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Libro PDF Lionel Asbo El estado de Inglaterra – Martin Amis

Lionel Asbo El estado de Inglaterra - Martin Amis

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Querida Jennaveieve:
Estoy teniendo una aventura con una mujer
mayor. Es una dama de cierta sofisticación, lo
cual supone un cambio con respecto a las
quinceañeras que conozco (Alektra, por ejemplo,
o Chanel.) El sexo es fantástico y creo que estoy
enamorado. Pero hay una complicación grave y
es la siguiente; ¡es mi abuela!
Desmond Pepperdine (Desmond, Des, Desi),
autor de esta misiva, tenía quince años y medio. Y
su letra, actualmente, era tímidamente elegante; las
letras se le inclinaban hacia atrás, pero él, con
paciencia, las fue enderezando hacia delante, y
cuando todo alcanzó una suave armonía empezó a
añadirle pequeñas florituras (la e, claramente
ornada, era como una w acostada hacia un lado).
Al utilizar el ordenador que ahora compartía con
su tío, Des se había dado a sí mismo un curso de
caligrafía, entre otros varios.
En el lado positivo, la diferencia de edad es
sorprendentemente
Tachó esto último, y siguió escribiendo:
Todo empezó hace quince días, cuando mi
abuela llamó a la puerta y dijo cariño, tengo otra
vez problemas con la fontanería. Y yo le dije
¿abuela? Iré ahora mismo. Vive en un pequeño
apartamento en los bajos de una casa que está a
un kilómetro y medio de la mía, y siempre tiene
problemas con las tuberías. Yo no soy fontanero,
pero aprendí un poco con el tío George, que se
dedica a eso. Le arreglé la avería, y me dijo por
qué no te quedas a tomar unas copitas.
Caligrafía (y sociología, y antropología, y
psicología), pero aún no había llegado a la
puntuación. Manejaba bien la ortografía, pero
sabía bien lo flojo que estaba en puntuación
porque acababa de empezar un curso sobre la
materia. Y la puntuación, intuía (bastante
acertadamente), era casi un arte.
Así que nos tomamos unos Dubonnet, algo
que yo no estoy acostumbrado a beber, y ella no
paraba de echarme esas miradas raras. Siempre
tenía puestos a los Beatles y ahora estaban
sonando todas las canciones lentas, como Golden
Slumbers, Yesterday y She’s Leaving Home. Y
entonces mi abuela dijo qué calor y me voy a
poner el camisón. ¡Y volvió con un picardías!
Intentaba darse a sí mismo una educación —no
en Squeers Free, del que hacía poco había leído en
la Diston Gazette que era el peor colegio de
Inglaterra—. Pero su comprensión del planeta y
del universo tenía lagunas inconcebibles. Una y
otra vez se asombraba de la ingente cantidad de
cosas que no sabía.
Así que tomamos unas copitas más, y yo
empezaba a darme cuenta de lo bien que se
conservaba mi abuela. Se cuida mucho, y está
francamente en forma si tenemos en cuenta la
vida que ha llevado. Así que al cabo de unas
copitas más me preguntó ¿no te estás asando con
este blazer? ¡Ven aquí, guapo, y dame un abrazo!
¿Qué podía hacer yo? Me puso la mano en el
muslo y la fue subiendo pantalones arriba.
Bueno, soy humano, ¿no? En el equipo de música
sonaba I Should’ve Known Better, pero entre una
cosa y la otra… ¡fue alucinante!
Por ejemplo, el único periódico nacional que
Des había leído en su vida era el Morning Lark. Y
Jennaveieve, la persona a quien escribía, era la
«tía del sufrimiento» de ese periódico, o, mejor, la
«tía del éxtasis».[1] En la página que dirigía le
relataban amoríos acaso totalmente imaginarios, y
sus respuestas eran juegos de palabras lascivas
precedidas y rematadas por sendos signos de
admiración. La aventura de Desmond no era
imaginaria.
Ahora bien, créame que todo esto no es nada
«propio de nosotros». ¡No tendría que haber
sucedido nunca! Muy bien, vivimos en Diston, y
allí ese tipo de cosas no estarían demasiado mal
vistas. Y, muy bien, mi abuela tuvo una juventud
traviesa. Pero es una mujer respetable. El caso es
que mi abuela va a celebrar un cumpleaños muy
importante y supongo que eso ha hecho que se le
vaya un poco la cabeza. Y en lo que a mí
respecta, mi educación es estrictamente cristiana
al menos por parte de padre (es pentecostalista).
Y verá, Jennaveieve, he sido muy infeliz desde
que mi madre, Cilla, murió hace tres años. No
encuentro palabras. Necesitaba ternura. Y
cuando mi abuela me tocó de esa forma. Bueno.
Des no tenía intención de enviar realmente esta
carta a Jennaveieve (cuyo cuerpo parcialmente
desnudo adornaba la página en cuyo
encabezamiento, en lugar de «tía del sufrimiento»,
se leía «ángel del sufrimiento»). La escribía
sencillamente para aplacar sus pensamientos.
Imaginaba su respuesta fiable y en absoluto
juzgadora. Algo como: ¡Al menos estás
disfrutando de los viejos tiempos de tu abuela!
Des siguió escribiendo.
Aparte de la cuestión de si es ilegal o no que
me está poniendo enfermo, hay otro problema
grandísimo. Su hijo, Lionel, es mi tío, y cuando
no está en la cárcel es como un padre para mí.
Tenga en cuenta que es un criminal terriblemente
violento y si descubre que me estoy acostando
con su madre me mata. Joder. ¡Literalmente!
Podría argumentarse que ello suponía
subestimar gravemente las ideas de Lionel sobre la
transgresión y la venganza… El objetivo
inmediato, para Des, era dominar el apóstrofo. Y
después de eso, los arcanos de los dos puntos y el
punto y coma, el guión, la raya, la barra oblicua.
En el lado positivo, la diferencia de edad no
es tan grande. Tenga en cuenta que mi abuela
Grace empezó muy pronto, y se quedó
embarazada cuando tenía doce años, lo mismo
que mi m
Oyó los sordos ruidos metálicos de los
cerrojos, se miró con horror el reloj, trató de
ponerse de pie sobre sus piernas entumecidas, y de
pronto Lionel estaba allí.
2
Lionel estaba allí: una forma enorme y blanca,
apoyada en la puerta abierta, con la frente pegada
a la muñeca levantada, jadeando ásperamente,
despidiendo un tenue vapor gris a través de la
camiseta morada (el ascensor se estaba portando
mal, y el apartamento estaba en el piso treinta y
tres, pero Lionel podía despedir vapor mientras
dormitaba en la cama en una tarde tranquila). Bajo
su otro brazo llevaba un cargamento de lager. Dos
docenas, dentro de una envoltura de plástico.
Marca: Cobra.
—Has vuelto pronto, tío Li.
Lionel levantó una mano callosa. Ambos
aguardaron.
En su apariencia externa Lionel era
brutalmente genérico: el cuerpo tipo losa, el bulto
lleno de la cara, la coronilla bien rapada y con el
vello incipiente leonado. Fuera, en aquella gran
ciudad del mundo, había centenares de miles de
hombres jóvenes que se parecían mucho a Lionel
Asbo. A cierta luz y en ciertos entornos, se
parecía, según algunos, al portentoso delantero del
Manchester United y de la selección de Inglaterra
Wayne Rooney: no excepcionalmente alto y no
obeso, pero excepcionalmente ancho y
excepcionalmente profundo (Des veía a su tío
todos los días, y todos los días le parecía una talla
más grande de lo esperado). Incluso tenía los
dientes separados, como Rooney. Bien, los
incisivos superiores los tenía muy separados, pero
Lionel raras veces sonreía. Sólo se los veías
cuando se le dibujaba la sonrisa burlona.
—¿Qué estás haciendo con ese boli? ¿Qué
estás escribiendo? Me lo imagino.
Des pensó con rapidez.
—Oh, cosas de poesía, tío Li.
—¿Poesía? —dijo Lionel, reculando.
—Sí. Un poema titulado «La reina de las
hadas».
—¿La qué? A veces pienso que no tienes
remedio, Des. ¿Por qué no estás rompiendo
cristales de ventanas? Eso no es sano. Oh, sí,
escucha lo que te digo. ¿Sabes el tipo ese al que le
partí la cabeza el viernes en el pub? ¿El tal señor
Ross Knowles? Me ha denunciado. Se ha chivado.
¿Te lo puedes creer?
Desmond sabía muy bien lo que podía sentir
Lionel en relación con tal asunto. El año pasado
Lionel llegó una noche a casa y encontró a Des
repantigado inocentemente en el sofá negro de
polipiel viendo Crimewatch. El resultado fue una
de las zurras más largas y ruidosas que recibió en
su vida de manos de su tío. Piden al público, dijo
Lionel, de pie y en jarras delante de la pantalla
gigante del televisor, que fisgue a sus vecinos.
Crimewatch… es como… como un programa para
pedófilos, eso es lo que es. Me da asco. Esta vez
Des dijo:
—¿Te ha puesto una denuncia? Jo… Eso es…
de lo bajo lo más bajo. Eso es lo que es. ¿Qué vas
a hacer, tío Li?
—Bueno, he estado preguntando por ahí y
resulta que el tipo es un solitario. Vive en un
cuarto alquilado. Así que no hay nadie al que yo
pueda ir a aterrorizar. Excepto a él.
—Pero sigue en el hospital.
—¿Y? Voy a llevarle un racimo de uvas. ¿Has
dado de comer a los perros?
—Sí. Pero no queda Tabasco.
Los perros, Joe y Jeff, eran los dos pitbulls
psicópatas de Lionel. Su dominio era el balcón
estrecho de la cocina, donde los dos animales
gruñían, iban de un lado para otro y giraban en
redondo, mientras llevaban adelante su guerra de
ladridos con el montón de rottweilers de la azotea
del edificio de pisos contiguo al de ellos.
—No me mientas, Desmond —dijo Lionel con
voz quieta—. No me mientas nunca.
—¡No te miento!
—Me has dicho que les habías dado de comer.
¡Y no les has dado Tabasco!
—¡Tío Li, no me llegaba el dinero! ¡Sólo
tenían las botellitas grandes, y cuestan cinco
noventa y cinco!
—Ésa no es excusa. Tendrías que haber
birlado una. Te gastas treinta libras, treinta libras,
en un puto diccionario, y no puedes gastarte un par
de chelines en los perros.
—¡Nunca me he gastado treinta libras! Me lo
dio la abuela. Lo ganó con un crucigrama. El
crucigrama con premio.
—Joe y Jeff… no son mascotas, Desmond
Pepperdine. Son herramientas de mi negocio.
El negocio de Lionel seguía siendo un misterio
para Des. Sabía que en parte tenía que ver con el
extremo más espeluznante del cobro de deudas; y
en parte con una actividad relacionada con la
«reventa» (Lionel la llamaba literalmente
«reseteo»). Des sabía esto por simple lógica,
porque la Extorsión con Amenazas era el delito
por el que más lo enviaban a la cárcel… Allí
estaba Lionel, haciendo algo en lo que era
francamente bueno: expandir tensión. Des lo
quería profunda y más o menos
incuestionablemente (No estaría aquí hoy si no
fuera por el tío Li, se decía a sí mismo a menudo).
Pero siempre se sentía ligeramente enfermo en su
presencia. No incómodo. Enfermo.
—Has vuelto pronto, tío Li —repitió tan
despreocupadamente como pudo—. ¿Dónde has
estado?
—Con Cynthia. No sé por qué me molesto.
Fiuuu…, el estado en que está la tal Cynthia.
La rubia espectacular llamada Cynthia, o
Cymfia, como lo pronunciaba él, era lo más
cercano a una novia de la niñez que había tenido
Lionel, y ello porque había empezado a acostarse
con ella cuando Cynthia tenía diez años (él tenía
nueve). Y era asimismo lo más cercano a una
novia normal que había tenido en su vida, y ello
porque la veía regularmente: una vez cada cuatro o
cinco meses. De las mujeres en general, Lionel a
veces decía: Dan más problemas de lo que valen,
si queréis saber mi opinión. ¿Mujeres? A mí no
me preocupan las mujeres. Des pensó que
probablemente era lo mejor: las mujeres, en
general, deberían sentirse muy contentas de que
Lionel no se preocupase por ellas. Había una
mujer que sí le preocupaba, pero esa mujer le
preocupaba a todo el mundo. Era una beldad
promiscua llamada Gina Drago…
—Des. Esa Cynthia —dijo Lionel con un
hartazgo de lascivia—. Dios. Hasta… eh…
durante… eh…, ya sabes, durante el…, pensaba,
Lionel, estás perdiendo tu juventud. Lionel, vete a
casa, tío. Vete a casa y ponte a ver cualquier porno
decente.
Des levantó el Mac y se puso cautamente de
pie.
—Ya está. Me voy.
—¿Sí? ¿Adónde? A ver a esa tal Alektra.
—No. He quedado con mis amigos.
—Muy bien, pues haced algo útil. Robar un
coche. Eh, ¿sabes qué? A tu tío Ringo le ha tocado
la lotería.
—Nunca le había tocado nada. ¿Cuánto?
—Doce libras y media. Es una pérdida de
tiempo, la lotería, si quieres saber lo que pienso.
Oye. Tenía ganas de preguntarte una cosa. Cuando
andas por ahí por la noche…
Des estaba allí de pie, con el Mac encima de
las dos manos, como un camarero con una bandeja.
Lionel estaba allí de pie con las Cobra en las dos
manos, como un carretero acarreando la carga.
—Cuando andas por ahí por la noche, ¿llevas
una navaja?
—¡Tío Li! Ya me conoces.
—Bueno, pues deberías llevarla. Por tu propia
seguridad. Y tu paz mental. Vas a conseguir que te
desplumen. O algo peor. Ya no hay peleas a
puñetazos; en Diston, al menos. Sólo peleas a
navajazos. A muerte. O con pistolas. Bien —se
ablandó—, supongo que no pueden verte en la puta
oscuridad.
Des sonrió con sus dientes blancos y limpios.
—Cuando te vayas, llévate un cuchillo del
cajón. Uno de los negros.
Des no se reunió con sus amigos. (No tenía
amigos. Y no quería tenerlos.) Se fue a casa de su
abuela.
Como sabemos, Desmond Pepperdine tenía
quince años. Grace Pepperdine, que había llevado
una vida muy difícil y engendrado muchos, muchos
hijos, era una mujer de treinta y nueve años
bastante presentable. Lionel Asbo era un joven de
veintiún años muy curtido por la vida.
En la polvorienta Diston (conocida también
como Diston Town o, más sencillamente, Town),
nada —ni nadie— tenía más de sesenta años. En
un gráfico internacional de expectativas de vida,
Diston aparecería entre Benín y Yibuti (cincuenta y
cuatro años para los hombres y cincuenta y siete
para las mujeres). Y eso no era todo. En un gráfico
internacional de tasas de fertilidad, Diston
aparecería entre Malawi y Yemen (seis hijos por
pareja, o por madre soltera). Así, la estructura de
edad en Diston tenía una forma extraña. Pero, aun
así, Town no iba a decaer en absoluto.
Des tenía quince años. Lionel veintiuno. Grace
treinta y nueve…
Se agachó para abrir el pestillo de la cancela,
bajó de un brinco los siete escalones de piedra,
llamó con la aldaba. Se quedó a la escucha. Fue
acercándose el sonido de sus mullidas zapatillas;
se arrastraban por el piso mientras al fondo (como
de costumbre) se oía la pureza melódica de una
canción de los Beatles. Su preferida de siempre:
«When I’m Sixty-Four».
3
El amanecer hervía a fuego lento sobre el
increíble edificio, la inmensidad apilada de
Avalon Tower.
En el balcón acortinado (del tamaño de una
angosta plaza de parking), Joe estaba tendido
soñando con otros perros, perros enemigos, perros
canallas de ojos brillantes como piedras
preciosas. Ladraba en sueños. Jeff se dio la vuelta
con un suspiro beatífico.
En el dormitorio número uno (del tamaño de
una cancha de squash de techo bajo, y en el que
había una distancia considerable entre las cosas,
entre la puerta y la cama, entre la cama y el
armario ropero, entre el armario ropero y el
espejo de cuerpo entero basculante), Lionel yacía
soñando con la cárcel y con sus cinco hermanos.
Todos hacían cola en el economato para comprar
chocolatinas Mars.
Y en el dormitorio número dos (del tamaño de
una espaciosa cama de cuatro columnas), yacía
Des soñando con una escalera de mano que
llegaba al cielo.
Se hizo de día. Lionel se fue temprano con Joe
y Jeff (negocios). Des siguió soñando.
Llevaba seis o siete meses sintiéndolo: las
punzadas y aceleramientos de la inteligencia
dentro de su ser. Cilla, la madre de Des, murió
cuando él tenía doce años, y durante tres Des vivió
como en un trance, como en un sueño de plomo;
todo estaba embotado y sin madre. Y un día
despertó.
Empezó a llevar un diario y un cuaderno de
notas. Había una voz en su cabeza, y él la
escuchaba y hablaba con ella. No, estaba en
comunión con ella, estaba en comunión con los
susurros de su inteligencia. ¿Todo el mundo tenía
una, una voz interior? ¿Una voz interior más
inteligente que uno mismo? Pensó que
probablemente no. Entonces, ¿de dónde le venía?
Des miró el árbol familiar, su Árbol del
Conocimiento particular.
Bien, Grace Pepperdine, la abuela Grace, no
se había ocupado de la educación de la madre de
Des con demasiada dedicación, por razones
obvias: a la edad de diecinueve años tenía siete
hijos. Cilla fue la primera en nacer. Todos los
demás eran chicos: John (escayolista), Paul
(capataz), George (fontanero), Ringo (sin trabajo)
y Stuart (un secretario de tres al cuarto). Al
quedarse sin más nombres de los Beatles (incluido
el Beatle «olvidado», Stuart Sutcliffe), Grace,
exasperada, bautizó a su séptimo hijo con el
nombre de Lionel (por un héroe mucho menor, el
coreógrafo Lionel Blair). Lionel Asbo, como se le
conocería más tarde, era el benjamín de una gran
familia regentada por una madre sola apenas lo
bastante mayor para votar. Aunque hacía el
crucigrama del Telegraph (no el rápido sino el
críptico; tenía una extraña maña para ello), Grace
no era una pensadora perspicaz. Cilla, sin
embargo, era más brillante que un montón de
monos juntos, según Lionel. «Dotada», decían de
ella. La primera de la clase sin esforzarse. Y se
quedó preñada de ti. Estaba de seis meses cuando
se examinó para el ingreso en el instituto. Y
aprobó. Pero después, cuando llegaste tú, Des, se
acabó. Cilla Pepperdine no se quedó embarazada
de más niños, sino que empezó a llevar la primera
juventud más desenfrenada que pueda llevarse
humanamente con un bebé en casa; un bebé, luego
un niño pequeño y luego un niño más mayor.
¿Qué sabía de su padre? Muy poco. Una
ignorancia que Cilla compartía en gran medida.
Pero todo el mundo sabía una cosa de su
progenitor: era negro. De ahí el color resinoso de
Desmond, de café con leche matizado con un
atisbo de algo más oscuro. Palisandro, quizá: de
tez compacta, y con una fragancia inconfundible.
Era un jovencito que olía muy bien, delicadamente
ensamblado, de dientes impecablemente blancos y
ojos melancólicos. Cuando sonreía ante el espejo,
sonreía con tristeza al fantasma de su padre, al
fantasma de su genitor perdido. Pero en el mundo
de vigilia sólo lo había visto una vez.
Iban subiendo por Steep Slope cogidos de la
mano, Des (siete años) y Cilla (diecinueve),
después de una jarana en el parque de atracciones
de Happy Valley, cuando de pronto ella dijo:
—¡Es él!
—¿Quién?
—¡Tu padre! Mira. ¡Es igual que tú! Boca.
Nariz. ¡Joder!
Muy pobremente vestido, disparatadamente
calzado, el padre de Des estaba sentado en un
banco de metal, entre una mochila amarilla llena
de manchas y cinco botellas grandes vacías de
sidra Strongbow. Durante varios minutos Cilla
trato de despertarlo, con violentas sacudidas y
pellizcos con las uñas, y, hacia el final del
incidente, con bofetones alarmantemente sonoros
propinados con la palma abierta de la mano.
—¿Crees que está muerto? —Cilla se inclinó
hacia delante y le pegó un oído al pecho—. Esto a
veces funciona —dijo, y acto seguido, intensa,
morosamente, lo besó en los ojos—. No tiene
remedio. —Se enderezó y le propinó al padre de
Des un último y ensordecedor guantazo—. Bueno,
vámonos, cariño.
Le cogió de la mano y siguió andando deprisa,
y Des la siguió tropezando a cada paso, con la
cabeza dándole vueltas, desbocada.
—¿Estás segura de que es él, mamá?
—Por supuesto que estoy segura. ¡No seas
descarado!
—¡Mamá, para! Se está despertando. Vete y
dale más besos en los ojos. Se está moviendo.
—No. Es el viento, amor. Quería preguntarle
algo. Quería preguntarle cómo se llama.
—¡Dijiste que se llamaba Edwin!
—Era una suposición. Ya me conoces.
Recuerdo las caras, pero no puedo recordar los
nombres. Ah, Llorón. No… —Se agachó a su lado
—. Escucha. Lo siento, cariño. Pero ¿qué puedo
decir? ¡Llegó y se fue en una tarde!
—¡Dijiste que había durado una semana
entera!
—Ah, no sigas. No, cariño. Se me parte el
corazón… Escucha. Era amable. Era un encanto.
De ahí te viene tu religión.
—No soy religioso —dijo él, y se examinó en
el pañuelo de papel que su madre le apretaba
contra la nariz—. Odio la Iglesia. Sólo me gustan
las historias. Los milagros.
—Bueno, de ahí viene tu dulzura, mi amor. No
te viene de mí.
Así que Des no lo vio más que una vez (y
Cilla, al parecer, no lo vio más que dos veces). Y
ninguno de los dos pudo siquiera imaginar lo atroz
que aquel encuentro habría de ser en la memoria
de Desmond. Porque también él, cinco años
después, trataría con todas sus fuerzas de despertar
a alguien, de despertar a alguien, de hacer que
alguien volviera…
No era más que un resbalón, un pequeño
resbalón, un pequeño resbalón en el suelo del
supermercado.
Así que Des (que ahora se levantaba de la
cama, en la vasta ciudadela) pensó que sería
precipitado atribuir cualquier gran agudeza,
cualquier gran sentido común, a su padre. ¿Quién,
entonces, era la fuente de aquellas susurrantes,
deleitosas expansiones, que cual erupciones
solares cumplían con su cometido en su mente?
Dominic Oldman: él era la fuente.
El abuelo Dom apenas acababa de salir de la
escuela primaria cuando dejó embarazada de Cilla
a la abuela Grace. Pero cuando volvió (y se quedó
el tiempo suficiente para volver a dejarla
embarazada de Lionel), estaba en la Universidad
de Manchester estudiando Económicas.
Universidad: sería difícil exagerar la referencia y
la frecuencia con las que Des susurraba esta
palabra. Su traducción personal de ella era el
poema primero. Para él significaba algo muy
parecido a la armonía del cosmos… Y él la
deseaba para él. Deseaba la universidad; quería el
poema primero.
Y aquí estaba lo gracioso. A Cilla y a Lionel
se les conocía en la familia como «los gemelos»,
porque eran los únicos hermanos que tenían el
mismo padre. Y Des creía que Lionel (pese a su
pavoroso currículum vitae) participaba
secretamente del cacumen del viejo Oldman. La
diferencia, al parecer, era de actitud. Des amaba
su inteligencia; y Lionel la odiaba. ¿La odiaba?
Bueno, estaba claro como la luz del día que
siempre la había combatido y que se enorgullecía
de ser estúpido a propósito.
Cuando Des fue a ver a su abuela, ¿estaba
siendo estúpido a propósito? ¿Y estaba siéndolo
ella también, cuando lo dejó entrar? Tras la noche
fatídica, vino la mañana fatídica…
Te traigo un poco de leche, dijo desde la
puerta.
Su abuela se dio la vuelta. Y él la siguió.
Grace tomó asiento en el sillón, junto a la ventana,
con sus gafas de abuela (de montura de metal
circular), con la cara sin maquillar inclinada
penitencialmente sobre el crucigrama del
Telegraph. Al cabo de un rato, dijo:
Me detienen con frecuencia, y me dirijo hacia
el este en el último minuto. Dos, tres, cuatro, dos,
cuatro… Justo a tiempo.
Justo a tiempo. ¿Cómo resuelves ésta?
Me detienen con frecuencia. En la cárcel a
menudo. Me: m, e. Dirijo hacia el este: e. En el
último minuto. Justo a tiempo.[2] Des, tú y yo.
Vamos a ir al infierno.
Diez minutos después, en el diván bajo, dijo:
Mientras no lo sepa nadie. Nunca. ¿Qué mal
hacemos?
Sí. Y además aquí no está tan mal visto.
No, no lo está. Tíos y sobrinas. Padres e
hijas, continuamente.
Y en la Torre tenemos a esos dos gemelos
viviendo en pecado… Pero tú y yo. Abuela, ¿crees
que es lícito?
¡No me llames abuela! Puede que sea delito
menor. Tienes menos de dieciséis años.
Entonces, una multa, ¿no? Sí, seguramente
tienes razón. Grace. Aun así.
Aun así. Intenta mantenerte lejos, Des.
Aunque yo te lo pida… Intenta mantenerte lejos.
Y lo intentó. Pero cuando ella se lo pedía, él
iba, como atraído por un imán. Volvía, volvía a la
pantomima en caída libre en la perdición.
«La principal función del punto y coma», leyó
en su Concise Oxford Dictionary, «es marcar una
separación gramatical de efecto más fuerte que la
de la coma pero de efecto menor que la que indica
el punto.»
Des sentía el peso del volumen en lo alto de
los muslos. Era su posesión más preciada. La
sobrecubierta era azul real («profundo, vivo»).
«Puede emplearse también el punto y coma
para señalar una división más fuerte en una frase
en la que ya hay comas:
»¿Qué es lo que me ha tarado? ¿Mi abuela,
censurando mi afecto infantil y convirtiéndolo
en formalidad y fría cortesía; o mi pía madre,
con su cautela patológica; o mi blando tío,
quien, a pesar de las numerosas afrentas y
agravios, no fue siquiera capaz de…»
Des oyó a los perros. No estaban ladrando, se
percató. No exactamente. Estaban jurando en
arameo (y los rottweilers de la azotea, débil y casi
lastimeramente, de lejos, contestaban con
similares juramentos).
¡Cojones!, gritaba Joe (o Jeff). Era más bien
un grito bisilábico. ¡Cojón…! ¡Cojón…!
¡Cojones…!
¡Cojones!, gritaba Jeff (o Joe). ¡Cojón…!
¡Cojón…! ¡Cojones!
4
Los perros —dijo Lionel— descienden de los
lobos. Son su herencia. Bien, los lobos —continuó
— no son los enemigos naturales del hombre. Oh,
no. El lobo no ataca al hombre. Eso es un mito.
Eso es lo que es, Des. Un completo mito.
Des escuchaba. Lionel pronunció mal «mito».
Los pronombres posesivos (tuyo, suyo, mío) aún
seguían haciendo apariciones estelares de cuando
en cuando, e invariablemente desobedecía la regla
de los plurales (decía ellos estaba, etcétera). Pero
su expresión verbal y su acento estaban en franca
decadencia. Hasta hacía un par de años, Lionel
pronunciaba bien su nombre. Pero actualmente
decía Loyonel, o incluso Loyonoo.
—Bien, sé que piensas que soy duro con Jeff y
Joe. Pero hay una razón. Para que ataquen a los
humanos, cuando se lo ordeno… Ya es hora de que
vuelva a emborracharlos.[3]
Cada dos semanas Lionel emborrachaba a los
perros con cervezas escogidas. Qué interesante,
pensó Des. En Estados Unidos pissed significaba
«furioso, o cabreado»; en Inglaterra, pissed sólo
significaba «borracho». Después de seis latas de
lager fuerte de malta cada uno, Jeff y Joe estaban
pissed en las dos acepciones. Por supuesto, no me
sirven para nada cuando están borrachos, dijo
Lionel. Se vuelven muy fieros, pero apenas
pueden andar. Es a la mañana siguiente… Ohhh.
Cuando se ponen estupendos… Aquel ohhh sonó
más como un où. Y no era ésta la única muestra del
francés involuntario de Lionel. Empleaba también
un como modesto juramento para denotar
frustración, esfuerzo, o incluso dolor físico leve.
Des dijo:
—Los emborrachaste hace dos sábados.
—¿Ah, sí? ¿Para qué?
—Tenías esa reunión con el timador de
Redbridge. El domingo por la mañana.
Lionel dijo:
—Sí, y la tuve, Des. La tuve.
Estaban disfrutando de su habitual desayuno
cotidiano de té con leche y azúcar y pastelillos
Pop-Tarts (había también unas cuantas latas de
Cobra al alcance de la mano). La cocina, al igual
que la habitación del Lionel, era espaciosa, pero
dominaban en ella dos piezas del mobiliario que
hacían que pareciera atestada. La primera: el
televisor, tan ancho como la pared, impresionante
en sí mismo pero casi imposible de utilizar; no
podías alejarte lo bastante, y los colores parecían
flotar, y cada uno de ellos aparecía rodeado por
una aureola fantasmal. Fuera lo que fuese lo que
estuvieran poniendo, a Des siempre le daba la
impresión de que estaba viendo un documental
sobre el Ku Klux Klan. La segunda, conocida
como el tanque, era un cubo de basura cúbico, de
color gris plomo y del tamaño de un lavavajillas
normal. No sólo tiene un aspecto elegante, decía
Lionel, mientras con la ayuda de Des lo sacaba a
rastras del ascensor. Es una bonita creación de la
maquinaria. Alemana. Joder. Pesa lo suyo. Pero
también esta pieza tenía su defecto.
Lionel encendió un cigarrillo, y dijo:
—Te has sentado encima.
—No, nunca.
—Entonces, ¿por qué no se puede abrir?
—Casi nunca se abre, tío Li —dijo Des—.
Desde el principio. —Habían tratado este asunto
muchas veces—. Y cuando lo puedes abrir, no
puedes cerrarlo.
—A veces se abre. ¿De qué coño sirve, a
hombre o bestia, cerrado?
—Me he arrancado media uña intentando
abrirlo.
Lionel se inclinó hacia el cubo y le dio un tirón
a la tapa.
—Un… Te has sentado encima.
Comieron y bebieron en silencio.
—Ross Knowles.
Siguió un grave debate, o una grave
disquisición, sobre la diferencia entre DCR y
LCG: entre daños corporales reales y su más
severo «hermano mayor» penal lesiones
corporales graves. Como muchos delincuentes
profesionales, Lionel estaba casi a nivel de doctor
en temas del derecho penal. No en vano el código
penal era el tercer elemento de su trinidad
vocacional; los otros dos eran la villanía y la
cárcel. Cuando Lionel hablaba de la ley (tratando
de adoptar un estilo elevado), Des siempre le
prestaba la máxima atención. El derecho penal, en
cualquier caso, siempre estaba en su pensamiento.
—En pocas palabras, Des, en pocas palabras:
es la diferencia entre el botiquín de primeros
auxilios y la sala de urgencias.
—Y ese tal Ross Knowles, tío Li. ¿Cuánto
tiempo ha estado en el Diston General? —preguntó
Des (refiriéndose al peor hospital de Inglaterra).
—Oye, una objeción. Eso se basa en un
prejuicio.
Jadeando, babeando, Jeff y Joe miraban
fijamente a través del cristal de la puerta: con cara
de piedra, frente asesina y las pequeñas orejas
tratando de apuntarse mutuamente.
—¿Por qué se basa en un prejuicio?
—Es una hipótesis. —Pronunció hipófesis—.
Le doy a Ross un golpecito en una pelea limpia, y
sale del pub Hobgoblin y se mete debajo de un
camión. —Camión lo pronunció también mal (con
una oclusión glotal en la oclusiva final)—.[4] ¿Lo
ves? Es un prejuicio.
Des asintió con la cabeza. Se rumoreaba
insistentemente que Ross Knowles había salido en
camilla del Hobgoblin.
—Según la Ley de Delitos contra las Personas
—prosiguió Lionel—, existen la Agresión Común,
los DCR y las LCG. Todo depende del grado de
intención y de la gravedad de las lesiones. Si se
emplean armas ofensivas, armas ofensivas de
cualquier clase, ya sabes, algo como una jarra de
cerveza…, entonces es LCG. Si el tipo necesita
una transfusión de sangre, es LCG. Si le das en la
mollera, es LCG.
—¿Con qué le diste tú, tío Li?
—Con una jarra de cerveza.
—¿Tuvieron que hacerle una transfusión?
—Eso dicen.
—¿Le diste en la mollera?
—No. Salté encima de ella. Con las zapatillas
deportivas, date cuenta… El desfiguramiento
visible o la incapacidad permanente…, ése es el
factor decisivo, Des.
—¿Y en este caso, tío Li?
—Bueno, no sé, ¿no? No sé en qué tipo de
condiciones estaba antes.
—¿Por qué le zurraste?
—No me gustó la sonrisa que tenía en la cara.
—Lionel se echó a reír (una serie de gruñidos
viscerales)—. No. No soy así de bruto. —Mal
pronunciado—. Tenía dos motivos, Des. Ross
Knowles… Le oí a Ross Knowles decir algo
sobre comprar una tartana a Jayden Drago. Y
además tiene un bigote igual que Marlon. Ese
Ross. Así que le di bien dado.
—Un momento. —Des trató de entender
(intentó ver lo que se infería de ello). Jayden
Drago, el conocido vendedor de coches usados,
era el padre de Gina Drago. Y Marlon, Marlon
Welkway, era primo hermano de Lionel (y su
asociado más estrecho)—. Sigo sin pillarlo.
—Dios. ¿Es que no me has oído? ¡Marlon se
ha ligado a Gina! Sí. Marlon se ha ligado a Gina…
Así que se me juntó

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