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Zona Zero – Hector Cruz

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clase. Fred, entre el calor angustioso que se había formado dentro del aula y el aburrido bamboleo de las ecuaciones, metió la cabeza
entre sus brazos y se tendió sobre la mesa. Mateo, el señor Mateo, recriminó un par de veces su actitud, pero viendo que el joven volvía a lo mismo una y otra vez,
optó por no hacerle caso. Zu y Laura, más aplicadas que Fred, siguieron las explicaciones con cierto interés. La tormenta no cesó, y así hubieron de pasar la clase de
gimnasia en el aula, viendo un aburridísimo video sobre la importancia de la alimentación y el ejercicio.
Cuando sonó la sirena que anunciaba el fin de la jornada, Fred despertó de un brinco, y junto con sus dos amigas salió del instituto.
‒¿Dónde habrá ido Dani? ‒Preguntó Fred.
‒Pues me imagino ‒era Laura la que hablaba‒, que estará en los recreativos del “Gran Escaparate”, haciendo el ganso como siempre.

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‒Dani podría pedir que le pagaran algo por estar allí, se pasa el tiempo en ese centro comercial y en el taller de su tío ‒dijo Zu.
‒No sé, no suele ir tan pronto por allí ‒la voz de Fred denotaba cierta preocupación, ya que había notado a su amigo algo más raro de lo habitual‒, a esas horas no
hay nada más que mujeres y jubilados.
‒Eso es cierto, y a Dani hay que buscarlo donde haya coches o chicas del instituto ‒dijo Laura.
Los tres caminaban tranquilamente por el porche del instituto, con las pesadas mochilas sobre sus espaldas, mientras la torrencial lluvia iba amainando poco a poco y
se iba transformando en una débil llovizna de primavera.
‒Bueno chicos, yo me marcho, que ahora que ya casi no llueve voy a aprovechar para irme a casa ‒les dijo Zu a Laura y a Fred.
‒¡Que te vaya bien! ‒Le gritó Laura mientras Zu se alejaba calle abajo.
‒¡Nos vemos esta tarde! ‒Dijo Fred, mientras se quedaba mirando embobado cómo se marchaba Zu.
‒Eres patético y entrañable Fred ‒le dijo Laura a la vez que le daba un ligero codazo en el brazo, sacando a éste del ensimismamiento‒. Si no se lo dices tú al final se
lo tendré que decir yo ‒le amenazó cariñosamente Laura.
‒Ni se te ocurra…además, no quiero tener novia… sólo es que ella me gusta.
‒Te gusta pero no quieres salir con ella, no te entiendo ‒y verdaderamente Laura no mentía cuando decía que no podía comprender a su amigo, pues a ella no le
entraba en la cabeza la idea de que alguien le gustase y no querer ser su novia.
‒Bueno pesada, ¡déjame en paz! Yo sabré lo que me hago… todo a su tiempo.
‒Como quieras Fred, como quieras… ‒dijo Laura queriendo mostrar con su tono que no entendía las dudas de Fred.
Siguieron caminando despacio, sin hablar, dando pasitos cortos y sin que parecieran tener un rumbo fijo. Entraron en “La Encarna”, la tienda de revistas que había al
poco de salir del instituto y se compraron algo para picotear.
‒Oye Laura… ‒la voz de Fred sonaba muy bajita, más tímida de lo que acostumbraba a ser.
‒¿Sí…? ‒Laura se mostraba irónica y sonriente, sospechando lo que su amigo iba a preguntarle.
‒¿Tú crees que le gusto a Zu?
‒Pues no sé… puede que sí…o puede que no ‒Laura se divertía con Fred, sabiendo lo sencillo que resultaba ponerlo de mal humor.
‒¡Déjate de bromas Laura! Tú eres su amiga íntima, tienes que saberlo.
‒La verdad es que nunca hemos hablado de eso ‒dijo Laura tajantemente.
Fred quedó callado y comenzó a comerse lo que se había comprado, mostrándose algo triste. Anduvieron un rato más, hasta que llegaron a un cruce que hacía esquina
con una larga y transitada avenida. El cielo se iba abriendo poco a poco y los pájaros comenzaron a cantar de nuevo. El ambiente era agradable y el mal humor de Fred se
había difuminado casi por completo con los comentarios graciosos que Laura dedicaba a los diferentes compañeros de instituto con los que se cruzaban.
‒Podíamos ir al taller de Aitor a ver si está allí Dani ‒le dijo Fred a Laura.
‒Vale, pero tan sólo un momento, que quiero estudiar para mañana. Es más, si esta tarde lo vamos a ver en su casa, ¿para qué quieres verlo ahora?
‒A ver si nos cuenta algo, que no sé qué narices se trae entre manos‒dijo Fred a la vez que giraban en dirección al taller del tío de Dani.
3
Aitor, el tío de Dani, era un hombre de menos de treinta años. Su sobrino lo tenía idealizado, soñaba con ser como él cuando fuera mayor. Realmente Aitor era
increíble: sus brazos estaban cubiertos de tatuajes, tenía el pelo largo y moreno, era alto, fuerte y llevaba varios piercings en la cara; pero toda esa fachada no era
impedimento para resultar extremadamente agradable y simpático. Aitor era una de esas personas que a nadie dejaba indiferente. Dani quería ser mecánico como él,
llevar el pelo largo como él, hacerse tatuajes como él… en fin, Dani quería ser como su tío, cosa que, dicho sea de paso, no agradaba lo más mínimo a su madre.
Laura y Fred entraron en el taller y preguntaron a Juan, socio de Aitor, por el tío de Dani.
‒¡Compadre! ¡Preguntan por usted un par de muchachotes!
‒¿Quién quiere verme? ‒Dijo Aitor, que se encontraba con medio cuerpo metido dentro del capó de una furgoneta.
‒¡La comisaria superior de la policía, por el asunto de un par de coches robados! ‒Gritó Laura.
Aitor comenzó a reír al reconocer la voz de Laura.
‒¡Ya le dije que no era negocio limpio! ¡No seáis huevón le dije, pero no me hizo caso! ‒Esta vez era Juan el que seguía la broma y los cuatro estallaron en carcajadas.
Aitor dejó de hacer lo que estaba haciendo y se acercó a Fred y a Laura, que se habían internado en el taller entre los coches a medio reparar. La radio sonaba fuerte,
ambos socios tenían los mismos gustos musicales y en ese taller sólo podían escucharse las atronadoras guitarras del Rock y del Heavy Metal. Juan, que venía de Chile,
era un gran trabajador que conoció a Aitor en el antiguo taller donde trabajaban. Cuando el jefe cerró el negocio, los dos decidieron abrir su propio taller. Ese lugar era un
orgullo para Aitor y para Juan, ya que en él habían depositado todos sus ahorros y todas sus ilusiones. De momento no podían quejarse, pues tenían el suficiente
trabajo como para pagar los gastos y sacar “algo de pasta para ir tirando”, como solía decir Aitor.
En cierta manera a Dani le debían mucho, ya que éste recomendaba el taller de su tío a todos sus conocidos, y aunque todavía eran demasiado jóvenes como para
poder tener coche o moto, éstos se lo decían a sus padres, “decid que vais de parte de Dani y os harán un buen precio”. Sea como fuere, la cuestión es que a las
“pintas” de Aitor había que sumarle su tesón y profesionalidad en la mecánica, lo que hacía que Dani también se sintiese orgulloso de eso.
‒¿Qué os trae por aquí? ‒Dijo Aitor mientras se limpiaba la grasa de las manos con un trapo.
‒¿Ha venido Dani esta mañana al taller?‒Le preguntó Laura.
‒Se ha ido del instituto dos horas antes… lo hemos notado algo raro ‒añadió Fred.
‒Pues no, no ha venido ‒Aitor se quedó pensativo.
‒A saber. Bueno, esta tarde hemos quedado con él, ya se lo preguntaremos ‒sentenció Laura mientras miraba la hora en el enorme reloj que colgaba al fondo del taller.
Ese reloj la tenía enamorada, y no era para menos, pues el fondo era una gigantesca calavera y las manecillas tenían forma de hueso‒. Yo me tengo que marchar, chicos.
‒Sí, sí, yo también ‒dijo Fred‒. Bueno, Aitor, nos vamos.
‒¿Ya marchan? ‒Dijo Juan, mientras le azuzaba ligeramente el pelo a Fred‒ ¿No se van a llevar al talego a este huachito?
‒Deja que se marchen, que tendrán cosas que hacer. Hasta luego, muchachos ‒les dijo Aitor, que se quedó mirando cómo se marchaban, preocupado por las andanzas
de su sobrino.
Aitor dudó largo rato en si debía llamar a su hermana. Por un lado creía que debía decirle que su hijo se había ido antes del instituto, pero por otro lado sentía que no
tenía el derecho a meterse en la vida de su sobrino. Si había de discutir con alguien por esta cuestión, prefería hacerlo con su hermana antes que con Dani. Una de las
cosas que hacía a Aitor tan cercano era ese mismo pensamiento, es decir, el respeto que mostraba por los jóvenes y por sus ideas. Él opinaba que los jóvenes han de
buscar su camino y que los adultos no deben entrometerse. “No, decididamente no la llamaré, mi sobrino es muy inteligente y sabrá lo que se hace, y si se equivoca, el
error le servirá de lección”, pensó Aitor, regresando nuevamente a su faena.
4
Laura había quedado con Zu a las cuatro menos cuarto en un pequeño parquecito que daba a la calle donde vivía Dani. Fred acudiría solo. Dani había pasado por el
taller de su tío algo después de que estuvieran allí sus dos amigos.
‒Laura y Fred han estado por aquí hace un rato ‒le dijo Aitor, intentando ocultar cualquier sombra de preocupación que pudiera manifestarse en su voz.
‒¿Ah sí? ¿Y para qué?
‒Te andaban buscando.
‒Ellos sabrán… Oye tío, ¿me prestas diez euros? ‒Dani solía pedirle dinero a su tío Aitor, que luego gastaba en comprarse alguna camiseta o parche que le gustara.
‒¿Para qué los quieres? ‒Aitor puso cara de pocos amigos, fingiendo una dureza que en conjunto con su imagen parecía salida de alguna película de matones.
‒Para comprar droga ‒dijo categóricamente Dani, intentando aguantar la carcajada que estaba a punto de soltar.
‒Si es para eso sí te los doy ‒Aitor siguió con la broma, lo que provocó la carcajada tanto en el tío como en el sobrino.
Aitor se acercó a un armarito que estaba cerca de la oficina y sacó su cartera, de donde extrajo un monedero. Una vez le hubo dado el billete, Aitor dudó por unos
instantes en lo que debía hacer, ¿le preguntaría a su sobrino dónde había estado? “Yo también fui joven y me salté algunas clases”, pensó Aitor, “lo mejor es que no le
dé la tabarra”.
‒¿Qué tal por el centro comercial, Dani? ‒Le preguntó Aitor.
‒Muy bien, mañana he quedado con una chica que conocí ayer por la tarde, pero me voy a acercar esta tarde a última hora para ver si la veo… ‒dijo Dani sonriendo.
‒¡Eres un granuja! ‒Aitor le dio un golpe en el hombro.
‒He tenido buen maestro, ¿no crees? ‒Entonces Dani se volvió hacia donde estaba Juan‒ Oye Juan, ¿qué tal va de ligues mi tío?
‒Tenís que preguntarle por los autos y las motos, pues de mujeres parece no querer saber nada‒dijo Juan sonriente, mirando a Aitor mientras hablaba.
‒No le hagas caso, dice esas cosas porque está envidioso ‒le dijo Aitor a Dani‒de la nueva chica con la que ando.
‒Me marcho tío, que tengo que ir a casa para

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