---------------

Viento del Norte – Arlette Geneve

Viento del Norte – Arlette Geneve

Viento del Norte – Arlette Geneve

Descargar libro Gratis    En PDF
Cuenta una leyenda escocesa que el Viento del
Norte tuvo tres hijos, y eran tan hermosos y especiales
que al salir libres por el mundo que conocemos,
aquellos mortales que los contemplaron perecieron de
forma inmediata: al instante. Únicamente sobrevivieron
los humanos que decidieron no mirarlos, y además
huyeron aterrorizados a lo más profundo y oscuro de
los bosques para protegerse de tan cegadora luz y
salvar sus vidas. Los tres hermanos, hijos del Viento
del Norte, al comprender que eran demasiado
radiantes para los delicados ojos humanos, decidieron
aparecer cada día, si bien únicamente al amanecer. Y
desde la antigüedad se les conoce por las huellas que
dejan a su paso con las primeras luces del alba: los
blancos pies del primero pisando las olas del mar. El
blanco y crujiente brillo del segundo, que como plumas
sobrevuela los valles y colinas. Y el silencio con que el
tercero descansa sobre las aguas rodeando las rocas y
los fresnos.
A los tres hermanos, hijos del Viento del Norte, les
llaman Viento, Nieve, y Niebla.
Clanes de las Islas del Sur
Clan MacAdhamh. Castillo de Rackwick
Señor Jamie MacAdhamh
Esposa Elinara MacAdhamh
Hija Elina MacAdhmh
Hija Evan MacAdhmh
Clan MacDaibhidh. Fortaleza de Linklater
Señor Logan MacDaibhidh
Esposa Tayra MacDaibhidh
Hijo Bruce MacDaibhidh
Hija Caylin MacDaibhidh

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar 

Clan MacAndrew. Castillo de Southtown
Señor Ian MacAndrew
Esposa Davina MacAndrew
Hijo Caley MacAndrew
Hija Fiona MacAndrew
Clan MacDamn. Castillo de Loch Ashie
Señor Douglas MacDamn
Varias esposas muertas
Hijo Blake MacDamn
Hijo Cameron MacDamn
Hijo Kendrick MacDamn
Hijo Lyall MacDamn
Hijo Rivalen MacDamn
Hijo Neilan MacDamn
Hijo Drystan MacDamn
Hijo Craig MacDamn
Hijo Evrain MacDamn
Hijo Kirian MacDamn
Hijo Mervin MacDamn
Hijo Lean MacDamn
Hijo Alistair MacDamn
Hijo Invirn MacDamn
Hijo Archie MacDamn
Hijo Calem MacDamn
Hijo Kenneth MacDamn
Hijo Aiden MacDamn
Hijo Colin MacDamn
Hijo Douglas Junior MacDamn
Prefacio
Los territorios de Arcaibh en el sur se ven
abocados a una cruenta e inevitable guerra contra Ivar
de Rogaland, el más temido berserker a las órdenes
de Singurd Eysteinsson, un conquistador vikingo que se
proclama segundo jarl de Arcaibh. No obstante, el
señor de las islas del norte, un temido y oscuro druida,
desea erigirse como rey y único gobernante de
Arcaibh. Anhela controlar las islas del sur, y la
completa obediencia de los clanes que las habitan.
El norte, bajo su control, es fuerte y próspero,
aunque está sumergido en la oscuridad. MacAdhamh,
MacDaibhidh, MacAndrew y los MacDamn deberán
unirse por un mismo destino de sangre. De valor, y
aunarán esfuerzos, no para luchar entre ellos como
vienen haciendo desde tiempos lejanos, sino para
combatir las fuerzas que los vikingos ejercen sobre
cada rincón de las islas. Ante la rebelión de los lairds,
Sigurd Eysteinsson envía a los territorios a Ivar de
Rogaland, el más temido berserker, que se enfrentará
a los clanes y luchará para someterlos, mientras,
Culenn, señor de las islas del norte, conspirara por el
control de las islas del sur, sin embargo, tres guerreros
lograrán impedir la lucha final. Esta es su historia.
Capítulo 1
Castillo de Rackwick
Jamie MacAdhamh crujió los dientes en un claro
gesto de cólera desatada. Mostraba la espalda erguida.
Los hombros tensos. Los ojos los tenía inyectados en
sangre y la bilis reverberaba en el interior de su boca
provocándole una amarga acedía. Las tripas se le
retorcían de forma dolorosa mientras miraba la figura
femenina inclinada a sus pies.
¡Era una traidora! ¡Una pecadora infiel! Merecía
una muerte despiadada, sin embargo, controló las
ansias que sentía de apretarle el cuello hasta partírselo.
Pensó en su hija de dos años, y blasfemó con viva voz
al masticar la decepción amarga que sentía en ese
preciso momento.
El consejo había hablado. El consejo había decidido,
y él debía actuar.
La mujer tenía el rostro tapado con las manos
mientras sollozaba de forma agónica tirada a los pies
de su esposo. Los delicados hombros se agitaban
caóticos. Se deshacía en un mar de lágrimas sin que
por ello le provocara algún tipo de piedad al señor de
Rackwick.
—¡Es vuestro! ¡Os lo juro, mi señor! —repitió una
vez más la mujer con la voz quebrada—. ¡Es hijo de
mis entrañas y de vuestra sangre!
Los ojos de Jamie se dirigieron hacia la partera que
sostenía al bebé entre sus brazos en un gesto de
protección que no le pasó desapercibido. El pequeño
bulto se agitaba con frenesí buscando el calor de su
madre. Su esposa había yacido con el fitheach, un
temido y oscuro druida que aterrorizaba a todo aquel
que se adentrara en sus dominios. El fitheach era hijo
de un demonio íncubo llamado Belial, y este había
dotado a su vástago de inmensos poderes. El fitheach
buscaba mujeres hermosas, las seducía cuando
dormían para tener relaciones sexuales con ellas y así
convertirse en padre, como hizo en el pasado el druida
Merlín. Las víctimas vivían la experiencia como un
sueño sin poder despertar de este. Por ese motivo su
esposa Elinara no recordaba nada. Defendía con
ahínco su inocencia, que todo era producto de la
imaginación del consejo, sin embargo, la criatura que
había alumbrado poseía la marca.
El sanador la había descubierto nada más nacer.
—¡El niño está maldito! —bramó fuera de control
—. ¡Debe morir!
Elinara besó los pies de su esposo con reverencia.
Lo quería con toda su alma, sin embargo, amaba
mucho más a su bebé, que no había sido aceptado por
el clan. Su pequeño tenía la marca, y en el pueblo se le
consideraba maldito, merecedor de la muerte.
—Será llevado al Anillo de Brodgar —proclamó
este.—
¡No! —gritó la madre con verdadera angustia.
Con un miedo que enfriaba la sangre.
—Liam se ocupará de él —sentenció el laird con
ojos amenazadores.
—¡Morirá! —exclamó la madre horrorizada.
—¡Es su destino! —rugió el marido sin compasión
alguna.
—¡No! —volvió a negar la mujer con el corazón en
un puño—. Morirá de frío en Brodgar… y yo moriré
con él.
Jamie MacAdhamh le hizo un gesto a su hombre de
confianza para que le quitara el niño a la partera. Esta
lo apretó junto a su pecho provocando con su acción
que el pequeño protestara y comenzara a llorar de
forma estridente.
—Tendréis que matarme para arrebatármelo —
susurró la mujer, que se lanzó a la carrera para coger a
su pequeño y protegerlo de la ira del padre, aunque no
llegó a tiempo. Liam se le había adelantado. Sujetó al
niño sin delicadeza y salió del interior de la vivienda
con paso enérgico. Elinara corrió tras él pero fue
sujetada por su esposo. Unos brazos de hierro la
aprisionaron impidiéndole todo movimiento salvo el
llanto.—
¡No! ¡No! —gritó con fuerza al mismo tiempo
que trataba de soltarse de las manos de su esposo—.
¡Devolvédmelo! ¡Piedad!
Lo siguiente que sintió fue un golpe en la cabeza, y
la misericordia de la inconsciencia se apoderó de ella.
Jamie la depositó con inusitada suavidad en el lecho
de plumas. Miró el rostro desvanecido y maldijo de
nuevo. No sentía afecto alguno por el niño que había
alumbrado. No era sangre de su sangre, pero amaba a
Elinara, amaba a la hija que le había dado dos años
atrás, y por ese motivo no podía terminar con su vida
como iba a terminar con la de su bastardo. Miró a la
partera y percibió la censura en sus ojos oscuros.
Mirada que se le clavó en las entrañas como dardos
envenenados.
—¡Es hijo del fitheach y está maldito! —gritó a
pleno pulmón mas para convencerse así mismo de que
actuaba bien.
—Que Ollathair lo juzgue laird MacAdhamh. Que
sea tan severo e intransigente como vos. Carente de la
piedad y de la misericordia que habéis mostrado en el
día de hoy a una madre y su hijo.
La partera abandonó el castillo con paso regio y sin
mirar atrás.
Jamie MacAdhamh cerró los ojos con cansancio.
Tomar las decisiones correctas para el clan no siempre
resultaba fácil, sin embargo, era su deber como laird.
Elinara aprendería la obediencia. Aceptaría el destino
de su hijo como él había aceptado su infidelidad. Había
sido duro, desgarrador, pero, ¡la amaba! El castigo
infringido era el oportuno y necesario. Se sentó en una
silla de respaldo alto y esperó a que su esposa
despertara, aunque era consciente que nada volvería a
ser como antes.
Liam McDowell, fiel guerrero del clan
MacAdhamh, paró sus pasos de súbito. El frío se había
intensificado considerablemente y el vaho espeso que
salía del interior de su cuerpo hacia el exterior formaba
nubes blancas que quedaban suspendidas frente a él.
Dudó antes de introducirse en el Anillo de Brodgar. El
círculo de piedra estaba situado en un istmo entre el
lago Stenness y el lago Harray. Las sesenta piedras
estaban dispuestas alrededor de un foso circular que
había sido excavado previamente en el suelo de la
roca. Era el recinto sagrado, un templo funerario. El
lugar perfecto para abandonar a un niño considerado
maldito.
Miró el rostro infantil. El bebé se había dormido, y
verlo tan indefenso hizo que sintiera una punzada de
remordimientos por lo que estaba a punto de hacer,
aunque no lo suficiente para desobedecer una orden
directa de su señor. Apenas se veía el fondo del anillo
debido a la oscuridad de la noche, pero él se armó de
valor para cumplir la orden recibida. Se desató el
tartán y enrolló al bebé con la gruesa tela. Caminó
varios pasos al frente y depositó el bulto que sostenía
en los brazos en el suelo de piedra. El niño no se
despertó. Lo miró por última vez antes de darse la
vuelta y maldecir interiormente.
El consejo había hablado, el laird había decidido, y
él había cumplido la orden.
Capítulo 2
Meire se envolvió en la capa de piel para retener el
calor de su cuerpo. El viento gélido le hacía tiritar de
forma incontrolada, aunque trataba de impedir el
castañeo de los dientes. Jamás podría haber
sospechado que el temible rugir del viento y las
caricias heladas que provocaba en cada ráfaga fueran
algo habitual en ese terreno abrupto y desolado. ¡El
paisaje era tan distinto a lo que conocía! A su
alrededor todo era inhóspito y yermo. No había
bosques ni valles. Todo era agua, rocas y aire tan
gélido que se le congelaba hasta el pensamiento. Ella
conocía el frío, si bien no tan extremo.
Apretó de forma inconsciente la pequeña y fina
medalla de oro que llevaba alrededor del cuello. Era
como un recordatorio de su misión. El motivo principal
para viajar a un lugar tan alejado de lo que conocía.
¡Tenía que encontrarlo o todo estaría perdido!
Trasladarse desde su hogar hacia las lejanas islas
había sido poco más que un suicidio, pero tenía que
tratar de encontrarlo y recuperar lo que él poseía y que
retornaría el honor y la herencia a los Bailet. Por ese
motivo, no pensaba rendirse a la adversidad ni al frío.
Su madre había llorado amargamente su partida, no
obstante, ella estaba convencida de que lograría
encontrar y traer aquello que les pertenecía. Su afán
alimentaba sus pasos y guiaba su determinación.
La pequeña guarnición seguía su camino por el
estrecho sendero que bordeaba un lago de aguas
negras. El mercenario que comandaba el grupo se paró
a un escaso paso de ella y la miró con inusitada
censura. El pago por llevarla a Kirkwall era elevado,
sin embargo, a Donovan no le gustaba hacer de niñera
de damiselas como ella. No era una robusta mujer,
todo lo contrario, era una tierna damisela y tan ligera
que una simple brisa podría llevársela.
—Mi señora, ¿estáis segura que deseáis que
avancemos por este camino en concreto?
Ella no estaba segura de nada. Había hecho
indagaciones. Había buscado entre los más ancianos
de los pueblos todas las referencias sobre él. Había
seguido pistas. Averiguado en las aldeas, y todos le
habían señalado un mismo camino: Kirkwall.
Donovan había mostrado su desacuerdo en seguir
la ruta que ella había marcado, porque, aunque era la
más segura, también era la más larga.
Ella miró el tosco grabado en la piel seca de
cordero y delineó con el dedo índice el recorrido del río
hasta llegar al lago negro. El camino se bifurcaba en
dos ramales contrapuestos, y ahora se encontraba en
la tesitura de no saber cuál elegir: el que llevaba hacia
el este, o hacia el oeste. El paisaje le parecía poco
halagüeño porque podrían perderse, y, con las bajas
temperaturas, podrían morir congelados. Había
comenzado a caer una ligera nevada que se iba
acumulando en los mantos que llevaban sobre los
hombros.
Desde que embarcaron en Castletown, frente a las
costas de Irlanda, el viaje se había convertido en una
odisea.
—Esto debe ser Graemeshall —dijo Meire mirando
al frente—. Todavía nos queda un largo camino hasta
Kirkwall.
—Haremos un alto —dijo Donovan—.
Montaremos las tiendas en aquel terreno elevado. Si
arrecia la nieve durante la noche, no tendremos
problemas por la mañana.
Meire enrolló de nuevo el mapa y lo introdujo en la
bolsa de piel que llevaba cruzada al pecho. Sufrió un
escalofrío y se giró sobre sí misma. Tenía la extraña
sensación que de que los observaban.
—Deberíamos seguir hasta el siguiente pueblo —
dijo ella en voz baja.
—Pronto oscurecerá, y cuando lo haga, apenas
distinguiremos por dónde caminamos. Es mejor
detenernos y continuar la marcha por la mañana.
Además, la nieve va a intensificarse y entorpecerá
nuestros movimientos.
Meire aceptó la explicación sin objetar nada.
—Entonces no perdamos más tiempo —aceptó
sumisa.
Los cuatro mercenarios irlandeses que
acompañaban a Donovan se veían tan fieros como él.
Hombres que no temían a nada y que estaban
dispuestos a matar por unas pocas monedas.
Ella participó en la tarea de montar el campamento
resguardando los caballos al abrigo de un montículo.
La carreta había sido dispuesta de forma paralela a las
tiendas para cortar la lluvia. Meire sacó manzanas de
una saco de arpillera para dárselo a las monturas. Uno
de los mercenarios había comenzado a encender un
fuego que pronto aumentó de tamaño, y dispuso
algunas piedras gruesas a su alrededor que servirían de
asiento para tomar algunos alimentos.
—Regresaré en seguida —dijo ella de pronto.
—No es buena idea que os alejéis del campamento
—le respondió Kean sin apartar los ojos de la gruesa
estaca que sujetaba la tosca tela de la tienda mientras
la clavaba al suelo.
—Será solo un momento —insistió.
El jefe de la guarnición le hizo un gesto apenas
perceptible con la cabeza y Meire se dirigió con paso
precario hacia el grupo de rocas cercanas al lago.
Podría esconderse tras ellas para hacer sus
necesidades.
Apenas se había agachado tras las rocas cuando el
desastre se cernió sobre el grupo que había levantado
las tiendas. Varios salvajes salieron de no sabía dónde
y redujeron con suma facilidad a los hombres que ella
había contratado. Vestían de forma peculiar y tenían
los rostros pintados de color azul. Se puso la mano en
la boca para contener un gemido de espanto. ¡Estaban
siendo atacados! Dudó entre echar a correr o
mantenerse quieta. Acurrucada tras las rocas, Meire
vio como uno de los hombres tranquilizaba a las
monturas, que se mostraban nerviosas. Buscó con los
ojos un lugar mejor para esconderse pero no había ni
siquiera un grupo de árboles para ocultarse. De pronto,
el salvaje que sujetaba su caballo comenzó a avanzar
hacia el lugar donde estaba ella, pero, contrariamente a
lo que creía, el hombre removió tierra para apagar la
hoguera antes de continuar su avance. Tras la
extinción de las llamas, ella cerró los ojos. El hombre
había comenzado a salvar la distancia que la mantenía
separada del pequeño campamento. Se sentó de golpe
sobre el frío suelo sopesando las alternativas. Había
contratado a mercenarios precisamente para evitar una
situación como la que estaba viviendo en ese preciso
momento. Inspiró profundamente tratando de ahogar
los gemidos que subían por su garganta de forma
descontrolada. Tras su espalda tenía a los salvajes que
habían reducido con golpes a los hombres que debían
protegerla. Frente a ella tenía el lago negro. Estaba
atrapada, aunque rezó para que el individuo no se
hubiera percatado de dónde estaba oculta. Cerró los
ojos y lanzó una plegaria.
«Cogerán las cosas de valor y se irán», musitó para
sí misma. «No sabrán que me escondo aquí», continuó.
«Por favor, Dios mío, que no se lleven las monturas»,
imploró casi a punto de comenzar a llorar.
—¡Salid de ahí mujer! —resonó la profunda voz.
Ella no comprendía la lengua. Y deseando que las
palabras no fueran con su persona, Meire se encogió
todavía más en su escondite.
—Está bien —dijo él—. Imagino que tendré que
sacaros por la fuerza.
Un grito de horror brotó de la garganta de Meire
cuando la mano masculina la agarró del brazo y la sacó
a rastras de su escondite.
—Estoy anonadado, acabo de encontrar a la
princesa del lago —bromeó él.
Quizás fue el tono que percibió en las palabras,
quizá el miedo que sentía, pero Meire decidió no
rendirse a lo inevitable y se defendió. Lanzó un
rodillazo fuerte entre las piernas del individuo justo en
el momento que este la alzaba. El golpe en los
testículos lo pilló desprevenido y le hizo doblarse en
dos, ella aprovechó la ventaja y comenzó a correr sin
ser consciente del lugar hacia el que huía.
—¡Sujetadla, Neilan! —bramó el hombre con voz
de trueno a pesar del dolor que debía sentir.
El grito masculino la impulsó a correr con más
ahínco. De pronto se topó con un muro que la lanzó de
espaldas al suelo, pero antes de caer del todo, unos
fuertes brazos la sujetaron para impedirlo.
—¿Dónde vais tan deprisa? —el tono burlón era
inequívoco.
La voz tenía un timbre rasgado y un acento fuerte.
Meire ignoraba que le hablaban en la lengua del norte.
—Si apreciáis vuestro cuello, Neilan, no la soltéis.
—El hombre al que había golpeado caminaba con paso
decidido hacia ella, y hacia el hombre que había
llamado Neilan—. Pienso devolverle la misma
gentileza que esta damisela me ha obsequiado al
golpearme.
Meire escuchó una risotada tras su espalda y su
corazón hizo una pirueta dentro de su cuerpo. La
torturarían y después la matarían! ¿Podría ser peor su
desdicha? ¿Su futuro más incierto?
—¿Ahora os dedicáis a asustar a damiselas
indefensas? —la voz de un tercero llegó hasta ella,
aunque no vio a quién pertenecía porque había decidido
mantener los ojos cerrados.
En el cielo pronto brillaría la luna calma, pero ella
sentía que había bajado al infierno caótico. No pensaba
ofrecerles la satisfacción de que viesen el miedo en
sus ojos cuando la golpearan.
—Esta damisela casi me deja eunuco —vociferó el
hombre masajeándose la parte interna de los muslos.
—Siento mucha curiosidad por saber qué busca en
esta parte, e imagino que padre querrá interrogarla —
mencionó otro, con ojos entrecerrados y observando a
la mujer que tenía en el rostro una expresión de terror
—. Será mejor que la tratéis con cortesía, Neilan.
Un gruñido áspero brotó de la garganta de este al
escuchar las palabras de su hermano

Viento del Norte – Arlette Geneve image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

Viento del Norte – Arlette Geneve

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------