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Yo, Julio Verne – J. J. Benítez

 Yo, Julio Verne - J. J. Benítez

Yo, Julio Verne – J. J. Benítez 

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en vez de
figurar en las
páginas de los
libros como
objeto pasivo,
adquieren voz y
nos cuentan su
vida y su
peripecia en
primera
persona. La
Historia como
una novela
personal,
autobiográfica,
en la que todo
lo que aparece
en estas páginas
es verdad, con
hechos ciertos y
comprobados,
pero que se
presentan con la
inmediatez y el
dramatismo que
da al relato la
voz del
protagonista,
supuesto
historiador de sí
mismo gracias a
la pluma de
unos escritores
que consiguen
el difícil y
apasionante
equilibrio entre
los materiales
de la crónica,
tratados con el
máximo
respeto, y el
enfoque que
corresponde a
la más amena
de las
narraciones
novelescas.
Otra vertiente
de estas
semblanzas es
la evocación de
episodios del
pasado en
tercera persona
con todo el
rigor que exige
el trabajo del
historiador y la
amenidad de la
novela.
Éste es el
objetivo de una
colección que
aspira a fundir
lo más atractivo
que pueden
ofrecer la
historia y la
literatura.
Índice
9 Introducción
Yo, JULIO VERNE
Confesiones del más
desconocido de los hombres
43 Capítulo
1/Donde empiezo a
escribir para mí.
¿Qué sé yo de Julio Verne?
Un «lapsus» en el
certificado de nacimiento.
La lectura de los astros.
Elegido de los dioses. Mi
próxima reencarnación
48 Capítulo 2/En
el que hablo de mis
defectos (sólo de algunos).
«El cubo vacío siempre
está encima.» Burgués de
nacimiento y crianza. Me
acuso de «no haber
vivido». Vanidoso y cojo:
¿puede haber peor castigo?
51 Capítulo 3/E1
origen de los Verne y de
los Allotte. De cómo he
vencido al inmortal
Hornero. Un noble arquero
en la familia. Mi origen
judío: una patraña
54 Capítulo 4/En
el que cuento algo de mi
infancia. De cómo el
muelle Jean-Bart despertó
mi pasión por la mar. Un
encuentro que jamás conté.
Mi primera maestra,
heroína entonces y después.
El azar, una blasfema
palabra
57 Capítulo

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5/Verne, el «profeta de la
ciencia». Pero si yo no
inventé nada. Un muelle, un
cofre, una moderna
Penélope y un tío pintor: no
busquéis otras claves. «El
rey del recreo.» Otro gran
secreto: lo mío es pintar
60 Capítulo 6/Un
padre liberal y romántico
habría modificado mi
destino. En mi casa no
hubo amor, sino sumisión.
Un reloj «gobernó» la
familia. La ley del
mayorazgo
62 Capítulo 7/En
el que doy fe que no me
fugué por amor. «La
Coralie», única respuesta
posible a mi padre. El
ridículo, más doloroso que
los azotes. Caroline o la
magia del primer amor
65 Capítulo
8/Donde cuento mi
“despertar» literario. Una
erupción cutánea que me
hizo dudar del Dios de mi
padre. Mi declaración a
Caroline, un fracaso
decisivo. A las puertas de
París
68 Capítulo
9/Lágrimas sobre el Loira.
París: la fascinación de las
librerías. Caroline me
empuja hacia mi destino.
Nantes no te merece. La
execrable boda de mi
prima. El retorno a París:
un plan premeditado. Cien
francos al mes, un
estómago vacío y un traje
compartido. «Azafrán», una
palabra mágica
73 Capítulo 10/La
emoción de la primera obra
impresa. Donde profetizo,
sin saberlo. Pierre Verne
muere para Julio Verne.
Clases de derecho, cartas
para soldados analfabetos
y comida caliente en los
burdeles. El teatro lírico y
sus cien francos me salvan.
Todo se lo debo al
periodismo. Así nació la
«novela de la ciencia»
80 Capítulo
11/Donde descubro que el
club «La cena de los once
sin mujer» fue una farsa. A
la caza de la rica heredera.
Mi salud se resquebraja.
Mi padre se rinde y yo me
libero del teatro
92 Capítulo 12/Un
piano por veinticinco
francos. Nunca fui un
escritor de verdad. Donde
me profetizan que seré
cornudo. Un 9 de mayo
fatídico. Honorine, la de
los pechos interminables.
Un plan perfecto y
fríamente engrasado. El
Gran Patriarca se opone a
mi boda. Cincuenta mil
francos me convierten en
agente de Bolsa.
«Uniforme» para mi
«entierro»: traje blanco y
guantes negros
101 Capítulo
13/E1 del «no
supersticioso, con mala
suerte». Un secreto del
viaje de bodas.
Honorine o un globo con
excesivo lastre. Donde mi
esposa confunde a Caroline
con la Venus de Milo.
Sigue la mala suerte: mi
primera navegación y los
reproches de Honorine. Un
Julio Verne mozo de
cuerda. El certero ojo de
un cazador
107 Capítulo
14/Donde cuento mi
providencial
descubrimiento de Alian
Poe. A punto de perder el
tren. Mi hora no había
llegado. Segundo viaje,
abortado en Dinamarca.
Honorine «expulsa». Nadar
o de cómo la providencia
sabe tocar todas las flautas.
«¡El globo…, sólo tu
globo!»
114 Capítulo
15/En el que descubro que
estoy en un capítulo
mágico. Quince necios me
rechazan. Hetzel o la mano
izquierda de Dios. Mi
segunda y escatológica
entrevista. «Hágame de
esto una verdadera
novela.» Donde me caso
por ciento veinte mil
francos. Ha nacido Julio
Verne
120 Capítulo
16/La historia de seis
contratos.
Despojado de casi todos
mis derechos. Tres libros
al año durante nueve años.
Y los lameculos me acusan
de mercantilista. Jamás me
arrepentí: Hetzel fue mi
segundo padre
123 Capítulo
17/Un juego macabro.
Éxito = fracaso. Michel,
golpeado a los cuatro años.
De cómo nació nuestro
mutuo odio. Sanatorio,
cárcel y destierro para mi
hijo. A los diecisiete años,
rumbo a la India. Nadie lo
supo: me apuntó con una
pistola. Una boda sin mi
consentimiento. Rapta a
una pianista de dieciséis
años. La reconciliación
129 Capítulo
18/En el que hago saber
que viajé y mucho. Un
barco, la solución para huir
de Honorine. ¡Destino
burlón!: el Saint Michel II
llegó gracias al teatro.
Verne «versus» cagalera.
Cincuenta y cinco mil
francos por el Saint Michel
III. Mi último y glorioso
crucero por el
Mediterráneo
137 Capítulo
19/Uno de mis secretos:
Anne. De por qué abandoné
París y me instalé en
Amiens. «Mi marido se me
escapa de las manos.»
Anne murió de amor. Verne
eligió el «suicidio» por el
trabajo. Fue el destino
quien me dejó cojo. Sólo
lamento la pésima puntería
de mi sobrino
145 Capítulo
20/No tengo «negros» a mi
servicio. Un as en la manga
del destino. El más singular
regalo de cumpleaños. Me
votaron 8 591 culos de
plomo. Mata a ese perro;
es un crítico. Aunque lo
parezca, nunca escribí para
la juventud. ¿Yo, un
plagiador? Ni «dios», ni

Yo, Julio Verne – J. J. Benítez 

«profeta de la ciencia»:
todo estaba inventado. En
mi obra falta «alguien» y
«algo». ¡Culos de plomo,
descifrad mi último
enigma!
Apéndices
166 Algunas de las
muchas cosas que se han
dicho sobre Julio Verne
171 Análisis
grafológico de Verne
183 Relación de
novelas que constituyen los
«viajes extraordinarios» de
Verne
185 Sucesos
destacados relacionados
con la vida y obra de Verne
194 Obras
consultadas
196 Índice
onomástico
A Karmen Goizueta, Arsenio
Álvarez,
Manu Larrazábal, Manuel Audije
y Fernando Lara,
que conocen el secreto de este
libro
Puede que el lector considere
este libro como un juego o una
ensoñación. Acertará y se equivocará
a partes iguales.
¿O es que existe algo más real
que los sueños?
INTRODUCCIÓN
«… Cementerio de La Madeleine,
en Amiens. Viernes, 17 de junio de
1988. 14 horas y 50 minutos.
«Enésima parada. Esta vez ante una
nueva encrucijada. El equipo fotográfico
pesa como una traición.
«Sin mover un músculo exploro el
ramal que se aventura hacia la derecha.
Entre la floresta asoman vetustos
mausoleos y un puñado de cruces,
acorralados por el olvido. La piedra,
humillada por el paso del tiempo, se ha
rendido al musgo y a la enredadera. El
lugar está pintado por la desolación. Y
esa desolación me arrastra como un
garfio.
»Uno, dos…, tres pasos. De pronto,
el instinto (?) me, amarra al suelo. ¿Qué
ocurre con el ramal de la izquierda? Ni
siquiera le he prestado atención. Giro
sobre los talones y repito la exploración
visual. A cosa de treinta metros se alza
el añoso y susurrante grupo de abetos. Y
al pie de la senda, otro cortejo de
austeros panteones, la mayoría
semiderruida e injustamente atacada por
la indiferencia.
»La penumbra es densa bajo el
pelotón de abetos. Obedeciendo a un
sexto sentido, la perforo con la vista. En
décimas de segundo, una ola de fuego
rompe sobre mi vientre, aturdiéndome.
Y una mano blanca, abierta a los cielos,
detiene mi respiración. Más rápido que
la razón, el corazón intuye y la ola de
fuego y de sangre se levanta por la
espalda, erizando mis cabellos. Al pie
de los abetos hay un “hombre” de
mármol blanco. Un “hombre” desnudo
que, a pesar de su inmovilidad de
piedra, batalla por escapar de su tumba.
Y desde su brazo derecho, disparado al
sol, parece gritarme.
»¡Es él! ¡Es Verne! ¡Es el gran
maestro!…»
Extraño. En realidad, toda esta
historia es muy extraña…
Mi destino, al menos por el
momento, aparece íntimamente ligado a
los cementerios. Muchas de mis
investigaciones han arrancado,
discurrido o finalizado en los más
remotos e impensables camposantos del
mundo. Y si he de fiarme de los
proyectos que se agitan en mi
atormentado espíritu, esas correrías
alrededor de tumbas y panteones apenas
si han comenzado. Pero en esta ocasión
había «algo» más. “Algo» singular… A
la lógica ansiedad por verificar cuanto
llevaba descubierto e intuido, se unía
una honda emoción. Si no recuerdo mal,
ésta era la primera vez que mis
sentimientos personales se instalaban en
el ojo de una investigación. Durante
algún tiempo bregué por aislarlos. Fue
inútil. Y hoy, 19 de julio de 1988,
semanas después de iniciadas las
pesquisas, mi corazón se debate aún en
la zozobra. Algo estaba muy claro: aquel
«encuentro» con los restos mortales de
Julio Verne era mucho más que un
simple «encuentro»…
Pero, como me sucede con
frecuencia, debo frenar mis impulsos e
intentar guardar cierto orden en la
pequeña-gran historia que me dispongo
relatar. Una historia que, quizá para los
menos avisados, pueda parecer alejada
de los temas en los que habitualmente
me muevo. Todo lo contrario. Esta
tímida y parca aproximación a la vida,
sentimientos e inquietudes del genial
Verne se halla íntimamente asociada a
muchos de mis trabajos y vivencias.
Aquellos que lean entre líneas y, sobre
todo, quienes descifren los enigmas
sepultados en este libro averiguarán por
qué.
Lo he repetido hasta la saciedad. Y
lo siento por los racionalistas: servidor
no cree en la casualidad. Este pobre
diablo sentimental sí está convencido,
en cambio, de la «causa-lidad». Y digo
yo que fue una de esas «causalidades»
de la vida (minuciosamente
programadas por el destino) la que me
condujo hasta Julio Gabriel Verne.
Si mi pésima memoria no me
traiciona, todo empezó a mediados de
1987. Mi amigo y editor Lara tiene la
sabia costumbre de no insinuar siquiera
los temas que debo abordar. Pero en esta
oportunidad los cielos tenían otros
planes. Y por primera vez en mi ya
dilatada asociación con Planeta me vi
envuelto en un proyecto que, a decir
verdad, no me hizo muy feliz. El trabajo
era fascinante, sí, pero me forzaba a
congelar otras investigaciones. Lara
deseaba poner en pie una nueva
colección —«Memoria de la
Historia»—, en la que se estudiara a
fondo una atractiva secuencia de
personajes y sucesos de interés mundial.
Cada escritor era libre de escoger el
tema o protagonista que deseara. Mi
resistencia —todo hay que decirlo—
tampoco fue granítica. Y sin saber muy
bien lo que hacía, acepté. En aquellos
momentos no podía sospechar que el
destino estaba a punto de burlarse de
quien esto escribe…
Durante semanas alterné las
investigaciones ya en marcha con una
frenética búsqueda del personaje
histórico en cuestión. El problema
resultó irritante. Mi pasión por la
historia me hacía saltar de siglo en siglo
y de figura en figura, desconcertado y
desesperado ante el inmenso horizonte.
Pero el plazo de entrega del volumen
(enero-febrero de 1988) se agotaba, y en
diciembre de 1987 no tuve más remedio
que sentarme a escribir. Por obligada
eliminación, la larga lista de
protagonistas de la historia quedó
reducida a Nerón, Herodes el Grande,
Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Juan
el Evangelista. La elección seguía
siendo comprometida. Curiosamente, el
nombre de Verne ni siquiera había sido
incluido en los primeros tanteos.
Entiendo que es importante dejar bien
sentado el presente punto: en 1987 «yo
no sabía NADA» de la vida de Julio Verne.
Como supongo le ha sucedido a casi
todo el mundo, durante mi infancia y
adolescencia disfruté con la lectura de
algunas de sus obras. Ésa había sido mi
única relación con el misterioso bretón.
En otras palabras: ninguna. Mejor dicho,
hacia el verano u otoño del mencionado
año de 1987, cuando me encontraba
inmerso en la confección de las
primeras listas de posibles candidatos al
proyecto de la nueva colección, una
querida amiga, Karmen Goizueta,
excelente traductora y una de las pocas
astrólogas serias que conozco, me
insinuó el nombre de Julio Verne. Pero
la sugerencia fue tan sutil que,
sinceramente, me olvidé. Hoy,
transcurrido un año desde aquel «toque
de atención», creo comprender por qué
pasé por alto tan importante personaje.
Los cielos, como digo, tenían otros
planes para este aprendiz de casi todo…
No había llegado «mi hora». O quizá
debiera referirme a la «hora de Verne».
Y dejándome arrastrar por la
intuición (?), puse manos a la obra,
volcándome sobre Juan el Evangelista,
«el hijo del trueno». Y el destino, una
vez más, se burló de mí. A los pocos
días de iniciada la operación de
ensamblaje de la vida del discípulo
amado de Jesús, el ambicioso proyecto
naufragó estrepitosamente. No había, no
hay, los suficientes datos históricos
como para elaborar una biografía
mínimamente digna y rigurosa. Faltó
poco para que, consumido por la
desesperación, saltase de aquel barco
recién encallado y abandonase el
proyecto. Fue entonces cuando,
fulminantemente, esa “fuerza» que
siempre me acompaña hizo girar el
timón, reflotando el buque y
empujándolo hacia aguas imprevistas.
Hasta hoy no me he atrevido a revelar el
secreto de El testamento de san Juan.
Durante cuarenta días, tiempo invertido
en su construcción, fui especialmente
sumiso a esa «fuerza», «abriendo los
canales de la mente» y dejando que una
mansa y generosa «lluvia informativa»
empapara mi corta inteligencia. Así
nació El testamento de san Juan. Como
decía el Maestro, quien tenga oídos, que
oiga… Este libro, ahora lo sé, era
necesario, justamente entre el Caballo
de Troya 3 y el próximo y quién sabe si
último Caballo de Troya 4. Por
supuesto, no aspiro a que esta confesión
llegue a ser entendida por todos.
Como era de esperar, El testamento
de san Juan, un libro duro, críptico y
especialmente cargado de esperanza,
distaba mucho de ser un trabajo
histórico, en el más puro sentido de la
expresión. Yo lo sabía y acepté de buen
grado la cariñosa reprimenda de Rafael
Borràs, director literario de Planeta. El
testamento no fue incluido en la
colección «Memoria de la Historia»,
volando en solitario. Por espacio de
unas semanas —lo confieso— me sentí
liberado. Al fin perdía de vista el
aparentemente incómodo proyecto. Y
reanudé entusiasmado las decenas de
investigaciones que, espero, lleguen a
materializarse en otros tantos
volúmenes. (Definitivamente, no tengo
arreglo. A pesar de mis casi cuarenta y
dos años, mi ingenuidad no conoce
límites. ¿Cuándo aprenderé que el
destino es inexorable?)
En marzo de 1988, ante mi
sorpresa, el editor volvió a la carga. Por
suerte para todos, la familia Lara no
cree en demasía en esas “fuerzas
cósmicas» en las que uno sí cree y
confía y a las que me refería
anteriormente. A pesar de ello, aunque
no puedo demostrarlo, estoy convencido
de que la insistencia de Fernando Lara
para que volviera a engancharme a
«Memoria de la Historia» formaba parte
de esos «planes superiores», de los que
ni él ni yo somos muy conscientes…
todavía.
Creí desfallecer. Esta vez, en una
de nuestras periódicas conversaciones
en Barcelona, mi reacción fue más
contundente. En mi mesa de trabajo se
hallaba dispuesto — ¡e iniciado!— el
segundo de los volúmenes de la serie
«Los humanoides», «causalmente»
aplazado una y otra vez. Lara me dejó
hablar. Finalmente, con una picara
sonrisa, me hizo ver que ese libro podía
seguir esperando. Minutos más tarde
abandonaba su despacho, después de
haberle prometido formalmente (aún no
me lo explico) que la biografía en
cuestión entraría en la editorial antes del
15 de setiembre de 1988. En tales
momentos pensé que mi claudicación
obedecía a una sola razón: al afecto que
profeso a los Lara. Obviamente había
mucho más. Detrás de todo aquello —
¡cómo no! — , quien tejía y destejía era
el destino. Sin yo sospecharlo, todo se
hallaba a punto para que este torpe y
«miope» ser humano descubriera “algo»
de suma trascendencia para su futuro.
“Algo» que debía llegar… en su
momento. «Algo» que marcaría mi
trayectoria profesional, convirtiendo
1988 en un año clave. «Algo» que me
asusta y que ha potenciado los motores
de la ilusión. Pero vayamos por partes.
Recuerdo que aquellos días de
marzo resultaron especialmente penosos.
Desalentado, comprobé que estaba
prácticamente como al principio: sin
personaje, sin tiempo y sin coraje para
atacar el proyecto. Una vez más, el
sentido de la responsabilidad y la
disciplina salieron al paso,
empujándome hacia la superficie. Y de
las viejas y trabajadas listas brotaron al
fin dos nombres: Leonardo y Miguel
Ángel. Dos colosos que, dicho sea de
paso, a punto estuvieron de rectificar el
rumbo de mi vida. Ambos, en mi lejana
infancia, polarizaron mi interés, hasta el
extremo de que, aún hoy, con
veinticuatro libros en mi haber, sigo
pensando que «lo

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