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Libro PDF Llamando al pasado Tracy Binnaz

Llamando al pasado  Tracy Binnaz

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aparentemente había mejorado bastante, de hecho, los médicos decían que pronto nos iríamos a casa. Pero ahora, me dicen lo contrario.
—Señora Emily, lo sentimos mucho, pero su marido ya no va a despertar.
Esas palabras me desgarran el corazón. Por eso evito pensar en ellas. Necesito pensar en positivo, mantener vivo mi deseo de que volverá a abrir los ojos.
No me separo de él ni un segundo. Le cojo la mano, se la acaricio suavemente, con temor de lastimarlo, porque todas sus extremidades están hinchadas. Le acaricio
la frente, el cabello, su rostro… mientras lo miro, con la misma mirada de enamorada de siempre. Aunque estos días mi mirada también está salpicada de confusión,
incertidumbre, de sufrimiento y de dolor.
Rápidamente, desvío la mirada hacia la puerta, que siempre está entreabierta. Escucho pasos que se acercan y murmullos en el pasillo.
—¡Ah! Es mi hijo Gerard.
—¡Hola! ¿Cómo está hoy la madre más bella y maravillosa del mundo? —me dice en tono animador dándome un achuchón.
—Aquí seguimos, hijo.
—Pero… ¿ha despertado alguna vez durante la noche?
—No —digo apretando suavemente los labios a la vez que muevo la cabeza de lado a lado.
—Tranquila. Sé que despertará —me dice acariciándome la mejilla.
—¿De verdad tú también lo crees o me lo dices simplemente para consolarme?
—¡Y tanto que lo creo! Papá no se puede ir sin despedirse de nosotros. Él siempre quería que antes de salir de casa, aunque fuera a buscar el pan, le diéramos un
beso y un abrazo. ¿Te acuerdas?
Sonriendo, asiento con la cabeza.
—Por eso te digo que sé que va a despertar. ¡Mira! —dice señalando la maleta—. Te he traído las cosas que me pediste. Y hoy no me he olvidado el iPad de papá
ni tu cojín.
—Gracias, hijo.
Él se acerca a su padre, le da un beso cariñoso en la frente y está un buen rato allí hablándole del fútbol, de actualidad, de que lo echa de menos…
Yo, mientras tanto aprovecho para arreglarme un poco. Peinarme, maquillarme, etc. A pesar de la situación, me sigue gustando verme guapa.
También saco las cosas de la maleta y las voy colocando. El iPad lo dejo dentro del cajón de la mesita que está al lado de su cama. Para él, todavía no sé por qué,
tener el iPad cerca es muy importante. Siempre lo lleva consigo a todas partes: en el coche, a nuestros viajes… Es como una extensión de él. Nunca me deja curiosearlo.
Dice que ahí apunta cosas muy suyas. Entiendo que para él, es como si fuera su diario electrónico personal. Por eso y porque lo tiene bajo contraseña secreta nunca he
logrado leerlo. Aunque confieso que en muchísimas ocasiones me muero por saber lo que tanto escribe y lee allí.
Gerard, sigue allí, hablándole a su padre.
—Hijo, si quieres ponte un rato la tele —le digo pasándole el mando.
—Vale. ¿Tú quieres ver algo?
—No, yo voy a salir un ratito al balcón a respirar aire puro.
Este hospital me encanta. Está dotado de todas las comodidades y servicios que requiere un paciente y su acompañante. Por su diseño tan moderno y su ubicación
nadie diría que es un centro de salud. Está en plena montaña, las habitaciones son enormes, incluso tienen un balcón bastante amplio con una mesita y un par de sillas.
Me recuerda a la típica terraza de cualquier apartamento de vacaciones.
Pongo mi cojín en una de las sillas y me siento a contemplar el paisaje. Las vistas desde aquí son espectaculares. Mires por donde mires, ves naturaleza.
Hoy el aire es suave y más cálido que ayer: se nota que se va acercando la primavera. En este entorno maravilloso cualquiera podría olvidar el estrés y sus
preocupaciones sin esfuerzo. Pero yo no puedo. Sigo preocupada por él. Me desespera verle así, sin reacción de ningún tipo. Y lo que más me inquieta, es escuchar su
respiración, que cada vez se va haciendo más lenta y profunda.
Para distraer mi mente me pongo a leer un rato.
Luego, mi hijo sale al balcón y hablamos de temas varios.
Se acerca la hora de comer y se tiene que marchar a recoger a los niños al instituto. Se despide de su padre, con la duda de si cuando vuelva seguirá vivo. Con los
ojos brillantes, a punto de llorar, me abraza fuertemente.
—Venga, ¡vete ya! que vas a llegar tarde —digo despegándome de él.
—Volveré esta tarde. ¿Te hace falta algo?
—No, lo que necesitaba ya me lo has traído. Venga, márchate ya, que van a salir los niños y no vas a estar.
—Te quiero mamá. Luego nos vemos —me dice con la voz rota.
—Besitos a los niños y a Jessica. Ten cuidado en la carretera.
—Ok, tranquila —dice levantando el dedo pulgar hacia arriba mientras cierra el puño.
Mi hijo Gerard es una persona muy sensible. Sé que le da pena dejarme aquí. Es excesivamente cariñoso, como su padre, amable, expresivo y muy activo; no para,
es puro nervio. En cambio, mi otra hija, Ashley, es tranquila, reservada, aplicada en sus cosas, poco cariñosa. Nadie diría que siendo mellizos iban a ser tan diferentes.
Pero bueno, cada uno tiene su personalidad y características que lo hacen único.
No tardan en traerme la comida. A esta hora siempre viene la misma chica, Sandra.
—¡Qué, señora Emily! ¿Va a comer un poquito más hoy? Ayer me llevé la bandeja intacta —dice en tono amable mientras me saluda.
—No sé, ya veremos.
—Al menos, inténtelo. El plato de hoy es de los que más le gustan. Y, ¡mire! El postre, le va a encantar.
Levanto la bandeja y, al ver el cheesecake, le sonrío.
—¿A que no me he equivocado? Si es que yo sé que le encanta el cheesecake. Y el señor, ¿cómo sigue? ¿Ha despertado?
—No. Aquí sigo, esperando a ver si abre los ojos. Ya lleva así dos días.
—¡Ay, lo siento! Vaya cambio. Y eso, que parecía que la semana pasada iba a mejorar.
—Sí, eso parecía. Pero ahora, ya ves. Paciencia y a seguir esperando.
—Y, ¿qué se va a hacer? No queda de otra. Bueno, señora Emi, luego paso a retirar la bandeja. Me quedaría hablando con usted toda la tarde, pero tengo que seguir
trabajando. ¡Que aproveche! Y, disfrute del cheesecake.
— Muchas gracias —le digo con media sonrisa.
Seguidamente me lavo las manos y preparo la mesa para empezar a comer. Tengo un nudo en la garganta y en el estómago. No me entra nada, ni siquiera el postre.
¿Cómo voy a comer viéndole allí tumbado más recto que nunca, sin que pueda comer, beber y ni siquiera hablar? Lo único que me apetece es no despegarme de su lado.
Así que nuevamente me acerco para hablarle. Mientras le hago caricias, le llamo una vez más, sin obtener ninguna respuesta por su parte. Enseguida me vuelven a venir
esos sentimientos de tristeza y angustia.
Como siempre le digo: Hola, soy yo…
«Aunque en realidad ya ni sé quién soy. Solo sé cómo me siento: triste, desesperada y perdida. Víctima del tiempo. Ya ni siquiera me importa vivir el presente,
porque todo mi ser se quedó anclado en el pasado, al que intento volver constantemente sin conseguirlo; excepto en mi mente, que se repite una y otra vez».
Corría el mes de abril del 2007. Apenas tenía dieciséis años y estaba viviendo la mejor etapa de mi vida. Mis padres empezaban a darme más libertad.
Aquella noche, llegué a casa pensando en él. En su sonrisa, en su voz, en su forma de ser, en su mirada… que parecía que la hubiese ensayado aposta para
seducirme.
Antes de abrir la puerta de casa, miré mi reloj. ¡No me lo podía creer! Eran casi las dos de la madrugada. Llegaba tarde a casa, otra vez. Mis padres me habían
repetido mil veces que no querían que llegara más de las doce de la noche, como mucho doce y media y, ¡ya eran más de las dos!
El sábado anterior, había llegado a la una de la madrugada, y me habían perdonado, pero esta vez, fijo que habría castigo. Así que antes, de abrir la puerta, me quedé
pensando en alguna excusa que pudiera suavizar el castigo. Me quité los tacones y abrí sin hacer mucho ruido, por si estaban durmiendo. Caminando de puntillas me
dirigía a mi habitación. Cuando llegué al salón, allí estaban mis padres, sentados en el sofá, esperándome.
—Hola. Perdón por el retraso —dije, dirigiéndome a toda prisa a mi habitación, para pasar inadvertida.
—Emi, ni se te ocurra encerrarte en tu habitación —dijo mi padre enfadado—. Al menos nos merecemos una explicación, ¿no crees?
—Cariño, nosotros estamos intentando confiar en ti, dándote más libertad. ¿Por qué te cuesta tanto llegar a tu hora? —dijo mi madre, mientras se me acercaba.
—No es que me cueste. Es que siempre me surgen imprevistos.
—¿Imprevistos? —dijo mi padre riéndose de forma irónica y, levantando su potente voz, continuó—. Llevas dos meses llegando tarde y cada día hay una excusa
nueva. La semana pasada, que si estaba lloviendo; la anterior, que si se había pinchado la rueda del coche de tu amiga. ¡Basta ya de excusas y mentiras! ¿Acaso es eso lo
que te hemos enseñado tu madre y yo?
En ese momento, mi hermana pequeña Sara, que se había despertado con las voces, vino al salón descalza, caminando medio sonámbula.
—¿Qué pasa? ¿Por qué hacéis tanto ruido? —dijo con voz de dormida.
—Sara cariño, vuelve a la cama —dijo mi madre mientras la cogía en brazos para llevársela de nuevo a la habitación.
—Emi, te quiero —me dijo Sara mientras me daba un abrazo—. Acuérdate que dijiste que mañana me llevarías al parque.
—Claro que me acuerdo. ¿Cómo me voy a olvidar, preciosa?
Sara se empeñó en que la acompañara a su habitación. Gracias a ella, me libré de la bronca de mis padres.
Ya en la habitación de Sara, le dejé en la cama, le arropé bien con las sábanas y le di muchísimos besitos. A ella, le encantaba que yo me quedara mientras se dormía.
Solo tenía 6 años.
—Emi, ¿se ha vuelto a enfadar papá contigo? —me preguntó poniéndose triste.
—Sí, pero es mi culpa. Ya se le pasará. Tú no te preocupes. Venga que te leo un cuento. ¿Cuál quieres? —le dije para cambiar de tema y que se durmiera rápido.
—El de siempre.
¡Otra vez no! Y a esas horas menos. Ya me sabía ese cuento de memoria. Aun así, lo cogí de la estantería y se lo empecé a leer. En menos de cinco minutos, Sara ya
estaba dormida.
Para llegar a mi habitación, tenía que volver a pasar por el salón sí o sí, no me quedaba de otra. Mis padres seguían allí, esperando mis explicaciones.
—Buenas noches. Mañana si queréis, seguimos hablando. Me sabría muy mal que Sara se volviera a despertar por mi culpa.
—Sí, pero mañana no te vas a escaquear —me aseguró mi padre.
Les di un beso a cada uno de buenas noches y me fui a mi habitación.
Me puse el pijama, y me metí en la cama.
—¡Buuuff! ¡Qué horror! Mañana me espera una larga charla con mis padres —me dije agobiada.
Pero eso, en realidad, no me preocupaba demasiado. Ahora, lo único que llenaba mi mente era Carlos. En lo único que pensaba era en él. Y es que, justo esa tarde,
me había vuelto a mirar muchísimas veces de reojo. Cuando por fin cruzábamos la mirada, me hacía ese guiño que tanto me encantaba, mientras me sonreía con esa
media sonrisa tan atractiva.
Por mensaje de texto nos decíamos mucho, pero cuando nos veíamos no nos atrevíamos a decirnos apenas nada. Simplemente disfrutábamos del silencio aunque a
nuestro alrededor siempre hubiese ruido. Lo que sentía por él era algo inexplicable. Me gustaba mucho, demasiado diría yo. Él era especial. Parecía que lo conociera de
toda la vida. Cada vez que lo veía, volvía a sentir esos cosquilleos en mi estómago. Carlos tenía un «algo» que lo hacía diferente del resto de los chicos ¡Normal que no
me lo pudiera quitar de la cabeza! En poco tiempo había despertado en mí una necesidad incontrolable de hablar con él y de querer verle a todas horas.
Aunque por otro lado, a veces, era inevitable pensar que me estaba volviendo a equivocar, que estaba loca, que en realidad él nunca sería el chico ideal con el que yo
había soñado toda la vida. Pero sentía que en el fondo todo eso me daba igual porque él me aportaba lo que realmente era importante para mí.
A la mañana siguiente, muy temprano, fui a la habitación de mi hermana mayor, Laia. Me senté en su cama y, tocándole los brazos y las piernas, empecé a mecerla
para que despertara.
—Laia, despierta que tengo que contarte un montón de cosas —le dije alegre pero en tono flojito para no despertar a los demás.
Ella era muy dormilona, así que enseguida se puso a refunfuñar.
—Emi, ¡para! ¡Déjame dormir!
—Ya has dormido mucho. Porfi, levántate.
—¡Que no! Luego me cuentas, pesada.
—Porfi, levántate —le insistía mientras no paraba de molestarle haciéndole cosquillas.
—Te lo digo por última vez. ¡Para de molestar! Es que no respetas a nadie. Te he dicho que quiero dormir, luego hablamos. Así que, sal de mi cuarto ya o se lo
digo a mamá.
—¡Vaaaaale! ¡Jooooo…!
Salí de su habitación cabizbaja. Aquello no era la primera vez que sucedía. Laia tenía mal despertar y yo era demasiada chinchona. Casi cada mañana, por una cosa
o por otra, la molestaba y ella acababa echándome de su habitación. Ya estaba acostumbrada a ello.
Me quedé en el salón, tumbada en el sofá, bajo una mantita fina y puse mi móvil a cargar. Estaba a cero de batería y no me extrañaba. La noche anterior, me había
quedado dormida mientras leía los mensajes de Carlos.
Al ratito, escuché la puerta de la habitación de mis padres que se abría. Era mi padre. Vino hasta el salón, con ese pijama tan chulo que le habíamos regalado hacía
poco, y esos pelos de loco que tenía recién levantado.
—Emi, hija, ¿qué haces despierta tan pronto? No son ni las siete de la mañana —dijo confirmando la hora mientras miraba su reloj.
—Ya, pero es que no tengo sueño —le dije sin mirarle a la cara.
—Pero no has dormido nada y anoche llegaste muy tarde.
—Papá, no empieces ¿vale?
Él se acercó al sofá.
—¿Me haces un hueco?
Recogí mis pies y le dejé sitio.
—Emi, perdóname si anoche te hablé mal. No era mi intención, pero tenía un cúmulo de nervios. Mamá y yo lo pasamos mal cuando sales. Todavía eres una niña y
no queremos que te pase nada malo, ni que nadie te haga daño. Ahora no lo entiendes, pero algún día lo entenderás.
—Sí, sí que lo entiendo. No te preocupes papá, estás perdonado.
Le interrumpí porque no me apetecía nada darle conversación. Si no lo cortaba, mi padre era capaz de estar todo el día dándome consejos.
—Te quiero muchísimo Emi y lo sabes —dijo mirándome fijamente.
—Yo también te quiero papá.
Le miré y con una sonrisa de oreja a oreja y le di un abrazo enorme.
Hacía meses que no escuchaba a mi padre decirme «te quiero». Así que, no pude evitar emocionarme. Últimamente mi relación con él se basaba en discusiones, casi
todas, por mi culpa. Me sentía mayor y quería tomar mis propias decisiones, sin que nadie me controlara.
Aquella mañana, mi padre y yo acabamos riéndonos un montón y jugando a guerra de cojines. Luego fuimos a comprar churros con chocolate para desayunar.
Me estaba preguntando si después de todos estos años
Pasaron los meses y seguía tonteando con Carlos.
Aunque solo lo veía el sábado, nos escribíamos mensajes a diario. Una tarde, mientras estaba acabando de estudiar, me llamó, lo cual me resultó extraño porque
nunca antes me había llamado.
—Hola, ¿qué tal? ¿Podemos vernos esta tarde? —y tras un breve silencio continuó—. ¿Los dos, a solas?
—Sí, ¿por qué? ¿Pasa algo?
—No, no pasa nada.
—¡Ah! —dije mientras suspiraba.
—¿Dónde nos vemos? ¿Te paso a buscar por tu casa?
—Ehh… ¡No! Aún no les he contado a mis padres lo nuestro. ¿Te va bien que nos veamos en el parque?
—Vale. ¿A qué hora?
—Dime tú.
—¿A las ocho?
—Vale. Nos vemos luego. Besitos.
—Vale. Hasta luego, preciosa —me lanzó un beso antes de colgar.
Era martes. Mis padres no me dejaban salir entre semana. Esta vez tenía que planear alguna excusa que fuera perfecta y, para eso, necesitaba ayuda. Entré al cuarto
de mi hermana Laia.
—¡Ey!, ¿cómo lo llevas? —mi hermana estaba estudiando arquitectura.
—Bastante bien. ¿Y tú? ¿Ya has terminado de estudiar?
—No, todavía. ¡Buff! Es que no logro concentrarme.
—Es por Carlos, ¿verdad? Sigues pensando en él.
—Sí, no logro quitármelo de la cabeza —acercándome le cogí la mano— Laia, necesito que me hagas un favor.
—¿Otro? —preguntó con rintintín a la vez que dejaba todo lo que estaba haciendo para prestarme atención—. ¡Venga, va! Dime, ¿qué estás tramando ahora?
—Hoy he quedado con Carlos.
—Me lo imaginaba —dijo cruzándose de brazos mientras sonreía—. Es que últimamente todas tus peticiones giran en torno a él.
—Lo sé. Pero esta vez es importante, de verdad —entonces, casi susurrando continué—. Carlos me ha dicho que quiere que quedemos a solas y necesito tu ayuda.
—Emi, ten cuidado con lo que vas a hacer —dijo señalándome con el dedo y mirándome fijamente.
—No vamos a hacer nada. Solo hemos quedado para hablar. ¿Qué hay de malo en eso?
—Yo solo te digo que vayas con cuidado. A ese chico hace pocos meses que lo conoces. Además, es mucho mayor que tú.
—¿Mucho mayor? —le repliqué—. Lo dices como si fuera un abuelo. Solo me lleva ocho años.
—¿Y te parece poco? A tu edad se nota mucho. Él tiene veinticuatro y tú, solo dieciséis. Quizás cuando tengas veinte ya no se note tanto, pero ahora hay mucha
diferencia, créeme. Además, no quiero meterme en líos —agachó la cabeza y se quedó unos segundos pensativa—. Cómo papá se entere…
—No se va a enterar y tampoco te voy a meter en líos. Si se entera, yo me haré responsable de todo, te lo prometo. Entonces, ¿me vas a ayudar o no? Por favor,
por favor, por favor —dije mientras le suplicaba con las palmas de las manos unidas.
—Vale —dijo suspirando—. ¿Cuál es el plan?
—Gracias, te debo una.
Le di un beso fuerte en la mejilla y, enseguida nos pusimos a idear el plan.
Le contamos a nuestros padres que Aitor, el novio de Laia, nos venía a buscar para ir al cine. Y no hubo problema. Bueno, ¡sí! Sara, que se quedó llorando con
ganas de venir con nosotros. ¡Pobrecita! Me dio pena dejarla así, tan desconsolada.
Aitor ya estaba esperándonos en su coche. Laia y yo subimos y nos fuimos. De camino, ella no paraba de darme consejos.
—Emi, ten cuidado, ¿vale?
—Que sí…
—Oye, ¿por qué las chicas sois tan desconfiadas? Carlos solo quiere hablar —dijo Aitor en plan graciosillo.
—Y tú, ¿cómo lo sabes? —pregunté sorprendida.
—Me ha llamado esta tarde y me ha dicho que lo tienes loco. Lo veo muy pillado por ti.
—¡Qué va! —le dije entre risas.
—Te lo digo en serio. Este tío va a acabar enamorándose de ti. De hecho, creo que ya lo está. Ya verás tus padres, cuando se enteren… Porque es mucho mayor
que tú.—
Y dale con la edad —le dije molesta.
—Bueno, bueno. Tú sabrás lo que haces. Eso sí, cuídate. Como te pase algo, tu hermana se muere y tu padre la remata —dijo mientras se reía a carcajadas.
—Mira que eres tonto —dijo ella, mientras él seguía riéndose—. No te rías, que no tiene gracia.
Por fin, llegamos al parque. Al bajar del coche, lo primero que hice fue mirarme en el cristal de la ventana.
—Laia, ¿cómo me ves? ¿Estoy guapa? —pregunté mientras me estiraba el pelo con las manos.
—Guapa es poco —me dijo sonriendo—. Cuando Carlos te vea, necesitará un cubo para recoger sus babas.
—¡Qué exagerada eres! —le contesté riéndome y moviendo la cabeza—. Bueno, que vaya bien el cine chicos.
—Y a ti con Carlos. Y, ¡cuídate! —dijo insistiendo.
Desde que Carlos me había llamado, el tiempo se me había hecho eterno. Parecía que no pasaba. Me había pasado la tarde contando las horas y los minutos para
verle y, ¡por fin, había llegado la hora!
El parque donde habíamos quedado era muy concurrido, estaba en pleno Barcelona. Por esas calles se paseaba mucha gente; pero yo, en ese momento no veía a
nadie, solo a él y su coche, un BMW inconfundible por su color llamativo.
—¡Hola! —me saludó mientras me daba dos besos—. Estás preciosa.
—Hola —le dije con la voz temblorosa de los nervios—. Dime, ¿qué es eso tan urgente que me tienes que decir y que no puede esperar al sábado?
—Que necesitaba verte. Me he dado cuenta de que me estoy enamorando de ti. Que cada día te echo más de menos y que se me hace eterno estar una semana sin
verte.
En ese momento, se me acentuaron las mariposas en el estómago y no reaccioné. Me quedé sin palabras.
—¿Ocurre algo? —me preguntó tocándome el brazo—. Perdona, si te he molestado con lo que he dicho, pero es lo que siento.
—No, no es eso. Es que yo también siento lo mismo —le confesé mirándole a los ojos.
Decidimos sentarnos en un banco para seguir hablando de nosotros, de nuestros sentimientos. No pasó mucho rato para darnos cuenta de que las palabras
sobraban. Así que, nuestros labios se juntaron y nos dimos nuestro primer beso, y el segundo, y el tercero… El tiempo a su lado pasó volando y, llegó el momento de
irnos. Pero antes, me regaló una rosa preciosa con una tarjetita que todavía conservo.
A partir de ese día nos volvimos adictos el uno al otro, dejando a un lado familia y también amigos. Era como si en el mundo solo existiéramos él y yo.
No fue fácil decírselo a mis padres, pero al final lo acabaron aceptando. Para mi sorpresa, Carlos y mi padre congeniaron muy bien. Tenían muchas cosas en común
y, lo más importante, es que eran del mismo equipo de fútbol, lo cual hizo que Carlos sumara aún más puntos. A mi madre, a mis hermanas y a mí ya nos tenía en el
bote.
Él era todo un caballero, detallista en exceso. Me hacía sentir como una princesa. De ahí que cada una de nuestras citas estuviera llena de ilusión, emoción, y
romanticismo. Casi siempre improvisábamos y nos dejábamos llevar por el momento.
Y entre citas y momentos, llegó el momento de la gran propuesta.
La verdad es que yo ya me lo esperaba. Justo la semana anterior él me había hecho algunas preguntitas delatadoras.
Aun así, debo reconocer que me encantó. El lugar era inmejorable. Después de mucho tiempo, volvíamos a «nuestro banco», testigo de nuestro primer beso.
Me acababa de sorprender con un hermoso ramo de rosas grandes. Así que solo faltaba el anillo y, por fin, lo sacó. No sin antes ponerse de rodilla y preguntarme:
—¿Quieres casarte conmigo?
—Espera, que me lo pienso —le dije entre risas—. Pues, ¡claro que sí!
En ese mismo instante, sin decirnos nada más, nos fundimos en un largo abrazo. Luego vinieron los besos y, la noche culminó con una cena romántica en una
pizzería italiana. Fue una noche muy bonita y especial. Aunque sinceramente, no fue como yo lo había soñado. Pero fuera como fuese, con ese gesto él me dejó claro lo
importante que yo era en su vida y que quería que yo formara parte de la suya el resto de la mía.
Los días siguientes parecía una niña con juguete nuevo. No paraba de mirarme el anillo. Se lo enseñaba a todo el mundo. Era tan delicado y tan bonito. Tal cual me
gustaban a mí.
—¿Segura que quieres casarte, hija? —solían preguntarme mis padres—. Es que eres tan joven…
—Lo tengo clarísimo, de verdad.
—Pero, ¿por qué no os esperáis un añito más? Acabas de cumplir los dieciocho.
—¡Ya! ¿Y qué? Con dieciocho, diecinueve o veinte, da lo mismo. Lo quiero y quiero estar con él.
—El matrimonio es un compromiso serio —repetía constantemente mi padre—. No es como lo pintan en las películas.
—Ya lo sé. Soy consciente de ello.
—No. No serás consciente hasta que te cases. Vas a tener muchas responsabilidades y demasiados gastos.
—Tranquila mamá, que tengo trabajo a jornada completa y estoy ahorrando. Además, Carlos también trabaja y lleva muchos años fijo en la empresa.
Conversaciones por el estilo se convirtieron en el pan de cada día.
Carlos y yo no tardamos mucho en hacer público nuestro compromiso. Se nos ocurrió montar una fiesta. Invitamos a la familia más cercana y a los amigos íntimos
para comunicarles que ya teníamos la fecha de la boda. No tardamos en empezar con los preparativos.
Lo primero que miré, por supuesto, fue mi vestido de novia. Recuerdo que lo vi en internet y me enamoré de él. Así que, no pude evitar ir esa misma tarde a
probármelo a la tienda. Tenía claro que iba a ir sola. Mientras más gente viniera, más opiniones habría y eso me haría mucho más difícil decidirme. Además, me
consideraba lo suficiente segura como para tomar la decisión yo sola, sin dejarme influir por otros criterios.
Cuando llegué a esa prestigiosa tienda de Barcelona me dijeron que mi vestido ya no estaba, así que todo mi mundo se vino abajo. Quizás no era para tanto, había
miles de vestidos, contando que también podía mirar en otras tiendas, pero ya me había imaginado casándome con aquel vestido, así que, ninguno de los que me
enseñaron me parecía una buena opción.
—¿Por qué no te pruebas uno? —me sugirió una de las dependientas que había allí—. Éste, por ejemplo, es «primo» del que has visto en internet.
—¡Pues no se parecen en nada! —le dije en un tono borde—. Pero bueno, me lo voy a probar.
Entré al probador desmoralizada y muy tensa. La cosa empeoró cuando me quité la ropa y vi mi cuerpo en el espejo. ¡Estaba llena de inconformidades! Aquella
situación no podía ser más desastrosa.
De repente, la cortina del probador se abrió y apareció la dependienta con el vestido. Lo miré fijamente y sonreí. En menos de tres minutos lo tenía puesto. Y para
mi sorpresa, me quedaba clavado. Ese estilo sirena, se adaptaba perfectamente a mi cuerpo y sobre todo a mi personalidad. Todo lo feo que había visto en el espejo
ahora se había convertido en ilusión. Ese vestido indudablemente realzaba mi belleza. Era mejor de lo que nunca había soñado, llenaba todas mis expectativas y me hacía
lucir un cuerpo proporcionado. Simplemente, me hacía sentir como la novia más bella del mundo. Ahora solo faltaba saber si era cómodo. Así que empecé a moverme de
un lado a otro, a cogerme la cola como si fuera a bailar, a dar pequeños saltos… estaba eufórica y no era para menos, pues el vestido era perfecto, me había devuelto la
ilusión y la alegría. Sin duda, ya me había decidido. Le di las gracias a la dependienta por su recomendación y quedé en volver.
—¡Ha pasado tanto tiempo desde aquel día!
Hago una pausa para beber un poco de agua; tengo la boca seca de tanto hablarle. Dejo el vaso en la mesita y me quedo pensando. Me pregunto si después de
todos estos años, él recordará algo de lo que le estoy contando. Si por lo menos supiera que me está escuchando. Pero él sigue sin reaccionar. Aun así, continúo
hablándole. No me puedo dar por vencida.
Lo cierto es que ha pasado mucho tiempo desde el día que elegí mi vestido de novia, pero lo recuerdo como si fuera hoy mismo. Todavía puedo visualizar a mi
madre, mis hermanas, mi cuñada, mi suegra y mi amiga Natalia boquiabiertas cuando dos semanas más tarde me acompañaron a la tienda y me vieron con mi vestido
puesto. A ellas también les encantó.
Una vez elegido el vestido me faltaba todo lo demás. Así que nos hicimos una buena planificación y nos pusimos manos a la obra para que la boda saliera lo mejor
posible. Durante los preparativos a veces vivimos momentos de estrés, de caos y de irritación, sobre todo cuando no nos poníamos de acuerdo y eso acababa en
discusión por detalles que al final eran simples tonterías.
La cuenta atrás se hacía cada vez más corta, pero para mí era como si el tiempo no pasara. Deseaba que pasara más deprisa.
Sin embargo, ahora deseo que no hubiese pasado nunca. Recuerdo aquella época llena de alegría, de emoción y de felicidad. Mientras que ahora mi vida está opaca,
vacía y carente de sentido.
Si pudiera retroceder en el tiempo cambiaría algunas cosas relacionadas con la boda. Visto ahora son simples anécdotas, pero en el momento fue horrible. Por
ejemplo, la noche anterior, llegué de la peluquería casi a las dos de la madrugada. Es verdad que el peinado era muy elaborado, pero lo que más me retrasó fue la fuerte
lluvia que cayó. Nos casábamos en abril, así que como dice el dicho, aguas mil. Cuando llegó el momento de salir de la peluquería, no llevaba paraguas y no encontré a
nadie que me dejara uno. Así que mi primer pensamiento fue comprar uno en un «chino» conocidos por trabajar demasiado, pero a esas horas como que ya no estaban
abiertos. ¡No me lo podía creer! No podía ser posible que el día previo a mi boda yo estuviera viviendo esa aventura. Esa noche me fui a dormir demasiado tarde y con
los nervios de punta.
Te gustaría que quedásemos para analizarlo todo
Cuando desperté pensé: ¡hoy me caso! Y efectivamente nos casamos y todo salió perfecto. Hizo buen tiempo, nuestros familiares e invitados iban de etiqueta y
había un ambiente inmejorable.
Entré al juzgado del brazo de mi padre y, allí estaba él esperándome. Fue emocionante verlo. Él ya era guapo y atractivo de por sí, pero ese día estaba espectacular.
Nos miramos con los ojos brillantes, llenos de alegría, de ilusión y sobre todo de mucho amor… eso era lo que realmente predominaba entre nosotros.
Era nuestro día y disfrutamos de él. Pero pasó demasiado rápido y cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos de camino al hotel donde íbamos a pasar nuestra
primera noche juntos.
Él se había encargado de todo detalle para que esa noche fuera inolvidable y lo fue. Subimos a la suite y justo antes de entrar me dijo que cerrara los ojos. Un
segundo después me dijo que los abriera que se había olvidado algo. Me dijo que esperara un momento y se fue corriendo en busca de un mechero.
—¿Para qué querrá un mechero? —me pregunté—. Si él no fuma.
Por lo visto, no encontró ninguno, así que, al final, con un poco de vergüenza tocó la puerta de al lado de nuestra suite y un chico le prestó uno.
—Ahora sí, cierra los ojos por favor —me susurró al oído—. Y no vale hacer trampa.
Abrió la puerta y escuché cómo encendía el mechero.
—Espera aquí, solo será un minuto —me dijo y luego me dio un beso.
—De acuerdo. Me espero.
Allí estaba yo… ante la puerta, temblando de nervios, esperando con los ojos cerrados y con mi vestido de novia a rastras, que solo la cola ocupaba casi un cuarto
del pasillo.
Escuché muchas veces el sonido del mechero y al instante me vino un olor a vela. Entonces, supuse que la sorpresa incluía velitas y no me equivoqué.
—Ya puedes abrir los ojos, mi amor —me dijo mientras me cogía las manos.
—¡Guau! —dije asombrada tapándome la boca con ambas manos, mientras mis ojos se inundaban por la emoción—. Es precioso.
—¿Te gusta?
—Me encanta —puse mi mano sobre su mejilla y le di muchos besos—. Te quiero, te quiero, te quiero…
Él había hecho un camino de velitas desde la puerta hasta el jacuzzi. Ni en mis mejores sueños hubiera imaginado un hombre tan romántico. Aún puedo recordar el
olor de aquellas velas. Eran diferentes a las que solemos comprar, estas propagaban un aroma intenso y agradable, era como una mezcla de mango, papaya, fresas, coco,
un popurrí de olores exóticos que creaban el ambiente idóneo para esa noche.
Todo era perfecto. Él no había olvidado ningún detalle. Que si la música de fondo, la botella de champagne, el jacuzzi con espuma…
Indudablemente esa noche fue de los momentos más especiales que he vivido en mi vida. Fue una noche mágica donde el amor y la pasión fluyeron sin límites. Eso
sí, no fue ni mucho menos como lo pintan en las películas románticas donde la novia ni siquiera se despeina. Aquella noche descubrimos cosas nuevas que nadie nos
había contado y eso, que en mi familia ese no era un tema tabú.
La mañana siguiente puso fin a lo que había sido el mejor día de nuestras vidas.
Cuando desperté, vi sus ojos, que habían estado contemplándome mientras dormía. Me acariciaba la cara y el pelo.
—Buenos días, señora de García.
—Buenos días, amorcito.
—Le di un besito en la nariz y muchos más por toda la cara.
—¿Cómo que señora de García? —dije en broma, mientras arrugaba la frente—. A mí me gusta más mi apellido. ¡Clark! suena mucho mejor. Además es de
California. Sabes que sueño desde pequeña con ir allí, al menos, a conocer la ciudad de mi padre. ¿Iremos algún día, verdad?
—¡Por supuesto! Lo de García lo digo porque, aunque tu apellido suene mejor, ahora eres Emily de García. Y estoy feliz porque por fin eres solo mía —me rodeó
con su brazo y me abrazó fuertemente, dándome un beso en la frente.
Nos quedamos abrazados un buen rato entre las sábanas y, sin darnos cuenta nos volvimos a dormir. Estábamos muy cansados del día anterior.
Cuando volví a despertar, él seguía dormido.
Sin ningún motivo aparente, se apoderaron de mí una mezcla de sentimientos y sensaciones encontradas. En ese momento fui consciente de que acababa de cerrar
una etapa de mi vida: la soltería. Ya no volvería a dormir en casa de mis padres, como había hecho hasta ese momento. Era obvio que nada volvería a ser como antes.
Quizás sería mejor o peor, pero jamás igual. Así que empecé a sentir nostalgia, especialmente por mi madre, esa persona a la que tanto amaba y a la que estaba tan
unida. Y es que las madres son únicas. La mía había hecho tanto por mí… Y ahora, sentía que simplemente la dejaba «abandonada». Me invadió la tristeza y
paradójicamente también la alegría. Era una mezcla de pena y felicidad a la vez, una más de esas sensaciones inexplicables que solo se entienden cuando las vives.
Intenté dejar a un lado esos sentimientos y empezar una nueva etapa junto al que afortunadamente era mi marido. Fui al baño a ducharme y a arreglarme un poco.
Cuando volví a la habitación, él ya había despertado.
—Buenos días de nuevo, mi reina.
—Buenos días, dormilón.
Caminaba descalza y me dirigía hacia él, mirándolo con ojos risueños, para darle otro beso.
—Oye, ¿qué vamos a desayunar? ¿No tienes hambre?
—Si quieres puedo llamar para que nos traigan el desayuno, aunque yo prefiero desayunarte a ti —dijo en un tono tierno dándome un beso en el cuello.
Enseguida nos miramos y vi en sus ojos el inmenso amor que sentía por mí. Volvimos a compartir ese momento tan íntimo y tan especial.
Luego pedimos el desayuno y comimos un montón. Todo estaba riquísimo. Necesitábamos reponer fuerzas.
Un par de días después. Empezamos a disfrutar del tan ansiado viaje de novios.
La luna de miel la pasamos en el Caribe en un hotel de lujo. Disfrutamos de la naturaleza, del mar, de la comida exquisita y de muchas cosas más, pero sobre todo,
disfrutamos de nosotros. Aquel entorno paradisíaco era el lugar idóneo para empezar nuestra convivencia y para disfrutar nuestro amor, libres de estrés, desconectados
del mundo. Donde nuestra única preocupación era relajarnos y pasarlo bien.
La cama del hotel era enorme, de esas king size. A veces, me ponía a saltar en la cama de felicidad y de alegría con la música a tope.
—Cariño… ¡ven! Salta conmigo. Es superdivertido.
Él se quedaba alucinado mirándome.
—¡Venga salta! ¿No te hace ilusión? —le insistía—. Venga, porfi…
—Yo nunca he saltado en la cama, pero bueno, ya que insistes ¡Hazme sitio que voy!
—Por sitio no te preocupes, que la cama es enorme —dije riéndome y con la voz fatigada de tanto saltar.
Nos quedamos saltando los dos juntos, mientras bailábamos y nos dábamos besos. Aquel día me acordé mucho de mi padre, porque Carlos y yo acabamos jugando
a guerra de cojines. Parecíamos dos niños pequeños.
—Gracias por hacerme vivir estos momentos tan ridículos, locos y apasionados —me dijo cogiéndome la cara con sus dos manos—. Eres genial. Soy tan feliz
contigo.
—Y yo contigo. Ojalá siempre fuese así. Me encantaría que esto nunca terminara.
—¿Y por qué tiene que terminar? No pienses eso. Al menos, yo estoy seguro de que mi amor por ti durará para siempre.
Bajamos a comer y luego nos metimos en la piscina. Hacía sol y había mucha gente allí. Vimos que había como una caseta decorada muy chula donde hacían
masajes. Fuimos a que nos hicieran uno. Nos quedamos rendidos en la tumbona y cuando despertamos ya no había sol. El cielo estaba completamente nublado y
empezaban a caer unas cuantas gotas.
—Qué raro… —dije extrañada—. Hace poco hacía un sol radiante.
—Aquí eso es normal —dijo una de las masajistas—. De repente se pone a llover de la nada.
—Ah! —dije sin salir de mi asombro.
La gente empezó a salir de la piscina, a recoger las toallas de las tumbonas e iban entrando al hotel a toda prisa.
—No entiendo por qué la gente huye de las gotas de agua, si ya están empapados de la piscina —me dijo Carlos partiéndose de risa.
—Es verdad, tienes razón —le dije riéndome a carcajadas—, yo tampoco lo entiendo. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos o nos quedamos?
En ese mismo instante, nos miramos sonriendo con complicidad.
—¡Nos quedamos! —dijimos a la vez.
No nos podíamos perder esa oportunidad de tener toda la piscina y el jacuzzi exterior para nosotros solos. Sin pensarlo, me cogió en brazos y me tiró a la piscina.
—¡Que voy! —gritó tirándose de bomba.
Estuvimos jugando a hacernos ahogadillas, chapoteando, salpicándonos el uno al otro y, obviamente, no pudimos resistirnos a meternos al jacuzzi. El agua estaba
calentita, las burbujas del hidromasaje enseguida nos relajaron y nos quedamos allí abrazados bajo la fuerte lluvia. ¡Fue una experiencia increíble!
Los camareros del bar de la piscina, las masajistas y algunos clientes, desde dentro del hotel, nos miraban perplejos. Pero a nosotros eso no nos preocupaba en lo
más mínimo. Queríamos disfrutar, reírnos, pasarlo bien ¡y lo conseguimos!
Esa noche teníamos reservada una cena romántica en uno de los restaurantes temáticos del hotel. Habíamos traído ropa adecuada para la ocasión.
—¿Qué, cómo me ves? —le dije mientras le enseñaba mi vestido dando una vuelta—. ¿Te gusta?
—Gustarme es poco —dijo mirándome de arriba a abajo—. El vestido espectacular, y la percha… —se acercó dándome un beso y rodeando mi cintura con sus
brazos.
Aproveché para colocarle bien el cuello de la camisa. Los dos íbamos de etiqueta.
Disfrutamos de una cena exquisita. Cuando llegamos al postre, los camareros nos sorprendieron con una tarta en forma de corazón. Sin duda fue una cena de lujo.
A la mañana siguiente, después de desayunar, bajamos al pueblo Samaná, Rep. Dominicana. Allí se sentía el bullicio de la gente. Todos eran amables, simpáticos y
alegres. Por dondequiera que pasábamos, se escuchaba la música a tope. A Carlos y a mí nos encantaba la música latina, sobre todo la salsa y la bachata. De hecho,
meses antes habíamos ido a clases para aprender a bailar. La verdad es que nos desapuntamos a los dos meses porque se nos daba bastante bien. A menudo, seguíamos
practicando por nuestra cuenta.
Paramos a comer en uno de esos sitios, que se llamaban «Picapollo». Era algo así como pollo rebozado con plátano macho frito. Nos encantó ¡Estaba para
chuparse los dedos!
Recorrimos el paseo, contemplando el mar y la naturaleza. Luego nos tomamos uno de esos batidos con leche y maracuyá o papaya o lo que quisiéramos, también
muy típico de allí.
El penúltimo día, hicimos una excursión en lancha. Recorrimos paisajes espectaculares, hasta llegar a la isla Cayo Levantado.
—Cariño, esta isla me encanta. Quiero quedarme aquí a vivir —dije entusiasmada.
—Por mí no hay problema, yo también quiero quedarme —dijo entre risas.
Paseamos por la playa tranquilamente. Allí todo era de postal. La arena blanca y limpia, bañada por aguas cristalinas, las palmeras y cocoteros en las orillas…
Nunca habíamos visto una playa tan virgen. Aquello era el paraíso. Esa isla diminuta nos fascinó. ¡Con razón allí se hacían tantos spots publicitarios! Era un lugar único.
Pasaron los días y por más que nos resistiéramos nuestra luna de miel iba tocando a su fin.
Ya subidos al avión de regreso, nos miramos con tristeza. Se acababa una experiencia única e irrepetible, de esas que merece la pena vivir y que por más tiempo que
pase, te llevas contigo para siempre.
Sandra acaba de entrar para recoger la bandeja. Se ha dado cuenta de que no he comido nada. Ni siquiera el chessecake.
—¡No me lo puedo creer! Con lo que le gusta la tarta de queso —dice meneando la cabeza—. Señora Emily, se la voy a dejar aquí por si le entra hambre. Más
tarde, cuando mi compañera traiga la merienda, que la retire.
—Como quieras —digo en tono bajo.
—Bueno, yo me marcho ya. Deseo que su marido despierte.
—Gracias Sandra. Ojalá mañana cuando pases, tenga buenas noticias —le digo forzando la sonrisa.
—Mucho ánimo —me dice apretándome el hombro—. Hasta mañana. Y coma algo, que se tiene que cuidar.
Ella se va y cierra la puerta.
Suspiro profundamente. Involuntariamente la cabeza se me va hacia abajo y los ojos se me cierran. Llevo más de dos horas luchando con el sueño. Estoy agotada.
Pero no quiero dormir. Lo único que quiero es que él despierte.
Me levanto, con las manos entrelazadas. Vuelvo a beber un poco de agua, salgo al balcón, hago ejercicios de respiración para calmar mi ansiedad y contemplo el
paisaje. También lo miro a él mientras las lágrimas recorren mi rostro. Al instante, con mucha rabia, me las seco con las manos.
—Tengo que ser fuerte —me repito una y otra vez.
Saco el valor para entrar y seguir hablándole.
—¿Recuerdas los primeros días en nuestro nido de amor?
Él sigue inmóvil, dormido.
Analizarlo todo es analizar principalmente nuestro proyecto en común: la convivencia.
Apenas hacía un par de días que acabábamos de llegar de la luna de miel, así que estábamos aterrizando a la vida real.
En nuestra casa se respiraba amor y pasión constantemente. Cada día estaba lleno de ilusión, de luz, de pequeños detalles que hacían crecer nuestro amor.
Hicimos realidad casi todo lo que nos habíamos propuesto que queríamos hacer cuando de novios decíamos: «Qué pena que no podamos hacer esto o aquello…».
«Si viviéramos juntos podríamos hacer esto o lo otro…». Así que no parábamos de hacer cosas juntos. Exprimíamos al máximo cada momento. Solo pensábamos en
dedicarnos tiempo el uno al otro.
De vez en cuando también teníamos nuestras diferencias y discusiones, pero las solucionábamos enseguida. Intentábamos por todos los medios no irnos a dormir
estando enfadados. De hecho, por regla general, todas las noches dormíamos abrazados y por la mañana al despertar entre sus brazos me sentía protegida, segura de que
él iba a estar ahí para siempre conmigo.
Estábamos tan absortos en nosotros que, sin darnos cuenta, nos aislamos del mundo entero. Apenas quedábamos con la familia y, a los amigos, los teníamos
directamente abandonados.
Vivir juntos era lo mejor del mundo. Nos habíamos cogido un año de excedencia en el trabajo. Aquel año sabático fue el más feliz de mi vida. Pero como todo,
también iba llegando a su fin. El tiempo se iba y no lo queríamos dejar escapar.
Dicen que el tiempo se supone que cura
Aunque lo habíamos planeado todo, no tardé en darme cuenta de que los planes no siempre suceden como se espera.
Pensábamos que por estar enamorados teníamos nuestra felicidad garantizada. Pero la felicidad no solo dependía de eso.
Entre el noviazgo y el primer año casados, llevábamos casi tres años viviendo en una burbuja llena de romanticismo y de fantasía.
Teníamos que empezar a cumplir con nuestras responsabilidades y obligaciones tanto fuera como dentro de casa.
Llegó el día de la vuelta al trabajo, y a él le tocó trabajar fuera… Sé que le costó mucho decírmelo, pero me lo tuvo que decir y yo casi me muero. Tenía que pasar
una semana completamente sola, sin él, en un pueblo donde no conocía prácticamente a nadie y para colmo, lejos de mi familia. Odiaba la soledad y odiaba quedarme sin
él. Pero su trabajo requería que se fuera al menos una vez al mes. Así que haciendo cuentas, a semana por mes… cada año pasaba aproximadamente 3 meses sin él. ¡Eso
era demasiado tiempo desperdiciado! En esa semana se desestabilizaba absolutamente todo en nuestra vida. Sobre todo mi parte emocional. Me hundía por completo y
lloraba continuamente. Hablábamos constantemente de que cambiara de trabajo, pero las condiciones en España no eran las idóneas. Corría el año 2010 y el país estaba
en plena crisis. Los que teníamos trabajo fijo podíamos dar gracias y sentirnos afortunados. No era momento para jugar ni experimentar con el trabajo y menos sabiendo
que teníamos que cubrir unos gastos fijos al mes. Como todo hijo de vecino, teníamos que pagar una hipoteca, que en pocos meses nos había aumentado la cuota a más
de un 50%. Aparte, teníamos que afrontar otros gastos típicos de una contabilidad doméstica. Estaba claro que ambos sueldos eran imprescindibles para llegar a fin de
mes.
Así que no me quedó más remedio que aprender a aguantar. Mis suegros vivían cerca de casa y siempre estaban pendientes de mí. Además, aunque lejos, pero tenía
a mi familia. Cada día hablaba con ellos por teléfono. Laia, que se había casado hacía unos meses con Aitor, me daba muchos consejos. Y Sara, que ya tenía casi diez
años, me contagiaba su alegría contándome sus cosillas. Mis padres eran la esencia de la actitud positiva, sobre todo mi madre. Ella me decía que de las peores
situaciones se aprende y, yo acabé aprendiendo de aquella situación. Pese a que jamás me acostumbré a que él se fuera, intentaba buscarle el lado bueno a esos días.
Aprovechábamos para enviarnos mensajes como hacíamos cuando éramos novios. Si habíamos estado enfadados, al estar separados, enseguida nos reconciliábamos y
cuando él volvía a casa siempre intentaba prepararle algo especial. Los reencuentros, sin duda, se convirtieron en nuestro gran aliciente.
Entre nosotros seguía habiendo mucho amor, mucha pasión y mucho romanticismo… pero inevitablemente, de a poquito, en nuestra vida fue apareciendo la etapa
de la realidad, de la que tanto me habían hablado mis padres y la cual nunca pensé que se hiciera realidad en nuestro caso. Me resistía a aceptarla, a reconocer que
nosotros también éramos humanos… que por bonito que fuera nuestro amor, estaba expuesto a sufrir las mismas fases y los mismos problemas que el resto de parejas.
La verdad es que creía que entre nosotros todo sería más sencillo, que todo sería casi de color de rosa. Simplemente, pensaba que por estar con él ya sería feliz.
Pero no tardé en descubrir que estaba muy equivocada.
La convivencia se convirtió en todo un reto. De la noche a la mañana discutíamos con frecuencia. Y cuando digo discutir es discutir, no intercambiar opiniones o
puntos de vista. Aún no logro entender como nos transformábamos en esos monstruos tan horribles y destructivos. Cómo podía ser que los celos, la posesividad, el
dinero, la familia, el trabajo o cualquier otra cosa, nos llevara a actuar como dos locos enfurecidos y descontrolados. Inexplicablemente y en cuestión de segundos,
éramos capaces de sacar lo mejor y lo peor el uno del otro.
Analizándolo todo, ahora sé que todas aquellas discusiones, en su mayoría, eran fruto de las falsas expectativas que nos habíamos creado sobre nuestra relación.
Nos negábamos a aceptar esas diferentes «fases» de la pareja. Sobre todo yo, que no paraba de reprocharle que me sentía engañada, que quería que volviera el Carlos de
antes, del que me había enamorado, el que prefería ir a cenar conmigo antes que ver el fútbol con sus amigos, el que me dedicaba toda su atención…
Era evidente que ése jamás iba a volver, porque simplemente había cambiado. Mejor dicho, habíamos cambiado. Y es que como individuos estábamos sometidos a
constantes cambios. Las circunstancias, la vida…Todo nos obligaba a cambiar.
Aun así, lo amaba. Aunque muchas veces llegué a pensar que ya no estaba enamorada. Las mariposas en el estómago habían ido desapareciendo y esas sensaciones
tan maravillosas que él me hacía sentir, ya no las sentía igual. Todo eso me hacía dudar de mis sentimientos hacia él, creía que me había equivocado de persona. Y no era
para menos, porque hasta ese momento nuestra relación se había basado en sentimientos, y, por lo tanto, en sentir. Y, ¡yo echaba tanto de menos esas sensaciones! Por
eso, constantemente le exigía ciertas actitudes. Quería que en cada momento él hiciera lo que yo esperaba o deseaba. De lo contrario, pensaba que ya no me quería y eso
me generaba una frustración y una tristeza profunda. Me sentía realmente mal. No entendía por qué antes todo acababa en muestras de amor y ahora cualquier cosa,
daba pie a otra de nuestras muchas discusiones.
Otro de nuestros grandes conflictos venía por las tareas del hogar. Reconozco que yo tenía mucha culpa, porque al principio por la falta de experiencia y porque
me creía superwoman no dejaba que me ayudara en nada. Pero poco a poco la rutina y el cansancio me superaron y fue entonces cuando estallé.
—¡Es que no haces nada! —le grité—. Solo sabes llegar y sentarte en el sofá. ¿Acaso piensas que soy tu criada?
Solo quería que entendiera que llevaba demasiado peso y que una ayudita por pequeña que fuera me iba a aliviar muchísimo. Además en esa casa convivíamos los
dos y trabajábamos los dos, así que los dos teníamos que colaborar y punto. Mi contenido era razonable pero mis formas de decírselo dejaban mucho que desear. Así
que, una vez más, acabábamos discutiendo.
Él no tomaba conciencia de que debía colaborar. Siempre dejaba las tareas para después. Me irritaba cuando me decía: «No te preocupes cariño, que luego lo hago».
Porque eso me era familiar y muchas veces ese luego nunca llegaba. Casi siempre cumplía sus tareas a regañadientes. Lo poco que hacía en casa, iba precedido por
broncas y amenazas como éstas:
—Si no lavas los platos, hoy no comes porque no pienso cocinar. Tú no cumples con tus tareas… pues yo tampoco —le gritaba muy enfada.
—Tú haz lo que tengas que hacer y a mí déjame tranquilo. Si no cocinas me da igual, pediré comida a domicilio —me contestaba con malas formas.
Y claro, esa era la peor respuesta que me podía dar en ese momento. Así que, me enfurecía aún más. Pero por mucho que me enfadara el resultado seguía siendo el
mismo. Era imposible tenerlo todo bajo control. Por más que me esforzara no podía cambiar las cosas que no controlaba. El cambio en cuanto a eso, solo dependía de él.
Yo por mi parte únicamente podía cambiar mi actitud y lo hice, pero para mal.
Todo empezó a darme igual, pasaba de todo, incluso de él. Me había empezado a escudar en la indiferencia quizás para protegerme de no sufrir más decepciones y
para llamar su atención, pero lamentablemente, eso no me funcionó.
Ese sentimiento destructivo acabó intoxicando nuestra relación, convirtiéndonos en seres fríos y nuestra casa en un hogar de hielo donde la comunicación brillaba
por su ausencia. Ya ni siquiera había reclamos de cariño. No esperábamos nada el uno del otro.
Seguíamos juntos, pero nos habíamos ido alejando emocionalmente. Parecíamos dos extraños compartiendo el mismo espacio, pero sin apenas tener relación de
ningún tipo. Era como si ya no tuviéramos nada en común.
Evidentemente todo eso me generaba estrés, rabia, ansiedad y frustración. Y es que, aunque por fuera, cada día nos hacíamos más insensibles, por dentro ninguno
de los dos había dejado de sentir.
Sabíamos que tarde o temprano aquella situación tenía que acabar, pero ninguno era capaz de dar el primer paso, quizás por orgullo o por miedo a la respuesta del
otro.
De modo que, la indiferencia siguió persistiendo por meses, hasta mediados de agosto de 2011 que la cosa dio un giro.
Iba a ser el típico domingo de verano. Los nuestros últimamente no podían ser más deprimentes. Acabamos de comer y como ya era costumbre nos dirigíamos al
sofá para quedarnos allí toda la tarde muertos de asco. Pero antes de que me sentara sonó mi móvil. Miré la pantalla y era mi mejor amiga, Natalia. No me apetecía
hablar con nadie, así que no le contesté. Pero ella siguió insistiendo, hasta que me digné a contestar.
—Dime —le dije con un tono de voz no muy agradable.
—Ya era hora de que contestaras, ¿no? —y como si yo no lo supiera me dijo—. Te he llamado mil veces. ¿Te pasa algo? ¿Te he hecho algo? Llevamos casi un mes
sin vernos. ¿Tú lo ves normal?
—Dime, ¿qué quieres?
Yo seguía sin ganas de hablar. Lo estaba pasando mal y estaba enfadada conmigo misma, con Carlos y con el mundo. Natalia no era la culpable, pero no sé por qué
casi siempre lo acababa pagando con ella.
—Te llamaba para recordarte que esta noche es la barbacoa en mi casa. Traeros el bañador que luego nos metemos a la piscina —me dijo en tono divertido y feliz.
—¿Esta noche? —le pregunté abriendo los ojos y rascándome la cabeza.
— Sí, esta noche —afirmó.
—¿Os enfadaréis mucho si no vamos? —le pregunté en voz baja, para que Carlos no lo escuchara.
Pero lo escuchó, y en ese momento, se incorporó del sofá medio mosqueado, sospechando que le ocultaba algo.
—Si no vamos… ¿dónde? —dijo con las palmas de las manos hacia arriba.
—Estoy hablando con Natalia. ¿Puedes hacer el favor de no interrumpir?
—Simplemente te estoy preguntando. ¿Dónde tenemos que ir hoy?
Al otro lado del teléfono, Natalia que lo había escuchado todo, se enteró de que no se lo había dicho.
—¡Ni siquiera se lo has dicho! —dijo Natalia sorprendida—. ¡Y hace tres semanas que lo sabes! No entiendo qué te pasa. Últimamente estás muy rara.
—Lo siento. Pero ni siquiera me acordaba. Tengo muchas cosas en la cabeza. Perdóname, otro día quedamos, ¿vale?
—Bueno, si no te apetece venir, no vengas. No te voy a obligar a salir de tu jaula —dijo enfadada y colgó.
Todavía con el teléfono en la mano, me quedé pensativa. Carlos que volvía a estar sentado en su inseparable sofá me lanzó una mirada, de esas que no me gustaban
nada.
—Desde luego… esto va de mal en peor. Ya ni siquiera me comunicas las cosas —dijo moviendo la cabeza de lado a lado.
—¡Olvídame!, aunque sea por hoy.
Esa fue mi respuesta y como hacía siempre que estaba enfadada, me fui a la habitación. Me tumbé en la cama, abrazando la almohada e intentando controlar las
lágrimas. Últimamente había llorado mucho. Estaba harta de que Carlos escuchara mis sollozos y mis llantos. Ya incluso me decía que eran lágrimas de cocodrilo. Sentía
que ni podía llorar tranquila, sin que él me juzgara.
Parecía que todo me salía mal. En esa semana me había discutido con todo el mundo: en el trabajo, mis padres, con Laia y, ahora, con Natalia.
Tenía demasiados frentes abiertos. Estaba claro que mis problemas con Carlos estaban afectando a mi vida laboral y sobre todo a mis relaciones interpersonales.
Era incapaz de gestionar mis emociones. Yo era espontánea y me dejaba llevar por la impulsividad. Lo exteriorizaba absolutamente todo, fuera bueno o malo y eso casi
siempre me perjudicaba porque hablaba sin pensar. Aunque luego reflexionaba y casi siempre acababa arrepintiéndome. Pero, ¿de qué servía eso si no aprendía la
lección? De hecho, a veces el daño que hacía era irreparable.
Estaba agotada, ya eran más de las cinco de la tarde y hacía un par de horas que había hablado con Natalia. Mi cabeza no paraba de darle vueltas a esa
conversación. Ella significaba mucho para mí. Éramos amigas desde muy pequeñas y habíamos vivido juntas momentos de todos los colores. Nuestra amistad era muy
valiosa como para que se estropeara, así que tenía que hacer algo. Reaccioné y le envié un mensaje de esos largos, que hasta te da pereza leer, diciéndole entre otras
cosas que lo sentía de verdad, que no quería herirle y que iríamos a la cena. Al final, le decía: «Eres importante para mí. Te quiero muchísimo».
Ella me contestó de inmediato.
«Tranquila no te preocupes. Sin vosotros esta cena no sería lo mismo. ¡¡Os esperamos!! Sabes de sobra que yo TE QUIERO más».
Natalia y yo éramos de expresar nuestros sentimientos con franqueza. Y eso me encantaba. Cuando alguien te importa, tienes que hacérselo saber.
A todo esto, Carlos, que seguía en el sofá

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