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Unidos en el dolor – Annette J. Creendwood

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Libro Unidos en el dolor – Annette J. Creendwood

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Clara Nieto era una joven veterinaria apasionada de su profesión y amante de la naturaleza que se había instado en un pueblo muy pequeño rodeado de montañas. De la
noche a la mañana los incendios iban quemando las fértiles tierras que ella tanto adoraba. Luchadora como el que más, ayudaba a los vecinos y a sus animales. La
consumía la pena cuando se encontraba con animales que había que sacrificar para que dejaran de sufrir debido a las quemaduras.
Estaba furiosa con las autoridades por tenerlos tan abandonados, cuando se declaraba un incendio tardaban demasiado en llegar los bomberos, y eran los propios vecinos
los que arriesgaban sus vidas para salvar las tierras.
En el pueblo había dos policías, el jefe siempre decía que los incendios eran fortuitos, que ese año no había llovido lo suficiente. Clara no estaba tan segura… y los
bomberos tampoco. Eso los llevó a mandar a un investigador para que averiguara qué estaba ocurriendo allí.
CAPITULO 1
Por fin la jornada ya había terminado, Clara estaba tomándose un café, sentada en el porche de su casa. El día había sido muy largo, primero la vaca de su vecino Jonás
que había parido un becerro precioso, sin ningún contratiempo, pero la habían llamado por las dos experiencias anteriores en que la vaca había tenido problemas para
parir.
Luego el perro de la panadera había sido atropellado, y se lo llevaron a la consulta por que se había roto una pata, escayolar al nervioso animal había representado una
odisea.
Mientras ella estaba atendiendo al perro, alguien había abandonado dos perritos de pocas semanas en su puerta, y Juan, su vecino y amigo los había recogido cuando
llegaba del pueblo, de hacer la compra.
-Mira que preciosidad, si no haces algo pronto, se te va ha llenar la casa de pequeños vagabundos.
Tenía razón, y Clara lo sabía, pero amaba demasiado a los animales, todos los que llegaban a su puerta eran bien recibidos, de tanto en tanto, los mismos vecinos del
pueblo iban por allí, para llevarse alguno, pero siempre había más de la cuenta.
Esa tarde había estado un buen rato ocupada, desparasitando a los perritos, aseándolos, y ahora dormían en su cocina, después de haber devorado casi un litro de leche.
Clara Nieto era la veterinaria del pueblo desde hacía poco más de un año, su amor a los animales y a la naturaleza la habían llevado a vivir en aquel pequeño pueblo de
las montañas, donde los habitantes tenían verdaderas dificultades cuando necesitaban un veterinario. El más cercano estaba en la capital, a unos ciento veinte kilómetros,
y no podían dejar solos a sus rebaños para llevar a uno al veterinario. Este hacía su recorrido por los pueblos cercanos, una vez cada quince días, pero no era suficiente,
la mayoría de las urgencias siempre se producían cuando el veterinario no estaba cerca, y algunos de los animales morían sin ser atendidos.
Al principio de instalarse ella allí, la gente del pueblo la había mirado como un bicho raro, pensaban que tener un veterinario en el pueblo era un lujo que les costaría
muy caro, pero poco a poco, se dieron cuenta de que Clara estaba allí para ayudarlos en lo que pudiera, y que sus servicios no eran tan caros como ellos se esperaban,
sino al contrario, les resultaba más barato que el veterinario de la capital.
Clara se había comprado una masía al lado de un riachuelo, lo que le aseguraba no tener problemas con el agua, ni para riego, ni para consumir. La casa estaba un poco
maltrecha, era una construcción de una sola planta, alargada, y ella misma había dibujado los bocetos de lo que quería, contrató a unos obreros para que la arreglaran, y
habían hecho un buen trabajo, ahora se sentía orgullosa de su hogar. El lado izquierdo de la casa lo dedicó a su pequeña consulta para los animales, que se usaba muy de
cuando en cuando, pues la mayoría de las veces la llamaban por teléfono y ella acudía con su destartalada furgoneta a las granjas vecinas. Del lado derecho había hecho
su hogar, una espaciosa estancia hacía las veces de salón y comedor, con cocina americana y una chimenea que en invierno la daba más calor del necesario, tenía tres
habitaciones dobles, la que ella usaba y otras dos para cuando iban a verla su hermana y su pequeña sobrina. Lo había amueblado poco a poco, comprando objetos en el
mercadillo del pueblo, y sus vecinas cuando le fueron cogiendo confianza, le habían ido regalando, colchas hechas a mano por ellas mismas, y una anciana le había tejido
las cortinas. Ahora lo que antes había sido una construcción destartalada se había convertido en un lugar muy acogedor. Entre la consulta y la casa se había hecho
construir un porche, que unía las dos construcciones, y del que estaba muy orgullosa, pues en noches como esa, se sentaba en su sillón favorito y se relajaba mirando las
estrellas, y los bellos bosques que la rodeaban.
Estaba anocheciendo y Clara estaba llenando los comederos de sus perros, cuando oyó el teléfono, al otro lado de la línea estaba la mujer de Juan, a la mujer se la oía
bastante nerviosa.
-Clara… ¿Está ahí mi marido?
-Si, hace un rato que le dije que se fuera que yo ya terminaría…
Anabel la interrumpió.

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-Se a prendido fuego en las tierras de mis vecinos, los Gomera, todos los del pueblo están allí, intentando apagarlo, los bomberos aún no han llegado, por favor dile que
se apresure, si no lo apagan pronto…- Le temblaba la voz.- Estoy aterrorizada, se nos van a quemar las nuestras también.- Se le escapó un sollozo.
-No te preocupes, ahora mismo vamos.
Clara salió corriendo en busca de Juan, y los dos fueron a echar una mano. Ya era bien entrada la noche el incendio estaba totalmente apagado. Los vecinos habían unido
esfuerzos y habían colaborado con los bomberos, para acabar con las llamas antes de que estas llegaran a la casa. Los Gomera habían perdido toda la cosecha, pero su
casa seguía intacta.
Clara se encontraba en la cocina de Anabel, preparándole una infusión, esta aún tenía los nervios a flor de piel, Juan la abrazaba junto a él en el sofá y le susurraba al
oído.
-Toma, bebe esto.- Le dijo Clara alcanzándole una taza.- Te ayudara a descansar.
Juan y Anabel eran un matrimonio de mediana edad, que no habían tenido hijos. Juan cultivaba la tierra y en sus ratos perdidos también cultivaba en las tierras de Clara,
esta no había pensado en cultivar nada cuando se instaló en el pueblo, pero Juan la había convencido, argumentando que era una pena que no se sacara provecho de una
tierra tan fértil como la de Clara.
Los tres se habían hecho muy buenos amigos, Clara siempre decía que en ellos había encontrado a su familia, pues su hermana vivía muy lejos y solo se veían un par de
veces al año, y algunos años menos. Anabel era una especie de madre para Clara, le contaba todo, y siempre daba buen uso de sus consejos. Juan iba cada día a sus
tierras a vigilar el cultivo, y de paso la ayudaba con los animales, con el pasar de los meses, en las tierras de Clara habían habitado perros, gatos, algún cervatillo
despistado, algunas cabras que se extraviaban, y al cabo de los días sus dueños iban a recoger. En la parte de atrás de la casa, siempre había comida y agua fresca para los
animales, de manera que Clara no se extrañaba si en medio de la noche escuchaba moverse algo por los alrededores, sospechaba que la mitad de los animales de la
montaña, bajaban a comer, en la seguridad que les ofrecía la noche.
Una semana después del fuego en las tierras de los Gomera, se incendió un bosque en las tierras del médico del pueblo, un señor entrado en años, de pelo cano, bigote
poblado y un trato muy afable con sus pacientes, gente a quien conocía de toda la vida, pues solo estuvo ausente del pueblo, para realizar sus estudios. Los vecinos
volvieron a volcarse en la extinción del incendio.
Unos diez días más tarde el fuego volvió a poner al pueblo en alerta, esta vez se estaban quemando unos pastos, donde muy cerca estaba el rebaño, el pastor estaba
enloquecido, sus ovejas huían despavoridas en todas direcciones. Cuando todo hubo terminado, alguien mencionó que era muy raro que en tan poco tiempo, se hubiesen
producido aquellos incendios. Si, que hacía mucho tiempo que no llovía, pero los habitantes lo sabían, y se tomaban muchas precauciones. Lo que estaba ocurriendo no
era normal.
A partir de ese momento todos los habitantes del pueblo empezaron a observar de cerca de los visitantes, que en esa época del año abundaban por los alrededores.
Incluso había varios que tenían casas alquiladas para las vacaciones. Todo el mundo se volvió receloso, sobretodo después de que se produjeran otros incendios.
Una tarde Clara estaba tomándose un café en la taberna, después de haber estado

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