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Libro Visión oculta – Astrick C. Blanco

Libro Visión oculta – Astrick C. Blanco

Libro Visión oculta – Astrick C. Blanco

PDF Descargar medio de la nada, la puerta cerrada…
Todos habían sido intentos de Esteban
para protegerme. Intentos que yo
ciegamente había ignorado.
Me deslicé en el suelo y hundí mi
cabeza entre mis piernas mientras los
sollozos se hacían presentes. Iba a
morir. Sucumbiría en medio de una
muerte anómala que fácilmente pude
haber evitado. Y lo peor es que era
justo. ¡Todo era tan malditamente justo!
¿Acaso no está bien dar tu vida a alguien
que te salvó de la muerte? Yo había
contado con muchas oportunidades,
todas las cartas estaban a mi favor y aun
así no las había sabido utilizar, y por
eso ahora iba a morir. Y me lo merecía.
¿Qué estás diciendo, Catherine? ¿Qué
pasará con Esteban? ¿Cómo crees que
se sentirá al ver que fracasó?
Nuevamente mi conciencia cavando en
lo más profundo de mi alma.
¡Oh, Esteban! Mí Esteban. Él había
representado mi carta más valiosa. Mi
luz en medio de la oscuridad. Él había
ido hasta lo más hondo de mi vida hasta
sacar de ahí a la antigua Cath alegre que
había permanecido oculta tras la muerte
de mi padre. Él me había devuelto a la
vida justo antes de marcharme hacia la
muerte.
El dolor era demasiado fuerte para ser
real. Aturdía. Simplemente era
demasiado… Y quería que
desapareciera.
A OSCURAS
¿Quién soy?… ¿Qué está pasando?…
¿Dónde estoy!
No tenía respuestas para las dos
primeras preguntas pero sí para la
última. Estaba en un encierro, en la
penumbra, en una oscuridad donde no
veía ni luz ni salida. Todo a mi
alrededor estaba oscuro. ¡No había
nada! ¿Cómo llegué aquí? La verdad lo
ignoraba, pero era plenamente
consciente del sentimiento de pánico que
me invadía, era como despertar en la
mañana y no poder abrir los ojos. ¡Mis
ojos! ¿Dónde estaban? Intenté levantar
mi mano para poder encontrarlos pero
ésta tampoco estaba. ¡No encontraba mi
cuerpo! ¡Pero eso es imposible! Es
decir, ¿cómo no lo voy a encontrar?
Debía tener un cuerpo. ¡Era lo lógico!
Me debatí conmigo misma en busca de
algo… ¡Lo que fuera! Una persona, una
luz, un olor, un sonido, ¡algo!, pero no
había nadie… no había nada.
Tenía que calmarme, quizás en esos
momentos alguien me estaría buscando:
un amigo, un tío, un vecino, un conocido,
mi mamá. Mi mamá… apenas pensé en
esa palabra, una oleada de cariño me
recorrió por completo y me llenó de
ansias. De repente sentí un nuevo
impulso por luchar, por escapar de ahí,
por encontrar una salida. Escruté la
oscuridad en busca de una señal que me
indicara hacia dónde ir, pero
inmediatamente me di cuenta de que era
totalmente inútil. Probé otra forma.
Quizás solo estaba soñando y si me
tranquilizaba, todo volvería a la
normalidad. Dejé de pensar a la espera
de que la calma me invadiera…Y creo
que lo logré.
Cuando me percaté de que había
transcurrido mucho tiempo, decidí
alejarme de esa inacción y asumir
aquella realidad. Me fui incorporando
lentamente y, cuando estuve
completamente alerta, descubrí que todo
seguía exactamente igual, oscuro y sin
nada cerca de mí. Eso solo quería decir
que esto no era un sueño… ni tampoco
una pesadilla. Decidí analizar todas las
posibles opciones que se me ocurrieron:
la primera había quedado descartada ya
que no estaba soñando. La segunda era
que tal vez estaba muerta; pero… ¿no se
supone que debería existir un cielo, o
por lo menos una luz, o esto no era el
cielo… sino el infierno? Descarté la
idea en seguida pues estaba a punto de
ponerme a llorar –aunque no estaba
segura puesto que no hallaba mis ojos– y
necesitaba estar completamente lúcida
en ese momento. Mi tercera opción era
la posibilidad de estar desmayada, y no
es que hubiera experimentado algún
desmayo; pero sabía que todo se tornaba
borroso por un tiempo y luego no
recordabas nada al despertar. Me sentí
más aliviada cuando me di cuenta de que
había una explicación lógica a toda esta
locura. Ahora lo único que debía hacer
era esperar a volver en mí para terminar
con esto de una vez.
Coloqué mi atención en un punto fijo –
en medio de toda la penumbra -, para
pasar el rato mientras reaccionaba.
Pero lo que ocurrió me tomó totalmente
desprevenida: la oscuridad se
transformó y pasó frente a mis ojos una
especie de película que me arrastró,
como si tuviera fuerza propia, captando
así todo mi interés.
Me encontraba de pie frente a un largo
pasillo cuyas paredes estaban
recubiertas con una cerámica de un
color que se asemejaba mucho al cielo
en un día soleado. A lo largo de la
misma, cada treinta centímetros había
una puerta. Eran como diez puertas en la
misma pared. El hecho de que hubiera
tantas despertó mi curiosidad y me
acerqué para abrir la primera.
El interior era pequeño, y las paredes
eran del mismo color que las del
pasillo. Al fondo había un inodoro de
color blanco y al lado de éste una
papelera. Era un baño.
Cerré la puerta y empecé a correr
entusiasmada. Pensé que al final del
pasillo debía haber un espejo, puesto
que cada baño tenía uno; y que quizás al
verme lograra recordar algo.
Cuando estaba a punto de llegar al final
escuché un gemido, seguido por un
llanto ahogado que se abrió paso a
través del silencio de la habitación; y
me dejó completamente inmóvil.
Consideré devolverme para que no se
dieran cuenta de mi presencia, pero mi
curiosidad pudo más y me pareció que si
escuchaba no le haría daño a nadie.
Estaba lo suficientemente lejos de ese
llanto como para que la persona que lo
emitía pudiera advertir mi presencia.
Necesitaba observarme en el espejo
para recordar mi rostro… sí, lo mejor
era quedarse.
Me pegué a la pared más cercana para
que el rayo de sol que se abría paso por
una ventana de marco azul rey que tenía
a mi izquierda no reflejara mi sombra.
Me dediqué a escuchar y me di cuenta
que el llanto se había convertido en
pequeños y entrecortados sollozos que
indicaban que lo peor ya había pasado.
Una voz femenina empezó a hablar.
–Calma. Estoy segura de que todo saldrá
bien. Sea cual sea la decisión que ellos
tomen, piensa en la posibilidad de
conocer otro lugar… ver caras nuevas…
–la voz sonaba conciliadora, calmada,
con un leve rastro de tristeza que se
ahogaba en los sollozos de la muchacha
que estaba junto a ella– ¿No crees que
será interesante?
Hubo un leve momento de silencio hasta
que la otra chica paró los sollozos,
inspiró hondo y respondió con voz
pastosa a causa del llanto.
–Sí, pero… ¡Yo no quiero alejarme de
nadie! Me gusta mucho este colegio.
¡Uich! ¡Pero por qué mis padres me
quieren hacer una cosa así? No quiero
ser la chica nueva otra vez. ¡Me niego! –
la voz se le quebró y abrió paso a una
nueva ronda de lágrimas.
–Amanda… tienes que calmarte.
Escúchame, ¿recuerdas a Sofía?
Amanda permaneció callada por unos
segundos hasta que finalmente aceptó.
–Sí… ¿qué tiene que ver ella?
–Pues prácticamente todo. ¿Tienes idea
de hace cuánto tiempo se fue del
colegio?
–No, cuando yo llegué ella ya no estaba,
la conocí en una de las múltiples salidas
que hicimos.
–Exactamente –la interrumpió la otra
voz, con tono de victoria– hemos salido
montones de veces, y tú eres testigo, a
pesar de que lleva tres años de haberse
cambiado de plantel.
–¡¿Tres años?! –Amanda no pudo
ocultar la sorpresa de su voz– Pero si yo
creía que se había ido el año pasado, es
decir, nunca la dejan fuera de nada, es
como si no se hubiera ido.
–Y lo mismo va a pasar contigo,
seguiremos igual –ahora su tono era más
de complicidad-, además, tú vas a salir
más beneficiada que todas –soltó una
carcajada–… al parecer, ahora podrás
estar todo el día encima de Felipe –y en
ese momento estalló en risas.
Ese sonido me relajó, era
completamente armonioso y fluido. Era
el tipo de risa que tenía alguien que
inspiraba confianza.
Al parecer yo no fui la única con esa
reacción.
–Gracias –dijo Amanda una vez que su
acompañante paró de reír–. La verdad,
creo que tienes razón, como cosa rara –
esta vez fue ella quien rió–, siempre
sabes qué decir, Cath.
Al oír ese nombre sentí la necesidad de
responderle, como si me hubiese
hablado a mí, pero su verdadera
propietaria se me adelantó.
–De nada Amanda, pero estás consciente
de que es la verdad y de que eras tú
misma la que te impedía verla –
suspiró–. Creo que es mejor que vayas a
clases, ya sabes cómo es la Srta. Esther
cuando llegan tarde.
–¡Ay! ¡Se me había olvidado por
completo! ¡Adiós y gracias de nuevo,
Cath!
En ese momento escuché unas pisadas
rápidas que se dirigían a mí y un
segundo después vi a Amanda corriendo
en dirección a la salida. Contuve la
respiración cuando me pasó por al lado
pues sabía que no le haría ninguna
gracia descubrir a una desconocida
metiche que se dedicó a escuchar su
emotiva conversación. Sin embargo, al
pasarme justo al frente ni siquiera me
miró y rápidamente cruzó la puerta
camino hacia su salón.
Permanecí parada durante un minuto,
con la vista fija en la puerta por donde
había desaparecido Amanda, hasta que
recordé la razón por la que había
esperado a que ella se desahogara.
Llevada por la curiosidad y la intriga,
caminé con paso firme hacia el final del
baño donde se encontraba el espejo. Me
paré en seco al darme cuenta de que yo
no era la única que estaba en el baño.
Cath estaba parada frente al espejo.
Tenía aproximadamente dieciséis años,
su estatura era mediana –no debía pasar
el metro sesenta y cinco–, su piel era
blanca con un toque de dorado, que bien
podía ser a causa del sol, pero que le
permitía tener un equilibrio perfecto
entre una tez blanca y un leve
bronceado. Sus ojos al igual que su
cabello eran una combinación de
castaño oscuro y castaño claro.
Sobre sus ojos se conjugaban unas
largas y espesas pestañas con cejas de
fina capa delgada. Su expresión era de
paz, como si estuviese conforme con
haber ayudado a Amanda con su
pequeño problema. Al parecer era
totalmente ajena a mi presencia, bien
porque estuviese concentrada o porque
simplemente hubiese decidido
ignorarme.
Lo mejor era no interrumpirla así que
me arrimé un poco a la izquierda para
poder ver mi reflejo. No pude contener
la brusca exhalación que se abrió paso
por mi boca. Cath seguía mirándose
como si nada estuviera pasando; pero
detrás de ella había una persona
completamente igual, solo que con una
mirada cargada de dudas y una
expresión de sorpresa.
Posteriormente la película acabó,
trayendo de nuevo la oscuridad y
dejándome aturdida, pero no lo
suficiente como para bloquear las
respuestas que había conseguido.
Yo era Cath, ese era mi nombre, esos
eran mis ojos, mi cabello, mis pestañas,
mi piel… y al parecer, Amanda era mi
amiga y no recordaba nada de ella al
igual que ignoraba cómo debía ser mi
vida en ese colegio o en cualquier otro
lado… No recordaba nada.
Fijé una vez más mi atención en la
oscuridad mientras esperaba que la
impotencia y frustración que sentía se
apoderaran de mí, cuando vi una especie
de nube en medio de la penumbra que se
acercaba lentamente y me cubría,
llevándome con ella a la inconsciencia.
DIÁLOGO
“¿Por qué tarda tanto? Esto sí es
inusual”, pensé algo confundida y
asustada.
Desde mi primer recuerdo, tiempo atrás,
me había dado cuenta de que esos
fragmentos de mi vida iban a ser algo
cotidiano ya que mi cerebro parecía
divertirse haciéndome sufrir con
imágenes que no recordaba y que, al
parecer, eran de vital importancia.
La verdad prefería mil veces los
recuerdos a la oscuridad absoluta, pero
era completamente frustrante no saber
cuál era la relación que guardaba con
los lugares o las personas que se
encontraban en ellos. Sin embargo, logré
darles una utilidad.
Decidí que una forma de saber cuánto
tiempo había transcurrido era contando
los recuerdos a medida que estos se
presentaran. Sin embargo, era difícil
estar segura ya que al terminar un
recuerdo siempre regresaba a un estado
de inconsciencia del que me era
imposible despertar al menos que
faltaran unos segundos para que las
nuevas imágenes se abrieran paso en la
penumbra. Eran precisamente esos
segundos los que utilizaba para
comprobar mis cuentas y poder darle el
orden correcto a la memoria que se
avecinaba.
Pero ya había pasado más de un minuto
desde mi último recuerdo, y eso era lo
que me tenía nerviosa. No quería pensar
que se me hubiesen acabado, ya que el
último había quedado incompleto y
quería saber en qué terminaba, así que
suponía que el de hoy –el sesenta y uno–
debía ser la continuación. Nunca me ha
gustado la intriga –o eso era lo que
había descubierto en el tiempo que
llevaba aquí– así que me ponía de muy
mal humor que el recuerdo más hermoso
que había tenido hasta ahora quedara en
suspenso.
En verdad fue hermoso e interesante,
tanto que todavía me acordaba de cada
palabra, cada paso, cada respiración,
cada roce…
–Cath… dime de una vez qué es lo que
te pasa –la voz de Sebastián estaba
totalmente inundada de preocupación y
la verdad yo no lo culpaba.
Nunca he sido dada a ocultar cosas ni
me gustaba intrigar, por lo tanto era
totalmente comprensible que mi estado
lo angustiara.
–Es que… Sebas, es que…
Suspiré y bajé la vista hacia el suelo
mientras sentía cómo la sangre calentaba
mi garganta y parte de mi cara. Lo bueno
es que no llegaba a ruborizarme, nunca
lo hacía, al parecer mi piel era mi mejor
aliada a la hora de esconder mis
sentimientos. Finalmente, y después de
otro largo silencio, logré hablar.
–Es que me voy de viaje por un mes.
De repente se paró, me atrajo hacia él
con una mano mientras que con la otra
me sujetaba la cara, obligándome a
verlo directamente a los ojos, que se
encontraban entrecerrados por la
sospecha y la duda.
–¿Era eso lo que te tenía tan nerviosa? –
para mi sorpresa, abrió los ojos de par
en par– ¿Te sientes bien? ¡Estás
prácticamente en llamas! –y colocó sus
manos a ambos lados de mi cuello
sintiendo cómo mi piel ardía; puede que
el no ruborizarme me fuera muy útil pero
la temperatura de mi piel me delataba y
eso era algo que yo no podía controlar.
Lo miré directamente a sus
deslumbrantes ojos grises los cuales me
facilitaron un espejo perfecto a través
del cual poder notar la expresión
torturada de los míos. ¿Por qué me
complicaba tanto? Es decir, llevábamos
un mes desde que nuestro noviazgo se
hizo oficial y durante ese tiempo todo
había sido perfecto sin necesidad de “la
genial petición”, por así decirlo, que se
me había ocurrido. ¿Por qué me
empeñaba en echarlo a perder?
–¿Cath? –sus palabras me recordaron
que esperaba una respuesta.
–Ah, no, estoy bien, de verdad no es
nada, es solo que yo…
–¿Sí? Por favor, Cath, me estás
asustando.
–Yo –suspiré–… verás, llevamos un
mes saliendo y todo ha sido perfecto,
solo que ahora me voy de viaje y aunque
sea por poco tiempo me gustaría
llevarme un… tipo de recuerdo… la
verdad es que no veo por qué no… por
qué tú… por qué no nos hemos bes…
¿Pero qué se supone que estaba
haciendo? ¡Parecía una completa
desesperada! El que me preocupase a mí
que todavía no nos hubiéramos besado,
no era excusa para que estuviera
montando semejante drama. ¡La verdad,
era ridículo! Nunca me había
preocupado este tema. ¡Ni siquiera se
me había pasado por la cabeza! ¿Por qué
se me había ocurrido semejante idea
hoy?
–¿Sabes qué? Olvídalo. La verdad no sé
ni por qué estoy haciendo esto, no
debería…
Ni siquiera pude terminar la frase.
Colocó una de sus manos en mi cintura y
la utilizó para acercarme más a él al
tiempo que con la otra me acariciaba la
mejilla. Se inclinó de tal manera que sus
ojos quedaron a la altura de los míos.
Mi corazón inició una carrera frenética
enviando ondas de calor a todo mi
cuerpo. Luego de un rato, habló.
–¿Por qué no me habías dicho qué era lo
que pensabas? –su voz sonó ronca. Tuve
que respirar varias veces antes de poder
contestar.
–No lo sé –dije sinceramente, y es que
en ese momento no encontraba ningún
motivo que me hubiese hecho retrasar
esto.
Él soltó una risa entre dientes y luego su
voz salió en un susurro.
–¿Y no se te ocurrió pensar que tal vez
yo tendría la misma idea?
Obviamente no esperaba una respuesta.
Sus ojos continuaron observándome
mientras acercaba su rostro lentamente
al mío, acortando cada vez más la
distancia entre nuestros labios. Cerré
mis ojos para que la sensación
predominara frente a cualquier otro
sentido, pero cuando lo hice todo se
volvió completamente oscuro y ya no los
pude abrir.
Y ese había sido el final de mi recuerdo.
Ahora me encontraba aquí a la espera de
que el siguiente recuerdo apareciera
pronto para volver a experimentar todas
las emociones que sentí con el anterior,
pero habían transcurrido unos veinte
minutos y nada pasaba.
Me encontraba al borde de los nervios
cuando algo cambió.
Una especie de onda pasó en medio de
la penumbra y arrastró consigo una
sombra borrosa que chocó y produjo un
sonido sordo. Antes de que pudiera
reaccionar, otra onda chocó, y en el
estruendo que emitió reconocí la voz de
mi madre. La había escuchado en uno de
mis recuerdos. ¿Era el inicio de otro?
No, no podía ser ya que estos siempre
me arrastraban sin previo aviso y los
sonidos que emitían estas ondas eran
demasiado reales como para formar
parte del pasado. Percibí una segunda
voz que sonaba más grave y con un matiz
serio y profesional. ¿Un médico? Sí,
seguramente lo sería por los términos
que usaba. ¡Eso quiere decir que estoy
en una clínica! Pero, ¿por qué? No
recordaba haber estado enferma. La
Cath de mis recuerdos siempre había
estado saludable.
Debía concentrarme en su conversación.
Que me aclaren de una vez por todas qué
es lo que me está pasando. ¿Por qué solo
puedo escucharlos y no verlos?
¡Concéntrate!, me ordenó una voz en mi
cabeza.
Lo primero que escuché fue la respuesta
de mi madre.
–No.
Su tono de voz era calmado pero severo.
Supe que estaba contestando una
pregunta que se había producido con
anterioridad y que no escuché por estar
pendiente de las mías. Presté más
atención.
–Por favor, señora, piense en la niña,
debe estar sufriendo. ¿No cree que sería
mejor brindarle la oportunidad de un
descanso eterno a retenerla en ese
estado vegetal? Ha pasado mucho
tiempo desde su ingreso a la clínica y
creo que ya es hora de decidir su
destino. Lo mejor sería ponerle fin a su
sufrimiento, si usted me permitiera…
–Mi hija está perfectamente –lo
interrumpió mi madre antes de que él le
explicara la acción que quería realizar–,
y en cuanto al tiempo… ¿realmente
importa? A estas alturas me parece un
tema irrelevante pues para mí el tiempo
se detuvo el día en que ella tuvo “el
accidente”.
La habitación quedó en silencio mientras
el doctor sopesaba el argumento de mi
madre. Inesperadamente, la oscuridad se
transformó y pasó frente a mis ojos una
especie de película que señalaba los
momentos más angustiantes de mi vida,
el momento del “accidente”.
Me vi saliendo de una joyería del centro
de Caracas con una bolsita dorada en la
mano. Caminaba tranquilamente,
sumergida en mis pensamientos; tanto
que no me di cuenta de la presencia de
dos hombres a mis espaldas hasta que
uno de ellos colocó un arma a la altura
de mi nuca al tiempo que jalaba la
bolsita. Por instinto me negué a darla, y
él, al darse cuenta de mi oposición,
tomó una decisión que me llevó a la
oscuridad, esa oscuridad en la que
todavía me encuentro.
Posteriormente, la película acabó de
modo tan brusco que me dejó aturdida,
pero no lo suficiente como para
perderme el resto de la conversación.
Me concentré aún más.
Luego de unos minutos, el médico
volvió a hablar.
–Comprendo su dolor, Beatriz, pero la
lógica indica que ya es tiempo de tomar
una decisión. ¿Para qué vamos a forzar
al destino? Ya ha pasado un año y dos
meses desde su ingreso a la clínica y no
ha presentado ninguna mejoría, y para
ser sincero dudo que lo haga. La única
opción, por más dolorosa que parezca,
es desconectarla.
Después de esto, no quise escuchar más.
Comprendí lo que pasaba, estaba en
estado vegetal. No estaba muerta y al
parecer tampoco estaba sola.
Pero, ¿un año y dos meses? Era
imposible, apenas llevaba sesenta y dos
recuerdos, contando el accidente, y eran
lo suficientemente frecuentes como para
que se presentaran uno por día, así que
¿cómo podía haber pasado tanto tiempo?
Saqué rápidamente la cuenta y entonces
comprendí. Había pasado un año desde
que había entrado en coma pero los dos
meses restantes eran el tiempo que había
transcurrido desde que recuperé la
conciencia, desde que empecé a
mejorar.
Todo esto solo tenía una conclusión:
todavía tenía esperanzas.
Me vi invadida por la locura y la
alegría. Hurgué en la oscuridad que era
mi cuerpo en busca de mi boca para
poder dar mi opinión, pero fue inútil.
Me sentía impotente. Terminé por
rendirme pues mi lapso de conciencia se
iba acabando. Todo lo que me quedaba
era sumergirme en la inconsciencia,
rogar que mi madre se mantuviera firme
en su decisión y esperar por el final de
esta pesadilla, el final que tanto
anhelaba.
DECISIÓN
Desperté con una sensación extraña a lo
largo del cuerpo. Algo parecido a la
seda pero mucho más cálida me cubría y
le daba caricias a toda mi piel. Era muy
placentera. ¿Qué podía ser aquello? Mi
mente consiguió una respuesta más
rápido de lo que esperaba: eran los
rayos del sol… ¡Podía sentir el calor
del sol por todo mi cuerpo! ¡Estaba
mejorando! Intenté poner todos mis
sentidos en alerta y logré percibir otras
cosas: un roce mucho más fresco, un
olor algo meloso pero agradable, una
melodía jubilosa al fondo de la
habitación, unos ronquidos acompasados
con los latidos de un corazón que
sonaban justo a mi lado. Mi madre
seguramente.
Me reconfortaba el hecho de que
estuviera aquí conmigo. Eso quería
decir que no se había retractado de su
opinión de que estaba viva y eso me
facilitaba las cosas ya que me ofrecía
más tiempo para recuperarme.
Escuché unos pasos que se acercaban
hacia nosotras y los ronquidos de mi
madre se detuvieron abruptamente.
–Buenos días, ¿se puede? –dijo alguien
después de dar unos golpecitos en la
puerta.
–Sí, pasa, Megan –el tono de voz de mi
madre era profundo lo que indicaba que
se acababa de despertar.
Megan era una de mis tías por parte de
mamá. Yo la quería mucho, o eso es lo
que me dio a entender uno de mis
recuerdos en el que ella peinaba
delicadamente mi largo cabello
haciendo que cayera en cascada a lo
largo de mi espalda y yo le sonreía
abiertamente en respuesta. De repente
me sentí mucho mejor. Tal vez Megan
estaba aquí porque, al igual que mi
madre, pensaba que yo todavía tenía
esperanza y venía a darme su apoyo.
–Vengo hablar contigo –Megan suspiró y
su voz sonó forzada cuando volvió a
hablar–. Ya me dijo el doctor qué es lo
que pretende hacer y para serte sincera
creo que es lo mejor. Tú más que nadie
sabes que te he apoyado todo este
tiempo en tu decisión de que siga
conectada pero, sinceramente, ¡mírala!
A estas alturas no ha presentado ni una
señal de vida. ¿No crees que ya es
demasiado?
–Sí, hermana, yo entiendo, pero es que –
mi madre pareció buscar cómo justificar
su decisión, pero no podía–… la verdad
es que no sé.
Su voz sonaba desganada, como si se
estuviera rindiendo en medio de una
gran batalla. De hecho así era.
–Beatriz, no hay excusa –el tono de voz
de mi tía era de pesar pero aun así
dejaba entrever que estaba conforme
conque mi madre mostrara al fin una
señal de duda–. Cath lo querría así.
Hermana, por favor, eres una mujer de
apenas treinta años, tienes mucho tiempo
por delante y no me parece correcto que
lo pases al cuidado de un vegetal, de un
cuerpo que a estas alturas debe ser solo
materia, pues para mí su alma nos dejó
hace tiempo… Dime, ¿te gustaría que te

Libro Visión oculta – Astrick C. Blanco

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mantuvieran atrapada en un infierno
constante? Por favor, sé razonable. Ha
pasado más de una año desde que
ingresó a la clínica.
“Exactamente”, pensé. Hace un año que
había entrado a la clínica. Eso quiere
decir que ahora tengo dieciséis años, la
edad en que se considera que eres lo
suficientemente madura como para ser
llamada mujer, como para tomar tus
propias decisiones, elegir por ti misma.
Obviamente, yo no puedo hacer nada de
eso en mi estado, pero aun así… ¿cómo
se creen capaces de decidir lo que es
bueno para mí? ¿Acaso es muy difícil
darme algo de tiempo? ¿Es mucho
pedir?
Antes de que pudiera entrar en cólera,
mi madre pronunció unas palabras que
me hicieron pasar directamente a lo que
había descrito mi tía: un infierno.
Simplemente bastó la frase: “Tienes
razón, ya fue suficiente” para que mi luz
se apagara y toda señal de esperanza
desapareciera. De pronto, la oscuridad
me parecía más profunda de lo que ya
era.
–Bien, Beatriz, sé que es duro pero es lo
mejor. El doctor me dijo que una forma
más sencilla y menos dolorosa que
desconectarla era inyectarle una
cantidad exagerada de suero de modo
que la sangre acabe su recorrido –se oyó
un gemido ahogado–. Ok, sé que no
suena bien pero es lo mejor para ella.
Te daré un minuto a solas para que te
calmes.
Escuché cómo Megan salía de la
habitación y cerraba la puerta tras ella.
Un calor nuevo me recorrió lo que
suponía era la cabeza. Sentí la
respiración de mi madre entrecortada
por sollozos. No quería oírla sufrir, no
me gustaba, sin embargo, eso me daba a
entender que le dolía lo que iba a pasar
y que no quería que pasara. Pero su
dolor no evitaba mi muerte.
En el tiempo que dura un suspiro todo
cambió. Ya nadie lucharía por mí más
que yo misma. Estaba clara en eso pero
lo que más me molestaba de todo este
asunto era que cada día mejoraba más
aunque fuera internamente, pero, ¡lo
hacía! Tenía una posibilidad de
recuperarme y ahora querían
eliminármela pero no lo iba a permitir.
¡Simplemente me negué!
Estaba agotada. Esperaba que la
inconsciencia regresara y me llevara con
ella pero al parecer eso ya era cosa del
pasado. Genial: ¡seguramente iba a
pasar un rato agradable escuchando el
llanto de mi madre! No quería dormir
pero el hecho de pensar en las lúgubres
conversaciones que seguramente se
avecinaban me hacían sentir agotada.
Concentré mi oído en las notas
taciturnas que había escuchado hacía un
rato al fondo de la habitación y dejé que
mi mente vagara hasta que el cansancio
me venció.
ANGUSTIA
Me despertó el conjunto de
respiraciones entrecortadas a mi
alrededor. ¿Por qué había tantas
personas en mi habitación? Como
respuesta a mi pregunta no mencionada
en voz alta, alguien habló.
–Agradezco que todos estén aquí el día
de hoy –era la voz del médico–, pero
realmente no es necesario. Sé que es un
momento difícil para todos, en especial
para usted, Beatriz, nadie la está
obligando a quedarse… creo que lo
mejor sería que saliera.
–No. Quiero estar presente –la voz de
mi madre estaba reprimida por un matiz
de dolor por lo que supe que estaba
llorando, pero, ¿por qué? Una vez más
el doctor respondió a mi pregunta muda.
–En ese caso, ya es hora. Será cuestión
de minutos mientras inyecto el suero.
Me desesperé hasta llegar a un estado de
histeria. ¿Hoy era el día en que se
acababa mi vida? ¡No, no era justo!
Solo necesitaba algo de tiempo. ¿¡Era
tan difícil dármelo!? Sabía que ellos no
podían elegir sobre algo que no les
pertenecía ya que mi vida era mía y de
nadie más. Aunque pareciera absurdo,
una parte de mí se sentía herida por lo

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poco que habían tardado en organizar
todo y por la cantidad de espectadores
que se encontraba en la habitación y que
no hacían nada para impedir que llegara
mi muerte.
¡Todo esto me parecía absurdo e
hipócrita! Se habían pasado todo este
tiempo hablando solo de lo que era
lógico, moral, ético, entonces, ¿dónde
estaba todo lo antes mencionado en la
acción que querían realizar, en acabar
con una vida?
–Voy por mi asistente, en seguida
vuelvo –una vez mencionado aquello, el
médico salió de la habitación.
Esperé a que se produjeran las típicas
palabras emotivas, un llanto, un gemido,
un suspiro… pero la habitación
permaneció en total silencio. Bien. Eso
me daría tiempo para pensar.
Tenía que hacer algo. ¡No me iba a
resignar a morir! Solo necesitaba dar
una señal de vida, pero, ¿cómo?
Me concentré en aquellas partes donde
sentía el calor e intenté moverme para
alcanzarlo pero era inútil, mi cuerpo no
reaccionaba, ni siquiera podía ubicar
dónde estaba cada parte. Intenté no
entrar en pánico y busqué otra opción:
quizás el sonido me hiciera reaccionar.
Busqué la melodía que había escuchado
el día anterior pero no estaba; el único
sonido que se distinguía era el de las
respiraciones a mi alrededor y el de mi
corazón. ¡Mi corazón! Podía lograr que
latiera más rápido y de esa manera lo
notarían. Dejé que todo el miedo y la
angustia que sentía fluyeran por mi
cuerpo pero mis latidos siguieron siendo
regulares y de poca importancia para los
demás.
No lo entendía. ¿Por qué si mi mente
estaba en perfectas condiciones y era
capaz de escuchar y sentir todo a mi
alrededor, me era tan difícil poder
proyectarlo? Obviamente no iba a lograr
nada usando los recursos del exterior.
En ese momento dos personas entraron a
la habitación.
–Él es mi asistente, Luca –el médico
suspiró y luego volvió hablar–… Bien,
empecemos.
Sentí una onda de calor que se acercaba
lentamente hacia mí. ¡Era el médico! Él
era esa onda que se aproximaba y que
iba decidida a eliminarme.
Busqué de forma frenética en la
oscuridad eterna que representaba mi
cuerpo a la espera de encontrar una
parte de él para poder dar mi señal de
vida.
Fue entonces cuando los vi.
Un par de profundos y brillantes ojos
verdes como la esmeralda me miraban
fijamente con un interés absoluto.
Cuando se encontraron con los míos,
sorprendidos, se desviaron hacia abajo.
Mi vista hizo el mismo recorrido y
divisé en medio de la penumbra, solo,
débil pero aun así muy real, una especie
de hilo de color blanco que destacaba en
medio de todo. Alcé la mirada en busca
de los impactantes ojos color esmeralda
que me lo habían mostrado pero ya no
estaban.
Sentí entonces una nueva ola de calor,
solo que esta vez mucho más cercana.
Era mi última oportunidad. Me
concentré en el hilo como si fuera el
centro del universo. Requerí de toda mi
atención pero, finalmente, y con un gran
esfuerzo mental, pude levantarlo.
Lo siguiente que se produjo fueron gritos
entremezclados de sorpresa y la alegría.
Pude sentir cómo el calor se retiraba y
era reemplazado por un sentimiento
mucho más fuerte: el éxito.

DESPERTAR
Todos en la habitación me miraban
sorprendidos. Posiblemente para ellos
era como ver un fantasma. Lentamente
recorrí con la mirada cada uno de los
rostros de mis seres queridos, aquellas
personas que se habían convencido de
que no tenía esperanza. Pero estaban
equivocados.
El más cercano a mí era el médico.
Vestía una bata azul y tenía un
estetoscopio alrededor del cuello. Era
un hombre alto de tez apiñonada y
pómulos pronunciados. Sus ojos, de un
intenso color marrón, estaban a punto de
salírsele de las órbitas.
Me preocupó su expresión. Era como si
estuviera a punto de sufrir un infarto o
que se fuera a desplomar en el suelo de
un momento a otro.
Analicé mejor cada uno de los rostros
que tenía a mi alrededor y me di cuenta
de que sus expresiones no eran muy
diferentes a la del médico. Suspiré. Al
parecer todavía no podían creer el
hecho de que estuviera viva. Bien. Les
daría su tiempo. Ellos no eran los únicos
con algo en qué pensar.
Localicé una pequeña peinadora al pie
de mi cama con un enorme espejo sobre
ella.
Eso era lo que había estado buscando.
Había visto mi rostro en el primer
recuerdo que tuve pero dudaba mucho
de seguir teniendo el mismo aspecto
saludable después de haber pasado un
año y dos meses dentro de una clínica y
en estado de coma.
Un alarido de sorpresa se abrió paso
por mi boca.
Mi piel conservaba ese extraño tono
intermedio entre el blanco y un leve
bronceado. Mis ojos estaban abiertos de
par en par por la sorpresa pero no tenían
ni una insignificante lagaña a su
alrededor. Mi cabello era algo más
largo de lo normal, pero tenía un aspecto
sano y brillante. Al pasar la lengua por
mis labios, los percibí hidratados y su
textura era lisa. Se podría decir que el
único cambio era el montón de
intravenosas a lo largo de mis brazos.
¿Cómo podía tener este aspecto después
de todo el tiempo que había pasado?
Quizás mi mamá se había dedicado a
mantenerme en buen estado todo este
tiempo. Eso me hizo sonreír. Ella
siempre se había preocupado por mí.
Volteé para quedar frente a mi público y
noté que continuaban con las mismas
expresiones de incredulidad y sorpresa
grabadas en el rostro. Bien. Lo mejor
sería ayudarlos. Tomé una gran
bocanada de aire y dije mi primera
palabra.
–Hola.
Todos en la habitación parecieron soltar
de golpe el aire que habían contenido,
incluyéndome, pues el sonido de mi voz
salió natural y no rasposo como
esperaba.
Beatriz corrió hacia donde yo estaba con
los ojos bañados en lágrimas. Antes de
que pudiera hablar, se lanzó hacia mí,
me rodeó con sus brazos y sollozó en mi

Libro Visión oculta – Astrick C. Blanco

oído.
–¡Oh, mi niña! ¡Mi Cath! ¡Estás viva! –
se apartó un poco de mí para poder
observarme mejor– ¿Te encuentras
bien? ¿Sabes quién soy? ¿Necesitas
algo?
Me eché a reír pues sentí que era yo la
que debía preguntarle eso. Beatriz
siempre había sido de ese tipo de
personas que se preocupaba por todo el
mundo menos por ella misma. Esa
característica tan particular debió ser la
que la impulsó a quedarse aquí tanto
tiempo.
–Sí, mamá, estoy bien –apenas mencioné
el adjetivo se relajó y volvió a
rodearme con sus brazos. Al hacerlo
movió una de las intravenosas. Ahogué
un grito.
–¡Ups! Lo siento –hizo ademán de
retirarse para no ocasionar otro daño.
–No, está bien –la sujeté del brazo
obligándola a quedarse donde estaba–,
la verdad solo sentí un jaloncito. Fue
más que nada la sorpresa.
Beatriz examinó mi expresión en busca
de algún indicio de que le estaba
mintiendo pero no lo encontró, sin
embargo, optó por sentarse en un
extremo de la cama al lado de mis
piernas para no interferir con las
intravenosas de nuevo. Aproveché la
distancia para observarla mejor: llevaba
puesto un hermoso vestido color lavanda
y con flequillos que le llegaba justo
arriba de la rodilla y unas zapatillas de
rosa pálido que hacían juego con el
collar que la adornaba. Su largo cabello
negro caía en cascada hasta su cintura y
hacía que su piel se viera más pálida de
lo normal. Sus ojos negros conservaban
todavía la sorpresa de hace un instante
pero brillaban con la alegría y el amor
que solo una madre puede tener por su
hija.
–Es bueno verte –dije mientras una
lágrima descendía por mi mejilla.
Las lágrimas volvieron a brotar de sus
ojos y me abrazó una vez más poniendo
especial cuidado en no mover ninguna
intravenosa.
–Cath, mi niña, no me vuelvas a hacer
pasar por algo así, ¡nunca más! –retiró
un poco su rostro para verme mejor–.
Prométemelo –dijo con el tono de
autoridad maternal que yo bien conocía.
–Te lo prometo. Pero no tienes de qué
preocuparte, me siento muy bien –dije
con toda la sinceridad del mundo.
–Permítame examinarla.
El médico, que no había hablado hasta
los momentos, dio un paso hacia delante
con el estetoscopio en los oídos.
–¡No! ¡Ni se le ocurra ponerle una mano
encima a mi niña! –Beatriz
prácticamente expulsaba ácido.
–¡Por favor, hermana! Él solo quiere
verificar que se encuentre bien –Megan
desde el otro lado de la habitación
miraba a su hermana con ojos
suplicantes.
Beatriz la miró como si dudara
seriamente de su capacidad mental, pero
al cabo de un rato suspiró y se levantó
de la cama para permitirle al médico
que se acercase más.
–Gracias. Serán solo unos minutos –
concluyó el doctor y posó el
estetoscopio a la altura de mi corazón.
La mañana se me hizo eterna con un
montón de enfermeras entrando y
saliendo de mi habitación mientras me
hacían diferentes exámenes para
comprobar que mi estado de salud
estuviera perfecto. Todo parecía apuntar
a que me encontraba en las mejores
condiciones pero mi estado de ánimo
era otra cosa. Estaba de muy mal humor
y es que el médico –cuyo nombre era
Orlando según el dato que me había
facilitado una enfermera– había
prohibido la entrada de cualquier
familiar a mi cuarto antes de las siete de
la noche, hora en que se terminarían los
análisis.
Esperé con resignación a que la última
enfermera del día terminara de tomarme
la temperatura. La señora, como de
cincuenta y seis años, miraba a través de
sus grandes gafas redondas el
termómetro intentando ubicar qué
número señalaba la línea roja.
–Treinta y siete grados, cariño, al
parecer estás perfecta.
Una vez dicho esto se dirigió a la puerta
con la bandeja de comida vacía que
había a un lado de mi cama y antes de
salir me dedicó una amplia sonrisa. Se
la devolví con pesar, simulando estar
muy cansada para que saliera de la
habitación.
Cuando finalmente estuve sola miré el
reloj que estaba en la pared. Eran las
seis y media. Perfecto. Todavía me
quedaba media hora para pensar a solas.
Había procurado no pensar mucho en el
momento previo a “mi regreso a la
vida”, por decirlo de una manera, para
evitar que mi corazón se acelerara y
provocara una alteración en los
exámenes médicos. Ello de seguro
hubiera sido razón suficiente para
tenerme atada a esta cama por un año
más.
Pero ahora estaba sola, no estaría bajo
supervisión médica hasta mañana y
todavía había una pieza que no encajaba.
Sabía que el hilo blanco que había
levantado eran mis párpados, eso estaba
claro. Sin embargo, eso no fue lo único
que vi. La razón por la que había
advertido la presencia del hilo fue
porque unos ojos verdes color
esmeralda me lo habían señalado. No
pudo haber sido una alucinación porque
ellos me miraban con un interés y
comprensión absoluta, como si hubiesen
estado ahí siempre esperando a que yo
los descubriera.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
¡Quería volver a verlos! Quería darles
las gracias al dueño o dueña de esos
increíbles ojos. Pero sabía que eso sería
imposible porque él, o ella, no existía.
Suspiré y coloqué mi cabeza sobre la
almohada. Respiré profundo varias
veces para calmarme. Por último tomé
el control remoto y encendí la televisión
para distraerme. Estaba buscando algo
interesante en la programación cuando
abrieron la puerta.
–Toc–toc. ¡Mira quién vino a visitarte! –
dijo Beatriz una vez adentro.
A su lado estaba una chica de unos
dieciséis años. Tenía el cabello rubio
con un corte por encima de los hombros;
su piel era de ese típico color
bronceado de una persona que se la pasa
en la playa y sus ojos eran gris claro. La
reconocí en seguida.
–¡Ana! –grité totalmente emocionada y
haciendo ademanes para sentarme.
–¡Cath! ¡Qué gusto me da verte! ¿Cómo
te sientes?
–Muy bien ahora que he dejado de ser la
rata del laboratorio. De verdad, ¿estos
doctores no tienen nada mejor que
hacer?
–Has estado en coma mucho tiempo. Es
necesario que te hagan exámenes –mi
madre habló con tono conciliador para
tratar de hacerme entrar en razón.
–Sí, lo sé, es solo que me saca de quicio
tener a todas esas enfermeras
revoloteando cerca de mí, apenas emito
el más leve sonido y me caen encima.
–¡Bueno, ya! –interrumpió Ana
chocando las manos– Lo importante es
que ya despertaste. ¡Ah, Cath, tengo
tantas cosas que contarte! ¿Estás
cansada?
–No lo suficiente como para perderme
las novedades, además sería bueno
escuchar algo que no tenga que ver con
inyecciones o análisis.
–Las dejaré solas un rato para que
hablen a gusto, mientras yo hago unas
cuantas llamadas para informar que ya
despertaste y que pronto estarás en casa
–Beatriz me dio una palmadita en la
espalda y se aproximó a la puerta.
La idea me agradó. Eso quería decir que
no me iba a quedar por aquí mucho
tiempo.
–¿Cuándo puedo volver a casa?
–Hmm, todo depende de los resultados
de los exámenes. El doctor nos aseguró
que si todo sale bien, en una semana te
darán de alta.
“Una semana”, pensé. Bien, pudo haber
sido peor.
Mi madre nos dirigió una mirada
cargada de dulzura y cerró la puerta tras
de sí.
–Bien, Ana, soy toda oídos –me
enderecé lo más que pude y Ana me
ayudó colocando una almohada en mi
espalda para que me sirviera de apoyo.
Cuando se percató de que estaba
cómoda tomó aire y me miró con algo de
vergüenza.
–Cath, ¿no te incomoda si te hago una
pregunta antes de iniciar?

Libro Visión oculta – Astrick C. Blanco
–Por supuesto que no, Ana, sabes de
sobra que puedes preguntarme lo que
quieras.
–Sí, pero es que es algo embarazoso –
me informó.
–No importa, dime.
Jugueteó un rato incómoda con las
manos evitando mi mirada, finalmente
suspiró y me miró atentamente.
–¿Cómo es que aún me recuerdas? –
preguntó al fin.
–No es fácil olvidar a tu mejor amiga y
menos si esta viene a la clínica a
informarme sobre todo lo ocurrido en el
último año.
–Es en serio, Cath, es decir, ¿me
recordabas cuando te levantaste o tu
mamá te hizo saber quién era antes de
que yo entrara? –el interés por mi
respuesta se podía ver por cada poro de
su piel. Me reí para mis adentros: ella
siempre tan empeñada en ser la primera
en enterarse de todo.
–Nadie me comentó nada, cuando me
levanté era plenamente consciente de
quién era yo y recuerdo cada detalle de
mi vida.
–¿De verdad?
–Sí, verás, en los últimos meses fui
viendo una especie de película –dudé–,
creo que entra más en la clasificación de
recuerdos… el punto es que recuerdo
absolutamente todo y que estuve
consciente mucho antes de que se dieran
cuenta.
Ana se quedó ensimismada en sus
pensamientos, supuse que tratando de
procesar lo que acababa de contarle.
Una sonrisa se dibujó en su rostro al
tiempo que me miraba.
–En ese caso puedo pasar directo a la
información del último año.
Ana inició un monólogo en el cual me
comentó con lujo de detalle lo más
importante que, según ella, llamaría mi
atención, y debo admitir que la mayoría
lo logró. Me dijo que a Amanda, la
chica del primer recuerdo, le iba muy
bien en su otro colegio y que le habían
ocultado lo de mi estado de coma para
que no tuviera que dejar las clases para
visitarme; que habían incluido clases de
psicología como materia obligatoria
para lograr mayor publicidad y que esta
otorgaba puntos extras para las otras
materias pero que no le sirvieron de
mucho a la mayoría ya que, al parecer,
la psicóloga era muy estricta y nunca
estaba conforme con las soluciones a los
problemas que planteaban; que la
encargada de dar religión, la madre
Liza, pensaba retirarse el próximo año y
que cada uno de mis amigos habían
venido a visitarme durante el tiempo que
estuve en coma.
–Bueno, casi todos –aclaró con una
expresión de odio cuando le pregunté si
de verdad se habían tomado esa
molestia.
–No importa, Ana, a fin de cuentas no
era su obligación, seguramente quien no
pudo venir fue porque no tenía tiempo –
dije encogiéndome de hombros.
–Sí, lo sé, pero él es un caso aparte; y
créeme que lo mejor es que no se haya
aparecido, porque si lo veía aquí iba a
botar mi vocabulario por un precipicio;
y no me hubiera importado con tal de
decirle todo lo que pienso de él.
–A ver, Ana, ahora sí no te entiendo.
¿De quién estás hablando?
–La enfermera me acaba de indicar que
tu padre está abajo esperando, Ana.
Estábamos tan metidas en la
conversación que ambas dimos un
respingo cuando Beatriz entró a la
habitación.
–Muchas gracias, Beatriz, ya bajo –Ana
le sonrió a mi madre quien salió para
avisarle al padre de Ana.
Una vez solas, Ana recuperó la calma
pero me miró con algo de angustia.
–Me tengo que ir, Cath, mañana me voy
de vacaciones a Orlando para
aprovechar estas últimas cuatro semanas
antes de que inicien de nuevo las clases.
Ya te conté lo más relevante. Claro, que
en las vacaciones pueden pasar muchas
cosas así que me encargaré de
averiguarlas antes de que llegues
porque… vas a regresar al instituto,
¿no?
–Sí, Ana, eso espero,

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