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Libro PDF Bilogía Sin Reservas Noe Casado

Bilogía Sin Reservas - Noe Casado

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Agotada, sí, ésa es la palabra exacta para describir cómo me siento en este momento,
aunque también podría añadir satisfecha. Y no es para menos. La inauguración del
Cien Fuegos ha sido todo un éxito. Hemos trabajado muy pero que muy duro todos los
que nos hemos subido a este «barco». Ha sido un mes de locos. Xavi, el encargado,
no ha dejado ni un solo detalle al azar. Hasta lo más nimio, lo más insignificante, lo
ha revisado.
Yo no sólo he ayudado a confeccionar la carta, que es el atractivo más evidente
de un restaurante, también he colaborado en otros aspectos, incluida la indumentaria
de los trabajadores de sala o la selección de vinos, para ofrecer un servicio lo más
completo posible. Lo más extraño es que hasta me pidieron consejo sobre la
mantelería.
Yo alucinaba, porque al venir de un trabajo donde el jefe era una especie de
dictador incapaz de ver más allá de sus narices, cualquier consulta me parecía rara.
Aunque luego, durante las conversaciones que hemos mantenido estos pasados días,
he llegado a comprender y compartir la filosofía del encargado.
Y es que en el Cien Fuegos no hay un jefe gritón de esos que te echan la bronca
por cualquier cosa, hasta por la más ridícula, sólo para hacerse notar y porque creen,
de forma errónea, que así afianzan su papel de dueños.
Aquí funciona diferente. Hay una cadena de mando, por supuesto, pero, por
ejemplo, el encargado rara vez irrumpe en la cocina. Tiene un despacho, sí, uno de
esos con decoración vanguardista y no un cuartucho lleno de papeles, cajas
amontonadas y objetos polvorientos publicitarios que no reparte entre los clientes
porque es un raposo y quiere quedarse con todo. Aquél era mi anterior jefe, el de
ahora no tiene nada que ver.
Xavi es el que coordina todo el equipo. Marca directrices y toma decisiones,
procurando escuchar a los interesados. Cuando rechaza alguna de las propuestas, no
lo hace de malas maneras, sencillamente expone los motivos por los que no es
factible; eso sí, agradeciendo siempre de antemano haber contribuido aportando algo.
Y para alegría del público, femenino y masculino, es atractivo a rabiar. Y me
quedo corta…
Sí, hasta yo, que tengo una apatía manifiesta y que no me encuentro en un
momento muy proclive a apreciar esos detalles, me he percatado de ello.
Xavi es, por decirlo de alguna manera, el tipo ideal. El hombre perfecto. Ese
que, de poder fabricarse a medida, todas encargaríamos sin dudarlo. Si hubiera un
catálogo de hombres, desde luego figuraría entre los top ten. Reconozco que al
principio pensé que era gay. ¿Por qué? No lo sé, fue una suposición estúpida, o bien
que mi propia amargura interior hacía de filtro que distorsionaba la realidad, ya que
se me antojaba imposible coincidir en tan corto espacio de tiempo con otro hombre
perfecto, así que le puse la etiqueta de homosexual.
Y la verdad es que él juega muy bien a la ambigüedad y saca partido de ella. De
cara a la galería le va perfectamente, pues le permite relacionarse con todo el mundo
de una manera muy abierta, pero luego, a la hora de la verdad, es como la cerveza San
Miguel: «donde va, triunfa». Es la comidilla de los camareros, que, por supuesto, se
mueren de envidia.
El bando femenino suspira, aunque tienen muy claro que nada de intimar. Por
supuesto, Xavi se cuidaría muy mucho, y mis compañeras se limitan a comérselo con
los ojos.
Yo sonrío cuando oigo algún que otro comentario subidito de tono, y confieso
que me gustaría unirme a ellas, porque de ese modo podría decir que he superado mi
historia con…
«¡Para!», me digo a mí misma, porque si algunos recomiendan contar hasta diez
para no cometer una estupidez, yo me he impuesto un método más rápido.
Termino de guardar mis cosas y me dirijo al despacho de Xavi, que me ha
pedido que me pase por allí. Reconozco que cuando lo conocí me impresionó. Decir
que es elegante es quedarse corta. Viste de punta en blanco, a la moda, y como
además tiene percha, todo le sienta estupendamente.
Así que cuando llamo a la puerta de su despacho y él me abre para invitarme a
entrar, no me sorprende encontrármelo con un sofisticado look de esos de portada de
revista y, cómo no, con su sonrisa derritemujeres. Menos mal que soy inmune a ella.
Al menos de momento, no sé si con el tiempo me causará algún problema; son
demasiados vatios de sonrisa como para no darse cuenta.
—Pasa, Bea, te estaba esperando —me dice amable, haciéndome un gesto con la
mano para que entre.
—Gracias —murmuro educada.
Siento su mano en la parte baja de mi espalda. No me desagrada, aunque
tampoco lo creo necesario. Sé que lo hace como muestra de su exquisita educación,
no obstante, cualquier contacto con un hombre me pone nerviosa y hasta siento una
especie de rechazo. Una estupidez, desde luego, pero no puedo evitarlo.
Supongo, espero, confío en que se me pasará.
—¿Todo bien? —pregunta, sentándose en la ultramoderna, ergonómica y
carísima silla de su escritorio.
—Más o menos —le respondo, porque en una cocina siempre surgen
complicaciones de última hora. Aunque aquí, sin un jefe tocapelotas y vocinglero
acechando, resulta más fácil buscar soluciones y salir adelante.
—¿Te apetece un café u otra cosa? —me ofrece, siempre tan cortés, y yo niego
con la cabeza.
Lo que me apetece es volver a casa cuanto antes.
—¿Qué querías comentarme? —inquiero, para que no se vaya por las ramas.
—Todo va a salir a pedir de boca —dice, acomodándose en su silla ergonómica
—. Los comentarios han sido espectaculares. ¡Hemos triunfado!
—Sí, la verdad es que después de todos los nervios de estos días, el trabajo ha
dado sus frutos —digo sonriendo, porque es cierto.
—Y me alegro de que tú hayas sabido estar a la altura de las circunstancias —
añade. Noto cierto deje de peloteo y no sé si soy yo que estoy susceptible e imagino
cosas o esta reunión es una excusa para tantear el terreno. Xavi me mira con una
media sonrisa, creo que está evaluándome, pero de nuevo me digo que son
suposiciones. Yo voy con mi ropa de faena blanca, con una coleta hecha deprisa y
corriendo y sin maquillaje, y él, por lo que se comenta, sólo sale con mujeres
sofisticadas. Y yo no tengo tiempo ni ganas para serlo.
—Bien, por hoy vale de autobombo. —Sonríe seductor.
«Qué pena», pienso, porque si me encontrara en otra situación, hasta podría
dejarme llevar. Incluso he llegado a pensar que ése podía ser el camino que seguir…
No obstante, soy consciente de que eso no se repetirá. Ya lo hice una vez, sin medir
las consecuencias, y mira cómo estoy ahora, en una especie de reciclaje emocional.
Espero en algún momento dejar de martirizarme con ello, pues si me va bien en
el trabajo y mi niño está contento, ¿qué más puedo pedir?
—Sí, vale ya de echarse flores —contesto, sonriendo también.
—Verás, Bea, mi intención con el Cien Fuegos es que sea un local de referencia,
en cierto modo asequible para un amplio espectro de clientes, y para ello creo que no
debemos limitarnos sólo al establecimiento en sí.
—No te sigo —digo, porque para mí la cocina, los fogones son creatividad,
nervios, manchas, pruebas… Cuando habla de ese modo tan empresarial, me pierdo.
No soy tan tonta como para obviar el hecho de que el Cien Fuegos, como
cualquier otro restaurante, debe ser rentable; sin embargo, en esa faceta yo no entro.
Para eso está Xavi con su máster. Bueno, no estoy segura de si tiene uno, pero tiene
pinta de que sí, pues sabe mucho de esas cosas.
Vuelve a sonreírme antes de proseguir.
—Uno de nuestros invitados, un amigo al que conozco desde hace tiempo, ha
alabado hoy los platos. Y por supuesto me ha dicho que te trasmita las felicitaciones
pertinentes.
—Ah, gracias —murmuro algo cohibida, pues no termino de acostumbrarme a
estas muestras de agradecimiento.
—No seas modesta, por favor, Bea —me reprende en tono afable—. Gran parte
de nuestro éxito se debe a ti.
—Y a mis ayudantes —añado, pensando en Tito y en Magda, mis compañeros de
trabajo.
—Por supuesto, por supuesto —admite, sin sentirse ofendido por mi corrección
—. Pero no nos desviemos del tema. Ese amigo que te comentaba organiza cenas y
eventos privados para grupos reducidos y digamos que especiales.
—¿Especiales? —lo interrumpo, frunciendo el cejo, pues no sé bien a qué se
refiere.—
Sí, personas de un nivel económico muy alto, que no se conforman con lo
mejor, quieren además exclusividad —explica Xavi.
—Ah… —es lo único que acierto a decir, porque no sé yo si estoy muy de
acuerdo con ese planteamiento.
—El caso es que, tal como te comentaba, ha quedado muy impresionado esta
noche y me ha pedido como favor personal que nos ocupemos del catering de su
próximo evento.
Respiro tranquila. Eso sí puedo hacerlo. Servirles comida a pijos exigentes.
—Es una buena idea —digo, recurriendo a una frase correcta.
—Te iré informando de los detalles, fechas y demás. Así como del tipo de menú
que prefieren, aunque, por supuesto, podemos hacerles sugerencias. Eso es algo que
dejo en tus manos.
—Podríamos basarnos en el menú degustación —propongo.
—Como te parezca mejor.
Una nueva tanda de sonrisas de mil vatios. No me extraña que deslumbre a
cuanta mujer se le pone por delante. Estoy poco animada, pero no ciega.
—Muy bien —concluyo, levantándome, pues he mirado un par de veces la hora
con disimulo y quiero irme ya—. Cuando sepas algo más me lo comentas.
—¿Quieres que te acerque a casa? —pregunta, y yo no tengo muy claro cómo
tomarme ese ofrecimiento.
Soy prudente, desconfiada incluso, y creo que es lo mejor. Cuanta menos
confianza se establezca fuera del trabajo, mejor.
—Eres muy amable, pero no, gracias. Voy a aprovechar para hacer unos recados
de camino y no te quiero hacer perder el tiempo —miento con una sonrisa.
—No es ninguna molestia, Bea —contesta, mirándome fijamente, demasiado
para mi gusto, y yo decido despedirme con un escueto «hasta mañana».
Cuando salgo del restaurante me abrigo bien, pues estoy acostumbrada a un clima
más amable en invierno. Un cambio más en mi vida. Un brusco cambio más en el
último mes.
Camino deprisa hacia mi casa. Se me ha hecho tarde y, a pesar de que Félix está
con mi madre, no quiero perder ni un minuto más.
—¡Mamá! —grita mi niño nada más oírme abrir la puerta.
Ni siquiera me ha dado tiempo a quitarme la chaqueta y dejar el bolso cuando
Félix se abalanza sobre mí para que lo coja en brazos. Lo hago sin tardanza, pero tras
dos besos, mi hijo se revuelve, porque eso de tener una madre besucona no le hace
mucha gracia.
—Es que te como a besos —canturreo sin soltarlo, pese a sus protestas.
—¡Mamá, que ya me has besado, jo!
—Y no me canso de hacerlo, Félix —le digo, antes de darle el último y dejar
que se escabulla corriendo.
—¿Qué tal ha ido todo? —me pregunta mi madre.
—Todo estupendo, un éxito —respondo, pero no con la efusividad que se
esperaría.
Y ella sabe que, pese a que me va muy bien en lo laboral, aún tengo una especie
de losa emocional en mi vida, algo que una madre, mi madre, percibe.
—Félix ya ha merendado, así que, si quieres, date una ducha y relájate —me
dice con una sonrisa amable.
Mi madre, Manuela, que nada más enterarse de mi decisión de trasladarme a
Madrid sola con mi hijo no se lo pensó ni un minuto: hizo la maleta y cogió un
autobús.
Tras quedarse viuda, hace seis años, decidió que se volvía al pueblo. Como ella
siempre dice: «Soy una chica de provincias y me siento como Paco Martínez Soria en
La ciudad no es para mí». Porque a pesar de que llevaba más de treinta años
viviendo en Barcelona, no terminaba de acostumbrarse al ritmo de una gran ciudad. A
los horarios, al anonimato, a los ruidos…
Mi madre llegó allí a finales de los setenta. Aquello debió de ser increíble,
novedoso…, y más para ella, una chica joven de pueblo. Pero entonces se echó novio.
Un novio, mi padre, que, según nos contaba, la enamoró y conquistó, y luego vino la
boda. Nació María y después yo. Y aunque a ella le seguía costando vivir en una gran
ciudad, como siempre hace, como siempre hacemos las mujeres, se amoldó a los
demás y a las circunstancias.
Así que cuando murió mi padre, urbanita convencido, decidió regresar al
pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza donde nació. Aparte de sus hijas, nada la
retenía en Barcelona, y como había mantenido el contacto con sus amigas del pueblo
de toda la vida, pues tanto a María como a mí nos pareció estupendo que
acondicionara la vieja casona, donde podría vivir con comodidad, ya que tampoco
disponía de una pensión como para tirar cohetes.
Mi madre se sentía vital y allí, donde yo iba de pequeña obligada, porque lo
odiaba, es Manuela, no esa señora que vive en el cuarto y a la que como mucho dices
hola y adiós al entrar en el ascensor.
—Hija, ¡espabila! —exclama, sacándome de mis pensamientos.
—Lo siento, se me ha ido el santo al cielo —respondo, y le doy un beso en la
mejilla antes de irme a mi cuarto a buscar ropa limpia y cómoda y darme esa ducha
que tanto necesito.
Con mi chándal de andar por casa en las manos, entro en el cuarto de baño de mi
dormitorio, un invento maravilloso, por cierto. Una novedad de mi nuevo
apartamento, más espacioso y mejor distribuido, aunque muchas noches, antes de
dormir, cuando estoy en silencio acostada sola en mi cama, no puedo evitar pensar
que no sólo dejé atrás un sitio y que, a pesar de disponer ahora de más comodidades,
volvería allí sin dudarlo si…
Me detengo a medio desnudarme, porque me he propuesto no acabar ni empezar
un pensamiento con ese maldito condicional de lo que pudo ser.
Acabo de quitarme la ropa y la dejo en el suelo, luego la recogeré, y ajusto la
temperatura del agua antes de meterme bajo el chorro, a ver si con un poco de suerte
la tensión de estar varias horas de pie se reduce un poco y puedo ejercer de madre
con Félix esta tarde y jugar con él antes de acostarlo.
No es fácil mirar hacia otro lado. Yo lo hago, pero eso no quita que sea
consciente de que la situación es forzada. Finjo lo mejor que puedo, pero la mayor
parte del tiempo me siento anestesiada, y mi madre es la primera que se ha dado
cuenta. María, mi entrometida hermana mayor a tiempo completo y consejera sentimental
a ratos, también se percató de ello, aunque tuvo que morderse la lengua cuando me
presenté en su casa para anunciarle mi brusco cambio de parecer.
Al verme tan decidida, tuvo que cerrar el pico, pero mi decisión partía de la
ofuscación, del

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