olor de la canela y jengibre de mis
pasteles y los sabores lentos del té,
empecé a conocer a sus clientas, me
acostumbré a escucharlas y dejé que los
recuerdos se fueran apolillando, un día
me encontré sonriendo y me di cuenta
que por primera vez no me había
acordado de él y que ni siquiera
encontraba su nombre al final del día.
A veces no podía evitar pensar qué
hubiera pasado, cómo hubiera sido mi
vida y así aprendí a dejar a un lado esas
palabras y si, y si yo, el condicional es
un tiempo peligroso, mejor dejarlo
pasar.
Me hubiera gustado tener una goma
de borrar que me permitiera hacer
desaparecer esas palabras de mi
corazón.
Primero se fué Agnes, terminados
sus estudios regresó a Dublin y hace
años que Anabell se fué, quiso
trasladarse a lugares más cálidos para
pasar sus últimos años, sea como sea
antes de marcharse ya hacía tiempo que
me había ofrecido quedarme con su
tetería y continuar así un negocio que era
más que un negocio para ella, llegamos
a un acuerdo más que aceptable para mi
y satisfactorio para ella; éramos socias y
yo le enviaba todos los meses una parte
de las ganancias que le pudieran ayudar
a vivir su sueño en una tierra más cálida
y sin tanta lluvia.
Así me convertí en Mary, una mujer
que llevaba 15 años viviendo en Bristol
y era la dueña de The Wisteria Tea, una
pequeña tetería en el centro de St.
Nicholas Market, un mercado abierto
donde puedes encontrar casi de todo y
aunque con los años ha ido cambiando y
cada vez quedan menos teterías y han
cerrado algunas de sus tiendas sigue
siendo un mercado vibrante donde me
gusta trabajar y atender a mis clientes, la
mayoría habituales.
Me gustan los aromas que salen de
las tiendas que han ido abriendo, la
gente paseando y mirando escaparates,
me gusta sobre todo esta mezcla única
de gente, puestos de comida de todos los
lugares que puedas imaginarte, pequeños
puestos de flores que con el buen tiempo
sacan sus macetas y flores a la entrada,
un microcosmos donde me había vuelto
a encontrar poco a poco.
Sólo que esta mañana al caminar
como siempre hago para ir al trabajo y
ver las gaviotas sobrevolar el río había
recordado de pronto cosas que creía
olvidadas.
Claro que recordé, como si de golpe
todo volviera a estar vivo dentro de mi,
es difícil despedirse de alguien, mucho
más difícil cuando esperas que una sola
palabra te haga regresar y decir,
olvidémoslo todo y volvamos a empezar
y sin embargo no escuchas nunca esa
palabra y te quedas esperando a que
resuene a que sea pronunciada.
Así que seguía sentada con el libro
entre las manos, el libro que Nancy, una
amiga que solía venir los miércoles a
tomar un buen té con una nube de leche,
sonreí por esa costumbre que tengo de
recordar a mis clientes por el té que les
gustaba tomar más que por su aspecto,
Nancy y su oferta para participar en unas
clases de patchwork, coser, ¿agujas?
Eso no es para mi le había dicho, nunca
he cogido una aguja, no puedo.
Deberías probar, me dijo, si una
mujer puede hacerlo otra también lo
puede conseguir, si quiere… y dejó que
las palabras quedaran en el aire como si
fuera a decirme algo más.
Tal vez aceptara su invitación, se
reunían todos los jueves por la mañana
en su casa, un pequeño cottage cerca de
la ciudad.
Me dejó la dirección de Magali, la
profesora y su teléfono y una sonrisa de
esas que recuerdas y te hacen sentir
mejor.
Necesito un nuevo diseño en mi vida
pensé, dejar atrás muchas cosas que
creía enterradas y que unas estúpidas
gaviotas habían devuelto a mi realidad
mas cotidiana.
Fin de una etapa. Cuántas veces me
he dicho esto. Borrar, comenzar una hoja
en blanco, empezar de cero. Y ahora
siento que es posible, las cosas, las
relaciones, los tiempos compartidos
llegan a su fin, las personas entran y
salen de nuestra vida. Sea como sea, la
vida sigue, continúa marcando otro
ritmo.
Me acercaré mañana y probaré, tal
vez hoy cierre antes y pueda ver de
buscar algunas telas en casa, Magali
insistió que las labores es mejor
construirlas sobre telas que se han
quedado arrinconadas, tal vez sea lo que
necesito un nuevo diseño y volver a
coser y recoser algunas cosas, ver esas
telas que guardamos durante años bien
dobladas y con olor a naftalina y años y
sobre las que vamos tejiendo más
recuerdos que realidades, la memoria es
una gran decoradora que suele trastocar
más de un escenario.
Hace tiempo que buscaba algo
diferente quizá haya llegado el momento
de dar otro paso y ver donde me lleva.
Abriré un poco más tarde, necesito
tiempo para mi, tengo que recordar que
necesito encontrar a alguien que me
ayude con la tetería, demasiados años
sin tener tiempo. Creo que ha llegado el
momento de ordenar algunas cosas y
buscar un nuevo diseño.
Capitulo 2
Jardín de la
Abuela
El “Jardín de la Abuela” es una
técnica de patchwork tradicional
británica. En ella se utilizan
hexágonos regulares para hacer
dibujos que semejan a flores. Es
muy fácil y entretenido de realizar y
los resultados son muy vistosos. Con
esta técnica se confeccionan colchas
uniendo cantidad de hexágonos.
También pueden hacerse trabajos más
pequeños como ser: bolsos, estuches,
fundas, tapetes y mucho más.
”La misión del arte no es copiar
la naturaleza, sino expresarla”
Balzac
Peter aún dormía… hice mi rutina
diaria de higiene personal; me vestí y
luego, bajé las escaleras para ir a la
cocina a preparar una taza de té bien
caliente con limón, que llevé a mi taller
de costura; comencé a dar vueltas en mi
cabeza el proyecto de la colcha que
pienso hacer utilizando una técnica de
patchwork llamada jardín de la abuela,
este es el nombre dado a una de las
muchas técnicas usadas en el arte
manual que practico y enseño, basado en
la unión de hexágonos del mismo tamaño
que forman una flor, luego, esas flores
hechas con diversos retales nuevos o
usados, van creando un jardín colorido y
armónico; algo así sucede con mi vida y
la de mis alumnas: figurativamente
hablando, somos como estos retales y
hexágonos de diferentes matices, a veces
armoniosos, otras tantas disonantes, que
nos van moldeando; esas experiencias
unidas entre sí, forman el carácter y la
personalidad de cada una de nosotras.
¡Es increíble!, el hacer patchwork
me distrae muchísimo… me encanta

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